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«Chernobil, el infierno en la tierra», por Alberto Pasamontes

CHERNOBIL, EL INFIERNO EN LA TIERRA
Alberto Pasamontes
El 26 de abril de 2016 se cumplen 30 años del accidente de la Central de Chernobil, la mayor catástrofe nuclear que ha conocido la humanidad hasta la fecha. Tras el primer e inevitable aluvión informativo que inundó periódicos, radios y televisión de la época, durante todo este tiempo las noticias en relación con el accidente se han ido espaciando cada vez más, hasta aparecer únicamente en las fechas más significativas (diez, veinte, treinta años…) a modo de fugaz recordatorio de un suceso que a punto estuvo de convertir el continente europeo en un yermo inhabitable.

Central Nuclear de Chernobil antes del accidente
- Fuente: www.pripyat.com -

La Central Nuclear Vladimir Ilich Lenin de Pripyat era una joya de la ingeniería soviética. Las autoridades del Kremlin aseguraban que sus centrales atómicas eran tan seguras que podrían instalar una en la mismísima Plaza Roja sin que hubiese riesgo alguno. En el momento del accidente estaba dotada de cuatro reactores RBMK que, en principio, habían sido diseñados para el enriquecimiento de uranio con fines militares, pero que fueron adaptados para la generación de energía eléctrica. A pesar de la confianza de los ingenieros soviéticos en su propia obra, la comisión gubernamental que estudió las causas del accidente encontró graves deficiencias de diseño. Sin embargo, por sí solos, tales defectos no hubiesen bastado para provocar un desastre de tal magnitud.
 

Nunca sabremos  los motivos exactos que provocaron el accidente. No me refiero a las causas técnicas, que parecen claras desde hace tiempo, sino a los oscuros intereses que motivaron la realización de una peligrosa prueba que debía realizarse en frío, es decir, con el reactor en parada, obviando, e incluso desconectando de forma consciente, muchas de las medidas de seguridad destinadas precisamente a evitar sucesos tan trágicos como el que nos ocupa. En la investigación y juicio posteriores, se cargó toda la responsabilidad del accidente sobre el arquitecto y director de la Central, Víktor Briujánov. Si bien fue él quien, en última instancia, ordenó la prueba, a nadie escapa el hecho de que un experimentado físico nuclear nunca la hubiese realizado en las condiciones en las que se hizo. Parece claro que debió recibir presiones de “arriba”, y determinadas informaciones que han ido apareciendo con cuentagotas a lo largo de estas décadas apuntan en ese sentido.  Pero ya sabemos lo que suele ocurrir cuando se da una tragedia de cualquier tipo: la culpa la tiene el que barre.

De la serie fotográfica "La construcción de la central"
- Fuente: www.pripyat.com -

El precio más alto de tanto despropósito lo pagó la joven ciudad de Pripyat, la más cercana a la central, construida precisamente para albergar a los operarios de la misma. En un periodo en el que la Unión Soviética comenzaba un rápido proceso de desintegración que culminó con la Perestroika y la caída del muro de Berlín, Pripyat era una nota discordante, una flor entre estiércol, un canto emocionado a una forma de vida “occidentalizada” en medio de la rigidez y austeridad que el PCUS imponía a base de miedo y represión en todos los países que conformaban el pacto de Varsovia. Un pequeño parque de atracciones, restaurantes, cafeterías, estadio de atletismo, piscinas cubiertas, guarderías, colegios e institutos, un puerto deportivo, supermercados bien surtidos con gran variedad de productos…  Se habían plantado cincuenta mil rosas en la ciudad, una por cada habitante, que daban color y alegría a la habitual arquitectura gris y monolítica de la era soviética. No deja de ser irónico que, precisamente allí, un ejemplo de modernidad y de un aperturismo que, bajo el gobierno de Gorbachov, comenzaba a extenderse desde las raíces del caduco régimen comunista, se desencadenase el infierno en la tierra.

En un primer momento, las autoridades trataron de ocultar el desastre a los ciudadanos soviéticos, y al mundo entero, con el objetivo de no mostrar signo alguno de debilidad en un régimen que hacía tiempo que estaba agotado.  La tarea era imposible. La radiación no es algo que puedas barrer debajo de la alfombra. Solo los habitantes de Pripyat fueron conocedores del accidente (aunque no de sus verdaderas dimensiones) durante los días inmediatamente posteriores al colapso del reactor número cuatro. Cuando los niveles de radiactividad aumentaron de forma repentina en varios países europeos, y tras comprobar estos que ninguna de sus centrales había tenido problema alguno, los ojos de todo el mundo se fijaron en la Unión Soviética. De allí procedían los vientos dominantes durante los días anteriores, llevando consigo las partículas radiactivas que, silenciosas e invisibles, comenzaban a extenderse por todo el continente.
 

Cuando el gobierno de Moscú quiso reconocer  la magnitud del accidente, ya era tarde para los habitantes de Pripyat. Durante treinta y seis horas fueron abandonados a su suerte. No recibieron instrucciones de ningún tipo, no hubo prohibición de consumir alimentos o agua de la zona, ni orden de quedarse encerrados en casa. Ni siquiera recibieron el tratamiento de choque básico en forma de pastillas de yodo que hubiesen impedido que la tiroides absorbiese la radiación. Treinta y seis horas en las que siguieron haciendo vida normal, ajenos a la muerte invisible que penetraba en sus entrañas y que les provocaría múltiples enfermedades, tales como diversos tipos de cáncer, afecciones cutáneas, del aparato respiratorio… Eso sin mencionar las graves malformaciones que han sufrido cientos de niños nacidos tras el accidente, provocadas por alteraciones genéticas causadas por la radiactividad.

Después de esas treinta y seis horas se ordenó, por fin, la evacuación de la ciudad. Entonces sí, se hizo de forma rápida y efectiva, y en solo dos horas más Pripyat se había convertido en una ciudad fantasma. Los residentes creyeron, porque así se lo aseguraron, que estarían fuera de sus hogares unos cuantos días y que luego, una vez finalizadas las tareas de limpieza, podrían regresar. Una vez más, habían sido engañados por su gobierno. Desde entonces, al igual que la zona de exclusión de treinta kilómetros cuadrados que estableció el ejército ucraniano, Pripyat ha permanecido abandonada. Abandonada, aunque no desierta. Durante los primeros años, bandas de saqueadores se llevaron todo lo que pudiera venderse en el mercado negro. Así, muchos habitantes de Kiev, desconociendo su verdadera procedencia y, lo que es peor, su extrema peligrosidad, compraron lavabos, televisiones, muebles… incluso piezas de repuesto de los vehículos que los militares usaron en las tareas de limpieza y de construcción del sarcófago que se levantó en un tiempo record de seis meses para cubrir el reactor número cuatro y contener la radiación que, a día de hoy y durante los próximos mil años, seguirá emitiendo el núcleo incandescente. Además, algunos de los residentes de las aldeas cercanas, en su mayoría hombres y mujeres de cierta edad apegados a la tierra, regresaron algún tiempo después del accidente, y allí continúan viviendo de los pocos animales de granja que poseen y de lo que producen sus humildes huertos. Sorprendentemente gozan de buena salud, aparte de los achaques propios de la edad.
 

Liquidadores tras el accidente nuclear de Chernobil
- Fuente: www.nuclear-energy.net -
No quiero terminar este artículo sin acordarme de los miles de hombres que trabajaron en la construcción del sarcófago. Muchos no eran conscientes del peligro que estaban corriendo. Otros, en cambio, sí lo eran, y aun así se presentaron voluntarios para enfrentarse con el monstruo. Con pobres e improvisadas protecciones subían a lo que quedaba del edificio que albergaba el reactor accidentado, y en turnos de tres minutos, con ayuda de palas y, a veces, sus propias manos protegidas por simples guantes de goma, devolvían al interior del cráter donde el núcleo del reactor hervía a millones de grados todo lo que encontraban; lo mismo podían ser hierros retorcidos o trozos de hormigón, que restos de combustible nuclear. A causa de la ingente dosis de radiación recibida, muchos de ellos, quizás los más afortunados, murieron en pocos días. Algunos después de unas semanas, y otros tras meses o años de sufrimiento. Al igual que los desdichados habitantes de Pripyat, todos padecieron graves enfermedades. Alguno de ellos, inexplicablemente para la ciencia médica, ha llegado con vida hasta nuestros días.
 

Actualmente, se está construyendo un nuevo edificio de contención al que ya se ha bautizado como «El arca». Proyectado para 2012, tras múltiples retrasos por motivos técnicos y presupuestarios se espera que esté terminado en 2017. Más nos vale, porque el sarcófago original, diseñado para resistir treinta años (¿recuerdan la primera línea de este artículo?) sufre un severo deterioro, y han aparecido grietas en su estructura que hacen peligrar su integridad. Nada extraño, teniendo en cuenta las condiciones en que se acometió su construcción.

© Alberto Pasamontes, abril 2016.

«Chernobil, el infierno en la tierra» ha sido expresamente escrito por Alberto Pasamontes para el blog de Historia, Arte y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo aquel que quiera reproducir este texto en la Red que cite su fuente.


Alberto Pasamontes (Madrid, 1970) estudió Filología Inglesa y desde 2009 mantiene una constante actividad literaria, con la que ha obtenido el primer premio en la IV edición del concurso de Relato Corto de Ediciones Beta y un accésit en la XIV de los Premios Artísticos y Literarios del Ministerio de Defensa. Algunos de sus cuentos han aparecido en revistas y antologías. Su primera novela, «Entre la lluvia», adscrita al género negro en el que se mueve con gran comodidad, apareció en 2014. Con «La muerte invisible», una fascinante trama policial a la sombra de la tragedia nuclear de Chernobil, ha obtenido por unanimidad el XVIII Premio Francisco García Pavón de Narrativa en 2015.

Winston Churchill y el ataque japonés a la base naval de EEUU en Pearl Harbor

EL SUEÑO DE LOS AGRADECIDOS
En el amanecer del 7 de diciembre de 1941, la  base naval de los Estados Unidos en Pearl Harbor (en la isla de Oahu, Hawai), fue atacada por fuerzas navales y aéreas del ejército imperial de Japón.
 

Este ataque tenía como objetivo evitar la intervención de la Flota del Pacífico de EEUU en las acciones militares que el Imperio del Japón planeaba realizar en el Sureste Asiático contra las posesiones ultramarinas de Gran Bretaña, Francia y EEUU.
 

Pese a que los norteamericanos descifraban sistemáticamente los mensajes secretos japoneses, en esta ocasión fueron sorprendidos por el ataque, resultando su flota seriamente dañada.
 

La inexistencia de una declaración formal de guerra previa a la ofensiva militar, hizo que el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt calificase al 7 de diciembre de 1941 como «una fecha que vivirá en la infamia».
 

Al día siguiente del ataque, 8 de diciembre, los Estados Unidos declaraban la guerra al Imperio del Japón.
 

Con el ataque a Pearl Harbor, la negativa de la opinión pública norteamericana a la intervención de EEUU en la II Guerra Mundial se rebajaba notablemente y el país, dividido hasta ese momento, se unía ante la agresión.
 

El 11 de diciembre, la Alemania nazi declara la guerra a EEUU. Unas horas más tarde, a las 15:05 p.m.,  el Senado y la Cámara de Representantes de los Estados Unidos de América reunidos en el Congreso, resuelven formalmente declarado el estado de guerra entre EEUU y el Gobierno de Alemania.
 
Roosevelt firma la
Declaración de Guerra
contra Japón

Roosevelt era autorizado para emplear "todas las fuerzas militares y todos los recursos necesarios para llevar el conflicto a un feliz término". De este modo, la ayuda clandestina que EEUU había brindado al Reino Unido se convertía en una alianza plena, lo cual tendría una influencia crucial sobre el desenlace de la Segunda Guerra Mundial.
 

En ese momento, la intervención explícita de EEUU en la guerra mundial se antojaba tan determinante  que cuando el primer ministro del Reino Unido, Winston Churchill, tuvo noticia del ataque nipón a Pearl Harbor, comentó pletórico de optimismo:
"Así que después de todo, hemos ganado la guerra".
Esa noche, según sus propias palabras, durmió "el sueño de los seguros y agradecidos".

***
Winston Churchill fue un político y estadista británico, especialmente recordado por su mandato como primer ministro durante la Segunda Guerra Mundial. Notable orador, fue también historiador y escritor. El año 1953 se le otorgó el Premio Nobel de Literatura.

Nació en Oxfordshire, Inglaterra, el 30 de noviembre de 1874, y falleció en Londres, el 24 de enero de 1965.

Winston Churchill
 ***
FRASES CÉLEBRES DE WINSTON CHURCHILL

Personalmente estoy siempre dispuesto a aprender, aunque no siempre me gusta que me den lecciones.
El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse.
Los hombres y los reyes deben juzgarse por los momentos críticos de sus vidas.
El político debe ser capaz de predecir lo que va a ocurrir mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ha ocurrido.

La democracia es el peor de los regímenes... excluidos todos los demás


La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás.
El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatídico. Lo que cuenta es el valor para continuar.
Las críticas no serán agradables, pero son necesarias.
Las actitudes son más importantes que las aptitudes.

Soy optimista. No parece muy útil ser otra cosa.


***
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Winston Churchill - anécdotas históricas (II) - Bernard Shaw

DOS TELEGRAMAS EPIGRAMÁTICOS
Con motivo del estreno de Pigmalión, Bernard Shaw envió a Churchill el siguiente telegrama:
 

“Tengo el honor de invitar al digno primer ministro al estreno de mi obra Pigmalión. Venga y traiga un amigo. Si lo tiene.”

Pero si mordaz fue el telegrama del dramaturgo, la respuesta del célebre estadista no lo fue menos:
 

“Agradezco al ilustre escritor la honrosa invitación. Infelizmente no podré concurrir a la primera presentación. Iré a la segunda… si se realiza”.
 
Bernard Shaw

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Winston Churchill fue un político y estadista británico, especialmente recordado por su mandato como primer ministro durante la Segunda Guerra Mundial. Notable orador, fue también historiador y escritor. El año 1953 se le otorgó el Premio Nobel de Literatura.

Nació en Oxfordshire, Inglaterra, el 30 de noviembre de 1874, y falleció en Londres, el 24 de enero de 1965.

Winston Churchill
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FRASES CÉLEBRES DE WINSTON CHURCHILL

Personalmente estoy siempre dispuesto a aprender, aunque no siempre me gusta que me den lecciones.
El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse.
Los hombres y los reyes deben juzgarse por los momentos críticos de sus vidas.
El político debe ser capaz de predecir lo que va a ocurrir mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ha ocurrido.

La democracia es el peor de los regímenes... excluidos todos los demás


La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás.
El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatídico. Lo que cuenta es el valor para continuar.
Las críticas no serán agradables, pero son necesarias.
Las actitudes son más importantes que las aptitudes.

Soy optimista. No parece muy útil ser otra cosa.


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DOS LENGUAS MUY VENENOSAS
En cierta ocasión Lady Astor, refiriéndose al carácter de  Winston Churchill, le dijo:
-"Señor Churchill,  si usted fuese mi marido, pondría veneno en su té".
A lo que Churchill respondió:
-"Señora Astor, si usted fuera mi esposa,… yo me lo bebería".
 
Nancy Astor

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Winston Churchill fue un político y estadista británico, especialmente recordado por su mandato como primer ministro durante la Segunda Guerra Mundial. Notable orador, fue también historiador y escritor. El año 1953 se le otorgó el Premio Nobel de Literatura.

Nació en Oxfordshire, Inglaterra, el 30 de noviembre de 1874, y falleció en Londres, el 24 de enero de 1965.

Winston Churchill
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FRASES CÉLEBRES DE WINSTON CHURCHILL

Personalmente estoy siempre dispuesto a aprender, aunque no siempre me gusta que me den lecciones.
El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse.
Los hombres y los reyes deben juzgarse por los momentos críticos de sus vidas.
El político debe ser capaz de predecir lo que va a ocurrir mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ha ocurrido.

La democracia es el peor de los regímenes... excluidos todos los demás


La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás.
El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatídico. Lo que cuenta es el valor para continuar.
Las críticas no serán agradables, pero son necesarias.
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Soy optimista. No parece muy útil ser otra cosa.


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