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«La linda tapada», por Javier Torras de Ugarte

LA LINDA TAPADA
Javier Torras de Ugarte
Hubo un tiempo, que nos esforzamos por olvidar, en el que los conflictos fratricidas se resolvían a cañonazos, un tiempo en el que los dioses se sumieron en la penumbra de su fracaso. No hace tanto de esto, si observamos con la perspectiva de la historia, ese prisma de infinitas caras que tergiversa, estira y contrae los hechos acontecidos poniéndolos al servicio del mejor postor. La historia la escriben los vencedores, suele decirse. Pero cuando todos pierden, la historia no tarda en revelarse limpia de polvo y paja.

Julio de 1936, la reacción se alzaba frente al gobierno recién elegido y la Guerra Civil daba comienzo. Pocos días después del inicio de la insurrección se formaba en Madrid —al amparo de la II República, aún vigente— la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, dominada por varios intelectuales y que tenía por objeto la salvaguarda de las obras de arte y monumentos que identificaban las señas culturales y la historia de todo un país. Suele contarse que lo primero que hicieron los republicanos fue prender fuego a las iglesias, y, aunque no es incierto, tampoco lo es que desde el gobierno se intentó poner fin a esa barbarie, y que organismos como la Junta del Tesoro Artístico realizaron una importante labor pedagógica sobre los milicianos, en pro de la convivencia y de la supervivencia de los pedacitos de historia que en Madrid se distribuían aquí y allá. Y por fortuna aún lo hacen.

Fue así como se salvaron incontables obras de arte: cuadros, esculturas, monumentos, tallas religiosas, objetos de colección de aristócratas… El esmero con el que se trabajó en aquellos días nunca será del todo agradecido, pues las labores de salvamento del tesoro nacional nos han brindado la oportunidad de seguir reconociéndonos en nuestra propia historia, quizá el último paquebote de la reconciliación.

No me desvío más. Voy a la Cibeles, uno de los más emblemáticos y reconocibles monumentos de Madrid. Los madrileños no querían ver su ciudad destruida, esos trocitos de identidad eran tan frágiles como el olvido, así que se pusieron manos a la obra y, entre otras cosas, decidieron cubrir el monumento para así protegerlo de los constantes bombardeos. Sacos terreros, arena y ladrillo para construir una pirámide, un panteón que certificaba una muerte, aún estamos decidiendo de qué o de quién.

Obras de protección de la fuente de Cibeles
- Gerda Taro -

“La linda tapada”, la llamaban, sobrenombre que aúna dignidad, nostalgia y cierta perversidad, una belleza robada por la guerra, la negación de la identidad nacional, ciudadana, fraternal. Este acto contiene en sí el símbolo de toda la guerra: protegernos a nosotros mismos de nosotros mismos, una sinrazón. La Cibeles, símbolo de la ciudad, de la capital, de la Villa y Corte, quedaba sepultada bajo toneladas de arena, oculta a los ojos de los madrileños, negándose su única razón de ser. Ese es el efecto que tienen las guerras (civiles), la negación de la naturaleza propia de las cosas, de los pensamientos y de las personas.


La linda tapada

Y más si consideramos que todos los dioses que habitan el paseo madrileño fueron cubiertos, pasándose a llamar la calle en los mentideros “El ocaso de los dioses”. La caída de un obús en la fachada del Museo del Prado, el primero de muchos, convenció a la Junta de que era necesario trasladar el tesoro fuera de la ciudad, pronto sitiada por un enemigo que se reflejaba en el espejo y hostigada sin tregua durante casi tres años, acto heroico que se ha tratado de transformar con el tiempo, no sin maldad, desconocimiento e ignorancia, en un expolio. Pero ésta es una historia más larga de contar. 

Cuando los miembros de la Junta del Tesoro Artístico decidieron proteger a la Cibeles, corazón y alma de la Villa, sabían que tal vez con ello no salvarían vidas, pero sí conseguirían que a pesar de la destrucción, en cuerpo y espíritu, que iba a producir la guerra, Madrid continuase siendo un punto de encuentro, de reconocimiento, de reconciliación. Ocho décadas después, el monumento a Cibeles, la Madre Tierra, sigue definiendo los designios de la ciudad, impertérrita y atemporal, ajena a las cuitas elevadas de cañones y fusiles, balas y obuses. Cibeles continúa sentada en su carro, con la furia de Hipómenes y Atalanta a punto de hacerla recorrer la calle Alcalá, símbolo de lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos.

Este artículo ha sido expresamente escrito por Javier Torras de Ugarte para el blog de Historia, Arte y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo aquel que quiera reproducir este texto en la Red que cite su fuente.

Javier Torras de Ugarte (Madrid, 1982)
es licenciado en Historia del Arte y Doctor en Arte Contemporáneo por la UCM. Ha publicado cuatro novelas hasta la fecha (La ciudad vertical, 2011; El libro eterno, 2013; ¿Crees en la magia?, 2014 y La memoria del tiempo, 2015) y algunos relatos. Interesado por la fantasía y la ciencia ficción, prepara una nueva novela que ahonda en la ficción especulativa con estética steampunk. Sus dos primeros libros circundaban los temas de la memoria, el pasado y la historia como identidad en un ambiente distópico, asuntos que no ha abandonado desde entonces y en los que ha profundizado desde otras perspectivas, como en la ficción histórica de La memoria del tiempo. Es fiel lector de terror clásico, de novela histórica y de ciencia ficción moderna, lo que se deja entrever en sus escritos. Trabaja desde hace nueve años en una conocida galería de arte.


LA MEMORIA DEL TIEMPO (fragmento)
Javier Torras de Ugarte
[...] El pueblo de Madrid vio con buenos ojos la defensa del tesoro. Comprendió que se gastase dinero, tiempo y recursos en aquel salvamento, pues la cultura era el símbolo comunitario de mayor calado, y una España sin las obras que se custodiaban en sus museos y palacios, aunque republicana, no merecería la pena. También se cubrieron los principales monumentos de la ciudad, bunkerizando prácticamente la Cibeles o el Neptuno del Paseo del Prado.

Aquel día 9 de diciembre hacía un frío voraz y llovía con fuerza inusitada. Santiago Pérez se reunió con María Teresa León, Rafael Alberti y otros intelectuales cuando el sol se desperezaba, entre las oscuras nubes, sobre el Banco de España y el Palacio de Comunicaciones. En el medio de la plaza, donde otrora los madrileños admiraran a su diosa de piedra, Cibeles, solo se podía ver una pirámide de ladrillo y cemento.

—¡Que viene el lechero! —Se escuchó cuando los intelectuales tomaban el Paseo del Prado hacia abajo.

Era el primer avión del enemigo que avisaba del inminente bombardeo. Santiago aún pudo ver las octavillas que habían lanzado desde el aire el día anterior, avisando de que atacarían la zona de Atocha y la Ciudad Universitaria. Las octavillas las lanzaban prácticamente a diario, unas veces mentían y otras no, pero la moral del pueblo iba minándose poco a poco.

Algunos ciudadanos salían de sus casas y se dirigían a la cercana boca de metro para protegerse de los bombardeos, otros corrían sin un rumbo fijo, buscando a amigos, familiares y compañeros que tal vez ya no encontrarían nunca.

El lechero pasó y el grupo que comandaba María Teresa León llegó al museo. La evacuación del tesoro ya había comenzado, pero era [...]


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Hipómenes y Atalanta
-Guido Reni-
(Museo Nacional del Prado)

Hasta este punto parece tan solo una hermosa historia de amor, pero aún queda la segunda parte de este cuento, la que da razón de quiénes son esa pareja de leones que tiran del carro de la diosa Cibeles en la emblemática plaza madrileña.
 

Tras algún tiempo de deambular por arcádicos bosques dados de la mano y susurrándose versos de amor, una tarde de primavera Hipómenes y Atalanta decidieron descansar en un templo que honraba a Cibeles, diosa de la Madre Tierra. Afrodita, molesta porque Hipómenes apenas le había dado las gracias por interceder en el asunto de su nueva esposa, les lanzó un sortilegio de lujuria y los dos jóvenes terminaron "profanando" el templo. Cibeles consideró aquello una afrenta digna de castigo ejemplar y, con ayuda de Zeus, transformó en leones a Hipómenes y Atalanta. Es momento de explicar que los griegos creían que los leones no se apareaban entre ellos, lo cual nos da una idea de la severidad del castigo. No contenta con ello, aquellos dos leones enamorados y condenados al celibato más estricto fueron uncidos al carro de la ofendida Diosa, del cual tiran desde entonces.

Fuente de la Cibeles de Madrid
-José María Méndez-

Así se las gastaba nuestra ilustre diosa y así se las gasta nuestra ilustre ciudad, Madrid, tan acogedora como una madre, tan sensual como una amante, canalla y alcahueta, enamorada, casta y pura, gamberra, codiciosa, lasciva…

Cuando paséis por la Cibeles, testigo de la historia de Madrid, recordad que los dos solemnes leones son Hipómenes y Atalanta, incautos amantes que ofendieron a la diosa Madre, jóvenes lujuriosos, arteros y tramposos, bellos y galantes… los primeros madrileños.

Este artículo ha sido expresamente escrito por Javier Torras de Ugarte para el blog de Historia, Arte y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo aquel que quiera reproducir este texto en la Red que cite su fuente.

Javier Torras de Ugarte (Madrid, 1982)
es licenciado en Historia del Arte y Doctor en Arte Contemporáneo por la UCM. Ha publicado cuatro novelas hasta la fecha (La ciudad vertical, 2011; El libro eterno, 2013; ¿Crees en la magia?, 2014 y La memoria del tiempo, 2015) y algunos relatos. Interesado por la fantasía y la ciencia ficción, prepara una nueva novela que ahonda en la ficción especulativa con estética steampunk. Sus dos primeros libros circundaban los temas de la memoria, el pasado y la historia como identidad en un ambiente distópico, asuntos que no ha abandonado desde entonces y en los que ha profundizado desde otras perspectivas, como en la ficción histórica de La memoria del tiempo. Es fiel lector de terror clásico, de novela histórica y de ciencia ficción moderna, lo que se deja entrever en sus escritos. Trabaja desde hace nueve años en una conocida galería de arte.


La fuente de Cibeles se instaló en 1782 en el extremo norte del Salón del Prado, una de las reformas urbanísticas más importantes acometidas durante el reinado de Carlos III. El diseño de este conjunto escultórico se debió a Ventura Rodríguez, mientras que su talla fue encomendada a Francisco Gutiérrez (figura de la diosa y el carro) y Roberto Michel (los leones). La diosa y los leones fueron esculpidos en mármol cárdeno del pueblo toledano de Montesclaros y el resto en piedra de Redueña, localidad madrileña cercana a la sierra de La Cabrera.


Los leones de la Cibeles
-José María Méndez-