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Mariola Díaz-Cano Arévalo

MARIOLA DÍAZ-CANO ARÉVALO EN LA SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA
 
➤«Chicago», relato.
«Motín en Green River», reseña de «El fin último de la creación», de Tim Willocks.

«L. A. Confidential»
Harry Hole. La imperfección perfecta.
 
Puedes acceder al programa de la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.
 
Mariola Díaz-Cano Arévalo
es filóloga inglesa, escritora, correctora ortotipográfica y de estilo y traductora. Desde 2016 es también es redactora en el blog Actualidad Literatura. Su primera novela publicada fue «Marie». Lo siguiente fue una trilogía histórica, «Los lobos y la estrella». Y acaba de sacar «En abril». Todas autopublicadas. Ha corregido también novelas de otros autores independientes. Entre sus escritores favoritos destacan Jane Austen, las hermanas Brontë, Edgar Allan Poe o Charles Dickens. Y contemporáneos como Arturo Pérez-Reverte, Francisco Narla, Domingo Villar, James Ellroy, Tim Willocks, Don Winslow y Jo Nesbø, entre otros muchos.
 

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Reseña de «El fin último de la creación», de Tim Willocks

«EL FIN ÚLTIMO DE LA CREACIÓN», DE TIM WILLOCKS (1994)
Mariola Díaz-Cano Arévalo
SINOPSIS

Green River es el nombre de una prisión tejana que más bien es el infierno en la Tierra. Dirigida por el alcaide John Hobbes, un maníaco de manual, en ella se hacinan presos de toda condición como asesinos, violadores o traficantes de droga, que hacen sus propias guerras de territorios y entre razas.

«Y a ti qué cojones te importa» es el lema de Ray Klein, médico cirujano, acusado por su exnovia de una violación que no cometió. En el día en que comienza la novela va a conseguir por fin la libertad condicional. Pero se le va a hacer muy largo y será el peor de su vida cuando se desencadena un motín y la locura se apodera de todos.

Porque por más que intente seguir ese lema, no tendrá más remedio que implicarse y jugársela si quiere sobrevivir y, sobre todo, que los que le importan lo hagan también. Entre ellos, Earl (Sapo) Coley, su colega en la enfermería donde se ocupan de enfermos de sida especialmente; Juliette Devlin, psiquiatra externa y enamorada de Klein, que trabaja con ellos y ese día está de visita; Claude/Claudine Toussant, un trans perdido en una crisis de identidad y causa principal del motín; y Henry Abbott, un esquizofrénico asesino que resulta ser el más poderoso —y también fascinante— aliado de Klein.

Atrapados en la enfermería, Coley y Devlin tendrán que hacer frente a un grupo de presos, encabezados por un cruel y despiadado psicópata, mientras Klein y Abbott tendrán que conseguir llegar hasta ellos metiéndose por cada rincón, pasillo y cloaca no solo de los muros de Green River, sino también por los más oscuros de sus mentes y espíritus. 
"En Green River, el alma era un inconveniente peligroso, una cámara de tortura personal que solo visitarían los masoquistas o los imbéciles."
Tim Willocks. El fin último de la creación.

RESEÑA

Esta novela me la recomendó una gran amiga que jamás se ha equivocado. Compartíamos una fase emocional muy desatada —no importa el motivo— y, después de leerla, me llamó para que me hiciera con ella YA. Me duró unos días. Y con los años la he releído un par de veces. Con absoluta reverencia por el poder tanto de la historia como de su cruda prosa.

Pero empecemos por Tim Willocks, inglés del 57, que es psiquiatra y escritor, y está especializado en el tratamiento de pacientes con problemas de drogadicción. Así que, en sus libros son habituales las referencias a la medicina y las artes marciales, ya que es cinturón negro primer dan de karate shotokan. También es guionista.

Ha escrito seis novelas de las que he leído cuatro. Aquí solo le han publicado dos, aunque también llegó la primera, Ciudad de hiel. Pero las más famosas son esta y La orden, una monumental novela histórica, redonda de principio a fin, con uno de esos protagonistas (Mattias Tannhauser) que se quedan ya por siempre en tu memoria y corazón literarios. Solo diré que él y Ray Klein están en lo más arriba de los diez personajes de mi vida. Su continuación es Los doce niños de París, también extraordinaria, pero no ha llegado, una pena y un toque de atención más para las editoriales patrias, siempre con retrasos o desidia con muchos títulos internacionales.

Pero sin duda Green River Rising o El fin último de la creación (título en español tomado de una cita de Kant con la que comienza) es la más conocida y especial. Transcurre en un solo día y se estructura en dos partes: la primera para mostrarnos el contexto y presentarnos a los personajes y sus distintas situaciones antes de que empiece el motín; y la segunda en la que se desata toda la espiral de violencia y caos. Después hay un epílogo donde, con bastante más ironía y humor, se nos cuenta qué ocurre con los personajes que logran escapar —o sobrevivir— al infierno.

Hay que dejar claro que no es apta para espíritus delicados ni pudorosos, que la suelen tachar de obscena y soez por su lenguaje muy gráfico, explícito y violento que, sin embargo, también destila una profundidad y belleza casi poéticas. Hay frases, pasajes y, sobre todo, imágenes cargadas de sensibilidad y un vasto conocimiento de alguien dedicado a adentrarse y explorar las mentes más intrincadas, retorcidas y alteradas por la enfermedad o por la misma naturaleza humana.

Así que, primer acierto: el rechazo ante el lenguaje descarnado tiene la misma fuerza que la admiración que también puede provocar. En mi caso particular, supuso toda una inspiración al escribir mi novela Marie y usarlo sin complejos tampoco y como catarsis, porque ese es otro más de los fines que propone Willocks.

El más importante es crear y valerse de una realidad alternativa —la de una cárcel— como metáfora perfecta de esa mente constreñida tanto por el mal causado como por el recibido. En ella despliega una galería de personajes que son simplemente los muchos ejemplos de cómo pueden funcionar sus distintas conexiones: la identidad sexual y sus conflictos, el uso del sexo en sí como pago, humillación, supervivencia o regalo, la violencia innata o adquirida, la locura transitoria o producto de la enfermedad, el poder inmenso tanto del amor como del odio. Y esos personajes consiguen ser tan de cliché como absolutamente únicos.

Ese es el segundo acierto y quizás el más fundamental que le saco a todo lo que he leído de Willocks: su trazo perfecto de estereotipos e historias tan puras como cinematográficas y, a la vez, con sus aristas imperfectas. La capacidad de empatizar con ellos, ya sea el héroe enamorado, valiente y dispuesto a todo como Ray Klein, o el perturbado más mortífero y, a la vez, más fiel, leal y agradecido como Henry Abbott, el enorme preso que mató a toda su familia a martillazos y que termina siendo un ángel vengador. Los dos forman la pareja ideal en otra metáfora de la balanza completamente equilibrada entre el bien y el mal. Por eso ambos imponen el mismo respeto a todos, a los hombres más honestos y débiles y a las más abyectas alimañas. Klein por la ecuanimidad y la diplomacia, y Abbott simplemente por el paralizante terror que provoca. Y sin embargo…
—Klein… —le dijo Abbott. Era la primera vez que no le llamaba «doctor»—. Nadie me ha querido más que tú. —Klein quiso apartar la vista, pero aquellos ojos ardientes le obligaron a seguir mirándole—. Nadie ha tenido un amigo mejor. Viniste a mi lado cuando estaba destrozado, y te quedaste conmigo. Me has curado.
Tim Willocks. El fin último de la creación.
Con ellos, todo un rosario de tipos en sus versiones más inhumanas como Hector Grauerholz, o más profundamente humanas como Earl Coley, porque dan rienda suelta tanto a su locura e instintos más primarios y salvajes, auspiciados por ese restrictivo universo, como también a la generosidad más desprendida y el sacrificio más entregado. Están encerrados físicamente, porque lo merecen, porque son lo peor. Pero solo eso. También están encerrados los que los custodian y castigan, contagiados por ese aire viciado y podrido de enfermedad, maldad y desequilibrio mental. Los funcionarios como el capitán Bill Cletus o el guardia Víctor Galíndez, la cruz y la cara de la misma moneda. O Juliette Devlin, único personaje femenino, valiente y desinhibida, que también se deja llevar y que por una casualidad y también un poderoso deseo, se ha quedado atrapada en la prisión cuando se desata el motín.

En definitiva, Willocks simplemente te incita primero a pensarlo y luego te muestra qué podrías hacer en el contexto de un infierno lleno de fieras humanas. Y todos sabemos que esas son las peores. Así que, para hacerse una mínima idea, lo mejor es aventurarse y leerlo
.

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Mariola Díaz-Cano Arévalo
es Arévalo es filóloga inglesa, escritora, correctora ortotipográfica y de estilo y traductora. Desde 2016 es también es redactora en el blog Actualidad Literatura. Su primera novela publicada fue «Marie». Lo siguiente fue una trilogía histórica, «Los lobos y la estrella». Y acaba de sacar «En abril». Todas autopublicadas. Ha corregido también novelas de otros autores independientes. Entre sus escritores favoritos destacan Jane Austen, las hermanas Brontë, Edgar Allan Poe o Charles Dickens. Y contemporáneos como Arturo Pérez-Reverte, Francisco Narla, Domingo Villar, James Ellroy, Tim Willocks, Don Winslow y Jo Nesbø, entre otros muchos.
 

MARIOLA DÍAZ-CANO ARÉVALO EN LA SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA
 
 

Reseña de «Los Caín», de Enrique Llamas

Reseña de «Los Caín», de Enrique Llamas, 
por Yolanda Rocha Moreno
En muchas ocasiones he comentado con amigos y autores que el mundo rural me fascina sobre todo cuando se trata de novela negra porque creo, sinceramente, que en pocos lugares como en los pueblos pueden entenderse los odios que se pierden atrás en el tiempo. Odios que pueden acabar desembocando en sucesos terribles, en crímenes que nos dejan sin aliento por su brutalidad, como hemos podido vivir en nuestro país en muchas ocasiones. Solo hay que recordar los oscuros, y aún no resueltos, asesinatos de Los Galindos o la matanza de Puerto Hurraco, por poner dos ejemplos conocidos. No solo eso: uno de mis escritores favoritos de siempre es Miguel Delibes, que supo reflejar como nadie ese microcosmos que puede ser un pueblo, en el que difícilmente se olvidan las cosas que han pasado e, incluso, se anticipan las que están por llegar. El camino y Los santos inocentes son dos de mis lecturas de cabecera, a las que vuelvo de cuando en cuando. Tan diferentes y tan parecidas. Tan brutalmente sinceras. Un poco de Delibes hay en Los Caín, tanto en la ambientación como en el dibujo de los personajes y en algunas descripciones. Pero Enrique Llamas, además, ha sabido crear una novela negra diferente, inquietante, misteriosa, que hunde sus raíces en el pasado de un pueblo que parece incapaz de escapar de sí mismo.

FLORES EN LA TUMBA DE LA NIÑA ESTHER

"Dicen que Dios hizo el mundo en seis días y el séptimo descansó. Por eso, a veces, las cosas más horribles ocurren en domingo. Mientras Dios duerme."
De la película El séptimo día,
dirigida por Carlos Saura.

Héctor Cruz, un joven e inexperto maestro madrieño, es destinado como profesor a la escuela de Somino, un pueblo perdido en la meseta castellana del que jamás ha oído hablar. La oportunidad de hacerse cargo de una clase durante un curso completo es el mejor aliciente, a pesar de la lejanía. Son los últimos años del franquismo y, aunque en Madrid las cosas empiezan a modernizarse, en Somino todo sigue como siempre, anclado. Cuando llega a Somino todo le es extraño y Héctor se siente por completo fuera de lugar. Los ciervos, que abundan en los alrededores, empiezan a morir y a aparecer en la puerta de algunos vecinos sin que nadie tenga una explicación ni haya visto nada. Y el joven profesor no comprende a los habitantes, ni por qué viven con rencores de los que nadie ya recuerda el motivo. El pueblo está dividido en dos, tanto física como emocionalmente: son quienes son y sienten lo que sienten por haber nacido en una parte u otra de Somino y, como marcado en el ADN, crecen con el odio a los de enfrente. Héctor irá desbrozando a duras penas parte de la historia del lugar y descubrirá dos muertes que siguen sin explicación: el extraño accidente de una adolescente que trataba de huir de su casa y la de una niña ahogada veinte años atrás, a cuya tumba, misteriosamente, llevan flores vecinos de las dos partes del pueblo. La llegada del invierno y la nieve encierra todavía más a los vecinos y a Héctor, que no puede conducir a Madrid, y a quien no le queda sino la rutina y una inquietud cada vez más intensa.
Si hay una cosa que me llamó la atención de Los Caín es la sorprendente juventud de su autor, Enrique Llamas, que ha escrito una novela madura, oscura, que contiene un retrato absolutamente real del mundo rural de aquellos años. Ha sido capaz de crear una ambientación única y absorbente, que te traslada a las calles de Somino y que te hace querer saber más, indagar en los motivos que aquellas gentes tienen para hacer lo que hacen y ser como son. Eran tiempos (y eso se mantiene en la actualidad) en que en los pueblos no había las distracciones que podían encontrarse en las ciudades, de ahí que observar al vecino fuese el mejor entretenimiento.

Las gentes se rebautizan de acuerdo con la familia en la que ha nacido. El único teléfono de la localidad está en casa de “las chicas de teléfonos”, que siguen siendo las chicas aunque casi estén ya en edad de jubilación. Hay un general temor mezclado con odio hacia la Guardia Civil, a los que miran con recelo y como si fuesen invasores. La muerte de los ciervos está dejando sin su medio de vida a quienes conseguían dinero vendiendo su carne y eso enrarece más la atmósfera que rodea al pueblo.

 
Enrique ha escrito una novela fantástica, en la que es muy fácil caer dentro. Una novela que trata, sobre todo, de la maldad humana y de cómo hay personas que disfrutan siendo malas. De cómo en el mundo rural hay enfrentamientos que pueden durar años y generaciones, ese "germen de Guerra Civil" que definió Arturo Pérez Reverte en una ocasión. O que hay cosas que suceden, incluso las más terribles, porque en el pueblo no hay nada más en lo que pensar. La prosa es magnífica, con descripciones tan intensas que puedes sentir el frío de la nieve caída, el temor de Héctor ante todo lo que no entiende, la soledad de las calles apenas iluminadas, las ventanas que esconden, tras sus cortinas, miradas que buscan y juzgan. Y la ambientación, como decía antes, impresionante. Nada sobra. Es sencillo hacer propios los miedos y las preguntas de Héctor. Incluso las carreteras se confabulan para convertir a Somino en un mundo aparte: es largo y complicado llegar y casi imposible abandonarlo, incluso para quienes ya se han ido.

Los Caín me ha supuesto un brillante descubrimiento, una novela que se sale por completo de los cánones de la novela negra pero que lo es por derecho propio. Muchas de sus páginas te provocan un escalofrío muy real en la espalda. Ha sido una de mis lecturas más impactantes de los últimos tiempos y os la recomiendo encarecidamente. Somino os está esperando y, con este inicio, querréis llegar cuanto antes:
"Nadie supo nunca que aquella noche la tumba de Arcadio Cuervo quedó mal cerrada. Y nadie, ni siquiera sus hijas, supo que siempre habría de estarlo porque en la tarde del entierro ya anochecía, y la cerraron deprisa y a ciegas. No sirvió de nada que al día siguiente, cuando la mañana apenas clareaba, la persona encargada intentase sellarla con la tranquilidad de quien sabe que, entre los vivos, los muertos solo dejan herencias."



   
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es una madrileña enamorada de su ciudad, que vio su primera luz en Chamberí y pasó buena parte de su infancia junto al Rastro y la Plaza Mayor. Lectora precoz, desde siempre ha sentido predilección por la novela policiaca y de misterio. Aunque ha hecho alguna pequeña incursión en la escritura, leer se ha convertido en su principal pasión. Después de colaborar en otros medios, actualmente administra el blog  "Que el sueño me alcance leyendo".