Fragmentos de «El cementerio de los suicidas», de Manuel Hurtado Marjalizo

Como adelanto a la reseña de «El cementerio de los suicidas», de Manuel Hurtado Marjalizo, que ha escrito Ana G. Aranda  para la VII Semana Negra en la Glorieta, os ofrecemos unos fragmentos de la novela que publicamos por cortesía de su autor.
 
Novela de Manuel Hurtado Marjalizo


Manuel Hurtado Marjalizo
es ingeniero de minas por la Universidad Politécnica de Madrid y trabaja desde hace veintiocho años en la multinacional francesa Saint-Gobain, donde ha ejercido puestos directivos en Segovia, Mendoza (Argentina), Barcelona, París, Milán y Madrid. Se estrenó en la ficción en 2010 con La hora del Lobo Gris, novela que fue finalista en el XIV Premio Fernando Lara. En 2016 publicó en La Esfera de los Libros La librería del callejón, con la que ha cosechado un gran éxito y que ha alcanzado las cinco ediciones.
 

 
 
 
Fragmentos de «El cementerio de los suicidas», de Manuel Hurtado Marjalizo
"¿Quién soy yo para torcer el destino?
   Lo que más recuerdo de aquel día es la expresión helada del cadáver de Saturnino de la Vega, el librero que habían encontrado ahorcado en la trastienda de su pequeño negocio de la glorieta de Quevedo. Era una tarde tormentosa, una de esas tardes en las que el cuerpo te pide quedarte junto a la lumbre de una chimenea o al calor de una estufa de carbón. Ese fue el día que todo empezó, el primero de los días de furia que me tocó vivir en un diciembre que se deshojaba como una margarita rubricando el fin irremediable de siglo.”
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   “En esto apareció por la plazuela el almirante don Manuel de Velasco y Tejada. Venía en un carro de manos tirado por esclavos arahuacos, no porque su hostería estuviese lejos, que estaba al lado, sino para mostrar a todos quien mandaba.
   Vestía un jubón de gamuza, polainas hasta las rodillas y un pistolón al cincho cebado de hierros para espantar malas ideas. De su cintura colgaba una daga de acero vizcaíno de vieja raigambre con la que decía que sus antepasados habían dado muerte a más de un ciento de enemigos.”
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 “Quise echar un último vistazo a mi alrededor. El aire estaba embadurnado de tristeza, de esa tristeza fúnebre que supuran los cementerios. Montones de lápidas silentes, muchas de ellas medio abandonadas por quienes un día llevaron allí a sus seres queridos, con ese aspecto indolente que adquieren los ancianos cuando ya nada les importa.
   No era yo de limpiar tumbas propias, y en mi agnosticismo, tampoco pensaba que ningún muerto podría reprocharnos algún día que no hubiésemos cuidado la suya, pero no por eso dejaba de impresionarme aquel paisaje de desidia, esa especie de condena al repudio y al desamparo a la que parecían estar sometidos los habitantes de aquel cementerio.”
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“—El Guardián del Cielo es el arcángel San Miguel, el jefe de los ejércitos de Dios —aclaró mi viejo profesor—, una de las pocas figuras que es venerada tanto por cristianos, ya sean católicos, ortodoxos o anglicanos, como por judíos y musulmanes. Nadie discute su importancia.
Eso me complicaba las cosas. Si la Mano Negra tenía un sesgo religioso, podía ser de cualquier credo, incluidos los que casi nadie practicaba en Madrid.
  —¿Y cuál es su singularidad para que religiones tan distintas lo veneren?
  —Por su naturaleza de arcángel es uno de los jefes del reino celestial. San Miguel precisamente recibió de Dios una de las tareas más importantes, la custodia del cielo. Fue él quien expulsó a Lucifer cuando quiso revelarse contra Dios convirtiéndolo en el Ángel Caído. Si hay alguien a quien odie el diablo es a San Miguel. Por eso creo que estos de quienes me hablas podrían pertenecer a una secta antisatánica.”
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 “La Orden de la Mano Negra era una organización milenaria y clandestina, dirigida por un Prior, que mantenía reuniones secretas en un lugar oculto de Madrid. La nota de Genaro hablaba de una vieja ermita donde, al parecer, se encontraban las noches de solsticio y equinoccio.”


Ana G. Aranda, lectora empedernida, colabora con las webs Anika Entre Libros y Quelibroleo.com y la revista La Gatera de la Villa.