«Habeas corpus. Donde empiezan y terminan los derechos», por Rosario Tur Ausina

HABEAS CORPUS. DONDE EMPIEZAN Y TERMINAN LOS DERECHOS, por Rosario Tur Ausina
Habeas corpus (ad subiiciendum): “que tengas tu cuerpo para exponer”… nadie puede privar a tu cuerpo de libertad de movimiento”… tendrás tu cuerpo libre”… cuerpo presente”… que tengas el cuerpo”… Traducciones todas ellas más o menos literales desde el latín, que evocan uno de los derechos más antiguos pero también más básicos del ser humano: la libertad personal frente a cualquier detención arbitraria por parte del poder.

Sobre la idea de libertad se construyeron las civilizaciones más antiguas (Grecia, Roma,…). Porque no había otro modo de buscar el progreso de aquellas sino planteando y discutiendo sobre el modo y la forma en que la libertad –o no libertad
de las personas servirían al desarrollo de esas sociedades. Por ello, en aquellas épocas la libertad de las personas fue manipulada, interpretada o construida de forma desequilibrada y asimétrica para la población. A partir de una exaltación casi solemne y religiosa del papel del poder político, la ciudadanía quedó a merced del funcionamiento y de los intereses del sistema, de tal modo que de una libertad personal auténtica solo gozaban unos pocos: las clases dominantes, el señor, el libre –el dominus en Roma… frente al esclavo, al meteco, a las mujeres... Los libres frente a los no libres. Y para los primeros, eso sí, las primeras garantías jurídicas de libertad: Ait Praetor: quem liberum dolo malo retines, exhibeas (“Dice el Pretor: Exhibe al hombre libre que con dolo malo retienes”; De Homine Libero Exhibendo, Digesto –Libro XLIII, título XXIX-). Pero lo importante es que todavía la persona no se colocaba frente al Estado sino como parte y al servicio de él… como nos recordaba Battaglia. Y por ello las personas podían ser objeto de propiedad, unas más que otras. La propia expresión “exhíbase el cuerpo” es suficientemente ilustrativa…

La libertad personal, en su vertiente física, no dejó desde entonces de ser una constante en la historia política posterior. Modulando su contenido, universalizando su titularidad, mutando su significado para hacerlo valer frente al poder público –mientras en sus orígenes servía para actuar frente a los particulares
, reforzando su régimen jurídico y, en resumidas cuentas, colocando cada vez con mayor solidez a la persona frente al Estado… fue gestándose la propia configuración de lo que representa un ser humano a través de la garantía de su esencia más preciada, su libertad.

Así, el Fuero de León (1188), pactado entre el Rey Alfonso IX y el reino, reconoció la libertad personal como un límite frente al gobernante; las Leyes de Partidas de Alfonso X el Sabio aludían a la conducta rechazable del tirano; el Juicio de Manifestación del Reino de Aragón (1428) se articuló como un recurso contra la arbitrariedad del poder, que habría de resolver el Justicia; o el Fuero de Vizcaya (1526) ordenó no “prender” a ninguna persona sin mandamiento del juez competente. Todos ellos ejemplos emblemáticos de nuestra propia historia jurídico-política.

Pero sin lugar a dudas es el ordenamiento anglosajón el punto clave en la historia del paulatino y constante arrebatamiento a los gobernantes de garantías a favor de la libertad personal: la Carta Magna otorgada por el Rey Juan sin Tierra a petición de los Barones del Reino (1215), estableció en su artículo 32 que “Ningún hombre libre será arrestado, o detenido en prisión, o privado de su tenencia libre, o declarado fuera de la ley, o desterrado o molestado de cualquier forma, y no procederemos contra él ni enviaremos a nadie en su contra, si no es por el juicio legal de sus pares o por la ley del país”. Sin embargo, la historia de la Carta Magna no fue pacífica. No en vano, pese a ser un icono de la libertad, no dejó de constituir un pacto forzado con la nobleza, lo que podía dar pie, como así fue, a ser suspendida en diversas ocasiones.



Juan sin Tierra

La Carta Magna sentará, no obstante, los grandes principios para la articulación del llamado writ of habeas corpus. En los siglos posteriores (XIV y XV) este derecho tomará forma a través de distintos “mandatos” dirigidos a exigir traer a personas detenidas para poder ser juzgadas por otras causas; a solicitar traer a un prisionero para comunicarle la ejecución de una sentencia, para comparecer ante el Tribunal en cuya jurisdicción hubiere sido cometido el delito, o para que testifique; para llevarlo a otro territorio donde hubiera sido cometido el delito del que es acusado, o para llevarlo de un Tribunal a otro superior donde será juzgado; o, el más conocido, para solicitar a quien hubiere detenido a una persona que procediera a someterlo a la autoridad del Tribunal correspondiente. Y es que, como acertadamente expresó García Belaunde, el habeas corpus no servía tanto para sacar a una persona de prisión sino para meterla en ella legalmente.

Poco a poco la libertad personal se hacía valer. Fundamentalmente, ahora, frente al poder público, ante el cual la persona iba ganando terreno, como así pusieron en evidencia la Petition of Rights (1628), la Habeas Corpus Act (1679), y sobre todo el Bill of Rights (1688), hasta llegar a la ley de Habeas Corpus de 1816, que extiende la tutela de la libertad personal a juicios distintos a los penales.

Llegamos de este modo a la plena consagración de los derechos y libertades frente al Estado y al poder público, situados ambos, por fin, al servicio de la persona. Por este motivo, documentos emblemáticos como la Declaración del Buen Pueblo de Virginia (1776, EEUU), o la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789, Francia), insisten en la idea de la libertad e independencia del ser humano por nacimiento, de tal modo que sus derechos y su libertad personal son inherentes a su condición humana. La idea de que la persona no puede ser privada de su libertad sino de acuerdo con lo dispuesto por la ley, bajo determinadas condiciones  (que las Constituciones irán delimitando cada vez con mayor rigor), y a través del procedimiento oportuno, adquiere plena forma. El derecho de habeas corpus se ha convertido ya en una medida de seguridad para la libertad personal, pero también para la integridad física y psíquica del ser humano; en un derecho, pero también en todo un conjunto de medidas; con un contenido material –la tutela de la libertad personal
, pero con una consistente articulación formal –todo un procedimiento, plazos, requisitos,… para la garantía de la libertad física. Véase, por poner solo un ejemplo, el propio artículo 17 de la Constitución Española: la idea de la garantía de la libertad y la seguridad, la duración de una detención por el tiempo estrictamente necesario y nunca más de 72 horas, el establecimiento de un procedimiento expreso para la puesta a disposición judicial de toda persona detenida ilegalmente… Límites absolutos para el poder y condiciones básicas que han de ser respetadas por el legislador.

La prisión arbitraria había sido un instrumento de poder extraordinario para los gobernantes. La mejor forma para acallar las disidencias. Pero se imponía, finalmente, en las regulaciones constitucionales de los diversos continentes, una dinámica capaz de conectar los derechos con la adecuada intervención de los poderes públicos (los tribunales, los gobiernos, el legislador…). Es bien cierto que en la historia constitucional de nuestros dos últimos siglos, no han faltado abusos, pero no lo es menos la idea constante de que no quede desvirtuado su objetivo inicial: frenar la arbitrariedad y lograr la “equilibrada” intervención de los diversos poderes que conviven en un Estado, con los procedimientos adecuados.

Por otro lado, las personas no están solas frente al poder de sus propios Estados. La globalización, que viene acompañada de una reivindicación en igualdad de los derechos de las personas más allá de las fronteras estatales, vela igualmente por un respeto a la libertad personal frente a interpretaciones sesgadas o prácticas distorsionadas del habeas corpus en los Estados. Porque la persona empieza y acaba en su libertad.

Sin embargo, la historia de la libertad personal no termina aquí. Los retos son constantes y mutan de unas épocas a otras…: junto a la tutela de la libertad física y la integridad del ser humano que pretendió el clásico habeas corpus, las amenazas de la identidad personal ante los nuevos retos tecnológicos y la comunicación global…; y junto a la defensa ante la arbitrariedad del poder público ante el que reaccionó el constitucionalismo contemporáneo, la vuelta atrás en la historia y la tutela de nuevo ante los vulneraciones generadas por particulares y poderes privados. El habeas data (o la protección de los datos personales como derecho del ser humano a proteger su “identidad”, como nueva forma que adquiere la libertad personal más allá de su configuración física) ha venido para acompañar al habeas corpus… pero esto ya es historia de otro comentario futuro.

Este artículo ha sido escrito por Rosario Tur Ausina para la V SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2018. Si quieres acceder al programa de la Semana Negra PINCHA AQUÍ o en la imagen.


Rosario Tur Ausina (Calpe, 1971)
es Doctora en Derecho por la Universidad Miguel Hernández de Elche y Licenciada en Ciencias Políticas por la UNED. Desarrolla su labor profesional como Catedrática de Derecho Constitucional en la Universidad Miguel Hernández de Elche, pertenece a la Red Feminista de Derecho Constitucional y sus investigaciones giran en torno al constitucionalismo multinivel, lealtad constitucional, derechos fundamentales y privacidad, justicia constitucional y formas de gobierno, modelo territorial de Estado, democracia y participación ciudadana, e igualdad efectiva de mujeres y hombres. Ha realizado estancias de investigación en la Universidad de Siena, LUMSA Roma, Tribunal Europeo de Derechos Humanos, UNAM México DF, y University of British Columbia en Vancouver, Canadá.  http://rosariotur.edu.umh.es