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«De las cosas pequeñas», por Rubén Abella

Os ofrecemos «DE LAS COSAS PEQUEÑAS. Intuiciones sobre la escritura de microrrelatos», por  cortesía de su autor, el escritor y fotógrafo Rubén Abella, y de la Cátedra Miguel Delibes.
 

El texto está incluido en:
 

Historias mínimas. Estudios teóricos y aplicaciones didácticas del microrrelato. Eva Álvarez Ramos y María Martínez Deyros. Valladolid – Nueva York: Cátedra Miguel Delibes, 2016.


Rubén Abella
- Fotografía: Rosa Jiménez -

«DE LAS COSAS PEQUEÑAS. Intuiciones sobre la escritura de microrrelatos»
Rubén Abella
Escribí mi primer microrrelato en 2001. Acababa de volver de La Habana y, mientras revisaba con una lupa las diapositivas que había tomado, me llamó la atención una imagen. Mostraba uno de esos destartalados coches estadounidenses que ya solo se ven en Cuba, un mero cascarón decrépito, sin ruedas ni cristales, abandonado en un patio sombrío. Tras él, dándole la espalda, se alzaba una silla blanca de hierro forjado, sin asiento, carcomida por el óxido. Se me ocurrió que la escena contenía una historia. Después de mucho pensar, imaginé que esa historia podía ser la siguiente (pincha en la imagen para ampliar y «Esc» para volver):


El resultado me pareció interesante. La imagen y el texto se hablaban de tú a tú. Quiero decir que no había subordinación: la fotografía no ilustraba las palabras, y las palabras no explicaban la fotografía. El producto de su unión, pensé, ennoblecía a ambas partes. Animado por el hallazgo, seguí explorando esa veta. Fruto de aquel trabajo fue el proyecto Fábulas del lagarto verde. Consta de más de setenta imágenes y diecinueve historias muy breves, como esta (pincha en la imagen para ampliar y «Esc» para volver):


De ese germen bicéfalo surgiría más tarde mi primer libro de microrrelatos —No habría sido igual sin la lluvia—, una suerte de reconstrucción fabulada de veinte años de viajes. De modo que podría decirse que llegué al microrrelato desde la fotografía, más que desde la literatura, sin una noción clara de los límites del género ni de las convenciones que lo rigen. En ese sentido, No habría sido igual sin la lluvia es probablemente el más intuitivo de mis libros. El más espontáneo. Y quizás el más libre.

Tardé varios años en escribir mi siguiente volumen de microrrelatos: Los ojos de los peces. Para entonces ya era consciente de las reglas del género. Es, por ello, un libro más ponderado. Más denso, también, pues recorren sus páginas múltiples vasos comunicantes. Hay personajes y escenarios que se repiten. Hay tramas que se prolongan a lo largo de varios microrrelatos. Hay incluso una historia titulada “El Viaducto” que se cuenta cinco veces con cinco desenlaces distintos. Se trata, en definitiva, de un proyecto narrativo unitario, construido sobre la premisa de que, como escribió Robert Walser en Los cuadernos de Fritz Kocher, “todos somos en general naturalezas imperfectas”.

Pero, ¿cuáles son esas reglas de las que hablo? ¿Qué rasgos comparten los relatos mínimos?

El primero es la brevedad. Aunque no existe una extensión fija, suele aceptarse como norma general que un microrrelato se debe poder abarcar en un golpe de vista. Algunos, los más largos, llegan a ocupar más de una página, mientras que otros —sobre todo desde que Monterroso publicara su archicitado “El dinosaurio”— se solventan en una línea. Todos los microrrelatos son textos breves, pero no todos los textos breves son microrrelatos. Enfatizo lo obvio porque esa confusión ha convertido para muchos el género en una especie de cajón de sastre de la literatura en el que todo cabe —el chiste, el juego de palabras, la rima ingeniosa, la estampa, la sentencia, el pseudo-haiku— con tal de que sea breve. Por eso, quizá sea mejor hablar de concisión —más que de brevedad— como rasgo definitorio.

Es bien conocida y, en mi opinión, muy acertada, la idea de Julio Cortázar de que la novela es al cine lo que el cuento —y, por supuesto, el microrrelato— es a la fotografía:

[…] una película es en principio un “orden abierto”, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brassaï definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara.

Algo parecido nos dice el crítico de arte y novelista John Berger en su ya clásico ensayo Otra manera de contar, escrito en colaboración con el fotógrafo Jean Mohr. La excepcionalidad de una fotografía —sostiene Berger— radica en buena medida en su capacidad para “desbordar” el suceso fotografiado, sugiriendo información sobre su pasado y su futuro, y para, mediante una compleja red de estímulos y asociaciones, hacer surgir en el espectador ideas, sensaciones o el recuerdo de experiencias personales. Es decir, la fotografía excepcional es aquella que, a partir de un hecho concreto y unívoco —el instante detenido y enmarcado en el visor de la cámara—, más se presta a la interpretación. Del mismo modo, en un buen microrrelato lo que se cuenta es tan importante como lo que no se cuenta. Las palabras deben rebasar los límites de la anécdota narrada y desbordarse hacia su pasado y su futuro, hacia lo subjetivo, hacia lo no dicho. Eso es lo que ocurre en esta conocida fotografía de Henri Cartier-Bresson, que muestra el momento en que una víctima de los nazis reconoce a una informante de la Gestapo en un campo de desplazados de Dessau, poco tiempo después de que acabase la Segunda Guerra Mundial:
 

© Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos

Por su propia naturaleza sucinta, el microrrelato ha de prescindir del desarrollo profundo de los personajes, de la digresión, de la acumulación de detalles, de la descripción y de otros elementos propios de la novela y del cine para convertirse en un fogonazo fotográfico, un único y certero golpe de luz que, mediante la elipsis y con la máxima economía de medios, ilumine algún aspecto de ese misterio que llamamos vivir. 

Conviene subrayar en este punto el carácter netamente narrativo del microrrelato. Basta con repasar sus múltiples denominaciones para ver que, pese a su heterogeneidad, todas incluyen términos que denotan narratividad, tales como cuento (microcuento, minicuento), relato (relato hiperbreve, microrrelato, relato mínimo) o ficción (ficción súbita, nanoficción). Como afirma José María Merino en su ensayo De relatos mínimos, en el microrrelato “puede haber cierta tendencia a la abstracción, al estilo apologal, al surrealismo, pero tal vez no fuese ocioso exigir que no se abandone la tensión narrativa ni el esfuerzo de síntesis dramática”. Por tanto los juegos líricos, los poemas en prosa, las estampas, los chistes, las ocurrencias ingeniosas, las sentencias, etc., no pueden considerarse, a mi entender, microrrelatos, puesto que no se atienen a las normas generales que rigen la creación de ficciones. El microrrelato, como su propio nombre indica, ha de relatar algo, debe tener el movimiento interno que distingue a la narrativa.

El microrrelato es enemigo de lo superfluo y aliado de la densidad. Esto, curiosamente, lo acerca a la poesía, que es el arte de la decantación, de lo esencial, en el que nada sobra y nada falta, y lo aleja de la novela, en la cual la densidad es, salvo excepciones, inversamente proporcional a la extensión. Imaginemos una novela de más de cuatrocientas páginas en la que cada párrafo tuviera la densidad de un buen microrrelato: su lectura —y, por supuesto, su escritura— resultarían extenuantes. El microrrelato, como el poema, debe concentrar toda su fuerza, todos sus recursos, todo su poder de conmoción en el menor espacio posible. El microrrelato es, en este sentido, un metal pesado.

Para concluir, he de reconocer que, aunque soy consciente de las reglas del juego, mi forma de componer microrrelatos sigue siendo fundamentalmente intuitiva. Cuando me siento a escribir, se desvanecen las normas y las teorías y, en su lugar, suelen venirme a la memoria las mañanas de Reyes de mi infancia. Me veo con mi hermana y mis dos hermanos despertando a mis padres a las siete de la mañana. Mi padre protesta. Remolonea. Bosteza. Amenaza con seguir durmiendo. Por fin sale de la cama y, como el flautista del cuento, nos guía en pijama por el pasillo hasta la puerta cerrada del salón, donde esperan los regalos. Abre un poco la puerta y, antes de que podamos ver nada, la cierra de nuevo. Ahora somos nosotros los que protestamos. Él abre otra vez, sonriendo. Nos apelotonamos en el hueco y vislumbramos con ansia fragmentos del tesoro: el pico de una caja grande envuelta en un papel de colores, un bulto esférico, algo que, desde donde estamos, podría parecer el ala de un sombrero de cowboy. Mi padre vuelve a cerrar. Abre. Cierra. Abre. Cierra. Nos mantiene en un estado de expectación máxima que se prolonga durante varios minutos eternos. Y eso es, me parece a mí, escribir microrrelatos. Abrir con muy pocas palabras resquicios que hagan vibrar al lector y le permitan completar en su mente el puzle de nuestras historias. Porque la puerta del microrrelato —al contrario, por fortuna, que la del salón de mi infancia— nunca se abre del todo.

Bibliografía

Abella, Rubén. Los ojos de los peces. Palencia: Menoscuarto, 2010. No habría sido igual sin la lluvia. Pamplona: NH Hoteles, 2008.
 

Berger, John y Jean Mohr. Otra manera de contar. Murcia: Mestizo, 1997.
 

Cortázar, Julio. “Algunos aspectos del cuento”. En Antología del cuento moderno. César Cecchi y María Luisa Pérez (Ed.). Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2002.
 

Merino, José María. Ficción continua. Barcelona: Seix Barral, 2004.
 

Walser, Robert. Los cuadernos de Fritz Kocher. Madrid: Pre-Textos, 1998.

Reseña de «Los Caín», de Enrique Llamas

Reseña de «Los Caín», de Enrique Llamas, 
por Yolanda Rocha Moreno
En muchas ocasiones he comentado con amigos y autores que el mundo rural me fascina sobre todo cuando se trata de novela negra porque creo, sinceramente, que en pocos lugares como en los pueblos pueden entenderse los odios que se pierden atrás en el tiempo. Odios que pueden acabar desembocando en sucesos terribles, en crímenes que nos dejan sin aliento por su brutalidad, como hemos podido vivir en nuestro país en muchas ocasiones. Solo hay que recordar los oscuros, y aún no resueltos, asesinatos de Los Galindos o la matanza de Puerto Hurraco, por poner dos ejemplos conocidos. No solo eso: uno de mis escritores favoritos de siempre es Miguel Delibes, que supo reflejar como nadie ese microcosmos que puede ser un pueblo, en el que difícilmente se olvidan las cosas que han pasado e, incluso, se anticipan las que están por llegar. El camino y Los santos inocentes son dos de mis lecturas de cabecera, a las que vuelvo de cuando en cuando. Tan diferentes y tan parecidas. Tan brutalmente sinceras. Un poco de Delibes hay en Los Caín, tanto en la ambientación como en el dibujo de los personajes y en algunas descripciones. Pero Enrique Llamas, además, ha sabido crear una novela negra diferente, inquietante, misteriosa, que hunde sus raíces en el pasado de un pueblo que parece incapaz de escapar de sí mismo.

FLORES EN LA TUMBA DE LA NIÑA ESTHER

"Dicen que Dios hizo el mundo en seis días y el séptimo descansó. Por eso, a veces, las cosas más horribles ocurren en domingo. Mientras Dios duerme."
De la película El séptimo día,
dirigida por Carlos Saura.

Héctor Cruz, un joven e inexperto maestro madrieño, es destinado como profesor a la escuela de Somino, un pueblo perdido en la meseta castellana del que jamás ha oído hablar. La oportunidad de hacerse cargo de una clase durante un curso completo es el mejor aliciente, a pesar de la lejanía. Son los últimos años del franquismo y, aunque en Madrid las cosas empiezan a modernizarse, en Somino todo sigue como siempre, anclado. Cuando llega a Somino todo le es extraño y Héctor se siente por completo fuera de lugar. Los ciervos, que abundan en los alrededores, empiezan a morir y a aparecer en la puerta de algunos vecinos sin que nadie tenga una explicación ni haya visto nada. Y el joven profesor no comprende a los habitantes, ni por qué viven con rencores de los que nadie ya recuerda el motivo. El pueblo está dividido en dos, tanto física como emocionalmente: son quienes son y sienten lo que sienten por haber nacido en una parte u otra de Somino y, como marcado en el ADN, crecen con el odio a los de enfrente. Héctor irá desbrozando a duras penas parte de la historia del lugar y descubrirá dos muertes que siguen sin explicación: el extraño accidente de una adolescente que trataba de huir de su casa y la de una niña ahogada veinte años atrás, a cuya tumba, misteriosamente, llevan flores vecinos de las dos partes del pueblo. La llegada del invierno y la nieve encierra todavía más a los vecinos y a Héctor, que no puede conducir a Madrid, y a quien no le queda sino la rutina y una inquietud cada vez más intensa.
Si hay una cosa que me llamó la atención de Los Caín es la sorprendente juventud de su autor, Enrique Llamas, que ha escrito una novela madura, oscura, que contiene un retrato absolutamente real del mundo rural de aquellos años. Ha sido capaz de crear una ambientación única y absorbente, que te traslada a las calles de Somino y que te hace querer saber más, indagar en los motivos que aquellas gentes tienen para hacer lo que hacen y ser como son. Eran tiempos (y eso se mantiene en la actualidad) en que en los pueblos no había las distracciones que podían encontrarse en las ciudades, de ahí que observar al vecino fuese el mejor entretenimiento.

Las gentes se rebautizan de acuerdo con la familia en la que ha nacido. El único teléfono de la localidad está en casa de “las chicas de teléfonos”, que siguen siendo las chicas aunque casi estén ya en edad de jubilación. Hay un general temor mezclado con odio hacia la Guardia Civil, a los que miran con recelo y como si fuesen invasores. La muerte de los ciervos está dejando sin su medio de vida a quienes conseguían dinero vendiendo su carne y eso enrarece más la atmósfera que rodea al pueblo.

 
Enrique ha escrito una novela fantástica, en la que es muy fácil caer dentro. Una novela que trata, sobre todo, de la maldad humana y de cómo hay personas que disfrutan siendo malas. De cómo en el mundo rural hay enfrentamientos que pueden durar años y generaciones, ese "germen de Guerra Civil" que definió Arturo Pérez Reverte en una ocasión. O que hay cosas que suceden, incluso las más terribles, porque en el pueblo no hay nada más en lo que pensar. La prosa es magnífica, con descripciones tan intensas que puedes sentir el frío de la nieve caída, el temor de Héctor ante todo lo que no entiende, la soledad de las calles apenas iluminadas, las ventanas que esconden, tras sus cortinas, miradas que buscan y juzgan. Y la ambientación, como decía antes, impresionante. Nada sobra. Es sencillo hacer propios los miedos y las preguntas de Héctor. Incluso las carreteras se confabulan para convertir a Somino en un mundo aparte: es largo y complicado llegar y casi imposible abandonarlo, incluso para quienes ya se han ido.

Los Caín me ha supuesto un brillante descubrimiento, una novela que se sale por completo de los cánones de la novela negra pero que lo es por derecho propio. Muchas de sus páginas te provocan un escalofrío muy real en la espalda. Ha sido una de mis lecturas más impactantes de los últimos tiempos y os la recomiendo encarecidamente. Somino os está esperando y, con este inicio, querréis llegar cuanto antes:
"Nadie supo nunca que aquella noche la tumba de Arcadio Cuervo quedó mal cerrada. Y nadie, ni siquiera sus hijas, supo que siempre habría de estarlo porque en la tarde del entierro ya anochecía, y la cerraron deprisa y a ciegas. No sirvió de nada que al día siguiente, cuando la mañana apenas clareaba, la persona encargada intentase sellarla con la tranquilidad de quien sabe que, entre los vivos, los muertos solo dejan herencias."



   
Puedes acceder al programa de la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.

es una madrileña enamorada de su ciudad, que vio su primera luz en Chamberí y pasó buena parte de su infancia junto al Rastro y la Plaza Mayor. Lectora precoz, desde siempre ha sentido predilección por la novela policiaca y de misterio. Aunque ha hecho alguna pequeña incursión en la escritura, leer se ha convertido en su principal pasión. Después de colaborar en otros medios, actualmente administra el blog  "Que el sueño me alcance leyendo".

 

Reseña de «Partes de guerra», por José María Velasco

A lo largo de los siguientes meses publicaremos una serie de reseñas de novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española escritas por José María Velasco. Puedes acceder a la relación de libros seleccionados pinchando AQUÍ. Inauguramos esta sección con Partes de guerra, una antología de relatos realizada por Ignacio Martínez de Pisón y publicada en 2009 por RBA Libros.

PARTES DE GUERRA
José María Velasco
Quiero comenzar esta relación de «Novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española» con Partes de guerra, una antología realizada por Ignacio Martínez de Pisón –solo un escritor con tanto talento puede tener tan buen ojo para la recopilación. A lo largo de treinta y cinco relatos breves de diversos autores de todas las ideologías consigue algo que no podrá alcanzar ninguna novela: una visión cronológica, caleidoscópica y plural de un conflicto que tiene tantos puntos de vista como historias. De entre todos ellos destaco los dos primeros: La lengua de las mariposas de Manuel Rivas o Julio del 36 de Ramiro Pinilla, que describen, de forma maravillosa, la pérdida de la inocencia ante la barbarie que estaba por venir y que los textos de Ana María Matute, Miguel Delibes, Juan Eduardo Zúniga, Max Aub o Arturo Barea entre otros se van a encargar de desarrollar.
Algo extraño estaba sucediendo. Todo el mundo parecía tener prisa, pero no se movía. Los que miraban hacia delante, se daban la vuelta. Los que miraban para la derecha, giraban hacia la izquierda. Cordeiro, el recogedor de basuras y hojas secas, estaba sentado en un banco, cerca del palco de la música. Yo nunca había visto a Cordeiro sentado en un banco. Miró hacia arriba con la mano en la visera. Cuando Cordeiro miraba así y callaban los pájaros, era que se avecinaba una tormenta.

Oí el estruendo de una moto solitaria. Era una guardia con una bandera sujeta en el asiento de atrás. Pasó delante del Ayuntamiento y miró para los hombres que conversaban inquietos en el porche. Gritó: “¡Arriba España!”. Y arrancó de nuevo la moto dejando atrás una estela de explosiones.
Las madres empezaron a llamar a sus hijos. En casa, parecía que la abuela se hubiese muerto otra vez. Mi padre amontonaba colillas en el cenicero y mi madre lloraba y hacía cosas sin sentido, como abrir el grifo del agua y lavar los platos limpios y guardar los sucios.

La lengua de las mariposas de Manuel Rivas.

Para los Altube la guerra comenzó a las cinco de la tarde, cuando Marcos entró en la cocina diciendo que se lanzaba al monte con la escopeta y que le envolvieran un bocadillo.

–Estamos en veda –le advirtió Asier.

Por el silencio que le ciñó supo que la familia estaba pensando en otra cosa. Al abuelo se le quedó en el aire el chorizo de la merienda. La abuela y la madre paralizaron sus quehaceres. 
 Julio del 36 de Ramiro Pinilla

A medida que publiquemos una reseña, habilitaremos el enlace para que desde la página de la sección puedas acceder directamente a ella.

Si quieres recibir un correo cada vez que publiquemos una de estas reseñas, rellena el formulario de CONTACTO e indica en el mensaje "La Guerra Civil en la Literatura".

José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

Reseña de «El último barco a América», de Paco López Mengual

Os ofrecemos la reseña de «El último barco a América», novela de Paco López Mengual, por cortesía de LA LIBRERÍA DE JAVIER, donde fue publicada originalmente el 17 de febrero de 2011.


TRABAJO, TALENTO Y MAGIA
Francisco Javier Rodríguez Álvarez
Los cuerpos de nuestros progenitores llevaban en la tierra más de cinco años. Cuando murieron, vivíamos en una miserable casucha, de una sola pieza, a las afueras de Barreiro. Madre murió primero; en el momento de comenzar las fiebres y los vómitos, estaba bastante gorda por un nuevo embarazo. No aguantó una semana. “¡No te vayas! ¡No te vayas!”, recuerdo igual que si fuera ayer cómo la zarandeaba padre al verla tan pálida. A los tres días murió él. (…) Ninguno de los dos había cumplido aún los treinta años. … nos acogió un pastor nómada, Rodrigo Ojopirri, que nos enseñó el oficio de sobrevivir. (Pag. 40)
A Paco López Mengual lo descubrí un buen día al ojear «El mapa de un crimen», editado por MAEVA. Esta joya de la literatura española contemporánea me recordó a los autores que yo tanto admiraba: Juan Rulfo, García Márquez, Miguel Delibes y Camilo José Cela. Y lo curioso es que, bebiendo de la sabia escritura de todos ellos, el autor supo crear una obra nueva. Logró desestructurar sus prosas y, en un alarde de malabarismo literario, obsequiarnos con un nuevo texto en el que se respira toda la esencia de sus maestros pero sin un ápice de copia visible. Yo lo llamo trabajo, talento y magia. El libro acabó en las bibliotecas de todos mis clientes y amigos y como texto recomendado en la Universidad de Alcalá. Al poco, el autor, como felicitación de no me acuerdo qué, me envió un pequeño libro de tres relatos editado en la colección Biblioteca del Tranvía, que edita autores murcianos para paladear sus prosas. Y ese pequeño libro contenía tres relatos por los que cualquier escritor que se precie daría su brazo derecho: «La mansión de los mutantes», un relato escalofriante de unos seres a la deriva escapando de un destino incierto, y que da título a la recopilación, «La poza negra», magia pura en la prosa y en la concepción creativa en un pequeño pueblo español y «El cazador de sirenas», poesía y belleza suprema en cinco escasas páginas. Una obra en la que no sobra ni falta una palabra y que puede resumir muy bien la valía de Paco López Mengual. Y esperando, esperando, a ver reeditado ese primer libro inencontrable de él me llega de la editorial una obra que aún tiene la tinta fresca, «El último barco a América».

Ni que decir tiene que me enfrasqué en el texto al poco de llegar, Eso sí, midiendo mi ansia y anhelo para que la degustación me lleve su tiempo, ya que la obra consta de sólo 222 páginas. Y, como en cualquiera de las pocas obras destiladas por el “murciano de los encajes”, desde la primera parrafada ya te deja prendado (y prendido) con su narrativa.

La noche de los disparos presentaba el típico cielo de un agosto moribundo, con sucesión de nubes amenazantes y claros estrellados. (Pag. 9)
La novela en cuestión es el relato onírico de un par de chavales huérfanos a temprana edad y adoptados por un pastor con ganas de vivir la vida. Ojopirri, que así se llama el lugareño, huye a América y les deja con la sola compañía de Fetén, un perrillo muy cariñoso. Pero el tranquilo sueño de nuestro protagonista, Marcial, de ahorrar para seguir a su amigo y protector, se trunca al darse cuenta de que los espíritus de once republicanos asesinados le merodean en una tumba clandestina cercana en la que han sido enterrados. Un buen día el chico, sin su hermano, encuentra el anillo de boda de uno de ellos y, al ir a devolverlo a su viuda, se queda prendado de sus encantos. Pero sus anhelos de huir a América siguen intactos, lo que ocurre es que ahora tendrá que convencer a la viuda de que vaya con él.

El último barco a América es un bello y bucólico relato que nos recuerda la magia de ese «Bosque animado» de Wenceslao Fernández Flores a la que se añaden los colores de los bellos cuentos alemanes de la Selva Negra en los que seres extraños conceden deseos y la serena y medida prosa de los últimos clásicos españoles. Y si a ello añadimos un pequeño toque Berlanga, no sólo en el perfecto desarrollo de la obra, sino en sus detalles, inesperados encuentros y ese soberbio desenlace, tenemos una ligera idea de lo que va esta historia. Me viene a la memoria una frase de Javier Lostalé en la que se quejaba del poco poder de fabulación de ciertos escritores españoles retratando episodios históricos en las novelas. Nos contaba en ese encuentro que la realidad ha de ir enmascarada en historias que involucren al lector como protagonista de dichos relatos. Nos añadía que es la forma más efectiva de meternos en la piel del personaje, sufrir en propias carnes y tener una idea bastante clara de los acontecimientos que narra. Y ese es precisamente el artilugio de Paco López Mengual, dejar la pretendida objetividad de unos hechos pasados y dotar de alma al hilo conductor de la obra. Pero hay algo que me ha recordado esta nueva obra de López Mengual, el carácter redentor y de la opción del olvido para poder ser felices. Tengo entre mis máximas y patrones de conducta el apreciar mucho más la capacidad de olvido que la de la memoria. Creo que es de mayor altura humana saber olvidar que recordar. Lo cual es muy diferente a la contrariedad o desidia de olvidarnos de algo por dejadez o abandono. Y esta obra me ha recordado esa joya del Nobel de Literatura 2002, Imre Kertész, y que se llama «Sin destino». Una obra que nos refleja el horror de los campos de exterminio y la capacidad de superación de un pobre chico para pasar página sin olvido ni rencor. Y mucho de ese genial escritor húngaro hay en la obra de Paco.

Así, oía muertos que deambulaban por las noches clamando justicia, temía encontrarme a los Lajara, que seguían dando tiros por el monte, descubría anillos de compromiso y me enamoraba ciegamente de una sublime mujer. Además, ante mis ojos, emergían árboles mágicos, cuevas misteriosas y el augurio de que un ogro extendería el terror por la comarca. Habían transcurrido algunos meses del año 1938 y supongo que sería por la edad iniciática en la que me encontraba o por los extraordinarios sucesos que me ocurrieron entonces por lo que ahora, después de tanto tiempo, recuerdo los tres años que duró la Guerra Civil como los más felices y trepidantes de mi vida. (Pag.60)
En pocas palabras: es un crimen no leer esta estupenda novela.

Poco más puedo añadir ante el precioso texto que nos ofrece Paco López Mengual, del que podría estar hablando largo y tendido. Si acaso estas líneas no han servido para inclinarles a la compra de su último libro habré errado en mis propósitos
.

Escritores de un lugar de La Mancha llamado La Solana, por Mariola Díaz-Cano Arévalo

La siguiente entrada apareció originariamente en Actualidad Literaria el 14 de noviembre de 2017; la publicamos en Cita en la Glorieta con el permiso de su autora, la novelista Mariola Díaz-Cano Arévalo, quien recientememte ha publicado Marie, su primera novela.


Escritores de un lugar de La Mancha llamado La Solana
Mariola Díaz-Cano Arévalo
La Solana es un pueblo de la provincia de Ciudad Real, en La Mancha más manchega, y mi patria chica. Enclavada en el Campo de Montiel, tenemos por vecinas a las ilustres villas de Villanueva de los Infantes, Valdepeñas o Tomelloso. También estamos a un tiro de piedra del precioso parque natural de las Lagunas de Ruidera. O sea, que no nos falta el buen vino, el mejor queso, paisajes de contrastes y arte en mil pequeños rincones de más pueblos. Y tampoco la denominación de origen más literaria porque estamos en la tierra de Don Quijote.

Así que en La Solana tenemos a unos cuantos nombres de letras de gran trayectoria y prestigio. Cultivamos nuestros campos y también la poesía, la literatura juvenil e infantil, el teatro y la novela histórica y negra. Yo acabo de entrar en este selecto grupo y, como estoy muy contenta, desde aquí quiero hacer un pequeño homenaje y abrir la ventana de mi pueblo al mundo literario. Posiblemente me deje alguno y me disculpo por ello, pero espero poder seguir escribiendo artículos sobre futuros escritores solaneros.

Santiago Romero de Ávila
Poeta, su prestigiosa carrera ya de muchos años lo han convertido hace tiempo en uno de los máximos referentes literarios solaneros. Pero su fama abarca toda España. Ganador de innumerables premios, va ya por su quinto libro titulado Aquel temblor de gozo y de inocencia. Es una recopilación de su producción poética desarrollada durante más de cuarenta años. Incluye trabajos premiados junto a algunos ya publicados en libros anteriores. Pero la mayoría son inéditos. Un logro más a esa interminable lista y reconocimiento.

Luis Díaz-Cacho Campillo
Miembro cofundador del grupo literario Pan de Trigo de La Solana desde su creación en el año 1989, es el actual regidor de la localidad. Pero los avatares políticos y responsabilidades de su cargo le dejan tiempo para una trayectoria literaria muy reconocida. Es también miembro de la Asociación de Escritores de Castilla La Mancha. Tiene publicados muchos libros tanto en solitario como con más poetas y autores solaneros como Nemesio De Lara Guerrero y Luis Romero de Ávila. Algunos de sus títulos son En mi nube de algodón (1994), En busca de tu nombre (1998), Cartas de amor para ti (2001), Reflexiones del instante (2004), Cartas de amor desde Toledo (2009) o Poemas para vivir cada día (2010). Su último libro publicado es Cartas de amor para Mavi (1992–2017).

Luis Romero de Ávila
Escribe desde siempre, además de destacar por su afición por la interpretación y la música. También es miembro cofundador de Quintería y Pan de Trigo. Ha ganado más de cuarenta premios literarios y tiene publicados los poemarios: Regalo de Luz (1994), Imágenes de Vida (2004), … y También los molinos sueñan junto con su amigo Luis Díaz-Cacho Campillo (2008), entre otros.

Miguel García de Mora
Afamado escritor, periodista y poeta  solanero de adopción, Miguel García de Mora Gallego también fue una figura muy relevante de la cultura solanera. Este año sus hijos Gloria y Luis Miguel publicaban Cuentos y relatos de amor y de siempre, un compendio  de los muchísimos artículos publicados por su padre durante 72 años de su vida en La Solana.

Carmen Hergueta
Esta joven escritora es toda una veterana ya en la literatura. Con mucha ilusión y ganas ha publicado ya dos partes de una trilogía que ha conquistado a los lectores del género fantástico, y también un libro de relatos. Y tiene muchos proyectos pendientes. La trilogía se titula La magia de dos mundos y, a falta de concluirla, en 2015 se publicó su primera parte, Los ojos de cristal, y el año pasado fue el segundo, Sueño oscuro. Y Paseando a través de… está compuesto por una novela corta, un relato largo y varios relatos cortos sobre muchos temas que interesan a la autora.

Antonio García-Catalán
Otro autor solanero que ha presentado libro recientemente. Es también integrante de Pan de Trigo, y su escritura se ha centrado siempre en la producción teatral de cualquier tipo: de actores, de títeres, de objetos, monólogos, cuentacuentos o radioteatro. Ha publicado una comedia, Cinco horas con Amancio, con evidente guiño a la obra de Delibes y que el autor la define como «una desadaptación del texto original».

Francisco Hergueta
Francisco Hergueta, tapicero de toda la vida y ávido lector y aficionado al género fantástico, decidió ponerse a escribir sus propias historias y ahora es exponente de la mejor novela histórica, fantástica y de aventuras. Esa afición y gustos le ha llevado a crear a uno de esos personajes que suelen enganchar a los amantes del género, el pirata Ernesto Sacromonte. Sus aventuras en el siglo XVI se desarrollan en dos libros titulados Te juro lealtad y Te juro Venganza, con el subtítulo de La leyenda de Ernesto Sacromonte.

Tomi Peinado
Esta madrileña de nacimiento pero solanera de toda la vida es filóloga inglesa y ganó su primer premio nacional de narrativa con tan sólo diecisiete años. Y recientemente ha presentado un pionero cuento infantil, bilingüe, ilustrado por Isabel Carmona y con la tecnología de realidad aumentada titulado El Encuentro (The encounter). Está dirigido a niños de entre 7 a 12 años y ofrece la posibilidad de escuchar el texto en los dos idiomas alternativamente.
 

Aurelio Maroto 
El periodista Aurelio Maroto es uno de los más conocidos nombres del panorama cultural solanero y también es hijo, nieto y sobrino de auténticos herreros de hoces, una de las marcas de identidad de La Solana. La fabricación de hoces fue durante más de dos siglos nuestro mayor y mejor sustento y también nos convirtió en el mayor productor nacional de esta herramienta. Así que quién mejor que Aurelio para contar su historia como homenaje a su sangre y a la de todos los herreros solaneros en La Solana y las hoces. Esta obra se publicó en 2014 y fue un trabajo de dos años que se estructuró en 16 capítulos y más de 230 páginas. La escasa bibliografía encontrada sobre el tema se compensó con numerosas entrevistas a herreros y fabricantes ya retirados.

Mariola Díaz-Cano Arévalo
Oui, c'est moi y acabo de llegar a este club de autores solaneros. Debuto en el mundo literario con la primera novela que me publican, Marie. Pero son otras cuantas las que están pendientes. Correctora ortotipográfica y de estilo además de traductora y con conocimiento de edición, escribo como tantos otros desde la infancia. El golpe de suerte que ha supuesto Marie también es la ilusión de quien, a pesar de tantos años escribiendo, parece que acaba de empezar.

Otros nombres
Porque hay muchos más como el cronista oficial de La Solana, historiador y periodista Paulino Sánchez, toda una institución local que se ha jubilado este año. También están el joven escritor Julián Simón, que presentó hace poco El monte mediterráneo, un alegato sobre la riqueza natural que nos rodea. O la reconocida poetisa Isabel del Rey, con su último libro titulado Versos de escuela. Y en teatro destaca también la actriz, directora y autora Mari Carmen Rodríguez-Rabadán, cuya última otra es Habitación 204, Cirugía.

Autores de ascendencia solanera
Gabriel Romero de Ávila
Nacido en Madrid pero de vieja familia solanera, pasó toda su infancia en tierras manchegas. Escribió allí sus primeros relatos y desde entonces ha publicado dos novelas: Nilidiam (2014) y La reina demonio del río Isis (2016), ambientadas en el norte de África. Tiene a quién parecerse, pues ya su padre formaba parte de La Gaceta, igual que su primo. Colaborador habitual en numerosas revistas literarias, actualmente participa de forma regular en la sección cultural del diario Vigo é. También ha servido como revisor y consultor para diversas obras de novela histórica. Su especialidad son las aventuras a vida o muerte en lugares exóticos.

Javier Alonso García-Pozuelo
Licenciado en Medicina, diplomado en Cooperación Internacional y profesor de Salud Pública, es autor de numerosos relatos y artículos de divulgación, algunos de los cuales se pueden leer en Cita en la Glorieta, el blog colaborativo que administra. En febrero de 2017 ha publicado, con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II. Nació en Madrid en 1972, pero no se olvida de los orígenes solaneros de su familia materna en su literatura: a su abuela Alfonsa, solanera, le dedica su primera novela, y en la Nota de Autor de la misma habla de su tío abuelo Tomás, también solanero, y de una experiencia en La Solana a raíz de la cual comenzó su afición por la Historia.

Mariola Díaz-Cano Arévalo es filóloga inglesa y trabaja como correctora de textos y traductora. Escribe desde la infancia y tiene varias influencias literarias, sobre todo de géneros como los de aventuras, histórico y romántico, pero siente especial preferencia por la novela negra. Ha publicado su primer libro, Marie, con Ediciones Atlantis, una historia con mezcla de todos esos géneros.

Entre sus escritores favoritos destacan Robert L. Stevenson, Walter Scott, Alejandro Dumas, Jane Austen, Charlotte Brontë, Edgard A. Poe o Patrick O'Brian, y más contemporáneos, Arturo Pérez-Reverte, Víctor del Árbol, Santiago Posteguillo, James Ellroy y Jo Nesbø, entre otros muchos más.

También colabora como redactora en el blog Actualidad Literatura, además de publicar artículos sobre temas variados (música, libros, cine, actualidad) en su blog personal, MDCA - Qué hay de lo mío. Y casi toda su obra escrita puede encontrarse en su web Mariola Díaz-Cano Arévalo — novelas y relatos. En ella se pueden leer muchos relatos cortos y sobre sus próximas novelas pendientes de publicar.