Reseña de «Cosecha roja», de Dashiell Hammett

RESEÑA de «COSECHA ROJA» de DASHIELL HAMMETT, 
por Rafael Guerrero
Dashiell Hammett sabía que a las personas de carne y hueso y a los personajes de ficción —ya sean polis o mangantes, mafiosos o periodistas honestos, hombres cohibidos o viperinas femmes fatales— lo que más les gusta es largar (incluso a los que construyen silencios intimidatorios y así queda dicho todo). Casi tanto como alardear de lo que han hecho y de lo que no, exagerar en beneficio individual y soltar el muerto al otro cuando las cosas se tuercen. Y luego, en un estadio paralelo, aparece el dinero. Todos sin excepción en su microcosmos adoran los billetes verdes, es codicia lo que corre por sus venas y no sangre a pesar de que esta mane a borbotones cuando son tiroteados o apuñalados con un picahielos con punta de seis pulgadas.

De ahí que el álter ego del autor, un detective que trabaja para La Continental en la oficina de San Francisco, no necesite un nombre propio (porque ajenos sí baraja, según le convenga y dependiendo de a quién deba engatusar para que afloje la lengua) ni esforzarse demasiado para que la ciudad minera de PersonvillePoissonville, en boca de quienes la conocen desde su virulento interior— se alce en pie de guerra ella misma en un todos contra todos por lo que hicieron, lo que hacen, lo que callaron y lo que ya no callan. Nadie calla en Cosecha roja, esta genial ópera prima de uno de los padres del género negro, muy negro.




Y claro, esos personajes rajan y rajan y el escritor que les ha dado vida (y a buen seguro muerte en el siguiente capítulo: sin piedad, sin aviso previo ni compasión paternal) consigue que dé gusto escucharlos, leerlos poniendo voz a esos diálogos brutales, ingeniosos, cortantes, lapidarios, criminales y cínicos. No son diálogos en realidad sino radiografías descarnadas del alma humana, del entorno social, de la decadente jungla de asfalto bañada de rojo y cuentas pendientes y ajustes de estas.

Mujeres jóvenes y maduras asustadas, soñadoras, amenazadas, celosas, arribistas, oportunistas, instigadoras e inductoras, atractivas, seductoras, sacrificadas, generosas; tipos duros y tipos blandos que las aman y las maltratan y las utilizan para sus fines hasta que ellas se cansan y los traicionan (hacen justicia ciertamente), tísicos que las protegen y que asesinan para salvarlas o para condenarlas más si cabe; contrabandistas de alcohol y de armas; fulleros de poca monta, sicarios de gatillo fácil, sicarios de dichos sicarios contras sicarios del bando contrario; un jefe de policía corrupto, vengador, colocado a dedo para bendecir el caos y poner el cazo; pobres idiotas que pasaban por allí, agentes que trabajan para el mejor postor (para muchos postores); viejos decrépitos, despóticos y forrados que se niegan a soltar las riendas del poder e invierten en emponzoñar lo que pretenden limpiar. “Búscate una ciudad pequeña en la que aún crean en las leyes”, le suelta el protagonista a uno de sus ayudantes cuando este se queja del ambiente que les rodea.

La culpa, las múltiples culpas cruzadas,  siempre son del enemigo incluso reconociendo que fueron de uno. Determinismo, individualismo, fatalidad, balas silbando lejos y balas acercándose, un cigarrillo encendido con la colilla del anterior, una habitación de hotel en penumbra, tres noches seguidas sin dormir, otro cadáver tirado sobre la calzada, un trago de ginebra por cada dos de whisky, "solo bebo cuando tengo bebida delante".

Es complicado hacer de lo sórdido una collage tan sugerente y bien hilada. Hammett lo consigue con creces. Como también ese virtuosismo coral que define sus obras, en las que —cual tragedia griega— se alternan los bailes de vivos y los bailes de difuntos, de uno en uno o a mansalva, por sorpresa o por coherencia narrativa; y en medio de ese teatrillo morboso y mundano, de esa representación pagana y cruel, el factótum dirige a esos y a aquellos, los enfrenta, los empuja a hacer el trabajo sucio, reparte estopa y se queda con el menor de los arañazos porque su experiencia es su grado y su cinismo honesto un chaleco protector. Maneja los cabos y los ata o los corta a su antojo. Muchos caen y la mayoría se ahorca sola. Misión cumplida, sueldo justificado, maleta y camino de vuelta.

El autor, por tanto, no escribe sino esculpe palabras en piedra y cava tumbas con las palabras. Y sus lectores no leemos, encajamos golpes por nuestro bien. No es que esta novela haya envejecido con dignidad, que sí, con mucha, es que nosotros no hemos sabido morirnos a tiempo. Cuando apenas iniciamos el primer capítulo ya intuimos que meremos esta lección de literatura, este uppercut dialéctico y mordaz, en pleno mentón y demos gracias porque los libros los cargue el diablo pero no aún con el calibre 32. Gracias, maestro.

Esta reseña ha sido escrita por Rafael Guerrero para la V SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2018.


es Detective Privado y Criminólogo por la Universidad Complutense de Madrid, Director de Seguridad por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Máster en Servicios de Inteligencia por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado de Madrid. Miembro de World Association of Detectives de Estados Unidos, a la Asociación Profesional de Detectives Privados de España, ASIS International, Asociación Nacional de Criminalistas y Expertos en ciencias forenses y es socio colaborador de la International Police Association. Es autor de Un guerrero entre halcones, Diario de un detective privado (Editorial Círculo Rojo, 2010), Muero y Vuelvo (Editorial Círculo Rojo, 2013),  Ultimátum (Editorial Círculo Rojo, 2015) y Yo, detective (Editorial Círculo Rojo, 2018) .