por Manu López Marañón
Es necesario resaltar cómo, para que este libro haya visto la luz, hubo alguien muy empeñado en ello. Se trata del responsable de su edición, y éste no es otro que el periodista y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco Luis Sala González (Bilbao, 1968), de quien yo ya había tenido noticia por una extraordinaria biografía del político vasco más importante del siglo XX: «Indalecio Prieto. República y socialismo» (Tecnos, 2017).
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| Luis Sala González |
Para recuperar una parte sustancial de la obra periodística de Fernando Ortiz Echagüe (Logroño, 1892 – París, 1946), que es la que vertebra el texto que hoy reseño, «Crónicas de la República y la Guerra Civil», Luis Sala tuvo que desplazarse hasta Buenos Aires. El viaje vino motivado porque la totalidad de los artículos de este apasionante libro fueron remitidos por su autor, Ortiz Echagüe, al periódico argentino La Nación en un período de tiempo que abarca desde 1931 hasta 1939. Y porque tras esta única difusión nadie los había rescatado y allí permanecían, inéditos para el resto de la inmensa población hispanohablante. Que su contribución al periodismo moderno haya sido tan desconocida –aún entre sus colegas– resulta más llamativa todavía al comprobarse cómo en sus crónicas Ortiz Echagüe nunca se apartó de eso tan difícil de conseguir en una noticia como es la veracidad de los hechos.
Gracias a las facilidades y atención de Pablo de Rosa –responsable del archivo del diario porteño– ha podido hacerse Luis Sala con un magnífico acervo que pone ahora a nuestra disposición y que le agradecemos.
Lo primero que hay que resaltar de los artículos de Ortiz Echagüe es su claridad expositiva y un didactismo nunca desmedido ni pedante. Consciente de escribir para un país –Argentina– que, si bien se siente cercano a España, no deja de estar a 12.000 kilómetros de distancia, el periodista riojano se las apaña para transmitir a lectores tan remotos, con apasionante exposición, lo que aquí acontecía durante tan convulsa década. Esto supone, de rebote, que «Crónicas de la República y la Guerra Civil» se vaya convirtiendo en un libro fundamental para quienes desconocen aquellos años decisivos (y pienso, sobre todo, en nuestra juventud) sin que por esto deje de ser inagotable fuente de conocimiento para los expertos.
Como bien explica Marta Campomar en su prólogo:
«Ortiz Echagüe es puntilloso en el uso de las palabras; persigue siempre la objetividad de la información como corresponde al verdadero periodista. Es de admirar en la pluma de Ortiz Echagüe la capacidad de no desdeñar ningún matiz de información en la gama infinita de la vida y de los grandes sucesos, aún los más violentos como fueron las guerras del siglo XX y el conflicto español que amenazaba a la frágil paz europea».De la biográfica nota que ha redactado Luis Sala para el libro que con tanto esmero y tesón ha preparado, destaco algo que me ha llamado sobremanera la atención. Fernando Ortiz Echagüe murió la noche del 9 de julio de 1946 en París precipitándose al patio del hotel Lancaster desde una ventana de su habitación, en el sexto piso. El ABC inmediatamente culpó a los comunistas (sin aportar ninguna prueba). Descartando el suicidio, Sala afirma cómo «era la dictadura franquista, aislada internacionalmente y condenada en la Conferencia de San Francisco por las Naciones Unidas como aliada de Alemania e Italia, la que tenía en el periodista a un declarado enemigo». Hace pocos días he reseñado un título de nuestra historia más reciente: «A finales de enero» (Javier Padilla, Tusquets 2018); se cuenta en él –entre otros siniestros sucesos– toda la verdad sobre el asesinato, en 1969, del estudiante del FLP Enrique Ruano. Ruano fue defenestrado desde un séptimo piso por la policía y murió contra el suelo del patio de su casa… Y es que defenestrar opositores al régimen era un macabro hábito para los agentes franquistas: el comunista Julián Grimau, el estudiante maoísta Rafael Guijarro o el escritor andaluz Manuel Moreno Barranco engrosan esa amplísima lista de saltos que perfectamente pudo inaugurar, en tan temprana fecha, Ortiz Echagüe.
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| Fernando Ortiz Echagüe |
Centrándome en «Crónicas de la República y la Guerra Civil» diré que leyendo los apasionantes artículos de Ortiz Echagüe he tenido en mente aquel otro libro que Paul Preston publicó en 1998 y que lleva como título «Las tres Españas del 36». El historiador de Liverpool dice en él que «es una conclusión comúnmente aceptada que la guerra civil española fue una lucha entre extremos llevada a cabo por fanáticos de la derecha y de la izquierda, por fascistas contra comunistas, por campesinos hambrientos contra terratenientes». Para poco después aclarar cómo «durante los últimos años se ha reconocido que en realidad existían tres Españas más que dos bandos antagónicos». Preston cita como ejemplo de esa tercera España a personalidades de la talla de José Ortega y Gasset y Salvador de Madariaga (que se negaron a tomar parte en la guerra) o a políticos centristas como el ex presidente de la República Niceto Alcalá Zamora y el líder del Partido Radical, Alejandro Lerroux.
La tercera España, en la que también se incluye a políticos que apoyaron lealmente a uno u otro bando, pero que nunca se encontraron cómodos y sufrieron moralmente, se caracterizó fundamentalmente por la moderación y por su deseo de encontrar como fuera un acuerdo para el cese de la guerra fratricida. Entre estos políticos partidistas incluye Paul Preston a José María Gil Robles, Julián Besteiro (decidido partidario de la capitulación para tratar de obtener algún perdón del bando victorioso), a un Manuel Azaña horrorizado por la guerra y la matanza por ambos lados, a Indalecio Prieto por supuesto, y hasta a un José Antonio Primo de Rivera, quien, ya encarcelado, no se encuadraba precisamente en la categoría convencional del extremismo.
A estos pensadores y políticos debe añadirse una minoría de intelectuales. Así, de esta tercera España, a la desesperada busca de un entendimiento que no fue posible, formarían también parte –según mi modesta opinión– el muy publicado escritor y periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, y otro periodista, hasta ahora desconocido, pero igualmente reivindicable: nuestro Fernando Ortiz Echagüe.
Dividido «Crónicas de la República y la Guerra Civil» en los nueve años reportados (1931-1939), el grueso de los artículos viene conformado, obviamente, por temas políticos y bélicos. Estallada la guerra civil en 1936, resulta significativo como el periodista logroñés va desplazando su interés reporteril de tanta sangrienta e inane batalla hacia los intentos de mediación por conseguir la paz. En efecto, llega un momento en el que Ortiz Echagüe parece dar por perdidos a los españoles y dejarlos a su suerte para que se maten entre ellos mientras él vuelve sus ojos hacia las decisiones de grandes potencias internacionales. Son muchísimas las crónicas de este libro que tratan de explicar y aclarar las posturas, –muchas veces incompatibles–, de los cinco países que pudieron hacer cesar las hostilidades: Francia, Reino Unido, Alemania, Italia y la URSS.
Pero no todo es politiqueo y guerra: en la primera mitad de «Crónicas de la República y la Guerra Civil» Ortiz Echagüe todavía entretiene a sus lectores argentinos con impagables semblanzas de gente tan variopinta y ya famosa como Charles Chaplin, Ernest Hemingway o Vicente Blasco Ibáñez. O deja constancia de su afición taurina en documentadísimos reportajes que harán las delicias de los amantes del arte de Cúchares pero que, sinceramente, no sé yo cómo serían recibidos por los lectores de La Nación…
Para terminar, señalo cuatro crónicas que ejemplifican este temperamento moderado –y siempre partidario del acuerdo, nacional e internacional– que fue el de Fernando Ortiz Echagüe.
1. Con motivo del triunfo de las derechas en 1933, en su artículo del 24 de noviembre, Ortiz Echagüe teme a un partido socialista regido por Francisco Largo Caballero. Aunque el moderado Julián Besteiro está al frente de la UGT, la influencia del radicalizado Largo Caballero es mayor y ello es visto con preocupación. Tampoco gusta al periodista el frente antimarxista que han conformado los ganadores de las elecciones porque con ello las derechas pierden la posibilidad de pactar con la facción moderada del socialismo.
2. En su artículo del 22 de febrero de 1936 Ortiz Echagüe informa del triunfo del Frente Popular. Que Azaña, nuevo jefe de gobierno, prometa gobernar no para las izquierdas ni para las derechas, sino para los españoles lo tranquiliza. El mantenimiento del orden público y que el movimiento republicano siga encauzado en el parlamento son otros motivos para su satisfacción.
3. Ya estallada la guerra civil, en su crónica del 4 de agosto de 1936, Ortiz Echagüe habla por vez primera de la posibilidad de un compromiso alcanzado por mediación humanitaria de las potencias extranjeras. Un compromiso en el que no haya vencedores ni vencidos y que detenga los estragos y salve la vida de miles de presos políticos que tienen la terrible certeza de su muerte.
4. Para su crónica del 11 de octubre de 1937 Fernando Ortiz de Echagüe da ya por seguro el triunfo franquista: el tiempo trabaja a favor del «generalísimo» y la mediación es necesaria para abreviar la mortalidad y la destrucción que asuelan a España. Además Europa, harta ya de tanta muerte inútil, tiene prisas por apagar el fuego español antes de que se propague por el continente. La capitulación negociada de Santander es un buen ejemplo para el periodista riojano que, quizá sin saberlo, se alía en la línea que propugnaba el socialista Besteiro.
Entrevista a Luis Sala González, por
Manu López Marañón
1. En los artículos de «Crónicas de la República y la Guerra Civil» centrados en la guerra (1936-1939), he echado a faltar textos, e incluso referencias, a batallas importantes como fueron las de Guadalajara, Belchite y –sobre todo– la del Ebro, que supuso el último y titánico esfuerzo de la República por cambiar el rumbo de una guerra que veía perdida. En mi reseña especulo con la posibilidad de que Fernando Ortiz Echagüe abandonara pronto ese reporterismo bélico en el que no veía arreglo para los males de España para poder informar mejor a sus lectores sobre la política internacional, en la que centraba todas sus esperanzas para un final civilizado de la contienda. Así, las decisiones que pudieran tomarse sobre España (en un arco que abarcaría desde la creación, en 1936, del Comité de No Intervención ideado por Francia, hasta el anuncio de Juan Negrín en la Asamblea General de la Sociedad de Naciones, en octubre de 1938, de la retirada sin condiciones de los extranjeros que luchaban en el bando republicano –con la esperanza de que los sublevados hicieran lo mismo–), son este tipo de decisiones, digo, de las que Ortiz Echagüe eligió reportar.
Luis, la ausencia de crónicas «de trinchera» en favor de las de política internacional, ¿se debe a una decisión personal de Ortiz de Echagüe, que optó por no hacerlas, o, más bien, se debería a que has preferido no seleccionarlas para este libro o –incluso– a que pudieran haberse extraviado?
La respuesta es tan sencilla como pertinente la pregunta. La inmensa mayoría de los artículos de Ortiz Echagüe que he seleccionado para este libro se publicó con su firma en la portada –los argentinos le dicen «tapa»– de La Nación. Fernando tenía, digamos, su sección fija en la que escribía de aquello que le parecía más relevante en cada momento. No hay que olvidar que él no era un corresponsal más del diario en Europa, sino su representante general, una especie de redactor jefe de todos los corresponsales, con capacidad para editar las informaciones internacionales y contratar firmas de prestigio. Por ejemplo, en cuanto Pío Baroja cruzó la frontera temiendo por su vida, Fernando se lo encuentra en Hendaya y le ofrece escribir para La Nación. Y lo mismo, con Gregorio Marañón o Alcalá-Zamora. El periódico tenía otros reporteros en los frentes de combate: Constantino del Esla pasó prácticamente toda la guerra en el Madrid republicano y otros periodistas, como Jacinto Miquelarena o Javier Yndart, informaban desde Burgos o Salamanca. Las noticias sobre la guerra de España en el diario argentino eran por tanto abundantes y muy variadas.
Fernando optó en un primer momento por desplazarse desde París a la frontera de Hendaya y desde la orilla francesa del Bidasoa mandó una serie de crónicas muy interesantes sobre lo que estaba pasando en Navarra y Guipúzcoa. Si damos por bueno el testimonio de Iribarren, Mola había dado orden de detenerlo en cuanto se presentara en un puesto fronterizo. Seguramente por eso, decidió ver los toros desde la barrera. Con todo, hizo incursiones puntuales en el País Vasco en guerra y sus informaciones sobre los barcos-prisión de Bilbao o los asilados en la residencia del embajador argentino en Zarauz son magníficas.
En el otoño de 1936, a la guerra civil española le pasa, desde el punto de vista informativo, lo que hoy a la guerra de Siria: que pierde interés paulatinamente. Viendo que la guerra se alarga y que la caída de Madrid no se produce, Fernando regresa a París y sus crónicas sobre España derivan entonces hacia un tema en el que se movía como pez en el agua: las implicaciones internacionales del conflicto; cómo la guerra de España podía afectar a la frágil estabilidad europea, con Francia e Inglaterra tratando de apaciguar a Hitler y Mussolini.
2. En lo que más he insistido en la reseña de «Crónicas de la República y la Guerra Civil» es en el temperamento moderado y siempre predispuesto al acuerdo de Fernando Ortiz Echagüe. Lo he incluido, quizá temerariamente, formando parte del grupo de intelectuales a quienes Paul Preston, historiador que seguro tú conoces, incluye en su famosa «tercera España».
¿Estarías de acuerdo en meterlo ahí? ¿Qué opinión te merece esa aportación histórica llamada «tercera España»? Ante la situación política actual, ¿crees que deberían divulgarse más las figuras de políticos como Prieto, Azaña, o del mismo Julián Besteiro, socialista tan en la línea pactista de Ortiz Echagüe?
Tengo algunas dudas sobre el uso que se viene haciendo de esa llamada «tercera España». Como decía Ortega, «la neutralidad es una actitud». Uno no es neutral porque diga que lo es, sino por el modo en que se conduce en una situación determinada. Octavio Ruiz-Manjón, en un librito titulado «Algunos hombres buenos» (Espasa, 2016), recoge semblanzas de algunas personas que, en medio de los horrores de la guerra civil, estando en un bando o en el otro, pusieron la justicia por encima de las ideologías y trataron de humanizar el conflicto.
Desde 1931, desde la proclamación de la Segunda República, la primera experiencia verdaderamente democrática en la historia de España, Fernando Ortiz Echagüe se posiciona en un liberalismo conservador, en línea con Ortega y Marañón, dos intelectuales, buenos amigos suyos, que militaron en la Agrupación al Servicio de la República. Todos ellos confiaban entonces, como Prieto y Azaña, en que la República iba a hacer que España, por fin, fuera una democracia parlamentaria homologable a las de su entorno, con las Cortes como centro de la actividad política y lugar de debate de los problemas del país, algunos de los cuales aún hoy siguen sin resolverse: el encaje territorial, la desigualdad (entonces el drama del campo andaluz y la reforma agraria), las relaciones Iglesia-Estado y el sometimiento del poder militar al civil.
Fernando es un admirador de la III República francesa y de Francia como cuna de la libertad ciudadana y los derechos humanos. También del parlamentarismo británico. El 18 de julio, la sublevación militar y el estallido revolucionario que provoca echan por tierra todas esas esperanzas. El sueño democrático se transforma en una terrible pesadilla. Una tragedia que traumatizó a toda una generación de españoles. Franco decide, además, que los que no están con su glorioso movimiento nacional son la anti-España y las potencias totalitarias le apoyan descaradamente, mientras Francia e Inglaterra decretan la «farsa de la no intervención», que acaba por asfixiar a la República.
En las navidades de 1936, Marañón llega a París espantado de lo que ocurre en el Madrid revolucionario. Fernando cena en su casa casi todas las noches. Si bien rechaza las dictaduras y los métodos de terror de los franquistas en la represión en la llamada zona nacional, no aborrece menos la anarquía y las noticias de matanzas que le llegan de la retaguardia republicana. La guerra civil le parece, como escribió desde Davos en enero de 1937, la «más odiosa que conocen los siglos, la más estúpida, la más inútil, la más ajena al sentimiento español». Ortiz Echagüe creía, pienso que acertadamente, que la guerra, lejos de ser inevitable, nunca debería haberse producido. Los españoles no estaban predestinados a matarse unos a otros.
3. Cataluña, 1934. Lluís Companys proclama el Estado catalán y el gobierno de la República responde enviando al ejército. La sola visión de los cañones frente a la Generalitat provoca la estampida de los insurrectos y, afortunadamente, todo acaba sin muertos. Ortiz Echagüe escribe con indisimulado alivio sobre la recuperación de la autoridad gubernamental y también sobre cómo las Cortes han apoyado esa rápida –y eficaz– intervención militar. Tras la breve sedición Cataluña cumplirá las leyes españolas y –a modo de castigo– no se revisará su Estatuto.
Luis Sala González, doctor en Historia, seguro que ha extraído de todo aquello enseñanzas aplicables a la situación que se ha vivido recientemente, y también a la que pueda darse como resultado de este rosario de elecciones que vivimos actualmente en España. Dinos, ¿qué paralelismos y vías de solución puedes establecer entre aquella Cataluña de 1934 y la de 2019?
Me temo que el 6 de octubre de 1934 en Cataluña no fue tan incruento. Es cierto que Batet sacó la tropa a la calle con la orden terminante de no atacar a menos que fuese agredida. La policía, los Guardias de Asalto y la Guardia Civil acataron la autoridad militar. Sólo los Mossos d’Esquadra y una parte mínima de los escamots (milicias armadas del Estat Català) presentaron batalla al ejército, pero los enfrentamientos en la capital catalana dejaron un saldo de más de cuarenta muertos.
Históricamente hablando, el 6 de octubre de 1934 supuso un enorme descrédito para el independentismo catalán. En 1977, cuando Baltasar Porcel preguntó a Tarradellas por su actuación en aquella hora, su respuesta no pudo ser más elocuente: «La misma tarde del 6 de octubre fui a ver a Companys y le dije: “Creo que esto es un disparate y no estoy conforme, de ninguna manera”. Esto del 6 de octubre pesa mucho en mí en estos momentos. Toda mi obsesión es no volver a caer en una política como la que desembocó en el 6 de octubre». ¿Qué política era esa en la que Tarradellas no quería volver a caer en los años de la Transición? Sin duda, la de ir a un enfrentamiento abierto entre las instituciones de Cataluña y las del conjunto de España. En ese escenario, Cataluña lleva siempre las de perder. Josep María Bricall, que fue secretario general de Presidencia con Tarradellas y es uno de los catalanes más sensatos que conozco, lo decía en una reciente entrevista en La Vanguardia: «“Si entramos en pelea con los castellanos –decía Tarradellas–, ¡acabaremos mal!”. Me insistía en no tener una pelea con España, ¡que era un suicidio! Priorizar tus ensoñaciones sobre lo real puede ser una obsesión dañina… Ni Cataluña puede acabar con España, ni al revés».
Las vías de solución, o mejor, de arreglo posible, tendrán que venir de donde vienen todas las políticas en democracia: del diálogo y el acuerdo entre partidos, con estricto respeto de la legalidad. Me parece muy aguda y de rabiosa actualidad la observación de Ortiz Echagüe con respecto al problema catalán cuando dice que «mientras las derechas, por su tendencia a los procedimientos de fuerza, agravan ‘las molestias del trato humano’ entre españoles y catalanes, las izquierdas pisan un terreno más conciliador».
4. Busco ahora al responsable de la edición de «Crónicas de la República y la Guerra Civil». Vas a quitarte el sombrero de historiador para ponerte el de periodista de investigación.
Cuéntame, ¿cómo llegas al periodista casi desconocido que era Fernando Ortiz Echagüe antes de este libro que estamos comentando; fue por alguna de esas casualidades de biblioteca, o sabías de él por tus amplísimos conocimientos sobre los años 30?
Fue trabajando en mi tesis sobre Indalecio Prieto. Fernando, como buen reportero, al proclamarse la República en Madrid, se sube en París al mismo tren en el que viajan los cuatro ministros del Gobierno provisional que entonces estaban exiliados en Francia. Durante el viaje entrevista a algunos de ellos y comenta el ambiente de euforia que se respira en las estaciones. Conocía la obra de otro de los hermanos Ortiz Echagüe, José, porque ilustró con sus magníficas fotografías un libro que escribió mi abuelo sobre la vida de los cartujos en Miraflores.
¿Cómo comprendiste que era imprescindible viajar a Buenos Aires para que el libro saliera adelante?
Sospechaba que no iba a encontrar la colección del diario La Nación, de Buenos Aires, en ninguna hemeroteca española, pero Martín Rodríguez Yebra, entonces corresponsal del periódico en Madrid, me lo confirmó. Me dijo que para ver los ejemplares de los años treinta que me interesaban tendría que ir a Argentina, bien al propio archivo del periódico o a la biblioteca nacional Mariano Moreno.
En tu nota introductoria hablas de Pablo de Rosa, archivero de La Nación, a quien muestras tu agradecimiento. ¿Hasta qué punto fue decisiva su colaboración a la hora de hacerte con las crónicas; hubo que abonar algo, siquiera en cuestión de derechos, por ellas?
No, no tuve que pagar derechos. Y sí, la colaboración de Pablo fue fundamental, primero para localizar los artículos en el periódico y después para tener acceso a ellos y poder transcribirlos. En la semana que pasé en Buenos Aires, apenas tuve tiempo de iniciar el trabajo. La mayoría de los 172 artículos que se reproducen en el libro (88 anteriores al 18 de julio de 1936 y 84 posteriores) me la envió Pablo por email en los meses siguientes. En su último correo me informaba, además, de que, tras cuarenta años en el archivo del periódico, se prejubilaba. También estoy muy agradecido a Marta Campomar, de la Fundación Ortega y Gasset Argentina, por su acogida y por el magnífico prólogo del libro.
Para terminar, y ya de manera menos formal, ¿puedes referir alguna anécdota relacionada con este libro que contagie tu entusiasmo por la historia a los jóvenes de hoy?
Quizá sea un ingenuo, pero pienso sinceramente que las buenas historias acaban por enganchar al público. El formato podrá ser audiovisual –una miniserie o, como vi el otro día en televisión, Ana Frank grabando su propia vida con el móvil–, pero las buenas historias siempre tendrán audiencia. Estamos genéticamente predispuestos para escuchar los relatos de los viejos de la tribu. Si el periodismo vuelve a contar historias, recuperará lectores. Como les decía el otro día a unos estudiantes en la Universidad de Santiago, las crónicas de Fernando Ortiz Echagüe han envejecido bien y se leen hoy con gusto porque tienen todos los ingredientes del buen periodismo: observación de primera mano de los hechos que narra, fuentes diplomáticas de primer nivel, revista inteligente de la prensa local e internacional, conocimiento de los antecedentes históricos y conversaciones (entrevistas) con los protagonistas mismos de la historia.
Manu López Marañón
1. En los artículos de «Crónicas de la República y la Guerra Civil» centrados en la guerra (1936-1939), he echado a faltar textos, e incluso referencias, a batallas importantes como fueron las de Guadalajara, Belchite y –sobre todo– la del Ebro, que supuso el último y titánico esfuerzo de la República por cambiar el rumbo de una guerra que veía perdida. En mi reseña especulo con la posibilidad de que Fernando Ortiz Echagüe abandonara pronto ese reporterismo bélico en el que no veía arreglo para los males de España para poder informar mejor a sus lectores sobre la política internacional, en la que centraba todas sus esperanzas para un final civilizado de la contienda. Así, las decisiones que pudieran tomarse sobre España (en un arco que abarcaría desde la creación, en 1936, del Comité de No Intervención ideado por Francia, hasta el anuncio de Juan Negrín en la Asamblea General de la Sociedad de Naciones, en octubre de 1938, de la retirada sin condiciones de los extranjeros que luchaban en el bando republicano –con la esperanza de que los sublevados hicieran lo mismo–), son este tipo de decisiones, digo, de las que Ortiz Echagüe eligió reportar.
Luis, la ausencia de crónicas «de trinchera» en favor de las de política internacional, ¿se debe a una decisión personal de Ortiz de Echagüe, que optó por no hacerlas, o, más bien, se debería a que has preferido no seleccionarlas para este libro o –incluso– a que pudieran haberse extraviado?
La respuesta es tan sencilla como pertinente la pregunta. La inmensa mayoría de los artículos de Ortiz Echagüe que he seleccionado para este libro se publicó con su firma en la portada –los argentinos le dicen «tapa»– de La Nación. Fernando tenía, digamos, su sección fija en la que escribía de aquello que le parecía más relevante en cada momento. No hay que olvidar que él no era un corresponsal más del diario en Europa, sino su representante general, una especie de redactor jefe de todos los corresponsales, con capacidad para editar las informaciones internacionales y contratar firmas de prestigio. Por ejemplo, en cuanto Pío Baroja cruzó la frontera temiendo por su vida, Fernando se lo encuentra en Hendaya y le ofrece escribir para La Nación. Y lo mismo, con Gregorio Marañón o Alcalá-Zamora. El periódico tenía otros reporteros en los frentes de combate: Constantino del Esla pasó prácticamente toda la guerra en el Madrid republicano y otros periodistas, como Jacinto Miquelarena o Javier Yndart, informaban desde Burgos o Salamanca. Las noticias sobre la guerra de España en el diario argentino eran por tanto abundantes y muy variadas.
Fernando optó en un primer momento por desplazarse desde París a la frontera de Hendaya y desde la orilla francesa del Bidasoa mandó una serie de crónicas muy interesantes sobre lo que estaba pasando en Navarra y Guipúzcoa. Si damos por bueno el testimonio de Iribarren, Mola había dado orden de detenerlo en cuanto se presentara en un puesto fronterizo. Seguramente por eso, decidió ver los toros desde la barrera. Con todo, hizo incursiones puntuales en el País Vasco en guerra y sus informaciones sobre los barcos-prisión de Bilbao o los asilados en la residencia del embajador argentino en Zarauz son magníficas.
En el otoño de 1936, a la guerra civil española le pasa, desde el punto de vista informativo, lo que hoy a la guerra de Siria: que pierde interés paulatinamente. Viendo que la guerra se alarga y que la caída de Madrid no se produce, Fernando regresa a París y sus crónicas sobre España derivan entonces hacia un tema en el que se movía como pez en el agua: las implicaciones internacionales del conflicto; cómo la guerra de España podía afectar a la frágil estabilidad europea, con Francia e Inglaterra tratando de apaciguar a Hitler y Mussolini.
2. En lo que más he insistido en la reseña de «Crónicas de la República y la Guerra Civil» es en el temperamento moderado y siempre predispuesto al acuerdo de Fernando Ortiz Echagüe. Lo he incluido, quizá temerariamente, formando parte del grupo de intelectuales a quienes Paul Preston, historiador que seguro tú conoces, incluye en su famosa «tercera España».
¿Estarías de acuerdo en meterlo ahí? ¿Qué opinión te merece esa aportación histórica llamada «tercera España»? Ante la situación política actual, ¿crees que deberían divulgarse más las figuras de políticos como Prieto, Azaña, o del mismo Julián Besteiro, socialista tan en la línea pactista de Ortiz Echagüe?
Tengo algunas dudas sobre el uso que se viene haciendo de esa llamada «tercera España». Como decía Ortega, «la neutralidad es una actitud». Uno no es neutral porque diga que lo es, sino por el modo en que se conduce en una situación determinada. Octavio Ruiz-Manjón, en un librito titulado «Algunos hombres buenos» (Espasa, 2016), recoge semblanzas de algunas personas que, en medio de los horrores de la guerra civil, estando en un bando o en el otro, pusieron la justicia por encima de las ideologías y trataron de humanizar el conflicto.
Desde 1931, desde la proclamación de la Segunda República, la primera experiencia verdaderamente democrática en la historia de España, Fernando Ortiz Echagüe se posiciona en un liberalismo conservador, en línea con Ortega y Marañón, dos intelectuales, buenos amigos suyos, que militaron en la Agrupación al Servicio de la República. Todos ellos confiaban entonces, como Prieto y Azaña, en que la República iba a hacer que España, por fin, fuera una democracia parlamentaria homologable a las de su entorno, con las Cortes como centro de la actividad política y lugar de debate de los problemas del país, algunos de los cuales aún hoy siguen sin resolverse: el encaje territorial, la desigualdad (entonces el drama del campo andaluz y la reforma agraria), las relaciones Iglesia-Estado y el sometimiento del poder militar al civil.
Fernando es un admirador de la III República francesa y de Francia como cuna de la libertad ciudadana y los derechos humanos. También del parlamentarismo británico. El 18 de julio, la sublevación militar y el estallido revolucionario que provoca echan por tierra todas esas esperanzas. El sueño democrático se transforma en una terrible pesadilla. Una tragedia que traumatizó a toda una generación de españoles. Franco decide, además, que los que no están con su glorioso movimiento nacional son la anti-España y las potencias totalitarias le apoyan descaradamente, mientras Francia e Inglaterra decretan la «farsa de la no intervención», que acaba por asfixiar a la República.
En las navidades de 1936, Marañón llega a París espantado de lo que ocurre en el Madrid revolucionario. Fernando cena en su casa casi todas las noches. Si bien rechaza las dictaduras y los métodos de terror de los franquistas en la represión en la llamada zona nacional, no aborrece menos la anarquía y las noticias de matanzas que le llegan de la retaguardia republicana. La guerra civil le parece, como escribió desde Davos en enero de 1937, la «más odiosa que conocen los siglos, la más estúpida, la más inútil, la más ajena al sentimiento español». Ortiz Echagüe creía, pienso que acertadamente, que la guerra, lejos de ser inevitable, nunca debería haberse producido. Los españoles no estaban predestinados a matarse unos a otros.
3. Cataluña, 1934. Lluís Companys proclama el Estado catalán y el gobierno de la República responde enviando al ejército. La sola visión de los cañones frente a la Generalitat provoca la estampida de los insurrectos y, afortunadamente, todo acaba sin muertos. Ortiz Echagüe escribe con indisimulado alivio sobre la recuperación de la autoridad gubernamental y también sobre cómo las Cortes han apoyado esa rápida –y eficaz– intervención militar. Tras la breve sedición Cataluña cumplirá las leyes españolas y –a modo de castigo– no se revisará su Estatuto.
Luis Sala González, doctor en Historia, seguro que ha extraído de todo aquello enseñanzas aplicables a la situación que se ha vivido recientemente, y también a la que pueda darse como resultado de este rosario de elecciones que vivimos actualmente en España. Dinos, ¿qué paralelismos y vías de solución puedes establecer entre aquella Cataluña de 1934 y la de 2019?
Me temo que el 6 de octubre de 1934 en Cataluña no fue tan incruento. Es cierto que Batet sacó la tropa a la calle con la orden terminante de no atacar a menos que fuese agredida. La policía, los Guardias de Asalto y la Guardia Civil acataron la autoridad militar. Sólo los Mossos d’Esquadra y una parte mínima de los escamots (milicias armadas del Estat Català) presentaron batalla al ejército, pero los enfrentamientos en la capital catalana dejaron un saldo de más de cuarenta muertos.
Históricamente hablando, el 6 de octubre de 1934 supuso un enorme descrédito para el independentismo catalán. En 1977, cuando Baltasar Porcel preguntó a Tarradellas por su actuación en aquella hora, su respuesta no pudo ser más elocuente: «La misma tarde del 6 de octubre fui a ver a Companys y le dije: “Creo que esto es un disparate y no estoy conforme, de ninguna manera”. Esto del 6 de octubre pesa mucho en mí en estos momentos. Toda mi obsesión es no volver a caer en una política como la que desembocó en el 6 de octubre». ¿Qué política era esa en la que Tarradellas no quería volver a caer en los años de la Transición? Sin duda, la de ir a un enfrentamiento abierto entre las instituciones de Cataluña y las del conjunto de España. En ese escenario, Cataluña lleva siempre las de perder. Josep María Bricall, que fue secretario general de Presidencia con Tarradellas y es uno de los catalanes más sensatos que conozco, lo decía en una reciente entrevista en La Vanguardia: «“Si entramos en pelea con los castellanos –decía Tarradellas–, ¡acabaremos mal!”. Me insistía en no tener una pelea con España, ¡que era un suicidio! Priorizar tus ensoñaciones sobre lo real puede ser una obsesión dañina… Ni Cataluña puede acabar con España, ni al revés».
Las vías de solución, o mejor, de arreglo posible, tendrán que venir de donde vienen todas las políticas en democracia: del diálogo y el acuerdo entre partidos, con estricto respeto de la legalidad. Me parece muy aguda y de rabiosa actualidad la observación de Ortiz Echagüe con respecto al problema catalán cuando dice que «mientras las derechas, por su tendencia a los procedimientos de fuerza, agravan ‘las molestias del trato humano’ entre españoles y catalanes, las izquierdas pisan un terreno más conciliador».
4. Busco ahora al responsable de la edición de «Crónicas de la República y la Guerra Civil». Vas a quitarte el sombrero de historiador para ponerte el de periodista de investigación.
Cuéntame, ¿cómo llegas al periodista casi desconocido que era Fernando Ortiz Echagüe antes de este libro que estamos comentando; fue por alguna de esas casualidades de biblioteca, o sabías de él por tus amplísimos conocimientos sobre los años 30?
Fue trabajando en mi tesis sobre Indalecio Prieto. Fernando, como buen reportero, al proclamarse la República en Madrid, se sube en París al mismo tren en el que viajan los cuatro ministros del Gobierno provisional que entonces estaban exiliados en Francia. Durante el viaje entrevista a algunos de ellos y comenta el ambiente de euforia que se respira en las estaciones. Conocía la obra de otro de los hermanos Ortiz Echagüe, José, porque ilustró con sus magníficas fotografías un libro que escribió mi abuelo sobre la vida de los cartujos en Miraflores.
¿Cómo comprendiste que era imprescindible viajar a Buenos Aires para que el libro saliera adelante?
Sospechaba que no iba a encontrar la colección del diario La Nación, de Buenos Aires, en ninguna hemeroteca española, pero Martín Rodríguez Yebra, entonces corresponsal del periódico en Madrid, me lo confirmó. Me dijo que para ver los ejemplares de los años treinta que me interesaban tendría que ir a Argentina, bien al propio archivo del periódico o a la biblioteca nacional Mariano Moreno.
En tu nota introductoria hablas de Pablo de Rosa, archivero de La Nación, a quien muestras tu agradecimiento. ¿Hasta qué punto fue decisiva su colaboración a la hora de hacerte con las crónicas; hubo que abonar algo, siquiera en cuestión de derechos, por ellas?
No, no tuve que pagar derechos. Y sí, la colaboración de Pablo fue fundamental, primero para localizar los artículos en el periódico y después para tener acceso a ellos y poder transcribirlos. En la semana que pasé en Buenos Aires, apenas tuve tiempo de iniciar el trabajo. La mayoría de los 172 artículos que se reproducen en el libro (88 anteriores al 18 de julio de 1936 y 84 posteriores) me la envió Pablo por email en los meses siguientes. En su último correo me informaba, además, de que, tras cuarenta años en el archivo del periódico, se prejubilaba. También estoy muy agradecido a Marta Campomar, de la Fundación Ortega y Gasset Argentina, por su acogida y por el magnífico prólogo del libro.
Para terminar, y ya de manera menos formal, ¿puedes referir alguna anécdota relacionada con este libro que contagie tu entusiasmo por la historia a los jóvenes de hoy?
Quizá sea un ingenuo, pero pienso sinceramente que las buenas historias acaban por enganchar al público. El formato podrá ser audiovisual –una miniserie o, como vi el otro día en televisión, Ana Frank grabando su propia vida con el móvil–, pero las buenas historias siempre tendrán audiencia. Estamos genéticamente predispuestos para escuchar los relatos de los viejos de la tribu. Si el periodismo vuelve a contar historias, recuperará lectores. Como les decía el otro día a unos estudiantes en la Universidad de Santiago, las crónicas de Fernando Ortiz Echagüe han envejecido bien y se leen hoy con gusto porque tienen todos los ingredientes del buen periodismo: observación de primera mano de los hechos que narra, fuentes diplomáticas de primer nivel, revista inteligente de la prensa local e internacional, conocimiento de los antecedentes históricos y conversaciones (entrevistas) con los protagonistas mismos de la historia.
nació
en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en
Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un
año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a
cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad
se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la
literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.




