Biografía de Carlos I de España (XXXVII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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Ponga un Túnez en su vida
Víctor Fernández Correas
El patio en el Mediterráneo no estaba para tirar cohetes, con Barbarroja husmeando más de la cuenta —cuando no metiendo las zarpas directamente— en las colonias españolas del norte de África, así como en las islas —llámense Mallorca y Menorca, principalmente— del que los romanos llamaban Mare Nostrum. Hay que decir, a modo de recordatorio, que dicha expansión comenzó siendo rey el abuelo de mi colega, o sea, Fernando, apodado el Católico, a partir de Orán y siguiendo hasta Trípoli. Al palmarla Fernando, el tal Barbarroja —de nombre Khair-ed Din— aprovechó la coyuntura para hacerse con Argel y, desde allí, liarla parda por las costas españolas y sus islas cuando le viniera en gana. Uno tras otro, los intentos por recuperar Argel acabaron en fracaso, y así estaba el percal.

Como mi colega estaba dando tumbos cada dos por tres por esa Europa suya apagando fuegos y visitando a unos y a otros, era su esposa, la emperatriz Isabel, quien le informaba de cómo estaba el patio en lo tocante al Mediterráneo. Y la cosa —como se ha visto en anteriores entregas— estaba chunga no, lo siguiente; al que pidió en más de una y de dos ocasiones que se expulsara a Barbarroja de Argel, dado el daño que hacía desde allí cuando le placía.

Sucedió que Barbarroja fue ganando en importancia y en categoría, pasando de ser poco menos que un pirata de mala muerte a convertirse en almirante de la flota turca del Mediterráneo allá por 1534; y que, con tal atribución y con plenos poderes, se sentía con ganas de liarla parda siempre y cuando quisiera. A modo de ejemplo, por esa época dejó la villa napolitana de Fondi como un solar e hizo cautivos a todos sus habitantes —“lo qual lo habemos sentido mucho, y especialmente los cristianos que llevó cautivos”, llegó a decir al conocer la noticia—; y, lo que es peor, se había apoderado de Túnez, cuyo rey, Muley Hassan, era feudatario de mi colega Carlos.

Así que tocaba pararle los pies. Y cuanto antes, mejor.

Aprovechando que en ese año, 1534, se celebraban Cortes en Madrid, a donde fue para contar cómo le había ido por tierras más allá de los Pirineos y qué había hecho en ellas, y también para informar de la situación organizada por el turco; callándose lo que —como bien afirma el profesor Manuel Fernández Álvarez—  tenía en mente, que no era otra que proseguir con la labor de líder de la Cristiandad que se había asignado antes de lo de Viena, y que le hacía sentirse cual cruzado —el último—en la lucha contra el infiel.

Claro que, para la empresa que había determinado emprender, es decir, darle cera a Barbarroja hasta en el cielo de la boca y recuperar Argel para la causa imperial, hacían falta perras. De ahí lo de las Cortes, pero el éxito no fue el esperado. No obstante, las perras le llegarían por una vía inesperada, como era ese nuevo mundo recién descubierto. Más en concreto, del Perú, donde Pizarro se había apoderado del tesoro de los Incas, del que determinó enviar al emperador la parte que le correspondía por medio de su hermano Hernando. Y a mi colega Carlos, eso de saber que había perras, y en abundancia, le hizo dar palmas con las orejas. En consecuencia, caña al turco, y a acometer lo de Túnez, que se trataba de una empresa de gran envergadura y, sobre todo, costosa.

Y dicho y hecho. Tras meses de preparativos de todo tipo, a mediados de junio de 1535 las tropas del emperador tomaron La Goleta —que se trataba de la plaza marítima más importante de Túnez— como cabeza de puente ante lo que estaba por venir, dado que buena parte de la flota de Barbarroja se encontraba allí; con un alarde de fuerzas y de artillería como si no hubiera un mañana, y a cuya cabeza se situaría él mismo en persona, lo que entristecería a algún que otro Grande de España, deseosos de que, ya que la iban a pringar en la empresa, al menos que obtuvieran algún rédito de la cosa.

Tras la toma de La Goleta llegó, días después, la de Túnez, con un detalle anecdótico que merece la pena destacar: el alzamiento de los miles de cautivos que Barbarroja tenía presos en la ciudad, y que se apoderaron de la fortaleza al salir de ella el turco con el grueso de sus soldados para hacer frente a la amenaza imperial. Total, que el turco logró salvar el pellejo y refugiarse en Argel; y que, si le querían atrapar, que fueran a por él.

Como venganza por lo de Túnez, Barbarroja dejó Menorca meses después hecha unos zorros, utilizando Argel siempre como base. Objetivo que quedaba pendiente en la lista del emperador, pero no de manera inmediata, lo que no sentó bien en tierras españolas tras conocerse el episodio de Menorca; y más cuando, en lugar de hacerlo, mi colega decidiera quedarse en Sicilia una temporada para descansar. Y tal cual se lo dijo la emperatriz por carta: “lo cual se han sentido en el reino mucho, porque como las victorias que Nuestro Señor ha dado a V. M en la empresa de Túnez han gozado más particularmente los reinos de Nápoles y Sicilia y toda Italia, por haberles echado de allí tan mal vecino, así en el daño que se hace en estos por este enemigo que se siente más agora que en otro tiempo. Y de manera que no se habla de otra cosa…”.

Carlos tenía cuentas pendientes con Francia antes que ir a Argel a traer a Barbarroja de la oreja. Y eso que, después de Túnez, ya se sentía más español que otra cosa, viendo cómo habían luchado los españoles en la batalla en la que había recibido su bautismo de fuego, y que le hizo confiar, a partir de ese momento, en ellos como los mejores compañeros de armas posibles.
© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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