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«El árbol de los lobos», relato de Sergio Rodríguez Rodríguez

EL ÁRBOL DE LOS LOBOS
Sergio Rodríguez
En Viana había una especie de árbol del ahorcado, como en las películas del oeste. Pero del que no colgaban forajidos ni cuatreros sino lobos. El árbol estaba en la Plaza de María Pita. Era un ciruelo que se fue secando y un día desapareció. Y los lobos los abatía el guarda del almacén de la empresa Moncabril, ubicado en la parte más alejada del Toral, cuando el Toral era aún un descampado donde destacaba entonces una construcción blanca y alargada, que aún existe, con ventanas circulares, que el guarda Cifuentes utilizaba a modo de aspilleras por las que apuntaba y disparaba con su escopeta a las presas que se acercaban, atraídas por los cebos de carne que él situaba en lugares estratégicos, al alcance de su línea de tiro. Y una vez abatidas, las ataba por sus patas traseras y las exhibía colgadas de aquel ciruelo. Un ciruelo justiciero a su pesar, porque los ciruelos son, más bien, generosos: dan fruta sabrosa y sombra agradable sin pedir nada a cambio. Un poco de agua, como mucho.

Yo no sé si era debido a la mirada infantil, que lo convierte todo en más grande, pero aquellos lobos de entonces eran enormes; nada que ver con los que aparecieron años más tarde y que llegaron a devorar a dos niños en San Cibrao das Viñas, cerca de Orense, allá por el año 74. Se habló entonces de perros asilvestrados. Incluso de perros abandonados de la PIDE, la temible policía política portuguesa (Policía Internacional e de Defensa do Estado, de Salazar), que, tras la caída de la dictadura, quedaron en libertad por los montes. Fuera lo que fuera, aquel episodio supuso el resurgir trágico de todas las historias de lobos escuchadas hasta entonces, desde el histórico Romasanta el Sacamantecas.


Hay que recordar que buena parte de las iras colectivas se las llevó el amigo Félix, Félix Rodríguez de la Fuente, que de la noche a la mañana se convirtió en enemigo público de todos los gallegos, pues fue acusado de haber soltado aquellos lobos en los montes de Galicia.

El caso es que aquel ciruelo era un árbol frondoso y alegre. Nada que ver con los árboles secos, siniestros y en claroscuro de las películas de ahorcados. Parte de su sombra la recibía una casa que parecía estar destinada a la ruina durante muchos años, como la casa Usher. Pero recientemente ha sido rehabilitada, librándose de la caída, no como la de Poe.

En los bajos de esa casa, recuerdo que un matrimonio portugués muy simpático llegó a poner una churrería. Y que alguna tarde de domingo mi padre me llevó a comprar churros. Entrabas allí y enseguida te envolvía un aroma penetrante de aceite quemado y masa de harina como una serpentina comestible. Pero aquel olor a mí me mataba. Era nefasto para mi asma infantil incurable. Hasta que Don Casimiro me recetó el primer broncodilatador que salió al mercado de los achaques humanos. No era el popular Ventolín todavía. Se llamaba Aldo Asma Aerosol, nunca lo olvidaré. La primera dosis que inhalé me permitió respirar y liberarme de la asfixia. Y aquel día, con el deseo de curarme del todo, rocié toda la habitación con el spray aquel, pensando que así se irían mis males. Y, por supuesto, aquel día, Don Casimiro fue para mí el mejor médico del mundo.

Don Casimiro tenía la consulta en la calle de Ceferino Armesto, frente al Caracas. Y allí dentro siguen todavía sus aparatos; el más imponente, el de rayos X, como una maquina futurista de los años 60. Era un médico que, como todo el mundo sabe, no cobraba la consulta a los pobres. Aún no había ONG, pero él era como una ONG personal por libre. Mis padres, en señal de agradecimiento, le hacían todos los años un regalo allá por el mes de marzo, cuando su cumpleaños.

Para uno, el mes de marzo es muy señalado en su calendario vital. Ya lo decía el clásico Plutarco y más tarde Shakespeare: “Cuídate de los idus de marzo”. Precisamente uno de esos idus de marzo murió mi padre, abatido por sus achaques biológicos. Mi padre, que era también un poco viejo lobo…

La Plaza de María Pita, que en mi mente de niño quedó fijada como la plaza de los lobos, no es tan grande ni tan monumental como la de La Coruña, pero tiene su propia historia. O sus historias. Allí está, por ejemplo, la casa, con factura de palacete, de don Manolo Ávila, también médico. Don Manolo y su mujer fueron una de las parejas más elegantes de la villa durante muchos años, paseando del brazo como en una estampa cinematográfica.

Y allí dentro, también brilla una historia curiosa en forma de cuadro, de tabla al óleo de pequeñas dimensiones. Un cuadro que representaba el retrato del tatarabuelo de un servidor. En su caso, un servidor profesional: el mayordomo y hombre de confianza del Dr. Ávila. Hasta tal punto era la fidelidad del servidor y el afecto del señor, que aquel cuadro estuvo siempre colgado en la consulta del galeno hasta que éste falleció. Y entonces, su hijo Alejandro Ávila tuvo la deferencia y la generosidad de entregárselo a mi madre, como un pequeño tesoro artístico y afectivo que volvía a su familia natural. No fue algo tan difundido como la devolución del Guernica pero fue emotivo.

Hay tantas historias en unos cuantos metros cuadrados a la sombre de un simple árbol. En una pequeña plaza con nombre de heroína gallega.

No consta en las crónicas que María Pita matara lobos sino ingleses. Pero seguro que la fiereza británica era mayor que la fiereza lobuna. Las cosas, en su sitio. Los ingleses y los lobos también.

Todo en su lugar, como nuestra pequeña Plaza de María Pita, que ahí sigue, ocupando su sitio en la historia vianesa, con su fuentecilla, con su trasiego de gentes que suben y bajan. Aunque ya sin árbol y sin lobos.

«El árbol de los lobos» ha sido publicado en CITA EN LA GLORIETA por cortesía de su autor, el escritor y periodista Sergio Rodríguez.

es -además de un hombre bueno en el buen sentido de la palabra, un buen amigo y un melómano empedernido- un periodista infatigable que ha trabajado para multitud de medios (Radio Cadena Española, Radio Nacional de España, Cadena Ser). Desde hace 21 años, trabaja en Onda Madrid-Telemadrid. Desde hace dos años, realiza un resumen diario en pareados libres del programa de la radio. En 1984 publicó la novela "Pasos", Finalista del Premio Sésamo de novela.

«Dos mujeres y un callejón», relato de Sergio Rodríguez Rodríguez

DOS MUJERES Y UN CALLEJÓN
Sergio Rodríguez
Hay personas que pasan a la memoria de otras por actos nimios, pequeños, de cuyo alcance ni siquiera ellas mismas, posiblemente, sean conscientes. Por ejemplo, doña Lucita inculcó al que esto escribe algo... No sé si decir «el amor a la literatura», porque quizá suene demasiado pedante, pero sí algo que ha permanecido, desde el sarampión y la tos ferina de entonces hasta las canas y los otros males de ahora.
 

El caso es que ella bajaba cada noche a contarle a los niños del piso de abajo, Julita y Sergito, episodios de la Biblia. Y lo hacía como si fuera un cuento que ella se encargaba de dejar interrumpido, en suspenso, para continuar al día siguiente en el punto culminante de la acción. (Se me ocurre que podrían haber aprendido de ella algunos guionistas de hoy en día, y no resultarían tan previsibles).
 

Los niños se quedaban con la atención puesta en la historia. Putifar, Moisés, Herodes, Judith, Esther... Eran nombre sonoros que se quedaban impregnando los sueños de aquellas dos mentes aprendices.
 

Doña Lucita, doña M.ª Luz Pérez Jares, maestra jubilada, vivía en el piso superior del edificio de la actual farmacia de la plaza, la de la antigua doña Rosita. Debajo estaba la sastrería. Y había un rótulo negro con orlas blancas que decía: «Sastrería y Pañería Sergio Rodríguez». Es decir, además de sastre artesano, con buenas manos, allí había buen paño, porque sin buen paño no hay buen traje. Enfrente había otro rótulo que ponía: «Barbería Higiénica Sergio Sánchez». Porque ya me dirán qué sentido tiene una barbería que no sea higiénica. Y es que los rótulos de entonces tenían todos su propia historia. En Madrid, en una sombrerería, había uno con muy mala baba que rezaba: «Los rojos no llevan sombrero».
 

Pero no nos vayamos por las ramas. Aunque, a propósito de ramas..., también había ramas bien tupidas por allí, cuando en la plaza había acacias con nidos de gorrión (o pardal). En fin. Cortaron las acacias, llenaron la plaza de cemento y los gorriones se fueron a otra parte. También había muchas golondrinas, que se juntaban en la fachada de «Teolindo García Ferretería» antes de emigrar. La primera vez me dio pena que se fueran. Fue antes de leer a Bécquer y no sabía que volverían sus nidos a colgar.
 

Desde la galería de doña Lucita se podían ver todos los movimientos que se producían en la plaza. Y allí, todas las tardes invitaba a subir a leer el periódico La Región a Sergito, es decir, a un servidor, al que le daba un poco de vértigo asomarse a aquella visión en panorámica desde tan arriba, como en la cabina enorme de un avión supersónico de altos vuelos. Y también, ahora que lo pienso, me iba alimentando la curiosidad a través de las páginas de aquel periódico de provincias, que traía fotos y noticias de lugares de todo el mundo, y que el cartero dejaba depositado en las escaleras de madera. Por cierto, unas escaleras muy frecuentadas: alumnas de doña Lucita, su hermano don Antonio, también maestro, sus primas, las Hermanas de María (la Virgen)..., visitas en general. Vamos, que si Buero Vallejo las hubiera conocido posiblemente hubiera escrito una segunda parte de Historia de una escalera o Historias de otra escalera.
 

Un día bajaba aquellos históricos peldaños un personaje al que también muchos recordarán por aquello de la memoria personal y la memoria colectiva: el conocido por su apodo de Carracha. Y a aquel niño inocente, un servidor, no se le ocurrió otra cosa que decirle: «Buenos días, señor Carracha». A saber qué mecanismo mental se le activó a aquel pobre hombre para no ofenderse, porque si le llamaban así, por su apodo, era capaz de transformar su metro y medio de insignificante constitución física en un arma de destrucción masiva. En una ocasión dicen que se lió a morderle las orejas a su burro en un ataque de ira.
 

Lo que hizo que reaccionara con ternura y le dijese al niño con dulzura: «Non, meniño, eu non me chamo Carracha, chámome José» seguramente fue la inocencia del crío, sin ninguna maldad, o quizá el tratamiento de «señor», que vanidosos somos todos (y aquí ya está entrando la interpretación del periodista malévolo y menos inocente de ahora).
 

En fin, no nos vayamos por las ramas. O por las escaleras..., las viejas escaleras de madera, que sonaban como un instrumento de percusión según quién las recorriera. Y que eran traducción directa del estilo de andar o del estado de ánimo del transeúnte: en modo allegro, lento, moderato, vivace, prestissimo... Por ejemplo, don Antonio, el hermano de doña Lucita, las subía en modo adagio. Pausado y lento. Pero, tras discutir con su hermana (cosa bastante frecuente), las recorría como el final de una sinfonía acelerada llena de bombos, timbales e incluso algún gong estridente. Y ella repetía una expresión única para definir su estado: «¡Estoy destartaladaaaa!». Así decía que se quedaba después de la discusión, «destartalada». Era el aria final de aquella ópera expresionista que se añadía a la expresividad natural de los escalones.
 

Las mismas escaleras que un servidor, en la modalidad de aprendiz de hombre, subía cuando lo llamaba la vieja maestra todas las tardes para leer el periódico. Y era un poco como si pasara lista. Quizá una deformación pedagógica que a estas alturas debo agradecerle, sin duda. Quizá con tanta lectura de periódico al niño aquel le dio luego por hacerse periodista en Madrid, aunque tanto da serlo aquí o en Madrid: las puñaladas las dan igual en todas partes, ahora e incluso antes de la famosa globalización.
 

El periódico, la lectura, la literatura... Cuando al que esto escribe le preguntan cuál es su libro preferido, o su música preferida, puede tener sus dudas. Pero cuando le preguntan cuál es su cuento preferido siempre responde sin asomo de duda: «El príncipe feliz, de Oscar Wilde». Ahora mismo no me cuadra que entre los gustos literarios de doña Lucita estuviera don Óscar, tan libertino y provocador. Pero sí fue uno de los libros que le dio a conocer a aquel Sergito inocente y sensible que ya no quiso saber de Alicias ni Peter Panes ni demás tonterías. Porque aquel cuento contenía toda la belleza y toda la tristeza del mundo: la belleza siempre encierra un componente de tristeza, por su carácter inalcanzable, por su permanente e inevitable relación con la fugacidad de la vida.
 

Aquel edificio estaba (y sigue estando) separado del siguiente, según se va hacia la travesía, por el callejón cuya titularidad y derechos de paso tantos problemas y encontronazos dio (y ha seguido dando), pues era privado y no del Ayuntamiento. Allí vivía antaño Tina, una mujer solitaria y de aspecto débil, aquejada de recurrentes accesos de locura. Le daba por encerrarse en casa a temporadas. Mi madre le hacía muchas veces la compra de la siguiente forma: Tina le deslizaba una bolsa o capazo atado a una cuerda desde una de las ventanas y mi madre se la devolvía llena de viandas. Hasta la última vez que se encerró y no volvió a dar señales de vida... Pasaron días y más días. Y finalmente, la encontraron muerta.
 

Doña Lucita contaba que le había dado un beso en la frente, que ya comenzaba a descomponerse como una fruta pasada, como los plátanos ennegrecidos sobre la mesita de noche.
 

Aquel día, creo que mi padre, para evitar que nosotros viéramos el espectáculo macabro del derribo de la puerta y el levantamiento del cadáver por orden judicial, nos llevó a Portugal, a Chaves, a donde todos los años se organizaba una excursión el día de Todos los Santos, que entonces coincidió con todo aquello.
 

Tina, la pobre Tina, apareció muerta, tendida en el suelo de madera de una de las habitaciones. Pero en este caso la memoria debe ser prudente y no recordar en qué habitación, no vayamos a ahuyentarle la clientela al hotel donde antaño vivía ella, que aquí en Viana no tenemos un hotel siniestro como el de la película Psicosis, ni falta que nos hace.
 

Y no volvamos a irnos por las ramas, que las ramas siempre acaban entrelazándose y ocultándonos la visión del bosque. Y hay ramas muy traidoras, como las del guindo. Quizá de ahí venga la expresión «caerse de un guindo». Sin ir más lejos, un cura de la zona se cayó de un guindo y se quedó paralítico.
 

Y ahora sí nos vamos por las ramas, pero por las de un árbol muy especial. Un árbol que sigue en la memoria del que aquí divaga por sus recuerdos...
 

Unos días antes de morir, antes de encerrarse por última vez, Tina decidió cortar un árbol de considerables dimensiones que había crecido al fondo del callejón, junto a las escaleras de la terraza. Y lo taló con un hacha ella sola.
 

Así la vi yo un día cuando volvía a casa del colegio. Allí estaba ella, vestida de negro, con las mangas recogidas, un poco despeinada, con la mirada perdida tras las gafas, con su aspecto frágil en contradicción con el esfuerzo que acababa de hacer: derribar un gran árbol a golpe de hacha. (Decían que en sus ataques de locura, cuando la llevaban a la clínica mental, eran necesarios varios hombres para sujetarla.)
 

Me llamó:
 

—Sergito, veeen. Ven aquí...
 

Y allí iba yo, con mi caminar inocente, acercándome a una señora vestida de negro que decían que estaba loca, con un hacha en una mano y la otra metida en el bolsillo de su delantal. Yo no sentía miedo alguno, sino sorpresa, y cuando estuve a su altura, Tina me entregó unas monedas mientras me decía:
 

—Toma, vete a la librería de Pepucho y le pides dos estuches de pinturas y dos cuadernos. Pero que sean iguales, Sergito. I-GUA-LES.
 

Quiso remarcar que fueran «iguales». ¿Por qué..? La respuesta la tuve cuando regresé del recado.
 

—Muy bien. Pues ahora le das un cuaderno a Julita y unas pinturas, y tú te quedas con la otra caja y el otro cuaderno, ¿vale? Es uno para cada uno.
 

Quizá la buena de Tina me atusó el pelo por última vez o me hizo alguna carantoña. Pero yo estaba tan absorto en las pinturas y en los cuadernos, en aquel regalo inesperado, que no lo recuerdo.
 

Y años me ha llevado entender aquel último gesto de Tina. Porque realmente lo que estaba haciendo era despedirse. Un niño aún no podía entender el significado oculto de los regalos y de los símbolos. Pero no había duda de que Tina estaba despidiéndose de aquellos niños a los que quería. Antes de morir decidió despedirse haciendo un regalo y talando un árbol. Un árbol que, posiblemente, también había plantado.
 

No había dejado hijos. Y tampoco querría dejar un árbol. Creo que no quiso dejarle el árbol a nadie, pero sí un recuerdo a los niños, que crecían más deprisa que el árbol.
 

De modo que Tina y doña Lucita, dos mujeres solas, que murieron solas, de las cuales ya pocos se acordarán, sembraron para siempre en aquel niño, en esta persona que hoy escribe, recuerdos imborrables. Una me inculcó, de alguna manera, el amor a la lectura. Y la otra me hizo un regalo que nunca he olvidado.
 

Y es que algunas personas, aunque vivan solas, aunque mueran completamente solas, pueden dejar a otros recuerdos inolvidables.
 

Tina y doña Lucita... Eran dos mujeres viviendo junto a un callejón. El callejón de la memoria.

«Dos mujeres y un callejón» ha sido publicado en CITA EN LA GLORIETA por cortesía de su autor, el escritor y periodista Sergio Rodríguez.

es -además de un hombre bueno en el buen sentido de la palabra, un buen amigo y un melómano empedernido- un periodista infatigable que ha trabajado para multitud de medios (Radio Cadena Española, Radio Nacional de España, Cadena Ser). Desde hace 21 años, trabaja en Onda Madrid-Telemadrid. Desde hace dos años, realiza un resumen diario en pareados libres del programa de la radio. En 1984 publicó la novela "Pasos", Finalista del Premio Sésamo de novela.

«Alacenas vacías», por Sergio Rodríguez Rodríguez

ALACENAS VACÍAS
Sergio Rodríguez Rodríguez
Amaneciendo en la Plaza de San Diego de Alcalá frente a la Universidad Cisneriana.

SANCHO: Mi buen Don Quijote, esto está tan vacío como mi estómago y mi escudilla.
 

DON QUIJOTE: No yerres en tu juicio, Sancho. Verás como en unas horas todo este espacio se puebla de pueblo llano que, por unas horas, dejará sus quehaceres cotidianos para acercarse a ver a sus reyes y a su séquito. No hay como un espejismo de relumbrón para dejar de lado las cuitas propias de sus miserias, como el sol oculta las estrellas que ya han desaparecido de nuestros ojos a estas horas del alba.
 

SANCHO: Son reyes jóvenes y bien parecidos que lucen bien en los semanarios y gacetillas esos que por ahí proliferan en lugar de libros que enriquezcan sus seseras.
 

DON QUIJOTE: Una cosa te digo, amigo Sancho, es mejor pasar desapercibido, pues de esta manera cuando te lleguen mal dadas te librarás de los golpes, y los elogios son fugaces cual tormenta de primavera que apenas riega la vanidad.
 

SANCHO: ¿Quiere decir vuesa merced que no nos recibirán y que no habrá convite con el que llenar nuestros estómagos?
 

DON QUIJOTE: Quiero decir que nuestro alimento es la dignidad y no los oropeles vacuos y los agasajos fáciles, llenen o no nuestras tripas, vacías de alimento pero plenas de orgullo caballeresco, Sancho, que si aquí no nos quieren, nos iremos a correr nuevas aventuras y desfacer otros entuertos que, por desgracia, abundan en esta piel de toro.
 

SANCHO: ¡Tanto Día del Libro, tanto Día del Libro! Las estanterías llenas y las alacenas vacías.

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Sergio Rodríguez Rodríguez