Mostrando entradas con la etiqueta Julio Cortázar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Julio Cortázar. Mostrar todas las entradas

«Microrrelatos escogidos» por Ana Grandal (XVII)

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Ana Grandal, licenciada en Ciencias Biológicas, traductora científica y escritora.
 

EL ARTE PARA LOS NIÑOS
Eduardo Galeano
Ella estaba sentada en una silla alta, ante un plato de sopa que le llegaba a la altura de los ojos. Tenía la nariz fruncida y los dientes apretados y los brazos cruzados. La madre pidió auxilio:

—Cuéntale un cuento, Onelio —pidió—. Cuéntale, tú que eres escritor.

Y Onelio Jorge Cardoso, esgrimiendo una cucharada de sopa, comenzó su relato:

—Había una vez una pajarita que no quería comer la comidita. La pajarita tenía el piquito cerradito, cerradito, y la mamita le decía: ¨Te vas a quedar enanita, pajarita, si no comes la comidita¨. Pero la pajarita no hacía caso a la mamita y no abría su piquito...

Y entonces la niña lo interrumpió:

—Qué pajarita de mierdita —opinó
.


El libro de los abrazos

EL SABOR DE UNA MEDIALUNA A LAS NUEVE DE LA MAÑANA EN UN VIEJO CAFÉ DE BARRIO DONDE A LOS 97 AÑOS RODOLFO MONDOLFO TODAVÍA SE REÚNE CON SUS AMIGOS LOS MIÉRCOLES POR LA TARDE
Luisa Valenzuela
Qué bueno.
Aquí pasan cosas raras

LA TELA DE PENÉLOPE, O QUIÉN ENGAÑA A QUIÉN
Augusto Monterroso
Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada
. 

La oveja negra


AMOR 77
Julio Cortázar
Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

Un tal Lucas

SIN TÍTULO
Alfredo Álamo
A mediodía los dueños de los chiringuitos se acercan a los bañistas que están tomando el sol desde la mañana. Es el momento perfecto para darles la vuelta o aplicarles crema, dependiendo, claro, de cómo hayan pedido su plato de carne humana los caníbales habituales.

Bestiario infame de la ciudad adormecida

Ana Grandal es licenciada en CC. Biológicas y ejerce como traductora científica freelance desde 1996. Entre otros, ha traducido los libros de divulgación Los orígenes de la vida (Freeman Dyson, Cambridge University Press, 1999), El comportamiento altruista (Elliott Sober y David Sloan Wilson, Siglo XXI, 2000) e Inteligencia emocional infantil y juvenil (Linda Lantieri, Santillana, 2009) y la compilación de poesía incluida en Mina Loy. Futurismo, Dadá, Surrealismo (La Linterna Sorda, 2016). Cuenta con varios premios literarios, que incluyen el V Concurso de Relato Corto del Ayto. de Monturque (2004) y el XIII Premio de Narrativa Miguel Cabrera (2006). Ha publicado la colección de microrrelatos Te amo, destrúyeme (Amargord Ediciones, 2015). Coedita con Begoña Loza la colección de relatos La vida es un bar (Vallekas) (Amargord Ediciones, 2016), en donde también participa como autora. Colabora en las revistas digitales La Ignorancia y La Charca Literaria. En su faceta musical, toca la flauta travesera en los grupos de rock VaKa y Los Vitter del Kas.

Puedes leer una selección de microrrelatos de su libro «Te amo, destrúyeme», publicado por Amargord Ediciones en 2015, pinchando en la imagen.


TAL VEZ TE INTERESE:

MICRORRELATOS DE AMOR Y DESAMOR (I)
«El profesor» de Jean-Paul Richter, «Locura de amor» de Isabel Cienfuegos, «Perder la cabeza» de Rodolfo Lobo Molas, «El tabaco mata» de... 
LEER entrada.

MICRORRELATOS DE AMOR Y DESAMOR (II)
«Reconciliación» de María José Barrios, «Amor» de Jorge Timossi, «Despecho» de Andrés Neuman, «Amor 77» de Julio Cortázar, «Mitiline» de... 
LEER entrada.

TE AMO, DESTRÚYEME
«Afrodita», «Cobardía», «El hombre cebolla», «La felicidad» y «Para acordarme siempre», cinco microrrelatos incluidos en Te amo, destrúyeme, de Ana Grandal. 
LEER entrada.

«De las cosas pequeñas», por Rubén Abella

Os ofrecemos «DE LAS COSAS PEQUEÑAS. Intuiciones sobre la escritura de microrrelatos», por  cortesía de su autor, el escritor y fotógrafo Rubén Abella, y de la Cátedra Miguel Delibes.
 

El texto está incluido en:
 

Historias mínimas. Estudios teóricos y aplicaciones didácticas del microrrelato. Eva Álvarez Ramos y María Martínez Deyros. Valladolid – Nueva York: Cátedra Miguel Delibes, 2016.


Rubén Abella
- Fotografía: Rosa Jiménez -

«DE LAS COSAS PEQUEÑAS. Intuiciones sobre la escritura de microrrelatos»
Rubén Abella
Escribí mi primer microrrelato en 2001. Acababa de volver de La Habana y, mientras revisaba con una lupa las diapositivas que había tomado, me llamó la atención una imagen. Mostraba uno de esos destartalados coches estadounidenses que ya solo se ven en Cuba, un mero cascarón decrépito, sin ruedas ni cristales, abandonado en un patio sombrío. Tras él, dándole la espalda, se alzaba una silla blanca de hierro forjado, sin asiento, carcomida por el óxido. Se me ocurrió que la escena contenía una historia. Después de mucho pensar, imaginé que esa historia podía ser la siguiente (pincha en la imagen para ampliar y «Esc» para volver):


El resultado me pareció interesante. La imagen y el texto se hablaban de tú a tú. Quiero decir que no había subordinación: la fotografía no ilustraba las palabras, y las palabras no explicaban la fotografía. El producto de su unión, pensé, ennoblecía a ambas partes. Animado por el hallazgo, seguí explorando esa veta. Fruto de aquel trabajo fue el proyecto Fábulas del lagarto verde. Consta de más de setenta imágenes y diecinueve historias muy breves, como esta (pincha en la imagen para ampliar y «Esc» para volver):


De ese germen bicéfalo surgiría más tarde mi primer libro de microrrelatos —No habría sido igual sin la lluvia—, una suerte de reconstrucción fabulada de veinte años de viajes. De modo que podría decirse que llegué al microrrelato desde la fotografía, más que desde la literatura, sin una noción clara de los límites del género ni de las convenciones que lo rigen. En ese sentido, No habría sido igual sin la lluvia es probablemente el más intuitivo de mis libros. El más espontáneo. Y quizás el más libre.

Tardé varios años en escribir mi siguiente volumen de microrrelatos: Los ojos de los peces. Para entonces ya era consciente de las reglas del género. Es, por ello, un libro más ponderado. Más denso, también, pues recorren sus páginas múltiples vasos comunicantes. Hay personajes y escenarios que se repiten. Hay tramas que se prolongan a lo largo de varios microrrelatos. Hay incluso una historia titulada “El Viaducto” que se cuenta cinco veces con cinco desenlaces distintos. Se trata, en definitiva, de un proyecto narrativo unitario, construido sobre la premisa de que, como escribió Robert Walser en Los cuadernos de Fritz Kocher, “todos somos en general naturalezas imperfectas”.

Pero, ¿cuáles son esas reglas de las que hablo? ¿Qué rasgos comparten los relatos mínimos?

El primero es la brevedad. Aunque no existe una extensión fija, suele aceptarse como norma general que un microrrelato se debe poder abarcar en un golpe de vista. Algunos, los más largos, llegan a ocupar más de una página, mientras que otros —sobre todo desde que Monterroso publicara su archicitado “El dinosaurio”— se solventan en una línea. Todos los microrrelatos son textos breves, pero no todos los textos breves son microrrelatos. Enfatizo lo obvio porque esa confusión ha convertido para muchos el género en una especie de cajón de sastre de la literatura en el que todo cabe —el chiste, el juego de palabras, la rima ingeniosa, la estampa, la sentencia, el pseudo-haiku— con tal de que sea breve. Por eso, quizá sea mejor hablar de concisión —más que de brevedad— como rasgo definitorio.

Es bien conocida y, en mi opinión, muy acertada, la idea de Julio Cortázar de que la novela es al cine lo que el cuento —y, por supuesto, el microrrelato— es a la fotografía:

[…] una película es en principio un “orden abierto”, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brassaï definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara.

Algo parecido nos dice el crítico de arte y novelista John Berger en su ya clásico ensayo Otra manera de contar, escrito en colaboración con el fotógrafo Jean Mohr. La excepcionalidad de una fotografía —sostiene Berger— radica en buena medida en su capacidad para “desbordar” el suceso fotografiado, sugiriendo información sobre su pasado y su futuro, y para, mediante una compleja red de estímulos y asociaciones, hacer surgir en el espectador ideas, sensaciones o el recuerdo de experiencias personales. Es decir, la fotografía excepcional es aquella que, a partir de un hecho concreto y unívoco —el instante detenido y enmarcado en el visor de la cámara—, más se presta a la interpretación. Del mismo modo, en un buen microrrelato lo que se cuenta es tan importante como lo que no se cuenta. Las palabras deben rebasar los límites de la anécdota narrada y desbordarse hacia su pasado y su futuro, hacia lo subjetivo, hacia lo no dicho. Eso es lo que ocurre en esta conocida fotografía de Henri Cartier-Bresson, que muestra el momento en que una víctima de los nazis reconoce a una informante de la Gestapo en un campo de desplazados de Dessau, poco tiempo después de que acabase la Segunda Guerra Mundial:
 

© Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos

Por su propia naturaleza sucinta, el microrrelato ha de prescindir del desarrollo profundo de los personajes, de la digresión, de la acumulación de detalles, de la descripción y de otros elementos propios de la novela y del cine para convertirse en un fogonazo fotográfico, un único y certero golpe de luz que, mediante la elipsis y con la máxima economía de medios, ilumine algún aspecto de ese misterio que llamamos vivir. 

Conviene subrayar en este punto el carácter netamente narrativo del microrrelato. Basta con repasar sus múltiples denominaciones para ver que, pese a su heterogeneidad, todas incluyen términos que denotan narratividad, tales como cuento (microcuento, minicuento), relato (relato hiperbreve, microrrelato, relato mínimo) o ficción (ficción súbita, nanoficción). Como afirma José María Merino en su ensayo De relatos mínimos, en el microrrelato “puede haber cierta tendencia a la abstracción, al estilo apologal, al surrealismo, pero tal vez no fuese ocioso exigir que no se abandone la tensión narrativa ni el esfuerzo de síntesis dramática”. Por tanto los juegos líricos, los poemas en prosa, las estampas, los chistes, las ocurrencias ingeniosas, las sentencias, etc., no pueden considerarse, a mi entender, microrrelatos, puesto que no se atienen a las normas generales que rigen la creación de ficciones. El microrrelato, como su propio nombre indica, ha de relatar algo, debe tener el movimiento interno que distingue a la narrativa.

El microrrelato es enemigo de lo superfluo y aliado de la densidad. Esto, curiosamente, lo acerca a la poesía, que es el arte de la decantación, de lo esencial, en el que nada sobra y nada falta, y lo aleja de la novela, en la cual la densidad es, salvo excepciones, inversamente proporcional a la extensión. Imaginemos una novela de más de cuatrocientas páginas en la que cada párrafo tuviera la densidad de un buen microrrelato: su lectura —y, por supuesto, su escritura— resultarían extenuantes. El microrrelato, como el poema, debe concentrar toda su fuerza, todos sus recursos, todo su poder de conmoción en el menor espacio posible. El microrrelato es, en este sentido, un metal pesado.

Para concluir, he de reconocer que, aunque soy consciente de las reglas del juego, mi forma de componer microrrelatos sigue siendo fundamentalmente intuitiva. Cuando me siento a escribir, se desvanecen las normas y las teorías y, en su lugar, suelen venirme a la memoria las mañanas de Reyes de mi infancia. Me veo con mi hermana y mis dos hermanos despertando a mis padres a las siete de la mañana. Mi padre protesta. Remolonea. Bosteza. Amenaza con seguir durmiendo. Por fin sale de la cama y, como el flautista del cuento, nos guía en pijama por el pasillo hasta la puerta cerrada del salón, donde esperan los regalos. Abre un poco la puerta y, antes de que podamos ver nada, la cierra de nuevo. Ahora somos nosotros los que protestamos. Él abre otra vez, sonriendo. Nos apelotonamos en el hueco y vislumbramos con ansia fragmentos del tesoro: el pico de una caja grande envuelta en un papel de colores, un bulto esférico, algo que, desde donde estamos, podría parecer el ala de un sombrero de cowboy. Mi padre vuelve a cerrar. Abre. Cierra. Abre. Cierra. Nos mantiene en un estado de expectación máxima que se prolonga durante varios minutos eternos. Y eso es, me parece a mí, escribir microrrelatos. Abrir con muy pocas palabras resquicios que hagan vibrar al lector y le permitan completar en su mente el puzle de nuestras historias. Porque la puerta del microrrelato —al contrario, por fortuna, que la del salón de mi infancia— nunca se abre del todo.

Bibliografía

Abella, Rubén. Los ojos de los peces. Palencia: Menoscuarto, 2010. No habría sido igual sin la lluvia. Pamplona: NH Hoteles, 2008.
 

Berger, John y Jean Mohr. Otra manera de contar. Murcia: Mestizo, 1997.
 

Cortázar, Julio. “Algunos aspectos del cuento”. En Antología del cuento moderno. César Cecchi y María Luisa Pérez (Ed.). Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2002.
 

Merino, José María. Ficción continua. Barcelona: Seix Barral, 2004.
 

Walser, Robert. Los cuadernos de Fritz Kocher. Madrid: Pre-Textos, 1998.

«Microrrelatos escogidos» por Ana Grandal (XII)

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Ana Grandal, licenciada en Ciencias Biológicas, traductora científica y escritora.
 

HISTORIA VERÍDICA
Julio Cortázar
A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caros, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.

Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora
.


Historias de cronopios y de famas

LA FUNCIÓN DEL ARTE/1
Eduardo Galeano
Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
—¡Ayúdame a mirar!
El libro de los abrazos

LA MOSCA QUE SOÑABA QUE ERA UN ÁGUILA
Augusto Monterroso
Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.

En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto. En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.

Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada
. 

La oveja negra


SIRENAS
Luis Bernardo Pérez
Como es bien sabido, hay en todos los puertos del mundo por lo menos una taberna en la que, a cambio de un vaso de vino o de algunas monedas, algún viejo marinero relata sus largas travesías y sus amores breves e intensos con las sirenas. ¿Habrá bajo el mar lugares donde las viejas sirenas narren sus antiguos amores con los marineros?

Retablo de quimeras

100
Ana María Shua
Mientras Aladino duerme, su mujer frota dulcemente su lámpara maravillosa. En esas condiciones, ¿qué genio podría resistirse?

La sueñera

Ana Grandal es licenciada en CC. Biológicas y ejerce como traductora científica freelance desde 1996. Entre otros, ha traducido los libros de divulgación «Los orígenes de la vida» (Freeman Dyson, Cambridge University Press, 1999), «El comportamiento altruista» (Elliott Sober y David Sloan Wilson, Siglo XXI, 2000) e «Inteligencia emocional infantil y juvenil» (Linda Lantieri, Santillana, 2009).

Puedes leer una selección de microrrelatos de su libro «Te amo, destrúyeme», publicado por Amargord Ediciones en 2015, pinchando en la imagen.


TAL VEZ TE INTERESE:

MICRORRELATOS DE AMOR Y DESAMOR (I)
«El profesor» de Jean-Paul Richter, «Locura de amor» de Isabel Cienfuegos, «Perder la cabeza» de Rodolfo Lobo Molas, «El tabaco mata» de... 
LEER entrada.

MICRORRELATOS DE AMOR Y DESAMOR (II)
«Reconciliación» de María José Barrios, «Amor» de Jorge Timossi, «Despecho» de Andrés Neuman, «Amor 77» de Julio Cortázar, «Mitiline» de... 
LEER entrada.

TE AMO, DESTRÚYEME
«Afrodita», «Cobardía», «El hombre cebolla», «La felicidad» y «Para acordarme siempre», cinco microrrelatos incluidos en Te amo, destrúyeme, de Ana Grandal. 
LEER entrada.