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«Microrrelatos escogidos» por Ana Grandal (XXI)

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Ana Grandal, licenciada en Ciencias Biológicas, traductora científica, escritora y administradora de la página de facebook TOPmicrorrelatos.
 

ECOSISTEMA
José María Merino
El día de mi cumpleaños, mi sobrina me regaló un bonsái y un libro de instrucciones para cuidarlo. Coloqué el bonsái en la galería, con los demás tiestos, y conseguí que floreciese. En otoño aparecieron entre la tierra unos diminutos insectos blancos, pero no parecían perjudicar al bonsái. En primavera, una mañana, a la hora de regar, me pareció vislumbrar algo que revoloteaba entre las hojitas. Con paciencia y una lupa, acabé descubriendo que se trataba de un pájaro minúsculo. En poco tiempo el bonsái se llenó de pájaros, que se alimentaban de los insectos. A finales de verano, escondida entre las raíces del bonsái, encontré una mujercita desnuda. Espiándola con sigilo, supe que comía los huevos de los nidos. Ahora vivo con ella, y hemos ideado el modo de cazar a los pájaros. Al parecer, nadie en casa sabe dónde estoy. Mi sobrina, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un homenaje al desaparecido. En uno de los otros tiestos, a lo lejos, hoy me ha parecido ver la figura de un mamut.

Dos veces cuento

LA FE Y LAS MONTAÑAS
Augusto Monterroso
Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios.

Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.

La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio.

Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de Fe
. 

La oveja negra

PERFECCIONISMO
David Roas
La gabardina reposa sobre la cama. A su lado, los calcetines blancos. En el suelo, los zapatos, pulcramente abrillantados. No necesita más. Sentado junto a la venta-na, espera que llegue la hora de vestirse y salir a escena.

Las primeras veces ha sentido cierto nerviosismo y no ha quedado contento de su trabajo. Tampoco los es-pectadores: en algunas caras ha visto aparecer una risa inesperada (y, por ello mismo, cruel); otros, incluso han mostrado su disgusto con feos insultos, obligándole a dar por terminada su actuación.

Pero Marcos sabe que puede mejorar. Debe hacerlo. Por su arte.

Mientras se viste, experimenta la misma excitación que otras veces. Aunque en esta ocasión potenciada por el nuevo público que le espera. Sabe que está arriesgando mucho. Y eso le excita todavía más. Tras subirse hasta las rodillas los inmaculados calcetines blancos, coge un paño y da un último toque a los zapatos. Su cara se refle-ja risueña en el reluciente charol. Algo le dice que hoy sí triunfará.

A punto de salir a escena, Marcos desabotona su gabardina y se prepara. Su pene luce esplendoroso. Hacía tiempo que no tenía una erección así. Buena señal.

Entonces, abre la puerta de la habitación de sus padres esperando escuchar, por fin, los entusiasmados aplausos de su público
.




LA FUNCIÓN
Liliana Miraglia
Es la directora de la obra, la guionista, responsable del libreto. Es la experta en edición, publicista y relacionadora pública. Es la primera actriz y la actriz secundaria. Se encarga de la utilería, hace los mejores escenarios. Es la apuntadora oficial. También es el público y no le disgusta la tarea de iluminista. Es la orquesta escandalosa, le gustan los instrumentos de cuerta, los de viento, todos. Se encarga de la limpieza, es la que mejor hace los trajes. Atiende a los periodistas. Encara a los críticos que han gustado de su obra, se defiende ante los que la critican. Recoge los boletos, ubica a los espectadores en los asientes numerados, cuenta el dinero de la taquilla y lo deposita en el banco o se esconde para evadir deudas. A veces está cansada y suspende la función. 

Un close up prolongado

UNA SOLA CARNE
Armando José Sequera
Tan pronto el sacerdote concluyó la frase …y formaréis una sola carne, el novio, excitado, se lanzó a devorar a la novia.

La otra mirada

EL HOMBRE INVISIBLE
Ángel Fábregat
A Antonio lo dejó su mujer para irse con un antiguo pretendiente, enriquecido durante la burbuja inmobiliaria. Un tiempo después, perdió el trabajo y se sumió en una depresión, agravada cuando, pasados unos meses, lo desahuciaron. Ayer mismo mendigaba frente a un teatro, donde vio cómo su exesposa y su pareja, abrazados, acudían al estreno de una obra. La mujer lo miró sin hacer ningún ademán. Él pensó: «No me habrá visto; quizá cuando salga».

Ana Grandal es licenciada en CC. Biológicas y ejerce como traductora científica freelance desde 1996. Entre otros, ha traducido los libros de divulgación Los orígenes de la vida (Freeman Dyson, Cambridge University Press, 1999), El comportamiento altruista (Elliott Sober y David Sloan Wilson, Siglo XXI, 2000) e Inteligencia emocional infantil y juvenil (Linda Lantieri, Santillana, 2009) y la compilación de poesía incluida en Mina Loy. Futurismo, Dadá, Surrealismo (La Linterna Sorda, 2016). Cuenta con varios premios literarios, que incluyen el V Concurso de Relato Corto del Ayto. de Monturque (2004) y el XIII Premio de Narrativa Miguel Cabrera (2006). Ha publicado la colección de microrrelatos Te amo, destrúyeme (Amargord Ediciones, 2015). Coedita con Begoña Loza la colección de relatos La vida es un bar (Vallekas) (Amargord Ediciones, 2016), en donde también participa como autora. Colabora en las revistas digitales La Ignorancia y La Charca Literaria. En su faceta musical, toca la flauta travesera en los grupos de rock VaKa y Los Vitter del Kas.

Puedes leer una selección de microrrelatos de su libro «Te amo, destrúyeme», publicado por Amargord Ediciones en 2015, pinchando en la imagen.

«De las cosas pequeñas», por Rubén Abella

Os ofrecemos «DE LAS COSAS PEQUEÑAS. Intuiciones sobre la escritura de microrrelatos», por  cortesía de su autor, el escritor y fotógrafo Rubén Abella, y de la Cátedra Miguel Delibes.
 

El texto está incluido en:
 

Historias mínimas. Estudios teóricos y aplicaciones didácticas del microrrelato. Eva Álvarez Ramos y María Martínez Deyros. Valladolid – Nueva York: Cátedra Miguel Delibes, 2016.


Rubén Abella
- Fotografía: Rosa Jiménez -

«DE LAS COSAS PEQUEÑAS. Intuiciones sobre la escritura de microrrelatos»
Rubén Abella
Escribí mi primer microrrelato en 2001. Acababa de volver de La Habana y, mientras revisaba con una lupa las diapositivas que había tomado, me llamó la atención una imagen. Mostraba uno de esos destartalados coches estadounidenses que ya solo se ven en Cuba, un mero cascarón decrépito, sin ruedas ni cristales, abandonado en un patio sombrío. Tras él, dándole la espalda, se alzaba una silla blanca de hierro forjado, sin asiento, carcomida por el óxido. Se me ocurrió que la escena contenía una historia. Después de mucho pensar, imaginé que esa historia podía ser la siguiente (pincha en la imagen para ampliar y «Esc» para volver):


El resultado me pareció interesante. La imagen y el texto se hablaban de tú a tú. Quiero decir que no había subordinación: la fotografía no ilustraba las palabras, y las palabras no explicaban la fotografía. El producto de su unión, pensé, ennoblecía a ambas partes. Animado por el hallazgo, seguí explorando esa veta. Fruto de aquel trabajo fue el proyecto Fábulas del lagarto verde. Consta de más de setenta imágenes y diecinueve historias muy breves, como esta (pincha en la imagen para ampliar y «Esc» para volver):


De ese germen bicéfalo surgiría más tarde mi primer libro de microrrelatos —No habría sido igual sin la lluvia—, una suerte de reconstrucción fabulada de veinte años de viajes. De modo que podría decirse que llegué al microrrelato desde la fotografía, más que desde la literatura, sin una noción clara de los límites del género ni de las convenciones que lo rigen. En ese sentido, No habría sido igual sin la lluvia es probablemente el más intuitivo de mis libros. El más espontáneo. Y quizás el más libre.

Tardé varios años en escribir mi siguiente volumen de microrrelatos: Los ojos de los peces. Para entonces ya era consciente de las reglas del género. Es, por ello, un libro más ponderado. Más denso, también, pues recorren sus páginas múltiples vasos comunicantes. Hay personajes y escenarios que se repiten. Hay tramas que se prolongan a lo largo de varios microrrelatos. Hay incluso una historia titulada “El Viaducto” que se cuenta cinco veces con cinco desenlaces distintos. Se trata, en definitiva, de un proyecto narrativo unitario, construido sobre la premisa de que, como escribió Robert Walser en Los cuadernos de Fritz Kocher, “todos somos en general naturalezas imperfectas”.

Pero, ¿cuáles son esas reglas de las que hablo? ¿Qué rasgos comparten los relatos mínimos?

El primero es la brevedad. Aunque no existe una extensión fija, suele aceptarse como norma general que un microrrelato se debe poder abarcar en un golpe de vista. Algunos, los más largos, llegan a ocupar más de una página, mientras que otros —sobre todo desde que Monterroso publicara su archicitado “El dinosaurio”— se solventan en una línea. Todos los microrrelatos son textos breves, pero no todos los textos breves son microrrelatos. Enfatizo lo obvio porque esa confusión ha convertido para muchos el género en una especie de cajón de sastre de la literatura en el que todo cabe —el chiste, el juego de palabras, la rima ingeniosa, la estampa, la sentencia, el pseudo-haiku— con tal de que sea breve. Por eso, quizá sea mejor hablar de concisión —más que de brevedad— como rasgo definitorio.

Es bien conocida y, en mi opinión, muy acertada, la idea de Julio Cortázar de que la novela es al cine lo que el cuento —y, por supuesto, el microrrelato— es a la fotografía:

[…] una película es en principio un “orden abierto”, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brassaï definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara.

Algo parecido nos dice el crítico de arte y novelista John Berger en su ya clásico ensayo Otra manera de contar, escrito en colaboración con el fotógrafo Jean Mohr. La excepcionalidad de una fotografía —sostiene Berger— radica en buena medida en su capacidad para “desbordar” el suceso fotografiado, sugiriendo información sobre su pasado y su futuro, y para, mediante una compleja red de estímulos y asociaciones, hacer surgir en el espectador ideas, sensaciones o el recuerdo de experiencias personales. Es decir, la fotografía excepcional es aquella que, a partir de un hecho concreto y unívoco —el instante detenido y enmarcado en el visor de la cámara—, más se presta a la interpretación. Del mismo modo, en un buen microrrelato lo que se cuenta es tan importante como lo que no se cuenta. Las palabras deben rebasar los límites de la anécdota narrada y desbordarse hacia su pasado y su futuro, hacia lo subjetivo, hacia lo no dicho. Eso es lo que ocurre en esta conocida fotografía de Henri Cartier-Bresson, que muestra el momento en que una víctima de los nazis reconoce a una informante de la Gestapo en un campo de desplazados de Dessau, poco tiempo después de que acabase la Segunda Guerra Mundial:
 

© Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos

Por su propia naturaleza sucinta, el microrrelato ha de prescindir del desarrollo profundo de los personajes, de la digresión, de la acumulación de detalles, de la descripción y de otros elementos propios de la novela y del cine para convertirse en un fogonazo fotográfico, un único y certero golpe de luz que, mediante la elipsis y con la máxima economía de medios, ilumine algún aspecto de ese misterio que llamamos vivir. 

Conviene subrayar en este punto el carácter netamente narrativo del microrrelato. Basta con repasar sus múltiples denominaciones para ver que, pese a su heterogeneidad, todas incluyen términos que denotan narratividad, tales como cuento (microcuento, minicuento), relato (relato hiperbreve, microrrelato, relato mínimo) o ficción (ficción súbita, nanoficción). Como afirma José María Merino en su ensayo De relatos mínimos, en el microrrelato “puede haber cierta tendencia a la abstracción, al estilo apologal, al surrealismo, pero tal vez no fuese ocioso exigir que no se abandone la tensión narrativa ni el esfuerzo de síntesis dramática”. Por tanto los juegos líricos, los poemas en prosa, las estampas, los chistes, las ocurrencias ingeniosas, las sentencias, etc., no pueden considerarse, a mi entender, microrrelatos, puesto que no se atienen a las normas generales que rigen la creación de ficciones. El microrrelato, como su propio nombre indica, ha de relatar algo, debe tener el movimiento interno que distingue a la narrativa.

El microrrelato es enemigo de lo superfluo y aliado de la densidad. Esto, curiosamente, lo acerca a la poesía, que es el arte de la decantación, de lo esencial, en el que nada sobra y nada falta, y lo aleja de la novela, en la cual la densidad es, salvo excepciones, inversamente proporcional a la extensión. Imaginemos una novela de más de cuatrocientas páginas en la que cada párrafo tuviera la densidad de un buen microrrelato: su lectura —y, por supuesto, su escritura— resultarían extenuantes. El microrrelato, como el poema, debe concentrar toda su fuerza, todos sus recursos, todo su poder de conmoción en el menor espacio posible. El microrrelato es, en este sentido, un metal pesado.

Para concluir, he de reconocer que, aunque soy consciente de las reglas del juego, mi forma de componer microrrelatos sigue siendo fundamentalmente intuitiva. Cuando me siento a escribir, se desvanecen las normas y las teorías y, en su lugar, suelen venirme a la memoria las mañanas de Reyes de mi infancia. Me veo con mi hermana y mis dos hermanos despertando a mis padres a las siete de la mañana. Mi padre protesta. Remolonea. Bosteza. Amenaza con seguir durmiendo. Por fin sale de la cama y, como el flautista del cuento, nos guía en pijama por el pasillo hasta la puerta cerrada del salón, donde esperan los regalos. Abre un poco la puerta y, antes de que podamos ver nada, la cierra de nuevo. Ahora somos nosotros los que protestamos. Él abre otra vez, sonriendo. Nos apelotonamos en el hueco y vislumbramos con ansia fragmentos del tesoro: el pico de una caja grande envuelta en un papel de colores, un bulto esférico, algo que, desde donde estamos, podría parecer el ala de un sombrero de cowboy. Mi padre vuelve a cerrar. Abre. Cierra. Abre. Cierra. Nos mantiene en un estado de expectación máxima que se prolonga durante varios minutos eternos. Y eso es, me parece a mí, escribir microrrelatos. Abrir con muy pocas palabras resquicios que hagan vibrar al lector y le permitan completar en su mente el puzle de nuestras historias. Porque la puerta del microrrelato —al contrario, por fortuna, que la del salón de mi infancia— nunca se abre del todo.

Bibliografía

Abella, Rubén. Los ojos de los peces. Palencia: Menoscuarto, 2010. No habría sido igual sin la lluvia. Pamplona: NH Hoteles, 2008.
 

Berger, John y Jean Mohr. Otra manera de contar. Murcia: Mestizo, 1997.
 

Cortázar, Julio. “Algunos aspectos del cuento”. En Antología del cuento moderno. César Cecchi y María Luisa Pérez (Ed.). Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2002.
 

Merino, José María. Ficción continua. Barcelona: Seix Barral, 2004.
 

Walser, Robert. Los cuadernos de Fritz Kocher. Madrid: Pre-Textos, 1998.