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Ejecuciones públicas en la historia de Madrid (II), por Pablo Aguilera

Os ofrecemos la II parte de un interesantísimo artículo sobre los métodos y lugares de ejecución pública en Madrid a lo largo de su historia. Lo ha escrito para CITA EN LA GLORIETA Pablo Aguilera, miembro fundador de LA GATERA DE LA VILLA, una iniciativa sin ánimo de lucro que publica una revista gratuita sobre historia y urbanismo de Madrid.

Puedes acceder a los capítulos previos, pichando AQUÍ.

Un fuerte abrazo,

Javier Alonso García-Pozuelo


Diseño: Pedro López Carcelén

EJECUCIONES PÚBLICAS EN LA HISTORIA DE MADRID (II parte)
Pablo Jesús Aguilera Concepción
Métodos de ejecución

«Es una máxima cierta y muy conforme al fin de las penas que deben preferirse siempre aquellas que, causando horror bastante para infundir escarmiento en los que las ven executar, sean lo menos crueles que fuese posible en la persona del que las sufre, porque el fin de las penas, como se ha dicho, no es atormentar, sino corregir. Por esta razón creo que entre las penas capitales, cuando sea necesario imponerlas, deben preferirse con exclusión de las demás las que actualmente se usan entre nosotros, quales son el garrote, la horca y el arcabuceo por los soldados, en las quales concurren las circunstancias expresadas»8.

DEGÜELLO
 

«Al paciente, atado, tendido, el verdugo le pasa un ancho cuchillo por debajo de la barba, sin acabar de separar la cabeza del cuerpo; después, él y su criado, acomodados con delantales blancos, hacen cuartos del degollado para poner los miembros por los caminos, con objeto de dar miedo y ejemplo a los demás».

Las causas de la muerte por degüello dependen del tipo de corte producido, pero en general se deben a hemorragia masiva, embolia gaseosa y asfixia por aspiración de sangre a los pulmones.

«Su serenidad y valor admiraron a todos. Subió al cadalso y miró en torno con tal tranquilidad que, al decir de los que presenciaron el hecho, no parecía sino que fuese espectador y no reo. Subió el primero acompañado por los PP. Castro, Castilla y Esparza y se sentó en una silla de mano. Luego subió Silva con los PP. Pimentel, Zapata y Celada. Con "bizarro desenfado" y "sin mostrar flaqueza alguna" se acomodó D. Carlos en dicha silla, que era la izquierda, se quitó el capuz, besó la cruz, se reconcilió y pidió las oraciones de los fieles. El verdugo le vendó los ojos, le ató pies y manos, quitóle la valona, y dicho el Credo por los religiosos le degolló por delante y luego le cortó la cabeza por detrás; pero siendo quizá novato lo hizo inhábilmente, y para separar la cabeza tuvo que dar hasta veinte golpes; luego colocó la cabeza a los pies de la víctima»9

Esta pena estaba reservada exclusivamente a nobles e hidalgos, quienes sólo   podían ser ejecutados de esta forma; por tanto, en una sociedad donde se tenía en muy alta estima el honor, para un miembro de estas clases sociales ser ahorcado resultaba en sí un castigo incluso peor que la propia muerte, una deshonra para él y su familia.

«Sin duda la infamia era el peor castigo que se podía imaginar en aquellos tiempos. En los tribunales penales ordinarios, los castigos que conllevaban la vergüenza pública o el ridículo eran más temidos que la propia sentencia de muerte, pues arruinaban la propia reputación en la comunidad para siempre, atrayendo el oprobio sobre la familia y demás parientes»10.
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8. “Discurso sobre las penas contraído a las leyes criminales de España para facilitar su reforma”, de Manuel de Lardizábal. Citado en “La pena de garrote durante la Guerra de la Independencia: los decretos de José Bonaparte y de las Cortes de Cádiz”, por José María Puyol.
9. "La conspiración del duque de Híjar (1648)", de Ramón Ezquerra Abadía.
10. "La Inquisición española: una revisión histórica", por Henry Kamen.
 

HORCA
 

«En la pena de horca [...] ofendía el ver á un racional confundido con una bestia feroz, y repugnaba el contemplarlo en situación tal, que con sus convulsiones, y gestos horribles revelaba la larga serie de sus padecimientos y los puntos de vida que perdia entre la desesperación y la muerte. Por otra parte la turbación del verdugo, la dimensión de la cuerda, la estructura y configuración del delincuente ¿no eran otros tantos azares que se ponian en juego para dilatar espantosamente la ejecución , ó acaso también para salvar la vida del culpado?»11

Habitualmente la muerte en la horca no solía producirse de manera instantánea -por lesión vertebral-, sino que la víctima perecía por asfixia en medio de una dolorosa agonía que podía prolongarse hasta alcanzar los veinte minutos. La manera que tenía el verdugo de acortar tal sufrimiento era tirar de los pies del ahorcado o incluso subirse a sus hombros, buscando con su peso fracturar el cuello del reo o acelerar, al menos, el estrangulamiento.

«[…] el verdugo, que permanecía sentado en las espaldas del reo, hizo un movimiento como el de una báscula y apoyando sus piés en las manos atadas de la víctima, se lanzó con ella en el espacio […] El ejecutor y el ahorcado se balancearon en el aire por espacio de tres ó cuatro minutos.»12   

También podía ocurrir que si la altura desde la que caía el reo era demasiado alta la fuerza de la caída lo decapitara, o que la cuerda se rompiera, hecho que de repetirse podría suponer el perdón al condenado, al ver las autoridades en ello un designio salvador de la Providencia.
«[…] si al tiempo que el Reo es ahorcado y colgado , cae en tierra sano , y se quiebra la soga, en caso de que no hay fraude , ni descuido se ha de suspender la execucion hasta consultarlo con el Principe , por atribuirse a milagro13
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11. “Cartas españolas”. 28 de junio de 1832.
9. “Misterios de la Inquisición de España”, por M. V. de Féréal.
10. “Ilustración y continuación a la Curia filípica: dividido en las mismas cinco partes”, por José Manuel Domínguez Vicente.


GARROTE

En un principio consistía en un torniquete de cuerda que era aplicado mediante un palo, lo que provocaba la muerte por estrangulamiento. Más adelante la cuerda sería sustituida por un collarín de hierro asido a un tornillo, lo que aceleraba la muerte al provocar la ruptura de la tráquea y de las vértebras cervicales.
«Y el garrote ¿qué clase de instrumento es? —Consiste en un palo con una especie de corbatin de hierro que se ajusta á la garganta del paciente, y á merced de un torno á que da vueltas el verdugo, se le oprime hasta desnucar al infeliz sentenciado. — Debe ser uno de los suplicios ménos penosos. — Creyéndole tal, se ha adoptado en España14 

Más adelante se incluyó una pieza metálica trasera al collar, lo que facilitaba la ruptura del cuello de la víctima. Un verdugo experto podía ejecutar al reo con este sistema en apenas diez segundos.

La pragmática del 23 de febrero de 1734 dispuso la sustitución de la pena de muerte por degüello por la muerte por garrote, aplicándose por tanto únicamente a los condenados de condición noble o hidalga.
 

Durante el reinado de José I se abolió la muerte de horca por Real Decreto, sustituyéndola por la de garrote «para todo reo de muerte, sin distinción alguna de clase, estado calidad, sexo ni delito», buscando «simplificar el suplicio y abreviar la muerte del reo15

Las Cortes de Cádiz obraron de igual manera y decretaron el 24 de enero de 1812: «Que desde ahora quede abolida la pena de horca, substituyéndose la de garrote para los reos que sean condenados a muerte»
 


Pero el retorno de Fernando VII, el Deseado, a España supuso también la vuelta a la pena de muerte por horca.

En 1822 –en pleno Trienio Liberal- el Código Penal volvió a suprimir el castigo de la horca, reemplazándolo una vez más por el de garrote, pero, tras la caída de los liberales en 1823, Fernando VII recuperó la horca.

Finalmente, el 24 de abril de 1832, el propio Fernando VII dictaba un decreto por el cual se implantaba oficialmente el garrote sin efectuar distingo entre nobles y plebeyos:

«Deseando conciliar el último e inevitable rigor de la justicia con la humanidad y la decencia en la ejecución de la pena capital, y que el suplicio en que los reos expían sus delitos no les irrogue infamia cuando por ellos no la mereciesen, he querido señalar con este beneficio la gran memoria del feliz cumpleaños de la Reina mi muy amada esposa, y vengo a abolir para siempre en todos mis dominios la pena de muerte por horca; mandando que en adelante se ejecute en garrote ordinario la que se imponga a personas de estado llano; en garrote vil la que castigue delitos infamantes sin distinción de clase; y que subsista, según las leyes vigentes, el garrote noble para los que correspondan a la de hijosdalgo.»

La diferencia existente entre los tres tipos de garrote que menciona el decreto estriba en la forma en que el reo es conducido al patíbulo. En el garrote noble el condenado es trasladado en caballo ensillado, en el ordinario lo hace sobre un caballo o una mula y en el vil va montado en un burro de espaldas, mirando hacia la grupa. 



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14. “Eco De Madrid, Ó Sea Curso Práctico De La Buena Conversación Española”, por Juan Eugenio Hartzenbusch.
15. Real decreto de 19 de octubre de 1809.



HOGUERA
 

«Este espectáculo penetra de terror á los asistentes, presentándoles la tremenda imagen del juicio final, y dejando en los pechos un afecto saludable, el cual produce portentosos efectos […] Antes de quemarlos se tomará la precaución de sacarles la lengua, ó ponerles una mordaza, para que con sus blasfemias no escandalicen á los circunstantes.»16

Fuente: abc.es

Los condenados a la pira solían perecer por asfixia, intoxicados por el monóxido de carbono, fruto de la combustión de los leños. Si se deseaba prolongar su suplicio se utilizaba leña verde, que ardía más lentamente; de esta manera la víctima sufría quemaduras, pérdida de sangre y fluidos hasta que el intenso calor les acababa produciendo un choque hipovolémico y asfixia. Tan espantoso suplicio estaba destinado a castigo de herejes, homosexuales –pecado nefando- y reos acusados de bestialismo. Aun cuando la condena hubiera sido dictada por la Inquisición, su ejecución corría a cargo de la justicia civil; esta entrega del reo al brazo secular se denominaba relajar.
«Debemos de relajar y relajamos a persona del dicho fulano á la justicia y brazo seglar, especialmente á fulano, corregidor de esta ciudad y su lugar teniente en dicho oficio . A los cuales rogamos y encargamos mui afectuosamente, como de derecho mejor podemos, se hayan benigna y piadosamente con él.»17   

Contra lo que se pueda pensar, y con la excepción del gran Auto de Fe de 1680, en el que se condenó a la hoguera a veintiuna personas, no era este un castigo habitual. Así por ejemplo, entre 1692 y 1765 únicamente se aplicó esta pena a diez reos y sólo tras ser previamente ejecutados en la horca o el garrote:

«1692 Dia 11 de Noviembre - Juan Sarmiento, mulato; garrote y quemado: se recogieron de limosna 1.233 reales. Salió de la cárcel de Córte.
1702 Pedro Lúcas de la Cruz Aranguren, quemado: salió de la cárcel de la Villa. 1.134 reales recogidos de limosna
1712 Miguel Lopez, de la cárcel de Villa; garrote y quemado: 1.193 reales de limosna.
1728 Bernardo Fernandez de los Rojos, de la cárcel de Córte; garrote y quemado: limosna 2.516 reales.
1740 Salvador Martinez y José Fernandez; horca y quemados: otro complice ahorcado: 2.714 reales de limosna.
En el mismo año y dia 20 de Junio - José Salvador; horca y quemado: limosna 1.634 reales.
1753 Juan Fernandez; garrote y quemado: limosna, 2.470 reales
1754 José Hernan; garrote y quemado: limosna l.754 reales
1765 Dia 15 de Julio - Tomás Baquero; salió de la cárcel de Villa; fué agarrotado y quemado: se recogieron de limosna 2.132 reales
18

En caso de herejía, y una vez amarrado al poste, se ofrecía al reo una última oportunidad para abjurar de sus heréticas ideas, en cuyo caso, como medida de gracia, era estrangulado antes de ser pasto de las llamas.

«Sobre los cuatro postes que se alzaban aun en este tristísimo lugar há pocos años, los inquisidores habían hecho levantar un estenso tablado, donde se podía ver una linea de círculos, por cada uno de los cuales salía un elevado madero para atar los reos, los unos para sufrir previamente la pena de garrote, los otros para que presenciaran este espectáculo, y todos para ser quemarlos.
Debajo de los maderos había colocada gran cantidad de leña impregnada de sustancias bituminosas, y vivazmente inflamables.
A este tablado se subia por una ancha escalera.
Los reos llegaron pues al brasero, que estaba coronado de soldados de la fé en guarda de la cruz blanca, y aquellos, después de descabalgar, ascendieron con los religiosos y los ejecutores […]
La multitud se colocó en círculo alrededor del tablado.
Los reos fueron atados á los maderos, el verdugo comenzó su oficio, y con la lentitud propia de estos terribles espectáculos, viéronse al fin inertes sobre el pecho las cabezas de los siete confesos.
Entre tanto los pertinaces, atados á los maderos, hacían gala de un estoicismo digno de mejor causa, despreciando las exhortaciones de los religiosos que los rodeaban.
Un silencio de muerte habia sucedido al fin á tanto movimiento,y ante esos siete cadáveres, el espanto se habia apoderado rápidamente de todos los corazones […]
Era en estos momentos cuando el verdugo habia acabado con los confesos.
Entonces los confesores redoblaron sus esfuerzos cerca de los pertinaces, y el pavor tendió sus frías alas sobre la callada muchedumbre.
Los verdugos descendieron del cadalso, y encendieron sus fúnebres antorchas; aplicáronlas á la preparada leña, y al punto brilló la llama en el cadalso, voraz y rugiente […]
Entonces brilló la llama sobre el cadalso.[…]
La hoguera habíase apoderado al fin de los reos.
La muchedumbre violos primero retorcerse inútilmente ante el calor dé la-cercana llama, después, al prender en sus pintarrajeados sudarios, los envolvió del todo; pero al consumirse los sambenitos y los capotillos, quedaron ante la multitud tres objetos informes y sangrientos, que lanzaban horribles imprecaciones y gritos envueltos en oleadas de sangre!...
Ante espectáculo tan horrible, nadie paraba su atención en los cadáveres de los confesos, que ardian lentamente, ni en las estatuas, que habia ya consumido el incendio.
Los frailes, que descendieran antes del brasero, entonaron el salmo exurge Domine...
Dobláronse los maderos quemados por el fuego, ó este acabó con las ligaduras, y los reos cayeron entre las ascuas de la inmensa hoguera.
Incendióse al fin todo el tablado, y el cadalso no fué ya mas que un cráter hirviente...
Los frailes seguían en tanto sus fúnebres cantares...
Lentamente cesó al fin la luz de la hoguera.
Aproximáronse los verdugos armados de garfios de hierro, y aventaron las cenizas.»
19
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16. Nicolás Aymerich, Op. Cit.
17. Fórmula del entrego de los reos a la justicia seglar, libro de orden de procesar en la Inquisición, folio 31. Citado en “Relación histórica del auto general de fe que se celebró en Madrid este año de 1680”, por Iosep del Olmo.
18. “Memoria histórica de la archicofradía de la Paz y Caridad” (1868), citada en ”Anales de la guerra civil: España desde 1868 a 1876”,  por Melchor Pardo.

19.“Joraique. La rebelión de los moriscos”, publicado en “La Ilustración”, 8 de mayo 1852

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es aficionado a la música y a la historia, socio fundador de la desaparecida asociación "Amigos del Foro Cultural de Madrid" y de la revista cultural "La Gatera de la Villa". 

Además de diversos artículos sobre la historia de Madrid, es autor del libro El levantamiento del 2 de mayo de 1808.

La Milicia Nacional, por Eduardo Montagut

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut y Javier Alonso García-Pozuelo. Puedes acceder a todos los artículos publicados hasta la fecha pinchando AQUÍ.

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La Milicia Nacional, por Eduardo Montagut
La Milicia Nacional fue uno de los instrumentos que estableció el liberalismo español para defender el orden constitucional, aunque nunca quedaron muy claras ni definidas las funciones de este cuerpo.

La Constitución de 1812 instituyó por vez primera la Milicia Nacional. En cada provincia se crearían unas fuerzas, unas milicias, como organización cívico-militar, en función del número de la población de la misma. El servicio no debía ser continuo como en el Ejército, solamente cuando las circunstancias lo hicieran necesario. El rey podía disponer de las milicias, pero siempre con el preceptivo permiso o autorización de las Cortes, aspecto fundamental. En abril de 1814 se aprobó el Reglamento de la Milicia Nacional. Se compondría de un arma de Infantería y otra de Caballería, y mantendría el carácter provincial que estableció el texto constitucional. Los componentes serían hombres entre treinta y cincuenta años, que debían servir ocho años. No podrían pertenecer a la Milicia Nacional los funcionarios públicos, los ordenados in sacris, los miembros de facultades científicas o de humanidades, ni los diputados nacionales y provinciales. También se fijó el número de milicianos: treinta por cada mil quinientos habitantes.

Fernando VII disolvió la Milicia Nacional con el restablecimiento del absolutismo. Volvió a constituirse en 1820 al inicio del Trienio Liberal, siendo abolida cuando se terminó la experiencia de gobierno liberal en 1823 y se volvió a restaurar el absolutismo. La inestabilidad siguió siendo la tónica de la historia de la Milicia Nacional cuando el rey Fernando VII falleció. Los liberales progresistas convirtieron la Milicia Nacional en un instrumento político frente a los moderados en la intensa etapa de las Regencias del reinado de Isabel II. Una de los pocos aspectos progresistas de la Constitución de 1837 fue el de volver a instituir la Milicia Nacional. Cuando los moderados se hicieron con el monopolio del poder en la Década Moderada la suprimieron. Reapareció en la Constitución no promulgada de 1856 del Bienio Progresista.
 


Después de la Revolución de 1868 se crearon las Milicias ciudadanas de los Guardias de la Libertad, una transformación de la Milicia Nacional. En 1873, instaurada la I República, los milicianos se convirtieron en los Voluntarios de la República. La Restauración borbónica los transformó, a su vez, en los Voluntarios de la Monarquía Constitucional, pero en realidad, la Milicia Nacional murió definitivamente con este régimen político, que nació marcadamente conservador.

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Javier Alonso García-Pozuelo 

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

«José María Calatrava, en el primer liberalismo progresista», por Eduardo Montagut

Estupiñá abría todas las mañanas, barría y regaba la acera, se ponía los manguitos verdes y se sentaba detrás del mostrador a leer el Diario de Avisos. Poco a poco iban llegando los amigos, aquellos hermanos de su alma, que en la soledad en que Plácido estaba le parecían algo como la paloma del arca, pues le traían en el pico algo más que un ramo de oliva, le traían la palabra, el sabrosísimo fruto y la flor de la vida, el alcohol del alma, con que apacentaba su vicio... Pasábanse el día entero contando anécdotas, comentando sucesos políticos, tratando de tú a Mendizábal, a Calatrava, a María Cristina y al mismo Dios, trazando con el dedo planes de campaña sobre el mostrador en extravagantes líneas tácticas; demostrando que Espartero debía ir necesariamente por aquí y Villarreal por allá; refiriendo también sucedidos del comercio, llegadas de tal o cual género; lances de Iglesia y de milicia y de mujeres y de la corte, con todo lo demás que cae bajo el dominio de la bachillería humana.
Fortunata y Jacinta
Benito Pérez Galdós


Recuperamos esta cita de una de las novelas cumbre de la literatura decimonónica, para presentar la primera colaboración del profesor Eduardo Montagut con nuestro blog, una reseña biográfica de José María Calatrava, ése Calatrava a quien el entrañable personaje galdosiano, Estupiñá, tutea y que Galdós coloca entre dos personalidades históricas algo más conocidas, Juan Álvarez Mendizábal y la Reina Gobernadora María Cristina.


En este trabajo escrito ex profeso para CITA EN LA GLORIETA, el profesor
Montagut estudia la figura de José María Calatrava, un político poco conocido, pero que tuvo un destacado protagonismo en la Revolución liberal española.


JOSÉ MARÍA CALATRAVA, EN EL PRIMER LIBERALISMO PROGRESISTA
Eduardo Montagut
José María Calatrava nació en 1781 en Mérida. Estudió Derecho en Sevilla, donde le sorprendió el estallido de la Guerra de la Independencia. Se sumó a la Junta Suprema de Extremadura y fue diputado en las Cortes de Cádiz por Extremadura, siendo un claro liberal en los debates parlamentarios, defendiendo la supresión de los mayorazgos.

La restauración del absolutismo con el regreso de Fernando VII fue nefasta para Calatrava, siendo detenido y enviado al Penal de Melilla, no recobrando la libertad hasta el triunfo de Riego en 1820. Volvió a ser elegido diputado en las nuevas Cortes. En su seno fue nombrado presidente de la Comisión de Legislación, comprometiéndose en la elaboración de la Ley que extinguía el régimen señorial (1823), en un sentido nada favorable para los nobles, ya que defendió los intereses de los pueblos y los campesinos, en línea con el ideario del liberalismo exaltado. La cuestión de los señoríos coleaba desde 1811 en las Cortes de Cádiz. También participó en la redacción del Código Penal de 1822. Este Código incluía el delito de los actos contrarios o que tendieran a modificar o derribar el régimen constitucional. 


Pero nuestro protagonista no sólo fue un intenso legislador, sino también miembro del poder ejecutivo, ya que fue nombrado ministro de Gracia y Justicia en el gobierno exaltado de 1823. Cuando triunfaron los Cien Mil Hijos de San Luis decidió marchar al exilio francés para evitar ser perseguido, regresando a España con la muerte del rey Fernando VII.

El protagonismo político de Calatrava se renovó a partir de la sublevación de La Granja de 1836, que restableció la Constitución de 1812. La Reina Gobernadora le nombró presidente del Consejo de Ministros. Calatrava tuvo que moderar un poco sus planteamientos porque fue consciente de las dificultades del momento y por la experiencia política pasada. Se apoyó en otra de las grandes figuras del liberalismo progresista de aquella época de las Regencias de Isabel II, es decir, en Mendizábal. Le otorgó las carteras de Hacienda y Marina en su gobierno. A pesar de que había atemperado sus ideas Calatrava no dudó en recuperar gran parte de lo dispuesto en el Trienio y abolido en la Década Ominosa. Restableció la libertad de imprenta, la Ley de ayuntamientos de 1823 y la Ley de desvinculación de mayorazgos de 1823, algo en lo que desde Cádiz había sido claro protagonista. En el gobierno Calatrava y por gracia de Juan Álvarez Mendizábal se puso en marcha la desamortización eclesiástica. También se acordó la abolición del diezmo. Calatrava convocó a Cortes Constituyentes para que se elaborase una nueva Constitución, la de 1837. También aprobó una nueva Ley electoral. Sin lugar a dudas, el gobierno Calatrava fue uno de los más destacados del período de Regencias y de signo progresista.



José María Calatrava
- Antonio Gisbert -

José María Calatrava dimitió en septiembre de 1837 a raíz del pronunciamiento de los oficiales de la Brigada Van Halen en las inmediaciones de Madrid. Fue protagonista político de nuevo en 1839 al ser elegido para presidir el Congreso de los Diputados. Fue diputado en la Regencia de Espartero, y llegó a ser presidente del Tribunal Supremo. Falleció en 1847.

«José María Calatrava, en el primer liberalismo progresista» ha sido escrito por Eduardo Montagut para el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a quien quiera reproducirlo, total o parcialmente, que cite la fuente original.

es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

Isabel II, Larra y la sublevación de La Granja

[...] Pronto se cumplirá un cuarto de siglo de aquel trágico pistoletazo –el mismo cuarto de siglo que Benítez lleva siendo policía– y, aunque el país ha experimentado notables avances en derechos y libertades, el veterano inspector está convencido de que aunque Larra hubiese nacido veinticinco años más tarde, aunque no hubiese crecido en la España absolutista de Fernando VII sino en la España constitucional de Isabel II, igualmente se habría ido a dormir el Día de Difuntos con la idea del suicidio madurando en su cabeza. España sigue siendo hoy, igual que hace un cuarto de siglo, un país de pandillas, banderías y fanáticos. Un país de ciegos que se apalean entre sí por procurarse un pedazo del presupuesto. Un país en el que, a fuerza de repetirlo, no son pocos los que han terminado creyéndose libres.
La cajita de rapé (Maeva, 2017)
Javier Alonso García-Pozuelo

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut y Javier Alonso García-Pozuelo. En esta ocasión publicamos dos artículos relacionados por un tema en común: la sublevación de La Granja, que tuvo lugar en agosto de 1836 y que, entre otras consecuencias, forzó a la regente María Cristina y restablecer la Constitución de 1812.

El Panorama Español. Crónica Contemporánea,
tomo III, 1845.
Firma por la reina gobernadora de
la reinstauración de la constitución de 1812

LA SUBLEVACIÓN DE LA GRANJA EN AGOSTO DE 1836
Eduardo Montagut
La sublevación de La Granja, acontecida en el 13 de agosto de 1836, fue un suceso clave en la Regencia de la Reina Gobernadora, en la minoría de edad de la reina Isabel II. Fue protagonizada por los sargentos de la Guardia Real para obligar a la regente María Cristina a jurar la Constitución de 1812, contra el gobierno de Istúriz, y terminar con el sistema político, harto conservador, del Estatuto Real de 1834.

Francisco Javier de Istúriz
- Antonio Gisbert -

Efectivamente, el modelo diseñado por Martínez de la Rosa con el Estatuto Real para intentar implantar un sistema liberal muy moderado no había convencido ni a los carlistas, ya en plena guerra, ni tampoco a una gran parte de los liberales, especialmente a los progresistas. El Estatuto era, realmente, una convocatoria de unas Cortes bicamerales con pocas competencias y no realmente una constitución. Los progresistas comenzaron muy pronto a conspirar y a moverse para que se implantase de nuevo la Constitución de 1812 que, como bien sabemos, estuvo muy poco tiempo en vigor, realmente sólo en el Trienio Liberal. Se dieron varios pronunciamientos en el verano del año 1836, protagonizados en varias ciudades por la Milicia Nacional, un instrumento de clara tendencia liberal progresista.

El motín o sublevación en el palacio de La Granja tuvo éxito, ya que la regente repuso la Constitución de Cádiz, y cambió el gobierno por uno presidido por Calatrava, aunque el hombre fuerte sería Mendizábal en Hacienda, deseoso de emprender la desamortización eclesiástica.


José María Calatrava
- Antonio Gisbert -

La sublevación tiene su importancia histórica porque desechó para siempre el extremado conservadurismo de la fórmula del sistema diseñado en el Estatuto Real, que avanzaba muy poco o casi nada en el desmantelamiento del Antiguo Régimen.

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ISABEL II Y LARRA. AMOR Y POLITICA.
Javier Alonso García-Pozuelo
Aunque ni Larra ni Isabel II son personajes de «La cajita de rapé», tanto al primer suicida español enterrado en camposanto como a la primera reina constitucional de España los tuve muy presentes durante el largo proceso de escritura de la novela.

Isabel II y Larra son un buen ejemplo de cómo dos matrimonios con un comienzo radicalmente opuesto pueden terminar exactamente igual. Larra, en un arrebato de juventud del que pronto se arrepintió, se casó con la mujer que él quiso, a pesar de la oposición de sus padres. A Isabel II la obligaron a casarse con su primo, la última persona del mundo con quien ella hubiese deseado compartir lecho. Ambos enlaces acabaron del mismo modo: con la infelicidad de la pareja y la búsqueda del amor fuera del matrimonio. 

Isabel II
- Federico Madrazo (1849) -
Museo del Romanticismo de Madrid

Las figuras de Isabel II y Larra son un exponente muy representativo de la primera mitad del siglo XIX, una época de transición del Antiguo Régimen al Estado Liberal, y del Romanticismo, movimiento cultural que a España llegó con retraso al final del reinado de Fernando VII y que influyó en muy distintos ámbitos, desde la creación artística y literaria a la filosofía y la política.

En la noche del 13 de febrero de 1837 Mariano José de Larra, el periodista español mejor pagado de su época, el más grande satírico del siglo XIX, el autor de tantos y tantos artículos inmortales, acabó con su vida pegándose un pistoletazo. Al otro lado de la puerta de su gabinete, en la madrileña calle de Santa Clara, se hallaba su hija Adela, de apenas cuatro años de edad. El que en aquella trágica decisión influyó la visita, esa misma tarde, de la que había sido su amante, Dolores Armijo, es indudable. Pero no debemos olvidar que en el verano anterior una de las muchas asonadas del siglo XIX español impidió que Larra tomara posesión de su escaño de diputado y que aquel contratiempo tuvo mucho que ver con el desánimo que arrastró hasta el final de sus días.

El 31 de julio de 1836 Mariano José de Larra obtuvo el tercer escaño de la provincia de Ávila para diputado en el Estamento de Procuradores de las Cortes españolas. Había concurrido a las elecciones en las filas de los moderados, quienes aunque liberales consideraban que la única forma de combatir al carlismo era fortaleciendo la Corona. El otro bloque liberal era el de  los progresistas; estos eran contrarios a ciertas prerrogativas de la Corona, como el poder real para la disolución de las Cortes, y defendían el dogma de la soberanía nacional.

De haber tenido la oportunidad de hacerlo
Larra, diputado electo del partido moderado, tal vez hubiese alzado su voz en el Palacio de las Cortes para defender algunas ideas no muy alejadas de las de los progresistas; ideas que por aquellas fechas expresaba de esta manera en el prólogo a su traducción de «El dogma de los hombres libres. Palabras de un creyente», de Lamennais:
"Religión pura, fuente de toda moral, y religión, como únicamente puede existir, acompañada de la tolerancia y de la libertad de conciencia, libertad civil; igualdad completa ante la ley, e igualdad que abra la puerta a los cargos públicos para los hombres todos, según su idoneidad, y sin necesidad de otra aristocracia que la del talento, la virtud y el mérito; y libertad absoluta del pensamiento escrito. He aquí la profesión de fe del traductor de las Palabras de un creyente."

Pero las ideas del diputado Larra -más progresistas de lo que su acta de diputado pudiera sugerir- no llegaron a ser oídas. El 13 de agosto se produjo el motín de La Granja y María Cristina, la reina regente, se vio forzada a proclamar la Constitución de 1812. El día 14 Calatrava sustituía como presidente del Consejo de Ministros a Istúriz. El siguiente paso fue anular, mediante un decreto de 23 de agosto, la previa convocatoria a Cortes, de modo que Larra perdía su acta de diputado sin que su voz hubiese llegado a oírse en sede parlamentaria.


Mariano José de Larra
- José Gutierrez de la Vega (1835) -
Museo del Romanticismo de Madrid

Es de suponer que cuando la noche del 13 de febrero de 1837 Larra se pegó un tiro, en su ánimo pesaba la profunda decepción que le provocó la visita de Dolores Armijo; su antigua amante, lejos de buscar una reconciliación con él, lo que pretendía con aquella visita era recuperar viejas cartas que pudieran comprometerla. Todo se había acabado entre ellos. Su última esperanza de ser feliz se le escapaba definitivamente y solo le quedaba el abatimiento en que se sumió tras su fracasado paso por la política, aquel desencanto que le llevó a escribir lo siguiente en «El día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio»:
 

“Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.

¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro, ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! «Aquí yace la esperanza»”

Larra no encontró en el amor extraconyugal el bálsamo que le ayudase a olvidar el ambiente de mediocridad y de atraso de la España en que le tocó vivir. Isabel II sí fue feliz en los brazos de sus amantes, circunstancia ésta aprovechada por muchas personas de su entorno para favor propio o para influir en las decisiones políticas de la reina. Amor y política nuevamente, como dos de los ingredientes esenciales del balbuciente estado liberal español.

«La cajita de rapé» es una novela policiaca, en la que se describe una investigación policial tal y como se llevaban a cabo a mediados del siglo XIX; pero no por eso me podía abstraer de la época en la que está ambientada: una época de grandes pasiones. Sentimentales y políticas. De ahí que las figuras de Isabel II y Larra estuvieran tan presentes mientras la escribía.

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Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

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es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública, epidemiología y educación sanitaria, además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Compagina su actividad docente con su pasión por la literatura, la historia (mantiene desde hace años Cita en la Glorieta, blog colaborativo de historia y literatura) y la música, llevando a los escenarios sus propias canciones en solitario o acompañado de una pequeña banda acústica. El 28 de febrero de 2017 ha publicado con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II.