Reseña de «Loveland», de Luis Alfonso Salazar Berrío

Loveland, de Luis Alfonso Salazar Berrío, o la ley del más fuerte, por Gustavo Foreno
En los últimos años, la novela negra, sobre todo de origen estadounidense, ha tenido diversas transformaciones conforme a los distintos contextos en que ha sido asimilada. Ha derivado, entre otras, en la novela de crímenes latinoamericana caracterizada por la ruptura definitiva de la relación de causa efecto que existía tradicionalmente entre un crimen y la sanción. Este formato se define así por recrear una situación de anomia social, es decir, de ausencia de ley o de falta de aplicación de la ley y sus efectos en la psicología de personajes cada vez más confundidos. Así lo he estudiado en La novela de crímenes en América Latina: un espacio de anomia social (2017), donde propongo diferentes representaciones literarias del género en las distintas regiones del subcontinente.

En Colombia, la novela de crímenes cuenta, además, con el abono de la novela de La Violencia de mediados del siglo XX y se consolida a partir de los años noventa del mismo siglo. En respuesta a las transformaciones sociales que derivaron de la Constitución Política de 1991, los escritores de este contexto geográfico plantean una novela de crímenes original (nominación que acoge, sin duda, a la mayoría) y aquí lo que puede denominarse la función contemporánea del escritor. Fernando Vallejo, Laura Restrepo, Santiago Gamboa, Mario Mendoza o Darío Jaramillo, entre muchos otros, exploran rutas originales para la narración de crímenes, en plural, en un ambiente de anomia social generalizado, ofreciendo además, por este medio, un juicio sólido respecto del sistema neoliberal que se ha ido imponiendo, sin ningún reato moral, en el país. Tales propuestas ha calado hondo en las producciones más recientes de autores que, en medio de esa industria editorial cada vez más monopólica y excluyente (producto de ese mismo sistema), han logrado ofrecer singulares propuestas: una novela de crímenes de carácter cosmopolita, por ejemplo, una novela de definitivo contenido social y, en todo caso, una novela que describe cada vez con mayor claridad la anomia absoluta del sistema (como lo expuse en La anomia en la novela de crímenes en Colombia de 2013 al hablar de narcotráfico, paramilitarismo o corrupción generalizada).

En tal campo literario, se encuentra Loveland (2017), de Luis Alfonso Salazar Berrío (1979), novela ganadora del Premio Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira 2017, parte de la serie del detective Mario Cifuentes, que cuenta con los títulos Pasado clandestino y Los cadáveres del convento (autoeditados en Amazon.com bajo el seudónimo de Luis Salaz). Licenciado en Español y Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, UTP, Magíster en Estética y Creación, docente del Magisterio Nacional desde el año 2011 y Catedrático de la misma UTP, este escritor representa esas nuevas vías de la literatura que, reitero, se le escapan a la industria editorial dominante. Aunque desde el punto de vista formal del género, vuelve al detective, el crimen y la investigación (con los modelos de Dashiell Hammett y Raymond Chandler), la perspectiva de Colombia que se presenta en la obra y con ello la visión crítica que se va configurando constituyen un paradigma de esas nuevas propuestas literarias que se desarrollan al margen de las grandes editoriales.

Con una compleja estructura temporal, la novela Loveland recrea la investigación de un detective, Mario Cifuentes, un “hombre moral” (123) según advierte uno de los paramilitares, en torno a la extraña desaparición de una joven de nombre Selena, una femme fatale posmoderna. “Es Colombia, … . La gente desaparece a diario y no sabemos a dónde diablos va a parar” (15), explica el narrador ambientando el asunto. La historia transcurre efectivamente en Colombia, “un país que lo carcomía la guerra, la corrupción, la ignorancia y la violencia” (45) y en este contexto Selena ha ido a parar a un misterioso lugar llamado Loveland, metáfora y símbolo extremo de ese estado fallido con que se tipifica ahora el antiguo país de Macondo.

La desaparición supone la investigación del expolicía Cifuentes, pero al mismo tiempo una indagación en torno a detalles de la muerte de su padre, también policía, hace veinte años, en medio de avatares sociales que, al parecer, se repiten cíclicamente en la historia del país. Ambas búsquedas, la de la muchacha y la simbólica del padre, le permiten al escritor establecer las características mismas de la violencia colombiana, sus razones económicas y políticas, su relación con el imperialismo norteamericano, los espacios donde tiene lugar y, sobre todo, sus actores. Todo en aras de establecer responsabilidades de la hecatombe social derivada de un modelo económico injusto.

En lo que atañe a lo primero, alrededor del detective Cifuentes surgen numerosos personajes que logran representar los focos del conflicto. Este expolicía es un antiguo militante de la JUCO (Juventudes Comunistas), con una “juventud rebelde cuando creía en aquellos principios de revolución, trabajo e igualdad” (17). A su lado, Selena, una especie de diva de El halcón maltés, sirve como en las epopeyas griegas de causa y efecto de la anomia generalizada (la buscan y la desean); Natan Cohle, un mercenario que participó en la Guerra de Vietnam, que viene tras la chica desaparecida a refugiarse en una Colombia sin ley, especie de Oeste contemporáneo; Eduards y Cox, agentes federales americanos del FBI que emprenden su propia investigación como espejos de Cifuentes; un hombre “vestido de lino”, descrito así para sintetizar acaso el poder fatal y hasta sofisticado de los narcotraficantes locales; Robert Rose, senador demócrata de Estados Unidos, imagen del imperio; Murillo, policía corrupto vinculado con los paramilitares, que “estaba vendiéndose como casi todos en este país” (101), o Méndez, militar vinculado con las fuerzas ilegales. Con ellos, el mosaico de la anomia está bien representado y enmarca la visión crítica del escritor.

En tal fresco social, es el espacio otro personaje substancial de la novela como el título mismo lo sugiere: “Loveland es un lugar peligroso. Un infierno con altura. … Loveland es la última opción” (43) y, al mismo tiempo, “un gran negocio” (243). Para entender esta topología del caos anómico, el narrador se encarga de ofrecernos su perspectiva de la región: “Miles de kilómetros en manos de diferentes grupos armados que imponían sus reglas y su propio sistema de justicia. Era bien sabido que los cultivos ilícitos imperaban allí y eran fuente de abundantes ingresos para los narcos paramilitares y guerrilleros” (200). Tal descripción se completa a medida que aumenta la tensión en torno a Loveland, pues sobre esta metáfora el escritor recrea “una Colombia abandonada por el Estado, aunque en los medios de comunicación se alabara al dos veces presidente de haber disminuido y contenido la guerrilla y mantener las principales vías libres de las pescas milagrosas que las cuadrillas guerrilleras realizaban constantemente. Donde nos hallábamos no había asomo de presencia estatal. La ley del más fuerte era la medida de la justicia…” (200). De aquí nuestro título que sintetiza, sin lugar a dudas, el Oeste colombiano del “¡Sálvese quien pueda!”.

En este sentido es que hablamos de la visión del escritor del siglo XXI a la hora de evaluar su contexto. Loveland representa una visión desengañada de un país que no parece tener salida: “En mi país librábamos una guerra que por más de cincuenta años nos había vuelto indolentes y duros”, advierte Cifuentes. Este personaje habla de la intervención norteamericana (a sus agentes no les importa “el país donde se encuentran, sus leyes, su dolor” (291); de la ausencia del Estado y el abandono en que se encuentra su gente; de gobiernos mediocres; de pésimos presidentes cuyas políticas son nombradas; de fosas comunes o desapariciones generalizadas. Para la época en que sucede la historia, el narrador afirma: “Sentí más asco del que ya me producía pensar en que teníamos un totalitarismo democrático que estaba viviendo su segundo periodo de mandato” (242).

Justamente este totalitarismo democrático al que se refiere la novela Loveland es el que precisa la visión crítica del escritor frente a los dos periodos del presidente Álvaro Uribe Velez (2002-2010) y permite poner en tela de juicio la presunta legalidad del sistema y la relatividad de instituciones mal llamadas democráticas. Como tantos escritores de la novela de crímenes latinoamericana, Salazar Berrío critica la fatalidad del sistema económico vigente en el cual es más importante el capital, legal e ilegal, que los derechos humanos. En tal sentido comprende el anacronismo de abstracciones como Estado, ley y república que han acabado por perder el carácter sagrado con que los quiso revestir la modernidad burguesa. Desde su punto de vista, a esto ha llegado el sistema en perjuicio de la mayoría.

 

Trabajos citados

Forero, G. La novela de crímenes en América Latina: un espacio de anomia social (Bogotá: Siglo del Hombre Editores, 2017).
Forero G. La anomia en la novela de crímenes en Colombia (Bogotá: Siglo del Hombre Editores, 2013).
Salazar, L.A.. Loveland. Pereira: Secretaría de Cultura, 2017.


Esta reseña ha sido escrita por Gustavo Forero para la V SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2018. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original. Si quieres acceder al programa de la Semana Negra PINCHA AQUÍ.


 
Gustavo Forero
Fotografía: David Estrada
Escritor y profesor titular de la Universidad de Antioquia-Colombia. Abogado y Literato. Obtuvo el Premio a la Investigación de mayor impacto de la Alcaldía de Medellín (2016) por su trabajo en torno a la novela de crímenes en América Latina y el Premio a la Investigación de la Universidad de Antioquia (2014) por la fase dedicada a Colombia. Doctor Cum Laude en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad de Salamanca y Magíster en Études Romanes de la Universidad de la Sorbona (París IV). Entre sus libros se encuentran El mito del mestizaje en la novela histórica de Germán Espinosa (2006), Magia de las Indias (2007), la edición anotada de Xicotencatl, primera novela histórica de América Latina, de autor anónimo (2012), La anomia en la novela de crímenes en Colombia (2012), La novela de crímenes en América Latina. Un espacio de anomia social (2017) y la novela Desaparición (2012). Ha coordinado y editado los libros derivados del proyecto académico Medellín Negro, al igual que los de la serie Medellín Negro de relatos y novelas del género. Es director del Congreso Internacional de Literatura Medellín Negro  y  del proyecto de investigación “La anomia en la novela de crímenes”.