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Biografía de Carlos I de España (IX Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


Puedes leer las entregas previas pinchando AQUÍ.

CAROLUS IMPERATOR AUGUSTUS
Víctor Fernández Correas
Arreglado lo de Germana, a la que Carlos empaquetó para Barcelona tras cumplir con creces la palabra dada a su abuelo Fernando, era momento de desempeñar el papel que la historia le tenía reservado: ni más ni menos que ser emperador.

La cosa se podría resumir de la siguiente manera: estando en Barcelona, adonde acudió -entre otros muchos menesteres- a acompañar a Germana para esposarla con Juan, el duque de Brandemburgo, Carlos recibió la noticia de su nombramiento como emperador alemán. Y fue conocerla -tal que un 6 de julio de 1519- y anunciarla urbi et orbi a todos los virreyes habidos y por haber, y también acercarse al día siguiente, el 7 de julio -San Fermín-, a una iglesia y postrarse de hinojos ante Dios para agradecerle tan notable reconocimiento.
 
—Así que estamos delante del nuevo Emperador… —comentó un noble barcelonés, por lo bajini, a otros semejantes en una recepción organizada por Carlos.
—Dicen que una de las primeras cosas que hizo fue acudir a la iglesia de Jesús para darle las gracias a Dios —añadió un segundo.
—No me extraña… —apuntó un tercero.
—¿Y eso? —quiso saber el primero ante la mirada del segundo, igual de sorprendido que él.
—Porque la fiesta nos va a salir por un pico —dejó caer el tercero, mirando a un lado y a otro para asegurarse de que nadie lo escuchaba—. ¡Al tiempo!

Y no iba desencaminado el noble catalán. En condiciones normales, a Carlos le correspondía tal cargo de manera automática por ser miembro de la Casa de Habsburgo -al frente del Imperio desde los tiempos de Federico III, en 1440-, y por ser nieto de Maximiliano, a quien sucedía en el cargo. Sin embargo, a este no lo coronó el Papa de Roma en 1493 -como sí hizo con su padre, Federico III. De ahí que, además, también se le considerara Rey de Romanos-. Un pequeño detalle que abría la veda a más postulantes al cargo. Tocaba elegir emperador.

La culpa del embrollo la tuvo la Bula de Oro, promulgada por Carlos IV en 1356, que confiaba la decisión al criterio de siete grandes personajes: tres eclesiásticos -los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia-, y los otros cuatro: el rey de Bohemia, el margrave -cargo equivalente a marqués- de Brandemburgo, el conde del Palatinado y el duque de Sajonia. Es decir, Príncipes Electores. Y sobre ellos recayeron las presiones de los dos principales candidatos al Imperio: Carlos y Francisco I de Francia.

Y Carlos volvía a partir en desventaja con respecto a su rival. No había vivido nunca en Alemania y, ni mucho menos, hablaba alemán. Para colmo, era un imberbe comparado con su rival -25 tacos contaba por entonces Francisco por los 19 de Carlos-, poco menos que un desconocido y con una hoja de servicios militares tan exigua como su conocimiento del idioma imperial. Todo lo contrario que Francisco, que traía consigo como credencial la conquista del Milanesado en 1515 en una maniobra vista y no vista. Y Europa, con la boca abierta.

—Y el turco tocando las narices…
—Por eso necesitamos un emperador fuerte.
—Como el rey francés.
—Por ejemplo.  
—Y de dineros no anda mal.
—Ya lo habéis dicho todo.
—Y a su Santidad, León X, le gusta mucho.
—Pues blanco y en botella…

Este diálogo o conversación se podía escuchar por cualquier calle de las ciudades alemanas de la época. De ser, el elegido sería Francisco. ¿Y Carlos? ¿Es que nada jugaba a su favor? Sí, que era la cabeza de la Casa de Austria, lo que acabaría pesando más en la elección final. Pero también que su tía, Margarita, llevara negociando con los Príncipes Electores alemanes casi desde que Maximiliano falleciera, el 12 de enero de 1519. 


Y es ahí, tras una serie de avatares que darían para escribir decenas y centenares más de líneas aparte de las presentes, cuando Carlos cogió el toro por los cuernos y recordó a los Príncipes Electores la promesa de apoyarlo que realizaron a su abuelo Maximiliano. Vehementes palabras las suyas que también acompañó de suculentas recompensas para todos ellos. 

Meses de negociaciones diplomáticas, en las que cupo hasta la guerra sucia -los detractores de Carlos no hacían más que recordar que era hijo de Juana, con lo que eso conllevaba; los de Francisco, que llamarlo autoritario era quedarse corto, un perfil que no pegaba ni con cola con las libertades germánicas-, acabaron con una votación que tuvo lugar el 28 de junio de 1519. El resultado, el ya sabido: Carolus Imperator Augustus.
 

¿Y la fiesta a la que se refirió el noble catalán? A ello vamos para cerrar el presente capítulo. La broma le salió a Carlos por unos 850.000 florines entre prebendas, regalos y demás a los Príncipes Electores alemanes, a sus consejeros, a los arzobispos y a las ciudades imperiales -aquí todo Dios pilló cacho, y nunca mejor dicho-. Un pastizal que salió de los bolsillos de diversos banqueros como los Welser y los Fugger, entre otros. Dinero que trajo su miga, como veremos en posteriores capítulos.
 
¡Ah! ¿Y Francisco? ¿Se iba a quedar de brazos cruzados, compuesto y sin imperio? 

Se avecinan capítulos más que interesantes…


© Víctor Fernández Correas


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Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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Biografía de Carlos I de España (VI Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


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MADRE NO HAY MÁS QUE UNA... Y A TI TE ENCONTRÉ EN TORDESILLAS
Víctor Fernández Correas
Carlos ya estaba en España. Ahí lo dejamos en la anterior entrega, comenzando su viaje por las tierras de Castilla. Valladolid era destino final y Tordesillas, parada obligatoria. Allí penaba su desgracia -y lo que le faltaba por penar- una mujer llamada Juana, viuda de un casquivano con aires de grandeza, hija de un padre que la trató de todo menos de eso y madre de quien venía a despojarla de la poca dignidad que le quedaba. Tela.
 

Y eso que tanto Carlos como Leonor, su hermana, que le acompañaba en el viaje, estaban deseando ver a Juana, su madre. Ese sentimiento. Y más después de tantos años sin verse las caras. Pero Guillermo de Croy, Chièvres ya en esta historia, iba a su rollo. Para él, la cosa tenía un fin material, para nada sentimental: visita a la madre, que también seguía siendo Reina, y presentación de los respetos que hicieran falta. A ojos de los castellanos, un detalle importante. Y buena parte del futuro político próximo de Carlos iba a depender de dicha visita. Lo que ocurrió el 5 de noviembre de 1517.

Así que, ¿quién fue el primero en ver a la Reina? Efectivamente: Chièvres. Había que tantear el percal, comprobar en qué estado se encontraba Juana y, a ser posible, inclinarla con benevolencia hacia el terreno de su hijo. Ambos se conocían ya desde la estancia de Juana en Bruselas.

―Os encuentro muy bien señora.
―Tan zalamero como de costumbre, don Guillermo —replicó Juana, sin mirarlo—. Magníficamente entre estas cuatro paredes, ya lo veis.
―Han venido vuestros hijos a veros.
―¿Mis hijos? —preguntó ahora ella, con extrañeza—. Pero si Catalina ya está aquí, conmigo.
―Carlos y Leonor. ¿Acaso ya no os acordáis de ellos?
―¡Ah! Carlos…
―Viene a veros, a daros todo el cariño que merecéis —prosiguió el otro con tono conciliador—. Pero también quiere velar por vos, descargaros de tanta responsabilidad…
―Mucha, sí… —suspiró Juana. Después, se sentó con la mirada perdida.

Chièvres no tenía un pelo de tonto. Juana debía delegar en su hijo Carlos, pero con tacto, sin usurpar los derechos legítimos de la Reina. Beneplácito y aprobación. Ahí estaba el quid de la cuestión.

―¿Y decís que están aquí los dos?
―¡Deseando reencontrarse con vos!

Lo que vino después fue una de esas escenas que tanto gustan en las películas. Reencuentro, abrazos… Nada de protocolo. La emoción a flor de piel. Carlos alabando el buen estado físico de su madre, su belleza -37 años tenía Juana por entonces-, la salud que mostraba… Hasta que ocurre lo que ocurre cuando ha pasado tanto tiempo desde que se vio a una persona querida por última vez: Juana no reconoció a sus hijos. 11 años habían transcurrido desde la última vez que pudo tenerlos a su lado. Ya no eran unos niños de 3 (Carlos) y 1 años (Leonor), respectivamente, sino mozalbetes bien cuidados y mejor presentados.
   
―Pero, ¿son mis hijos? ―soltó Juana una vez repuesta de la emoción del reencuentro.
   
Lo eran. Y tiempo tuvieron para ponerse al día. Prácticamente una semana. Suficiente, asimismo, para que Carlos y Leonor decidieran qué hacer con su hermana pequeña, Catalina, a la que ni siquiera conocían. 10 años tenía la menor, siempre al lado de su madre y vestida de tal manera que en nada aparentaba ser nieta de los Reyes Católicos. A ello se dedicarían ambos hermanos mientras duró su estancia en el Monasterio de Santa Clara, en Tordesillas, antes de partir hacia Valladolid.
   
Y también fue en Santa Clara donde Carlos y Chièvres recibieron la noticia de la muerte del Cardenal Cisneros, Gobernador del Reino de Castilla, ocurrida el día 8 de noviembre. El primero tenía vía libre para acceder a la corona del Reino, toda vez que el segundo lo dejó todo atado y bien atado para los intereses de su representado. No le costó demasiado convencer a la Reina:

―¡Cuántos reinos que gobernar os ha concedido nuestro buen Dios! ―argumentó ante la Reina Juana el día en que ambos se entrevistaron―. ¡Y qué pesada carga resulta impartir orden y justicia en ellos! Verdad, ¿mi señora?
―Cierto es, cierto es… ―acertó a contestar Juana. La mirada, perdida.
―Pero para eso os ha dado a vuestro hijo Carlos… ―dejó caer el otro con intención―. ¿Acaso no sería mejor para vos dejarle a él la carga del Gobierno y descansar? ¡Cuánto ganaríais con ello!

Juana asentía a los argumentos de Chièvres en silencio, en su mundo. Éste, viendo que todo marchaba según quería, remató la jugada:

―Haríais bien, señora, en entregarle desde ahora el cargo a fin de que en vida aprenda a regir y a gobernar vuestro pueblo.

Carlos pasó aquella semana junto a su madre siendo ya rey de facto. Juana accedió a todo lo que Chièvres le propuso. Así, y a ojos de todos, Carlos se había comportado como un buen hijo ante su desventurada madre.
 

Le esperaban Valladolid y sus Cortes. Harina de otro costal, como veremos en la siguiente entrega.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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Biografía de Carlos I de España (V Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


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MI QUERIDA ESPAÑA, ESTA ESPAÑA MÍA, ESTA ESPAÑA NUESTRA...
Víctor Fernández Correas
Dejábamos en la anterior entrega a Adriano de Utrecht tranquilizando a Fernando I de Castilla -el Católico para la posteridad-. La situación de su joven mujer, Germana de Foix, qué sería de ella en caso de que él pasara a mejor vida, etcétera. Lo que no barruntaba tan católica majestad es que eso ocurriera tan pronto. Y sucedió. Así que, según lo dispuesto en su última voluntad, negociada por el que sería futuro Papa Adriano VI a instancias de Guillermo de Croy, a Carlos le correspondía hacerse cargo de la herencia castellana. Y a por ella que se fue. Y cuanto antes, que los partidarios de Fernando, nieto del difunto y hermano del nuevo monarca, no estaban dispuestos a dar su brazo a torcer tan fácilmente. Sus derechos, el conocimiento de la idiosincrasia patria. Esos detalles. Y Valladolid, frecuente asiento de la Corte, apremiando su presencia en la villa. Ahora, lo de ser rey iba a ser otro percal.

—La reina Juana aún vive.
—Más para allá que para acá…
—Pero está viva y ella es quien posee los derechos.
—Pues a ver cómo se arregla eso... Porque la chaveta la tendrá estropeada, pero de cuerpo y ánimo anda que da gusto.

El diálogo, cuyos protagonistas eran dos cortesanos que aprovechaban la buena jornada para pasear al sol por la calle Teresa Gil de Valladolid, era siempre idéntico por distinto que fuera el corrillo y cortesanos que lo mantuvieran. Y era cierto. A Juana, madre de Carlos y —todavía— reina de Castilla, la tenían por loca y recluida en un castillo de Tordesillas, pero a sus 37 años gozaba de una excelente salud.
 

¿Cuánto tiempo viviría Juana? ¿Tendría que esperar Carlos hasta su muerte para ser considerado rey con todos los derechos? El Consejo Real tenía por asumida la incapacidad de la reina para gobernar, pero otra cosa era saltarse el orden sucesorio. La tradición. En definitiva, respeto a su figura. Sobre todo, porque el pueblo de Castilla andaba con la mosca detrás de la oreja.

—¿Un rey extranjero?
—Se dice que la reina no rige bien.
—¿Quién dice eso? ¿Quiénes están con ella o quienes quieren quitársela de en medio?
—Pues buena pregunta esa…

Otro diálogo que se repetía de corrillo en corrillo por las calles de Valladolid, de Segovia, de Medina del Campo… Una cosa era lo que se pensaba en las altas esferas y otra bien distinta lo que rumiaba el pueblo. Diferían.

A todo lo anterior hay que unir a Francisco I, que estrenaba corona en Francia con ganas de tocar las narices. De Navarra, básicamente. Así que Carlos puso rumbo a España a comienzos de septiembre de 1517, a la que llegó en más días de lo previsto y a otro destino: en lugar del contemplado en principio —las costas de Santander, en Laredo—, el mar y los vientos le condujeron a Tazones, en Asturias.

—¿Y dice que los barcos son tan altos como castillos?
—¡O más!

Nunca se había visto tal armada —hasta 40 barcos— por aquellos lares. Carlos ya estaba en España. Y se le agasajó como el rey que era —todavía no de forma oficial— por cada villa que pasó. A saber: Villaviciosa, Colunga, Ribadesella, Llanes, Torrelavega, Aguilar, Aguilar de Campoó…

Carlos ya estaba en Castilla. Y la comitiva que se dirigía a Valladolid lo hizo a paso lento. Unos dicen que De Croy —más listo que el hambre— prefería dejar que la naturaleza —esto es, la muerte— se llevara por delante al Cardenal Cisneros —80 años le contemplaban y pocos daban un maravedí por su salud. Unas semanas, a lo sumo, y a criar malvas—. Otros, en cambio, hablan de que De Croy quería preparar bien a su pupilo para encontrarse con su madre. Porque Juana, ante todo, era eso: la madre de Carlos. Y madre no hay más que una, y encima, reina. Lo que ansiaba ser el hijo. Y a ver cómo se presentaba éste delante de aquella con eso de “madre, ya que usted no está para estas cosas, será mejor que me encargue yo de ellas”, y tal. De lo que hablaremos en la próxima entrega de la vida del futuro Emperador
.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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UNA HERENCIA POR HEREDAR Y UNA VIUDA QUE ATENDER
Víctor Fernández Correas
En la anterior entrega dejábamos a nuestro protagonista tocando el clavicordio y a su Privado, Guillermo de Croy, maquinando. Sin duda, lo que mejor sabía hacer este tipo. Porque desde comienzos de enero de 1515, el primero ya era señor de los Países Bajos, pero el que pinchaba y cortaba era el segundo, en quien delegaba el entonces imberbe Carlos.

Y un año después de estrenar tal condición, a Carlos le llegó desde España la noticia de la muerte de su abuelo materno, Fernando el Católico.

—Así que también podría ser rey de España… —conjeturó el joven Carlos, dando paseos de un lado a otro de su cámara. Hacía frío aquella mañana de finales de febrero de 1516. A través de los cristales veía caer la nieve sobre Bruselas, donde ahora residía la Corte de Flandes.
—Tenéis derecho a ello, mi Señor —le aseguró Guillermo de Croy, que no se despegaba de la chimenea. Ardía un buen fuego en ella.
—Ya, pero, ¿y mi madre?
—¿Vuestra madre? ¡Ay, vuestra madre…! —suspiró el Privado.

Guillermo de Croy conocía el vodevil español como las palmas de sus manos. Juana, la heredera tras la muerte de su padre, ya venía dando sobradas muestras de estar más allá que para acá —algo que daría para hablar largo y tendido. Había que estar en su piel, aguantando esas intrigas palaciegas día sí y día también—. Así que, incapacitada la hija y muerto el padre, el heredero debía ser el nieto. Blanco y en botella.
 

Pero Guillermo de Croy miraba más allá. El vodevil español. Para verlo. Hete aquí que había otro candidato a heredar los vastos territorios del abuelo Fernando: su otro nieto y hermano menor de Carlos. ¿El nombre? Fernando. Y el Católico lo estaba criando a su lado. Conocía Aragón, todos le conocían, estaba al tanto de los asuntos que concernían a su abuelo… Y Carlos, mientras, en Flandes. Pues eso.
 

Así que, De Croy, que se olía la tostada, y deseando como deseaba que Carlos heredara todo lo heredable y más, envió a España a una persona de su confianza. Lo hizo antes de que Fernando la palmara y así dejar todo atado y bien atado. Y sí, lo dejó.

—Muy convencido estáis… —conjeturó el joven Carlos con las manos puestas en la chimenea.
—Es una cuestión de derechos. Y vos, Señor, sois el rey legítimo —replicó Guillermo de Croy sin pestañear.
 

La persona de confianza que De Croy mandó para España era Adriano de Utrecht, quien con el tiempo sería el Papa Adriano VI.
 

—¿Y sería regente de Castilla mientras viva? —preguntó Fernando el Católico a Adriano de Utrecht, al comienzo de la negociación.
—Aunque fallezca vuestra hija Juana. Basta con que designéis heredero a vuestro nieto Carlos.
—¿Y alguna cosilla más?
—¿Valdrían…? —Adriano de Utrecht sopesó la cifra a ofrecer. Una vez pensada, la expuso—: ¿qué tal 50.000 ducados anuales en concepto de ayuda?
—¡Pues que muy bien!

Visto lo visto, el trato para que Carlos heredara los territorios de su abuelo Fernando parecía más que cerrado. Pero cuando uno está a punto de dar el último paso, siempre surgen dudas. Y las de Fernando el Católico se resumían en una: si hacía bien apostando por Carlos en detrimento de Fernando, al que conocía de sobra. El extranjero y el natural de la tierra y esas cosas. Dudar, dudó, y mucho. No obstante, los pocos consejeros que le acompañaron en el trance, los que siempre estuvieron a su lado, le aconsejaron que mejor no menear lo que ya estaba acordado. Para qué más problemas, vinieron a decirle. Y es que una posible guerra civil asustaba a cualquiera. Un nieto, Fernando, de apenas 12 años de edad, por los 15 del otro, Carlos. Por mucho que éste no tuviera ni repajolera idea de lo que era bregar con los españoles —nivel Premium, sin duda—.
 

Total, Fernando el Católico abandonó este valle de lágrimas el 23 de enero de 1556 en Madrigalejo (Cáceres). En consecuencia, y una vez muerto el abuelo Fernando, el joven Carlos se convirtió en heredero de sus territorios. Hasta que llegara a España, el cardenal Cisneros y Fernando, arzobispo de Zaragoza e hijo natural del Rey Católico, desempeñarían las labores de regencia en Castilla y Aragón, respectivamente.

—Una cosa más —pidió Fernando a Adriano de Utrecht—: quisiera que mi nieto se hiciera cargo de mi joven esposa Germana. Es más, me gustaría que la pusiera bajo su amparo y protección. ¿Le transmitiréis éste mi último deseo?
—No os quepa duda de que cumplirá vuestro deseo, Señor —le aseguró Adriano de Utrecht.

Y vaya si lo hizo el joven Carlos. Como que se lo tomó muy a pecho, vamos. Lo narraremos en próximas entregas de su vida.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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