«Rîmaru, el carnicero de Bucarest», por Ana Grandal

Os ofrecemos un adelanto de la serie “Ciudades del crimen” de la revista Prótesis. La ciudad escogida por Ana Grandal, y que Prótesis publicará en diciembre, ha sido Bucarest y el libro elegido, “Rimaru, the Butcher of Bucharest” (Rimaru, el carnicero de Bucarest), una mezcla de trabajo periodístico, ensayo y narrativa de no ficción, sobre un asesino en serie real en la Rumanía de Ceauşescu. Podéis leer la serie “Ciudades del crimen” al completo en la revista Prótesis.




«Rîmaru, el carnicero de Bucarest», por Ana Grandal
Lo primero que le viene a la cabeza a la gente cuando mencionas Rumanía es Transilvania, el conde Drácula y, a algunos, la dictadura comunista de Nicolae Ceauşescu. Pues bien, Transilvania formaba parte de Hungría hasta la Primera Guerra Mundial; para los rumanos, Drácula es poco más que una película de Francis Ford Coppola; y el terror durante la época de Ceauşescu también podía venir de la mano de un asesino en serie.

Mike Phillips (periodista y escritor de género negro) y Stejărel Olaru (historiador y periodista) publicaron en 2012 Rîmaru, Butcher of Bucharest sobre la figura de Ion Rîmaru, que durante un año (de mayo de 1970 al mismo mes de 1971) mantuvo en vilo a la ciudad de Bucarest. Robo, agresión, violación, asesinato, mutilación y hasta canibalismo, estos fueron algunos de sus crímenes.

La familia Rîmaru era originaria de Valaquia, región al sur del país, de larga tradición belicosa, por una parte por el eterno conflicto con los otomanos (con el famoso Vlad el Empalador, inspirador de Drácula, a la cabeza y —él sí— héroe histórico para los rumanos) y, por otra, por el brutal feudalismo que dio lugar a varios levantamientos campesinos. Su pueblo, Caracal, incrustado en la infinita llanura del Danubio, ofrecía escasas perspectivas para aquellos sin propiedades ni oficio, y el matrimonio Rîmaru pronto se mudó a la cercana Corabia, puerto fluvial y frontera con Bulgaria donde, en 1946, nace Ion y después sus dos hermanos. Su padre, Florea, había servido como soldado en la Segunda Guerra Mundial, primero apoyando a las fuerzas del Eje bajo el mandato del dictador fascista Ion Antonescu, después del lado de los aliados debido al armisticio firmado por el rey Miguel. Las experiencias de la guerra le transformaron en un hombre deprimido, lleno de ira, borracho, que golpeaba a su esposa Ecaterina a diario —la violencia machista, para variar, era algo habitual, pero hasta sus propios vecinos se escandalizaban del maltrato que recibía Ecaterina.
Ion nunca tuvo buena salud. Con seis años padeció una neumonía y con dieciséis fue hospitalizado por hepatitis. Años más tarde, tras ingresar en el ejército, fue licenciado por úlcera duodenal y, ya en Bucarest, le diagnosticaron espasmo esofágico. Pero desde pequeño también dio muestras de que algo no funcionaba muy bien en su mente. Torturaba y mataba animales pequeños y era propenso a estallidos violentos. En la escuela le castigaban una y otra vez por no realizar sus tareas, y cuando su madre le amonestaba por su comportamiento, Ion —como fiel reflejo de su padre— le respondía con feroz rudeza. Fue aprobando curso a curso siempre a la cola de la clase.

La pubertad añade nuevas dimensiones.
Ion tiene una relación con una compañera de escuela más joven, hija de un profesor de primaria, que, al destaparse, desencadena un escándalo. Participa con otros chicos en hurtos: en uno de ellos son descubiertos por un guardia de seguridad, al que Ion pega una paliza por la cual es sentenciado a cinco meses en la cárcel.

Aunque pueda parecer contradictorio, el expediente académico de
Ion indica que obtenía calificaciones excelentes en cuanto a conducta. Es muy posible que esto —y la absoluta falta de atención que recibió de sus profesores por sus problemas— fuera debido al estatus especial que, en el nuevo régimen comunista surgido tras la guerra, se otorgaba a los niños y, en especial, a aquellos que provenían de un entorno «sano» (proletario). En efecto, los niños personificaban los beneficios de la igualdad socialista, ellos serían las mujeres y los hombres «nuevos» que heredarían un mundo mejor, y en cada despliegue de exaltación colectiva su presencia era impepinable, cantando y enarbolando banderas. Ion Rîmaru, sin duda, pertenecía a esta infancia proletaria, el colmo de la materialización de las bondades del régimen que, como se puede imaginar, no podía tolerar la idea de que entre sus jóvenes huestes tuviera cabida la enfermedad mental. No es extraño suponer que, para evitarse problemas con las autoridades oficiales, tanto los profesores como el propio colegio hiciesen la vista gorda ante la actitud y los malos resultados de Ion. Es evidente que Ion sufría física y psicológicamente y que vivió experiencias traumáticas, pero en ningún momento el estado protector le ofreció los cuidados específicos que necesitaba para atajar su creciente inestabilidad.
   
En 1966 se trasladó a Bucarest y entró en la Facultad de Veterinaria con un aprobado raspado. En el libro se incluyen abundantes informes de personas que lo conocieron en esa época. Claro que estas declaraciones se recogieron a posteriori de su detención y es imposible saber hasta qué punto están contaminadas por el hecho de saber que
Ion iba a convertirse en un asesino. Los profesores le describen como una persona desastrada y sucia, semianalfabeta, tímida y sin intereses. A pesar de ser un pésimo estudiante y de repetir varios cursos, le concedieron una beca para vivir en la residencia de alumnos. Sus compañeros de habitación dijeron de Ion que era callado, huraño, introvertido, en especial con las mujeres —algunas chicas declararon que, sin venir a cuento, las invitaba a salir; ninguna lo aceptó—. Sus compañeros también mencionaron que solía salir sobre las once de la noche y no volvía hasta la madrugada. Y es que a Ion le fascinaba recorrer la ciudad dormida a bordo de cualquier autobús o tranvía de los muchos que circulaban en horario nocturno por Bucarest.
   
Dada sus malas calificaciones, ¿por qué no solo no le expulsaron, sino que también financiaron sus estudios? El sector veterinario formaba parte de un extenso programa del gobierno para aumentar la productividad agrícola. Las facultades necesitaban alumnos para formar a toda una nueva generación de técnicos que se ajustase al nuevo sistema de valores. Y aunque tampoco se hizo nada para intentar aumentar sus capacidades, hasta Rîmaru era valioso.
   
A todo esto, sus padres al fin se habían separado y Florea había emigrado a Bucarest a trabajar, precisamente, como conductor de bus. Justo es decir que el padre sí que se preocupó por el bajísimo rendimiento académico de su hijo, por su estado de salud y por su extraño comportamiento. La madre, Ecaterina, que seguía viviendo en Corabia, visitaba a
Ion cada dos meses y se mostraba igualmente inquieta. Florea fue a hablar con uno de sus profesores y con dos médicos: la indignante respuesta que le dieron fue que se casara de una vez. ¡Toma ya!
   
La noche del 8 de mayo de 1970, Elena Oprea volvía a casa tras terminar su jornada laboral en un restaurante. Unos días antes y a esa misma hora, un hombre se había montado con ella en el autobús, la siguió e intentó hablar con ella. Elena le arreó un bolsazo y salió corriendo. Aún tenía el miedo en el cuerpo por ese suceso, por lo cual, al entrar al patio que llevaba a su portal y oír la voz de un hombre, lanzó un alarido. El hombre entonces le asestó varios golpes terribles en la cabeza con una barra de metal, al mismo tiempo que le clavaba un cuchillo. Sus vecinos se despertaron por el ruido, pero no salieron inmediatamente. Al fin, uno de ellos se asomó al patio y reconoció a Elena. Avisó a otros y la metieron en la casa. El vecino que tenía teléfono llamó a una ambulancia. Elena murió a las pocas horas.
   
Elena Oprea fue su primera víctima e ilustra, en líneas generales, la forma de proceder de Rîmaru. Ion salía de noche y elegía a una mujer, casi siempre una camarera que terminaba tarde su trabajo. La seguía e intentaba hablar con ella para proponerle mantener relaciones sexuales. Al negarse esta, le asestaba un golpe para aturdirla y la arrastraba fuera de la vista de la calle (a un patio o detrás de un edificio). También solía apuñalarlas —más tarde comenzó a utilizar una hachuela— y después las violaba. Un dato horripilante es que varias mujeres —de las que lograron sobrevivir— no mencionaron este hecho en sus declaraciones iniciales, lo cual nos dice mucho acerca de la consideración que se le daba al cuerpo femenino: mejor esconder la violación, que no se sepa que he sido profanada y ya no sirvo. Hasta en las sociedades comunistas el cuerpo de las mujeres es considerado mercancía. Después
Ion les quitaba el bolso y las dejaba ahí tiradas.
   
Otra cuestión es la falta de respuesta del vecindario, que por fuerza tenía que estar oyendo que algo sucedía en la calle —aunque hay que reconocer que, en algunos casos, la oportuna aparición de testigos hizo que la cosa quedara en asalto y robo—. Esto es fácil de comprender: no querían tener que vérselas con la Militia. En 1949 se sustituyó a la Policía por la Militia, compuesta por hombres leales al régimen que, además de luchar contra la delincuencia, también se ocupaba de investigar a la población. Lógico que la gente desconfiase e intentase evitar todo contacto con ella.
   
De hecho, la Militia no tuvo claro si los crímenes eran obra de una sola persona hasta el asesinato de Fănica Ilie, el 4 de marzo de 1971, cuando identificaron un modus operandi. Esta vez Ion no se había contentado con violar su cuerpo inconsciente. Además le mordió los pechos y los muslos, arrancando trozos de carne. Para entonces, Rîmaru estaba fuera de control. Su carácter se había vuelto aún más solitario y aislado. Llegó a poner un candado en su habitación —sus compañeros estudiantes no aguantaban sus rarezas y acabó viviendo solo—. Incluso sus padres empezaron a sospechar que su hijo tenía algo que ver con las muertes de las que hablaba todo Bucarest. Es más, Florea llevó unas ropas de Ion —ensangrentadas— a su compañera para que las lavase (¡qué exasperante el rol de género!). También escondió la hachuela en su apartamento.
   
Porque todo el mundo sabía lo que estaba pasando en las tranquilas calles de la ciudad… por el boca a boca. Ningún medio de comunicación informó acerca los crímenes. La censura y la propaganda hacían su trabajo: los asesinos en serie y los violadores sádicos eran cosas de la depravada sociedad occidental, no de la Rumanía socialista. Mientras,
Ion seguía matando. Tras aparecer su siguiente víctima (Gheorghiţa Popa, apuñalada con cuchillo y hachuela, violada moribunda y mordida en pecho y vulva) el 9 de abril en la calle Vulturi, la Militia puso en marcha la Operación Vulturul (águila). Se trataba de un inmenso ejercicio de vigilancia. Seis mil hombres, cien coches y cuarenta motos patrullaban la noche de Bucarest. Se pidió la documentación a más de ocho mil individuos y se practicaron dos mil quinientas detenciones. Se movilizó al personal médico, a los conductores de autobuses y tranvías, a los empleados de hoteles y restaurantes, para que estuviesen alerta ante cualquier indicio sospechoso.
   
En este punto, a la Militia se le unió en la búsqueda la Securitate, la temida policía secreta. Si la gente, como se ha mencionado, no quería tener ninguna implicación con la Militia, menos aún con la Securitate. La Operación Vulturul tan solo añadió más miedo y sensación de peligro a las calles de Bucarest. Y en el caso de que alguien viera algo, lo más probable es que, más que ir corriendo a informar a las fuerzas del orden, se diera la vuelta y se marchara por donde había venido.
   
El 5 de mayo se descubre el cuerpo degollado de Mihaela Ursu y, debajo, una especie de resguardo empapado en sangre, que será la pista que conduzca a la Militia hasta Ion Rîmaru. Hasta ese momento se seguían varias líneas de investigación. Por una parte, las marcas de dientes en la carne de las víctimas, a través de las cuales se esbozaron las características físicas y antropológicas del asaltante y se construyó un retrato robot —que, como se comprobó después, se parecía bastante a
Rîmaru—. Por otra, se elaboró una lista de lavanderías, conjeturando que el agresor debía de llevar su ropa manchada a alguna de ellas. Una tercera línea les llevó a preguntar en hospitales y dispensarios: era probable que, durante los ataques, él mismo se hubiera lesionado las manos con su propio cuchillo y fuera allí a que le curasen. No obtuvieron resultados.
   
En realidad no iban en absoluto desencaminados. La nota ensangrentada resultó ser un certificado de alta del Hospital Universitario. Lograron descifrar dos números, un cuatro y un seis. Un equipo de investigadores rastreó treinta mil informes médicos hasta acotar unos doscientos en que aparecían esas cifras en el lugar pertinente. Comenzaron a hacer averiguaciones en el entorno de los sospechosos. La declaración de los médicos que le atendieron por cortes en los dedos —incomprensiblemente, nadie había informado de ello—, los relatos de su personalidad impulsiva y retraída, y el conocimiento de su condena por aquella agresión violenta al guardia de seguridad sugirió a la Militia que tal vez
Ion Rîmaru era el hombre que buscaban.
   
El 27 de mayo de 1971 a las 11:30 a.m., una unidad de la Securitate se apostó en la puerta de la residencia de
Rîmaru para vigilar la entrada, mientras que otro grupo de oficiales de la Militia entraba en su habitación. Todos portaban copias de la única foto que encontraron de él —sacada de su diploma de bachillerato—. Nada más abrir la puerta quedó claro que era culpable: encontraron marcas de cuchillo en el mobiliario, ropa con manchas que parecían de sangre, y un cuaderno con anotaciones sobre algunos crímenes y objetos que Ion creía haber perdido en los sitios en donde los cometió —entre ellos, el famoso certificado de alta—. De pronto apareció Rîmaru. Había accedido al edificio por la puerta de atrás. Todos los presentes se quedaron estupefactos, incluido él. Un coronel tuvo el aplomo de saludarle dándole la mano, iniciando así la maniobra de inmovilización. Ion se revolvió, pero el resto de los oficiales lo rodearon, lo agarraron y, entre forcejeos, lo arrestaron. En total, había atacado, violado o asesinado a catorce mujeres.
   
El trato habitual que se daba a los sospechosos incluía palizas, incluso tortura. Pero a Ion parece que solo le golpearon en los primeros momentos. La razón esgrimida en el libro es que, siendo un caso que podría tener difusión mundial, los investigadores querían demostrar que la justicia socialista respetaba los derechos de sus detenidos. Además, nunca se habían enfrentado a un criminal de estas características y se le consideró un caso de estudio. En consecuencia, le necesitaban intacto. Al principio se mostró poco comunicativo, pero acabó admitiéndolo todo. Tampoco es que fuera necesario, las pruebas eran abrumadoras.
   
La pena de muerte aún estaba vigente —fue abolida en 1990—. Se aplicaba en casos de asesinatos especialmente horrendos, traición al estado y malversación de grandes sumas de dinero, aunque si se demostraba que el criminal no era consciente de sus actos no podía ser ejecutado y se le ingresaba en una clínica especializada. Se reunió a un comité de expertos en psiquiatría. Por un lado, concluyeron que carecía de la capacidad para adaptarse a la sociedad debido al entorno disfuncional en el que creció —precisamente por su falta de integración en los colectivos que conformaban la sociedad, estos no pudieron poner en marcha los mecanismos que, según la ideología del Partido, corregían los comportamientos aberrantes de los individuos—. Por otro lado, observaron claros rasgos de psicopatía, aunque Ion no era un psicótico —no tenía alucinaciones ni procedía sin motivación alguna— y, por tanto, sus actos sí eran intencionados.
   
El 1 de septiembre comienza el juicio en el Tribunal de Bucarest. Alrededor del edificio se agolpan miles de ciudadanos deseosos de atender a las vistas, por lo que se decide que solo se podrá asistir con invitación. La audiencia está compuesta por personal de la Militia y la Securitate y representantes de diversas organizaciones del partido de la ciudad. Ion entra esposado —no se le retiran las esposas— y con expresión ausente. Pero su mirada intimida de tal forma a sus víctimas que una de ellas se desmaya durante su declaración. Aunque
Rîmaru se muestra cooperativo con el tribunal, ampliando detalles sobre los crímenes, en un momento dado afirma que su padre fue cómplice. En realidad, nunca quedó muy claro si sus progenitores sabían algo o no. Ecaterina, por ejemplo, llegó a esconder en su casa de Corabia 22.000 lei —moneda rumana— que Ion arrebató a una de las mujeres a las que atacó. En cualquier caso, no existían pruebas que corroborasen sus palabras.
   
El 3 de septiembre se lee su condena. Por veintitrés delitos, que incluyen robo, violación, intento de asesinato con daños físicos graves y asesinato con ensañamiento, se le imponen 219 años de cárcel. Por el último de estos delitos se le condena a muerte por fusilamiento. El público prorrumpe en aplausos.
Rîmaru, por su parte, reacciona violentamente. Fueron necesarios siete u ocho guardias para sujetarle contra el suelo.
   
El 23 de octubre de 1971 se cumple su sentencia en la prisión de Jilava, a unos kilómetros de Bucarest. Ion Rîmaru lucha y se debate hasta el último momento. Atado al poste, da círculos en torno a este para intentar esquivar las balas. La mayoría impactan en su espalda.
   
El caso de
Ion Rîmaru trajo cambios en la organización de las fuerzas policiales: la Militia y la Securitate (y otros cuerpos) fueron centralizados en un nuevo Ministerio del Interior, que creó un centro informático para ayudar a la Militia a procesar mejor los datos recabados. También se puso en marcha un centro de investigación psicológica para mejorar la formación de los oficiales.
   
En una sociedad en la que la tendencia al secretismo y la falta de información eran la norma, la historia del Vampiro de Bucarest (a pesar del título del libro, así es como Ion Rîmaru pasó a la nomenclatura popular) se transmutó de diversas formas. Se creía que se bebía la sangre de sus víctimas —lo hizo al menos en un caso—, se exageró el número de muertes y hasta se pensó que Florea, su padre, había sido el autor de unos crímenes similares no resueltos que tuvieron lugar en 1944 en Bucarest. Pero lo que más me llama la atención es que los rumores aseguraban que Ion era un joven guapo y atractivo que volvía locas a las chicas, hasta el punto de que le ayudaban a lavar sus camisas cubiertas por la sangre de sus víctimas. En fin.
   
En 2017 viajé a Bucarest. Poco tiene que ver, creo yo, la ciudad actual con aquella de hace 47 años. Por ejemplo, en la inmensa plaza Unirii, el corazón de la urbe, hay una gigantesca manzana ocupada toda ella por un centro comercial en donde se ubican marcas conocidas por todos: una cadena de ropa con sede en Galicia, un lugar con nombre de estado de EE. UU. donde expenden pollo frito, varias tiendas de telefonía móvil… Son nuevos tiempos. Son nuevos carniceros.



Ana Grandal es licenciada en CC. Biológicas y ejerce como traductora científica freelance desde 1996. Entre otros, ha traducido los libros de divulgación Los orígenes de la vida (Freeman Dyson, Cambridge University Press, 1999), El comportamiento altruista (Elliott Sober y David Sloan Wilson, Siglo XXI, 2000) e Inteligencia emocional infantil y juvenil (Linda Lantieri, Santillana, 2009) y la compilación de poesía incluida en Mina Loy. Futurismo, Dadá, Surrealismo (La Linterna Sorda, 2016). Cuenta con varios premios literarios, que incluyen el V Concurso de Relato Corto del Ayto. de Monturque (2004) y el XIII Premio de Narrativa Miguel Cabrera (2006). Ha publicado la colección de microrrelatos Te amo, destrúyeme (2015) y Hola, te quiero, ya no, adiós (2017) en Amargord Ediciones.


Coedita con Begoña Loza la colección de relatos La vida es un bar (Vallekas) (Amargord Ediciones, 2016), en donde también participa como autora. Colabora en las revistas digitales La Ignorancia y La Charca Literaria. En su faceta musical, toca la flauta travesera en los grupos de rock VaKa y Los Vitter del Kas.


Puedes leer una selección de microrrelatos de su primer libro de microrrelatos, «Te amo, destrúyeme», publicado por Amargord Ediciones en 2015, pinchando AQUÍ.