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Reseña de «Antes mueren los que no aman», de Inés Plana

Como adelanto de la mesa redonda «De novela de género a novela negra, ¿qué ha cambiado? Evolución de la novela negra», que el próximo jueves 26 de noviembre moderará Rita Piedrafita en nuestra VII Semana Negra, os ofrecemos la reseña de «Antes mueren los que no aman» (Espasa, 2019), de Inés Plana, escrita por Rita y publicada originalmente en su revista (Palabras en Cadena). Inés Plana será una de las tres escritoras que acompararán a Rita Piedrafita en nuestra mesa redonda
 
 
 
¡Nos vemos en la VII Semana Negra!
 
Un fuerte abrazo,
 
Javier Alonso
 
Inés Plana
 
Inés Plana nació en Barbastro (Huesca). Es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona y desde el principio desarrolló su carrera profesional en Madrid. Ha trabajado en diversos medios de prensa escrita y, en el terreno editorial, ha creado y coordinado distintas colecciones de títulos relacionados con la divulgación de la historia y el arte. Actualmente es directora del periódico-magacín Vivir Bien, en la Comunidad de Madrid.

Inés Plana
 
Morir no es lo que más duele es su primera novela: trabajó en ella durante cinco años
 

Reseña de «Antes mueren los que no aman», de Inés Planapor Rita Piedrafita
«Fue un hachazo que parecía caído del cielo a traición, para clavarse profundamente en la tierra y provocar un abismo entre las gentes y sus esperanzas».
Y la autora provoca en Antes mueren los que no aman un abismo entre las gentes y sus esperanzas. Se podría finalizar aquí la reseña. Se puede añadir un “y es por ese abismo que provoca por lo que debéis leer esta novela”, pero sería injusto. Tremendamente injusto. Porque Inés Plana, que en Morir no es lo que más duele dejó muy alto su propio listón, esta vez se supera alejándose de los principios  preestablecidos de la novela negra para acercarse a la narrativa pura. Y es que en las novelas de
Plana el muerto es una excusa. La excusa perfecta para llevarte al abismo.

La autora usa con maestría el crimen para abrirse un camino duro que coloca al lector en el borde del precipicio con un leve balanceo, ¿caigo, no caigo?, ¿caigo, no caigo?, y con una continua necesidad de parar para tomar aire. Es Inés. Ella escribe así, volcando toda su rebeldía interior en sus letras.

Sobra hablar de trama en esta reseña y seguramente me falte espacio para hablar de personajes, porque Luba y Tresser se han echado peso de la novela a la espalda y, como sherpa, guían a quien lee por los caminos más duros del comportamiento (in)humano.  

Luba duele. La inocencia robada de esa niña revuelve el estómago. Inés maneja bien los escenarios y sitúa la huida, la pequeña Luba huye de un prostíbulo, la vemos herida en mitad de la nieve. Una blancura que se ensucia cada vez más, primero de huellas, luego de sangre… como esa inocencia perdida de nuestra pequeña protagonista. ¡Que te revuelves en la silla y sientes ganas de gritar «basta ya, por favor»!

Tresser, duele.

Un Tresser que evoluciona, aprendió mucho Plana de su primera novela, captando totalmente la atención quien está ya buceando sin pestañear en la historia. Un Tresser que busca a Luba para arrancarla de la frialdad de la nieve con miedo, pero con decisión. Un Tresser vulnerable. Como tú. Como yo.

Y junto a ellos un sinfín de personajes que se escapan de la coletilla de secundarios para acabar protagonizando esta historia. Mujeres fuertes, independientes, decisivas. Mujeres crueles también. Proxenetas despiadados y ricos que abusan de todos los que se encuentran en su camino. Familias que van tirando. Inagotable aporte el de esta galería de personajes tan bien dibujada.

Y así, huyendo con Luba o buscando con Tresser, avanzas a través del abismo que Inés Plana propone, mirando al frente, porque ahí, al fondo, hay un brillo enorme de esperanza. De quizá. De ojalá.

Y acabas la novela revuelta, movida y alterada. La cierras creando nuevas tramas para sus personajes, preguntándote si será posible… ¿Qué pasará ahora? Y casi tienes un nuevo libro en tu mente. Entonces te das cuenta de que estás esperando ya la tercera obra de Inés Plana, pese a que has sentido dolor leyendo.

Porque tú, lector, necesitas que el libro te zarandee, te haga reaccionar y te duela. Y piensas: gracias, Inés. Y si fueses yo añadirías, “por tanto”.


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Y me encanta que leas junto a mí
.



Fragmentos de «Antes mueren los que no aman», de Inés Plana

Como adelanto de la mesa redonda «De novela de género a novela negra, ¿qué ha cambiado? Evolución de la novela negra», que el próximo jueves 26 de noviembre moderará Rita Piedrafita en nuestra VII Semana Negra, os ofrecemos unos fragmentos de Antes mueren los que no aman (Espasa, 2019), la última novela de Inés Planaquien será una de las tres escritoras que acompañarán a Rita en nuestra mesa redonda
 
Inés Plana
 
Inés Plana nació en Barbastro (Huesca). Es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona y desde el principio desarrolló su carrera profesional en Madrid. Ha trabajado en diversos medios de prensa escrita y, en el terreno editorial, ha creado y coordinado distintas colecciones de títulos relacionados con la divulgación de la historia y el arte. Actualmente es directora del periódico-magacín Vivir Bien, en la Comunidad de Madrid.

Inés Plana
 
Morir no es lo que más duele es su primera novela: trabajó en ella durante cinco años
 

Fragmentos de «Antes mueren los que no aman», de Inés Plana, escogidos por Javier Alonso García-Pozuelo
   Recordaba el relato bíblico en el que Edith, la esposa de Lot, quedó convertida en estatua de sal cuando volvió la vista hacia la ciudad de Sodoma, de la que huía con su familia mientras estaba siendo destruida por los enviados de Dios. La última mirada hacia la destrucción la petrificó. Julián sentía que a él podía sucederle lo mismo: si miraba hacia atrás, aquel gesto lo paralizaría.
***
   El Grupo de Apoyo Flora Tristán la había acogido y les iban a permitir hablar con ella. Al escuchar de Teresa la palabra «burdel», Julián confirmó sus peores presagios desde que comenzó a buscarla. Ya la había imaginado apresada en ese mundo tan atroz. A veces, sin darse cuenta, mitigaba su desconsuelo deseando que estuviera muerta. Quizá hubiera sido lo mejor. Si lograba encontrarla, no sabía cómo conseguiría devolverla a la vida, una niña cuyo cuerpo debió de ser profanado cientos de veces por hombres desconocidos que pagaron por infligirle tormento.
***
   —¿Se sabe quiénes son esos proxenetas a los que nadie va a detener? —preguntó Julián, desalentado.
   —La vivienda está a nombre de un club de amigos de la caza mayor, no recuerdo el nombre exacto, pero en todo caso es una especie de asociación sin ánimo de lucro, mira tú qué cinismo —apuntó Teresa—. Y aquí nos encontramos de nuevo con lo de siempre, la ingeniería financiera, el entramado societario, pues el club, que además tiene licencia para hostelería, pertenece a su vez a una empresa que organiza safaris en África y está radicada en Irlanda, lo más parecido a un paraíso fiscal en la Unión Europea. La investigación no ha hecho más que empezar. Vamos a pensar que lograremos descabezar a esta gente.
***
   La muchacha se abrazó con fuerza a Mirucha. A Julián le desarmaba ver las lágrimas de la muchacha, su figura derrotada, la falta de esperanza que transmitía su cuerpo, encogido sobre su mascota. Sintió el impulso de sentarse a su lado y abrazarla, convencido de que nadie en su corta vida lo habría hecho; abrazarla egoístamente también, imaginando que era Luba, respirando ambos el mismo dolor y, si pudiera, quedándose él con la mayor parte. Pero él era un hombre que pertenecía al mismo género que todos los individuos deleznables que abusaron de ella, de Luba y de tantas otras muchachas. Aquel abrazo no podía dárselo. Estaba envenenado.
***
   —Mi teniente, si es necesario, me voy para allá, no me importa.
   —Coira, si esa fuera mi intención ya se lo habría dicho. Estamos hablando porque usted no respondió a las llamadas de la subinspectora cuando ella no me pudo localizar a mí.
   —Sí, y lo siento, pero tuve un cólico y estoy en cama. Me sentaron mal unos chocos o qué sé yo. No paran de darme de comer desde que llegué, como si fuera un cerdo al que tienen que cebar, y claro, parece ser que reventé —se quejó, usando el pretérito y con un acento gallego que nunca, hasta entonces, había percibido el teniente.
   —Pues mañana será peor, porque es Nochebuena. Cuídese, Coira.
***
   —Me alegro de que al fin tenga noticias —le dijo Díaz Visedo, pero le advirtió—: Ahora mismo lo importante es saber quién empujó a la funcionaria y salió huyendo. Si quiere seguir la pista de Luba, tendrá que hacerlo en sus horas libres. Además, el caso no le corresponde a usted, sino a la Comandancia de Ávila, pues fue allí donde desapareció la niña y el juez, ante la falta de avances en la investigación, lo archivó provisionalmente hace unos meses, como usted me comunicó y yo ahora le recuerdo, por si lo había olvidado. Cuando tenga más pruebas quizá logre que se reabra, pero ahora céntrese en la funcionaria, Tresser.
   Tras el trágico fallecimiento de su esposa, Díaz Visedo no solo se había vuelto huraño, sino, incluso, cruel. Al escuchar aquellas duras palabras que destilaban tal indiferencia hacia Luba, tuvo ganas de solicitar una baja por depresión y dejar a su capitán con el culo al aire en el caso Ordovás, pero su sentido del deber se lo impidió y se sintió estúpido por ello, más aún cuando su superior, como si fueran amigos de toda la vida, se había autoinvitado en Nochebuena. Cuánto lo despreciaba en aquellos momentos.
***
   Mientras la mayoría de sus compañeros del Cuerpo vivían con frustración la laxitud punitiva de algunos magistrados con los jefes de la droga o de la prostitución, Julián protegía su indignación con el escepticismo: la droga y los prostíbulos mueven tanto dinero, con cifras tan obscenas, que creía imposible que pudieran hacerlo sin la ayuda y la complicidad del sistema, como precisamente había sucedido con el soplo que se recibió en el garito de juego antes de la redada. Así estaban las cosas. «Si la voluntad de acabar con estas lacras fuera real, haría tiempo que ya no existirían», se lamentó.
***
   […] A la niña la llamaron Asunta, como la madre, pero a la pequeña no le gustaba el nombre.
  —E entón como queres chamarte, filla? —le preguntó Vicente, el padre.
  —Mae —contestó ella, con demasiado aplomo para sus cuatro años.
   —E de onde sacaches ese nome raro?
   —Dos meus soños
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