Mostrando las entradas para la consulta Tusquets ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Tusquets ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas

Reseña de «El cuaderno de la ausencia», de Pío Caro-Baroja y entrevista con el autor por Manu López Marañón

RESEÑA DE «EL CUADERNO DE LA AUSENCIA», PÍO CARO-BAROJA. Ediciones Cátedra (2020)
por Manu López Marañón
Para el psiquiatra y ensayista suizo Carl Jung el inconsciente colectivo hace referencia a estructuras no conscientes de la mente compartidas entre los miembros de una misma especie. Según Jung, lo inconsciente colectivo humano está poblado por símbolos universales como pueden ser la madre, el agua o el árbol de la vida. Tales arquetipos tienen una profunda influencia en las existencias de los individuos que los viven, dotándolos de significado a través de sus experiencias. En ese magma donde se agita la memoria de la tribu, obviamente, existe un padre. El Padre.

Pío Caro-Baroja Jaureguialzo (Madrid, 1969) en «El cuaderno de la ausencia» demuestra haber tenido no uno sino tres de estos Padres mayúsculos. El biológico fue Pío Caro Baroja (1928-2015), que es quien más páginas del libro ocupa y a cuya memoria va dedicado. Pero en un mismo nivel de paternidad, espiritual si se quiere, tuvo este hijo como principales mentores a su tío Julio Caro Baroja (1914-1995), el antropólogo, etnólogo e historiador de fama mundial, y, en un peldaño más arriba del árbol genealógico, al que para muchos sigue siendo el mejor novelista jamás habido, Pío Baroja (1872-1956).

Si bien el autor de este libro, el soltero cincuentón Pío Caro-Baroja (actual albacea, junto a su hermana Carmen, de los libros de la familia y copropietario de Itzea) no llegó a tratar en vida a su tío abuelo –el último en hacerlo en la intimidad del hogar fue su padre–, el magisterio del autor de «El árbol de la ciencia» y «Las inquietudes de Shanti Andia» prende siempre, como un potente radiador dispensando calor, no solo en su sobrino nieto, también sobre los demás habitantes –vivos y muertos– de la casona familiar de Itzea, construida por Serafín Baroja (que falleció en 1912, poco antes de la inauguración) en la navarra localidad de Vera de Bidasoa.

De Julio Caro Baroja dice su sobrino: «Fue un verdadero intelectual. Un intelectual con mayúsculas». Y confiesa luego que en más de un sentido su sombra sigue acompañándole, cómo, en el fondo, no ha dejado de estar a su lado. De la misma manera que tampoco dejó de estar junto a los suyos don Pío cuando les dejó. «Es que a los Baroja siempre nos gustó vivir juntos. Siempre hemos sido un clan», remarca Pío Caro-Baroja.



Pío Baroja y Julio Caro Baroja

Con un despojamiento completo de la ficción «El cuaderno de la ausencia» participa, casi a partes iguales, del diario íntimo, del libro de viajes y del cuaderno de bitácora. La relación entre padre e hijo, aun detallada y ocupando muchas páginas (el final del libro con Pío Caro-Baroja asistiendo a su padre en la de antemano perdida batalla contra la agonía está contado con minuciosidad), queda a veces ensombrecida al preferir explayarse su autor con las apasionantes vidas del clan familiar. Eso sí, su viajero y aventurero padre es orgullosamente descrito como un carácter netamente barojiano:

«El más ácrata, el más rebelde, el aventurero. Fuiste la voz y el espíritu de los héroes más románticos de tu tío, un personaje con vida propia más allá de los libros y de las estampas de guerrilleros en las paredes de Itzea».
Este retrato va completándose con sus aficiones, unas aficiones –como la de documentalista– en las que pronto deja el amateurismo para ser profesional. Así, «El País Vasco de Pío Baroja», documental de veinticuatro minutos de duración, es definido por el hijo del cineasta como 
«un concentrado de barojianismo y vasquismo muy tuyo, un viaje desde lo literario hasta el fondo de tu alma, donde están tus textos preferidos del tío Pío, tus paisajes y rincones, el mar de los vascos, el Baztan e Itzea, sobre todo Itzea; y la esencia musical con el acordeón de Pepito Yanzi llorando zorcicos melancólicos y la voz limpísima de un joven Mikel Laboa». 
También fue un buen escritor Pío Caro Baroja. De su pluma salen «Memoria de Itzea», «La barca de Caronte», y «El gachupín», sobre sus periplos mejicanos.
«Me preguntan por Itzea. Lo hacen como si se tratase de un ser vivo, como lo solemos hacer nosotros, ¿Qué tal está Itzea?, como si en lugar de ser cuatro muros de piedra se tratase de la abuela o de la jefa de la familia.»


Itzea
La casa familiar de los Baroja en Vera

El entrevisto propósito de Pío Caro-Baroja a la hora de reafirmar, no sin dificultades, su espacio en el mundo –más aún tras la desaparición del progenitor («Cuando me muera lo vas a pasar mal mucho tiempo», le predijo)– no persigue despachar, además, una liberación catártica al modo de esas obsesivas dependencias que algunos ilustraron, por ejemplo, en incisivas cartas como las que remitieron a su padre y a su madre unos dolidos, y algo exhibicionistas, Franz Kafka y Esther Tusquets. Muy al contrario, ni un solo ajuste de cuentas, ni una simple regañina, encontraremos en este libro que transmite una admiración sin fisuras hacia el padre, a quien Pío Caro-Baroja escribe desde la vida con impecable amor filial.

«El cuaderno de la ausencia» no esquiva amargas vivencias familiares (las penurias de posguerra en Itzea, los obligados exilios de Pío y Ricardo Baroja, las terribles condiciones sufridas por las mujeres de la casa como Carmen Nessi o Carmen Baroja), algo que su autor muestra sin inhibiciones ni empleo de tapujos, pero sí evitando con rigor esa efectista ostentación tan del gusto de algunas publicaciones y televisiones actuales.
Pío Caro-Baroja ha buscado distanciarse del peligroso patetismo confesional, rechazar la gresca entre padres y/o hermanos, lo cual supone un verdadero alivio para quienes todavía no hallamos deleite en entretenernos con semejantes circos. El autor ha dejado a un lado el artificio, acertadamente pienso, para que mane directo y con emocionante vigor el discurso de un alma, la suya, sin duda compleja –tanto o más que la del padre–, pero ya enterada de que dar con una sincera paz es su principal objetivo.

La necesidad de revisar el pasado desde la memoria y recuperar sus lagunas y silencios, alumbrar zonas oscuras, restañar ocultaciones, especular y trazar diversas hipótesis o borrar dudas, la percibimos –y con abundancia– durante aquella estancia en el Méjico de los 50 del viajero padre (todavía en 2012, tres años antes de morir, fue a Buenos Aires), una estancia la mejicana bien extraña y difusa que
Pío Caro-Baroja no es capaz de descifrar, confusión agrandada por los impenetrables silencios de su madre, Josefina Jaureguialzo (nacida en 1932 y aún viva). En intermitentes y trabajadas conversaciones con el padre, éste fue refiriéndole anécdotas, pero nunca acabó por desvelar el motivo íntimo y real de una partida que el hijo acaba definiendo como «desesperada, triste, inconsciente y precipitada».


Pío Caro Baroja
Pío Caro Baroja

Pero ni siquiera a cuenta de este emborronado asunto tenemos un amago de enfrentamiento con la personalidad del padre. El narrador opta entonces por recorrer para sus lectores episodios de su niñez, de auscultar hasta el pormenor viejas fotografías y retratos familiares (de esas que se guardan en cajas de galletas), de abrirnos el armario de Pío Caro Baroja para que lo imaginemos con su ropa recién puesta, calzando sus sempiternas alpargatas de cáñamo y en su elegante forma de calarse la boina («como el capitán Chimista»), o incluso hacer un censo de sus películas, tanto de las que él realizó como de las de los demás (le gustaban «Rebecca» o «Milagro en Milán») para acabar levantando acta de los innumerables objetos-fetiche de su padre (sombreros; gorras; pipas; la radio Zenith; la colección de dvds donde sobresalen Verdi, Beethoven y Mozart; la poesía completa de Verlaine; «Las memorias de un hombre de acción» en la editorial familiar Caro Raggio; sus propios libros y, al lado, la apabullante obra de su hermano, Julio Caro Baroja).

Con estas variopintas enumeraciones parece que Pío Caro-Baroja embellece su propósito de acortar la lejanía con el padre fallecido –una lejanía que, por desgracia, cada día se estira un poco más–. Otro deseo suyo, de no menor intensidad pese a su carácter literario, es querer anular la distancia entre el tiempo presente (la escritura) y el tiempo de los hechos narrados (el pasado) para poder colocar así, en este cuaderno abarrotado de ausencias, el acento justo que todo fiel recuerdo reclama.

«Y ahora, bajo la sombra del viejo magnolio de la huerta de Itzea, te pregunto: ¿cómo se sobrevive a esta torrentada de melancolía?, ¿cómo se logra salir adelante desde el hueco de tu ausencia?».
Analizando los planos de una relación que, aun atravesando momentos de incomunicación, no pierde nunca de vista a una figura paterna idílica (algo que asombrará a no pocos lectores educados –acaso de forma irremediable– en la gresca continua) Pío Caro-Baroja traza la biografía paterna apoyándose en sus lugares de residencia (sobre todo Itzea, pero también el lugar por él elegido para morir: el Carambuco, un cortijo de Churriana, en Málaga. Allí «el cierre de la persiana de la vida cae despacio varios centímetros cada día» sobre ese viejo Quijote derrotado que ya ni se levanta de la cama, con ese gorro de dormir que le da aspecto de pintura de Vermeer).
«Cada día te levantabas más tarde, el largo ritual de vestirse, el esfuerzo de calzar los zapatos, los tobillos cada vez más hinchados, comías cada vez menos, pasabas la mayor parte del tiempo dormitando en el sillón».
No se deja de nombrar en estos itinerarios el madrileño piso de la calle Ruiz de Alarcón, adonde Pío Caro Baroja regresaba a dormir tras las prolongadas tertulias del hotel Wellington con sus viejos amigos, ni menos aún las estancias argentinas y mejicanas (en ellas hizo amistad con personalidades de la talla de León Felipe, Manuel Altolaguirre, Pedro Garfias o el «Indio» Fernández).

El retrato físico y espiritual de su padre es cerrado por Pío Caro-Baroja en su «Cuaderno de la ausencia» de forma sincera, humana, pero sin quererse escorar hacia esa comprensión sentimental y retórica que abunda en otros descartables títulos de este género, en el que tanto cuesta dar con el tono. Pío Caro-Baroja lo ha sabido encontrar con mucho talento y oficio. Esperemos que lo mantenga en próximas entregas de sus memorias.

«Como si el tiempo de los seres humanos no existiera para Itzea y en su interior no hubiera espacio ni para la pérdida, como si la casa nos contuviera a todos nosotros entre piedras y vigas de madera, vacunándonos a perpetuidad contra el olvido y las agresiones del mundo de afuera.»


ENTREVISTA CON PÍO CARO-BAROJA
por Manu López Marañón
Resulta una seña de identidad en su familia cultivar el género de memorias. Empezando con su tío abuelo Pío («Desde la última vuelta del camino»), su tío Julio («Los Baroja»), y su mismo padre («Un abuelo fantástico. Vida y obra de Serafín Baroja» o «Memoria de Itzea»), y siguiendo con las mujeres de la casa, que no resultan ajenas a esta infrecuente inclinación, como hemos descubierto en Carmen Baroja (hermana de Pío y Ricardo, y abuela suya) autora de «Recuerdos de una mujer de la generación del 98» (texto inédito hasta 1998) o, más recientemente aún, en su propia hermana, la artista plástica Carmen Caro-Baroja, que viene de publicar «Diario de una amazona en la Casa de Campo». Tal suma de títulos podría generar el lema «Ningún Baroja desmemoriado». Dígame, don Pío, ¿de qué manera ha intervenido el peso de la tradición a la hora de entregar a la imprenta este cuaderno suyo, tan íntimo y personal?

El peso de la tradición ha tenido hasta ahora un efecto paralizante. Siempre tuve pudor a mostrarme; por timidez y también por tener el listón muy alto. Hacerlo de manera equivocada hubiera sido de enorme quebranto para mi salud mental debido a mi carácter sentimental y nostálgico, y además algunas almas caritativas hubieran entrado a degüello. Me lancé a escribir este libro a modo de gimnasia individual para ir subsistiendo junto a mi padre, de manera virtual, en ese «hueco de la ausencia» del que hablo en el libro. Más tarde me di cuenta que el libro era un cajón en el cual se podían guardar elementos de distinta naturaleza para distintos tipos de lectores, no sólo los barojianos. Es un libro de duelo también, que puede acompañar a la gente en momentos de pérdida, y ayudar a reflexionar y recordar. Me animé a publicarlo cuando reparé en estos últimos aspectos y vi que podía tener un público más amplio. Volviendo a su pregunta, la tradición antes soplaba con el viento en contra, pero ahora lo tenemos de popa.

¿Qué diferencias sustanciales podemos encontrar entre su libro de memorias y las otras obras de este género escritas por sus mayores?

Indudablemente la obra maestra del genero en el ámbito familiar es «Los Baroja», de mi tío Julio. La más «redonda», como dicen los entendidos de la cosa. Lo es por su estructura narrativa y por la conjunción de tres elementos: la memoria personal, la familiar (presente y pasado) y la memoria colectiva de una parte de la sociedad española en determinados momentos de la historia de España. Una minúscula parte de la sociedad, ilustrada y al margen del pimpampum general, pero que también existía y sufría. Mi libro, salvando todas las distancias; es una memoria emocional o sensorial. Es un libro de ruidos, texturas y olores, donde los objetos tienen un peso especial como restos del paso por la vida de las personas. Es un libro más «napolitano» que germánico en ese sentido, es un libro pasional y de sensaciones.
Explicaba Marcel Proust cómo la memoria voluntaria suele carecer de valor como instrumento de evocación, cómo casi siempre proporciona una imagen tan alejada de la realidad similar a la que puedan ofrecer la imaginación o la percepción directa. Sin embargo, para quien mejor ha sabido interpretar el paso del tiempo en una narración, «la memoria involuntaria es explosiva» y genera «la inmediata, deliciosa y total deflagración del recuerdo». ¿Estaría de acuerdo con la diferenciación proustiana de la memoria?

Puede que tenga algo de razón. Cuando hablamos de sentimientos de esta naturaleza los abordajes son tan variados como personas hay en el mundo. Yo tengo mi aproximación, emocional y sensual, como he dicho, y con ella me basta.

¿Qué tipo de memoria ha podido predominar durante la preparación de su libro y, luego, en la tarea de escribirlo?

El libro se escribió en caliente, sin mucha planificación a la hora de enfrentarme a asuntos técnicos, como su estructura etc. Es un libro que necesariamente tendría una extensión limitada antes de que se le agotara la música. No me he fijado en ningún otro modelo. He tratado de hacer una combinación de evocación y de sentimiento. Hay historias, hay recuerdos, pero sobre todo hay mucho «sentimiento» ante la idea de la perdida, ante la idea de seguir viviendo refugiado en un mundo que ya no existe más. Pero insisto, no me he dejado llevar por ningún modelo. Creo que eso se nota.

¿Considera que los adelantos técnicos actuales respecto a los que podía haber a comienzos del siglo XX, que es cuando Proust paría «En busca del tiempo perdido», suponen un avance decisivo en la labor del memorialista?

El mundo de las nuevas tecnologías y de las redes sociales me resulta inquietante. Yo creo que en mi caso particular no me beneficia en nada. Existe una hipertrofia de publicaciones y un nivel muy bajo. Un buen trabajo minoritario puede pasar fácilmente desapercibido sepultado por toneladas de morralla envueltas en papel. La labor de hacerse hueco en las redes sociales, aunque solo sea para no dejarse sepultar por lo mediocre, me resulta agotadora y una pérdida de tiempo. Creo que antes era mejor para el mundo del libro, del libro serio por supuesto, cuando no existían estas distorsiones. Había una editorial seria, con prestigio, que seleccionaba y publicitaba al autor, un lector con conocimientos de literatura, y una librería donde no prevalecía el criterio de la rotación sino el de la calidad, el libro si era bueno tenía su vida. Es muy difícil abrirse camino en estos momentos. Por otra parte, los ataques de las plataformas a la privacidad me resultan intolerables. «su privacidad es lo importante», dicen; mentira: mi privacidad les importa un carajo. Me resisto a creer que para «estar» y «existir» haya que estar metido en ese mundo descontrolado y para el cual, me temo, no estamos preparados. El ser humano no esta preparado para esa inmediatez y esa rapidez en la interactuación. Parece todo locoide.

Sorprende en estos tiempos de destrozo y derribo generalizados que en un libro dedicado a un padre no exista hacia él no solo ataques frontales o descalificaciones; cómo por no haber no haya siquiera una desavenencia o el registro de un reproche por liviano que sea. Leyendo «El cuaderno de la ausencia» queda claro que usted no se ha planteado algo tan freudiano como «matar al padre», cuando lo que hoy resulta frecuente es que el hijo arremeta contra la figura paterna, acusándola de sus inmadureces y frustraciones. En otra familia muy literaria de este país, la de los Panero, los tres hijos disparaban al alimón toda su artillería dialéctica contra el poeta Leopoldo Panero, sirviéndose, en este caso, de sus apariciones en la película «El desencanto» (Jaime Chávarri, 1975), que marcó época en el cine español. Quizá fuera el mayor, Leopoldo María Panero, quien con más acidez y despecho acribillaba a su padre, aunque sus hermanos, Juan Luis y Michi Panero, tampoco se quedaban cortos a la hora de linchar al bardo oficial del régimen franquista. La imprecisa postura de la madre, Felicidad Blanc, oscilando entre un desconocimiento culposo (ese «no querer ver» tan propio de la mujer burguesa de la época) y sus ominosos silencios, no ayudaba a delimitar el punto de encuentro para un reparto de culpas intergeneracional. Y uno termina «El desencanto» con la no muy agradable sensación de haber asistido a un crimen cometido por cuatro individuos a los que si no se puede calificar de asesinos es solo porque su «víctima» está ya muerta. Nada más alejado de mi propósito que establecer paralelismos entre los Baroja y los Panero, dos familias cuya única coincidencia estaría en su pasión por los libros. Pero dígame, ¿considera legítimo usar medios artísticos como la literatura o el cine para diseccionar sin concesiones a un familiar, en el caso de los Panero a su propio padre?

Le agradezco que no establezca paralelismos. Alguien lo hizo y le tuve que contestar que la diferencia es, a todas luces abismal. Me lo tomé casi como un insulto. Serafín, Ricardo, Pío, Carmen, Julio Caro, mi padre, sus obras comparadas con… por favor, déjenme de majaderías. Con respecto a su pregunta más concreta, no entra dentro de mi educación diseccionar a nadie, y menos a un familiar. Lo más agrio que hay en mi libro son las defensas ante unos ataques extraliterarios y desmedidos, y lo hago con toda la corrección posible. Me parece de una cutrez supina y de una falta de sentido absoluta arremeter en público contra los padres o los familiares. Sólo se puede hacer o muy trastornado o con mucho vino, o con las dos cosas. La película de la que me habla para mí no tiene el más mínimo interés. 

¿Qué sensaciones percibe cuando lee (me viene ahora a la mente «Coto vedado», primer volumen de las memorias de Juan Goytisolo) o encuentra documentos en los que los autores se despachan a gusto vertiendo su inquina contra sus seres más cercanos?

Me remito a la respuesta anterior: allá cada cual. Sin ánimo de resultar elitista, repito que no es ni mi educación ni mi estilo.

¿Le ha faltado impudor para referir en su libro aspectos no tan positivos de su padre y toda su familia?

En la vida de todas las personas hay claroscuros. Los oscuros a los que me pueda referir en el libro no son «aspectos turbios», son lugares «oscuros» a mi entender, lugares que se quedan ahí en el limbo, a las espera de respuestas que ya no se producirán jamás. Mi padre fue un ser excepcional y de una bonhomía fuera de toda duda.

Hay tradiciones barojianas que usted parece empeñado en que tengan continuidad. Una sería ese pesimismo existencial a lo Schopenhauer («el último Baroja optimista fue el bisabuelo Serafín») que puede desembocar en dolorosas melancolías cuando no en profundos pozos depresivos, de los cuales, nos cuenta, suele ser salvado in extremis por compañías muy queridas. Existe otra de la que quiero ocuparme; es la pertinaz soltería que acompaña a los varones de la familia Baroja. Sus tíos abuelos Darío, Ricardo y Pío, su tío Julio, y, ahora, también su propia hermana Carmen, optaron por este complicado pero a la larga gratificante estado civil, siempre poco entendido –o secretamente envidiado– por quienes prefirieron el matrimonio. Gracias a su padre, Pío Caro Baroja, que se casa con Josefina Jaureguialzo Zubeldia, el árbol genealógico de la familia se alarga con dos nuevas ramas. Pero soltera su hermana y soltero también usted (están en la quinta década de la edad) estamos ante lo que parece ser otro de esos admirables finales de saga, entre operísticos y zarzueleros, dependiendo del entorno en el que se produzcan. Don Pío, sé qué lo incomodo pero comprenda que no pueda dejar pasar la oportunidad de preguntar: ¿no siente algún tipo de congoja, de inseguridad, ante el futuro de Itzea, una casa edificada por su bisabuelo Serafín y por la que han pasado y vivido cuatro generaciones de barojas?

Itzea es una propiedad privada y su presente y futuro es algo que atañe a sus propietarios; propietarios en un país en el que se reconoce la propiedad privada y que dicho sea de paso, no contemplan con ella un uso distinto al actual. Cualquier insinuación o sugerencia con respecto a Itzea u otro patrimonio privativo mío o de mi familia siempre recibirá la contestación anterior. Yo no me meto en asuntos patrimoniales ajenos.

Usted mismo reconoce asustarse ante un futuro «sin ilusiones, encerrado en Itzea y rodeado de retratos»… Con su posición, sus libros y ahora la escritura, en una edad en la que nada está decidido… ¿No proyecta hacer algo para torear ese solitario porvenir?

Me encuentro en el mejor momento creativo de mi vida. He aprendido mucho con la escritura de «El cuaderno de la ausencia» y ya estoy en el siguiente proyecto literario. Lo escribiré con más facilidad. Por otra parte, he mejorado notoriamente mi habilidad fotográfica y tengo varios proyectos en marcha. Mi fotografía en blanco y negro es un complemento visual fundamental para mi literatura. Además está teniendo gran aceptación; no me lo esperaba. Lo último que expuse fue una serie sobre «el rastro de la ausencia» en los paisajes en la Bienal de Valencia, en el Museo de la Ciudad. Proyectos no me faltan, me falta el tiempo. Espero exponer pronto en el País Vasco. En lo vital he tomado la resolución de instalarme a vivir en Vera de Bidasoa. Aún me siento joven y no hay nada descartado ni en lo profesional ni en lo privado.
 
Al hilo de este asunto, y por lo leído en «El cuaderno de la ausencia», se ve que no espera mucho de las instituciones a la hora de preservar el legado Baroja. Primero vienen, como sustancioso caldo de cultivo, las referencias a esos críticos navarros que, proviniendo de «familias ultraconservadoras de misa y comunión diaria», persisten en achacar a Pío Baroja su españolismo por no coincidir con la idea actual de Nabarralde. Llamarlo reaccionario, contrario al sufragio universal, carlista, germanófilo y hasta hitleriano antisemita suele ser lo habitual en esos ataques orquestados desde una editorial pamplonica. Cómo celebró la Diputación de Guipúzcoa el LX Aniversario de la muerte de su tío abuelo con un deslavado programa protagonizado por actores aficionados y con el reparto de 200.000 bolsas de pan «barojianas» recordando su pasado panadero (ya puestos podrían haber regalado apósitos y jeringas, don Pío fue médico, o, aún mejor, plumas estilográficas) lo encuentra muy desafortunado. En una entrevista que le hicieron repaso unas declaraciones en las que recuerda que tanto Pío Baroja como su tío Julio Caro «amaron profundamente sus raíces vascas y su cultura, pero no desde el localismo, sino con amplitud de miras y respeto también hacia el conjunto de la cultura española. Y este modelo no cuadra con los planteamientos políticos de quienes mandan ahora en San Sebastián». Malos tiempos estos para los vascos txapelaundis. Se comprende que el debate sobre el futuro de Itzea le parezca «una cantinela vieja y conocida que irrumpe recurrentemente cada vez que surge alguna oportunidad política o una nueva muerte en la familia». A no ser que los resultados electorales permitan un importante giro, y tiene toda la pinta de que no será así, la percepción de la familia Baroja en el País Vasco va a seguir estando mediatizada por esa visión tan sesgada y perjudicial para ella. ¿Qué cabe augurar hoy para Itzea?

Insisto. Itzea es un asunto privado. Es un asunto que no atañe a nadie más que sus propietarios. Con respecto a la repercusión o aceptación de la obra de Baroja o de los Baroja en el país, le diré, que a lo largo del tiempo siempre fue mal recibida de manera institucional o colectiva; no así entre los libres de espíritu y los liberales no dogmáticos. La independencia molesta a los políticos; en la política local y en la nacional. Yo me siento profundamente vasco y quiero mucho a mi país que es España; la quiero con serenidad y sin apasionamientos. Creo que es un país de gran variedad y riqueza. No soy un fanático de nada, pero me siento muy afortunado de vivir en España y de disfrutarla. Y amo a mi tierra vasca.

Quiero terminar abordando cuestiones estrictamente literarias. En «El cuaderno de la ausencia» dice que los versos del poeta sevillano Fernando Villalón le resultan más interesantes que los novelotes que encuentra en los escaparates de cualquier Casa del Libro o esos best-sellers de aeropuerto, «con unos personajes ramplones y vulgares que no deben interesar más que a otros seres igualmente ramplones y vulgares». No parece satisfecho ante la novela que actualmente se hace en España, pero ¿qué novelistas nacionales o extranjeros serían más de su agrado?

Vamos a ver. Sería inapropiado por mi parte ejercer de crítico literario. A lo que me refiero en los pasajes a los que usted alude es a la censura existente en la creación literaria actual. Muchas de las obras que circulan son en su mayoría muy ñoñas, a pesar de que algunas tengan un estilo muy soez que se alterna, paradójicamente, con esa prosita remilgona de taller que casi siempre suena igual, libros presuntamente trasgresores que en el fondo no lo son, libros oportunistas que traten las preocupaciones de moda o los discursos más efectistas. Hay mucha novelita «buenista» de comunión con el relato y la música de fondo que se tiene que llevar ahora. No veo mucho espíritu crítico, tampoco valentía. Si yo dijera que no puedo con los novelotes de Almudena Grandes, por poner un ejemplo, la mayoría de los agentes culturales me darían la espalda. Muchos prefieren dedicar su tiempo al intercambio de cromos o a ir de gira y dietas por los Institutos Cervantes. Yo no aspiro a eso. Siempre diré lo que pienso; no lo entiendo de otra manera. Eso sí con corrección. De los extranjeros vivos sigo a Modiano, Auster, Carrere... Leo
también a autores italianos minoritarios. En literatura hispánica sigo más a los clásicos. Estoy leyendo la obra de Baroja con minuciosidad y también estoy repasando a algunos de sus contemporáneos. Me gustan las primeras obras de Aramburu, me gusta Landero, Puertolas, Mendoza… y algunos libros sueltos de los últimos años.

¿Qué género literario podemos encontrar con mayor abundancia en su biblioteca personal?

Mi biblioteca es variada y está ya confundida con la familiar, naturalmente. Mucho libro sobre Nápoles y el sur de Italia, esa sería su originalidad, si es que la tiene.

Fueron célebres los furiosos y ruidosos ataques de ira de su tío Julio Caro cuando aparecían por televisión escritores con la egolatría de Francisco Umbral. Pero la verdad es que, viendo lo que llega a salir hoy por la caja tonta, el bueno de Umbral (quien, cuando quería, era un gran escritor) hasta hubiera arrancado una sonrisa a su enojado tío… ¿Cree que ha tocado ya fondo la televisión en su incultura y grosería, o piensa que todavía pueda ir a más? Aquella época dorada de Televisión Española, en blanco y negro, con largas entrevistas a escritores, excelentes películas y hasta teatro, ¿es ya irrecuperable? 

Hay que aceptar que el progreso ha corregido muchas injusticias sociales; entre ellas ha favorecido el acceso mayoritario a una educación básica; el analfabetismo ha desaparecido (la ignorancia no tanto). No podemos quejarnos; en términos generales, España ha evolucionado. Debemos estar orgullosos por ello. Si no admitimos que la realidad social de este país ha cambiado nos vamos a quedar en una situación grotesca, berlanguiana, y no entenderemos hacia donde van las cosas. Lo que hay que tratar es que la cultura con mayúsculas no sea sepultada por un aluvión de morralla. Una «cultura» sale adelante gracias a los picos de excelencia de algunos de sus individuos; jamás por la medianía.

El cuaderno de la ausencia
Pío Caro-Baroja

nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


Reseña de «EI sombrero de Vermeer», de Timothy Brook

Reseña de «El sombrero de Vermeer», de Timothy Brook, por Pilar Marín Blesa
Timothy Brook (Toronto 1951) es escritor, historiador y sinólogo. Autor de varias obras y profesor de estudios sobre China en la Universidad de la Columbia Británica de Vancouver. Por esta obra ganó el Mark Lynton History Prize en 2009. En España «EI sombrero de Vermeer» se publica en abril de 2019 por Tusquets Editores.
   
Vuelvo a escribir sobre un libro que, si bien me fue recomendado, también me atrajo por su portada y su título. Vermeer ejerce un influjo que me lleva a considerarlo consustancial a mi persona, como si formara parte de mí, y no sólo por las consecuencias que contemplar su pintura me provoca.
   
La obra se estructura en varios capítulos en los que se parte de ocho obras: cinco cuadros de Vermeer, otro de Hendrik van der Burch, uno de Leonaert Bramer y un plato de cerámica de Delft. La excusa son las obras, por más que dicha excusa no necesite justificación alguna.
   
Partiendo de cada uno de los cuadros y de la cerámica, y tomando como referencia alguno de los objetos que figuran en las obras, Brook nos introduce de lleno en el siglo XVII valiéndose en buena parte de la técnica francesa del “trompe l’oeil” o trampantojo, que provoca una intensificación de la realidad plasmada, tal y como lo hacía Vermeer. Y  Brook nos lleva a través de esas obras a temas, lugares, hechos, que no aparecen de forma explícita. El autor quiere que estas obras, a partir de algún motivo reflejado en ellas, humano o material, sean una ventana hacia la historia, concretamente hacia el siglo XVII. El mismo autor lo explica de la siguiente forma: 

“Si consideramos los objetos que aparecen en ellos no como piezas de atrezo visibles a través de las ventanas, sino como puertas que es preciso abrir, nos introduciremos en pasajes que conducen a descubrimientos sobre el mundo del siglo XVII que los mismos cuadros no reconocen, y de los que el propio pintor probablemente no era consciente. Detrás de estas puertas discurren corredores inesperados y caminos ignotos que vinculan nuestro confuso presente —hasta extremos que no podríamos haber imaginado, y de maneras que nos sorprenderán— a un pasado que no era en absoluto sencillo. Si existe un tema recurrente en el complejo pasado de la Delft del siglo XVII, como mostrará cada objeto que examinemos en estos cuadros, es que Delft no era una ciudad aislada. Existía dentro de un mundo que se extendía hacia el exterior, hasta abarcar todo el planeta”.   
De esta forma capítulo a capítulo se van abriendo puertas, partiendo siempre de los cuadros: la creación de la “VOC” o Compañía de las Indias Orientales, primera gran sociedad anónima del mundo en el capitalismo incipiente; la búsqueda a través de los Grandes Lagos en Canadá de una vía directa hacia China y el comercio de la piel de castor que permitía el fieltro de alta calidad para fabricar los mejores sombreros, en una época en que el sombrero era pieza importante para determinar el estatus; el descubrimiento y la importancia, social y económica, que la porcelana china tuvo en este siglo; el desarrollo de la cartografía como herramienta fundamental para las comunicaciones marítimas que aumentaban exponencialmente y que produjeron una auténtico maremágnum de mercancías y personas; el origen, las propiedades, la difusión, el comercio del tabaco y su asunción por parte de europeos y asiáticos; la importancia que la plata tuvo, cobrando vida propia como mercancía global, lo que lleva al autor a enlazar con la intensa relación comercial entre China y Filipinas, especialmente Manila dominada por los españoles, y las rutas transoceánicas como consecuencia de los intereses económicos originados por este metal, de tal forma que “el metal extraído en un continente pagaba los artículos manufacturados en otro para que se consumieran en un tercero”; el amplio mundo de desplazamientos y movimientos humanos, viajes que ocasionaron servidumbre y desarraigo y a veces también arraigos y asentamientos vitalicios en tierras lejanas y diferentes a aquellas en que se nació y creció.

Si el siglo XVI fue un siglo de descubrimientos y los posteriores nos traen el imperialismo, el siglo XVII fue un siglo de conexiones, de encuentros e intercambios, de comunicación y por ello, tal y como señala Brook, de improvisación, de crecimiento constante a través de una serie de redes que se ramifican a su vez y generan el comienzo de la globalización. Desde la óptica cultural el autor cita al historiador cubano Fernando Ortiz que resume de manera excepcional la realidad de entonces, denominándola “transculturación” o proceso por el cual los hábitos y rasgos de una cultura se desplazan a otra hasta el punto de pasar a formar parte de ésta, y a su vez cambian la cultura en la que se han introducido.

La obra incurre en algunos tópicos, siempre perdonables a mi juicio, y en ocasiones adolece de excesivos datos contables. Es indudable, por otra parte, que el autor ha aprovechado sus vastos conocimientos históricos y sociológicos, especialmente sobre la historia y la cultura china. Sin embargo no por ello desmerece, encontrando una vía ciertamente original para hacernos llegar aspectos muy variados de los albores del mundo globalizado. A fin de cuentas ha escogido una de las mejores ventanas desde la que asomarse a ese mundo (si no la mejor): JOHANNES VERMEER.


María Pilar Marín Blesa es licenciada en Derecho por la Universidad de Granada. Trabaja como abogada en Marbella. Además de en La Glorieta, puedes leerla en su blog. Puedes seguirla en TwitterFacebook.

«Crónicas de la República y la Guerra Civil», de Fernando Ortiz Echagüe

RESEÑA DE «CRÓNICAS DE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL», de FERNANDO ORTIZ ECHAGÜE. Ediciones Espuela de Plata (2018), 
por Manu López Marañón

Es necesario resaltar cómo, para que este libro haya visto la luz, hubo alguien muy empeñado en ello. Se trata del responsable de su edición, y éste no es otro que el periodista y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco Luis Sala González (Bilbao, 1968), de quien yo ya había tenido noticia por una extraordinaria biografía del político vasco más importante del siglo XX: «Indalecio Prieto. República y socialismo» (Tecnos, 2017).


Luis Sala González

Para recuperar una parte sustancial de la obra periodística de Fernando Ortiz Echagüe (Logroño, 1892 – París, 1946), que es la que vertebra el texto que hoy reseño, «Crónicas de la República y la Guerra Civil», Luis Sala tuvo que desplazarse hasta Buenos Aires. El viaje vino motivado porque la totalidad de los artículos de este apasionante libro fueron remitidos por su autor,
Ortiz Echagüe, al periódico argentino La Nación en un período de tiempo que abarca desde 1931 hasta 1939. Y porque tras esta única difusión nadie los había rescatado y allí permanecían, inéditos para el resto de la inmensa población hispanohablante. Que su contribución al periodismo moderno haya sido tan desconocida –aún entre sus colegas– resulta más llamativa todavía al comprobarse cómo en sus crónicas Ortiz Echagüe nunca se apartó de eso tan difícil de conseguir en una noticia como es la veracidad de los hechos.

Gracias a las facilidades y atención de Pablo de Rosa –responsable del archivo del diario porteño– ha podido hacerse Luis Sala con un magnífico acervo que pone ahora a nuestra disposición y que le agradecemos.

Lo primero que hay que resaltar de los artículos de
Ortiz Echagüe es su claridad expositiva y un didactismo nunca desmedido ni pedante. Consciente de escribir para un país –Argentina– que, si bien se siente cercano a España, no deja de estar a 12.000 kilómetros de distancia, el periodista riojano se las apaña para transmitir a lectores tan remotos, con apasionante exposición, lo que aquí acontecía durante tan convulsa década. Esto supone, de rebote, que «Crónicas de la República y la Guerra Civil» se vaya convirtiendo en un libro fundamental para quienes desconocen aquellos años decisivos (y pienso, sobre todo, en nuestra juventud) sin que por esto deje de ser inagotable fuente de conocimiento para los expertos.

Como bien explica Marta Campomar en su prólogo:

«Ortiz Echagüe es puntilloso en el uso de las palabras; persigue siempre la objetividad de la información como corresponde al verdadero periodista. Es de admirar en la pluma de Ortiz Echagüe la capacidad de no desdeñar ningún matiz de información en la gama infinita de la vida y de los grandes sucesos, aún los más violentos como fueron las guerras del siglo XX y el conflicto español que amenazaba a la frágil paz europea».
De la biográfica nota que ha redactado Luis Sala para el libro que con tanto esmero y tesón ha preparado, destaco algo que me ha llamado sobremanera la atención. Fernando Ortiz Echagüe murió la noche del 9 de julio de 1946 en París precipitándose al patio del hotel Lancaster desde una ventana de su habitación, en el sexto piso. El ABC inmediatamente culpó a los comunistas (sin aportar ninguna prueba). Descartando el suicidio, Sala afirma cómo «era la dictadura franquista, aislada internacionalmente y condenada en la Conferencia de San Francisco por las Naciones Unidas como aliada de Alemania e Italia, la que tenía en el periodista a un declarado enemigo». Hace pocos días he reseñado un título de nuestra historia más reciente: «A finales de enero» (Javier Padilla, Tusquets 2018); se cuenta en él –entre otros siniestros sucesos– toda la verdad sobre el asesinato, en 1969, del estudiante del FLP Enrique Ruano. Ruano fue defenestrado desde un séptimo piso por la policía y murió contra el suelo del patio de su casa… Y es que defenestrar opositores al régimen era un macabro hábito para los agentes franquistas: el comunista Julián Grimau, el estudiante maoísta Rafael Guijarro o el escritor andaluz Manuel Moreno Barranco engrosan esa amplísima lista de saltos que perfectamente pudo inaugurar, en tan temprana fecha, Ortiz Echagüe.


Fernando Ortiz Echagüe

Centrándome en «Crónicas de la República y la Guerra Civil» diré que leyendo los apasionantes artículos de Ortiz Echagüe he tenido en mente aquel otro libro que Paul Preston publicó en 1998 y que lleva como título «Las tres Españas del 36». El historiador de Liverpool dice en él que «es una conclusión comúnmente aceptada que la guerra civil española fue una lucha entre extremos llevada a cabo por fanáticos de la derecha y de la izquierda, por fascistas contra comunistas, por campesinos hambrientos contra terratenientes». Para poco después aclarar cómo «durante los últimos años se ha reconocido que en realidad existían tres Españas más que dos bandos antagónicos». Preston cita como ejemplo de esa tercera España a personalidades de la talla de José Ortega y Gasset y Salvador de Madariaga (que se negaron a tomar parte en la guerra) o a políticos centristas como el ex presidente de la República Niceto Alcalá Zamora y el líder del Partido Radical, Alejandro Lerroux.

La tercera España, en la que también se incluye a políticos que apoyaron lealmente a uno u otro bando, pero que nunca se encontraron cómodos y sufrieron moralmente, se caracterizó fundamentalmente por la moderación y por su deseo de encontrar como fuera un acuerdo para el cese de la guerra fratricida. Entre estos políticos partidistas incluye Paul Preston a José María Gil Robles, Julián Besteiro (decidido partidario de la capitulación para tratar de obtener algún perdón del bando victorioso), a un Manuel Azaña horrorizado por la guerra y la matanza por ambos lados, a Indalecio Prieto por supuesto, y hasta a un José Antonio Primo de Rivera, quien, ya encarcelado, no se encuadraba precisamente en la categoría convencional del extremismo.

A estos pensadores y políticos debe añadirse una minoría de intelectuales. Así, de esta tercera España, a la desesperada busca de un entendimiento que no fue posible, formarían también parte –según mi modesta opinión– el muy publicado escritor y periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, y otro periodista, hasta ahora desconocido, pero igualmente reivindicable: nuestro Fernando Ortiz Echagüe.

Dividido «Crónicas de la República y la Guerra Civil» en los nueve años reportados (1931-1939), el grueso de los artículos viene conformado, obviamente, por temas políticos y bélicos. Estallada la guerra civil en 1936, resulta significativo como el periodista logroñés va desplazando su interés reporteril de tanta sangrienta e inane batalla hacia los intentos de mediación por conseguir la paz. En efecto, llega un momento en el que Ortiz Echagüe parece dar por perdidos a los españoles y dejarlos a su suerte para que se maten entre ellos mientras él vuelve sus ojos hacia las decisiones de grandes potencias internacionales. Son muchísimas las crónicas de este libro que tratan de explicar y aclarar las posturas, –muchas veces incompatibles–, de los cinco países que pudieron hacer cesar las hostilidades: Francia, Reino Unido, Alemania, Italia y la URSS.

Pero no todo es politiqueo y guerra: en la primera mitad de «Crónicas de la República y la Guerra Civil» Ortiz Echagüe todavía entretiene a sus lectores argentinos con impagables semblanzas de gente tan variopinta y ya famosa como Charles Chaplin, Ernest Hemingway o Vicente Blasco Ibáñez. O deja constancia de su afición taurina en documentadísimos reportajes que harán las delicias de los amantes del arte de Cúchares pero que, sinceramente, no sé yo cómo serían recibidos por los lectores de La Nación…

Para terminar, señalo cuatro crónicas que ejemplifican este temperamento moderado –y siempre partidario del acuerdo, nacional e internacional– que fue el de Fernando Ortiz Echagüe.

1. Con motivo del triunfo de las derechas en 1933, en su artículo del 24 de noviembre,
Ortiz Echagüe teme a un partido socialista regido por Francisco Largo Caballero. Aunque el moderado Julián Besteiro está al frente de la UGT, la influencia del radicalizado Largo Caballero es mayor y ello es visto con preocupación. Tampoco gusta al periodista el frente antimarxista que han conformado los ganadores de las elecciones porque con ello las derechas pierden la posibilidad de pactar con la facción moderada del socialismo.

2. En su artículo del 22 de febrero de 1936 Ortiz Echagüe informa del triunfo del Frente Popular. Que Azaña, nuevo jefe de gobierno, prometa gobernar no para las izquierdas ni para las derechas, sino para los españoles lo tranquiliza. El mantenimiento del orden público y que el movimiento republicano siga encauzado en el parlamento son otros motivos para su satisfacción.

3. Ya estallada la guerra civil, en su crónica del 4 de agosto de 1936,
Ortiz Echagüe habla por vez primera de la posibilidad de un compromiso alcanzado por mediación humanitaria de las potencias extranjeras. Un compromiso en el que no haya vencedores ni vencidos y que detenga los estragos y salve la vida de miles de presos políticos que tienen la terrible certeza de su muerte.

4. Para su crónica del 11 de octubre de 1937 Fernando Ortiz de Echagüe da ya por seguro el triunfo franquista: el tiempo trabaja a favor del «generalísimo» y la mediación es necesaria para abreviar la mortalidad y la destrucción que asuelan a España. Además Europa, harta ya de tanta muerte inútil, tiene prisas por apagar el fuego español antes de que se propague por el continente. La capitulación negociada de Santander es un buen ejemplo para el periodista riojano que, quizá sin saberlo, se alía en la línea que propugnaba el socialista Besteiro.


Entrevista a Luis Sala González, por
Manu López Marañón


1. En los artículos de «Crónicas de la República y la Guerra Civil» centrados en la guerra (1936-1939), he echado a faltar textos, e incluso referencias, a batallas importantes como fueron las de Guadalajara, Belchite y –sobre todo– la del Ebro, que supuso el último y titánico esfuerzo de la República por cambiar el rumbo de una guerra que veía perdida. En mi reseña especulo con la posibilidad de que Fernando Ortiz Echagüe abandonara pronto ese reporterismo bélico en el que no veía arreglo para los males de España para poder informar mejor a sus lectores sobre la política internacional, en la que centraba todas sus esperanzas para un final civilizado de la contienda. Así, las decisiones que pudieran tomarse sobre España (en un arco que abarcaría desde la creación, en 1936, del Comité de No Intervención ideado por Francia, hasta el anuncio de Juan Negrín en la Asamblea General de la Sociedad de Naciones, en octubre de 1938, de la retirada sin condiciones de los extranjeros que luchaban en el bando republicano –con la esperanza de que los sublevados hicieran lo mismo–), son este tipo de decisiones, digo, de las que Ortiz Echagüe eligió reportar.

Luis, la ausencia de crónicas «de trinchera» en favor de las de política internacional, ¿se debe a una decisión personal de Ortiz de Echagüe, que optó por no hacerlas, o, más bien, se debería a que has preferido no seleccionarlas para este libro o –incluso– a que pudieran haberse extraviado?

La respuesta es tan sencilla como pertinente la pregunta. La inmensa mayoría de los artículos de Ortiz Echagüe que he seleccionado para este libro se publicó con su firma en la portada –los argentinos le dicen «tapa»– de La Nación. Fernando tenía, digamos, su sección fija en la que escribía de aquello que le parecía más relevante en cada momento. No hay que olvidar que él no era un corresponsal más del diario en Europa, sino su representante general, una especie de redactor jefe de todos los corresponsales, con capacidad para editar las informaciones internacionales y contratar firmas de prestigio. Por ejemplo, en cuanto Pío Baroja cruzó la frontera temiendo por su vida, Fernando se lo encuentra en Hendaya y le ofrece escribir para La Nación. Y lo mismo, con Gregorio Marañón o Alcalá-Zamora. El periódico tenía otros reporteros en los frentes de combate: Constantino del Esla pasó prácticamente toda la guerra en el Madrid republicano y otros periodistas, como Jacinto Miquelarena o Javier Yndart, informaban desde Burgos o Salamanca. Las noticias sobre la guerra de España en el diario argentino eran por tanto abundantes y muy variadas.

Fernando optó en un primer momento por desplazarse desde París a la frontera de Hendaya y desde la orilla francesa del Bidasoa mandó una serie de crónicas muy interesantes sobre lo que estaba pasando en Navarra y Guipúzcoa. Si damos por bueno el testimonio de Iribarren, Mola había dado orden de detenerlo en cuanto se presentara en un puesto fronterizo. Seguramente por eso, decidió ver los toros desde la barrera. Con todo, hizo incursiones puntuales en el País Vasco en guerra y sus informaciones sobre los barcos-prisión de Bilbao o los asilados en la residencia del embajador argentino en Zarauz son magníficas.

En el otoño de 1936, a la guerra civil española le pasa, desde el punto de vista informativo, lo que hoy a la guerra de Siria: que pierde interés paulatinamente. Viendo que la guerra se alarga y que la caída de Madrid no se produce, Fernando regresa a París y sus crónicas sobre España derivan entonces hacia un tema en el que se movía como pez en el agua: las implicaciones internacionales del conflicto; cómo la guerra de España podía afectar a la frágil estabilidad europea, con Francia e Inglaterra tratando de apaciguar a Hitler y Mussolini.


2. En lo que más he insistido en la reseña de «Crónicas de la República y la Guerra Civil» es en el temperamento moderado y siempre predispuesto al acuerdo de Fernando Ortiz Echagüe. Lo he incluido, quizá temerariamente, formando parte del grupo de intelectuales a quienes Paul Preston, historiador que seguro tú conoces, incluye en su famosa «tercera España».

¿Estarías de acuerdo en meterlo ahí? ¿Qué opinión te merece esa aportación histórica llamada «tercera España»? Ante la situación política actual, ¿crees que deberían divulgarse más las figuras de políticos como Prieto, Azaña, o del mismo Julián Besteiro, socialista tan en la línea pactista de Ortiz Echagüe?

 

Tengo algunas dudas sobre el uso que se viene haciendo de esa llamada «tercera España». Como decía Ortega, «la neutralidad es una actitud». Uno no es neutral porque diga que lo es, sino por el modo en que se conduce en una situación determinada. Octavio Ruiz-Manjón, en un librito titulado «Algunos hombres buenos» (Espasa, 2016), recoge semblanzas de algunas personas que, en medio de los horrores de la guerra civil, estando en un bando o en el otro, pusieron la justicia por encima de las ideologías y trataron de humanizar el conflicto.

Desde 1931, desde la proclamación de la Segunda República, la primera experiencia verdaderamente democrática en la historia de España, Fernando Ortiz Echagüe se posiciona en un liberalismo conservador, en línea con Ortega y Marañón, dos intelectuales, buenos amigos suyos, que militaron en la Agrupación al Servicio de la República. Todos ellos confiaban entonces, como Prieto y Azaña, en que la República iba a hacer que España, por fin, fuera una democracia parlamentaria homologable a las de su entorno, con las Cortes como centro de la actividad política y lugar de debate de los problemas del país, algunos de los cuales aún hoy siguen sin resolverse: el encaje territorial, la desigualdad (entonces el drama del campo andaluz y la reforma agraria), las relaciones Iglesia-Estado y el sometimiento del poder militar al civil.

Fernando es un admirador de la III República francesa y de Francia como cuna de la libertad ciudadana y los derechos humanos. También del parlamentarismo británico. El 18 de julio, la sublevación militar y el estallido revolucionario que provoca echan por tierra todas esas esperanzas. El sueño democrático se transforma en una terrible pesadilla. Una tragedia que traumatizó a toda una generación de españoles. Franco decide, además, que los que no están con su glorioso movimiento nacional son la anti-España y las potencias totalitarias le apoyan descaradamente, mientras Francia e Inglaterra decretan la «farsa de la no intervención», que acaba por asfixiar a la República.

En las navidades de 1936, Marañón llega a París espantado de lo que ocurre en el Madrid revolucionario. Fernando cena en su casa casi todas las noches. Si bien rechaza las dictaduras y los métodos de terror de los franquistas en la represión en la llamada zona nacional, no aborrece menos la anarquía y las noticias de matanzas que le llegan de la retaguardia republicana. La guerra civil le parece, como escribió desde Davos en enero de 1937, la «más odiosa que conocen los siglos, la más estúpida, la más inútil, la más ajena al sentimiento español». Ortiz Echagüe creía, pienso que acertadamente, que la guerra, lejos de ser inevitable, nunca debería haberse producido. Los españoles no estaban predestinados a matarse unos a otros.


3. Cataluña, 1934. Lluís Companys proclama el Estado catalán y el gobierno de la República responde enviando al ejército. La sola visión de los cañones frente a la Generalitat provoca la estampida de los insurrectos y, afortunadamente, todo acaba sin muertos. Ortiz Echagüe escribe con indisimulado alivio sobre la recuperación de la autoridad gubernamental y también sobre cómo las Cortes han apoyado esa rápida –y eficaz– intervención militar. Tras la breve sedición Cataluña cumplirá las leyes españolas y –a modo de castigo– no se revisará su Estatuto.

Luis Sala González, doctor en Historia, seguro que ha extraído de todo aquello enseñanzas aplicables a la situación que se ha vivido recientemente, y también a la que pueda darse como resultado de este rosario de elecciones que vivimos actualmente en España. Dinos, ¿qué paralelismos y vías de solución puedes establecer entre aquella Cataluña de 1934 y la de 2019?


Me temo que el 6 de octubre de 1934 en Cataluña no fue tan incruento. Es cierto que Batet sacó la tropa a la calle con la orden terminante de no atacar a menos que fuese agredida. La policía, los Guardias de Asalto y la Guardia Civil acataron la autoridad militar. Sólo los Mossos d’Esquadra y una parte mínima de los escamots (milicias armadas del Estat Català) presentaron batalla al ejército, pero los enfrentamientos en la capital catalana dejaron un saldo de más de cuarenta muertos.

Históricamente hablando, el 6 de octubre de 1934 supuso un enorme descrédito para el independentismo catalán. En 1977, cuando Baltasar Porcel preguntó a Tarradellas por su actuación en aquella hora, su respuesta no pudo ser más elocuente: «La misma tarde del 6 de octubre fui a ver a Companys y le dije: “Creo que esto es un disparate y no estoy conforme, de ninguna manera”. Esto del 6 de octubre pesa mucho en mí en estos momentos. Toda mi obsesión es no volver a caer en una política como la que desembocó en el 6 de octubre». ¿Qué política era esa en la que Tarradellas no quería volver a caer en los años de la Transición? Sin duda, la de ir a un enfrentamiento abierto entre las instituciones de Cataluña y las del conjunto de España. En ese escenario, Cataluña lleva siempre las de perder. Josep María Bricall, que fue secretario general de Presidencia con Tarradellas y es uno de los catalanes más sensatos que conozco, lo decía en una reciente entrevista en La Vanguardia: «“Si entramos en pelea con los castellanos –decía Tarradellas–, ¡acabaremos mal!”. Me insistía en no tener una pelea con España, ¡que era un suicidio! Priorizar tus ensoñaciones sobre lo real puede ser una obsesión dañina… Ni Cataluña puede acabar con España, ni al revés».

Las vías de solución, o mejor, de arreglo posible, tendrán que venir de donde vienen todas las políticas en democracia: del diálogo y el acuerdo entre partidos, con estricto respeto de la legalidad. Me parece muy aguda y de rabiosa actualidad la observación de Ortiz Echagüe con respecto al problema catalán cuando dice que «mientras las derechas, por su tendencia a los procedimientos de fuerza, agravan ‘las molestias del trato humano’ entre españoles y catalanes, las izquierdas pisan un terreno más conciliador».


4. Busco ahora al responsable de la edición de «Crónicas de la República y la Guerra Civil». Vas a quitarte el sombrero de historiador para ponerte el de periodista de investigación.

Cuéntame, ¿cómo llegas al periodista casi desconocido que era Fernando Ortiz Echagüe antes de este libro que estamos comentando; fue por alguna de esas casualidades de biblioteca, o sabías de él por tus amplísimos conocimientos sobre los años 30?

Fue trabajando en mi tesis sobre Indalecio Prieto. Fernando, como buen reportero, al proclamarse la República en Madrid, se sube en París al mismo tren en el que viajan los cuatro ministros del Gobierno provisional que entonces estaban exiliados en Francia. Durante el viaje entrevista a algunos de ellos y comenta el ambiente de euforia que se respira en las estaciones. Conocía la obra de otro de los hermanos Ortiz Echagüe, José, porque ilustró con sus magníficas fotografías un libro que escribió mi abuelo sobre la vida de los cartujos en Miraflores.

¿Cómo comprendiste que era imprescindible viajar a Buenos Aires para que el libro saliera adelante?

Sospechaba que no iba a encontrar la colección del diario La Nación, de Buenos Aires, en ninguna hemeroteca española, pero Martín Rodríguez Yebra, entonces corresponsal del periódico en Madrid, me lo confirmó. Me dijo que para ver los ejemplares de los años treinta que me interesaban tendría que ir a Argentina, bien al propio archivo del periódico o a la biblioteca nacional Mariano Moreno. 

En tu nota introductoria hablas de Pablo de Rosa, archivero de La Nación, a quien muestras tu agradecimiento. ¿Hasta qué punto fue decisiva su colaboración a la hora de hacerte con las crónicas; hubo que abonar algo, siquiera en cuestión de derechos, por ellas?

No, no tuve que pagar derechos. Y sí, la colaboración de Pablo fue fundamental, primero para localizar los artículos en el periódico y después para tener acceso a ellos y poder transcribirlos. En la semana que pasé en Buenos Aires, apenas tuve tiempo de iniciar el trabajo. La mayoría de los 172 artículos que se reproducen en el libro (88 anteriores al 18 de julio de 1936 y 84 posteriores) me la envió Pablo por email en los meses siguientes. En su último correo me informaba, además, de que, tras cuarenta años en el archivo del periódico, se prejubilaba. También estoy muy agradecido a Marta Campomar, de la Fundación Ortega y Gasset Argentina, por su acogida y por el magnífico prólogo del libro.  

Para terminar, y ya de manera menos formal, ¿puedes referir alguna anécdota relacionada con este libro que contagie tu entusiasmo por la historia a los jóvenes de hoy?

Quizá sea un ingenuo, pero pienso sinceramente que las buenas historias acaban por enganchar al público. El formato podrá ser audiovisual –una miniserie o, como vi el otro día en televisión, Ana Frank grabando su propia vida con el móvil–, pero las buenas historias siempre tendrán audiencia. Estamos genéticamente predispuestos para escuchar los relatos de los viejos de la tribu. Si el periodismo vuelve a contar historias, recuperará lectores. Como les decía el otro día a unos estudiantes en la Universidad de Santiago, las crónicas de Fernando Ortiz Echagüe han envejecido bien y se leen hoy con gusto porque tienen todos los ingredientes del buen periodismo: observación de primera mano de los hechos que narra, fuentes diplomáticas de primer nivel, revista inteligente de la prensa local e internacional, conocimiento de los antecedentes históricos y conversaciones (entrevistas) con los protagonistas mismos de la historia.


nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.