Antología de poesía colombiana (I), por Amalia Leal Córdoba

Los poemas de esta primera entrega de «Antología de poesía colombiana» han sido escogidos por la escritora bogotana Amalia Leal Córdoba.
 
Amalia Leal Córdoba

Antología de poesía colombiana (I)


Aurelio Arturo (La Unión, 1906 –  Bogotá, 1974)
Qué noche de hojas suaves y de sombras...
Qué noche de hojas suaves y de sombras
de hojas y de sombras de tus párpados,
la noche toda turba en ti, tendida,
palpitante de aromas y de astros.

El aire besa, el aire besa y vibra
como un bronce en el límite lontano
y el aliento en que fulgen las palabras
desnuda, puro, todo cuerpo humano.

Yo soy el que has querido, piel sinuosa,
yo soy el que tú sueñas, ojos llenos
de esa sombra tenaz en que boscajes
abren y cierran párpados serenos.

Qué noche de recónditas y graves
sombras de hojas, sombras de tus párpados:
está en la tierra el grito mío, ardiendo,
y quema tu silencio como un labio.

Era una noche y una noche nada
es, pregona en sus cántigas el viento:
aún oigo tu anhelar, tu germinar melódico
y tu rumor de dátiles al viento.

Y he de cantar en días derivantes
por ondas de oro, y en la noche abierta
que enturbiará de ti mi pensamiento,
he de cantar con voz de sobra llena.

Qué noche de hojas suaves y de sombras
de hojas y de sombras de tus párpados,
la noche toda turba en ti, tendida,
palpitante de aromas y de astros.


(Morada al sur, 1963)

Álvaro Mutis (Bogotá, 1923 – Ciudad de México, 2013)
Amén
Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.


(Los trabajos perdidos, 1965)

José Manuel Arango (El Carmen de Viboral, 1937 – Medellín, 2002)
XVI
mientras bajo la tierra crecen las raíces del pino
y los muertos tranquilos pastorean los astros

mientras un hombre canta para espantar su miedo
por un camino solitario

y sobre alguna ciudad desconocida cae la lluvia


y yo
nos amamos


(Signos, 1973)

Darío Jaramillo Agudelo (Santa Rosa de Osos, 1947)
XII
Todo tuyo siempre todavía.
Tuyo todo por siempre hasta hoy y luego,
tuyo siempre porque para ser lo necesito,
siempre todo tuyo,
siempre aunque siempre nunca sea,
todo íntegro tuyo siempre y hasta ahora
más el próximo nuevo instante cada vez.
Con todo el tiempo el mundo a nuestro alcance,
todo el tiempo del mundo que es igual a la próxima noche,
todo tuyo siempre todavía.
Seguro de sobrevivir mañana tuyo,
siempre tuyo desde hoy en cada mañana de mañana.
Enamorado de ti, siempre y ahora, sin recuerdos,
En presente siempre amándote,
Eternamente tuyo,
Todo tuyo siempre todavía.


(Poemas de amor, 1986)

Piedad Bonnett (Amalfi, 1951)
Algo hermoso termina
Todos los días del mundo
algo hermoso termina
.
Jaroslav Seifert

Duélete:
como una vieja estrella fatigada
te ha dejado la luz. Y la criatura
que iluminabas
(y que iluminaba
tus ojos ciegos a las nimias cosas
del mundo)
ha vuelto a ser mortal.
Todo recobra
su densidad, su peso, su volumen,
ese pobre equilibrio que sostiene
tu nuevo invierno. Alégrate.
Tus vísceras ahora son otra vez tus vísceras
y no crudo alimento de zozobras.
Ya no eres ese dios ebrio e incierto
que te fue dado ser. Muerde
el hueso que te dan,
llega a su médula,
recoge las migajas que deja la memoria.


(Tretas del débil, 2004) 

Juan Felipe Robledo (Medellín, 1968)
Nos debemos al alba
Traicionar las palabras,
canjear su peso, su color,
en el sucio mercado de los días
es acto que nos llena de muerte
y ceniza y vago afán.
Ha de ser castigado
con el hierro, la soledad,
el tedio y la miseria.
Nos debemos al alba,
plateros, a la dicha,
y al canto y al remo
y al ensueño trazado en la garganta
y a mañanas sin prisa
en las orillas de un mar que ya no es.


(De mañana, 1999)

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