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«La forja de un rebelde III - La llama», novela de Arturo Barea


LA FORJA DE UN REBELDE III - LA LLAMA (fragmento)
Arturo Barea
–Un contra-Dios. La gente sin trabajo y las tierras abandonadas. Usted no lo creerá, pero aquí va a haber un día algo muy gordo. Tres años llevamos así, casi tanto como la República.

–¿También aquí tienen ustedes cuestiones? Ya sé que donde hay grandes fincas, los amos no quieren dar trabajo, pero aquí no creo que haya grandes señores.

–Aquí no hay más que cuatro ricos de pueblo. Y aun, si no fuera por Heliodoro, las cosas no irían muy mal, porque los otros no son mala gente. Pero Heliodoro los tiene a todos metidos en un puño, y esto es una guerra continua –Mariano se excitaba hablando, y ahora sus ojos grises estaban despiertos y sus facciones rígidas se animaban.

–Cuénteme usted lo que pasa.

–Pues muy sencillo. Antes de que viniera la República, pues había unos cuantos, media docena, de muchachos que se habían apuntado, unos a los socialistas y otros a los anarquistas. No sé cómo se atrevían, porque la Guardia Civil no los dejaba en paz y a todos ellos les han molido las costillas más de una vez. Pero claro, cuando vino la República, pues el cabo de la Guardia Civil tuvo que aguantarse y muchos más se apuntaron también. Ahora casi todo el pueblo son socialistas o anárquicos. Y Heliodoro, que siempre ha sido el cacique del pueblo y el que ha mangoneado las elecciones para el diputado de Torrijos, pues hizo lo que siempre; antes, para no perder, unas veces era liberal y otras conservador, y cuando vino la República pues se hizo de los de Lerroux, y ahora como las derechas ganan, pues desde lo de Asturias es de los de Gil Robles. Y en cuanto la gente aquí pidió que se le pagaran jornales decentes, Heliodoro cogió a los cuatro ricachos del pueblo y les dijo: «A estos granujas hay que enseñarles una lección». 

    Y comenzaron a poner gente en la calle y a no dar trabajo más que a los que se sometían a lo de antes, que también los hay. Y como aquí –lo que pasa en los pueblos–, muchos tienen un trocito de tierra y siempre pasa algo, que la mujer se pone mala o que hay un aluvión en el barranco con las lluvias, pues había muchos que le debían dinero a Heliodoro. Como es el mandón del pueblo, cogió al secretario y al alcalde y puso a todos por justicia para quedarse con las tierras. Y ahora la cosa está muy fea. Ya se puso fea hace dos años, que las gentes se metieron en las huertas e hicieron un destrozo, pero ahora está peor, porque ahora son ellos los que mandan.

–Y los mozos, ¿qué hacen?

–¿Qué quiere usted que hagan? Ahora, callarse y apretarse el cinturón. Cuando lo de Asturias, se llevaron a dos o tres y ahora nadie se atreve a decir una palabra. Pero el mejor día pasa algo. Heliodoro no va a morir en su cama.

–Entonces tienen ustedes aquí un sindicato, mejor dicho, dos.

–No hay sindicato ni nada. Los mozos se reúnen en casa de Eliseo, que tiene una taberna que la ha convertido en casino de obreros, y allí hablan. Eliseo fue anarquista allá en la Argentina.

–Pero ¿habrá un presidente o algo?

–Ca, no, señor. Lo único que hacen es reunirse y hablar, porque nadie quiere líos con el cabo.

–Tengo que ver el casino ese.

–Usted no puede ir allí, señorito. Aquello es para los pobres. Usted tiene el casino de la plaza, que es donde van los señores.

–También voy a ir allí.

–Pues de uno de los dos le echan. Seguro
.

Reseña de «La noche de los tiempos», de Antonio Muñoz Molina

Esta reseña forma parte de la serie «La Guerra Civil Española en la Literatura», escrita por José María Velasco. Puedes acceder a la relación de libros seleccionados pinchando AQUÍ.

«LA NOCHE DE LOS TIEMPOS», DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA
José María Velasco
No podía resistirme a incluir en «La Guerra Civil Española en la Literatura» a uno de los escritores a los que más admiro: Antonio Muñoz Molina. En 2009 publicó La noche de los tiempos, una novela no recomendada para lectores perezosos. A lo largo de sus casi mil páginas, el protagonista, que huye de muchas cosas, va a la búsqueda de la mujer que ama. Los personajes se van construyendo gracias a infinitas capas de pintura, todas ellas suaves, pero que acaban construyendo un trazo fuerte, profundo, que los define de forma rotunda. Un hombre casado que, al inicio de su madurez,  encuentra la pasión en una mujer joven y extranjera cuando ya no lo espera. Ese arquitecto, de origen humilde e ideas socialistas, que ha conseguido labrarse una buena posición gracias a su esfuerzo y a su inteligencia, ve cómo todo se desmorona con el inicio de la guerra. La escena en la que busca desesperadamente a su amada durante las primeras horas del conflicto tiene una tensión narrativa desbordante. Es destacable el esfuerzo que hace su autor por tratar de meternos en la mente de aquellas personas normales, que ven cómo su realidad cotidiana se hace añicos en mitad de la espiral de locura, la pasión por documentar la historia, por hacerla real y verdadera, que llega al más mínimo de los detalles.
«El lunes 20 de julio, al día siguiente de su cita fracasada con Judith, Ignacio Abel salió a las ocho y media de la mañana a la calle con la convicción absurda de que si repetía los gestos habituales de cualquier otro lunes alguna forma inteligible de normalidad se habría establecido. Hacia el oeste retumbaban disparos lejanos de un cañón. Un avión pequeño sobrevolaba la ciudad con la persistencia molesta y la falta de propósito visible de un moscardón. En las proclamas triunfales de la radio había un filo de histeria, chirriante como los himnos tocados a un volumen excesivo y los pasodobles y musiquillas de los anuncios intercalados sin apuro entre proclamas y amenazas.»
Hay escritores que necesitan decenas de páginas para contarnos algo. Otros lo consiguen en un breve diálogo. La lucha de clase, que puede ser un tema manido y en el que algunos pueden detenerse hasta el aburrimiento, Muñoz Molina lo retrata perfectamente en una conversación sobre el calzado:
cuando llega la lluvia las alpargatas de los pobres no la resisten cómo los zapatos de los ricos.
En su trama se mezclan los personajes históricos con los inventados por su imaginación, que no por ello, dejan de ser menos reales.

No es una novela para dogmáticos. Quien espere una historia maniquea de buenos y malos se decepcionará. Pese a que a lo largo de sus páginas se destila una admiración por la Republica y su fracasado intento de mejorar, a través de la ciencia y la cultura, la situación del país (los protagonistas principales se conocen en una conferencia en la Residencia de Estudiantes), tiene la suficiente objetividad como para acercarse a la verdad de los hechos. Y eso es algo que debió estar muy presente en la mente del autor durante el proceso de escritura porque esa contención trasmina a lo largo de todo el texto.

La trama se va explicando a través de continuos saltos en el tiempo, conformando un puzle en el que los personajes se van encargando de encajar las piezas. Y todo ello desde un narrador protagonista que nos cuenta, en presente y en primera persona, una historia que ha sucedido durante los últimos meses, los previos a la guerra y los primeros de la misma, sin perder en ningún momento la voz y el foco necesarios. Eso es lo más admirable de La noche de los tiempos. Es muy difícil contar, con la proximidad del presente, unos hechos que pasaron hace más de siete décadas y hacerlo a través de la mirada cercana de un personaje que nos acompaña de la mano y nos enseña todo el horror de aquellos escenarios.

«[…] en esa actitud como de replegarse para el sueño que tienen algunos cadáveres de fusilados, como de echarse para un lado y contraer las piernas y apoyar la cara en un brazo extendido a medias, durmientes tirados en una cuneta o junto a una tapia picoteada de disparos, salpicadas de borbotones de sangre».


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José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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La cajita de rapé y el reinado de Isabel II

Esta entrada forma parte de un artículo que lleva por título "Isabel II, Sant Joan d'Alacant y la República Dominicana" y que trata sobre el período histórico en el que está ambientada «La cajita de rapé»(años finales del reinado de Isabel II). 

He dividido el artículo en 6 apartados. Puedes acceder al resto de entradas pinchando AQUÍ.

Saludos, Javier Alonso García-Pozuelo


DE DÓNDE VENIMOS
Javier Alonso García-Pozuelo
Es difícil precisar el momento exacto en que una novela comienza a crecer en la mente de un escritor. Yo, al menos, sería incapaz de decir cuándo empezó a cobrar vida en mi imaginación la historia que narro en La cajita de rapé. Lo que sí tengo claro es cuándo se despertó en mí el gran interés que siento por el periodo histórico en el que está ambientada. Fue en el otoño de 1992. Cursaba yo 3º de Medicina en la Universidad Autónoma de Madrid, había elegido el Hospital de la Princesa para hacer las rotaciones clínicas del resto de carrera (donde hacía mis pinitos de escritor en Feedback, la revista de la facultad de Medicina), y vivía durante buena parte de los meses lectivos con Alfonsa y Pepe, mis abuelos maternos, en Fontarrón, una colonia del distrito madrileño de Puente de Vallecas que en los últimos años ha ganado fama por sus maravillosas vistas, por haber sido escenario de algunas películas y porque en él reside el líder del único partido que ha sido capaz de hacer tambalear la hegemonía del PSOE en la izquierda.

Pues bien, en aquel otoño visité La Solana, el municipio manchego del que procede mi familia materna, y allí mi querido tío Tomás (hermano de mi abuela Alfonsa) me contó innumerables historias acontecidas en el pueblo durante la II República y la Guerra Civil. Historias desgarradoras, de vidas truncadas, que no olvidaré jamás y que, en cierto modo, explican por qué mi primera novela es una novela histórica con un alto contenido político. El protagonista de una de esas historias fue mi bisabuelo, un herrero más o menos acomodado que, sin haber metido nunca el hocico en políticas, lo perdió todo en aquellos años. Lo perdió todo por culpa de la política. Las historias que me contó mi tío Tomás no son muy distintas a las que muchos de nuestros mayores han vivido, pero oírselas contar a alguien tan querido, sin el menor atisbo de rencor, fue una experiencia impagable. A través del relato de mi tío Tomás comprendí lo bárbaros que podían ser mis compatriotas. La crueldad con que habían actuado ambos bandos. Lo infames que podíamos llegar a ser los españoles cuando estaba en juego el pan de nuestros hijos. O la defensa de una idea que solo Dios sabe quién nos metió en la cabeza.

De vuelta a Madrid, tomé la decisión de no conformarme con lo que ya sabía sobre la Guerra Civil. Decidí escarbar un poco en el pasado, en la historia de mi país, en las páginas que me explicasen cómo habíamos podido llegar a perder la cabeza del modo que lo hicimos. Cogí un tratado de historia de España que había en casa y me remonté de manera intuitiva a donde yo creía que habían empezado las disputas entre las dos formas irreconciliables de concebir España: a la Guerra de la Independencia. Devoré toda la historia de España comprendida entre 1808 y 1939 y, con una ensalada de nombres, batallas y pronunciamientos bajo las meninges, regresé a mis libros y apuntes de Medicina. Llegó el último examen de diciembre y después de las obligadas cervezas y calamares en la Plaza Mayor, me di cuenta de que caminaba como un autómata en dirección a los puestos de libros de la Cuesta de Moyano. No había vuelta atrás: había comenzado mi obsesión por comprender la historia de mi país.

A aquel lejano otoño de 1992 se remonta mi afición a acumular libros y más libros de historia del siglo XIX español, sobre todo los relacionados con los cruciales años del reinado de Isabel II (1833-1868). Precisamente en su reinado está ambientada La cajita de rapé, mi primera novela y el primer caso protagonizado por el inspector José María Benítez Galcedo. 


Me atraía poderosamente la biografía de La de los Tristes Destinos, no puedo negarlo. Sin embargo, no fue la tormentosa vida de Isabel II lo que me llevó a ambientar mi novela en su reinado sino la situación económica y política que vivió España a mediados del siglo XIX. Os lo contaré en la siguiente entrada.


Isabel II (1860)
- José Vallejo y Galeazo -
(Litografía de J. Donon)

Reseña de «Homenaje a Cataluña», de George Orwell

Esta reseña forma parte de la serie «La Guerra Civil Española en la Literatura», escrita por José María Velasco. Puedes acceder a la relación de libros seleccionados pinchando AQUÍ.

«HOMENAJE A CATALUÑA», DE GEORGE ORWELL
José María Velasco
Al igual que Chaves Nogales (véase la segunda entrada de la serie «La Guerra Civil Española en la Literatura»), George Orwell se nutre de la realidad. En 1938, mientras las batallas continuaban, escribió Homenaje a Cataluña, donde cuenta en primera persona los hechos de los que había sido protagonista. No utiliza el presente, un tiempo verbal que podría ofrecerle mayor credibilidad para unos acontecimientos tan próximos. A través del pasado, despliega una historia que puede parecer muy remota, pero que apenas había vivido unos meses antes. Desde esa distancia, encuentra un punto de vista magnífico desde el que narrar la intensidad de los sentimientos vividos, la amargura previa a las sucesivas derrotas que se estaban produciendo y acerca al lector el poso de desengaño que destila el texto.

A través de sus palabras el idealismo de los primeros días, la euforia revolucionaria de los que pensaban que no sólo iban a ganar la guerra y detener el avance del fascismo sino que aspiraban a cambiar el mundo, se acaban rindiendo a una realidad muy diferente. Pocos meses más tarde, eran muchos de ellos los que habían cambiado para siempre.

La llegada al frente de Aragón coincidió con el frío del invierno. Sobre aquel terreno árido, áspero, le esperaba una guerra absurda de trincheras, tan parecida a los magníficos monólogos que el humorista Gila mantenía con sus enemigos por teléfono.

«A menudo solía contemplar el paisaje invernal y me maravillaba de la futilidad de todo. ¡Qué absurda era una guerra así! Un poco antes, por Octubre, se había producido una lucha salvaje en esas colinas; luego, debido a la falta de hombres y de armas, en particular de artillería, las operaciones a gran escala se tornaron imposibles y ambos ejércitos se establecieron y enterraron en las cimas ganadas».

Tras participar en los fracasados avances republicanos que pretendían conquistar la ciudad de Huesca, herido en el combate, regresa con un permiso a Barcelona. También la ciudad había cambiado. La alegría revolucionaria de los primeros meses había dado paso a las divisiones, la lucha por el poder, el presagio de la derrota. Allí, en mayo de 1937 vive con igual intensidad otra guerra, la interna que está desangrando la Republica. Los comunistas y anarquistas se enfrentan en las calles tratando de imponer su visión del conflicto. El POUM, el pequeño partido en el que militaba George Orwell, fue el primero que pagó los platos rotos de esas disputas. Fue ilegalizado y sus milicias disueltas. Viéndose obligado a huir de un país al que había llegado como un apasionado antifascista y del que marchaba con el desengaño del antiestalinismo.

En 1938 vio la luz Homenaje a Cataluña, un libro que no sería publicado en nuestro país hasta 1963, cuando la fama de su autor era ya incuestionable. Su ritmo narrativo es indiscutible:

«Ya estaba aclarando. A lo largo de la línea todavía resonaba un fuego sin sentido, como la llovizna que sigue cayendo después de una tormenta. Recuerdo que todo tenía un aspecto desolador: las ciénagas, los sauces llorones, el agua amarilla en el fondo de las trincheras y los rostros agotados de los hombres cubiertos por el barro y ennegrecidos por el humo».

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José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

Reseña de «A sangre y fuego», de Manuel Chaves Nogales

Esta reseña forma parte de la serie «La Guerra Civil Española en la Literatura», escrita por José María Velasco. Puedes acceder a la relación de libros seleccionados pinchando AQUÍ.

«A SANGRE Y FUEGO», DE MANUEL CHAVES NOGALES
José María Velasco
Uno de los autores que aparece en la recopilación de relatos Partes de guerra (con la que dimos comienzo a la serie «La Guerra Civil Española en la Literatura») es Manuel Chaves Nogales, pero de él quiero destacar de forma individual su libro A sangre y fuego. 

El periodista andaluz escribió esta colección de nueve relatos entre enero y mayo de 1937 desde su exilio en un arrabal parisino, rodeado de los desarraigados de toda Europa, que habían llegado hasta allí huyendo de diferentes totalitarismos.

En las páginas del prólogo podemos encontrar algunas de las opiniones más lúcidas sobre nuestra guerra incivil. 

«Cuento lo que he visto y he vivido más fielmente de lo que yo quisiera».
Chaves era un republicano de ideas moderadas, seguidor de Azaña, que se calificaba a sí mismo como «un pequeño burgués liberal». Desde esa visión, encarna la imposible tercera España, la inmensa mayoría de personas que vieron cómo los extremismos de uno y otro bando incendiaron la convivencia.


Escribe un conjunto de relatos breves en los que aparece una galería de personajes que, lejos de posturas maniqueas, nos ofrecen una visión coral de lo que estaba sucediendo. 
 «A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen o dijesen».
Quizás de todos ellos me quedo con Bigornia, el maduro gigantón anarquista que, pese a la decepción que le provoca el comportamiento de la mayoría de sus compañeros, mantiene su ideal libertario de lucha, incluso en el último momento.
«Le llamaban Bigornia y era un ogro jovial y arrabalero que balanceaba su corpachón envuelto en tela azul desteñida junto a las vallas de los solares y los desmontes del suburbio donde tenía su vivienda. Un ogro que en vez de comerse a los niños los daba de sí, los producía con una fertilidad indecorosa. Un ogro municipal y suburbano escandalosamente prolífico, acampado con toda su prole en una casucha de los arrabales de la gran ciudad como en la orilla de un bosque, por cuya espesura de cúpulas, torres y chimeneas se adentraba todas las mañanas llevando en la mano un martillo de herrero que recordaba el hacha que en otros tiempos debieron llevar los ogros como él».
Chaves murió solo en 1944 en un hospital de Londres, a donde llegó huyendo de los nazis que habían invadido Francia. A sangre y fuego fue publicado por primera vez ese año. Pese a la calidad incuestionable de su narrativa, la obra permaneció dormida en el cajón del olvido hasta que, cincuenta y seis años después, volvió a ver la luz en nuestro país. Quien quiera acercarse a la realidad de la guerra civil española desde una voz objetiva, fiel a los acontecimientos, alejada de las ideologías extremistas, debe leer esta obra, donde la acción transcurre con maestría, a través de un narrador que sabe ceder el protagonismo necesario a sus personajes.

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José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

Reseña de «Partes de guerra», por José María Velasco

A lo largo de los siguientes meses publicaremos una serie de reseñas de novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española escritas por José María Velasco. Puedes acceder a la relación de libros seleccionados pinchando AQUÍ. Inauguramos esta sección con Partes de guerra, una antología de relatos realizada por Ignacio Martínez de Pisón y publicada en 2009 por RBA Libros.

PARTES DE GUERRA
José María Velasco
Quiero comenzar esta relación de «Novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española» con Partes de guerra, una antología realizada por Ignacio Martínez de Pisón –solo un escritor con tanto talento puede tener tan buen ojo para la recopilación–. A lo largo de treinta y cinco relatos breves de diversos autores de todas las ideologías consigue algo que no podrá alcanzar ninguna novela: una visión cronológica, caleidoscópica y plural de un conflicto que tiene tantos puntos de vista como historias. De entre todos ellos destaco los dos primeros: La lengua de las mariposas de Manuel Rivas o Julio del 36 de Ramiro Pinilla, que describen, de forma maravillosa, la pérdida de la inocencia ante la barbarie que estaba por venir y que los textos de Ana María Matute, Miguel Delibes, Juan Eduardo Zúniga, Max Aub o Arturo Barea –entre otros– se van a encargar de desarrollar.
Algo extraño estaba sucediendo. Todo el mundo parecía tener prisa, pero no se movía. Los que miraban hacia delante, se daban la vuelta. Los que miraban para la derecha, giraban hacia la izquierda. Cordeiro, el recogedor de basuras y hojas secas, estaba sentado en un banco, cerca del palco de la música. Yo nunca había visto a Cordeiro sentado en un banco. Miró hacia arriba con la mano en la visera. Cuando Cordeiro miraba así y callaban los pájaros, era que se avecinaba una tormenta.

Oí el estruendo de una moto solitaria. Era una guardia con una bandera sujeta en el asiento de atrás. Pasó delante del Ayuntamiento y miró para los hombres que conversaban inquietos en el porche. Gritó: “¡Arriba España!”. Y arrancó de nuevo la moto dejando atrás una estela de explosiones.
Las madres empezaron a llamar a sus hijos. En casa, parecía que la abuela se hubiese muerto otra vez. Mi padre amontonaba colillas en el cenicero y mi madre lloraba y hacía cosas sin sentido, como abrir el grifo del agua y lavar los platos limpios y guardar los sucios.

La lengua de las mariposas de Manuel Rivas.

Para los Altube la guerra comenzó a las cinco de la tarde, cuando Marcos entró en la cocina diciendo que se lanzaba al monte con la escopeta y que le envolvieran un bocadillo.

–Estamos en veda –le advirtió Asier.

Por el silencio que le ciñó supo que la familia estaba pensando en otra cosa. Al abuelo se le quedó en el aire el chorizo de la merienda. La abuela y la madre paralizaron sus quehaceres. 
 Julio del 36 de Ramiro Pinilla

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José María Velasco (Málaga, 1968)
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