Reseña de «La corza de Cerinea», de Agatha Christie

RESEÑA DE «LA CORZA DE CERINEA», DE AGATHA CHRISTIE, por Miguel Izu
1. Introducción.
 

La corza de Cerinea ocupa el tercer lugar entre los doce trabajos de Hércules Poirot. Originalmente, se publicó en 1940 con el título de The Arcadian Deer en el Reino Unido y de Vanishing Lady en Estados Unidos.

Según la mitología griega, la corza o cierva de Cerinea, ciudad de la región de Acaya, sobre el golfo de Corinto, que tenía pezuñas de bronce y cornamenta de oro, era tan veloz que la diosa Artemisa no había podido engancharla a su carro junto con las otras cuatro ciervas que estaban destinadas a tirar de él. Hércules no podía cazar la cierva con flechas, además de ser más rápida que ellas tenía que capturarla viva, así que la persiguió sin descanso durante un año. Logró capturarla sorprendiéndola cuando abrevaba en el río, según unas versiones con una trampa y, según otras, atravesando sus dos patas delanteras con una flecha entre los tendones y el hueso, sin derramar su sangre pero inmovilizándola. Una vez capturada la llevó a Micenas para entregarla al rey Euristeo, como le había ordenado este. En el camino se encontró con Artemisa, a la que pidió perdón por capturar a un animal sagrado que le pertenecía, pero le explicó el encargo que había recibido de Euristeo, el cual pretendía desatar la ira de la diosa contra Hércules. Artemisa le dio permiso para llevar la cierva a Euristeo, siempre que luego se la devolviera. Al llegar a presencia de Euristeo, Hércules fingió que se la iba a entregar, pero la dejó libre y el animal corrió a buscar a Artemisa. Hércules anunció que él había cumplido el trabajo, pero que el rey no había sido lo suficientemente rápido para retener a la cierva.

 
La corza de Cerinea
- Fred Liebig, 1927-

 
2. Sinopsis.
 

ADVERTENCIA DEL EDITOR: Esta sinopsis contiene un spoiler completo del relato que reseñamos. Si aún no lo has leído o hace tanto tiempo que no recuerdas el argumento, te recomendamos que lo leas antes de disfrutar del excelente análisis que nos ofrece el escritor Miguel Izu.

El coche de Poirot sufre una avería y, mientras lo reparan, tiene que quedarse a pasar la noche en la posada de un apartado pueblo durante una nevada. El joven mecánico que acude a explicarle la causa de la avería y cuándo estará reparada, Ted Williamson, que le recuerda a “un dios griego... un joven pastor de la Arcadia”, le ha reconocido como famoso detective y le ruega que busque a una muchacha desaparecida. Williamson, el verano anterior, había acudido a la finca de sir George Sanderfield para realizar una reparación y fue atendido por Nita Valetta, doncella italiana de “cabellos como alas de oro” al servicio de una bailarina rusa de visita en la casa, a la que invita a pasear con él. Queda irremisiblemente enamorado de ella, que le dice que volverá una quincena más tarde con su señora, pero nunca regresa. La bailarina rusa sí se presenta de nuevo en la mansión, pero con otra doncella que le dice que Nita ha sido despedida. Consigue su dirección y le escribe, pero le devuelven la carta puesto que ya que no vive allí. Poirot acepta el encargo de buscarla.

Tras varias pesquisas sin resultado en Londres, Poirot se entrevista en su restaurante de París con el conde Alexis Pavlovitch, un ruso exiliado y bien informado del mundo artístico, para obtener noticias del paradero de Katrina Samoushenka, la bailarina a cuyo servicio estuvo Nita y que está gravemente enferma en un sanatorio de Suiza. También logra saber que Nita era originaria de Pisa, ciudad a la que dirige sus pasos para averiguar que la joven, a la que su familia no llama Nita sino Bianca, ha muerto de apendicitis unos meses antes. Algo le dice a Poirot que debe seguir investigando y viaja al sanatorio de Suiza para hablar con la bailarina rusa, a la que recuerda haber visto actuar en un ballet haciendo el papel de la cierva de Cerinea. Katrina Samoushenka confirma que su doncella, Juanita, murió de apendicitis, pero Poirot le replica que la muchacha de cabellos dorados a la que conoció y de la que se enamoró Williamson en realidad era ella, haciéndose pasar por su doncella que acababa de caer enferma y había vuelto a su país. No quiso desvelar su verdadera identidad ni volver a ver al joven, que también le resultó atractivo, porque ya sabía que también estaba enferma. Poirot, que sospechó la verdad a partir de la descripción que le hizo Williamson de la joven desaparecida, le encarece que no renuncie ni a la vida ni al amor.

   
3. Los viajes de Poirot.
 


Este relato contiene dos curiosas particularidades entre todas las historias de Hércules Poirot; una es que no hay crimen, y la otra es que el detective aparece como propietario de un automóvil, un lujoso Messarro Gratz (marca completamente ficticia) conducido por un joven chófer con un sustancioso salario aunque, al parecer, escasas habilidades mecánicas. En todas sus restantes aventuras Poirot no tiene coche, suele viajar en tren (a ser posible, tan lujoso con los de El misterio del tren azul o Asesinato en el Orient Express), en barco (pese a que se marea; en el relato El rapto del primer ministro, de 1923, al embarcar dice a su amigo, el capitán Hastings: “¡El mal de mer… es un sufrimiento terrible!”; y en Problema en el mar, de 1936, que se desarrolla en un crucero que se dirige a Alejandría, dice: “Ha sido una estupidez el haberme dejado convencer para venir. Detesto la mar. Nunca está tranquila, nunca, ni un minuto”), en avión (aunque “me descompongo casi tanto en el aire como en el mar”, dice en Muerte en las nubes, de 1935), en taxi, en un vehículo de alquiler con chófer o en el automóvil de otras personas que se ofrecen a llevarle, en algunos casos los de Hastings (antes de ser desterrado a Argentina) o de la escritora Ariadne Oliver. En el relato Doble culpabilidad (originalmente publicado en 1928 con el título de By Road or Rail) expresa a Hastings que no le gusta viajar en autobús: 
“Amigo mío, ¿por qué esa pasión por el autocar? El tren es más seguro. Carece de neumáticos que se revienten, lo cual reduce las posibilidades de accidente. Además, en el tren no molesta el aire, pues con cerrar las ventanillas se evitan las corrientes”.
Ciertamente, resulta más apropiado al carácter sibarita de Poirot dejar que le lleven en un vehículo lo más cómodo posible que tener que preocuparse por un vehículo propio. Por otro lado, un automóvil es un pobre recurso para novelas criminales al estilo de Agatha Christie, no es adecuado para la comisión de un asesinato en lugar cerrado y del que existan un número determinado de sospechosos. Otros medios de transporte resultan mucho más a propósito y, así, Poirot tendrá que investigar crímenes cometidos en un avión (Muerte en las nubes), en un tren (Asesinato en el Orient Express) o en un barco (Muerte en el Nilo, Problema en el mar). Por eso resulta tan anómalo que Agatha Christie (ella sí era aficionada a conducir) le adjudique, por una sola vez, un automóvil y un chófer propios de los que nunca más se supo.

4. El estilo victoriano.
 

En este relato Hércules Poirot se calienta en la posada donde se ha refugiado de la tormenta de nieve ante una “gran chimenea de estilo victoriano”. Podemos añadir que el propio Poirot, y buena parte de la obra de Agatha Christie, también comparten el estilo victoriano.

Hace pocas semanas, en una de las veladas de la librería Deborahlibros de Pamplona, mi amigo Carlos Ollo Razquin presentó varios libros de detectives victorianos. Mientras enumeraba las características del género cultivado por Wilkie Collins, Conan Doyle y tantos otros, a mí, que estaba releyendo a Agatha Christie para componer estas reseñas, todo me resonó enormemente familiar: un crimen a resolver, pistas engañosas, un investigador muy perspicaz y una policía torpe, un montón de sospechosos y un culpable que es el menos imaginable, la reconstrucción de los hechos donde se revela la verdad y alguna sorpresa final. Así se lo comenté a Carlos al finalizar el acto y estuvo de acuerdo conmigo, que aunque Agatha Christie escriba en el siglo XX, arrastra buena parte de la cultura victoriana en la que se educó y sus relatos detectivescos no son sino continuación de aquellos autores de la segunda mitad del siglo XIX. Sabido es que Hércules Poirot está inspirado directamente en Sherlock Holmes, y puede añadirse que miss Marple o Tuppence Beresford no son sino las continuadoras de las mujeres detectives –adelantadas a su tiempo
tan habituales en la literatura policial victoriana (Detectives victorianas, precisamente, es una deliciosa recopilación de Michael Sims, editada aquí por Siruela, que Carlos Ollo presentó aquella noche). La literatura y la cultura victorianas no acaban abruptamente con el reinado de la emperatriz Victoria, en 1901, sino que su influjo se mantiene en la época eduardiana y llega hasta las décadas siguientes, entra en crisis con la Gran Guerra y sus residuos perecen definitivamente con la II Guerra Mundial y la extinción del Imperio británico. Repasando la nómina de escritores victorianos, hay que tener en cuenta que Conan Doyle sigue escribiendo hasta 1930, Thomas Hardy hasta 1928, Rudyard Kipling hasta 1936, Bernard Shaw hasta 1950. Ese mundo reflejado en las historias de Agatha Christie, la mayoría situadas en el periodo de entreguerras, lleno de aristócratas y terratenientes, militares retirados que han regresado de la India, inspectores de Scotland Yard, médicos y párrocos rurales, amas de llaves, mayordomos y lacayos que sirven en grandes mansiones campestres, personajes de las clases acomodadas obsesionados por heredar una renta con la que vivir sin trabajar, telegramas urgentes y viajes en ferrocarril, más el continuo lamento por los cambios del mundo moderno, tiene unas reminiscencias profundamente victorianas.


Puedes leer las colaboraciones de Miguel Izu para la III SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2017, PINCHANDO AQUÍ o en la imagen.

 
es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea. Obras: Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017). Relato: “Un asunto privado”, en 24. Relatos navarros (2016); “Una cuenta pendiente”, en Solo Novela Negra (2016); “El vino del francés”, en El alma del vino (2017); “Un móvil para un crimen”, en la III Semana Negra en la glorieta (2017). Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015). Página web: http://webs.ono.com/mizubel/