Negra como la Guinness, por Julio César Cano

NEGRA COMO LA GUINNESS, por Julio César Cano
Llueve. No es aquí ninguna novedad. A través de las ventanas del Bed & Breakfast veo la calle mojada, algunas casas y al fondo montañas verdes, muy verdes. Dudo entre tumbarme cómodamente en la cama y leer un rato o salir a la calle en busca de aventuras trepidantes. Bueno, quizá no sea para tanto lo que vaya a encontrarme en un apacible pueblo del suroeste de Irlanda.

Decido salir. Arrecia la lluvia. De repente las nubes están tan bajas que apenas se vislumbran los tejados de las humildes viviendas adosadas. Desde la ventana veía las montañas a lo lejos, ahora prácticamente no veo nada, lo impide una densa niebla que lo cala todo.

Me apresuro, sin paraguas, hasta la cercana High Street, una sucesión de fachadas de alegres colores con tiendas de recuerdos de dudoso gusto y tabernas de madera oscura y latón pulido. Empujo la puerta de la que me queda más cerca. Huele a cerveza y a otros efluvios provocados por una humanidad encerrada con la benevolente excusa de la lluvia. Hay allí todo tipo de rostros sonrientes y mejillas sonrosadas. Algunos dan palmas al son de la música y siguen el ritmo dando taconazos contra el suelo de listones de madera centenaria. La barra está presidida por una larga fila de grifos de cerveza de nombres llamativos, aunque frente a los parroquianos lo que más abunda son las pintas de cerveza negra, y no solo la omnipresente Guinness, sino también otras marcas que por lo visto hacen las delicias de los clientes del lugar: Beamish, Murphy’s o Kilkenny. Es todo un espectáculo observar a los camareros servir la cerveza, vertiendo primero una parte y tras un largo reposo rellenar su contenido hasta el final. De reojo veo a un hombre relamerse mientras la espuma se sitúa en el lugar justo y necesario para acabar de realizar el llenado del clásico vaso de cristal.

Cuatro hombres tocan sus instrumentos al final del local. No hay escenario, ni siquiera una mínima tarima alzada un palmo del suelo. Los músicos interpretan sus canciones sentados en un banco, compartiendo mesa con los clientes que corean, bebida en mano, los estribillos de conocidas canciones de desamor, guerra o desolación. Porque de eso van las canciones irlandesas que se tocan en las tabernas: del dolor y el desgarro. Creo que si no les hubieran ocurrido tantas desgracias en el pasado, los irlandeses dedicarían igualmente sus canciones a los mismos temas; pero no es ese el caso, cantan lo que realmente les sucedió, como recordatorio, para que no se olvide jamás y el mundo entero sepa lo que allí ocurrió desde que San Patricio expulsó a todas las serpientes de la isla.
 

Los músicos hacen un breve descanso al finalizar una de sus piezas emblemáticas mientras el público aplaude sin escatimar en silbidos, aullidos y otras onomatopeyas propiciadas por la ingesta de cualquier tipo de brebaje alcohólico. Entrechocan sus vasos e intercambian los instrumentos. El que antes tocaba el violín tocará el banjo en la siguiente canción. Lo mismo con el de la guitarra, que ahora se prepara con una especie de gaita. Y es que en Irlanda los músicos dominan varios instrumentos; es lógico, las tardes de invierno son largas en el Pub y algunas canciones necesitan de unos u otros instrumentos. No hay problema, el músico irlandés se atreve con casi todo.
 

Les sucede igual a los escritores. Escriben sobre temas dispares a lo largo de sus carreras sin que nadie se rasgue por ello las vestiduras. Pasan del drama a la comedia o de la novela negra a la literatura de viajes y no ocurre nada, que es lo que debería suceder en otros países como España, donde sí ocurre. En nuestro país es harto complicado cambiar de registro. El escritor español es encasillado por el género literario con el que ha conseguido, digámoslo así, cierta notoriedad entre el público y la crítica. Y ya que cito a la crítica, quizá sea por eso por lo que los escritores irlandeses se atreven con todo tipo de géneros; allí los críticos literarios tienen menos reparos a la hora de aceptar que los autores cambien de estilo sin el menor tapujo.

De sobras es conocida la aportación irlandesa a la literatura mundial: Oscar Wilde, James Joyce, Yates, Bram Stoker, Jonathan Swiftt, George Bernard Shaw, Seamus Heaney o Samuel Beckett entre otros avalan con creces dicha afirmación. Ellos fueron un claro ejemplo de que cambiar de registro literario era algo de lo más común y natural e incluso beneficioso para los lectores.

Acodado en la barra, frente a mi Guinnes, pienso en los autores de novela negra de la isla esmeralda. Suena de fondo The Wild River y el público acompaña con la voz a los músicos cada vez que llega el estribillo, dan tres golpes con la palma de la mano sobre la mesa cada vez que la canción lo requiere y, pese a todo, la espuma de la espesa cerveza negra ni se inmuta.

Quizá no sea Irlanda uno de los mejores exponentes de la novela negra contemporánea o, mejor dicho, quizá los autores de novela negra irlandesa cambian de género cada vez que les apetece y por eso no conocemos en otras latitudes un marcado sello de lo negro como han sabido hacer sus vecinos (y no por ello siempre amigos) ingleses, escoceses, franceses o escandinavos en general.

Bebo el penúltimo trago que queda en el vaso. El camarero me mira por detrás de la fila de grifos. Levanta las cejas y me pregunta con un gesto de la barbilla si me apetece otra. Le digo que sí al caer en la cuenta de que para cuando la nueva Guinness haya reposado ya habré terminado con la que ahora tengo en la mano.

Aletargado y reconfortado por la música y la bebida pienso que, entre otras muchas cosas, escribo por el impacto que me causó la novela Drácula de
Bram Stoker, pero también por la influencia al leer a Benjamin Black, Joseph O’Connor, John Connolly o el reciente descubrimiento de Lisa McInerney.
 
El camarero deposita la nueva cerveza delante de mí y me lanza una pregunta, ahora sí a viva voz, haciendo añicos mis ensoñaciones literarias.
Have you come to play golf?

Le contesto con una negativa, pero mi nefasto conocimiento del idioma y las consecuencias del momento me impiden dar con las palabras justas para explicarle que jamás he jugado al golf y que tampoco me interesa lo más mínimo. Intentó rearmarme y ordenar en mi cerebro las palabras que le voy a decir, pero es él quien toma la palabra de nuevo:
American tourists come here to play golf and to fish salmon –afirma con rotundidad, y luego me pregunta: Where do you come from?

Le intento decir que no he estado nunca en América y que el salmón ahumado me encanta pero construyo mal la frase y él no me comprende. En cambio entiende perfectamente que soy español y entonces sonríe. Sé de buena tinta que los españoles somos bien recibidos; que la llamada Armada Invencible les echó una mano para expulsar a los ingleses aunque luego todo saliera mal. Y también sé que los irlandeses no se olvidan de ese gesto.
 

Sin apear su sonrisa toma media pinta de rubia que esconde debajo de los grifos la levanta hacia mí y exclama: «Sláinte», y yo digo lo mismo, «Sláinte», la única palabra gaélico irlandesa que he conseguido memorizar.

Me gustaría decirle que estoy aquí porque adoro la música, los paisajes, sus pueblos y las gentes que los habitan y también por sus escritores, escriban novela negra o lo que les dé la gana escribir, pero se me traba la lengua y lo único que atino a decir cuando reconozco la letra de Brown Eyed Girl que ahora tocan los músicos es:
I like Van Morrison.Mí también gustar –pronuncia el camarero con un más que precario acento español.

Y ahora que compruebo que la capacidad lingüística de ambos está más equilibrada, doy un trago y envalentonado me atrevo a contarle que cabe la posibilidad de que los ojos marrones a los que se refiere la canción de Morrison puedan pertenecer a alguna descendiente de aquellos compatriotas que naufragaron junto a las costas de Kerry, cuando pretendían luchar contra sus acérrimos enemigos.

Y eso me da una idea para una novela, negra seguramente, porque como soy un escritor español estoy encasillado en dicho género y difícilmente podré moverme de él. Quizá tampoco quiera hacerlo.

De momento terminaré mi Guinness, luego ya se verá.




© Julio César Cano
Autor de los casos del inspector Monfort:
Asesinato en la plaza de la farola (Maeva 2015)
Mañana, si Dios y el diablo quieren (Maeva 2015)
Ojalá estuvieras aquí (Maeva 2017 – Galardón Letras del Mediterráneo de Novela Negra 2017).


Este artículo ha sido expresamente escrita por Julio César Cano para la V SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de mayo de 2018 en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo el que quiera reproducirla total o parcialmente, cite su fuente original.

Julio César Cano
- Fotografía de Manuel Navarro Forcada -

Julio César Cano (1965, Capellades, Barcelona), trabajó en el negocio familiar hasta que el mundo de la música llamó a su puerta. Durante varios años ejerció como músico y mánager de grupos. Actualmente se dedica a la publicidad, actividad que compagina con la escritura.
 

Como autor, es conocido tanto por sus ensayos y artículos sobre gastronomía y viajes, como por sus novelas y relatos, entre ellos Cocina, carretera y manta y Hojas de otoño. Ojalá estuvieras aquí es la tercera investigación del inspector Monfort, que sigue a  Mañana, si Dios y el diablo quierenAsesinato en la plaza de la Farola.
 

Reside junto a su familia en La Pobla Tornesa, provincia de Castellón, donde transcurre la serie del inspector Monfort.