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Reseña de «Vosotros, los muertos», de Ginés S. Cutillas

RESEÑA DE «VOSOTROS, LOS MUERTOS», DE GINÉS CUTILLAS (Cuadernos del Vigía, 2016), por
Manu López Marañón
Está de moda el microrrelato y no son pocos escritores los que se han puesto a hacerlos. Sin ser un experto, reconozco haberme aficionado por las selecciones que publican periódicamente mis compañeros (así, las de Ana Grandal y Francesc Barberá suelen resultar excelentes). Siento también especial predilección por los microrrelatos de Manu Espada y Ana Vidal Pérez de la Ossa, dos maestros que ceden algunos suyos a Cita en la Glorieta, algo de lo que nos beneficiamos todos. Por otros caminos sigo atentamente las creaciones de dos microrrelatistas imprescindibles: las de la sevillana Xenia García y las de la bilbaína Patricia Millán Molinuevo.

A mitad de camino entre la composición poética y el cuento, podría decirse que cuando el microrrelato es acertado y da en el clavo participa de lo mejor de ambos géneros: así, la intensidad, la concentración y la preferencia por la imagen precisa que todo buen poeta persigue se combinan con el ritmo acuciante y sin fisuras del relato –que aporta, además, su querencia por la pegada final–. Artista consumado y excepcional teórico del cuento, en todos aquellos microrrelatos que conforman «Vosotros, los muertos», libro que ahora reseñamos, brilla el talento generoso y deslumbrante del valenciano Ginés S. Cutillas.

Si ya cuesta resumir un relato y tenemos que hacer esfuerzos para no destriparlo, imagínense en el caso de los microrrelatos. Habría casos en que incluso un par de líneas sobre ellos excederían su tamaño… Me decido entonces por un compendio de sensaciones y reminiscencias para formar así una «idea general» del libro. Antes, dejaré apuntado que este medio centenar de microrrelatos toman a la muerte –a sus prolegómenos y consecuencias– como hilo argumental. Tomando de aquel tétrico mundo rural abandonado a su suerte (Rulfo) los aparecidos, espectros y las voces del más allá, pero bebiendo también del «horror cósmico» que tanto seducía a Lovecraft, por las inolvidables páginas de Cutillas desfilan (y comienza el compendio):

muertos rebeldes – trenes sumidos en la oscuridad por los que la vida transcurre en pocos días – bibliotecas en el fondo de catedrales vigiladas por Borges – besos en la mejilla «a lo Proust» que permiten conciliar un sueño demasiado parecido a la muerte – parodias de funeral a lo «All that jazz» – tránsitos agonísticos a la muerte definitiva – extraños en el dormitorio – vivos que se burlan de los muertos y acaban pereciendo por «una cuestión de estilo» – viejos muriendo felices en pleno orgasmo – kafkianos anonimatos oficinescos – miembros de un circo confabulados para acabar con el payaso listo – familias previsoras que limpian las lápidas que un día les recordarán – visiones dantescas del Hades – los tranquilizadores insomnios de los moribundos – similitudes entre una boda y un entierro – viudas que cuentan su vida a un teléfono mudo – discusiones inútiles entre parejas ya moribundas – muertos que resucitan y abandonan los cementerios – televisores que reflejan espectros – esposos desechados encajonados junto a otras pertenencias – novelistas que acaban pareciéndose a los asesinos de sus narraciones – vidas cadavéricas compartidas en pisos de solteros (o de casados) – apocalipsis en forma de choques frontales – heraldos de amaneceres nunca prometedores – muertos que no se resignan y regresan a la hora de la cena – apocalipsis urbanos en los que nadie se libra – pesimistas negándose a dar esperanza – romances imposibilitados por falta de recursos – asesinatos de usureras que inauguran la narrativa del siglo XX – inmortales a la espera de otros inmortales – fantasmas desdoblados en seres humanos, y viceversa – familias de asesinos que organizan su trabajo – las lápidas del suicida – rebeliones en el Arca de Noe: los animales se plantean acabar con los humanos – teléfonos con los cables cortados que registran conversaciones pasadas – una lista de literatos con algún cadáver iletrado por desembuchar – repúblicas de personalidades desnortadas – accidentes irrevocables – monstruos que aterrorizan a niños ignorados por adultos – diferentes autores de diversos géneros confabulados para un crimen despedazable – abuelos que desaparecen dándose el relevo – hombres desengañados que ejecutan sangrientamente a Cupido – ciudadanos enterrados en profundas zanjas – muertes amenazantes reflejadas en un grifo – batallas marinas interrumpiendo pescas al anzuelo – terremotos que intentan interrumpir la actividad literaria – pacíficos vecindarios transformados en ruidosos cementerios – «curiosos impertinentes» que vuelven a arruinar su vida gracias, esta vez, a Internet – los sufrimientos de quienes acuden a una reunión de viejos alumnos y se sienten incorpóreos – los finales del «amigo invisible» – los temores a la retaguardia haciendo avanzar a un fiero ejército – enfermos de Alzheimer haciendo de las suyas – muertos resucitados desesperando a un pueblo – confusiones idiomáticas – infiernos como metáfora de la cárcel, donde todos se conocen y no hay intimidad – matrimonios que avanzan a golpe de silencios…

Y para dar comienzo al volumen: todos los nombres, el nombre. Y al final el nombre que irremediablemente nos unirá a todos: el de LA MUERTE.

Un buen consejo: no se pierdan «Vosotros, los muertos». Acertarán. SEGURO
.


nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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Javier Alonso García-Pozuelo

«Vosotros, los muertos», libro de microrrelatos de Ginés S. Cutillas

Os ofrecemos, por cortesía de su autor, cinco microrrelatos de uno de nuestros más admirados escritores de microficción, Ginés S. Cutillas, quien recientemente ha publicado con Cuadernos del vigía su nuevo libro de microrrelatos: Vosotros, los muertos.


BEAUTIFUL LOSERS 
Ginés S. Cutillas
La fiesta comenzó en 1999. Acababa de llegar a la ciudad y compartíamos piso. Todos trabajábamos, y aunque intentamos poner reglas para que durante la semana la cosa no se nos fuera de las manos, era imposible llegar a casa y no encontrarte con algún desconocido bebiéndose tus cervezas, muchas veces sin que estuviera ninguno de los compañeros. Para no discutir aprendimos a vivir con ellos, incluso dejamos de preguntar si alguien los conocía. Nunca lo confirmé, pero intuía que nuestra dirección pasaba de boca en boca y que se dejaban entrar unos a otros.

Nos mudamos a un piso más grande pero, lejos de acabarse, el problema se agravó, pues cabía más gente. Comenzaron a quedarse a dormir y, aunque nunca pudimos contrastarlo científicamente, llegamos a pensar que algunos habían muerto cerebralmente alcoholizados y paseaban erráticos por los pasillos, emitiendo inquietantes gruñidos y buscando restos de comida y culos de botella.

Cuando me casé con Miriam se acabó lo de compartir piso, pero no lo de los extraños. No sé cómo descubrieron nuestra dirección ni cómo se siguen colando en casa. Mi mujer dice que esto se tiene que acabar, que los tengo que echar de nuestro hogar, pero yo ya no sé vivir de otra manera: me he acostumbrado a ellos. ¿O acaso le digo yo algo de los extraños que vienen con ella?



Vosotros, los muertos (Cuadernos del vigía, 2016)

ENCAJAR LA RUPTURA 
Ginés S. Cutillas
El hombre se introduce en la caja y permanece erguido observando cómo la mujer vacía sobre sus pies todos los objetos del neceser para a continuación hacer lo mismo, cajón por cajón, con su ropa: calzoncillos, calcetines, camisetas. Deja para lo último las cosas más íntimas, quizá las que también le duelen a ella, las fotos o los discos que han oído juntos estos últimos años. Al llegar el turno del Ziggy Stardust, ella lo sopesa y lo deja fuera. El hombre sabe con certeza que fue él quien lo compró, pero no se siente con fuerzas para reclamar nada.

Cuando parece que la avalancha de objetos ha parado, una nueva luz se ilumina en los ojos de ella. Empiezan a caer entonces entre aquellas cuatro paredes de cartón los regalos que él le hizo después de la última conversación.

En el cruce final de miradas él confirma que no hay vuelta atrás, se agacha resignado y se acomoda entre los trastos. No hay sonido que ilustre mejor el desgarro de su corazón que el de la cinta de embalaje.

Una vez empaquetado todo, oye a través del fino tabique que los separa cómo un desconocido entra en la habitación de matrimonio y lo carga en una carretilla. En un ataque de dignidad se revuelve intentando zafarse del cautiverio, pero es inútil. Escucha la puerta del ascensor y tras unos metros de sacudidas, la del trastero. Cuando la luz se apaga apenas ve, a través del agujero que ha hecho para respirar, que hay más cajas allí. Algunas noches, también las oye llorar
.

Vosotros, los muertos (Cuadernos del vigía, 2016) 


EL ORÁCULO 
Ginés S. Cutillas
El cursor parpadeaba delante de mí inquiriendo la pregunta, el aburrimiento hizo el resto. Escribí en el buscador «sentido de la vida», y allí que devolvió un solo resultado, escueto, preciso, unívoco, absurdo, como no podía ser de otra manera.

A continuación se me ocurrió otra pregunta, «¿cómo desaparecerá la Humanidad?». Y otra vez un solo resultado con toda clase de detalles: fechas, términos científicos de sismología, nombres de plagas, efectos climatológicos con su explicación detallada y animaciones de distinta índole, siempre con fuego por todos lados.

Aliviado al ver que el Fin del Mundo no me alcanzaba, hice una búsqueda, digamos, más mundana: «¿Me engaña Lidia?». Junto a la respuesta toda clase de detalles de fechas y horas, duraciones, enlaces a perfiles de redes sociales de al menos ocho hombres distintos, cuatro de ellos vecinos, y lo más humillante: enlaces a posturas del Kamasutra, a saber, el pájaro prisionero, el puente de madera, el escandinavo, el visitante, defensa amorosa, dulzura oriental, la cruz noruega… En fin, treinta y nueve posturas acompañadas de sus treinta y nueve videos extremadamente explicativos. También un enlace a los toros de lidia.

Hace dos semanas que escribí la última pregunta en el buscador. Todavía no he reunido el valor suficiente para asomarme a la pantalla
.



Vosotros, los muertos (Cuadernos del vigía, 2016)

ALZHEIMER 
Ginés S. Cutillas
Me hablan de un hombre que hizo cosas alucinantes. Yo les digo que no me engañen, que un hombre no pudo hacer tanto en una sola vida. Pero insisten, estos que dicen ser mis hijos. Mis hijos, qué graciosos.

Me lo presentan como un héroe, y a mí me brillan los ojos cuando les digo que me gustaría parecerme a él. Entonces también a ellos les brillan los ojos, se vuelven, y ya no les puedo ver el rostro
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Vosotros, los muertos (Cuadernos del vigía, 2016) 

AHORA QUE NUESTROS NOMBRES SE ESCRIBEN EN PIEDRA 
Ginés S. Cutillas
¡Qué raro que me llame Federico!

        Federico García Lorca

Hasta los once años me llamé Federico, a pesar de que a mis padres no les convencía mucho el nombre. No está formado, decían. Cuando se le escriba en la cara, le pondremos uno más afín. Y así fue: a los doce, con el cambio de voz, decidieron que Federico ya no correspondía con mi talante, que el mejor nombre que me podía ir para la adolescencia recién estrenada era el de Francisco, Paco para los amigos. Este nombre me duró justo hasta la noche de bodas, cuando en pleno éxtasis, mi mujer me llamó Carlos. «Me casé con Paco y me desvirgó Carlos», era la típica broma que solía hacer a los conocidos.
        
Desde entonces, he cambiado de nombre en cuatro ocasiones más. A veces incluso solapando épocas: en la oficina y en el gimnasio me sentía Luis, pero el cuerpo me pedía ser Raúl para echarme los faroles en la partida de póquer de los jueves.

Mis amigos, los de toda la vida, se confundían. Para no marearlos demasiado y evitar malentendidos, consentí en colgarme al cuello una medalla bien visible con el nombre vigente grabado. Aun así les costaba, decían que no era normal, que ellos habían nacido con uno y que el mismo les habría de durar toda la vida. Yo les decía que habían tenido suerte, que sus rostros se habían amoldado a sus nombres, que los habían aceptado. Para tranquilizarlos les decía que algún día, todos nos llamaríamos igual
.


Vosotros, los muertos (Cuadernos del vigía, 2016) 

Podéis leer, sin salir de CITA EN LA GLORIETA, otro microrrelato de Ginés S. Cutillas pinchando en la portada de «Un koala en el armario».


Ginés S. Cutillas (Valencia, 1973)
es ingeniero informático por la Universidad Politécnica de Valencia y licenciado en Documentación por la Universidad de Granada. Autor de La biblioteca de la vida (Fundación Drac, 2007), Un koala en el armario (Cuadernos del Vigía, 2010), La sociedad del duelo (Editorial Base, 2013), Los sempiternos (Editorial Base, 2015), Lo bueno, si breve, etc. Decálogo práctico del microrrelato (Editorial Base, 2016) y Vosotros, los muertos (Cuadernos del Vigía, 2016). Su obra ha aparecido también en varías antologías de relatos y microrrelatos, como Ficción sur (Traspiés, 2008), A contrarreloj II (Hipálage, 2008), Por favor, sea breve 2 (Páginas de espuma, 2009), Sólo cuento II (UNAM, 2010), Velas al viento (Cuadernos del vigía, 2010), Mar de pirañas (Menoscuarto, 2012) o Antología del microrrelato español (1906-2011) (Cátedra, 2012). Es profesor de la Escuela de Escritores de Madrid y miembro del equipo de redacción de Quimera. Revista de Literatura.


«Microrrelatos escogidos» por Francesc Barberá (I)

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Francesc Barberá, Graduado en Psicología y escritor.


LOS BÁRBAROS
Ginés S. Cutillas
Ante la inminencia de su llegada, no dudamos en derrumbar las murallas de la ciudad para que no pensaran que osábamos mostrar resistencia y enojarlos aún más. pero también incendiamos las cosechas con el fin de desanimarles si venían con intención de quedarse. Dejamos de escribir las leyes, convencidos de que ellos las rescindirían y también olvidamos castigar a los malhechores, que pronto se adueñaron de la ciudad. A los niños los abandonamos a la deriva en barcos y a todas las mujeres en edad fértil, por no matarlas, les extirpamos los úteros para que ninguna criatura impía creciera en ellos. A los ancianos les dimos una muerte digna y los enterramos con todos los honores.
    Más tarde, reunidos en el ágora, debatimos si matar al Rey, por aquello de adelantarles trabajo y quizá conseguir que nos mostraran clemencia. En medio de tanto caos, con la cabeza del monarca todavía rodando por el suelo llegó el oteador, exhausto, para comunicar que ni rastro de los bárbaros, que nadie los había visto en años y que incluso había quien aseguraba que ya no existían.



EL HOMBRE ELEFANTE
Agustín Martínez Valderrama
Me corté una oreja y salí de casa. En el ascensor mi vecino me preguntó qué había ocurrido. Le dije que fue un accidente, esquiando. Al tipo del quiosco le expliqué lo del atraco y la navaja. Luego, en la cafetería, el camarero insistió. Se me cayó, respondí sin más. En la oficina confesé que sufría un tumor. Funcionó. Hasta ella se acercó y me besó en la mejilla. Tenía una voz bonita, olía bien y era más guapa aún de cerca. Unos días después todo volvió a ser como antes. Ayer me corté la otra.

Sentido sin alguno

MOVIMIENTOS MIGRATORIOS
Javier Puche
Igual que las ballenas, este verano fuimos al Polo Norte, huyendo del calor. Pero tuvimos mala suerte. Mis padres se pelearon como nunca (rompieron a gritos un iceberg). Mi abuelo, hombre práctico, aprovechó para morirse. Tras lentas lágrimas de hielo, mi abuela también. Yo me enamoré de una esquimal, que me congeló el alma. El último día, dos alces nos atacaron bajo la nieve. A mi hermana, que les tiró una bota, se le puso azul el pie y tuvieron que cortárselo con un serrucho. Ahora huimos del frío, en dirección al sur, igual que las golondrinas.

Fuerza menor

CARENCIA: f. FALTA O PRIVACIÓN DE ALGO
Iván Teruel
Un edificio a medio construir, un puzle inacabado, la manga vacía de la gabardina de un manco, el torso de Belvedere. Ese extraño embelesamiento. O aquella necesidad de buscar siempre alguien inseparable: en el colegio, en el instituto, en la universidad. Y después Valeria y la manera desesperada de entrar en ella. Apenas un sucedáneo. La condición de hijo único, pensabas. Pero un día, inesperadamente, aparece la foto de colores desvaídos, con el año de tu nacimiento en el reverso. La foto de tres, tal vez tomada por tu padre. La foto en que tu madre, con una expresión que no le recuerdas, posa, feliz, con dos bebés en el regazo. Dos bebés iguales, exactamente iguales.

El oscuro relieve del tiempo

EL PAÑUELO DE HILO
Elena Casero
Algunos lloran, sobre todo las señoras de buen corazón que se arrebujan en sus abrigos de pieles, tiritando de tristeza y enjugándose unas lagrimillas mientras observan la escena del mendigo destripado en medio de la calle, reteniendo el tráfico que lo rodea, atropellado frente a la puerta de la iglesia, protegido por un chucho desgreñado que no para de aullar.
   Tapándose la boca con un pañuelito de hilo dice una:
   —¡Qué lástima! Alguien debería llamar a la perrera
.


Discordancias

Estos microrrelatos han sido escogidos por Francesc Barberá para la CITA EN LA GLORIETA.



***

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