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«Crónicas de la República y la Guerra Civil», de Fernando Ortiz Echagüe

RESEÑA DE «CRÓNICAS DE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL», de FERNANDO ORTIZ ECHAGÜE. Ediciones Espuela de Plata (2018), 
por Manu López Marañón

Es necesario resaltar cómo, para que este libro haya visto la luz, hubo alguien muy empeñado en ello. Se trata del responsable de su edición, y éste no es otro que el periodista y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco Luis Sala González (Bilbao, 1968), de quien yo ya había tenido noticia por una extraordinaria biografía del político vasco más importante del siglo XX: «Indalecio Prieto. República y socialismo» (Tecnos, 2017).


Luis Sala González

Para recuperar una parte sustancial de la obra periodística de Fernando Ortiz Echagüe (Logroño, 1892 – París, 1946), que es la que vertebra el texto que hoy reseño, «Crónicas de la República y la Guerra Civil», Luis Sala tuvo que desplazarse hasta Buenos Aires. El viaje vino motivado porque la totalidad de los artículos de este apasionante libro fueron remitidos por su autor,
Ortiz Echagüe, al periódico argentino La Nación en un período de tiempo que abarca desde 1931 hasta 1939. Y porque tras esta única difusión nadie los había rescatado y allí permanecían, inéditos para el resto de la inmensa población hispanohablante. Que su contribución al periodismo moderno haya sido tan desconocida –aún entre sus colegas– resulta más llamativa todavía al comprobarse cómo en sus crónicas Ortiz Echagüe nunca se apartó de eso tan difícil de conseguir en una noticia como es la veracidad de los hechos.

Gracias a las facilidades y atención de Pablo de Rosa –responsable del archivo del diario porteño– ha podido hacerse Luis Sala con un magnífico acervo que pone ahora a nuestra disposición y que le agradecemos.

Lo primero que hay que resaltar de los artículos de
Ortiz Echagüe es su claridad expositiva y un didactismo nunca desmedido ni pedante. Consciente de escribir para un país –Argentina– que, si bien se siente cercano a España, no deja de estar a 12.000 kilómetros de distancia, el periodista riojano se las apaña para transmitir a lectores tan remotos, con apasionante exposición, lo que aquí acontecía durante tan convulsa década. Esto supone, de rebote, que «Crónicas de la República y la Guerra Civil» se vaya convirtiendo en un libro fundamental para quienes desconocen aquellos años decisivos (y pienso, sobre todo, en nuestra juventud) sin que por esto deje de ser inagotable fuente de conocimiento para los expertos.

Como bien explica Marta Campomar en su prólogo:

«Ortiz Echagüe es puntilloso en el uso de las palabras; persigue siempre la objetividad de la información como corresponde al verdadero periodista. Es de admirar en la pluma de Ortiz Echagüe la capacidad de no desdeñar ningún matiz de información en la gama infinita de la vida y de los grandes sucesos, aún los más violentos como fueron las guerras del siglo XX y el conflicto español que amenazaba a la frágil paz europea».
De la biográfica nota que ha redactado Luis Sala para el libro que con tanto esmero y tesón ha preparado, destaco algo que me ha llamado sobremanera la atención. Fernando Ortiz Echagüe murió la noche del 9 de julio de 1946 en París precipitándose al patio del hotel Lancaster desde una ventana de su habitación, en el sexto piso. El ABC inmediatamente culpó a los comunistas (sin aportar ninguna prueba). Descartando el suicidio, Sala afirma cómo «era la dictadura franquista, aislada internacionalmente y condenada en la Conferencia de San Francisco por las Naciones Unidas como aliada de Alemania e Italia, la que tenía en el periodista a un declarado enemigo». Hace pocos días he reseñado un título de nuestra historia más reciente: «A finales de enero» (Javier Padilla, Tusquets 2018); se cuenta en él –entre otros siniestros sucesos– toda la verdad sobre el asesinato, en 1969, del estudiante del FLP Enrique Ruano. Ruano fue defenestrado desde un séptimo piso por la policía y murió contra el suelo del patio de su casa… Y es que defenestrar opositores al régimen era un macabro hábito para los agentes franquistas: el comunista Julián Grimau, el estudiante maoísta Rafael Guijarro o el escritor andaluz Manuel Moreno Barranco engrosan esa amplísima lista de saltos que perfectamente pudo inaugurar, en tan temprana fecha, Ortiz Echagüe.


Fernando Ortiz Echagüe

Centrándome en «Crónicas de la República y la Guerra Civil» diré que leyendo los apasionantes artículos de Ortiz Echagüe he tenido en mente aquel otro libro que Paul Preston publicó en 1998 y que lleva como título «Las tres Españas del 36». El historiador de Liverpool dice en él que «es una conclusión comúnmente aceptada que la guerra civil española fue una lucha entre extremos llevada a cabo por fanáticos de la derecha y de la izquierda, por fascistas contra comunistas, por campesinos hambrientos contra terratenientes». Para poco después aclarar cómo «durante los últimos años se ha reconocido que en realidad existían tres Españas más que dos bandos antagónicos». Preston cita como ejemplo de esa tercera España a personalidades de la talla de José Ortega y Gasset y Salvador de Madariaga (que se negaron a tomar parte en la guerra) o a políticos centristas como el ex presidente de la República Niceto Alcalá Zamora y el líder del Partido Radical, Alejandro Lerroux.

La tercera España, en la que también se incluye a políticos que apoyaron lealmente a uno u otro bando, pero que nunca se encontraron cómodos y sufrieron moralmente, se caracterizó fundamentalmente por la moderación y por su deseo de encontrar como fuera un acuerdo para el cese de la guerra fratricida. Entre estos políticos partidistas incluye Paul Preston a José María Gil Robles, Julián Besteiro (decidido partidario de la capitulación para tratar de obtener algún perdón del bando victorioso), a un Manuel Azaña horrorizado por la guerra y la matanza por ambos lados, a Indalecio Prieto por supuesto, y hasta a un José Antonio Primo de Rivera, quien, ya encarcelado, no se encuadraba precisamente en la categoría convencional del extremismo.

A estos pensadores y políticos debe añadirse una minoría de intelectuales. Así, de esta tercera España, a la desesperada busca de un entendimiento que no fue posible, formarían también parte –según mi modesta opinión– el muy publicado escritor y periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, y otro periodista, hasta ahora desconocido, pero igualmente reivindicable: nuestro Fernando Ortiz Echagüe.

Dividido «Crónicas de la República y la Guerra Civil» en los nueve años reportados (1931-1939), el grueso de los artículos viene conformado, obviamente, por temas políticos y bélicos. Estallada la guerra civil en 1936, resulta significativo como el periodista logroñés va desplazando su interés reporteril de tanta sangrienta e inane batalla hacia los intentos de mediación por conseguir la paz. En efecto, llega un momento en el que Ortiz Echagüe parece dar por perdidos a los españoles y dejarlos a su suerte para que se maten entre ellos mientras él vuelve sus ojos hacia las decisiones de grandes potencias internacionales. Son muchísimas las crónicas de este libro que tratan de explicar y aclarar las posturas, –muchas veces incompatibles–, de los cinco países que pudieron hacer cesar las hostilidades: Francia, Reino Unido, Alemania, Italia y la URSS.

Pero no todo es politiqueo y guerra: en la primera mitad de «Crónicas de la República y la Guerra Civil» Ortiz Echagüe todavía entretiene a sus lectores argentinos con impagables semblanzas de gente tan variopinta y ya famosa como Charles Chaplin, Ernest Hemingway o Vicente Blasco Ibáñez. O deja constancia de su afición taurina en documentadísimos reportajes que harán las delicias de los amantes del arte de Cúchares pero que, sinceramente, no sé yo cómo serían recibidos por los lectores de La Nación…

Para terminar, señalo cuatro crónicas que ejemplifican este temperamento moderado –y siempre partidario del acuerdo, nacional e internacional– que fue el de Fernando Ortiz Echagüe.

1. Con motivo del triunfo de las derechas en 1933, en su artículo del 24 de noviembre,
Ortiz Echagüe teme a un partido socialista regido por Francisco Largo Caballero. Aunque el moderado Julián Besteiro está al frente de la UGT, la influencia del radicalizado Largo Caballero es mayor y ello es visto con preocupación. Tampoco gusta al periodista el frente antimarxista que han conformado los ganadores de las elecciones porque con ello las derechas pierden la posibilidad de pactar con la facción moderada del socialismo.

2. En su artículo del 22 de febrero de 1936 Ortiz Echagüe informa del triunfo del Frente Popular. Que Azaña, nuevo jefe de gobierno, prometa gobernar no para las izquierdas ni para las derechas, sino para los españoles lo tranquiliza. El mantenimiento del orden público y que el movimiento republicano siga encauzado en el parlamento son otros motivos para su satisfacción.

3. Ya estallada la guerra civil, en su crónica del 4 de agosto de 1936,
Ortiz Echagüe habla por vez primera de la posibilidad de un compromiso alcanzado por mediación humanitaria de las potencias extranjeras. Un compromiso en el que no haya vencedores ni vencidos y que detenga los estragos y salve la vida de miles de presos políticos que tienen la terrible certeza de su muerte.

4. Para su crónica del 11 de octubre de 1937 Fernando Ortiz de Echagüe da ya por seguro el triunfo franquista: el tiempo trabaja a favor del «generalísimo» y la mediación es necesaria para abreviar la mortalidad y la destrucción que asuelan a España. Además Europa, harta ya de tanta muerte inútil, tiene prisas por apagar el fuego español antes de que se propague por el continente. La capitulación negociada de Santander es un buen ejemplo para el periodista riojano que, quizá sin saberlo, se alía en la línea que propugnaba el socialista Besteiro.


Entrevista a Luis Sala González, por
Manu López Marañón


1. En los artículos de «Crónicas de la República y la Guerra Civil» centrados en la guerra (1936-1939), he echado a faltar textos, e incluso referencias, a batallas importantes como fueron las de Guadalajara, Belchite y –sobre todo– la del Ebro, que supuso el último y titánico esfuerzo de la República por cambiar el rumbo de una guerra que veía perdida. En mi reseña especulo con la posibilidad de que Fernando Ortiz Echagüe abandonara pronto ese reporterismo bélico en el que no veía arreglo para los males de España para poder informar mejor a sus lectores sobre la política internacional, en la que centraba todas sus esperanzas para un final civilizado de la contienda. Así, las decisiones que pudieran tomarse sobre España (en un arco que abarcaría desde la creación, en 1936, del Comité de No Intervención ideado por Francia, hasta el anuncio de Juan Negrín en la Asamblea General de la Sociedad de Naciones, en octubre de 1938, de la retirada sin condiciones de los extranjeros que luchaban en el bando republicano –con la esperanza de que los sublevados hicieran lo mismo–), son este tipo de decisiones, digo, de las que Ortiz Echagüe eligió reportar.

Luis, la ausencia de crónicas «de trinchera» en favor de las de política internacional, ¿se debe a una decisión personal de Ortiz de Echagüe, que optó por no hacerlas, o, más bien, se debería a que has preferido no seleccionarlas para este libro o –incluso– a que pudieran haberse extraviado?

La respuesta es tan sencilla como pertinente la pregunta. La inmensa mayoría de los artículos de Ortiz Echagüe que he seleccionado para este libro se publicó con su firma en la portada –los argentinos le dicen «tapa»– de La Nación. Fernando tenía, digamos, su sección fija en la que escribía de aquello que le parecía más relevante en cada momento. No hay que olvidar que él no era un corresponsal más del diario en Europa, sino su representante general, una especie de redactor jefe de todos los corresponsales, con capacidad para editar las informaciones internacionales y contratar firmas de prestigio. Por ejemplo, en cuanto Pío Baroja cruzó la frontera temiendo por su vida, Fernando se lo encuentra en Hendaya y le ofrece escribir para La Nación. Y lo mismo, con Gregorio Marañón o Alcalá-Zamora. El periódico tenía otros reporteros en los frentes de combate: Constantino del Esla pasó prácticamente toda la guerra en el Madrid republicano y otros periodistas, como Jacinto Miquelarena o Javier Yndart, informaban desde Burgos o Salamanca. Las noticias sobre la guerra de España en el diario argentino eran por tanto abundantes y muy variadas.

Fernando optó en un primer momento por desplazarse desde París a la frontera de Hendaya y desde la orilla francesa del Bidasoa mandó una serie de crónicas muy interesantes sobre lo que estaba pasando en Navarra y Guipúzcoa. Si damos por bueno el testimonio de Iribarren, Mola había dado orden de detenerlo en cuanto se presentara en un puesto fronterizo. Seguramente por eso, decidió ver los toros desde la barrera. Con todo, hizo incursiones puntuales en el País Vasco en guerra y sus informaciones sobre los barcos-prisión de Bilbao o los asilados en la residencia del embajador argentino en Zarauz son magníficas.

En el otoño de 1936, a la guerra civil española le pasa, desde el punto de vista informativo, lo que hoy a la guerra de Siria: que pierde interés paulatinamente. Viendo que la guerra se alarga y que la caída de Madrid no se produce, Fernando regresa a París y sus crónicas sobre España derivan entonces hacia un tema en el que se movía como pez en el agua: las implicaciones internacionales del conflicto; cómo la guerra de España podía afectar a la frágil estabilidad europea, con Francia e Inglaterra tratando de apaciguar a Hitler y Mussolini.


2. En lo que más he insistido en la reseña de «Crónicas de la República y la Guerra Civil» es en el temperamento moderado y siempre predispuesto al acuerdo de Fernando Ortiz Echagüe. Lo he incluido, quizá temerariamente, formando parte del grupo de intelectuales a quienes Paul Preston, historiador que seguro tú conoces, incluye en su famosa «tercera España».

¿Estarías de acuerdo en meterlo ahí? ¿Qué opinión te merece esa aportación histórica llamada «tercera España»? Ante la situación política actual, ¿crees que deberían divulgarse más las figuras de políticos como Prieto, Azaña, o del mismo Julián Besteiro, socialista tan en la línea pactista de Ortiz Echagüe?

 

Tengo algunas dudas sobre el uso que se viene haciendo de esa llamada «tercera España». Como decía Ortega, «la neutralidad es una actitud». Uno no es neutral porque diga que lo es, sino por el modo en que se conduce en una situación determinada. Octavio Ruiz-Manjón, en un librito titulado «Algunos hombres buenos» (Espasa, 2016), recoge semblanzas de algunas personas que, en medio de los horrores de la guerra civil, estando en un bando o en el otro, pusieron la justicia por encima de las ideologías y trataron de humanizar el conflicto.

Desde 1931, desde la proclamación de la Segunda República, la primera experiencia verdaderamente democrática en la historia de España, Fernando Ortiz Echagüe se posiciona en un liberalismo conservador, en línea con Ortega y Marañón, dos intelectuales, buenos amigos suyos, que militaron en la Agrupación al Servicio de la República. Todos ellos confiaban entonces, como Prieto y Azaña, en que la República iba a hacer que España, por fin, fuera una democracia parlamentaria homologable a las de su entorno, con las Cortes como centro de la actividad política y lugar de debate de los problemas del país, algunos de los cuales aún hoy siguen sin resolverse: el encaje territorial, la desigualdad (entonces el drama del campo andaluz y la reforma agraria), las relaciones Iglesia-Estado y el sometimiento del poder militar al civil.

Fernando es un admirador de la III República francesa y de Francia como cuna de la libertad ciudadana y los derechos humanos. También del parlamentarismo británico. El 18 de julio, la sublevación militar y el estallido revolucionario que provoca echan por tierra todas esas esperanzas. El sueño democrático se transforma en una terrible pesadilla. Una tragedia que traumatizó a toda una generación de españoles. Franco decide, además, que los que no están con su glorioso movimiento nacional son la anti-España y las potencias totalitarias le apoyan descaradamente, mientras Francia e Inglaterra decretan la «farsa de la no intervención», que acaba por asfixiar a la República.

En las navidades de 1936, Marañón llega a París espantado de lo que ocurre en el Madrid revolucionario. Fernando cena en su casa casi todas las noches. Si bien rechaza las dictaduras y los métodos de terror de los franquistas en la represión en la llamada zona nacional, no aborrece menos la anarquía y las noticias de matanzas que le llegan de la retaguardia republicana. La guerra civil le parece, como escribió desde Davos en enero de 1937, la «más odiosa que conocen los siglos, la más estúpida, la más inútil, la más ajena al sentimiento español». Ortiz Echagüe creía, pienso que acertadamente, que la guerra, lejos de ser inevitable, nunca debería haberse producido. Los españoles no estaban predestinados a matarse unos a otros.


3. Cataluña, 1934. Lluís Companys proclama el Estado catalán y el gobierno de la República responde enviando al ejército. La sola visión de los cañones frente a la Generalitat provoca la estampida de los insurrectos y, afortunadamente, todo acaba sin muertos. Ortiz Echagüe escribe con indisimulado alivio sobre la recuperación de la autoridad gubernamental y también sobre cómo las Cortes han apoyado esa rápida –y eficaz– intervención militar. Tras la breve sedición Cataluña cumplirá las leyes españolas y –a modo de castigo– no se revisará su Estatuto.

Luis Sala González, doctor en Historia, seguro que ha extraído de todo aquello enseñanzas aplicables a la situación que se ha vivido recientemente, y también a la que pueda darse como resultado de este rosario de elecciones que vivimos actualmente en España. Dinos, ¿qué paralelismos y vías de solución puedes establecer entre aquella Cataluña de 1934 y la de 2019?


Me temo que el 6 de octubre de 1934 en Cataluña no fue tan incruento. Es cierto que Batet sacó la tropa a la calle con la orden terminante de no atacar a menos que fuese agredida. La policía, los Guardias de Asalto y la Guardia Civil acataron la autoridad militar. Sólo los Mossos d’Esquadra y una parte mínima de los escamots (milicias armadas del Estat Català) presentaron batalla al ejército, pero los enfrentamientos en la capital catalana dejaron un saldo de más de cuarenta muertos.

Históricamente hablando, el 6 de octubre de 1934 supuso un enorme descrédito para el independentismo catalán. En 1977, cuando Baltasar Porcel preguntó a Tarradellas por su actuación en aquella hora, su respuesta no pudo ser más elocuente: «La misma tarde del 6 de octubre fui a ver a Companys y le dije: “Creo que esto es un disparate y no estoy conforme, de ninguna manera”. Esto del 6 de octubre pesa mucho en mí en estos momentos. Toda mi obsesión es no volver a caer en una política como la que desembocó en el 6 de octubre». ¿Qué política era esa en la que Tarradellas no quería volver a caer en los años de la Transición? Sin duda, la de ir a un enfrentamiento abierto entre las instituciones de Cataluña y las del conjunto de España. En ese escenario, Cataluña lleva siempre las de perder. Josep María Bricall, que fue secretario general de Presidencia con Tarradellas y es uno de los catalanes más sensatos que conozco, lo decía en una reciente entrevista en La Vanguardia: «“Si entramos en pelea con los castellanos –decía Tarradellas–, ¡acabaremos mal!”. Me insistía en no tener una pelea con España, ¡que era un suicidio! Priorizar tus ensoñaciones sobre lo real puede ser una obsesión dañina… Ni Cataluña puede acabar con España, ni al revés».

Las vías de solución, o mejor, de arreglo posible, tendrán que venir de donde vienen todas las políticas en democracia: del diálogo y el acuerdo entre partidos, con estricto respeto de la legalidad. Me parece muy aguda y de rabiosa actualidad la observación de Ortiz Echagüe con respecto al problema catalán cuando dice que «mientras las derechas, por su tendencia a los procedimientos de fuerza, agravan ‘las molestias del trato humano’ entre españoles y catalanes, las izquierdas pisan un terreno más conciliador».


4. Busco ahora al responsable de la edición de «Crónicas de la República y la Guerra Civil». Vas a quitarte el sombrero de historiador para ponerte el de periodista de investigación.

Cuéntame, ¿cómo llegas al periodista casi desconocido que era Fernando Ortiz Echagüe antes de este libro que estamos comentando; fue por alguna de esas casualidades de biblioteca, o sabías de él por tus amplísimos conocimientos sobre los años 30?

Fue trabajando en mi tesis sobre Indalecio Prieto. Fernando, como buen reportero, al proclamarse la República en Madrid, se sube en París al mismo tren en el que viajan los cuatro ministros del Gobierno provisional que entonces estaban exiliados en Francia. Durante el viaje entrevista a algunos de ellos y comenta el ambiente de euforia que se respira en las estaciones. Conocía la obra de otro de los hermanos Ortiz Echagüe, José, porque ilustró con sus magníficas fotografías un libro que escribió mi abuelo sobre la vida de los cartujos en Miraflores.

¿Cómo comprendiste que era imprescindible viajar a Buenos Aires para que el libro saliera adelante?

Sospechaba que no iba a encontrar la colección del diario La Nación, de Buenos Aires, en ninguna hemeroteca española, pero Martín Rodríguez Yebra, entonces corresponsal del periódico en Madrid, me lo confirmó. Me dijo que para ver los ejemplares de los años treinta que me interesaban tendría que ir a Argentina, bien al propio archivo del periódico o a la biblioteca nacional Mariano Moreno. 

En tu nota introductoria hablas de Pablo de Rosa, archivero de La Nación, a quien muestras tu agradecimiento. ¿Hasta qué punto fue decisiva su colaboración a la hora de hacerte con las crónicas; hubo que abonar algo, siquiera en cuestión de derechos, por ellas?

No, no tuve que pagar derechos. Y sí, la colaboración de Pablo fue fundamental, primero para localizar los artículos en el periódico y después para tener acceso a ellos y poder transcribirlos. En la semana que pasé en Buenos Aires, apenas tuve tiempo de iniciar el trabajo. La mayoría de los 172 artículos que se reproducen en el libro (88 anteriores al 18 de julio de 1936 y 84 posteriores) me la envió Pablo por email en los meses siguientes. En su último correo me informaba, además, de que, tras cuarenta años en el archivo del periódico, se prejubilaba. También estoy muy agradecido a Marta Campomar, de la Fundación Ortega y Gasset Argentina, por su acogida y por el magnífico prólogo del libro.  

Para terminar, y ya de manera menos formal, ¿puedes referir alguna anécdota relacionada con este libro que contagie tu entusiasmo por la historia a los jóvenes de hoy?

Quizá sea un ingenuo, pero pienso sinceramente que las buenas historias acaban por enganchar al público. El formato podrá ser audiovisual –una miniserie o, como vi el otro día en televisión, Ana Frank grabando su propia vida con el móvil–, pero las buenas historias siempre tendrán audiencia. Estamos genéticamente predispuestos para escuchar los relatos de los viejos de la tribu. Si el periodismo vuelve a contar historias, recuperará lectores. Como les decía el otro día a unos estudiantes en la Universidad de Santiago, las crónicas de Fernando Ortiz Echagüe han envejecido bien y se leen hoy con gusto porque tienen todos los ingredientes del buen periodismo: observación de primera mano de los hechos que narra, fuentes diplomáticas de primer nivel, revista inteligente de la prensa local e internacional, conocimiento de los antecedentes históricos y conversaciones (entrevistas) con los protagonistas mismos de la historia.


nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


Las elecciones de febrero de 1936 y la Guerra Civil Española

EL FRACASO DE LA POLÍTICA
Javier Alonso García-Pozuelo
En febrero de 1936, en el contexto de una Europa sumida en una grave crisis económica y en plena efervescencia de la pugna ideológica entre democracia liberal, fascismo y comunismo, se celebraron en la España de la II República unas elecciones trascendentales para la Historia del país. Si las elecciones de abril de 1931 se convirtieron, de facto, en un plebiscito sobre Monarquía o República, en febrero de 1936 se libró en España una feroz batalla entre la Izquierda y la Derecha. Pero en la cita electoral del 16 de febrero de 1936  no sólo se enfrentaron dos bloques ideológicos: el del Frente Popular (coalición electoral que aglutinó a la izquierda republicana junto a la mayoría de fuerzas obreras de la izquierda, a excepción de la CNT, que, sin embargo, en esta ocasión, no se manifestó en contra de que sus simpatizantes acudiesen a las urnas) contra una derecha, mucho menos cohesionada que en las elecciones de noviembre de 1933, que se agrupó en torno a la coalición de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) con distintos partidos políticos según las circunscripciones (con monárquicos en unas, con republicanos de derecha en otras). En aquellas elecciones se enfrentaban dos proyectos de sociedad diametralmente opuestos, dos mitades de España cuya visión del mundo se había demostrado no sólo antagónica sino totalmente incompatible desde comienzos del siglo previo. La revolución frente a la contrarevolución.
 


En la batalla electoral del 36 ninguno de los “frentes” estaba en condiciones de obtener una victoria holgada que le permitiese gobernar con una mínima estabilidad. Incluso en el improbable caso de que alguno de los bloques consiguiera una clara mayoría parlamentaria, dentro de cada frente existían grupos con  expectativas tan dispares que la labor del ejecutivo salido de las urnas se antojaba harto complicada. Una vez más en la historia de España, dos bloques enfrentados. Y dentro de cada bloque, distintas facciones tratando de hacerse con el poder.


Una vez más resonaban en la memoria colectiva las banderías políticas nacidas con la revolución liberal del XIX. Patriotas contra afrancesados, doceañistas frente a exaltados, liberales contra carlistas, moderados contra progresistas, alfonsinos frente a carlistas. Etcétera,  etcétera, etcétera.
 

Con aquellos polvos poco extrañan los lodos que vinieron después.
 

Nada más conocerse el resultado de las elecciones –en las que el Frente Popular obtuvo una clara victoria en diputados, aunque con estrecha diferencia en número de votos, se pusieron de manifiesto dos evidencias. Por un lado, que entre los obreros y campesinos existía la urgencia de que se cumpliesen algunas de las expectativas que albergaban al darle su voto al Frente Popular (por ejemplo, que se liberase de inmediato a los encarcelados tras la revolución de octubre de 1934 y se readmitiese a los trabajadores despedidos por motivos políticos). Por otro, que un amplio sector de los vencidos en las urnas no iba a permitir que cundiera lo que ellos calificaban de anarquía; no iban a dejarse arrebatar sus privilegios de clase sin dar antes la batalla. 

Con esa difícill coyuntura tuvo que lidiar el nuevo presidente del gobierno, Manuel Azaña, el único, por otra parte, que parecía capaz de mantener unidas a las dispares fuerzas políticas englobadas en el Frente Popular.

En un clima enardecido por el discurso contrarevolucionario del diputado monárquico José Calvo Sotelo y de revolución social de Largo Caballero, dirigente del ala más radical del PSOE, Azaña trató de apaciguar a la izquierda y la derecha con un mensaje conciliador y moderado, pero los ánimos estaban muy caldeados y además existían fuerzas muy interesadas en enardecerlos más todavía.
 
José Calvo Sotelo

El proletariado, no contento con algunas importantes medidas tomadas por el presidente Azaña (como la amnistía para los procesados por la revolución del 34), aumentó sus demandas y a lo largo de la primavera del 36 se desató una oleada de protestas, huelgas y ocupación de tierras en distintas regiones de España.
 

Pero si las protestas y altercados protagonizados por obreros y campesinos contribuyeron a crear un clima de extrema agitación social en los meses previos al estallido de la Guerra Civil, más lo hizo, si cabe, el sangriento enfrentamiento callejero entre miembros de la Falange Española, por un lado, y militantes de sindicatos y partidos obreros, por otro.
 

Azaña, el «gran generador de consensos», acosado por el sector más incendiario de la izquierda revolucionaria y la fracción más inmovilista y belicosa de la derecha, fue incapaz de conservar la paz social y el país se sumió en una espiral de violencia insostenible.

La situación empeoró notablemente cuando, a mediados de abril, Manuel Azaña dejó la presidencia del gobierno para ser proclamado presidente de la República (en sustitución de Niceto Alcalá-Zamora).  Después de que el ala más radical del PSOE, encabezada por Largo Caballero, impidiera que Indalecio Prieto, representante de la sección más moderada,  sustituyese a Azaña en el cargo, Santiago Casares Quiroga ocupó la presidencia del gobierno.
 

Mientras tanto los disturbios, los actos de violencia callejera y las represalias de unos y otros se multiplicaron y un sector de la derecha, para caldear aún más el ambiente, puso el grito en el cielo contra el desorden público, llegando a insinuar en el Parlamento la necesidad de que el ejercito actuara. Paralelamente a todo esto, una fracción del ejército, en connivencia con las fuerzas tradicionalistas, con banqueros y grandes empresarios, preparaba el alzamiento contra la República. Varias voces alertaron a Casares Quiroga de lo que se estaba cocinando en contra de su gobierno, pero el presidente hizo caso omiso, tachando a esas voces de alarmistas y minusvalorando los inquietantes informes que le llegaban a su despacho un día tras otro.
 

El golpe de Estado militar se sigue gestando, pero hay una circunstancia que acaba por hacer que los altos mandos indecisos, entre ellos el general Franco, terminen por sumarse a quienes hacía meses el minuto siguiente a conocerse el resultado de las elecciones de febrero decidieron que había llegado el momento de tomar cartas (castrenses) en el asunto.

El detonante del golpe de Estado militar –el detonante o excusa; no la causa– fue el secuestro y asesinato en la madrugada del 13 de julio de Calvo Sotelo, por un grupo de guardias de asalto en respuesta al asesinato de José del Castillo, teniente de la Guardia de Asalto e instructor de milicias socialistas, por cuatro pistoleros de extrema derecha el día previo.
 
José del Castillo

La exaltación desatada con la muerte del dirigente monárquico fue la chispa que prendió una hoguera cuyos troncos no habían dejado de apilarse desde que el mismo 18 de febrero el general Franco se reuniese con los generales Fanjul, Goded y Rodríguez Barrio para discutir la posibilidad de dar un golpe de estado.
 

Una facción del ejército, la formada por aquellos que no estaban dispuestos a dejar que la Revolución pusiese España patas arriba, se sublevaba contra un régimen legítimo, sabedora de que para alcanzar el control del Estado debería primero acabar con el sector del ejército que permanecía fiel a la República. Dicho de otro modo, que los primeros a los que habría que liquidar eran los compañeros de armas desafectos a la sedición. «Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo», por expresarlo en palabras del general Mola.
 

El 18 de julio media España se alzaba contra la otra media, comenzando así uno de los periodos más negros de nuestra historia, abriendo una sangrienta y honda brecha entre esas dos Españas irreconciliables.
 

Ochenta años después de aquel 18 de julio (fecha gloriosa del «Alzamiento Nacional» para unos, ignominioso emblema de una insensata felonía para otros), aunque parezca mentira, algunos españoles siguen enredados en discutir en la Red sobre las verdades y mentiras que unos y otros han escrito, en papel o en digital, sobre José del Castillo y José Calvo Sotelo. Como si alguna de esas verdades y mentiras pudiera cambiar el hecho de que ambos, independientemente de cuál fuese su ideología y conducta política, fueron asesinados. Como si aquellos dos asesinatos fueran la causa de la cruenta contienda fraticida que nos apartó durante décadas del progreso y la democracia, en vez de ser el efecto de una querella ideológica que venía de largo. Del miedo patológico a perder una porción de los privilegios de clase. De un clamoroso fracaso de la política.

Camioneta en la que fue asesinado Calvo Sotelo


LA FORJA DE UN REBELDE III - LA LLAMA (fragmento)
Arturo Barea
En diciembre de 1935 Alcalá Zamora disolvió las Cortes y anunció la fecha del 16 de febrero de 1936 para celebrar las nuevas elecciones. Hubo que restablecer los plenos derechos constitucionales de los ciudadanos y comenzó la batalla de propaganda. Las derechas izaron la bandera del anticomunismo y comenzaron a aterrorizar a los futuros electores con visiones horribles de lo que sería el país en caso de una victoria de las izquierdas. Predecían el caos y dieron colorido a sus predicciones multiplicando los incidentes callejeros provocativos. Los partidos de la izquierda formaron un bloque electoral. La lista de candidatos comprendía todos los matices, desde los simples republicanos hasta anarquistas; enfocaron su propaganda sobre las atrocidades que se habían cometido con los prisioneros de izquierda después del levantamiento de Asturias y la petición de una amnistía general.

Al mismo tiempo, sin embargo, las disensiones entre los partidos de izquierda se agravaron. Su prensa dedicaba al menos tanto espacio en atacarse mutuamente como en atacar a las derechas. Cada uno de ellos tenía miedo de un golpe de Estado fascista y voceaba este miedo, proclamando a la vez su tipo particular de revolución como la única solución posible. Largo Caballero aceptó el título de «Lenin de España» y el apoyo de los comunistas. Su grupo dijo a las masas que una victoria de las elecciones no sería la victoria de un Estado democrático-burgués, sino de un Estado revolucionario. Los anarquistas anunciaron también la victoria inminente de un Estado revolucionario, no a imitación de la Rusia soviética, sino basado en los ideales libertarios. Después de los años del bienio negro aquello era como una intoxicación. La válvula de seguridad había saltado y cada simple individuo estaba hundido en discusión y en tomar parte activa en la propaganda de sus ideas
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RIÑA DE GATOS (fragmento)
Eduardo Mendoza
En España las cosas van mal desde hace siglos, pero en los últimos meses esto es la casa de tócame Roque. Los falangistas andan a tiros con los socialistas; los socialistas, con los falangistas, con los anarquistas y, de vez en cuando, entre sí. Y mientras tanto todos hablan de hacer la revolución. Menudo despropósito. Para hacer una revolución, de derechas o de izquierdas, lo primero es tomarse la cosa en serio: unidad y disciplina.   
 

Anthony dio un sorbo a su vaso de cazalla y sintió que se le abrasaba el gaznate. Tosió y dijo:   
 

—Es preferible que no haya revolución, aunque sea por desidia.   
 

—Revolución no habrá —replicó Higinio—, pero habrá golpe de Estado. Y lo darán los militares, eso está cantado. Queda saber el cuándo: esta noche, mañana, de aquí a tres meses; el tiempo lo dirá.



es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública, epidemiología y educación sanitaria, además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Compagina su actividad docente con su pasión por la literatura, la historia (mantiene desde hace años Cita en la Glorieta, blog colaborativo de historia y literatura) y la música, llevando a los escenarios sus propias canciones en solitario o acompañado de una pequeña banda acústica. El 28 de febrero de 2017 ha publicado con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II.