Biografía de Carlos I de España (XXV Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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POR QUERERTE VER, LUTERO
Víctor Fernández Correas
Terminé la última entrega de la vida de mi colega Carlos haciendo referencia a Lutero. Hors catégorie, que diría el francés Francisco I. Si alguien le trajo por la calle de la amargura no fue el francés, ni tampoco el turco ―el que se hacía llamar el Magnífico―, ni mucho menos Su Santidad Clemente VII. El chungo, chungo de verdad fue aquel monje alemán, del que, ya en sus últimos días, llegó a confesar a sus más cercanos en Yuste que se arrepentía de no haberle puesto a criar malvas cuando tuvo ocasión de hacerlo. Que la tuvo y bien cerca, pero no lo hizo, y Lutero le incendió Alemania, y ya de paso prendió un fuego que aún hoy sigue ardiendo y con unas llamas que dan gusto, oigan.
   
Lo de
Lutero viene de atrás, de cuando el emperador fue coronado como tal en Aquisgrán en 1520. Por entonces, aquel monje llevaba unos años pegándoles tobas a los alemanes en forma de soflamas que dejaban en entredicho el predicamento de la Iglesia de Roma y de Su Santidad. De golfos para arriba. Que si se bebían el Nilo, el Danubio y el Pisuerga juntos y comían como si no hubiera un mañana, amén de vender parcelitas en el cielo a tanto el kilo para, con las perras que se sacaran, rematar esa joya que es la Basílica de San Pedro, entre otras cosas.

Vale, cuestiones religiosas. Pero lo que realmente preocupaba al emperador era el predicamento que dicho monje había adquirido entre los príncipes alemanes, que le veían poco menos que un Braveheart gritando aquello de “¡Yo os daré la libertaaaad!”, y tal; la personificación del ideal alemán, de su rectitud y dignidad, frente a una Roma que era poco menos que Sodoma y Gomorra.

Así que, aprovechando que tocaba dieta en Worms ―o sea, reunión, no cura de adelgazamiento―, y como mi colega había jurado defender a la Iglesia en su coronación en Aquisgrán, allá que se fue con la idea de apaciguar los ánimos del monje alemán y de toda su parentela; con la promesa de que llegaría a Worms sano y salvo ―mediante salvoconducto imperial― y allí le escucharía con toda atención y respeto. Eso, desoyendo los consejos de quienes le pedían poco menos que lo quemara vivo. Muerto el perro, se acabó la rabia y todo eso; lo que le ocurrió a Juan Huss, teólogo checo que acudió en las mismas condiciones a la Dieta de Constanza en 1415 y acabó hecho un pincho moruno. Tonterías, las justas.

 
Cuadro de Anton von Werner
Lutero ante la Dieta de Worms
- Anton von Werner -
(1877)

Así que Lutero se presentó en Worms con la intranquilidad en el cuerpo y desoyendo a quienes le avisaban de que correría el mismo camino que aquel teólogo checo. Y la lío. Pero parda, parda. Vale que, al verse delante del emperador y demás fauna cortesana y eclesiástica, se acojonó y pidió 24 horas para reflexionar cuando le preguntaron por todo lo que había hecho/dicho hasta entonces, pero pasadas esas 24 horas… no se cortó ni un pelo. Con un par, el colega. Nada de retractarse de ninguna de sus ideas y postulados. La armó gorda. Si había que morir, que fuera matando, debió de pensar.

En resumen, a
Lutero se le condenó por hereje, se ordenó que todos sus textos fueran quemados, y se le expulsó de la dieta echando hostias; de lo que mi colega se arrepentiría enormemente. Aquella dieta terminó de mala manera, porque al emperador le llegaron los primeros ecos de que se estaba liando floja en España ―Comuneros y Agermanados―, pero no tratar el tema de Lutero en profundidad lo convirtió en un tumor que cada vez se fue haciendo más grande. Sus ramificaciones le afectarían de lleno durante los siguientes 30 años de su vida, siendo unas de las causas ―junto a otras tantas― de su abdicación y retirada a Yuste cuando, allá por 1552, un príncipe protestante alemán, Mauricio de Sajonia, estuvo a punto de echarle el guante en Innsbruck, obligándole a una retirada humillante casi con lo puesto.

En consecuencia, venían años interesantes para mi colega Carlos, que se las tendría tiesas con el turco a cuenta del Mediterráneo y el norte de África, también con el francés, y que llegó a algo parecido a una paz con su Santidad, que incluso le coronaría emperador pocos años después en Bolonia.

Pero, todo eso, ya para otras entregas.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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