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El Salón del Prado de Madrid, por Javier Alonso García-Pozuelo

El siguiente artículo ha sido escrito por Javier Alonso García-Pozuelo para Cita en la Glorieta. Puedes leer más articulos relacionados con la Historia de Madrid, pinchando AQUÍ. 

@JavierAlonsoGP
en Onda Madrid

EL SALÓN DEL PRADO, DE JOSÉ DE HERMOSILLA A VENTURA RODRÍGUEZ
Javier Alonso García-Pozuelo
—Un salón para que paseen sus súbditos y puedan veros  entre ellos y recuerden a su rey que lo ha hecho posible.

—¡Un salón del Prado! —exclamaba don Carlos, adivinando por dónde iban las intenciones—. Muy acertado. Es hora de retomar la zona de más allá de la puerta de Atocha porque si esta puerta es poco notable con su ladrillo vulgar, habremos de levantar otra que sea la grandeza de Madrid. Mi querida María Amalia me lo decía, que la Puerta de Alcalá es una birria, que no es propia de la ciudad de un gran rey. Quise demolerla y darle otra pero, como sabéis, se me fue antes y aunque difunta me parece que me lo recuerda todos los días. ¡Tenemos mucho que hacer! Ampliar las calles de Alcalá, la de Atocha y los Jerónimos, hacer crecer los árboles y adornarlos de fuentes.

El conde de Aranda lo tenía ya muy pensado.


Carolus (Ediciones B, 2017)
Carolina Molina

Poco tiempo después de llegar a Madrid, ciudad que por aquel entonces tenía fama de ser la Corte más sucia de Europa, Carlos III puso en marcha un intenso programa de reformas urbanísticas que dio lugar a que la capital de España experimentara —en los menos de treinta años que duró su reinado (1759-1788)— un extraordinario cambio. Un cambio urbano y arquitectónico, pero también un cambio en los hábitos y costumbres heredados de la España de los Austria. En 1761, apenas dos años después de subir al trono, estaban listas las «Instrucciones para la reglamentación de la limpieza y empedrado de la Villa» de Francisco Sabatini. Su puesta en marcha contribuyó a mejorar notablemente la imagen de la ciudad. Tras los progresos en materia de saneamiento y pavimentado, se acometió la numeración de casas y manzanas y la iluminación de las calles. Al tiempo que se ponía en marcha este programa de mejora de la salubridad de la Villa y Corte, se promovió la construcción de una serie de edificios públicos y se inició un plan de embellecimiento de los accesos a la ciudad —sustitución de los viejos portillos por puertas monumentales— y de los caminos que conducían de la Corte a los Reales Sitios.

Fue en 1767
—un año después del motín de Esquilache— cuando se puso en marcha  el programa de ordenación del perímetro urbano, dentro del cual la reforma del Paseo del Prado fue el proyecto más ambicioso. Promovido por el Conde de Aranda, presidente del Consejo de Castilla, y con el propósito, entre otros, de recuperar la confianza del alborotado pueblo madrileño y de paliar, en parte, el importante desempleo sobrevenido tras finalizarse las obras del Palacio Real (1764), se decidió llevar a cabo la reforma de uno de los lugares de recreo favoritos desde el siglo XVII, la zona de Madrid que servía de transición entre la ciudad y el Real Sitio del Buen Retiro. La idea era abrir, en los aledaños del casco urbano, un espacio verde que, rompiendo con la tradición elitista del pasado, sirviese de esparcimiento para todos los vecinos de la Corte, no sólo para la realeza y la nobleza. Precisamente fue en 1767 cuando Carlos III inició la costumbre de abrir al público parte de los jardines de los Reales Sitios, permitiendo que se visitase el Buen Retiro, aunque, en un principio, esta visita sólo pudiese hacerse bajo unas condiciones de acceso muy estrictas.
 

El trazado general de esta reforma urbanística corrió a cargo del ingeniero militar José de Hermosilla (Llerena, Badajoz, 1715 - Madrid, 1776) y abarcaba una extensa zona de arboledas, jardines y grupos escultóricos, que funcionarían asimismo como fuentes públicas, entre la puerta de Recoletos y la puerta de Atocha.

José de Hermosilla y Sandoval

En la primavera de 1767 –empleando como mano de obra a muchos de los detenidos en el motín de las capas y los sombreros– se iniciaron las primeras actuaciones del plan de reforma entre las hoy llamadas Plaza de Cibeles y de Neptuno. Este tramo del Prado, que pronto pasó a llamarse Salón del Prado, fue proyectado por Hermosilla (posiblemente inspirado en la Piazza Navona de Roma) como un espacio circoagonal, cerrado en sus extremos por dos semicírculos y embellecido por varias fuentes y estatuas inspiradas en motivos mitológicos.

Plano del Salón del Prado
Detalle del proyecto de José de Hermosilla
(Biblioteca Nacional de España)

En 1775 Hermosilla hubo de trasladarse a Leganés para intervenir en las obras del cuartel de guardias walonas y las obras del Salón del Prado quedaron bajo la dirección de Ventura Rodríguez quien, pese a haber sido desplazado en buena medida de la órbita de la Corte tras la llegada a Madrid de Francisco Sabatini, seguía siendo un arquitecto de enorme
prestigio.

Ventura Rodríguez
- Francisco de Goya (1784) -

El diseño de las fuentes y demás elementos decorativos del Salón del Prado fue encomendado a Ventura Rodríguez –el cual sería a la postre quien, entre 1775 y 1783, definió el proyecto definitivo de la reforma del Salón del Prado– y la talla se encomendó a los más reconocidos escultores del momento. De Ventura Rodríguez, que se había visto desplazado de las obras del Palacio Real, es el diseño de tres de los monumentos más emblemáticos de Madrid: las fuentes de Cibeles, Apolo y Néptuno.

El Paseo del Prado y el Paseo de Recoletos
desde la Fuente de las Cuatro Estaciones
- Antonio González Velázquez -
(1790)

Más allá del extremo meridional del Salón del Prado, en las cercanías de la puerta de Atocha, se proyectó erigir un enclave científico, perfecto exponente del espíritu ilustrado, como complemento al embellecimiento ornamental llevado a cabo entre las calles de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. Formaban parte de este grupo de soberbios edificios con fines científicos el Jardín Botánico, el Observatorio Astronómico y el edificio destinado a alojar el Gabinete de Historia Natural y que, a la postre, se convertiría en Museo de Pinturas, hoy conocido como Museo del Prado.

Museo del Prado
- José María Méndez -


En el dibujo de Antonio González Velázquez (Madrid, 1723 - Madrid, 1794) que os ofrecemos arriba, se aprecia en primer término, la fuente de Apolo, después la de Cibeles -con el palacio de Buenavista tras ella- y a continuación el paseo de Recoletos. La fuente de Neptuno quedaría a espaldas del espectador.

En el grabado de 1835 que os ofrecemos debajo el punto de vista es el contrario: en el primer término está la fuente de Cibeles, en su ubicación original, es decir, mirando hacia el sur, no hacia la calle de Alcalá como en la actualidad.

EL SALÓN DEL PRADO DECIMONÓNICO
Javier Alonso García-Pozuelo
Merced a la reforma dieciochesca del Salón del Prado esta zona de Madrid se convirtió en el centro neurálgico de la vida social matritense y, a lo largo del siglo XIX, se dieron cita en él todas las clases sociales. Mañana, tarde y noche los vecinos de la Villa y Corte invadían el Salón del Prado. La señorona burguesa a diario y la doncella de servir en su día libre. O en su tarde libre. El afortunado diputado del partido en el poder y el cesante caído en desgracia por razones políticas. El general laureado y el pobre recluta que no podía pagarse un seguro de quintas con el que eximirse del servicio militar. Madrileños de todas las clases sociales –aunque el pueblo llano siempre se encontró más a sus anchas en la ribera del Manzanares– disfrutaron de lo que Mesonero Romanos llamó la primera tertulia de Madrid.

Fuente de Cibeles y Salón del Prado
(Grabado coloreado de 1835)


Aquel segmento del Paseo del Prado entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo fue, junto con la emblemática Puerta del Sol, uno de los lugares más concurridos del Madrid decimonónico y, encaramados en un elegante tilbury, a lomos de un soberbio caballo andaluz o un ratito a pie y otro sentado en uno de sus numerosos bancos de piedra, eran miles los madrileños que, sobre todo en el estío, iban a disfrutar, al caer la tarde, del arbolado paseo, a solazarse en la verbena de San Juan o a saturarlo de bromas, máscaras y disfraces al llegar los Carnavales.

El carnaval en el Salón del Prado, figuras y figurones
- Ángel Andrade -
(1896)
 
 
***

Javier Alonso en Monterrey, México
Fotografía: Víctor Eduardo Hernández
es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Actualmente reside en Santo Domingo donde compagina su pasión por la literatura con su cargo como director académico para Latinoamérica en la escuela internacional AMIR. En los  últimos años ha impartido varios seminarios de Creación Literaria, Nacimiento de la Novela Policíaca, Historia del Siglo XIX y Lectura Crítica tanto en España como en diversos países de Latinoamérica. En febrero de 2017 publicó con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II de la que se han escrito decenas de reseñas -que puedes leer en Cita en la Glorieta, el blog colaborativo de historia y literatura que Javier dirige y edita- y que ha sido nominada a la mejor novela negra de autor novel en el Festival Morella Negra como la Trufa. A raíz de la publicación de su primera novela, ha participado en festivales de novela negra, en ferias del libro y en diversos clubes de lectura. Ha formado parte del jurado de diversos certámenes literarios, entre ellos el I Premio Tristán Solarte a la mejor novela negra publicada en el año 2018 en Panamá. En febrero de 2018 se publicó una edición en bolsillo de La cajita de rapé, (EmBolsillo, 2018) y actualmente se distribuye, además de en España, en varios países de Latinoamérica (Ecuador, Colombia, México, Panamá...). El 2021 saldrá a la venta su segunda novela, también protagonizada por el madrileño inspector Benítez.


Los leones de la diosa Cibeles

HIPÓMENES Y ATALANTA
Javier Torras de Ugarte
Muy cerca de la madrileña Fuente de Cibeles, en el Museo del Prado, hay un cuadro del magnífico pintor italiano Guido Reni, que representa a los personajes mitológicos Hipómenes y Atalanta y que esconde fabulosos secretos sobre la génesis del monumento. Atalanta era una bella cazadora que pertenecía a la cohorte de la diosa Artemisa, quien llevaba y defendía con orgullo su virginidad. Atalanta había dado la espalda al amor y, como todas las seguidoras de Artemisa, decidió que moriría soltera, por lo que su única preocupación era danzar alegre por los bosques. No obstante, su belleza era conocida en todas partes y no le faltaban pretendientes, así que decidió retar a cualquiera que quisiera tomarla por esposa a una carrera, sabedora de que no podía perder; los que no fueran capaces de superarla, serían condenados a muerte. El joven Hipómenes se enamoró de Atalanta y, antes de competir por su mano, solicitó la ayuda de Afrodita, siempre dispuesta a hacer de celestina. Ésta le dio tres manzanas de oro procedentes del Jardín de las Hespérides y le aconsejó que las dejase caer a lo largo de la carrera. Así lo hizo Hipómenes con las dos primeras, pero Atalanta era tan rápida que las recogía y volvía a darle caza. Con la tercera manzana tuvo lugar el hechizo de amor y al fin el joven ganó la carrera.


Hipómenes y Atalanta
-Guido Reni-
(Museo Nacional del Prado)

Hasta este punto parece tan solo una hermosa historia de amor, pero aún queda la segunda parte de este cuento, la que da razón de quiénes son esa pareja de leones que tiran del carro de la diosa Cibeles en la emblemática plaza madrileña.
 

Tras algún tiempo de deambular por arcádicos bosques dados de la mano y susurrándose versos de amor, una tarde de primavera Hipómenes y Atalanta decidieron descansar en un templo que honraba a Cibeles, diosa de la Madre Tierra. Afrodita, molesta porque Hipómenes apenas le había dado las gracias por interceder en el asunto de su nueva esposa, les lanzó un sortilegio de lujuria y los dos jóvenes terminaron "profanando" el templo. Cibeles consideró aquello una afrenta digna de castigo ejemplar y, con ayuda de Zeus, transformó en leones a Hipómenes y Atalanta. Es momento de explicar que los griegos creían que los leones no se apareaban entre ellos, lo cual nos da una idea de la severidad del castigo. No contenta con ello, aquellos dos leones enamorados y condenados al celibato más estricto fueron uncidos al carro de la ofendida Diosa, del cual tiran desde entonces.

Fuente de la Cibeles de Madrid
-José María Méndez-

Así se las gastaba nuestra ilustre diosa y así se las gasta nuestra ilustre ciudad, Madrid, tan acogedora como una madre, tan sensual como una amante, canalla y alcahueta, enamorada, casta y pura, gamberra, codiciosa, lasciva…

Cuando paséis por la Cibeles, testigo de la historia de Madrid, recordad que los dos solemnes leones son Hipómenes y Atalanta, incautos amantes que ofendieron a la diosa Madre, jóvenes lujuriosos, arteros y tramposos, bellos y galantes… los primeros madrileños.

Este artículo ha sido expresamente escrito por Javier Torras de Ugarte para el blog de Historia, Arte y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo aquel que quiera reproducir este texto en la Red que cite su fuente.

Javier Torras de Ugarte (Madrid, 1982)
es licenciado en Historia del Arte y Doctor en Arte Contemporáneo por la UCM. Ha publicado cuatro novelas hasta la fecha (La ciudad vertical, 2011; El libro eterno, 2013; ¿Crees en la magia?, 2014 y La memoria del tiempo, 2015) y algunos relatos. Interesado por la fantasía y la ciencia ficción, prepara una nueva novela que ahonda en la ficción especulativa con estética steampunk. Sus dos primeros libros circundaban los temas de la memoria, el pasado y la historia como identidad en un ambiente distópico, asuntos que no ha abandonado desde entonces y en los que ha profundizado desde otras perspectivas, como en la ficción histórica de La memoria del tiempo. Es fiel lector de terror clásico, de novela histórica y de ciencia ficción moderna, lo que se deja entrever en sus escritos. Trabaja desde hace nueve años en una conocida galería de arte.


La fuente de Cibeles se instaló en 1782 en el extremo norte del Salón del Prado, una de las reformas urbanísticas más importantes acometidas durante el reinado de Carlos III. El diseño de este conjunto escultórico se debió a Ventura Rodríguez, mientras que su talla fue encomendada a Francisco Gutiérrez (figura de la diosa y el carro) y Roberto Michel (los leones). La diosa y los leones fueron esculpidos en mármol cárdeno del pueblo toledano de Montesclaros y el resto en piedra de Redueña, localidad madrileña cercana a la sierra de La Cabrera.


Los leones de la Cibeles
-José María Méndez-

El Salón del Prado de Madrid

EL SALÓN DEL PRADO, DE JOSÉ DE HERMOSILLA A VENTURA RODRÍGUEZ
Javier Alonso García-Pozuelo
Poco tiempo después de llegar a Madrid, ciudad que por aquel entonces tenía fama de ser la Corte más sucia de Europa, Carlos III puso en marcha un intenso programa de reformas urbanísticas que dio lugar a que la capital de España experimentara —en los menos de treinta años que duró su reinado (1759-1788)— un extraordinario cambio. Un cambio urbano y arquitectónico, pero también un cambio en los hábitos y costumbres heredados de la España de los Austria. En 1761, apenas dos años después de subir al trono, estaban listas las «Instrucciones para la reglamentación de la limpieza y empedrado de la Villa» de Francisco Sabatini. Su puesta en marcha contribuyó a mejorar notablemente la imagen de la ciudad. Tras los progresos en materia de saneamiento y pavimentado, se acometió la numeración de casas y manzanas y la iluminación de las calles. Al tiempo que se ponía en marcha este programa de mejora de la salubridad de la Villa y Corte, se promovió la construcción de una serie de edificios públicos y se inició un plan de embellecimiento de los accesos a la ciudad —sustitución de los viejos portillos por puertas monumentales— y de los caminos que conducían de la Corte a los Reales Sitios.

Fue en 1767
—un año después del motín de Esquilache— cuando se puso en marcha  el programa de ordenación del perímetro urbano, dentro del cual la reforma del Paseo del Prado fue el proyecto más ambicioso. Promovido por el Conde de Aranda, presidente del Consejo de Castilla, y con el propósito, entre otros, de recuperar la confianza del alborotado pueblo madrileño y de paliar, en parte, el importante desempleo sobrevenido tras finalizarse las obras del Palacio Real (1764), se decidió llevar a cabo la reforma de uno de los lugares de recreo favoritos desde el siglo XVII, la zona de Madrid que servía de transición entre la ciudad y el Real Sitio del Buen Retiro. La idea era abrir, en los aledaños del casco urbano, un espacio verde que, rompiendo con la tradición elitista del pasado, sirviese de esparcimiento para todos los vecinos de la Corte, no sólo para la realeza y la nobleza. Precisamente fue en 1767 cuando Carlos III inició la costumbre de abrir al público parte de los jardines de los Reales Sitios, permitiendo que se visitase el Buen Retiro, aunque, en un principio, esta visita sólo pudiese hacerse bajo unas condiciones de acceso muy estrictas.
 

El trazado general de esta reforma urbanística corrió a cargo del ingeniero militar José de Hermosilla (Llerena, Badajoz, 1715 - Madrid, 1776) y abarcaba una extensa zona de arboledas, jardines y grupos escultóricos, que funcionarían asimismo como fuentes públicas, entre la puerta de Recoletos y la puerta de Atocha.

José de Hermosilla y Sandoval

En la primavera de 1767 –empleando como mano de obra a muchos de los detenidos en el motín de las capas y los sombreros
– se iniciaron las primeras actuaciones del plan de reforma entre las hoy llamadas Plaza de Cibeles y de Neptuno. Este tramo del Prado, que pronto pasó a llamarse Salón del Prado, fue proyectado por Hermosilla (posiblemente inspirado en la Piazza Navona de Roma) como un espacio circoagonal, cerrado en sus extremos por dos semicírculos y embellecido por varias fuentes y estatuas inspiradas en motivos mitológicos.

Plano del Salón del Prado
Detalle del proyecto de José de Hermosilla
(Biblioteca Nacional de España)

En 1775 Hermosilla hubo de trasladarse a Leganés para intervenir en las obras del cuartel de guardias walonas y las obras del Salón del Prado quedaron bajo la dirección de Ventura Rodríguez quien, pese a haber sido desplazado en buena medida de la órbita de la Corte tras la llegada a Madrid de Francisco Sabatini, seguía siendo un arquitecto de enorme
prestigio.

Ventura Rodríguez
- Francisco de Goya (1784) -

El diseño de las fuentes y demás elementos decorativos del Salón del Prado fue encomendado a Ventura Rodríguez –el cual sería a la postre quien, entre 1775 y 1783, definió el proyecto definitivo de la reforma del Salón del Prado– y la talla se encomendó a los más reconocidos escultores del momento. De Ventura Rodríguez, que se había visto desplazado de las obras del Palacio Real, es el diseño de tres de los monumentos más emblemáticos de Madrid: las fuentes de Cibeles, Apolo y Néptuno.

El Paseo del Prado y el Paseo de Recoletos
desde la Fuente de las Cuatro Estaciones
- Antonio González Velázquez -
(1790)

Más allá del extremo meridional del Salón del Prado, en las cercanías de la puerta de Atocha, se proyectó erigir un enclave científico, perfecto exponente del espíritu ilustrado, como complemento al embellecimiento ornamental llevado a cabo entre las calles de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. Formaban parte de este grupo de soberbios edificios con fines científicos el Jardín Botánico, el Observatorio Astronómico y el edificio destinado a alojar el Gabinete de Historia Natural y que, a la postre, se convertiría en Museo de Pinturas, hoy conocido como Museo del Prado.

Museo del Prado
- José María Méndez -


En el dibujo de Antonio González Velázquez (Madrid, 1723 - Madrid, 1794) que os ofrecemos arriba, se aprecia en primer término, la fuente de Apolo, después la de Cibeles -con el palacio de Buenavista tras ella- y a continuación el paseo de Recoletos. La fuente de Neptuno quedaría a espaldas del espectador.

En el grabado de 1835 que os ofrecemos debajo el punto de vista es el contrario: en el primer término está la fuente de Cibeles, en su ubicación original, es decir, mirando hacia el sur, no hacia la calle de Alcalá como en la actualidad.

EL SALÓN DEL PRADO DECIMONÓNICO
Javier Alonso García-Pozuelo
Merced a la reforma dieciochesca del Salón del Prado esta zona de Madrid se convirtió en el centro neurálgico de la vida social matritense y, a lo largo del siglo XIX, se dieron cita en él todas las clases sociales. Mañana, tarde y noche los vecinos de la Villa y Corte invadían el Salón del Prado. La señorona burguesa a diario y la doncella de servir en su día libre. O en su tarde libre. El afortunado diputado del partido en el poder y el cesante caído en desgracia por razones políticas. El general laureado y el pobre recluta que no podía pagarse un seguro de quintas con el que eximirse del servicio militar. Madrileños de todas las clases sociales –aunque el pueblo llano siempre se encontró más a sus anchas en la ribera del Manzanares– disfrutaron de lo que Mesonero Romanos llamó la primera tertulia de Madrid.

Fuente de Cibeles y Salón del Prado
(Grabado coloreado de 1835)


Aquel segmento del Paseo del Prado entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo fue, junto con la emblemática Puerta del Sol, uno de los lugares más concurridos del Madrid decimonónico y, encaramados en un elegante tilbury, a lomos de un soberbio caballo andaluz o un ratito a pie y otro sentado en uno de sus numerosos bancos de piedra, eran miles los madrileños que, sobre todo en el estío, iban a disfrutar, al caer la tarde, del arbolado paseo, a solazarse en la verbena de San Juan o a saturarlo de bromas, máscaras y disfraces al llegar los Carnavales.

El carnaval en el Salón del Prado, figuras y figurones
- Ángel Andrade -
(1896)