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Microrrelatos hiperbreves (II)

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Fernando Gómez Lamadrid, fundador de la página de facebook TOPmicrorrelatos.  


EL DINOSAURIO
Augusto Monterroso
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.


LA CULTA DAMA
José de la Colina
Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado «El dinosaurio».
—Ah, es una delicia —me respondió—, ya estoy leyéndolo
.

MONSTRUO
Ángel Olgoso
—¡Eres un monstruo! —le grito ella. Él asintió con lo que parecía su cabeza.

EL PRINCIPIO
Joaquín Valls Arnau
Un día papá comenzó a llamarme Eugenia.

AUTOPSIA
Luciano Daniele
No tenía rastros de haber sido feliz.

NI CONTIGO NI SIN TI
Ana Grandal
—Ya no puedo más. Me he alquilado un piso. Mañana mismo me llevo mis cosas.
   Al día siguiente se mudó al apartamento que había quedado libre en el piso de abajo
.

CLÁUSULA III
Juan José Arreola
Soy un Adán que sueña con el paraíso, pero siempre me despierto con las costillas intactas.

100
Ana María Shua
Mientras Aladino duerme, su mujer frota dulcemente su lámpara maravillosa. En esas condiciones, ¿qué genio podría resistirse?



Su amor sigue siendo igual de ciego, sólo ha perdido algo de oído.

QUIEN CALLA, OTORGA
Javier Alonso García-Pozuelo
¿Me quieres? ¡Contesta! Es una pregunta sencilla: ¿Me quieres?

Microrrelatos de autores argentinos (III) Patricia Nasello - Luisa Valenzuela

DESCARTAR IMÁGENES
Patricia Nasello
Dispuesta a quedarse dejó sobre la vereda el colchón mugroso que acarreaba.  Las piernas, deformes, parecían dolerle, se acostó con dificultad. Ni siquiera tenía unos diarios para cubrirse, daba la impresión de ser muy vieja.  Anochecía. Las calles estaban desiertas, quizá a causa del frío.
Desde mi departamento vi que un grupo de chicos se acercaba caminando por San Jerónimo, al doblar en Independencia casi tropiezan con ella. Entre risotadas prendieron fuego al colchón. El foco de la esquina, las llamas y la escasa claridad que el cielo aún conservaba brindaron luz suficiente.
  Al principio estaba entusiasmado, miraba la filmación a cada rato y se la pasé a varios amigos, hasta que me aburrió.
   Acabé por  eliminarla
.
*
FELICIDAD
Andrés Neuman
   Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal. No me refiero a llamarme Cristóbal.
   Cristóbal es mi amigo: iba a decir el mejor, pero diré que el único.
   Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal. Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo y domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto.
   Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los gruesos brazos de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda desde hace años con los brazos abiertos.
  A mí me colma de gozo tanta paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas, y algún día, muy pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo
.


CONFLICTO
Cecilia Pagani
   Todo gira y gira. Y gira.
  Como un rulo, como una vuelta carnero sobre el césped. Como el dial de un teléfono viejo.
   Como la rueda de la muerte en un circo cualquiera.
  Como un cólico, como una serpentina, como esa bola blanca, roja, negra sobre el paño de billar.
   Todo gira y gira. Y gira.
   Y da vueltas.
   Y vuelve al origen. Al inicio de todo, la madre
.
*
DOBLE JORNADA
Roberto Perinelli
   Enterado de que su llegada produce tristeza y melancolía entre las gentes, el Crepúsculo se disfrazó de Amanecer. La Noche, licenciada con el cambio, se tomó descanso en una playa caribeña, tostándose con los rayos de un Sol cada vez más exhausto y desconcertado.
*
DESCONFIANZA
Alejandra Pizarnik
   Mamá nos hablaba de un blanco bosque de Rusia: “… y hacíamos hombrecitos de nieve y les poníamos sombreros que robábamos al bisabuelo…”.

   Yo la miraba con desconfianza. ¿Qué era la nieve? ¿Para qué hacían hombrecitos? Y ante todo, ¿qué significa un bisabuelo?
*
CASO
Juan Romagnoli
   Sorprendido en un delito, el hombre huye. Lo persiguen. Comprende que no soportaría el encierro. Próximo a ser alcanzado, llega a una vieja casona y entra. Acorralado, sube al último cuarto, traba la puerta, asegura las ventanas, tapa la chimenea.
*
SE QUISO QUEDAR
Ana María Shua
   Todos los patitos se fueron a bañar y el más chiquitito se quiso quedar. El sabía por qué: el compuesto químico que había arrojado horas antes en el agua del estanque dio el resultado previsto. Mamá Pata no volvió a pegarle: a un hijo repentinamente único se lo trata – como es natural-, con ciertos miramientos.


AMOR
Jorge Timossi
   Al ser informada oficialmente, Ana no dudó un instante y pidió el ingreso en la misma habitación aislada del Centro Médico donde Héctor había sido recluido quizás para siempre.
*
VISIÓN DE REOJO 
Luisa Valenzuela
   La verdá, la verdá, me plantó la mano en el culo y yo estaba ya a punto de pegarle cuatro gritos cuando el colectivo pasó frente a una iglesia y lo vi persignarse. Buen muchacho después de todo, me dije. Quizá no lo esté haciendo a propósito o quizá su mano derecha ignore lo que su izquierda hace. Traté de correrme al interior del coche -porque una cosa es justificar y otra muy distinta es dejarse manosear- pero cada vez subían más pasajeros y no había forma. Mis esguinces sólo sirvieron para que él meta mejor la mano y hasta me acaricie. Yo me movía nerviosa. Él también. Pasamos frente a otra iglesia pero ni se dio cuenta y se llevó la mano a la cara sólo para secarse el sudor. Yo lo empecé a mirar de reojo haciéndome la disimulada, no fuera a creer que me estaba gustando. Imposible correrme y eso que me sacudía. Decidí entonces tomarme la revancha y a mi vez le planté la mano en el culo a él. Pocas cuadras después una oleada de gente me sacó de su lado a empujones. Los que bajaban me arrancaron del colectivo y ahora lamento haberlo perdido así de golpe porque en su billetera sólo había 7.400 pesos de los viejos y más hubiera podido sacarle en un encuentro a solas. Parecía cariñoso. Y muy desprendido.

«Por favor, sea breve 2», antología de microrrelatos de Clara Obligado

Los siguientes microrrelatos están incluidos en «Por favor, sea breve 2» (antología de microrrelatos editada por Clara Obligado y publicada por la Páginas de Espuma en 2009) y han sido escogidos para CITA EN LA GLORIETA por Fernando Gómez Lamadrid, fundador de la página de facebook TOPmicrorrelatos. Puedes acceder a la página de Páginas de Espuma pinchando en la portada del libro.


LA AFRENTA
Luis Mateo Díez
Te merecías todo lo que te hice menos esa última afrenta, aunque reconozco que nada exime más que lo que se hace en nombre de un amor traicionado.
    Lo que le conté en la carta era indigno porque pertenecía exclusivamente a nuestra intimidad, y estoy seguro de que cuando buscó y encontró el lunar en el recóndito secreto que sólo yo besaba, mientras tú excitada me alentabas a hacerlo, sintió la misma frustración de quien halla el cofre del tesoro vacío con la burla de quien ya lo sustrajo.
    Sé que tu amor es una pérdida definitiva y me resigno a ello, pero el secreto de ese lunar sólo a mis labios pertenece. Y cuantas veces requiera tan íntimo tesoro encontrará el vacío que queda de quien lo despojó.
    Una afrenta que a mí me tiene prisionero y a él esclavo y a ti culpable, y a los tres unidos en la desdicha porque yo te seguiré queriendo y él nunca podrá quererte del todo, y tú jamás llegarás a olvidarme, al menos mientras el lunar sostenga el recuerdo de mis besos y de mis lágrimas
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LA SEGUNDA DIMENSIÓN O INVOLUCIÓN
Max Valdés Avilés
Ni un rumor en la oscuridad.
    Enfrentó el pelotón de fusilamiento. Cerró los ojos. Vió a su madre que lo tomaba de la mano y lo llevaba de regreso a su población. Atravesaron las sucias calles y vieron un perro muerto sobre la berma. Más allá alcanzaron a oir los griteríos de unos adolescentes que peleaban por un pitillo de marihuana. Lo acostó sobre la cama. Daniel se tendió y volvió a cerrar los ojos. Los soldados le apuntaron directamente al cuerpo. La noche estaba más oscura que de costumbre y quiso encontrar una estrella pero la estrecha ventanilla del calabozo apenas le permitía ver un minúsculo trozo de cielo. Levantó la cabeza. Su madre le acomodó la almohada. Repentinamente comenzó a sangrar de su pecho. La madre advirtió que su hijo se había orinado, lo levantó y lo llevó a su dormitorio. Allí le cambió la parte inferior del pijama. La camisa con la inscripción de su número de reo quedó embadurnada de sangre. El gendarme a cargo de la ejecución instruyó al médico de turno para que verificase el deceso. La madre lo besó en la mejilla y le cerró los ojos para que al fin durmiera. El médico observó con asombro el bulto caído en el suelo del paredón. El cuerpo del criminal se había reducido al de un niño de cuatro años.
.

AMOR HASTA LA MUERTE
Carola Aikin
«Sólo son pájaros, no hay que temer», susurró el hombre en su nuca. Entonces se escuchó de nuevo el silbido, ya no tan lejano, de aviones a punto de sobrevolar la ciudad, y la gente empezó a inquietarse. Todos se agolpaban en el último tramo de escaleras, a la salida del metro, indecisos, temiendo las bombas. El hombre aprovechó para apretársele por detrás. Por instinto, ella asió con más fuerza las bolsas de comida que tantas horas llevaba cargando. «¿Ves que sólo son pájaros?», insistió él, posando descaradamente los labios en su oído. Entre los pies de las personas, la mujer vio como brincaban asustados los gorriones y algo se abrió en ella. Y entonces la mano de él sobre su cadera, el enredo con el borde de su falda, los dedos aventurándose. Y no, ella no se gira a abofetearlo como debe de hacerse. Insoportable ya el calor agarrado a su vientre, prefiere simular un forcejeo y hace como que lucha, revientan las bolsas con la fruta y los hermosos albaricoques salen disparados escaleras abajo como una catarata dorada. Ahora sí grita ella, entre frutas y gorriones, él aferrado por detrás cuando todo estalla y comienza la estampida: echan a correr alpargatas, sombreros, moños tirantes, abrigos, buscan la boca de luz, la salida al mundo de los fantasmas donde esa mujer vive aún hoy, obsesionada por descubrir el rostro del hombre que la amó hasta la muerte.

Refugio antiaéreo durante la Guerra Civil Española
en la estación de metro Gran Vía de Madrid

PIEL DE SERPIENTE
Antonio Reyes
Cuando esto escribo, sentado delante del ordenador, observo mis manos. Siempre he tenido dedos largos, como de pianista, sin piano en mi caso, y uñas cortas y redondeadas. Pero nada de esto es lo que las caracteriza últimamente, sino unas pequeñas erupciones que me brotan desordenadas y cada vez con más frecuencia. El proceso siempre es el mismo: aparecen pequeños puntos que, poco a poco, van abriéndose y volviendo mortecina la piel, hasta que, finalmente, termino mudándola.
    El dermatólogo me ha dicho que es una psoriasis, tal vez hereditaria, producida por el estrés. Pudiera ser. Pero yo soy de otra opinión: creo que tengo algo de serpiente, y que por eso, como todos los reptiles, mudo periódicamente la piel.
    No crean que esto es una paranoia o un repentino ataque senil de locura. No. Sin ir más lejos, hace unos días se me acercó Michi, mi gato, y empecé a acariciarlo. En un rápido movimiento me abalancé sobre él, le clavé los dientes en el cuello, y comencé, despacio, muy despacio, a engullirlo.
    Nunca más volveré al dermatólogo. No sabe nada de serpientes.

SORPRENDER
Ana María Shua
Los artistas de circo nos preguntamos con desesperación cómo sorprender a los espectadores. Ser perfectos en la tradición no basta. Intentamos, entonces, el exceso en las suertes conocidas: un salto mortal con cinco vueltas en el aire, hacer malabarismos con diez yunques y diez plumas, tragarnos un paraguas, o un poste de alumbrado, sostener una pirámide humana en la cuerda floja, entrar a una jaula con trescientos cincuenta leones y dos tigres, hacer desaparecer para siempre a los enemigos de una persona del público elegida al azar. ¿Cómo sorprender a los espectadores? En los nuevos circos, adornados los viejos trucos con el vestuario, con la coreografía, con las luces, con la cantidad de personas en escena. A medida que envejecemos, el exceso nos cuesta demasiado y ya no somos lo bastante bellos, lo bastante elásticos, lo bastante ingeniosos para formar parte de los nuevos circos. ¿Cómo sorprender a los malditos, a los cínicos espectadores que ya lo han visto todo? En un intento de obtener el espectáculo supremo, nos dejamos morir entre aplausos sobre la arena y no es suficiente, no es suficiente, eso lo hace cualquiera.

El circo
- Georges Seurat -
(1891)