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Reseña de «Manual para mujeres de la limpieza», de Lucia Berlin, por Rubén Abella

PROFUNDA NOCHE OSCURA
Rubén Abella
Cuando me preguntan por mis lecturas, suelo establecer una distinción entre los autores que admiro y aquellos por los que, como escritor, siento envidia. Lucia Berlin —junto con Faulkner, Shakespeare o Rulfo, por poner otros ejemplos— está sin duda en la segunda categoría. ¿Por qué? Pues porque es una escritora fuerte, como diría Harold Bloom. Es lúcida, carece de fisuras y tiene una potentísima pegada estética. Por si eso fuera poco, en ningún momento se aparta de lo humano. Dicho de otra forma, la envidio porque es la encarnación —una de varias posibles— de lo que para mí es un Escritor con mayúsculas.

Lo que viene a continuación es un análisis personal de “Inmanejable”, uno de los cuentos incluidos en su magnífico libro Manual para mujeres de la limpieza. Pero la conclusión a la que llego es aplicable, creo, al conjunto de su obra.

 
***

El arranque de “Inmanejable” es una introducción perfecta al universo narrativo de Lucia Berlin:
En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de medio litro de vodka estaba vacía. Salió de la cama, se puso de pie. Temblaba tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Respiraba agitadamente. Si no conseguía pronto algo para beber, le darían convulsiones o delírium trémens.
Destaca en la primera frase el contraste entre lo metafórico, en este caso con claras connotaciones religiosas (la profunda noche oscura del alma), y lo concreto (las licorerías y los bares cerrados). Este choque conceptual hace que el lector entienda de inmediato el infierno en que vive la protagonista. No se puede decir más con tan pocas palabras. El resto del párrafo es una elaboración, una lacónica acumulación de detalles que apuntalan la impresión inicial.
 

Son las cuatro de la mañana. La mujer, temblorosa, hace cálculos. A las seis abre la licorería Uptown de Oakland. Caminar hasta allí le llevará unos cuarenta y cinco minutos. Le da tiempo, estima, a ir y volver antes de que se despierten sus hijos. El infierno se hace más crudo, más ardiente si cabe. La mujer, nos damos cuenta, sufre su adicción a escondidas en un entorno doméstico inocente.

Mientras se prepara para salir, la mujer abre el bolso y descubre que no tiene dinero. Alarmada, busca en el bote del escritorio, en los bolsillos del abrigo, en un cajón de la cocina, en los bolsos que tiene en el ropero. Al final logra reunir los cuatro dólares que el dueño de la licorería cobra por una botella de media pinta a esas horas. Sale a la calle preguntándose si logrará llegar a su destino. Camina con dificultad, concentrándose en las grietas de la acera para mantener el equilibrio, apoyándose en los arbustos y los troncos de los árboles.

Cruzar las calles era aterrador, parecían tan anchas, con sus luces parpadeantes: rojo, rojo, ámbar, ámbar. De vez en cuando pasaba una furgoneta de ATESTADOS, un taxi vacío. Un coche de policía a toda velocidad, sin luces. No la vieron.
“Apreciad los detalles, los divinos detalles”, aconsejaba Nabokov en sus clases de escritura. Una furgoneta de atestados, nos dice Berlin. Un taxi vacío. Un coche de policía sin luces… Más adelante, cuando la mujer llega por fin a la licorería, el dueño le hace contar el dinero sobre el mostrador solo para darse el gusto de ver cómo tiembla. La crueldad encapsulada en un gesto. Es improbable que Nabokov leyera a Berlin. Le habría gustado: su narrativa es una celebración del detalle.

En “Inmanejable”, como en el resto de los cuentos incluidos en Manual para mujeres de la limpieza, Lucia Berlin muestra una enternecedora piedad con las debilidades de sus personajes, con las suyas propias y, por extensión, con las de todos nosotros. Dueña de un estilo llano y esencial, poderosamente efectivo, la autora explora con desgarradora lucidez los rincones más penumbrosos de nuestra naturaleza, la profunda noche oscura de nuestra alma
.


Rubén Abella © 2017

Fuente de las citas:

Lucia Berlin. Manual para mujeres de la limpieza. Alfaguara, 2016. 


Ruben Abella (Valladolid, 1967)
Fotografía: Rosa Jiménez
es licenciado en Filología Inglesa y ha cursado estudios de postgrado en las universidades de Tulane (Nueva Orleans, Estados Unidos) y Adelaida (Australia). Su primera novela, La sombra del escapista, recibió en 2002 el Premio de Narrativa Torrente Ballester y con su segunda, El libro del amor esquivo, resultó finalista del Premio Nadal en 2009. En 2007 No habría sido igual sin la lluvia mereció el Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos, feliz incursión en el género del microrrelato que quedó revalidada en 2010 con Los ojos de los peces. En 2011 publicó Baruc en el río. California (2015) es su cuarta novela. Rubén Abella compagina la escritura con la fotografía y la docencia. Ha impartido cursos y conferencias sobre diversas materias en universidades de todo el mundo y es profesor de la Escuela de Escritores y de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid.

Microrrelatos de Rubén Abella - ¡Feliz 2017!

Para despedir un año intensísimo, lleno de experiencias, de proyectos cumplidos y de nuevas amistades literarias, CITA EN LA GLORIETA y TOPmicrorrelatos os ofrecen, por cortesía de su autor, cinco microrrelatos de uno de nuestros más queridos escritores, Rubén Abella, quien precisamente el próximo año reeditará su primer libro de microrrelatos, No habría sido igual sin la lluvia.

¡Feliz 2017!

DUBLÍN
Rubén Abella
Toda una vida de amistad le había enseñado a interpretar los silencios, y Patrick sabía bien que aquel silencio era malo. Desde que llegaron al pub, Sean no había hecho otra cosa que beber y desmenuzar posavasos, y eso no era normal.

—¿Te pasa algo?

Sean miró a su alrededor con recelo. Al comprobar que nadie los oía, se inclinó sobre la mesa y susurró:

—Sheila está embarazada.

—¿Sheila? ¿Tu hija?

Sean hizo un gesto para que bajara la voz y, sin dejar de vigilar el entorno, continuó:

—¡Con quince años! ¿Qué te parece? Y no suelta prenda sobre el padre. Pero ya me enteraré yo, y cuando coja al desgraciado te juro que lo mato.

Los dos amigos quedaron de nuevo en silencio.

Patrick tomó un trago de Guinness y, con aire ausente, se puso a desmenuzar posavasos
.




FILOLOGÍA
Rubén Abella
—Todo lo que se ha contado es mentira —dice don Fabián espantando con la mano una mosca imaginaria.

Tiene cien años y durante la Guerra Civil fue barman en el mítico hotel Florida. Con él están su hijo Diego y un estudiante americano de doctorado que ha venido a verlo desde Massachusetts para que le hable de Hemingway.

—Para empezar, no se alojaba en la habitación 109, sino en la 236.
 

Diego traduce.

Don Fabián cuenta que, con todo lo grande que era, Hemingway se asustaba como un niño con el tableteo de las ametralladoras, y que no fue con Martha Gellhorn con quien tuvo un romance en el hotel, como se ha creído siempre, sino con un torero gringo llamado Franklin.

Diego traduce.

—No me mire con esa cara, joven. Los vi besarse en el ascensor.

Después de traducir la última frase, mientras el americano, visiblemente complacido, toma nota en un cuaderno de hojas amarillas, Diego se vuelve hacia don Fabián y le dice muy serio:

—Esta vez se ha superado, padre
.





HABLA CON NORMA
Rubén Abella
Solo en el cuarto de estar, Plácido escucha Habla con Norma, un consultorio radiofónico para atribulados insomnes. A través de las ondas, una mujer al borde del llanto se duele de la infeliz relación que mantiene con su esposo.

—Hace mucho que he dejado de quererlo —dice—. Estoy decidida. En cuanto cuelgue el teléfono, lo abandono.

Plácido piensa con satisfacción en lo bien que les va a él y a Dolores. No hablan mucho, las cosas como son, pero nunca discuten y hacen el amor casi a diario.

Bosteza. Mira el reloj. Apaga la radio. Se levanta del sillón y va hacia el dormitorio. Encuentra a Dolores sentada en el borde de la cama, llorando, con el teléfono aún en la mano
.



Los ojos de los peces (Menoscuarto, 2010) 

SEGURIDAD
Rubén Abella
Los padres salieron y los niños aprovecharon su ausencia para convertir la casa en una película del Oeste. Tras varias escaramuzas sin víctimas en el cuarto de estar y en el pasillo, los confederados, superados en número por los siux, entraron al galope en el dormitorio paterno y se ocultaron bajo la cama. Esperaban el próximo ataque cuando Daniel se fijó en la caja de zapatos. La abrió y halló un revólver, más grande y mucho más pesado que el suyo.

—Con esto no hay quien nos gane —se dijo, maravillado por el hallazgo.

Emergió de su escondite girando sobre sí mismo, se puso de rodillas, alzó el arma con las dos manos y disparó a quemarropa a su hermana Patricia, que en ese momento irrumpía en la habitación lanzando gritos de indio
.



Los ojos de los peces (Menoscuarto, 2010) 

SOS
Rubén Abella
Durante los cuartos televisados de la Nochevieja, al final de una cena atroz, llena de insultos y amenazas, Manuel perdió los estribos y descargó sobre Ruth una bofetada tan brutal, que la despegó de la silla y la lanzó volando como un muñeco contra el aparador. Luego agarró el cuchillo de trinchar el pavo y, fuera de sí, se abalanzó sobre ella para matarla.

Ruth esquivó el ataque por los pelos. Se levantó como pudo, salió dando tumbos del comedor y, mientras la televisión daba pausadamente las doce, se encerró con llave en el dormitorio. Manuel se puso a aporrear la puerta. Ruth abrió la ventana y pidió ayuda, pero para entonces ya había empezado el ceremonial de los cohetes y las tracas de petardos, y nadie oyó sus gritos en el fragor de las detonaciones. Desesperada, probó suerte con un recurso de urgencia. Acercó la lámpara de la mesilla a la ventana y, accionando el interruptor, lanzó a la noche un SOS.

Nicolás estaba con Dulce María y su hijo de tres años en el balcón, encendiendo la mecha de un cohete, cuando se fijó en las señales parpadeantes. Las interpretó como otra modalidad del festejo y en cuanto tuvo las manos libres se unió a ellas con una linterna de pilas. Otros vecinos siguieron su ejemplo. En cuestión de segundos las fachadas se llenaron de luces que se apagaban y se encendían, y la calle se convirtió en una gran antorcha, un sobrecogedor firmamento improvisado que refulgía de emoción por la llegada del Año Nuevo
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Los ojos de los peces (Menoscuarto, 2010) 



Rubén Abella (Valladolid)
es licenciado en Filología Inglesa y ha cursado estudios de postgrado en las universidades de Tulane (Nueva Orleans, Estados Unidos) y Adelaida (Australia). Su primera novela, La sombra del escapista, recibió en 2002 el Premio de Narrativa Torrente Ballester y con su segunda, El libro del amor esquivo, resultó finalista del Premio Nadal en 2009. En 2007 No habría sido igual sin la lluvia mereció el Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos, feliz incursión en el género del microrrelato que quedó revalidada en 2010 con Los ojos de los peces. En 2011 publicó Baruc en el río. California (2015) es su cuarta novela. Rubén Abella compagina la escritura con la fotografía y la docencia. Ha impartido cursos y conferencias sobre diversas materias en universidades de todo el mundo y es profesor de la Escuela de Escritores y de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid.

«Sacrificio», microrrelato de Rubén Abella

Os ofrecemos el microrrelato «Sacrificio», por  cortesía de su autor, el escritor y fotógrafo Rubén Abella.

Rubén Abella
- Fotografía: Rosa Jiménez -

SACRIFICIO
Rubén Abella
A pesar de que lo odiaba, Juan hizo todo lo que pudo por salvar a Pablo, su hermano gemelo. No pensó en sus diferencias mientras le agarraba la mano desde la orilla del río para evitar que se lo llevara la corriente. Tampoco tuvo en cuenta que en casa Pablo era el rey, el favorito, y que él, más alocado, menos dócil, lo único que recibía era desprecio. Todo eso se le pasó por la cabeza más tarde, cuando la policía encontró el cuerpo flotando entre los juncos, y los padres, apartando a los curiosos, corrieron hacia su hijo vivo y lo abrazaron como nunca antes lo habían hecho.

—Menos mal que tú estás bien, Pablo —dijeron, llorando.

—Pobre Juan —se lamentó Juan, y lloró con ellos
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Los ojos de los peces (Menoscuarto, 2010) 


«De las cosas pequeñas», por Rubén Abella

Os ofrecemos «DE LAS COSAS PEQUEÑAS. Intuiciones sobre la escritura de microrrelatos», por  cortesía de su autor, el escritor y fotógrafo Rubén Abella, y de la Cátedra Miguel Delibes.
 

El texto está incluido en:
 

Historias mínimas. Estudios teóricos y aplicaciones didácticas del microrrelato. Eva Álvarez Ramos y María Martínez Deyros. Valladolid – Nueva York: Cátedra Miguel Delibes, 2016.


Rubén Abella
- Fotografía: Rosa Jiménez -

«DE LAS COSAS PEQUEÑAS. Intuiciones sobre la escritura de microrrelatos»
Rubén Abella
Escribí mi primer microrrelato en 2001. Acababa de volver de La Habana y, mientras revisaba con una lupa las diapositivas que había tomado, me llamó la atención una imagen. Mostraba uno de esos destartalados coches estadounidenses que ya solo se ven en Cuba, un mero cascarón decrépito, sin ruedas ni cristales, abandonado en un patio sombrío. Tras él, dándole la espalda, se alzaba una silla blanca de hierro forjado, sin asiento, carcomida por el óxido. Se me ocurrió que la escena contenía una historia. Después de mucho pensar, imaginé que esa historia podía ser la siguiente (pincha en la imagen para ampliar y «Esc» para volver):


El resultado me pareció interesante. La imagen y el texto se hablaban de tú a tú. Quiero decir que no había subordinación: la fotografía no ilustraba las palabras, y las palabras no explicaban la fotografía. El producto de su unión, pensé, ennoblecía a ambas partes. Animado por el hallazgo, seguí explorando esa veta. Fruto de aquel trabajo fue el proyecto Fábulas del lagarto verde. Consta de más de setenta imágenes y diecinueve historias muy breves, como esta (pincha en la imagen para ampliar y «Esc» para volver):


De ese germen bicéfalo surgiría más tarde mi primer libro de microrrelatos —No habría sido igual sin la lluvia—, una suerte de reconstrucción fabulada de veinte años de viajes. De modo que podría decirse que llegué al microrrelato desde la fotografía, más que desde la literatura, sin una noción clara de los límites del género ni de las convenciones que lo rigen. En ese sentido, No habría sido igual sin la lluvia es probablemente el más intuitivo de mis libros. El más espontáneo. Y quizás el más libre.

Tardé varios años en escribir mi siguiente volumen de microrrelatos: Los ojos de los peces. Para entonces ya era consciente de las reglas del género. Es, por ello, un libro más ponderado. Más denso, también, pues recorren sus páginas múltiples vasos comunicantes. Hay personajes y escenarios que se repiten. Hay tramas que se prolongan a lo largo de varios microrrelatos. Hay incluso una historia titulada “El Viaducto” que se cuenta cinco veces con cinco desenlaces distintos. Se trata, en definitiva, de un proyecto narrativo unitario, construido sobre la premisa de que, como escribió Robert Walser en Los cuadernos de Fritz Kocher, “todos somos en general naturalezas imperfectas”.

Pero, ¿cuáles son esas reglas de las que hablo? ¿Qué rasgos comparten los relatos mínimos?

El primero es la brevedad. Aunque no existe una extensión fija, suele aceptarse como norma general que un microrrelato se debe poder abarcar en un golpe de vista. Algunos, los más largos, llegan a ocupar más de una página, mientras que otros —sobre todo desde que Monterroso publicara su archicitado “El dinosaurio”— se solventan en una línea. Todos los microrrelatos son textos breves, pero no todos los textos breves son microrrelatos. Enfatizo lo obvio porque esa confusión ha convertido para muchos el género en una especie de cajón de sastre de la literatura en el que todo cabe —el chiste, el juego de palabras, la rima ingeniosa, la estampa, la sentencia, el pseudo-haiku— con tal de que sea breve. Por eso, quizá sea mejor hablar de concisión —más que de brevedad— como rasgo definitorio.

Es bien conocida y, en mi opinión, muy acertada, la idea de Julio Cortázar de que la novela es al cine lo que el cuento —y, por supuesto, el microrrelato— es a la fotografía:

[…] una película es en principio un “orden abierto”, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brassaï definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara.

Algo parecido nos dice el crítico de arte y novelista John Berger en su ya clásico ensayo Otra manera de contar, escrito en colaboración con el fotógrafo Jean Mohr. La excepcionalidad de una fotografía —sostiene Berger— radica en buena medida en su capacidad para “desbordar” el suceso fotografiado, sugiriendo información sobre su pasado y su futuro, y para, mediante una compleja red de estímulos y asociaciones, hacer surgir en el espectador ideas, sensaciones o el recuerdo de experiencias personales. Es decir, la fotografía excepcional es aquella que, a partir de un hecho concreto y unívoco —el instante detenido y enmarcado en el visor de la cámara—, más se presta a la interpretación. Del mismo modo, en un buen microrrelato lo que se cuenta es tan importante como lo que no se cuenta. Las palabras deben rebasar los límites de la anécdota narrada y desbordarse hacia su pasado y su futuro, hacia lo subjetivo, hacia lo no dicho. Eso es lo que ocurre en esta conocida fotografía de Henri Cartier-Bresson, que muestra el momento en que una víctima de los nazis reconoce a una informante de la Gestapo en un campo de desplazados de Dessau, poco tiempo después de que acabase la Segunda Guerra Mundial:
 

© Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos

Por su propia naturaleza sucinta, el microrrelato ha de prescindir del desarrollo profundo de los personajes, de la digresión, de la acumulación de detalles, de la descripción y de otros elementos propios de la novela y del cine para convertirse en un fogonazo fotográfico, un único y certero golpe de luz que, mediante la elipsis y con la máxima economía de medios, ilumine algún aspecto de ese misterio que llamamos vivir. 

Conviene subrayar en este punto el carácter netamente narrativo del microrrelato. Basta con repasar sus múltiples denominaciones para ver que, pese a su heterogeneidad, todas incluyen términos que denotan narratividad, tales como cuento (microcuento, minicuento), relato (relato hiperbreve, microrrelato, relato mínimo) o ficción (ficción súbita, nanoficción). Como afirma José María Merino en su ensayo De relatos mínimos, en el microrrelato “puede haber cierta tendencia a la abstracción, al estilo apologal, al surrealismo, pero tal vez no fuese ocioso exigir que no se abandone la tensión narrativa ni el esfuerzo de síntesis dramática”. Por tanto los juegos líricos, los poemas en prosa, las estampas, los chistes, las ocurrencias ingeniosas, las sentencias, etc., no pueden considerarse, a mi entender, microrrelatos, puesto que no se atienen a las normas generales que rigen la creación de ficciones. El microrrelato, como su propio nombre indica, ha de relatar algo, debe tener el movimiento interno que distingue a la narrativa.

El microrrelato es enemigo de lo superfluo y aliado de la densidad. Esto, curiosamente, lo acerca a la poesía, que es el arte de la decantación, de lo esencial, en el que nada sobra y nada falta, y lo aleja de la novela, en la cual la densidad es, salvo excepciones, inversamente proporcional a la extensión. Imaginemos una novela de más de cuatrocientas páginas en la que cada párrafo tuviera la densidad de un buen microrrelato: su lectura —y, por supuesto, su escritura— resultarían extenuantes. El microrrelato, como el poema, debe concentrar toda su fuerza, todos sus recursos, todo su poder de conmoción en el menor espacio posible. El microrrelato es, en este sentido, un metal pesado.

Para concluir, he de reconocer que, aunque soy consciente de las reglas del juego, mi forma de componer microrrelatos sigue siendo fundamentalmente intuitiva. Cuando me siento a escribir, se desvanecen las normas y las teorías y, en su lugar, suelen venirme a la memoria las mañanas de Reyes de mi infancia. Me veo con mi hermana y mis dos hermanos despertando a mis padres a las siete de la mañana. Mi padre protesta. Remolonea. Bosteza. Amenaza con seguir durmiendo. Por fin sale de la cama y, como el flautista del cuento, nos guía en pijama por el pasillo hasta la puerta cerrada del salón, donde esperan los regalos. Abre un poco la puerta y, antes de que podamos ver nada, la cierra de nuevo. Ahora somos nosotros los que protestamos. Él abre otra vez, sonriendo. Nos apelotonamos en el hueco y vislumbramos con ansia fragmentos del tesoro: el pico de una caja grande envuelta en un papel de colores, un bulto esférico, algo que, desde donde estamos, podría parecer el ala de un sombrero de cowboy. Mi padre vuelve a cerrar. Abre. Cierra. Abre. Cierra. Nos mantiene en un estado de expectación máxima que se prolonga durante varios minutos eternos. Y eso es, me parece a mí, escribir microrrelatos. Abrir con muy pocas palabras resquicios que hagan vibrar al lector y le permitan completar en su mente el puzle de nuestras historias. Porque la puerta del microrrelato —al contrario, por fortuna, que la del salón de mi infancia— nunca se abre del todo.

Bibliografía

Abella, Rubén. Los ojos de los peces. Palencia: Menoscuarto, 2010. No habría sido igual sin la lluvia. Pamplona: NH Hoteles, 2008.
 

Berger, John y Jean Mohr. Otra manera de contar. Murcia: Mestizo, 1997.
 

Cortázar, Julio. “Algunos aspectos del cuento”. En Antología del cuento moderno. César Cecchi y María Luisa Pérez (Ed.). Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2002.
 

Merino, José María. Ficción continua. Barcelona: Seix Barral, 2004.
 

Walser, Robert. Los cuadernos de Fritz Kocher. Madrid: Pre-Textos, 1998.

«Infancia» de Rubén Abella y otros microrrelatos

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Fernando Gómez Lamadrid, fundador de la página de facebook TOPmicrorrelatos.  


INFANCIA
Rubén Abella
Rozaduras en las rodillas. Turrón para los Reyes Magos. La nana Donata secándose el pelo junto a la estufa de carbón. Nieve. Una trenca con botones de colmillo. Valentina, una sabihonda, es un pelma el Capitán. Zapatillas de paño. Pan con chocolate. Y a ese gran Locomotoro no lo podemos aguantar. Naftalina en el ropero. Peces naranja en el estanque del Retiro. Señorita, me hago pis. Unas botas katiuskas para jugar en los charcos. Olor a leche hirviendo, a café, a sábanas recién lavadas, a la masa de las rosquillas. Niebla. La conquista del inodoro. Ya lo entenderás cuando seas mayor. Garbanzos fritos. El asfalto derretido por el sol del medio día. Vamos a cantar la canción del tres. Misas eternas en la iglesia de Santiago. Cromos de futbolistas. ¿Cuántos son tres? Una alfombra de pelusas blancas. La marca del moreno en los brazos. Nubes encendidas en el cielo que se apaga.

BALÓN PRISIONERO 
Rubén Abella
En el fragor de la partida, el balón lanzado por el equipo de las niñas se salió de la acera y fue a perderse en una fila de coches aparcados. Después de mucho buscar, Rodrigo lo encontró encajado entre el pavimento y los bajos de un cuatro latas, tan a desmano que tuvo que arrastrarse para alcanzarlo. Junto al balón encontró también los restos de un Playboy, medio hundidos en un charco aceitoso. Una de las páginas empapadas mostraba a una mujer en liguero, con una melena de oro y unos pechos imponentes, que brillaban como dos gloriosos crepúsculos entre la inmundicia. Abrumado por aquella revelación de lo oculto, de lo jamás antes visto, Rodrigo se estremeció. Cogió el balón sin apartar la mirada de la fotografía, emergió de los bajos del coche y regresó con el equipo de los niños como si no hubiese pasado nada. Pero a partir de esa tarde, todo fue distinto.

LA LUNA EN ESTÍO
Andrés Ibáñez
Ha llegado el estío. Los jóvenes se tienden a la sombra de los álamos y contemplan cómo las mujeres de la aldea descienden en hilera a través de las altas hierbas para lavar la ropa en las piedras blancas de la orilla del río. Una de ellas, acalorada, se suelta un poco las ropas y, entonces, en el afán de su tarea, uno de sus pequeños senos se hace visible. Y uno de los jóvenes, que está enamorado de ella en secreto, se siente poseído por la tristeza y piensa que acaba de contemplar, en mitad del día, la luna inalcanzable.

Lavanderas
- Vinicio Castillo -

Me senté en la última fila del autobús escolar, suplicando baches. Por fin salíamos de excursión toda la clase, y mis compañeras se regocijaban en sus asientos, mientras piropeaban al conductor. La profesora decía que la primavera no tiene remedio. Unos días antes yo había hecho el amor por primera vez. Sin precauciones.

La primavera que me mudé a Bilbao tuve una bienvenida de más de 30 días y 30 noches de lluvia continua. Fueron más de 30 lunas de sirimiri y aguaceros que me anunciaron la inmediatez de un diluvio hacia dentro. Un diluvio de esos de los que no puedes resguardarte porque te cala los órganos, los empapa y los rebosa hasta deformarlos. Tanto llovió, y durante tanto tiempo, que perdí momentáneamente mis referencias, sin saber si lo que abrazabas era corazón o hígado, piel o vísceras. ¿Cómo se seca una cuando llueve en todas direcciones? ¿Cómo hacer para mantener la tibieza de un ánimo encharcado?
 

Creo que sobrellevé con dignidad las primeras inundaciones, pero la corriente llegó a ser tan fuerte que hubo días en los que no bastaba con atarme a la tierra. Tú pellizcabas mi mano intentando huir de esa sensación resbaliza y húmeda que todo lo impregnaba. De esa impresión repugnante y gelatinosa que tienen las pesadillas que germinan. Con esa necesidad empuñabas mis dedos deformes de tanta agua, en lugar de ser yo la que te sostuviera en la superficie, como cuando jugábamos a saltar las olas en un mar honesto y la seguridad te la regalaban mis manos.
 

Meses después aprendí a lloverme por dentro. Decidí anegar mis sueños y confundirme en la marea, agotada de ese nadar contra la corriente. No hay nada más liberador que tomar la firme decisión de rendirse. Y fue entonces cuando sobrevino el derrame. Un sentir agua fuera y dentro, agua en mis pupilas, agua en el hueco de mis uñas, agua en mi garganta, mi boca, en las caries de mis muelas malogradas, en todos los pliegues. Agua.
 

Fue de tanto llorar por fuera y ver mis lágrimas deshacerse en ciénaga que comencé a llorar por dentro. Para no rociarte de desconsuelo y que sintieras mis dedos firmes en la tormenta. Y así, agarraditos los dos, buceamos al sur ansiando secarnos. Nunca agradecí a los ojos soleados su persistencia ni su descabellada idea de evaporarme para que cesara en mi empeño de lloverme por dentro. Ni el afán por enjugarme la piel turbia. Por reconciliarme con sirimiris y aguaceros, esta canción de cuna que ahora escucho cuando quiero merecerme relajada o cuando necesito escribir.
 

Algún día volveré a las calles de Bilbao y les susurraré que ellas no tuvieron la culpa. Eso sí, con la boca entreabierta para beber su rocío. Repleta de agradecimiento por haberme enseñado a llover.