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Reseña de «A menos de cinco centímetros», de Marta Robles

RESEÑA DE «A MENOS DE CINCO CENTÍMETROS», DE MARTA ROBLES (Espasa, 2017), por
Manu López Marañón
Nos informa la contraportada de cómo Marta Robles (Madrid, 1963) debuta por «la puerta grande» en el género negro con «A menos de cinco centímetros», para añadir más abajo que nos encontramos ante «una novela de alta graduación erótica». Dudo mucho de que ambas aseveraciones –la primera claramente incorrecta– colaboren a que la valoración de este libro (por otra parte más que entretenido, con varios personajes inolvidables y de sorpresivo desenlace) aumente tras ser adquirido por sus compradores.

Se queja el maestro Marsé de cómo muchos autores intentan reciclarse recurriendo al género negro. Lo cierto es que hay una exagerada nómina de títulos etiquetados como «novela negra», pareciera que ese membrete bastara para insuflar calidad y comercialidad. Es este un camino que presenta muestras de agotamiento. Las voces de quienes, con toda razón, protestan airadamente por esta tendencia globalizadora hacia lo negro, pidiendo –exigiendo casi– una purga por el bien y la supervivencia del género se hacen oír ya de forma cotidiana. Cuando quien publica su primera novela negra es además un personaje mediático la obra corre el riesgo de no ser analizada con la objetividad deseada. Los prejuicios siempre hacen su labor.

Así, «A menos de cinco centímetros» ha generado polémicas con especialistas del género que abandonan su lectura tras unas decenas de páginas, defraudados porque «lo negro» no aparezca allí por ningún lado. Dándoles la razón, debo decir que este no ha sido mi caso: yo sí he llegado hasta el final. No soy un voraz lector de novela negra y cuando (a veces) escribo no me planteo hacer, ni de lejos, algo relacionado con el género. Mi visión narrativa aspira a ser más amplia que la que pueda estar circunscrita a unos cánones. Desde el siglo XX, la novela, así, a secas y sin etiquetas, es un cajón de sastre en el que todo lo humano tiene cabida. Dice Ernesto Sábato: «la novela es un género vital, versátil e impuro. No hay un arquetipo en el que basarnos para definirla». Y dentro de estas directrices me siento incluido, teniendo siempre presente, como lector y autor, que la novela es la forma más completa y profunda de examinar la condición humana.

Lo que más valoro cuando leo es que cada autor exprese su mundo de la manera más personal posible. Que en una misma obra participen de diversa manera, por poner un ejemplo, la novela de formación, la novela de viajes, la novela picaresca y –también– la novela negra, colma mis deseos. Ello, desde luego, no es óbice para que disfrute con obras más ajustadas a códigos como los del género negro. Llevo casi un año colaborando con Calibre. 38 y gracias a esta revista descubro autores y obras negras a las que, sin ella, ni me habría acercado; autores y obras cuyos méritos alabo en esas reseñas de aficionado que con tanta generosidad me publican los responsables de la revista.

Rompiéndome la cabeza para etiquetar satisfactoriamente la novela de Marta Robles, descubro al escritor llamado Armando Artigas, ese incorregible seductor de mujeres casadas y posible asesino. No tardo en ponerle el rostro de Cary Grant. Entra luego esa mujer fascinante, Misia Rodríguez, casada con el editor más importante del país; ávida lectora, exquisita en sus gustos, ropas y perfumes, con un punto de frialdad… Y me digo: ¡ya está!, estoy «leyendo» una película de Alfred Hitchcock. Vamos, que hasta su tema preferido –el del falso culpable– puede ser directamente aplicable al escritor. Y ser Misia esa rubia algo gélida a la que pongo cara de Eve Marie Saint o de Grace Kelly… Pero llego a la página 178 y en ella escribe la autora sobre Misia: «Aunque se había recogido el pelo con una horquilla de carey y se había calado unas Ray-Ban Cat Eye haciendo juego, para estar más discreta, su imagen podría haber sido la de cualquier rubia de Hitchcock en el siglo XXI.» Adiós a mi intento de ser original. Pero si sobre esos apuntes de personaje añadimos que la intriga se ramifica entre diferentes países, que los protagonistas son guapos y adoran el lujo de primerísimo nivel, y que la novela presenta un desenlace de los que gustaban al mago del suspense, sumando todo, una etiqueta si no original al menos certera (y que ni desconcierte ni rebaje el interés comercial de «A menos de cinco centímetros») podría haber sido: «Una novela de intriga criminal narrada con pulso de thriller hitchcokiano».

La otra aseveración pendiente, «novela de alta graduación erótica», da menos juego y no me extenderé. Cada vez somos más los que nos aburrimos soberanamente con el erotismo en la literatura, y no por mojigatería: cuando hay que explicitar encontronazos sexuales por necesidad de lo que se nos está contando (en caso contrario me los salto) yo prefiero el porno duro y en cualquier caso agradezco una breve duración. Las escenas sexuales de «A menos de cinco centímetros» combinan erotismo y pornografía. Son cinco y vienen protagonizadas por el escritor y su amante. Me han vuelto a sobrar, aunque reconozco haberme reído con el señor gatillazo que pega el prepotente escritor en su primera cita.

A Armando Artigas la vida le sonríe a boca abierta. Escritor exitoso desde que publicó a los 21 años su primera novela y niño mimado de su editorial, es inteligente, ingenioso, atractivo, seductor y elegante. A la hora de relacionarse resulta ser un promiscuo encantador que liga con mujeres muy bellas, eso sí, casadas sin excepción. Logra escapar así de cualquier compromiso duradero para dedicar su tiempo a escribir. No me resisto a copiar una de sus frases: «Escribir una mala novela es muy difícil y escribir una buena es un milagro. La diferencia entre una y otra es la emoción. Y ni siquiera eso garantiza su éxito.» Katia Kohen Korovin, periodista porteña especializada en el tema judío, es hija de Larisa Korovin, mujer de 65 años de origen ruso que aparece asfixiada en el hotel Alvear de Buenos Aires; Larisa fue, décadas atrás, amante de Artigas. Por ser la última persona que habló con ella Katia no solo está convencida de que mató a su madre, también de que ha asesinado a otras amantes suyas y contrata en Madrid al detective Roures para que investigue a Artigas. Casada con Carlos Rothman (el editor más poderoso del país que, por supuesto, publica las novelas de Artigas) a Misia Rodríguez su marido le da una vida de princesa (por un cumpleaños le regala una biblioteca con primeras ediciones de Bocaccio, Petrarca o Séneca). Aparte de devorar libros a Misia le arrebatan la ropa y los complementos, mejor de marca; también los perfumes: uno de violetas que hace juego con sus ojos es su preferido. Las citas sexuales entre esta rubia casada y el atractivo y libertino escritor (siempre en hoteles de cinco estrellas en ciudades inolvidables) vertebran «A menos de cinco centímetros». En torno a estas citas se van desplegando unas subtramas quizá un tanto excesivas –tanto en número como en intensidad– para su completa urdimbre, aunque hay que reconocer que resultan vibrantes: de los horrores de las guerras en los Balcanes y Sierra Leona de finales del pasado siglo viajamos al Israel actual; del Buenos Aires de 1930, donde se inició una trata de prostitutas que al principio era solo de ámbito local, se pasa al Buenos Aires de hoy, donde la organización (judía) es ya muy poderosa y de una gran complejidad para poder surtir de carne humana al mercado europeo. Concurre esta espeluznante historia –y de forma hábil, literariamente hablando– para dinamitar por sus tres lados al hasta entonces incruento triángulo Carlos Rothman-Misia Rodríguez-Armando Artigas. El desenlace de la novela de Marta Robles, en esa Sevilla majestuosa y nocturna que se percibe desde la habitación 326 del hotel Alfonso XIII, resultará inesperadamente brutal incluso para el lector más avezado
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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


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Javier Alonso García-Pozuelo

Reseña de «La vida en obras», de Alberto Marcos

RESEÑA DE «LA VIDA EN OBRAS», DE ALBERTO MARCOS (Páginas de Espuma, 2013)
Manu López Marañón
Con notable e injustificable retraso cae en mis manos «La vida en obras», primer libro de relatos que escribe el madrileño (cosecha de 1977) Alberto Marcos. Lo publica –¡cómo no!– Páginas de Espuma, la editorial que más hace porque el cuento en castellano ocupe el lugar que merece. Desde Cita en la Glorieta enviamos una ovación al editor Juan Casamayor por su buen gusto a la hora de seleccionar los autores y por poner todos los medios para que sus obras sean difundidas. Entre tanto aficionado inepto, profesionales con esta dedicación y capacidad de riesgo son los que necesita un país como el nuestro, tan necesitado de formar nuevas remesas de lectores con criterio.

Es el final de la infancia y la entrada en la adolescencia un período al que, dicho de forma fina, puede denominarse «complicado» y en lenguaje llano una cabronada. Evito la autorreferencia siempre que puedo, pero en este caso la siento obligada. Pido disculpas. Al construir a los personajes de mi única novela quise recordar mi niñez para tratar de capturar aquella atmósfera tan especial que pensaba irrecuperable. Tras un evanescente velo me sorprendió descubrir, encadenándose, significativos sucesos. Seguían relucientes en mi memoria, inmunes al paso del tiempo. Regodeándome en ellos los cotejé luego con los de otros amigos del colegio. Llegamos a la conclusión de que para nadie es sencillo lidiar una época a la que nunca se termina de dar carpetazo; una época desabrida y en la que más desprotegido te hayas; en la que nadie entiende tu cósmica soledad; en la que la vida se ha convertido en un horrible embrollo y en la que el despertar hormonal termina por convertirnos en unos seres desvalidos con el cerebro lleno de semen (de quienes las chicas huyen   –obviamente– como apestados.)

Viene a cuento el párrafo anterior porque de entre todos los excepcionales relatos de Alberto Marcos, el autor de esta reseña, de verse impelido a elegir, se quedaría con los 6 centrados en las problemáticas vividas por personajes que vienen de dejar atrás la infancia. Antes de comentar este conjunto, señalo cómo, en mi trayectoria de lector, no recuerdo haber dado con algo tan certero –y bien contado– sobre este período decisivo en todo ser humano. Tiene el autor la anómala habilidad de transportarte con la intensa eficacia que se exige a todo buen relato, gracias a su rapidez y vigor, a aquellos aterradores años adolescentes (que nadie me los nombre como «maravillosos», por favor); además, la identificación entre el lector y los inseguros y acongojados protagonistas se establece a la primera frase: solo los muy capaces, y Alberto Marcos lo es, exhiben esta destreza.

En «Monopoly» el extrañamiento del protagonista, un chico inteligente pero desplazado (tanto en su familia como entre sus pretendidos «amigos»), acaba pagándolo un pacífico perro. Cuento de áspero final, con el chaval jugando solo, metáfora de lo que le aguarda. En «Silvia y yo» un adolescente gay recorre los quioscos del Madrid de los 80 buscando revistas pornográficas de su gusto (a la fatalidad de la adolescencia se une la de saberse homosexual en esa España recién salida del franquismo: ni para mi peor enemigo imagino un infierno más refinado para arrastrar una vida). El complejo de culpa del muchacho lo hace aparecer como si fuera un atracador: gestos felinos, gafas de sol y semblante adusto, mientras en su interior revive su aún cercana infancia: cómo para comprar cromos de temática femenina valía con recurrir, ante el quiosquero, a una hermana imaginaria. Este relato debería ser de obligatoria lectura en los centros educativos (si queremos educar en la igualdad… ¿qué mejor que mostrar las miserias de épocas no tan lejanas?). En «Taxidermia», acomplejada por tener poco pecho, Nuria consigue operarse y aumentar en un par de tallas el busto. Pero los desencuentros e inhibiciones que arrastra desde la adolescencia no cambian con la silicona. Un taxidermista parece ser el hombre idóneo para inaugurar sus pechos, pero la torpeza llena de prejuicios frustra el encuentro. «Medidas de seguridad» cuenta el temor que una familia vive a ser atacada en su urbanización por alguna banda de albano-kosovares. Este temor trastoca la existencia de dos hermanos adolescentes a punto de entrar –por fin– en la juventud. Por una terrible confusión el padre dispara contra un miembro de su familia. Nos presenta «Verano en Maryland» a Mateo, joven universitario que recuerda aquel verano suyo pasado en compañía de una familia americana «típica» compuesta por la madre y dos hijos. El suicidio de Kevin trastorna a Mateo quien, años después, consigue que su subconsciente ilumine parcelas insospechadas de su estancia norteamericana. En «Césped recién cortado» las crueldades propias en la adolescencia del protagonista, que vive junto a sus compañeros de colegio en La Moraleja, se ven refrenadas gracias a su amistad con Lisardo, un joven algo mayor, quien, con sus ejemplos de civismo mantiene la cordura del grupo. Recuerda Lisardo a uno de aquellos héroes de las novelas de formación de Hermann Hesse («Demian») en las que fue experto el premio nobel alemán.
 
En los 8 relatos que completan el libro hay una evidente voluntad por hacer crecer a sus protagonistas. La infancia y la adolescencia a veces siguen presentes, pero ya más como telón de fondo o como un marco referencial inoportuno, más bien molesto. Parece advertirnos el autor que, tras los malos tragos pasados, la llegada de la juventud –y su implícita madurez– no suponen las recompensas tantas veces anheladas y casi aseguradas. Y es que cada edad conlleva la aparición de nuevos problemas, no menos intensos que los que creemos haber superado y dejado atrás. Nunca vamos a encontrar la plenitud… nuestras vidas siempre estarán… «en obras».

Así, «Cambio de casa» narra el frustrado encuentro homosexual entre dos jóvenes ya emancipados, un encuentro que rompe por vez primera el tono del volumen, hasta entonces centrado en problemáticas adolescentes. «Bichos» cuenta cómo una plaga desazona a Julia, una atractiva soltera con querencia hacia los becarios de su empresa. El tendero que le vende el insecticida, un friqui, la desconcierta hasta el extremo de hacerle sentir un morboso deseo. Los personajes de Alberto Marcos suman años: su protagonista aquí es ya una treintañera. Asistimos en «La lata de conserva» al último día laboral de un becario que recababa datos demográficos para una editorial. Una lata de sardinas olvidada en un armario, y finalmente deglutida por el joven que ya se va, se convierte en metáfora sobre su futuro laboral. «La mancha de humedad» muestra a un hombre abandonado por su mujer que mitiga su soledad con fantasías como las generadas por una mancha de humedad en su salón. En «La vida en obras» las relaciones carnales de una alquilada con el sudamericano que limpia la fachada de su edificio se convierte en el motivo central de un relato basado en la incomunicación. «¿De qué hablan los hombres en el gimnasio?» está protagonizado por Roberto, un economista vigoréxico, que viene de superar una crisis de pareja gracias a utilizar para sus fines a un oscuro y poco agradecido contable. Constituye el núcleo de «El imprevisible vuelo de los vencejos» la frustrada declaración de amor adúltero que Fabio pensaba hacer a Carmen. Durante la trascendental conversación asaltan a Fabio unos violentos recuerdos maritales que paralizan sus intenciones. Retrata «Aderezos» la vacua existencia de un abogado administrativo (no litigante). Su peculiar sentido del humor, que recuerda al de Kevin Spacey en «American beauty», acabará volviéndose contra él
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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.



Reseña de «Vosotros, los muertos», de Ginés S. Cutillas

RESEÑA DE «VOSOTROS, LOS MUERTOS», DE GINÉS CUTILLAS (Cuadernos del Vigía, 2016), por
Manu López Marañón
Está de moda el microrrelato y no son pocos escritores los que se han puesto a hacerlos. Sin ser un experto, reconozco haberme aficionado por las selecciones que publican periódicamente mis compañeros (así, las de Ana Grandal y Francesc Barberá suelen resultar excelentes). Siento también especial predilección por los microrrelatos de Manu Espada y Ana Vidal Pérez de la Ossa, dos maestros que ceden algunos suyos a Cita en la Glorieta, algo de lo que nos beneficiamos todos. Por otros caminos sigo atentamente las creaciones de dos microrrelatistas imprescindibles: las de la sevillana Xenia García y las de la bilbaína Patricia Millán Molinuevo.

A mitad de camino entre la composición poética y el cuento, podría decirse que cuando el microrrelato es acertado y da en el clavo participa de lo mejor de ambos géneros: así, la intensidad, la concentración y la preferencia por la imagen precisa que todo buen poeta persigue se combinan con el ritmo acuciante y sin fisuras del relato –que aporta, además, su querencia por la pegada final–. Artista consumado y excepcional teórico del cuento, en todos aquellos microrrelatos que conforman «Vosotros, los muertos», libro que ahora reseñamos, brilla el talento generoso y deslumbrante del valenciano Ginés S. Cutillas.

Si ya cuesta resumir un relato y tenemos que hacer esfuerzos para no destriparlo, imagínense en el caso de los microrrelatos. Habría casos en que incluso un par de líneas sobre ellos excederían su tamaño… Me decido entonces por un compendio de sensaciones y reminiscencias para formar así una «idea general» del libro. Antes, dejaré apuntado que este medio centenar de microrrelatos toman a la muerte –a sus prolegómenos y consecuencias– como hilo argumental. Tomando de aquel tétrico mundo rural abandonado a su suerte (Rulfo) los aparecidos, espectros y las voces del más allá, pero bebiendo también del «horror cósmico» que tanto seducía a Lovecraft, por las inolvidables páginas de Cutillas desfilan (y comienza el compendio):

muertos rebeldes – trenes sumidos en la oscuridad por los que la vida transcurre en pocos días – bibliotecas en el fondo de catedrales vigiladas por Borges – besos en la mejilla «a lo Proust» que permiten conciliar un sueño demasiado parecido a la muerte – parodias de funeral a lo «All that jazz» – tránsitos agonísticos a la muerte definitiva – extraños en el dormitorio – vivos que se burlan de los muertos y acaban pereciendo por «una cuestión de estilo» – viejos muriendo felices en pleno orgasmo – kafkianos anonimatos oficinescos – miembros de un circo confabulados para acabar con el payaso listo – familias previsoras que limpian las lápidas que un día les recordarán – visiones dantescas del Hades – los tranquilizadores insomnios de los moribundos – similitudes entre una boda y un entierro – viudas que cuentan su vida a un teléfono mudo – discusiones inútiles entre parejas ya moribundas – muertos que resucitan y abandonan los cementerios – televisores que reflejan espectros – esposos desechados encajonados junto a otras pertenencias – novelistas que acaban pareciéndose a los asesinos de sus narraciones – vidas cadavéricas compartidas en pisos de solteros (o de casados) – apocalipsis en forma de choques frontales – heraldos de amaneceres nunca prometedores – muertos que no se resignan y regresan a la hora de la cena – apocalipsis urbanos en los que nadie se libra – pesimistas negándose a dar esperanza – romances imposibilitados por falta de recursos – asesinatos de usureras que inauguran la narrativa del siglo XX – inmortales a la espera de otros inmortales – fantasmas desdoblados en seres humanos, y viceversa – familias de asesinos que organizan su trabajo – las lápidas del suicida – rebeliones en el Arca de Noe: los animales se plantean acabar con los humanos – teléfonos con los cables cortados que registran conversaciones pasadas – una lista de literatos con algún cadáver iletrado por desembuchar – repúblicas de personalidades desnortadas – accidentes irrevocables – monstruos que aterrorizan a niños ignorados por adultos – diferentes autores de diversos géneros confabulados para un crimen despedazable – abuelos que desaparecen dándose el relevo – hombres desengañados que ejecutan sangrientamente a Cupido – ciudadanos enterrados en profundas zanjas – muertes amenazantes reflejadas en un grifo – batallas marinas interrumpiendo pescas al anzuelo – terremotos que intentan interrumpir la actividad literaria – pacíficos vecindarios transformados en ruidosos cementerios – «curiosos impertinentes» que vuelven a arruinar su vida gracias, esta vez, a Internet – los sufrimientos de quienes acuden a una reunión de viejos alumnos y se sienten incorpóreos – los finales del «amigo invisible» – los temores a la retaguardia haciendo avanzar a un fiero ejército – enfermos de Alzheimer haciendo de las suyas – muertos resucitados desesperando a un pueblo – confusiones idiomáticas – infiernos como metáfora de la cárcel, donde todos se conocen y no hay intimidad – matrimonios que avanzan a golpe de silencios…

Y para dar comienzo al volumen: todos los nombres, el nombre. Y al final el nombre que irremediablemente nos unirá a todos: el de LA MUERTE.

Un buen consejo: no se pierdan «Vosotros, los muertos». Acertarán. SEGURO
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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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