Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.
Puedes leer las entregas previas pinchando AQUÍ.
Y DEJARON ROMA COMO UN SOLAR
Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas
Dejamos en la anterior entrega a Carlos todo contento con su heredero cuando diversos nubarrones le empañaron el momento. De los varios que se cernieron sobre él, el peor era conocer que sus tropas habían asaltado Roma haciendo prisionero a Su Santidad y poniendo a criar malvas al jefe de dichas tropas, Carlos de Borbón, duque de Borgoña.
El disparate era de los de época: el ejército del rey católico de las Españas y emperador de la Cristiandad dejando Roma como un solar. ¿Cómo se había llegado a dicha situación? A comienzos de 1527, el ejército imperial acudió a Hungría a marchas forzadas rondando como rondaba por allí Solimán el Magnífico; pero el frente húngaro se estabilizó y tampoco el Turco dio señales de seguir tocándole los bemoles a Carlos un poco más; Francisco I, que también estaba en todas las salsas, no quería que le salpicara la sangre derramada en Hungría a consecuencia de la disputa por el trono húngaro. Así que el ejército imperial no tenía nada que hacer en aquellas tierras.
Mientras, en las de Italia, la cosa estaba como siempre —antes y ahora—: revueltas, con el papa, Clemente VII uniéndose a la llamada Liga de Cognac integrada por él mismo, Francia —Francisco I, en todas las salsas—, Venecia, Florencia y Milán, con el objetivo de expulsar a los españoles de la península; y sin prestar atención a los requerimientos de Carlos para unirse todos y frenar a Solimán, que era el yuyu de verdad.
¿Qué pasó? Una vez estabilizada la cuestión húngara, Carlos vio claro que había que parar los pies a Su Santidad. Lo intentó apoyando al cardenal Pompeo Colonna, enfrentado de manera abierta con Clemente VII desde 1526. Las tropas de Colonna, financiadas por Carlos, ocuparon Roma ese mismo año y fue parcialmente saqueada. Clemente VII encontró refugio en el Castillo de Sant’Angelo, donde se encerró junto a la Guardia Suiza. Primera advertencia de Carlos a Su Santidad para que volviera al redil.
¿Lo hizo? Nanay de la China. Imitando a Francisco I, incumplió lo pactado con Carlos pocos meses después y, además de negarse a dejar de formar parte de la Liga de Cognac, reforzó las defensas de Roma para que no volviera a ocurrir lo sucedido con las tropas al servicio de Colonna. Y para más inri, ordenó una ofensiva contra las tropas del virrey español Carlos de Lannoy. A Carlos, el emperador, se le pusieron que no le cabían en sus reales calzas.
En consecuencia, a comienzos de 1527 envió hacia Roma a un ejército formado por cerca de 25.000 soldados españoles, italianos y alemanes al frente de Carlos de Borbón y el noble alemán Jorge de Frundsberg. Antes de llegar a Roma dicho ejército recaló en Florencia, donde sus regidores accedieron a pagar lo estipulado por Carlos de Borbón a cambio de no saquear la ciudad. Para Roma, las órdenes eran precisas: presionar al Papa, pero sin tonterías. O sea, nada de entrar en sus calles y liarla parda.
Lo que Carlos no preveía fue la reacción de su ejército, harto de ver cómo no cobraba las pagas un mes tras otro. Roma era un bombón, pero de los de verdad: dulce, jugoso, y más a ojos de los 12.000 lansquenetes —mercenarios alemanes protestantes— que componían dicho ejército, hartos de promesas vanas y de no ver nada de mosca. La cosa pintaba mal.
Previamente se logró controlar un conato de motín gracias a las perras entregadas por los florentinos, pero cuando las tropas del ejército imperial llegaron a las murallas de Roma tardaron cero coma en comprender que Su Santidad no iba a pagar una indemnización que le reclamaba Carlos. Para qué queríamos más días de fiesta.
Sin infantería a la que recurrir, Clemente VII recurrió a la artillería para contener a las tropas imperiales, que lanzaron una acometida desde la Puerta Torrione mientras los lansquenetes acudieron a la del Santo Spirito; puerta en la que calló muerto Carlos de Borbón.
Sin mando que gobernara las tropas, se desató el caos. Robos, asesinatos y violaciones se sucedieron por las calles romanas. Allí pillaron todos, hasta las autoridades eclesiásticas afines a los españoles, dado que los que llevaron la voz cantante en el pillaje fueron los lansquenetes, con abundancia de luteranos entre sus filas. Cuentan las crónicas del saqueo que “los imperiales se apoderaron de la cabeza de San Juan, de la de San Pedro y de la de San Pablo; robaron el oro y la plata que las recubría y las tiraron a la calle para jugar a la pelota”.
El saqueo cogió a Su Santidad orando en su capilla y apenas le dio tiempo para poner los pies en polvorosa antes de que los imperiales entraran en San Pedro. Y si lo contó fue, en parte, por el sacrificio de la Guardia Suiza. 147 de sus 189 componentes fueron masacrados en las escalinatas de la Basílica mientras él escapaba al Castillo de Sant’Angelo por un corredor secreto.
Tras tres días de salvajadas de todo tipo, Filiberto de Chalons, Príncipe de Orange, se convirtió en nueva cabeza del ejército en sustitución del borbón fallecido y, aunque le costó embridar a los suyos, recuperó la disciplina de las tropas.
Meses después, en junio de 1527, Carlos firmó un tratado con la Santa Sede que puso fin al conflicto. Momentáneamente, eso sí, porque Clemente VII volvería a las andadas al escapar de la custodia imperial para refugiarse en Orvieto. Momentáneamente, decía, porque a partir de entonces estaría de lo más suave con Carlos, coronación imperial incluida.
De lo que hablaremos en próximas entregas de su vida.
El disparate era de los de época: el ejército del rey católico de las Españas y emperador de la Cristiandad dejando Roma como un solar. ¿Cómo se había llegado a dicha situación? A comienzos de 1527, el ejército imperial acudió a Hungría a marchas forzadas rondando como rondaba por allí Solimán el Magnífico; pero el frente húngaro se estabilizó y tampoco el Turco dio señales de seguir tocándole los bemoles a Carlos un poco más; Francisco I, que también estaba en todas las salsas, no quería que le salpicara la sangre derramada en Hungría a consecuencia de la disputa por el trono húngaro. Así que el ejército imperial no tenía nada que hacer en aquellas tierras.
Mientras, en las de Italia, la cosa estaba como siempre —antes y ahora—: revueltas, con el papa, Clemente VII uniéndose a la llamada Liga de Cognac integrada por él mismo, Francia —Francisco I, en todas las salsas—, Venecia, Florencia y Milán, con el objetivo de expulsar a los españoles de la península; y sin prestar atención a los requerimientos de Carlos para unirse todos y frenar a Solimán, que era el yuyu de verdad.
¿Qué pasó? Una vez estabilizada la cuestión húngara, Carlos vio claro que había que parar los pies a Su Santidad. Lo intentó apoyando al cardenal Pompeo Colonna, enfrentado de manera abierta con Clemente VII desde 1526. Las tropas de Colonna, financiadas por Carlos, ocuparon Roma ese mismo año y fue parcialmente saqueada. Clemente VII encontró refugio en el Castillo de Sant’Angelo, donde se encerró junto a la Guardia Suiza. Primera advertencia de Carlos a Su Santidad para que volviera al redil.
¿Lo hizo? Nanay de la China. Imitando a Francisco I, incumplió lo pactado con Carlos pocos meses después y, además de negarse a dejar de formar parte de la Liga de Cognac, reforzó las defensas de Roma para que no volviera a ocurrir lo sucedido con las tropas al servicio de Colonna. Y para más inri, ordenó una ofensiva contra las tropas del virrey español Carlos de Lannoy. A Carlos, el emperador, se le pusieron que no le cabían en sus reales calzas.
En consecuencia, a comienzos de 1527 envió hacia Roma a un ejército formado por cerca de 25.000 soldados españoles, italianos y alemanes al frente de Carlos de Borbón y el noble alemán Jorge de Frundsberg. Antes de llegar a Roma dicho ejército recaló en Florencia, donde sus regidores accedieron a pagar lo estipulado por Carlos de Borbón a cambio de no saquear la ciudad. Para Roma, las órdenes eran precisas: presionar al Papa, pero sin tonterías. O sea, nada de entrar en sus calles y liarla parda.
Lo que Carlos no preveía fue la reacción de su ejército, harto de ver cómo no cobraba las pagas un mes tras otro. Roma era un bombón, pero de los de verdad: dulce, jugoso, y más a ojos de los 12.000 lansquenetes —mercenarios alemanes protestantes— que componían dicho ejército, hartos de promesas vanas y de no ver nada de mosca. La cosa pintaba mal.
Previamente se logró controlar un conato de motín gracias a las perras entregadas por los florentinos, pero cuando las tropas del ejército imperial llegaron a las murallas de Roma tardaron cero coma en comprender que Su Santidad no iba a pagar una indemnización que le reclamaba Carlos. Para qué queríamos más días de fiesta.
Sin infantería a la que recurrir, Clemente VII recurrió a la artillería para contener a las tropas imperiales, que lanzaron una acometida desde la Puerta Torrione mientras los lansquenetes acudieron a la del Santo Spirito; puerta en la que calló muerto Carlos de Borbón.
Sin mando que gobernara las tropas, se desató el caos. Robos, asesinatos y violaciones se sucedieron por las calles romanas. Allí pillaron todos, hasta las autoridades eclesiásticas afines a los españoles, dado que los que llevaron la voz cantante en el pillaje fueron los lansquenetes, con abundancia de luteranos entre sus filas. Cuentan las crónicas del saqueo que “los imperiales se apoderaron de la cabeza de San Juan, de la de San Pedro y de la de San Pablo; robaron el oro y la plata que las recubría y las tiraron a la calle para jugar a la pelota”.
El saqueo cogió a Su Santidad orando en su capilla y apenas le dio tiempo para poner los pies en polvorosa antes de que los imperiales entraran en San Pedro. Y si lo contó fue, en parte, por el sacrificio de la Guardia Suiza. 147 de sus 189 componentes fueron masacrados en las escalinatas de la Basílica mientras él escapaba al Castillo de Sant’Angelo por un corredor secreto.
Tras tres días de salvajadas de todo tipo, Filiberto de Chalons, Príncipe de Orange, se convirtió en nueva cabeza del ejército en sustitución del borbón fallecido y, aunque le costó embridar a los suyos, recuperó la disciplina de las tropas.
Meses después, en junio de 1527, Carlos firmó un tratado con la Santa Sede que puso fin al conflicto. Momentáneamente, eso sí, porque Clemente VII volvería a las andadas al escapar de la custodia imperial para refugiarse en Orvieto. Momentáneamente, decía, porque a partir de entonces estaría de lo más suave con Carlos, coronación imperial incluida.
De lo que hablaremos en próximas entregas de su vida.
© Víctor Fernández Correas
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| Carlos I de España - Bernard van Orley - |
Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y ya está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».
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