Mostrando entradas con la etiqueta Chernobil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Chernobil. Mostrar todas las entradas

«La muerte invisible», novela de Alberto Pasamontes

«LA MUERTE INVISIBLE». Sinopsis
Un policía de Moscú es represaliado por el Soviet Supremo a un nuevo destino en Ucrania, concretamente a Pripyat, la localidad más próxima a la central nuclear de Chernobil. Solo dos días después de su llegada es testigo de lo que acabará siendo la mayor tragedia nuclear de la Unión Soviética, silenciada por el poder en un intento de proteger a los responsables políticos de la catástrofe. Cuando están a punto de cumplirse treinta años de esa explosión y fuga radioactiva, fechada el 26 de abril de 1986, Alberto Pasamontes utiliza aquel episodio que impuslsó la Perestroika a costa de asolar toda una región rusa, para crear una novela negra, ganadora del XVIII Premio Francisco Pavón de Narrativa Policíaca, donde un investigador busca en solitario a los verdaderos artífices de aquel infierno.


«LA MUERTE INVISIBLE». Fragmentos
  Vacío la maleta. Toda mi ropa no ocupa ni la mitad del armario. Y eso que no se puede decir que sea grande. Luego abro la caja. Terminaré pronto, no hay mucho que sacar. El despertador, mi vieja Zenit, -no recuerdo cuándo la usé por última vez, pero parece que hay un carrete dentro sin terminar-, tres álbumes con fotos antiguas, una pequeña bolsa de piel con mis útiles de aseo, unos prismáticos, algunas novelas baratas leídas ya hace tiempo, y al fondo, protegidos de miradas indiscretas, mis discos. Música occidental, los Stones, Elvis, Deep Purple; todo de contrabando, algunos de ellos distraídos durante los registros en las viviendas de opositores al Partido. Los saco con una mezcla de cariño y angustia, hasta que compruebo que no han sufrido ningún daño durante el viaje. Cojo el último con especial cuidado, una funda de papel grueso hecha a mano que contiene el más delicado: Blonde on Blonde de Bob Dylan, grabado sobre una radiografía de un húmero roto. Recuerdo el día que me hice con él. Fuimos a aquel apartamento muy cerca de la estación de Metro de Frunzenskaya. Tiramos la puerta abajo, los cogimos en la cama, amándose, ajenos al sufrimiento que se les venía encima. No eran más que dos estudiantes universitarios, apenas tendrían veinte años. Los molimos a palos. En realidad fue Kovalev, pero yo no hice nada por impedirlo. Me quedé allí quieto, y no hice nada. Nada. Soy tan culpable como él. No dejó de golpearles hasta que perdieron el conocimiento. Luego registramos la casa, destrozamos los muebles buscando pruebas de su traición. Cuando encontramos los discos de contrabando, ¡como si escuchar música occidental supusiese algún riesgo para la Unión Soviética! Kovalev volvió a golpearlos. Al chico le pateaba el estómago. Con ella se centraba en los pechos. Si les matas se librarán de veinte años en Siberia, se me ocurrió decir al fin, ¿es que quieres hacerles ese favor? Se volvió a mirarme y soltó una risa cruel. La perspectiva de que acabasen en un campo de trabajo lo dejó satisfecho, y por fin los dejó en paz. No encontramos nada más. Solo aquellos discos. Cuando salíamos, a uno de los agentes que nos acompañaban se le cayó una de las radiografías. No se dio cuenta. Me la guardé debajo del abrigo, sin saber siquiera qué había grabado en ella. Fue un impulso, corrí un riesgo estúpido, no sé por qué lo hice. Esa noche, cuando llegué a casa, puse el disco, con el volumen muy bajo, por miedo a que lo escuchase alguien. Nunca había oído hablar de Bob Dylan.
  A él lo condenaron a trabajos forzados en una mina de carbón; ella terminó en una cárcel de Kazajistán. Yo comencé a dudar de las órdenes de mis superiores.

«La muerte invisible», 2015, pág. 21-23

  Se ha sentado junto a su marido y se han cogido la mano por debajo de la mesa. Son un matrimonio de mi edad, de aspecto sano y honesto. Me siento incómodo. Me sobrecoge ver a punto de derrumbarse a ese hombre fuerte, de rasgos orgullosos y duros y carácter laborioso.  Si no lo ha hecho ya, es porque está más pendiente de tranquilizar a su mujer con tiernas caricias de su mano fuerte y callosa. Me gustaría decirles que nada deben temer, que no estoy interesado en la travesura inconsciente de su hijo, pero sé que serviría de muy poco; la visión de una placa de policía suele ser un mal presagio en la Unión Soviética.

«La muerte invisible», 2015, pág. 34

  Doy las gracias a Víktor por la información y subo las escaleras pensando que, al menos, he ido a parar al Soviet Municipal en el mejor momento, cuando el hombre venido de Moscú y, sobre todo su amiguito del KGB, no se encuentran aquí para controlar qué se puede contar a un policía medio acabado.

«La muerte invisible», 2015, pág. 93

Central Nuclear de Chernobil antes del accidente
- Fuente: www.pripyat.com -
«LA MUERTE INVISIBLE». Críticas en la Red
Leer de un tirón no es muy teórico ni es un concepto crítico pero es muy gráfico y muy eficaz. Muestra que Pasamontes domina con gran soltura la técnica de narrar, de contar, de montar una estructura verosímil y coherente. Esta manera de exponer los hechos es la más antigua, la más clásica y la que sigue teniendo mayor dificultad. Es también la que sigue produciendo mayor placer en el lector.


La muerte invisible es una deslumbrante y original novela que deja por los suelos la actual y reiterativa narrativa negra. La obra, de afiladas descripciones en ambientes y personajes, goza de una sabia y contundente escritura, con diálogos incluidos sabiamente dentro de la narrativa, y que fluye con la precisión de una maquinaria de relojería. Los diferentes escenarios, pocos, son cada vez más grises y tétricos, recordando un poco ese laberinto sin salida de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad o la claustrofobia producida por la película en el espectador por Alien de Ridley Scott.


La redacción en primera persona, con la perspectiva del que recibe las órdenes de la autoridad política, da un ritmo trepidante a la novela que aproxima a esos trágicos días tanto a quienes los recordamos como a los que por edad no han tenido más referencia que alguna noticia en alguno de los aniversarios de la catástrofe.

Una de las cosas que más se agradece en este libro es lo accesible de las explicaciones sobre los fenómenos físiconucleares que se dan en las centrales, sorprende lo fácil que nos lo pone el autor a la hora de poder entenderlo
.



Puedes leer «Chernobil, el infierno en la tierra», artículo expresamente escrito por Alberto Pasamontes para el blog de Historia, Arte y Literatura CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.


Alberto Pasamontes (Madrid, 1970) estudió Filología Inglesa y desde 2009 mantiene una constante actividad literaria, con la que ha obtenido el primer premio en la IV edición del concurso de Relato Corto de Ediciones Beta y un accésit en la XIV de los Premios Artísticos y Literarios del Ministerio de Defensa. Algunos de sus cuentos han aparecido en revistas y antologías. Su primera novela, «Entre la lluvia», adscrita al género negro en el que se mueve con gran comodidad, apareció en 2014. Con «La muerte invisible», una fascinante trama policial a la sombra de la tragedia nuclear de Chernobil, ha obtenido por unanimidad el XVIII Premio Francisco García Pavón de Narrativa en 2015.

«Chernobil, el infierno en la tierra», por Alberto Pasamontes

CHERNOBIL, EL INFIERNO EN LA TIERRA
Alberto Pasamontes
El 26 de abril de 2016 se cumplen 30 años del accidente de la Central de Chernobil, la mayor catástrofe nuclear que ha conocido la humanidad hasta la fecha. Tras el primer e inevitable aluvión informativo que inundó periódicos, radios y televisión de la época, durante todo este tiempo las noticias en relación con el accidente se han ido espaciando cada vez más, hasta aparecer únicamente en las fechas más significativas (diez, veinte, treinta años…) a modo de fugaz recordatorio de un suceso que a punto estuvo de convertir el continente europeo en un yermo inhabitable.

Central Nuclear de Chernobil antes del accidente
- Fuente: www.pripyat.com -

La Central Nuclear Vladimir Ilich Lenin de Pripyat era una joya de la ingeniería soviética. Las autoridades del Kremlin aseguraban que sus centrales atómicas eran tan seguras que podrían instalar una en la mismísima Plaza Roja sin que hubiese riesgo alguno. En el momento del accidente estaba dotada de cuatro reactores RBMK que, en principio, habían sido diseñados para el enriquecimiento de uranio con fines militares, pero que fueron adaptados para la generación de energía eléctrica. A pesar de la confianza de los ingenieros soviéticos en su propia obra, la comisión gubernamental que estudió las causas del accidente encontró graves deficiencias de diseño. Sin embargo, por sí solos, tales defectos no hubiesen bastado para provocar un desastre de tal magnitud.
 

Nunca sabremos  los motivos exactos que provocaron el accidente. No me refiero a las causas técnicas, que parecen claras desde hace tiempo, sino a los oscuros intereses que motivaron la realización de una peligrosa prueba que debía realizarse en frío, es decir, con el reactor en parada, obviando, e incluso desconectando de forma consciente, muchas de las medidas de seguridad destinadas precisamente a evitar sucesos tan trágicos como el que nos ocupa. En la investigación y juicio posteriores, se cargó toda la responsabilidad del accidente sobre el arquitecto y director de la Central, Víktor Briujánov. Si bien fue él quien, en última instancia, ordenó la prueba, a nadie escapa el hecho de que un experimentado físico nuclear nunca la hubiese realizado en las condiciones en las que se hizo. Parece claro que debió recibir presiones de “arriba”, y determinadas informaciones que han ido apareciendo con cuentagotas a lo largo de estas décadas apuntan en ese sentido.  Pero ya sabemos lo que suele ocurrir cuando se da una tragedia de cualquier tipo: la culpa la tiene el que barre.

De la serie fotográfica "La construcción de la central"
- Fuente: www.pripyat.com -

El precio más alto de tanto despropósito lo pagó la joven ciudad de Pripyat, la más cercana a la central, construida precisamente para albergar a los operarios de la misma. En un periodo en el que la Unión Soviética comenzaba un rápido proceso de desintegración que culminó con la Perestroika y la caída del muro de Berlín, Pripyat era una nota discordante, una flor entre estiércol, un canto emocionado a una forma de vida “occidentalizada” en medio de la rigidez y austeridad que el PCUS imponía a base de miedo y represión en todos los países que conformaban el pacto de Varsovia. Un pequeño parque de atracciones, restaurantes, cafeterías, estadio de atletismo, piscinas cubiertas, guarderías, colegios e institutos, un puerto deportivo, supermercados bien surtidos con gran variedad de productos…  Se habían plantado cincuenta mil rosas en la ciudad, una por cada habitante, que daban color y alegría a la habitual arquitectura gris y monolítica de la era soviética. No deja de ser irónico que, precisamente allí, un ejemplo de modernidad y de un aperturismo que, bajo el gobierno de Gorbachov, comenzaba a extenderse desde las raíces del caduco régimen comunista, se desencadenase el infierno en la tierra.

En un primer momento, las autoridades trataron de ocultar el desastre a los ciudadanos soviéticos, y al mundo entero, con el objetivo de no mostrar signo alguno de debilidad en un régimen que hacía tiempo que estaba agotado.  La tarea era imposible. La radiación no es algo que puedas barrer debajo de la alfombra. Solo los habitantes de Pripyat fueron conocedores del accidente (aunque no de sus verdaderas dimensiones) durante los días inmediatamente posteriores al colapso del reactor número cuatro. Cuando los niveles de radiactividad aumentaron de forma repentina en varios países europeos, y tras comprobar estos que ninguna de sus centrales había tenido problema alguno, los ojos de todo el mundo se fijaron en la Unión Soviética. De allí procedían los vientos dominantes durante los días anteriores, llevando consigo las partículas radiactivas que, silenciosas e invisibles, comenzaban a extenderse por todo el continente.
 

Cuando el gobierno de Moscú quiso reconocer  la magnitud del accidente, ya era tarde para los habitantes de Pripyat. Durante treinta y seis horas fueron abandonados a su suerte. No recibieron instrucciones de ningún tipo, no hubo prohibición de consumir alimentos o agua de la zona, ni orden de quedarse encerrados en casa. Ni siquiera recibieron el tratamiento de choque básico en forma de pastillas de yodo que hubiesen impedido que la tiroides absorbiese la radiación. Treinta y seis horas en las que siguieron haciendo vida normal, ajenos a la muerte invisible que penetraba en sus entrañas y que les provocaría múltiples enfermedades, tales como diversos tipos de cáncer, afecciones cutáneas, del aparato respiratorio… Eso sin mencionar las graves malformaciones que han sufrido cientos de niños nacidos tras el accidente, provocadas por alteraciones genéticas causadas por la radiactividad.

Después de esas treinta y seis horas se ordenó, por fin, la evacuación de la ciudad. Entonces sí, se hizo de forma rápida y efectiva, y en solo dos horas más Pripyat se había convertido en una ciudad fantasma. Los residentes creyeron, porque así se lo aseguraron, que estarían fuera de sus hogares unos cuantos días y que luego, una vez finalizadas las tareas de limpieza, podrían regresar. Una vez más, habían sido engañados por su gobierno. Desde entonces, al igual que la zona de exclusión de treinta kilómetros cuadrados que estableció el ejército ucraniano, Pripyat ha permanecido abandonada. Abandonada, aunque no desierta. Durante los primeros años, bandas de saqueadores se llevaron todo lo que pudiera venderse en el mercado negro. Así, muchos habitantes de Kiev, desconociendo su verdadera procedencia y, lo que es peor, su extrema peligrosidad, compraron lavabos, televisiones, muebles… incluso piezas de repuesto de los vehículos que los militares usaron en las tareas de limpieza y de construcción del sarcófago que se levantó en un tiempo record de seis meses para cubrir el reactor número cuatro y contener la radiación que, a día de hoy y durante los próximos mil años, seguirá emitiendo el núcleo incandescente. Además, algunos de los residentes de las aldeas cercanas, en su mayoría hombres y mujeres de cierta edad apegados a la tierra, regresaron algún tiempo después del accidente, y allí continúan viviendo de los pocos animales de granja que poseen y de lo que producen sus humildes huertos. Sorprendentemente gozan de buena salud, aparte de los achaques propios de la edad.
 

Liquidadores tras el accidente nuclear de Chernobil
- Fuente: www.nuclear-energy.net -
No quiero terminar este artículo sin acordarme de los miles de hombres que trabajaron en la construcción del sarcófago. Muchos no eran conscientes del peligro que estaban corriendo. Otros, en cambio, sí lo eran, y aun así se presentaron voluntarios para enfrentarse con el monstruo. Con pobres e improvisadas protecciones subían a lo que quedaba del edificio que albergaba el reactor accidentado, y en turnos de tres minutos, con ayuda de palas y, a veces, sus propias manos protegidas por simples guantes de goma, devolvían al interior del cráter donde el núcleo del reactor hervía a millones de grados todo lo que encontraban; lo mismo podían ser hierros retorcidos o trozos de hormigón, que restos de combustible nuclear. A causa de la ingente dosis de radiación recibida, muchos de ellos, quizás los más afortunados, murieron en pocos días. Algunos después de unas semanas, y otros tras meses o años de sufrimiento. Al igual que los desdichados habitantes de Pripyat, todos padecieron graves enfermedades. Alguno de ellos, inexplicablemente para la ciencia médica, ha llegado con vida hasta nuestros días.
 

Actualmente, se está construyendo un nuevo edificio de contención al que ya se ha bautizado como «El arca». Proyectado para 2012, tras múltiples retrasos por motivos técnicos y presupuestarios se espera que esté terminado en 2017. Más nos vale, porque el sarcófago original, diseñado para resistir treinta años (¿recuerdan la primera línea de este artículo?) sufre un severo deterioro, y han aparecido grietas en su estructura que hacen peligrar su integridad. Nada extraño, teniendo en cuenta las condiciones en que se acometió su construcción.

© Alberto Pasamontes, abril 2016.

«Chernobil, el infierno en la tierra» ha sido expresamente escrito por Alberto Pasamontes para el blog de Historia, Arte y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo aquel que quiera reproducir este texto en la Red que cite su fuente.


Alberto Pasamontes (Madrid, 1970) estudió Filología Inglesa y desde 2009 mantiene una constante actividad literaria, con la que ha obtenido el primer premio en la IV edición del concurso de Relato Corto de Ediciones Beta y un accésit en la XIV de los Premios Artísticos y Literarios del Ministerio de Defensa. Algunos de sus cuentos han aparecido en revistas y antologías. Su primera novela, «Entre la lluvia», adscrita al género negro en el que se mueve con gran comodidad, apareció en 2014. Con «La muerte invisible», una fascinante trama policial a la sombra de la tragedia nuclear de Chernobil, ha obtenido por unanimidad el XVIII Premio Francisco García Pavón de Narrativa en 2015.