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El fotógrafo de Mauthausen, por José María Velasco

A lo largo de los últimos meses hemos publicado una serie de reseñas sobre novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española escritas por José María Velasco. Dicen que a veces la realidad supera a la ficción, por ello el mismo autor nos introducirá ahora en historias reales del exilio republicano, historias que nada tendrían que envidiar a las aventuras de una novela.

EL FOTÓGRAFO DE MAUTHAUSEN
José María Velasco
En 1936, cuando estalló la Guerra Civil, Francisco Boix era un muchacho de 16 años al que su padre, un sastre del barrio barcelonés del Poble Sec, había contagiado su pasión por la fotografía. Dos años más tarde, ya afiliado a las Juventudes Socialistas Unificadas, marchó como voluntario a la 30ª División, que luchaba en el frente de la provincia de Lérida con la misión de retener el avance del ejército franquista en una guerra que ya estaba perdida.

El arma de
Francisco era la cámara fotográfica. Con ella retrató la guerra cotidiana, las horas aburridas de espera en la retaguardia, la ropa tendida al sol, un soldado que escribe una carta sentado sobre la tierra mientras apoya el papel en una banqueta,  otro que lee con interés un libro en el descanso de la trinchera; otros que alimentan un fuego sobre el que hierve una olla, un grupo de personas sentadas en corro despanochando maíz, parejas con la mirada perdida que bailan abrazadas muy juntas sin saber qué les deparará el futuro…

Soldado leyendo

En sus fotografías también podemos ver un tanque que se adentra en el cauce de un río, los camilleros que caminan agachados por un campo yermo mientras salvan a un herido, oficiales paseando por las calles de un pueblo bombardeado, soldados que desfilan con una marcialidad mal aprendida, impropia de militares y que delata que quizás solo se trate de panaderos, oficinistas o albañiles; el funeral de un comisario político caído en combate y, sobre todo, decenas de soldados y oficiales que miran a la cámara con una sonrisa inexplicable en sus circunstancias, con ese idealismo de juventud con el que marcharon a combatir al fascismo.
 

Con la derrota llegó la obligada huida a Francia. Boix pasó por el campo de refugiados de Vernet y luego por el llamado “Campo de Judas” de Setpfonds, donde las condiciones de reclusión para los combatientes republicanos eran inhumanas. Guardó centenares de negativos en una caja de madera y dos de latón. Al parecer las vendió a un ferroviario de Perpignan. El rastro de esas fotos estuvo perdido durante décadas.

En Septiembre de 1939 se encuadró, junto a muchos de sus compañeros, en la 28ª Compañía de trabajadores extranjeros que formaba parte del 5º Ejército francés. Su misión era realizar trabajos de defensa en la línea Maginot que debía frenar el avance del ejército alemán. En la noche del 21 de julio de 1940 fue apresado por los nazis en la región de Los Vosgos y trasladado primero al campo de Mulhouse y finalmente al campo de exterminio de Mauthausen en Austria.
 

Allí trabajó en el Erkennungsdienst, el servicio de identificación para el que debía tomar fotografías de los presos. Él mismo aparece en un retrato con su número: el 5185. Por sus manos pasaron también miles de fotografías que atestiguan el horror que se vivía en las instalaciones. Cuando se produjo el avance aliado se dieron órdenes de destruir las pruebas. Francisco Boix se encargó entonces de guardar centenares de negativos que iban a contar al mundo las atrocidades que se produjeron en los campos de exterminio.



Los escondió en las molduras de las puertas para que el servicio de carpinteros, formado por comunistas, pudiera sacarlas del recinto con la ayuda de un grupo de hombres muy jóvenes, algunos casi niños, hijos de los combatientes republicanos que trabajaban en condiciones menos duras para una empresa familiar que explotaba el granito de las canteras de la zona. La empresa, que aún existe, se llama Poschacher. Los miembros del llamado Comando Poschacher se encargaron de ir sacando los negativos del campo para dárselos a la señora Pointer, una valiente mujer de ideas izquierdistas a la que habían conocido. Ella las escondió en un muro de su casa.

Jeracas nazis

Cuando los soldados americanos liberaron Mathausen,
Boix acompañado por sus jóvenes amigos acudió a la casa de la señora Pointer, donde empezó a positivar las primeras fotografías. Meses más tarde se convertirían en pruebas fundamentales para condenar a los jerarcas  nazis en el Juicio de NurembergFrancisco Boix fue el único español que participó en el mismo para aportar sus pruebas y señalar a los asesinos. Su salud, que había sobrevivido a dos guerras y a los campos de exterminio, sólo aguantó unos años más. Murió a la edad de 30 años y fue enterrado en una modesta tumba de un cementerio parisino.

En 1993 se intentó subastar por internet los negativos de unas fotografías de la Guerra Civil que habían permanecido ocultos en tres cajas. La Comisión por la Dignidad consiguió adquirirlos gracias a la contribución de micro mecenazgo de decenas de personas. Tras el análisis de los investigadores pudo determinarse su autoría.

En el año 2015 el pleno del Congreso aprobó por unanimidad realizar un homenaje a los españoles que fueron deportados a los campos nazis. A pesar de ello, el Gobierno de Rajoy, que no desaprovecha ni una sola oportunidad de demostrar que es el heredero del franquismo, ha olvidado el mandato.

El 16 de junio de 2017 
Francisco Boix fue enterrado con todos los honores en el Cementerio Pére Lachaise, donde reposan los restos de las mayores celebridades de Francia como Molière, Delacroix, Chopin, Balzac, Proust o también importantes personalidades de la Guerra Civil como Negrín o Gerda Taro. La alcaldesa socialista de Paris, la gaditana Anne Hidalgo, una de las personas que más ha hecho por recuperar la memoria de los exiliados en el país vecino, presidió el acto. El féretro iba envuelto en la bandera tricolor republicana. Mariano Rajoy, que estaba ese día en París, no tuvo ni siquiera unos minutos para acudir y su gobierno no mandó ninguna delegación oficial.

Un centenar de las fotos que 
Francisco Boix tomó durante la Guerra Civil ha estado expuestas hasta el 19 de marzo en el Centre Cívic Pati Llimona de Barcelona. Entre ellas se vio al propio Francisco fingir cómo dispara una ametralladora o con la mirada perdida mientras sostiene la mejor arma que sabía disparar: su cámara Leica.

Francisco Boix con su cámara

Algunas de las fotos pueden verse en:
elpais.com

Hay varios documentales magníficos sobre Francisco Boix:

- Un fotógrafo en el infierno.

- Las dos guerras del fotógrafo Boix.

El cine español, siempre tan miope con las magníficas historias de los personajes de nuestro país, ha puesto esta vez su mirada en la vida de 
Francisco Boix. En los próximos meses se estrenará la película El fotógrafo de Mauthausen.

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José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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Reseña de «La abuela civil española», de Andrea Stefanoni

Esta reseña forma parte de la serie «La Guerra Civil Española en la Literatura», escrita por José María Velasco. Puedes acceder a la relación de libros seleccionados pinchando AQUÍ.

RESEÑA DE «LA ABUELA CIVIL ESPAÑOLA», DE ANDREA STEFANONI, por
José María Velasco
La abuela civil española, el título de la novela me llamó la atención al instante. Tuve que leerlo tres veces. Hay palabras que cuando se juntan forman una sola idea y no dejan espacio para otras. Hasta que llega una nueva y cambia todo el significado, juega con él y lo transforma sin dejar de arrastrar el otro que permanece debajo. Nunca había oído hablar de Andrea Stefanoni, una autora argentina que en su opera prima contaba, a miles de kilómetros de España, una historia de nuestra guerra, una historia especial: la de su abuela.

Con la acumulación de lecturas a veces uno se cansa de las voces que se acaban repitiendo más de la cuenta, de algunos escritores que se instalan en la fama para volverse demasiado previsibles, acartonados. No siempre se encuentran voces nuevas que te hablen como si te conocieran, con esa frescura de los recién llegados por los que sientes una rápida simpatía. La abuela civil española tiene la magia poderosa de las historias que han sido escuchadas antes de trasladarse al papel, las que trascienden generaciones, las que se escriben desde el interior del alma porque ya forman parte de ella, las que, tomando prestada la última frase de la novela, “pueden con todos los ruidos”. Historias que hablan de unos hermosos ojos verdes que destacan entre el negro de una cara tiznada de carbón, de niños que pelean con los lobos, de un derrotado que fue fusilado siete veces para encontrar la muerte cuando ya se había acostumbrado a esperarla, de una odiosa madrastra que no debía llamarse Esperanza, de traidores incapaces de perdonar otras traiciones que alimentan su odio durante años, de una libertad ganada falsamente en una partida de ajedrez, del sabor de un guiso que calma el hambre de años, de huidas que buscan una felicidad que parecía imposible, porque siempre van acompañadas del miedo,  de una isla que se llama de El Tigre aunque no tuviera felinos de ese tamaño, de un paisaje fluvial y selvático que confiere a los niños una personalidad única, de deudas desinteresadas que tardan años en cobrarse porque están hechas desde la solidaridad más precaria…

Me encantan las historias contadas desde los sentimientos porque alcanzan un vuelo muy poderoso que el lector puede vivir como propio, pero en esas circunstancias es muy fácil deslizarse por el precipicio del sentimentalismo. Andrea Stafanoni tiene un estilo sobrio, medido, en el que sobresalen las frases cortas, los capítulos muy breves, un estilo que invita al lector a avanzar sin pausa, sin recrearse en detalles que podrían llegar a ser innecesarios. Y de esa forma, como explica la propia autora: 

“Dejamos correr las historias. Que se unan. Como se unen, en ese nudo en mi garganta, las historias de mi abuela en una sola”.
Andrea Stefanoni fue un descubrimiento maravilloso. Espero que haya llegado para quedarse y contarnos más historias. La abuela civil española habla de tesón, de lucha frente a las adversidades, de personas sencillas que se negaron a rendirse, de esperanza, de familia… de cosas que he oído contar muchas veces en los labios de mis tías, de mi madre, de mis primos, historias que no me canso de leer, sobre las que nunca podré dejar de escribir.


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José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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La playa de la ignominia, por José María Velasco

A lo largo de los últimos meses hemos publicado una serie de reseñas sobre novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española escritas por José María Velasco. Dicen que a veces la realidad supera a la ficción, por ello el mismo autor nos introducirá ahora en historias reales del exilio republicano, historias que nada tendrían que envidiar a las aventuras de una novela.

LA PLAYA DE LA IGNOMINIA
José María Velasco
En enero de 1939, tras el derrumbe del frente cercano a Barcelona y el avance de las tropas franquistas, comenzó la mayor diáspora de la historia española. Centenares de miles de republicanos derrotados emprenden entonces una desesperada huida hacia Francia en medio de un paisaje desolador: coches sin gasolina abandonados en las cunetas, mujeres que pierden  sus maletas, familias enteras caminando a pie en el barro, niños que soportan el frío del invierno bajo las mantas, hombres harapientos cargados con fardos, soldados a la deriva, taciturnos y abatidos, que tras abandonar sus fusiles sobre pirámides de armas amontonadas en la frontera, parecen muñecos de trapo, derrotados. A todos ellos les espera el gesto feroz de los gendarmes franceses, las bayonetas caladas de las tropas coloniales senegalesas, los alambres de espino, el frío y el hambre.

El 5 de febrero, el gobierno francés de Edouard Daladier, ante la presión de la opinión pública internacional, se ve obligado a abrir la frontera y permitir el paso de los refugiados. Apenas un mes más tarde, el informe Valière, realizado a petición del propio gobierno, estimaba la presencia de casi medio millón de exiliados españoles en territorio francés, la mitad de los cuales eran soldados, pero el resto eran mujeres, heridos, ancianos y niños. La población del departamento de los Pirineos Orientales casi se había doblado en pocas semanas. El desastre humano no tuvo la respuesta adecuada y las autoridades galas, impotentes y desbordadas ante la situación, decidieron internar a los republicanos en las playas de Argelés, a solo treinta y cinco kilómetros de España.

Cercaron el perímetro con alambres de púas, dejando una única salida al mar. Sin electricidad ni agua, sin barracones, letrinas, enfermerías, cocinas…, tuvieron que sobreponerse a las desgracias y excavar refugios en la tierra -las llamadas “conejeras”- y levantar tiendas de lona, que les protegieran del viento invernal que azotaba la orilla. Los víveres que habían conseguido transportar se habían agotado por el camino y la alimentación era muy escasa, apenas consistía en mendrugos de pan que les arrojaban desde camiones y sacos de legumbres que tenían que cocinar con el agua salada del mar. La potable, que se distribuía en camiones cisterna, tan solo alcanzaba para apagar la sed. Se vieron obligados a asearse y defecar en la orilla, convertida en estercolero. Escarbaron pozos en busca de un agua contaminada que rápidamente extendió la disentería y el tifus.



El campo de refugiados de Argelés

Los escasos médicos españoles trataban de curarlos con unas pocas aspirinas y pastillas de caldo de pollo. Con la bajada de las temperaturas empezaron a morir los más débiles. Bajos las carpas, las madres parían a sus hijos sobre la arena húmeda y luego los protegían del frío en cajas de cartón. Las mujeres jóvenes tuvieron que soportar el acoso y en ocasiones las violaciones de gendarmes franceses y los soldados senegaleses. Muchas de esas personas repetían diariamente el mismo gesto: levantaban el puño en señal de protesta por el maltrato y las malas condiciones. Con ese ademán aparece inmortalizado su sufrimiento en algunas de las fotografías que les tomaron.

En marzo el fotógrafo Robert Capa, que había sabido reflejar a través de su cámara el sufrimiento de los republicanos durante la guerra civil, visitó el campo que en aquel momento albergaba a más de ochenta mil personas. La descripción que hizo del mismo fue muy dura: "...un infierno sobre la arena: los hombres allí sobreviven bajo tiendas de fortuna y chozas de paja que ofrecen una miserable protección contra la arena y el viento". Federica Montseny, la primera mujer que fue ministra en nuestro país hizo una descripción desalentadora: “un rebaño de parias, una inmensa legión de esclavos sin ninguno de los derechos reconocidos”.

Pese a las penurias, consiguieron alzar algunos barracones e incluso realizar actividades culturales que trataban de levantar el ánimo colectivo. La solidaridad era lo único que les quedaba para mantener una mínima dignidad. Finalizada la guerra civil, las autoridades francesas persuadieron a la mitad de los refugiados, que dieron credibilidad a la promesa de perdón de Franco y regresaron a España. La mayoría lo pagó con la vida o con la cárcel.

El resto permaneció en la playa hasta que, seis meses después de la apertura del campo, estalló la Segunda Guerra Mundial y los nazis invadieron Francia. Las instalaciones fueron acondicionadas entonces para recibir a prisioneros judíos, gitanos y apátridas. Muchos de los hombres fueron obligados a alistarse en los batallones de trabajo. Otros se alistaron en la Legión extranjera francesa y empuñaron de nuevo las armas. Volverían a enfrentarse al fascismo, pero ésa ya es otra historia que también merece ser contada.

El último invierno fue el más duro. Un frío glacial y la acumulación de penalidades elevaron la mortandad, especialmente entre los niños. La lucha por la supervivencia y la dignidad no decayó. Cuando trataron de deportar a los brigadistas internacionales que aún quedaban a África, las mujeres comenzaron una protesta que duró varios días. Poco tiempo después, las autoridades cerraban el campo.

TV3 emitió en diciembre de 2009 un documental sobre el campo de concentración de Argelés. Los noventa minutos de duración reflejan el drama que miles de personas sufrieron allí. Merece la pena verlo.

La arena y el mar de la playa de Argelés llena de turistas en verano, aún guarda el sufrimiento, pero la memoria no puede ser sepultada y pervive en el recuerdo de los escasos supervivientes y a través de las palabras de sus hijos. Hoy vemos cómo centenares de miles de desesperados tratan de llegar a la próspera Europa. No hace mucho tiempo la desesperación era española. Los pueblos libres son los que aprenden de su historia.

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José María Velasco (Málaga, 1968)
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Reseña de «A sangre y fuego», de Manuel Chaves Nogales

Esta reseña forma parte de la serie «La Guerra Civil Española en la Literatura», escrita por José María Velasco. Puedes acceder a la relación de libros seleccionados pinchando AQUÍ.

«A SANGRE Y FUEGO», DE MANUEL CHAVES NOGALES
José María Velasco
Uno de los autores que aparece en la recopilación de relatos Partes de guerra (con la que dimos comienzo a la serie «La Guerra Civil Española en la Literatura») es Manuel Chaves Nogales, pero de él quiero destacar de forma individual su libro A sangre y fuego

El periodista andaluz escribió esta colección de nueve relatos entre enero y mayo de 1937 desde su exilio en un arrabal parisino, rodeado de los desarraigados de toda Europa, que habían llegado hasta allí huyendo de diferentes totalitarismos.

En las páginas del prólogo podemos encontrar algunas de las opiniones más lúcidas sobre nuestra guerra incivil. 

«Cuento lo que he visto y he vivido más fielmente de lo que yo quisiera».
Chaves era un republicano de ideas moderadas, seguidor de Azaña, que se calificaba a sí mismo como «un pequeño burgués liberal». Desde esa visión, encarna la imposible tercera España, la inmensa mayoría de personas que vieron cómo los extremismos de uno y otro bando incendiaron la convivencia.


Escribe un conjunto de relatos breves en los que aparece una galería de personajes que, lejos de posturas maniqueas, nos ofrecen una visión coral de lo que estaba sucediendo
 «A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen o dijesen».
Quizás de todos ellos me quedo con Bigornia, el maduro gigantón anarquista que, pese a la decepción que le provoca el comportamiento de la mayoría de sus compañeros, mantiene su ideal libertario de lucha, incluso en el último momento.
«Le llamaban Bigornia y era un ogro jovial y arrabalero que balanceaba su corpachón envuelto en tela azul desteñida junto a las vallas de los solares y los desmontes del suburbio donde tenía su vivienda. Un ogro que en vez de comerse a los niños los daba de sí, los producía con una fertilidad indecorosa. Un ogro municipal y suburbano escandalosamente prolífico, acampado con toda su prole en una casucha de los arrabales de la gran ciudad como en la orilla de un bosque, por cuya espesura de cúpulas, torres y chimeneas se adentraba todas las mañanas llevando en la mano un martillo de herrero que recordaba el hacha que en otros tiempos debieron llevar los ogros como él».
Chaves murió solo en 1944 en un hospital de Londres, a donde llegó huyendo de los nazis que habían invadido Francia. A sangre y fuego fue publicado por primera vez ese año. Pese a la calidad incuestionable de su narrativa, la obra permaneció dormida en el cajón del olvido hasta que, cincuenta y seis años después, volvió a ver la luz en nuestro país. Quien quiera acercarse a la realidad de la guerra civil española desde una voz objetiva, fiel a los acontecimientos, alejada de las ideologías extremistas, debe leer esta obra, donde la acción transcurre con maestría, a través de un narrador que sabe ceder el protagonismo necesario a sus personajes.

A medida que publiquemos una reseña, habilitaremos el enlace para que desde la página de la sección puedas acceder directamente a ella.

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José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

Los españoles que liberaron París, por José María Velasco

A lo largo de los últimos meses hemos publicado una serie de reseñas sobre novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española escritas por José María Velasco. Dicen que a veces la realidad supera a la ficción, por ello el mismo autor nos introducirá ahora en historias reales del exilio republicano, historias que nada tendrían que envidiar a las aventuras de una novela.

LOS ESPAÑOLES QUE LIBERARON PARÍS
José María Velasco
Unos minutos después de las nueve de la noche del jueves 24 de agosto de 1944 un escuadrón de 160 hombres, de los cuales 146 eran españoles, montados en 22 semiorugas y 3 tanques Sherman, entraban en París por la Porte d’Italie. La plaza estaba llena de personas que huyeron despavoridas ante el estruendo de los vehículos, pensando que solo podía tratarse de las tropas alemanas que, con doce mil soldados, aún controlaban la capital. Más tarde comenzaron a acercarse y vieron que los vehículos eran americanos, pero los nombres que llevaban pintados en el carenado: Ebro, Brunete, Guadalajara… y los banderines tricolores  rojo, amarillo y morado recordaban a batallas en España. Eran los combatientes republicanos que venían a liberar la capital francesa.

Tras unos momentos de entusiasmo, el escuadrón que había llegado hasta allí sin mapas y con la única ayuda de una guía Michelin siguió avanzando tras un motorista armenio que se ofreció voluntario para llevarles hasta su objetivo: el Ayuntamiento. Los blindados fueron dejando atrás calles desiertas, cruzaron el Sena por el puente de Austerlitz y continuaron sin detenerse por los muelles de la orilla derecha. A las 21:22  el destacamento se desplegó en defensa de erizo frente al Hôtel de Ville con órdenes de repeler cualquier contraataque. Dos minutos más tarde las campanas de Notre Dame comenzaban a tañer seguidas por las de toda la ciudad, anunciando su liberación. Una avalancha de gente invadió las calles abrazando a los soldados y el himno de La Marsellesa comenzó a sonar por todo París.

Amado Granell, un castellonense de Burriana que se había afiliado a la UGT, había sido concejal por Izquierda Republicana y  se alistó como voluntario en la Guerra Civil donde combatió en “el Batallón de Hierro”, era el teniente que estaba al mando. "Las campanas de París nos conmovieron. El combate no nos había endurecido completamente. Todos teníamos lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta. Yo traté de cantar con los otros pero no pude. Esa enorme emoción, aquel gran entusiasmo, significaba simplemente la libertad, la victoria".
 

A la mañana siguiente llegaron hasta el Hôtel Meurice en la vía Rívoli, donde estaba situado el cuartel general del gobernador alemán Dietrich Von Choltitz. El general nazi había recibido órdenes claras de Hitler: “Es preciso que París no caiga en manos del enemigo, si no es convertido en un montón de ruinas”. Tres soldados españoles le exigieron la rendición. Ante las protestas del general por tener que rendirse a un soldado sin graduación, el extremeño Antonio Gutiérrez le contestó: “Soy español”. Pero… ¿quiénes formaban ese minúsculo grupo de españoles que se había anticipado en dos días al resto del Ejército de la Francia Libre y había ignorado las intenciones de los Aliados de pasar de largo sin tomar París? La Novena Compañía de la Segunda División Blindada del general Leclerc, más conocida por su nombre en español: La Nueve, era un batallón de choque que siempre combatía en primera línea.


Soldados de La Nueve acompañan a Von Choltiz, detenido

Tras el avance alemán sobre Francia y el desastre de Dunkerque al principio de la guerra, la mayor parte de los republicanos españoles que no habían sido apresados por los nazis fueron acuartelados en los centros de instrucción de la Legión Extranjera en el norte de África.  Descontentos con la Francia de Vichy, colaboracionista con el enemigo, muchos de ellos atravesaron el desierto del Sáhara y las selvas ecuatoriales hasta llegar a Libreville para unirse a las fuerzas  del Corps Franc d’Afrique de la Francia Libre comandadas por el General De Gaulle.

Combatieron a los franceses colaboracionistas de Pétain en Siria, a los italianos de Mussolini en Sudán y a las tropas del Afrika Korps del General Rommel en los desiertos de Libia y Egipto, participando en las batallas  de Bir Hacheim o El-Alamein y tomaron el puerto de Bizerta en Túnez.

En mayo de 1943, al finalizar la campaña en el norte de África, las diferentes unidades de  las fuerzas combatientes francesas se unieron en la 2ª División Légère Française Libre que no estaba dispuesta a ser una comparsa como querían los Aliados, sino a participar de forma activa en la liberación de su país. Casi dos mil voluntarios españoles acudieron a la llamada de De Gaulle a combatir al fascismo, buena parte de ellos estaban enrolados  en la 9ª Compañía de Marcha del Chad.


Pese a su mala fama de soldados rebeldes y las suspicacias que levantaban sus fuertes ideales de izquierdas, los republicanos españoles se ganaron pronto la confianza de sus mandos. Con experiencia en combate durante la Guerra Civil, mantuvieron algunos de sus principios: elegían a sus propios jefes de sección y arreglaban de forma interna sus problemas disciplinarios. Cuando Leclerc le encargó a Raymond Dronne el mando de la Nueve le advirtió que se trataba de una compañía especial: “esos hombres dan miedo a todo el mundo, pero son buenos soldados”. La hija de Dronne afirmó: “Los soldados españoles eran los preferidos de mi padre. No eran soldados fáciles de dirigir, querían  tener al frente a un oficial que se los mereciera. Capitanearles era un honor”. El idioma oficial era el castellano, en sus uniformes lucían la bandera tricolor republicana y, siguiendo la costumbre francesa de bautizar todos los vehículos, pintaron en los suyos los nombres de las batallas en las que habían combatido en España.

La compañía se formó en Didjelli (Argelia) desde donde se trasladaron a Marruecos. En Casablanca fueron equipados con material americano para combatir como infantería mecanizada con unos medios muy diferentes  a los que estaban acostumbrados en la infantería tradicional.  Tras un periodo de formación para adaptarse a sus nuevos vehículos, partieron hacia la zona de Pocklington en el norte de Inglaterra. En agosto de 1944 cruzaron el Canal de La Mancha. Tras varios días de espera, el día 4 desembarcaron en las playas de Normandía cantando “La cucaracha” por la lentitud de la operación.



La Nueve fotografiada en Pocklington

Su primera misión en terreno francés fue apoyar a los estadounidenses en su intento de frenar los contraataques enemigos. Su bautismo de fuego se produjo el 14 de agosto en Ecouché, el pueblo fue tomado tras varios días de combates en los que sufrieron las primeras bajas. Pese a su inferioridad numérica un golpe de mano les permitió capturar a 130 soldados enemigos y a un coronel.

Los mandos aliados habían dado instrucciones de rodear la capital francesa. No querían hacer frente a la logística que representaba abastecer a una ciudad de cinco millones de habitantes, ni tampoco fortalecer el papel de los franceses en la guerra, al menos hasta que De Gaulle no se impusiera al liderazgo comunista de la Resistencia. Sin embargo en París no estaban dispuestos a esperar y el Partido Comunista francés convocó una huelga general. Tras la toma del Ayuntamiento solicitaron la ayuda de las tropas del general Leclerc, que dio la orden a sus secciones de carros de combate  de avanzar sin consultar al mando aliado. Faltaban doscientos kilómetros por la carretera nacional 20 hasta su objetivo que iban a cubrir sin apoyo aéreo. La Nueve iba en cabeza.

Después de vencer los primeros focos de resistencia en Longjumeau  continuaron hasta Antony y Fresnes donde tuvieron que superar las defensas alemanas. A poco más de veinte kilómetros de su objetivo, cuando la ruta parecía abierta, el capitán Dronne recibió de forma inesperada la orden de detener su avance y replegarse hacia al sur de la Croix-de-Berny. Aunque desobedeció la primera vez, tras dos nuevas confirmaciones, se vio obligado a acatar una orden que no compartía. El general Leclerc se dirigió entonces hacia donde se habían detenido para decirle a Dronne que las órdenes absurdas no deben obedecerse y avanzara hacia París con la mayor rapidez posible.


El resto es ya historia, una historia silenciada. Cuando dos días después de la liberación se produjo en París el desfile de la victoria, los vehículos con nombres españoles tuvieron un lugar destacado en la celebración en los Campos Elíseos, donde los soldados republicanos desfilaron con todos los honores, a pesar de que el general estadounidense Gerow había vetado su presencia por desobedecer las órdenes del alto mando aliado. Más tarde Francia se olvidó de ellos. A De Gaulle y al chovinismo francés no les interesaba reconocer el mérito y la heroicidad de los españoles. Cuando el diario Libération publicó en portada la foto del encuentro del teniente de la Nueve con el jefe de la Resistencia, se olvidó de que se llamaba Amado Granell y era español.




Durante décadas la gesta de La Nueve durmió en el cajón del olvido hasta que una periodista española, Evelyn Mesquida, rastreó la maravillosa historia de los españoles que liberaron París y, con la ayuda de la entonces concejal de París Anne Hidalgo, una gaditana hija de republicanos, consiguió que se reconociera a nuestros héroes en el año 2004. Sesenta años después se inauguró una placa que reza: “A los republicanos españoles, principal componente de la columna Dronne”. El alcalde de París Bertrand Delanoë recordó en su breve discurso de homenaje: “Si hoy Europa construye su democracia en libertad se lo debemos a quienes en su momento supieron resistir”.


Raymond Dronne, capitán al mando de La Nueve,
con su segundo el teniente Amado Granell

Pero la gloria de la Nueve no acaba con la liberación de París y su gesta merece otro artículo de La Glorieta.

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José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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