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Reseña de «Toda pasión apagada», de Vita Sackville-West

RESEÑA DE «TODA PASIÓN APAGADA», DE VITA SACKVILLE-WEST (Alfaguara, 2016), por
Manu López Marañón
Vita (apócope de Victoria) Sackville-West, fue para Virginia Woolf :
«una alta aristócrata hija de Knole, esposa de Harold Nicolson, y novelista; pero su verdadero y notable mérito son, si se me permite ser tan burda, sus piernas. ¡Oh!, son exquisitas».
Compañera, confidente y amiga de Virginia Woolf, ambas construyeron también una relación amorosa que trascendió fuera del círculo de los íntimos. A principios del siglo XX el lesbianismo era tomado en Inglaterra como una orientación sexual o emocional periódica que prosperaba alegremente en los intersticios de la vida heterosexual. El marido de Vita –un gran estadista y baluarte del Imperio Británico– compartía gustos con ella: su bisexualidad no era escondida: muy al contrario, Vita y Harold nunca tuvieron problema en comentar, mientras cenaban y al calor de la chimenea, sus conquistas. Resultó ser el suyo un matrimonio razonablemente feliz.

Es de sobra sabido que la novela Orlando de Virginia Woolf es una biografía encubierta de Vita Sackville-West y la fabulosa mansión de la familia, Knole Palace. Vita descendía de una bailarina española, amante de su abuelo. Por una disposición sálica de su propia familia no pudo heredar el palacio Knole. Para resarcirla de esta dolorosa pérdida, y agradecida también por tantos años de amoríos, Virginia Woolf le escribió esta novela. Vivir cinco siglos de historia inglesa en la piel de un andrógino personaje real que disfruta de su sexualidad sin hacer ascos a la homosexualidad satisfizo, sin duda, a su modelo, Sackville-West.

A cambio, tuvo muy en cuenta Vita, a la hora de redactar Toda pasión apagada –que para muchos es su mejor novela–, el libro de Virginia Woolf Una habitación propia. Establecía Virginia en esa obra conexiones entre los sistemas político y patriarcal, siendo a este último al que apuntaban con seguridad y convicción sus mejores dardos de denuncia. Así, afirmaba que la independencia económica y el acceso a las profesiones de las mujeres resultaban más importantes que haber obtenido el voto; y la conclusión a la que llegaba era que:

 «para escribir novelas una mujer debe tener dinero y un cuarto propio».
La novela de Vita Sackville-West que hoy reseñamos, para dejar más claras sus intenciones, debió haberse titulado “Una casa propia”.

Al quedar viuda, Lady Slane (pese a las súplicas de los seis hijos, que la proponen turnarse su compañía en sus respectivos hogares) decide abandonar la mansión conyugal de Elm Park Gardens y trasladarse a una pequeña casa en la localidad de Hampstead, pueblo en el que siempre ansió vivir. Acompaña a la octogenaria viuda su doncella francesa de confianza, Genoux. El agente que le alquila la casa (se ha establecido que los contratos de arrendamiento sean de un año por motivos obvios), mister Bucktrout, resulta muy del agrado de lady Slane. Él será la única persona que reciba en la nueva vivienda, con los agasajos del inevitable té vespertino. Esta vida monótona, pero satisfactoria para una ex sumisa y ex complaciente esposa, se verá alterada por la irrupción    –nunca mejor dicho– de mister Fitzgeorge, un excéntrico millonario que la conoció 50 años atrás, cuando lord Slane era virrey de la India y lady Slane, por lógica, virreina. A pesar de sus iniciales reservas la anciana es atraída por el arrojo y la mundanidad de Fitzgeorge, a quien acaba por integrar en su pequeño círculo.
 

La relación entre Virginia Woolf y Vita Sackville-West duró hasta 1941, cuando Viriginia decidió ser tragada por las aguas del río Ouse, cerca del cottage de Rodmell donde tanto tiempo pasó con su marido Leonard. Unos días antes del trágico desenlace, Vita había llevado provisiones alimenticias al matrimonio Woolf. Los nazis bombardeaban sistemáticamente Londres y había ya en todo el Reino Unido un estricto racionamiento.

Fue la amistad entre estas literatas algo que padeció momentos complicados (aunque bien cierto es que no tantos como los que Virginia sufrió con la única escritora que –según ella– pudo haberle hecho sombra: Katherine Mansfield. Solo la prematura muerte de la neozelandesa nos privó de saber si la Woolf estaba en lo cierto…). Al liarse Vita con su cuñada los celos atacaron con saña a Virginia. Vita y Gwen St. Aubyn habían escrito, a cuatro manos, una biografía de Juana de Arco y la Woolf fue implacable en su crítica. A cambio, Vita declaró públicamente no haber pasado de las primeras páginas de Las olas. Discutieron después ferozmente tras la publicación de Tres guineas, un ensayo de Virginia en el que denunciaba las conexiones entre sistema patriarcal, guerra y política, y por el que fue tachada por Vita «de falta de honestidad».

Sin embargo, tras el suicidio de Virginia,
Vita Sackville-West publicó el 6 de abril de 1941, en The Observer, el poema In Memoriam: Virginia Woolf, donde dejó un sentido testimonio de su amistad con la escritora fallecida.


nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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Javier Alonso García-Pozuelo

Reseña de «La pasión de ser mujer», de Eugenia Tusquets y Susana Frouchtmann

RESEÑA DE «LA PASIÓN DE SER MUJER», DE EUGENIA TUSQUETS Y SUSANA FROUCHTMANN (Circe, 2015), por
Manu López Marañón
Siempre han ejercido gran poder de fascinación sobre mí los libros escritos «a cuatro manos». No obstante, no habré leído muchos. Dentro de la ficción recuerdo el gratísimo sabor dejado por los de Adolfo Bioy Casares con su mujer Silvina Ocampo, también «Los autonautas de la cosmopista» de Cortázar con Dunlop, los «Cuentos de H. Bustos Domecq» de Borges y Bioy Casares, o «Las páginas ocultas de la historia» de Fernando Marías y Juan Bas. En ensayo consigno los goces promovidos por «La llegada de los bárbaros» de Joaquín Marco y Jordi García, la «Carmen Laforet» de Anna Caballé e Israel Rolón o aquel monumental «Salinger» de David Shields y Shane Salerno.

Encuentro en este libro –al que cabe englobar dentro del género biográfico– que los terrenos de ambas escritoras están nítidamente delimitados. Que cada autora se responsabilice de forma concluyente de qué partes se ha encargado me resulta novedoso y sincero. Así, queda bien claro que Tusquets se ocupa de novelar un aspecto decisivo en la vida de cada biografiada. Apuntados esos «momentos de vida» –y separados por un inciso– pasa Frouchtmann a ocuparse de cada mujer, integrando en estas páginas aquello previamente resaltado por Eugenia y que, incluido en las panorámicas de Susana, encuentra ahora su exacta dimensión.

El resultado –aparte de efectivo y literariamente logrado– resulta modélico. Por motivos de espacio no son tantas las páginas dedicadas a cada personaje, pero, terminado cada retrato, salimos de todos ellos con la sensación de que solo nos ha faltado «tocar» a estas ilustres damas; muchas –como atinadamente señalan las autoras– con el grave riesgo de instalarse en un injusto olvido.

Son 12 las biografías. Las he reunido en 3 grupos. El primero lo conforman 5 escritoras, el segundo 3 estrellas y el tercero 4 variopintas personalidades sin relación posible entre ellas.

Empiezo con las escritoras. Madame de Staël (1766-1817), tras haber despertado las iras de Napoleón Bonaparte con la publicación de su novela feminista «Delphine», se vio obligada a exiliarse en Ginebra. Aunque acompañada por el filósofo suizo Benjamin Constant, la vie de château a orillas del lago Leman no le resultó satisfactoria. Sin ser una belleza, Madame de Staël dispuso de gran número de amantes; pero junto a su frenética vida sexual, esta mujer reunió en su castillo a la flor y nata de la intelectualidad europea: su salón literario universalmente conocido como «el grupo de Coppet» incluía a personalidades de la categoría de Chateaubriand, Friedrich Schlegel, Claude Hochet y… Lord Byron. Acaba de publicarse el ensayo de Emilia Pardo Bazán (1851-1921) «La cuestión palpitante» donde ella, como escritora, acepta los postulados naturalistas que causan furor en París y cuya aplicación literaria patrocina Zola. Los ojos de la conservadora sociedad española de la época, incluidos los de su marido, se han vuelto hacia ella. La Pardo Bazán terminó separándose; fue una viajera incansable y también mujer de muchas conquistas (pese a ser poco agraciada); París fue su lugar de peregrinaje. Discípula de Zola, su literatura pasó a ser combativa. Siempre siguió el consejo que le dio Victor Hugo: «Lo más importante es tener un estilo propio». Para la mejor escritora del siglo XX, Virginia Woolf (1882-1941), acabar sus obras era sinónimo de depresiones e intentos de suicidio. Al poner punto final a «Entre actos» proyecta una fuga a Londres que es abortada por su vigilante marido. Los buenos consejos no fueron suficientes. En un descuido, Virginia se dirige al río Ouse y se sumerge en sus aguas. El matrimonio de Virginia y Leonard Woolf no fue sexualmente satisfactorio, aunque, intelectualmente, se complementaban. Quizá los abusos que sufrió por parte de dos hermanastros complicaron su vida; la propia Virginia reconoció que sólo había conocido la pasión física con su amiga Vita Stackville-West. Anais Nin (1903-1977) visita, por vez primera, a un psicoanalista. Atrapada por la convulsa atracción erótica hacia June –la mujer de Henry Miller– y su pasión por el escritor (a lo que se añade la nunca resuelta obsesión por su padre), la vida de Anais es un caos, y más si tenemos en cuenta que fue alguien que llevó sus amoríos al límite. Popular por sus diarios, su mayor reconocimiento lo obtuvo gracias a sus páginas eróticas: en esos textos exploró la mente y la sexualidad femenina con una explicitud jamás conocida. A «la Virginia Woolf española», Mercé Rododera (1908-1983), le gustaba era comer en La perle du lac de Ginebra, un restaurante que daría nombre a una novela suya. Fue la gran novelista de Barcelona una niña fantasiosa que de adolescente anduvo enamoriscada de su tío, aunque acabó siendo una de esas burguesas que se casan y pronto se desencantan de su aburrido marido. Como madre no fue muy atenta; prefirió desplazar la pasión a su romance con Andreu Nin. Obligada a trabajar de modista, acabó convirtiéndose en incansable narradora. Seria y nostálgica, creó el personaje femenino más importante (con permiso de Andrea) de la narrativa española del siglo XX: la Colometa.

En el grupo de las estrellas tenemos en primer lugar a Raquel Meller (1888-1962). La cupletista, instalada en su residencia parisina, escucha a un empresario que logra convencerla para que haga su primera gira por Estados Unidos. Tras decirle que no al mismísimo Chaplin (le había ofrecido el papel de Josefina para el biopic que preparaba sobre Napoleón), la Meller regresó a Europa donde seguiría cosechando éxitos. En 1911 actúa ya en el teatro y graba sus primeros discos: «La violetera» y «El relicario». El éxito a nivel internacional lo obtiene en el Olympia de París. Su mayor triunfo en el cine fue «Carmen». En su segunda gira norteamericana se reencontró con Chaplin y otra vez volvió a negársele. Erró: el papel de la ciega en «Luces de la ciudad» estaba escrito para ella. Hedy Lamarr (1914-2000), recién llegada a Hollywood, disfruta con su hijo mientras espera a su amigo George Antheil, un músico con quien prepara un proyecto que busca dar forma a la técnica de conmutación de frecuencias, algo que, décadas después, permitió implantar la comunicación de datos Wi-Fi. Actriz bastante limitada, trabajó con grandes de su época como James Stewart, Clark Gable o Spencer Tracy. Tampoco anduvo fina a la hora de descartar papeles: no quiso aparecer en películas de éxito mundial como «Casablanca» y «Luz de gas». María Callas (1923-1977) vivió su mayor crisis profesional y sentimental al ser abandonada por Aristóteles Onassis, que la dejó en París para iniciar su relación con Jacquline Kennedy. Incapaz de superar años de pasión con el naviero, la gran diva intentó suicidarse. María Callas se dejó la piel por llegar a ser la mejor cantante de ópera: perdió 36 kilos en un año y hasta se convirtió en una mujer atractiva. Pero pronto empezó a perder facultades vocales y a consumir somníferos y barbitúricos. Con toda su inteligencia y capacidad, se dejó morir a los 54 años.

El tercer, y variopinto, grupo lo inicia Teresa de Ávila (1515-1582). Fundadora de la orden de las carmelitas descalzas, toda su obra es autobiográfica. Con un lenguaje fresco sus vivencias personales se adivinan en géneros tan variados como el didáctico, el tratado espiritual o la crónica. No siendo una mujer culta esos textos aclaran sus éxtasis y la relación con Dios, su esposo. Esa felicidad en el sufrimiento se define hoy como «epilepsia extática», y es la misma que aquejó a Dostoyevski. A Eleanor Roosevelt (1884-1962) la encontramos exhausta. Franklin Roosevelt acaba de contraer el virus de la poliomielitis y necesita moverse en silla de ruedas. El matrimonio ya había sufrido su primera gran prueba de fuego al descubrir ella cartas de amor dirigidas a su marido. A pesar de todo, lo animó a seguir con su carrera política. Roosevelt asumió la presidencia de Estados Unidos y permaneció en ella hasta 1945. Eleanor llegó a participar en La Declaración Universal de los Derechos Humanos y escribió 17 libros. Hannah Arendt (1906-1975) acudió al juicio de Adolf Eichmann como corresponsal de The New Yorker. Sus crónicas fueron recopiladas en el libro «Eichmann en Jerusalén» cuya tesis general es que el transportista del III Reich, aun consciente de lo que hacía, cumplía órdenes «por pura inercia». Comprender a Eichmann la condujo al rechazo de muchos judíos. Alumna de Heidegger, doctorada por Jaspers, se casó sin embargo con un joven sin preparación. Retirada su nacionalidad alemana Arendt consiguió el pasaporte norteamericano, lo que le permitió publicar allí libros esenciales como «Los orígenes del totalitarismo». Ninguneada en España, donde casi nadie conoce su obra, Remedios Varo (1908-1963) ha conseguido ser una reconocidísima pintora en su país de adopción, Méjico. En Madrid, se hizo amiga de Dalí y empezó a pintar sus primeros cuadros. Escapada a París ante la llegada de la guerra civil, conoció a los surrealistas acaudillados por André Breton y se casó con el poeta Péret. Ante la entrada de los nazis huyó a Méjico. Frida Kahlo y Diego Rivera impedían que los cuadros de los artistas exiliados colgaran en las galerías, pero Varo consiguió que Rivera se fascinara por su surrealismo místico
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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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Javier Alonso García-Pozuelo

«Orlando: una biografía», novela de Virginia Woolf (1882-1941)

Virginia Woolf fue una novelista, escritora de relatos, ensayista, editora y feminista británica, considerada una de las más destacadas figuras del modernismo literario del siglo XX.
 

Nació en Londres, el 25 de enero de 1882,y falleció en Lewes, Sussex, el 28 de marzo de 1941.
 
Entre sus obras más conocidas estás las novelas «La señora Dalloway» (1925), «Al faro» (1927), «Orlando: una biografía» (1928), «Las olas» (1931), y su largo ensayo «Una habitación propia» (1929).

Orlando, portada de primera edición.
 
«Orlando: una biografía» fue publicada el 11 de octubre de 1928. En ella se tratan temas considerados tabúes en su época (la homosexualidad, la sexualidad femenina, el rol de la mujer dentro de una sociedad) contextualizados en distintos períodos históricos. Esta “biografía” puede ser leída como una crítica al sesgo machista de este género literario, en el que los personajes históricos biografiados, en la Gran Bretaña victoriana, eran en su inmensa mayoría hombres. Fue traducida al español por Jorge Luis Borges.

Citas de «Orlando: una biografía»

Nada era demasiado pequeño para ese diálogo, nada era demasiado grande.
Daría hasta el último centavo por escribir un solo librito y hacerse célebre; todo el oro del Perú no puede compararse al tesoro de una frase bien hecha.
La naturaleza nos ha jugado una mala pasada, pues el poeta tiene cara de carnicero y el carnicero de poeta.
Si tuviera una pensión de trescientas libras al  año, me quedaría en la cama hasta el mediodía leyendo a Cicerón.

No hay en el tumultuoso pecho del hombre una pasión más grande que la de imponer sus creencias a otros.


Estoy creciendo, pensó, estoy perdiendo mis ilusiones para adquirir otras.
Estaba casada, es verdad; pero si su marido estaba siempre doblando el Cabo de Hornos, ¿eso era un matrimonio? Si una quería a otras personas, ¿eso era un matrimonio? Si una deseaba escribir versos más que nada en el mundo, ¿eso era un matrimonio?
La vida es el único tema digno del novelista o del biógrafo; la vida nada tiene que ver con estar sentada en una silla, pensando; el pensamiento y la vida son polos opuestos.
El amor nada tiene que ver con la bondad, la fidelidad o la poesía, el amor es quitarse la enaguas.

Varios guardianes del parque la miraron con desconfianza y sólo se inclinaron a una benévola opinión de sus facultades mentales al advertir el collar de perlas que usaba.

Reseña de «Si quieres, puedes quedarte aquí», de Txani Rodríguez

RESEÑA DE «SI QUIERES, PUEDES QUEDARTE AQUÍ», DE TXANI RODRÍGUEZ (Tres hermanas, 2017)
Manu López Marañón
No es una recién llegada al mundo de las letras la autora que hoy nos ocupa. Como periodista, Txani Rodríguez (Llodio, 1977) tiene una columna semanal en El Correo, diario en cuyo suplemento cultural (Territorios) asimismo colabora. Pero es que, además, ha escrito guiones para cómics, ha publicado libros infantiles y también uno de relatos («El corazón de los aviones») y dos novelas («Lo que será de nosotros» y «Agosto»).

La nueva, finalista del XLVII Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro, se titula «Si quieres, puedes quedarte aquí». En lo que tiene toda la pinta de haber sido una meditada decisión,
Txani Rodríguez ha optado por la tercera persona para interesarnos en los itinerarios sentimentales y vivenciales de Andrea Martínez Hinault, filóloga francesa que malvive de las traducciones y que llega a una cabaña de bosque previamente alquilada por su pareja –el adinerado Gonzalo– en un pueblo llamado Luja. Descartada la primera persona (y, aún mejor, evitando la tentación de dar al relato forma de diario íntimo) se consigue que el lector, mediante otros recursos –entre los cuales el voyeurismo autoral no es el menos importante–, profundice a cada página en lo más íntimo de esta complicada mujer. Que el resto de personajes vayan presentándose y desarrollándose a través de la mirada de Andrea, siempre desde la tercera persona, resulta un apasionante reto que culmina con la aprobación del lector.

Sorprende la calificación de «Si quieres, puedes quedarte aquí» como novela «corta». Estamos ante 200 páginas de una admirable prosa y creemos que es la intensidad sostenida lo que define cuantitativamente a una novela: cuanto inane mamotreto de mil páginas y con éxito fulminante se termina sin que deje poso. Y que nos digan, ¡por favor!, qué novela corta admite tiempos muertos tan abundantes como los de «Si quieres, puedes quedarte aquí». El capítulo que nos refiere la voluntad de aquel marqués de donar su fortuna al ayuntamiento para embellecer con flores las fachadas del pueblo, o los que dan cuenta de varios paseos en barca para llegar al almacén, o esas conversaciones, aparentemente intrascendentes, de Andrea con Rosario mientras cocinan, siendo interrupciones, no dejan de resultar también páginas de poética contemplación que, bien metidas –como es el caso–, se acoplan a la trama fortaleciéndola y no debilitándola, como por desgracia viene siendo norma en tantos novelistas a quienes no nombro para que continúen en su burbuja creyéndose literatos rompedores.

Pero no tratamos de convencer a nadie con nuestro razonamiento: las fronteras entre cuento largo, novela corta y novela traen de cabeza desde tiempo inmemorial a legiones de eruditos, y no seremos nosotros quienes pretendamos haber dado con la solución. Pero «Si quieres, puedes quedarte aquí» es novela, novela a secas (y sin fastidiosas etiquetas tipo «noir» «rosa» «verde», etcétera, algo que hoy en día no deja de ser otra bienvenida rareza.)

La tercera novela de
Txani Rodríguez no es parca a la hora de suscitar resonancias, bien literarias (en muchos momentos la autora nos ha parecido una Virginia Woolf «domesticada» en el mejor sentido de la palabra: más cercana a la delicada prosa impresionista de «Al faro» que a los entrecruzados y tumultuosos monólogos interiores de «Las olas»), bien cinematográficas (los corderos que mueren, desollados en vallas o por la basquilla, crean indirecto suspense, pero también pautan el desarrollo temporal, como sucedía con los peces muertos de «Sangre fácil» o el conejo preparado para ser horneado de «Repulsión»). Otros animales menos susceptibles de acaparar cariño humano como orugas procesionarias y perros mordedores completan el bestiario de Luja.

El elenco masculino no queda muy bien parado. Gonzalo, pareja de Andrea, de quien ella busca un descanso tras una convivencia que se ha ido degradando, se nos presenta como un hombre que detesta la literatura hasta el extremo de arrancar literalmente de las manos de Andrea el libro que esté leyendo (exagerándolo un poco, estaríamos ante otro de esos especímenes masculinos que encuentran en el trabajo, el deporte y el sexo su forma de encarar la vida, una vida para la que cualquier asomo a la imaginación resulta un incordio). Los indicios de esa soterrada brutalidad de Gonzalo, por desgracia, pronto se ven confirmados. Otermin, el dueño de las cabañas de Luja, pese a sus vegetarianas sofisticaciones desplegadas en su caserío acaba revelándose como el rústico sin recursos que en realidad es. Y Aleksei –Liosha– un ruso encargado del mantenimiento de las cabañas, aunque de buen fondo, muestra grandes dosis de inseguridad; para cuando quiera tomar una decisión firme resultará tarde, aunque, adelantémoslo, es este Liosha, con todas sus dudas y silencios, quien facilita un cierre de novela no tan desolado.

Dejando aparte a las tres nudistas que ocupan una cabaña y terminan por resultar demasiado evanescentes y poco aprovechadas (su salida de la novela nos ha resultado un poco forzada), hay que reconocer que la absoluta protagonista –Andrea– con su tortuoso pasado, sus anhelos vitales, la indisimulada búsqueda de sexo, así como su bagaje cultural y su preparación intelectual, nos ha resultado un personaje maravillosamente construido. ¿Recuerdan otra inolvidable Andrea de nuestra literatura? ¡Claro!, la de
«Nada», la obra maestra de Carmen Laforet con quien esta Andrea Martínez, si se detienen a comparar, guarda no pocas similitudes (arriesgamos creyendo no caer en la exageración si hablamos de un aggiornamento en la Andrea original). No menos interesante, a pesar de mostrar escasa complicación interna, se muestra esa esquiva Rosario que ha encontrado la razón de su vida en cocinar para la Asociación de Viudas de Luja y con la que Andrea acaba por amistarse; gracias a ella, además, encuentra trabajo.

Novela de lectura detenida y hechizante, «Si quieres, puedes quedarte aquí», nos revela a una autora llamada –si no le devoran las prisas y esquiva el temido contrato editorial que obliga a entregas anuales– a darnos títulos maestros. Mientras Txani Rodríguez prepara su siguiente obra no duden en esperarla disfrutando con esta que nos ha gustado tanto
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Javier Alonso García-Pozuelo

Reseña de «Seis personajes y un cantante», de Amalia Álvarez San Pedro

RESEÑA DE «SEIS PERSONAJES Y UN CANTANTE», DE AMALIA ÁLVAREZ SAN PEDRO (Editorial Amarante, 2017)
Manu López Marañón
Mi primer contacto con la prosa de esta autora nacida en Béjar, pero madrileña de adopción, lo he tenido gracias a esa obra inaugural y preñada de descubrimientos que es «Diez cuentos para iluminar talentos» (Luna literaria, 2017). En la selección brilla con luz propia el relato aportado por Amalia Álvarez San Pedro «Vacaciones en el paraíso». La historia del matrimonio lastrado por sus ansias consumistas y por la obsesión del marido de divorciarse de una mujer siempre de gasto en gasto y de viaje en viaje, se narra, por una parte, con impecable conocimiento del lenguaje (eso tan devaluado del «¡qué bien escribe!» que en ocasiones como esta recupera su sentido primigenio) y, por otra, con el dominio del tiempo que cualquier narración solventemente ejecutada exige. La grata impresión que el cuento deja hizo que no parase hasta conseguir un libro de su autora, éste que ahora reseño.

Que la infancia es territorio fértil para que un escritor germine ya lo demostró el más grande novelista de la historia, el francés Marcel Proust. En esta época tan cicatera con el tiempo libre, darse el gustazo de leer «En busca del tiempo perdido» está al alcance de pocos. Siempre tuve la sensación de que
Proust es lectura de rentista… Sin embargo rogaría a todo interesado no solo en la literatura sino en el arte en general, que, antes de irse al otro barrio, trabaje un poco menos y cate «Por el camino de Swann», comienzo de la irrepetible saga. En este primer volumen el repaso que de su infancia en Combray hace Proust ha quedado en los anales literarios. El recuento humano toma cuerpo en unos personajes grabados a fuego en quien los descubra; así por ejemplo, la cocinera de la familia del Narrador, Françoise, o el elegante, culto y mundano Charles Swann: mis favoritos.

Por su brevedad (77 páginas) «Seis personajes y un cantante» se devora de un saque. No concibo mejor compañero para un viaje (sobre todo en tren) que este libro. Eso sí, no esperen encontrarlo en esas «librerías» de estación o aeropuerto anegadas por insulsos mamotretos del momento destinados a lectores igualmente paniaguados. «Seis personajes y un cantante» deberán llevarlo en la maleta y antes, seguramente, haberlo pedido, porque –y por desgracia no creo equivocarme– esta maravilla tampoco estará disponible en librerías con mayores amplitudes de mira. La invisibilidad y el anonimato son castigos decretados por los distribuidores que toca padecer a quienes escribimos bajo los patrones de la hondura y la sensatez. Algo que, una vez asumido, no deja de tener sus ventajas, cierto es.

«Seis personajes y un cantante» no es un libro de microrrelatos. Estamos ante siete cuentos (más un epílogo) de no muy larga extensión pero con el suficiente número de páginas como para hablar de relatos stricto sensu. A pesar de que la azoriniana escritura de Amalia Álvarez San Pedro pueda ser calificada –y en bastantes ocasiones– como «prosa poética», tampoco englobaremos su obra en esta categoría (donde ubicamos «Ocnos» de Luis Cernuda o «Platero y yo» de Juan Ramón Jiménez).

Este libro publicado por la editorial salmantina Amarante (no debemos dejar de ensalzar la vocación de estas editoriales independientes que arriesgan con títulos que solo ellas tienen capacidad de lanzar: ahí está el presente y el futuro de nuestra literatura, una literatura dirigida a punta de pistola desde hace demasiado tiempo ya por mafiosos grupos editoriales); «Seis personajes y un cantante» –decía– está para mí más en la onda estilística de «Industrias y andanzas de Alfanhuí». Aquella anatomía social y provinciana de la España de la época, aquel hacer hablar, sentir, razonar, moverse o transmitir provechosa enseñanza a cualquier objeto que, con indudable maestría, lograba Rafael Sánchez Ferlosio encuentra vigorosa continuidad en nuestra escritora.

Previene Amalia Álvarez San Pedro en unas líneas introductorias de cómo conoció realmente a los protagonistas de su libro y que –aún hoy– los evoca. Pero, también, de cómo sobre estos caracteres ha dejado ella volar su imaginación. Con esta metodología construye sus relatos a flor de piel: matizados con precisión, tallados con mimo de orfebre (en ninguno sobra algo ni falta nada), afortunadamente en todos la filóloga feliz se ve devorada por la narradora de fuerza incuestionable.

En El cantante la fascinación de la agnóstica autora por las iglesias se apoya en las reminiscencias provocadas por aquel cantante tenor de misa; vestido siempre como un capitán de yate marbellí, bordaba a Bach y a Mendelssohn. Cibrián es un practicante de pueblo que soñaba con ser médico; una esposa arisca y poco dada al vuelo colaborará a que la vida de Cibrián acabe por no resultar soportable. En Serafina, relato contado usando la siempre complicada segunda persona, el miedo irracional que siente la niña protagonista hacia una inocente hortelana acaba encontrando justificación. Tras morir su castradora madre Manuel realiza su sueño de ser subastador; inopinadamente, sus triunfos en las subastas del pueblo lo llevan a conquistar la provincia. En Zoe, una irredenta borracha, feliz con sus botellas de vino y latas de cerveza, rechaza con asco la aguada sopa que le ofrecen las monjas. Mimos tiene un estudio de fotografía que es analizado desde los ojos de un perro de porcelana (en un homenaje al «Flush» de Virginia Woolf) que el artista usa como atrezo para sus posados. Rosa retrata a una panadera comparándola con los productos de su tahona; dotándola de tiernos atributos, la autora consigue transmitir su amor por los oficios artesanales, en este caso por el del pan. En el Epílogo encontramos los últimos personajes conmemorados por Amalia Álvarez San Pedro; como lamentando no haberles dado cuento propio aparecen aquí, con cierta urgencia e innominados, el tendero de ultramarinos, el hombre de las carteleras y esquelas, y el camarero fanático del orden.

Para terminar decir que todos los relatos vienen acompañados por una selección de fotos propiedad de la autora. Amalia Álvarez San Pedro es fotógrafa profesional y ha ganado importantes premios, lo que se nota en la bella interacción entre textos e imágenes que nos ofrece «Seis personajes y un cantante». Un libro imperecedero y –recuérdenlo– la mejor compañía para el viajero.


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