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Reseña de «Vosotros, los muertos», de Ginés S. Cutillas

RESEÑA DE «VOSOTROS, LOS MUERTOS», DE GINÉS CUTILLAS (Cuadernos del Vigía, 2016), por
Manu López Marañón
Está de moda el microrrelato y no son pocos escritores los que se han puesto a hacerlos. Sin ser un experto, reconozco haberme aficionado por las selecciones que publican periódicamente mis compañeros (así, las de Ana Grandal y Francesc Barberá suelen resultar excelentes). Siento también especial predilección por los microrrelatos de Manu Espada y Ana Vidal Pérez de la Ossa, dos maestros que ceden algunos suyos a Cita en la Glorieta, algo de lo que nos beneficiamos todos. Por otros caminos sigo atentamente las creaciones de dos microrrelatistas imprescindibles: las de la sevillana Xenia García y las de la bilbaína Patricia Millán Molinuevo.

A mitad de camino entre la composición poética y el cuento, podría decirse que cuando el microrrelato es acertado y da en el clavo participa de lo mejor de ambos géneros: así, la intensidad, la concentración y la preferencia por la imagen precisa que todo buen poeta persigue se combinan con el ritmo acuciante y sin fisuras del relato –que aporta, además, su querencia por la pegada final–. Artista consumado y excepcional teórico del cuento, en todos aquellos microrrelatos que conforman «Vosotros, los muertos», libro que ahora reseñamos, brilla el talento generoso y deslumbrante del valenciano Ginés S. Cutillas.

Si ya cuesta resumir un relato y tenemos que hacer esfuerzos para no destriparlo, imagínense en el caso de los microrrelatos. Habría casos en que incluso un par de líneas sobre ellos excederían su tamaño… Me decido entonces por un compendio de sensaciones y reminiscencias para formar así una «idea general» del libro. Antes, dejaré apuntado que este medio centenar de microrrelatos toman a la muerte –a sus prolegómenos y consecuencias– como hilo argumental. Tomando de aquel tétrico mundo rural abandonado a su suerte (Rulfo) los aparecidos, espectros y las voces del más allá, pero bebiendo también del «horror cósmico» que tanto seducía a Lovecraft, por las inolvidables páginas de Cutillas desfilan (y comienza el compendio):

muertos rebeldes – trenes sumidos en la oscuridad por los que la vida transcurre en pocos días – bibliotecas en el fondo de catedrales vigiladas por Borges – besos en la mejilla «a lo Proust» que permiten conciliar un sueño demasiado parecido a la muerte – parodias de funeral a lo «All that jazz» – tránsitos agonísticos a la muerte definitiva – extraños en el dormitorio – vivos que se burlan de los muertos y acaban pereciendo por «una cuestión de estilo» – viejos muriendo felices en pleno orgasmo – kafkianos anonimatos oficinescos – miembros de un circo confabulados para acabar con el payaso listo – familias previsoras que limpian las lápidas que un día les recordarán – visiones dantescas del Hades – los tranquilizadores insomnios de los moribundos – similitudes entre una boda y un entierro – viudas que cuentan su vida a un teléfono mudo – discusiones inútiles entre parejas ya moribundas – muertos que resucitan y abandonan los cementerios – televisores que reflejan espectros – esposos desechados encajonados junto a otras pertenencias – novelistas que acaban pareciéndose a los asesinos de sus narraciones – vidas cadavéricas compartidas en pisos de solteros (o de casados) – apocalipsis en forma de choques frontales – heraldos de amaneceres nunca prometedores – muertos que no se resignan y regresan a la hora de la cena – apocalipsis urbanos en los que nadie se libra – pesimistas negándose a dar esperanza – romances imposibilitados por falta de recursos – asesinatos de usureras que inauguran la narrativa del siglo XX – inmortales a la espera de otros inmortales – fantasmas desdoblados en seres humanos, y viceversa – familias de asesinos que organizan su trabajo – las lápidas del suicida – rebeliones en el Arca de Noe: los animales se plantean acabar con los humanos – teléfonos con los cables cortados que registran conversaciones pasadas – una lista de literatos con algún cadáver iletrado por desembuchar – repúblicas de personalidades desnortadas – accidentes irrevocables – monstruos que aterrorizan a niños ignorados por adultos – diferentes autores de diversos géneros confabulados para un crimen despedazable – abuelos que desaparecen dándose el relevo – hombres desengañados que ejecutan sangrientamente a Cupido – ciudadanos enterrados en profundas zanjas – muertes amenazantes reflejadas en un grifo – batallas marinas interrumpiendo pescas al anzuelo – terremotos que intentan interrumpir la actividad literaria – pacíficos vecindarios transformados en ruidosos cementerios – «curiosos impertinentes» que vuelven a arruinar su vida gracias, esta vez, a Internet – los sufrimientos de quienes acuden a una reunión de viejos alumnos y se sienten incorpóreos – los finales del «amigo invisible» – los temores a la retaguardia haciendo avanzar a un fiero ejército – enfermos de Alzheimer haciendo de las suyas – muertos resucitados desesperando a un pueblo – confusiones idiomáticas – infiernos como metáfora de la cárcel, donde todos se conocen y no hay intimidad – matrimonios que avanzan a golpe de silencios…

Y para dar comienzo al volumen: todos los nombres, el nombre. Y al final el nombre que irremediablemente nos unirá a todos: el de LA MUERTE.

Un buen consejo: no se pierdan «Vosotros, los muertos». Acertarán. SEGURO
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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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Javier Alonso García-Pozuelo

Reseña de «La pasión de ser mujer», de Eugenia Tusquets y Susana Frouchtmann

RESEÑA DE «LA PASIÓN DE SER MUJER», DE EUGENIA TUSQUETS Y SUSANA FROUCHTMANN (Circe, 2015), por
Manu López Marañón
Siempre han ejercido gran poder de fascinación sobre mí los libros escritos «a cuatro manos». No obstante, no habré leído muchos. Dentro de la ficción recuerdo el gratísimo sabor dejado por los de Adolfo Bioy Casares con su mujer Silvina Ocampo, también «Los autonautas de la cosmopista» de Cortázar con Dunlop, los «Cuentos de H. Bustos Domecq» de Borges y Bioy Casares, o «Las páginas ocultas de la historia» de Fernando Marías y Juan Bas. En ensayo consigno los goces promovidos por «La llegada de los bárbaros» de Joaquín Marco y Jordi García, la «Carmen Laforet» de Anna Caballé e Israel Rolón o aquel monumental «Salinger» de David Shields y Shane Salerno.

Encuentro en este libro –al que cabe englobar dentro del género biográfico– que los terrenos de ambas escritoras están nítidamente delimitados. Que cada autora se responsabilice de forma concluyente de qué partes se ha encargado me resulta novedoso y sincero. Así, queda bien claro que Tusquets se ocupa de novelar un aspecto decisivo en la vida de cada biografiada. Apuntados esos «momentos de vida» –y separados por un inciso– pasa Frouchtmann a ocuparse de cada mujer, integrando en estas páginas aquello previamente resaltado por Eugenia y que, incluido en las panorámicas de Susana, encuentra ahora su exacta dimensión.

El resultado –aparte de efectivo y literariamente logrado– resulta modélico. Por motivos de espacio no son tantas las páginas dedicadas a cada personaje, pero, terminado cada retrato, salimos de todos ellos con la sensación de que solo nos ha faltado «tocar» a estas ilustres damas; muchas –como atinadamente señalan las autoras– con el grave riesgo de instalarse en un injusto olvido.

Son 12 las biografías. Las he reunido en 3 grupos. El primero lo conforman 5 escritoras, el segundo 3 estrellas y el tercero 4 variopintas personalidades sin relación posible entre ellas.

Empiezo con las escritoras. Madame de Staël (1766-1817), tras haber despertado las iras de Napoleón Bonaparte con la publicación de su novela feminista «Delphine», se vio obligada a exiliarse en Ginebra. Aunque acompañada por el filósofo suizo Benjamin Constant, la vie de château a orillas del lago Leman no le resultó satisfactoria. Sin ser una belleza, Madame de Staël dispuso de gran número de amantes; pero junto a su frenética vida sexual, esta mujer reunió en su castillo a la flor y nata de la intelectualidad europea: su salón literario universalmente conocido como «el grupo de Coppet» incluía a personalidades de la categoría de Chateaubriand, Friedrich Schlegel, Claude Hochet y… Lord Byron. Acaba de publicarse el ensayo de Emilia Pardo Bazán (1851-1921) «La cuestión palpitante» donde ella, como escritora, acepta los postulados naturalistas que causan furor en París y cuya aplicación literaria patrocina Zola. Los ojos de la conservadora sociedad española de la época, incluidos los de su marido, se han vuelto hacia ella. La Pardo Bazán terminó separándose; fue una viajera incansable y también mujer de muchas conquistas (pese a ser poco agraciada); París fue su lugar de peregrinaje. Discípula de Zola, su literatura pasó a ser combativa. Siempre siguió el consejo que le dio Victor Hugo: «Lo más importante es tener un estilo propio». Para la mejor escritora del siglo XX, Virginia Woolf (1882-1941), acabar sus obras era sinónimo de depresiones e intentos de suicidio. Al poner punto final a «Entre actos» proyecta una fuga a Londres que es abortada por su vigilante marido. Los buenos consejos no fueron suficientes. En un descuido, Virginia se dirige al río Ouse y se sumerge en sus aguas. El matrimonio de Virginia y Leonard Woolf no fue sexualmente satisfactorio, aunque, intelectualmente, se complementaban. Quizá los abusos que sufrió por parte de dos hermanastros complicaron su vida; la propia Virginia reconoció que sólo había conocido la pasión física con su amiga Vita Stackville-West. Anais Nin (1903-1977) visita, por vez primera, a un psicoanalista. Atrapada por la convulsa atracción erótica hacia June –la mujer de Henry Miller– y su pasión por el escritor (a lo que se añade la nunca resuelta obsesión por su padre), la vida de Anais es un caos, y más si tenemos en cuenta que fue alguien que llevó sus amoríos al límite. Popular por sus diarios, su mayor reconocimiento lo obtuvo gracias a sus páginas eróticas: en esos textos exploró la mente y la sexualidad femenina con una explicitud jamás conocida. A «la Virginia Woolf española», Mercé Rododera (1908-1983), le gustaba era comer en La perle du lac de Ginebra, un restaurante que daría nombre a una novela suya. Fue la gran novelista de Barcelona una niña fantasiosa que de adolescente anduvo enamoriscada de su tío, aunque acabó siendo una de esas burguesas que se casan y pronto se desencantan de su aburrido marido. Como madre no fue muy atenta; prefirió desplazar la pasión a su romance con Andreu Nin. Obligada a trabajar de modista, acabó convirtiéndose en incansable narradora. Seria y nostálgica, creó el personaje femenino más importante (con permiso de Andrea) de la narrativa española del siglo XX: la Colometa.

En el grupo de las estrellas tenemos en primer lugar a Raquel Meller (1888-1962). La cupletista, instalada en su residencia parisina, escucha a un empresario que logra convencerla para que haga su primera gira por Estados Unidos. Tras decirle que no al mismísimo Chaplin (le había ofrecido el papel de Josefina para el biopic que preparaba sobre Napoleón), la Meller regresó a Europa donde seguiría cosechando éxitos. En 1911 actúa ya en el teatro y graba sus primeros discos: «La violetera» y «El relicario». El éxito a nivel internacional lo obtiene en el Olympia de París. Su mayor triunfo en el cine fue «Carmen». En su segunda gira norteamericana se reencontró con Chaplin y otra vez volvió a negársele. Erró: el papel de la ciega en «Luces de la ciudad» estaba escrito para ella. Hedy Lamarr (1914-2000), recién llegada a Hollywood, disfruta con su hijo mientras espera a su amigo George Antheil, un músico con quien prepara un proyecto que busca dar forma a la técnica de conmutación de frecuencias, algo que, décadas después, permitió implantar la comunicación de datos Wi-Fi. Actriz bastante limitada, trabajó con grandes de su época como James Stewart, Clark Gable o Spencer Tracy. Tampoco anduvo fina a la hora de descartar papeles: no quiso aparecer en películas de éxito mundial como «Casablanca» y «Luz de gas». María Callas (1923-1977) vivió su mayor crisis profesional y sentimental al ser abandonada por Aristóteles Onassis, que la dejó en París para iniciar su relación con Jacquline Kennedy. Incapaz de superar años de pasión con el naviero, la gran diva intentó suicidarse. María Callas se dejó la piel por llegar a ser la mejor cantante de ópera: perdió 36 kilos en un año y hasta se convirtió en una mujer atractiva. Pero pronto empezó a perder facultades vocales y a consumir somníferos y barbitúricos. Con toda su inteligencia y capacidad, se dejó morir a los 54 años.

El tercer, y variopinto, grupo lo inicia Teresa de Ávila (1515-1582). Fundadora de la orden de las carmelitas descalzas, toda su obra es autobiográfica. Con un lenguaje fresco sus vivencias personales se adivinan en géneros tan variados como el didáctico, el tratado espiritual o la crónica. No siendo una mujer culta esos textos aclaran sus éxtasis y la relación con Dios, su esposo. Esa felicidad en el sufrimiento se define hoy como «epilepsia extática», y es la misma que aquejó a Dostoyevski. A Eleanor Roosevelt (1884-1962) la encontramos exhausta. Franklin Roosevelt acaba de contraer el virus de la poliomielitis y necesita moverse en silla de ruedas. El matrimonio ya había sufrido su primera gran prueba de fuego al descubrir ella cartas de amor dirigidas a su marido. A pesar de todo, lo animó a seguir con su carrera política. Roosevelt asumió la presidencia de Estados Unidos y permaneció en ella hasta 1945. Eleanor llegó a participar en La Declaración Universal de los Derechos Humanos y escribió 17 libros. Hannah Arendt (1906-1975) acudió al juicio de Adolf Eichmann como corresponsal de The New Yorker. Sus crónicas fueron recopiladas en el libro «Eichmann en Jerusalén» cuya tesis general es que el transportista del III Reich, aun consciente de lo que hacía, cumplía órdenes «por pura inercia». Comprender a Eichmann la condujo al rechazo de muchos judíos. Alumna de Heidegger, doctorada por Jaspers, se casó sin embargo con un joven sin preparación. Retirada su nacionalidad alemana Arendt consiguió el pasaporte norteamericano, lo que le permitió publicar allí libros esenciales como «Los orígenes del totalitarismo». Ninguneada en España, donde casi nadie conoce su obra, Remedios Varo (1908-1963) ha conseguido ser una reconocidísima pintora en su país de adopción, Méjico. En Madrid, se hizo amiga de Dalí y empezó a pintar sus primeros cuadros. Escapada a París ante la llegada de la guerra civil, conoció a los surrealistas acaudillados por André Breton y se casó con el poeta Péret. Ante la entrada de los nazis huyó a Méjico. Frida Kahlo y Diego Rivera impedían que los cuadros de los artistas exiliados colgaran en las galerías, pero Varo consiguió que Rivera se fascinara por su surrealismo místico
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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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Javier Alonso García-Pozuelo

Reseña de «Toda pasión apagada», de Vita Sackville-West

RESEÑA DE «TODA PASIÓN APAGADA», DE VITA SACKVILLE-WEST (Alfaguara, 2016), por
Manu López Marañón
Vita (apócope de Victoria) Sackville-West, fue para Virginia Woolf :
«una alta aristócrata hija de Knole, esposa de Harold Nicolson, y novelista; pero su verdadero y notable mérito son, si se me permite ser tan burda, sus piernas. ¡Oh!, son exquisitas».
Compañera, confidente y amiga de Virginia Woolf, ambas construyeron también una relación amorosa que trascendió fuera del círculo de los íntimos. A principios del siglo XX el lesbianismo era tomado en Inglaterra como una orientación sexual o emocional periódica que prosperaba alegremente en los intersticios de la vida heterosexual. El marido de Vita –un gran estadista y baluarte del Imperio Británico– compartía gustos con ella: su bisexualidad no era escondida: muy al contrario, Vita y Harold nunca tuvieron problema en comentar, mientras cenaban y al calor de la chimenea, sus conquistas. Resultó ser el suyo un matrimonio razonablemente feliz.

Es de sobra sabido que la novela Orlando de Virginia Woolf es una biografía encubierta de Vita Sackville-West y la fabulosa mansión de la familia, Knole Palace. Vita descendía de una bailarina española, amante de su abuelo. Por una disposición sálica de su propia familia no pudo heredar el palacio Knole. Para resarcirla de esta dolorosa pérdida, y agradecida también por tantos años de amoríos, Virginia Woolf le escribió esta novela. Vivir cinco siglos de historia inglesa en la piel de un andrógino personaje real que disfruta de su sexualidad sin hacer ascos a la homosexualidad satisfizo, sin duda, a su modelo, Sackville-West.

A cambio, tuvo muy en cuenta Vita, a la hora de redactar Toda pasión apagada –que para muchos es su mejor novela–, el libro de Virginia Woolf Una habitación propia. Establecía Virginia en esa obra conexiones entre los sistemas político y patriarcal, siendo a este último al que apuntaban con seguridad y convicción sus mejores dardos de denuncia. Así, afirmaba que la independencia económica y el acceso a las profesiones de las mujeres resultaban más importantes que haber obtenido el voto; y la conclusión a la que llegaba era que:

 «para escribir novelas una mujer debe tener dinero y un cuarto propio».
La novela de Vita Sackville-West que hoy reseñamos, para dejar más claras sus intenciones, debió haberse titulado “Una casa propia”.

Al quedar viuda, Lady Slane (pese a las súplicas de los seis hijos, que la proponen turnarse su compañía en sus respectivos hogares) decide abandonar la mansión conyugal de Elm Park Gardens y trasladarse a una pequeña casa en la localidad de Hampstead, pueblo en el que siempre ansió vivir. Acompaña a la octogenaria viuda su doncella francesa de confianza, Genoux. El agente que le alquila la casa (se ha establecido que los contratos de arrendamiento sean de un año por motivos obvios), mister Bucktrout, resulta muy del agrado de lady Slane. Él será la única persona que reciba en la nueva vivienda, con los agasajos del inevitable té vespertino. Esta vida monótona, pero satisfactoria para una ex sumisa y ex complaciente esposa, se verá alterada por la irrupción    –nunca mejor dicho– de mister Fitzgeorge, un excéntrico millonario que la conoció 50 años atrás, cuando lord Slane era virrey de la India y lady Slane, por lógica, virreina. A pesar de sus iniciales reservas la anciana es atraída por el arrojo y la mundanidad de Fitzgeorge, a quien acaba por integrar en su pequeño círculo.
 

La relación entre Virginia Woolf y Vita Sackville-West duró hasta 1941, cuando Viriginia decidió ser tragada por las aguas del río Ouse, cerca del cottage de Rodmell donde tanto tiempo pasó con su marido Leonard. Unos días antes del trágico desenlace, Vita había llevado provisiones alimenticias al matrimonio Woolf. Los nazis bombardeaban sistemáticamente Londres y había ya en todo el Reino Unido un estricto racionamiento.

Fue la amistad entre estas literatas algo que padeció momentos complicados (aunque bien cierto es que no tantos como los que Virginia sufrió con la única escritora que –según ella– pudo haberle hecho sombra: Katherine Mansfield. Solo la prematura muerte de la neozelandesa nos privó de saber si la Woolf estaba en lo cierto…). Al liarse Vita con su cuñada los celos atacaron con saña a Virginia. Vita y Gwen St. Aubyn habían escrito, a cuatro manos, una biografía de Juana de Arco y la Woolf fue implacable en su crítica. A cambio, Vita declaró públicamente no haber pasado de las primeras páginas de Las olas. Discutieron después ferozmente tras la publicación de Tres guineas, un ensayo de Virginia en el que denunciaba las conexiones entre sistema patriarcal, guerra y política, y por el que fue tachada por Vita «de falta de honestidad».

Sin embargo, tras el suicidio de Virginia,
Vita Sackville-West publicó el 6 de abril de 1941, en The Observer, el poema In Memoriam: Virginia Woolf, donde dejó un sentido testimonio de su amistad con la escritora fallecida.


nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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Javier Alonso García-Pozuelo

Reseña de «La vuelta al día», de Hipólito G. Navarro

RESEÑA DE «LA VUELTA AL DÍA», DE HIPÓLITO G. NAVARRO
Manu López Marañón
Reflexiona Cortázar en «Clases de literatura» (Alfagurara, 2013) sobre aspectos esenciales del cuento. 
Los cuentos no son nunca, o casi nunca, problemáticos: para los problemas están las novelas, que los plantean y muchas veces intentan soluciones. 
Resalta el argentino la ineludible potencialidad del cuento; uno logrado tendrá una proyección que despierte una larga serie de aperturas mentales y psíquicas. Y se sorprende de cómo ese «orden cerrado» –cuya duración e intensidad configura el cuento–, tan alejado del juego abierto que supone cualquier novela (en la que entra y cabe todo),  genera el tipo de narración que, como pasa con algunas fotografías, deja un mayor poso.

A lo expuesto por el maestro argentino apostilla, en recientes declaraciones, su aventajado discípulo,
Hipólito González Navarro:
Un cuento es una obra de arte en sí misma, cada uno es un ente. Otros géneros no permiten ese juego con el lenguaje ni la forma.
Tras una larga espera, la editorial madrileña Páginas de Espuma ha publicado recientemente «La vuelta al día», el nuevo libro de cuentos de Hipólito G. Navarro, ineludible referencia de la Narrativa Breve en castellano.
 

Desconociendo su obra anterior, he encontrado en él algo que me ha satisfecho plenamente (ese algo lo he sentido asimismo, durante el año que acabamos de despedir, con otros dos libros de relatos: «Hasta el fin de los cuentos», del zaragozano José María Conget –Pre-textos, 1998–, y «Madame Ming y otros relatos», de la madrileña Bárbara Aranguren –Huerga y Fierro, 2010–). Y estos júbilos míos vienen propiciados por relatos en los que los personajes no están nunca, como plantados figurones, al servicio de la trama para que la trama pueda echar a andar. Que el mecanismo del cuento, sus elementos estéticos y su combinatoria literaria –con todo lo que tiene de bello– se encuentren subordinados a los personajes es lo que más prefiero.

«El cuento es una narración breve de contenido expectante que se intensifica y aclara en el desenlace», y sobre esta ortodoxa definición parece haberse edificado el quehacer del autor onubense. Fraccionado en cinco partes, los relatos que conforman su nuevo libro pueden agruparse siguiendo otras divisiones como la que propongo. Salvo en un par de notorias excepciones (que señalaré) ha sido el enfoque realista el preferido por Hipólito.
 

En el conjunto mayoritario ocho narraciones escarban en la creación artística y sus aledaños, prestando preferente atención a la escritura, los libros y al arte de leer. «El infierno portátil» es una invitación a la lectura a la que se llega por esos dedos tostados por el hierro candente de una fragua. En «Nahir» un escritor con temor a volar debe tomar un avión para un ineludible sarao literario. «Balance» elogia al artesano ensimismado y ajeno a los riesgos profesionales que conlleva cualquier labor. En «Los artistas cautivos» un pintor deja la ciudad y va a vivir a un pequeño pueblo. «Mucho ruido y pocas nueces» enumera con distancia los meticulosos preparativos que supone representar una obra teatral. En «Los K» un escritor confiesa su tendencia irreparable a perder archivos informáticos. En «La vuelta al día» el narrador ve en su pueblo de verano a los jóvenes de hoy y compara su triste diversión con las actividades nocturnas de su cuadrilla, con aquellas lecturas de Poe y Kafka que los aterrorizaban. Y «La poda y la tala de los árboles frutales» sirve para que el narrador recuerde cómo su dipsómano padre le insistía en que un libro es lo más importante del mundo. El largo lamento por haber extraviado el único libro de su progenitor –un tratado sobre la poda y la tala– pone broche de oro a esta extraordinaria colección de relatos.

Gusta Cortázar de rematar sus relatos con un final contundente, lo que él llama «dejar K.O. al lector». Hipólito G. Navarro ofrece cuatro que han acabado con mi cuerpo literalmente en la lona. En «Las estampas del timo» el narrador cuenta su pasión por una compañera de Facultad a la que acompaña, como su sombra, un tarado. En «El fondo de la memoria» un hombre aguarda en su casa la llegada de su mujer, que viene a recoger sus cosas para abandonarlo. «Tantas veces huérfano» rememora una disputa tabernaria en la cual un hombre murió acuchillado. Y «Una infidelidad» relata el viaje de un conductor solitario ante el que desfila una variopinta galería de personajes que conforma un inaudito mosaico.

Dos cuentos acontecen en momentos históricos diferentes. Ambientado a finales del siglo XVI, en «Luisito Tristán» el protagonista acompaña el erudito retiro de un santo en su gruta. En «La nota azul» se celebra –en el París del siglo XIX– una reunión de artistas en la que descuellan Chopin, George Sand y Delacroix. El pianista persigue en su teclado la nota que acompañe el chispeante encuentro… A este relato la irrupción de lo fantástico confiere su notable personalidad.

El otro cuento fantástico –en este caso enteramente fantástico– es «Rifa», casi un microrrelato en el cual, tras esparcir las cenizas por el pueblo donde pasaba sus veranos, el difunto reciente pisa sus calles nuevamente sin dejar rastros.

Un abundante grupo lo conforman siete relatos por los que campa el humor, resultando mayoritario el registro irónico. Así, en «Verruga Sánchez» la mujer de un hombre de vida social arrebatada reconoce cómo la extirpación de una arruga que afeaba su rostro lo ha hecho perder brillo. En «Mire, no estoy para bromas ahora mismo» un ex presidiario no se encuentra en la calle y hará lo posible para regresar a la cárcel. «Puentes y acueductos» cuenta cómo, al silbado de una anciana que divisa turistas, un pintoresco pueblo se pone en funcionamiento para representar su laboriosidad.

Acrecienta al matiz irónico un tono, entre erótico y pornográfico, que el autor desarrolla –por primera y única vez– en «Los otros Tiresias y Clariclea». Tiresias centra su existencia en convertirse en mujer. Su esposa le sirve de modelo para su transformación, pero de tanto dibujarla y observarla, tomará una imprevista decisión…
 

En otros dos relatos la ironía ha dejado paso al crudo sarcasmo. Son «Ligamentos», donde una bióloga enamora al narrador, quien, para seducirla, arriesgará su vida por una flor. Y «La excusa termodinámica», donde una apasionada pareja ve frustrado su fin de semana rural ante su incapacidad de encender la chimenea.

En breve os ofreceremos, por cortesía de la editorial Páginas de Espuma, el capítulo escrito por Hipólito G. Navarro para EL ARQUERO INMÓVIL: NUEVAS POÉTICAS SOBRE EL CUENTO. Si deseas recibir un aviso en tu correo electrónico el día de su publicación, mándanos un mensaje a través del formulario que encontrarás al final de la página, indicando «El arquero inmóvil».


nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.