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La nochebuena de Maritornes, microrrelato de Eduardo Gudiño Kieffer

Este año se ha celebrado el IV Centenario de la muerte de MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA (1547-1616). Nosotros le dedicamos el mes de abril por entero a su figura. Publicamos varias entradas con microrrelatos inspirados en Cervantes o en su obra, pero nos dejamos este que hoy publicamos y con el que os deseamos FELIZ NAVIDAD.


LA NOCHEBUENA DE MARITORNES
Eduardo Gudiño Kieffer
Maritornes trajina en la venta yendo de un lado para otro, seguida por las pullas de los arrieros y las insolencias de los soldados. Está acostumbrada, y si bien en comparación con su vida son dulces las tueras y sabrosas las adelfas, ni una queja sale de sus labios. Es humilde sin rencor, trabajadora sin odio, sirvienta sin hiel.

La noche del veinticuatro de diciembre es azul, gélida, estrellada. Maritornes enciende el fuego. Crujen las ramas verdes y un humo blanco se eleva rápidamente; después las llamas se lo tragan. Dos o tres chiquillos arrojan castañas y bellotas a las brasas. Estallidos y carcajadas infantiles. Maritornes ríe también. Le es fácil reír en Nochebuena, porque es Nochebuena y porque además tiene concertado refocilarse, al dormirse los amos y sosegarse los huéspedes, con un estudiante joven y, limpio, de miembros finos y ensortijados cabellos rubios. El estudiante no sabe nada, pero Maritornes está segura de que no rechazará un cuerpo cálido en la cama fría. Sobre todo porque en la oscuridad no se percatará de su boca desdentada por la sífilis, de sus cejas peladas, de su nariz roma, de sus ojuelos velados por un humor acuoso que destila constantemente. Y Maritornes ríe, ríe ante los insultos del mesonero Juan Palomeque, ante las palmadas de un arriero rijoso. Las risas arrecian cuando un recién llegado, mozo de mulas, empieza a contar a gritos que, después de recibir todos los sacramentos y abominando con eficaces razones los libros de caballería, ha muerto don Alonso Quijano, que tanto tiempo estuviera loco y recorriera caminos con el nombre de Don Quijote, creyéndose caballero andante. Maritornes recuerda muy bien su escuálida figura, y también el mofletudo rostro de su escudero Sancho. Recuerda la noche en que el herido caballero llegó a la venta, confundiéndola con un castillo. Recuerda que iba ella a la cama de Sancho, cuando sintiola Don Quijote y la atrajo hacia sí, diciendo que era de cendal su camisa de arpillera, de perlas orientales las cuentas de vidrio que traía en la muñeca, de hebras de oro de Arabia sus cabellos cochambrosos recogidos en una albanega de fustán. Recuerda que la llamó “señora y doncella”. ¡A ella, a Maritornes! Es como para reír. Pero la risa se transforma en lágrimas y, Maritornes llora.
 
Mucho después de la medianoche, con tácitos y atentados pasos, Maritornes entra en el aposento donde se aloja el estudiante. Se siente como pensada por Don Quijote: joven, doncella y hermosa. Acerca el candil al lecho y contempla al mozo dormido. Es muy distinto del hidalgo manchego. Enjuto, bien conformado, casi un niño. En el suelo están el espadín, el birrete, la golilla, los escarpines, las calzas, la casaca y la camisa. Maritornes recoge y ordena todo. Después suelta los cabellos. En ese momento se siente más agraciada que Oriana, más inquietante que Urganda la Desconocida. Sus pies son dos palomas blancas, su cuerpo el surtidor de una fuente, sus ojos dos estrellas negras. Y las lágrimas que llora todavía, mientras se mete en la cama del estudiante, son lágrimas de agradecimiento al Caballero de la Triste Figura, que por segunda vez en su miserable vida le ha regalado belleza
. 


Fabulario


«Allende los mares», por Edu Casanueva

ALLENDE LOS MARES
Edu Casanueva
Gobernador de Soconusco, corregidor de La Paz, contador en Nueva Granada o en las galeras de Cartagena; cualquiera de esos destinos, vacantes por aquel entonces en la administración española de América, le hubiese permitido sanear su siempre precaria situación financiera, dejar el ingrato puesto de comisario de abastos que le tenía hecho un azacán, siempre de aquí para allá por caminos polvorientos, acopiando trigo y aceite para la Armada, y soñar por enésima vez en su vida con alcanzar una posición a la altura de su valía.
 

Si la respuesta al memorial presentado al Consejo de Indias no hubiese sido “Busque por acá en que se le haga merced”, don Miguel no hubiera comenzado a escribir las inmortales aventuras del Quijote en la cárcel de Sevilla sino allende los mares.

«Allende los mares» ha sido expresamente escrito por nuestro colaborador Edu Casanueva para la Conmemoración del IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo aquel que quiera reproducir este microrrelato en la Red que cite su fuente.

Cervantes preso, imaginando el Quijote
- Mariano de la Roca -

«Volver al Quijote», por Emilio Lara

VOLVER AL QUIJOTE
Emilio Lara
Hay ciudades tan fascinantes y acogedoras, que cuando llegamos a ellas nos sentimos extrañamente como en casa, y al irnos, lo hacemos con tanta nostalgia anticipada que sólo pensamos en regresar. Al Quijote le sucede algo parecido: su lectura nos devuelve a un mundo literario y emocional con el que nos identificamos tanto, que nos sentimos tan a gusto como en nuestro hogar, y cuando abandonamos sus páginas, pensamos que cualquier momento es propicio para releer algún capítulo, alguno de los intemporales diálogos entre el hidalgo y su escudero. Porque los relámpagos de su prosa nos deslumbran como si estallasen en una noche cerrada.
 

Don Quijote y Sancho
- Anónimo del siglo XVII -

En ocasiones me planteo la pérdida de tiempo que supone estar muy al tanto de novedades literarias, de embaularme novelas que poco o nada me aportan y cuya mediocre escritura voy a olvidarla tan rápido como se olvida el argumento de una película mala. Leer, como en la vida, es elegir, descartar libros y escoger otros. Y en los últimos años estoy consiguiendo un equilibrio entre lo nuevo y lo clásico que me permite disfrutar la literatura recién salida del horno con la de los grandes escritores.
 

Pero El Quijote es tan abracadabrante, que volverlo a leer es descubrir muchos matices nuevos, emocionarse y reírse más que la primera vez que lo sostuvimos entre las manos. Y conmoverse. Porque conforme acumulamos experiencia vital, encontramos en sus pasajes una carga tal de humanidad y de inteligencia que nos sobrecoge la capacidad cervantina para radiografiar el alma de las personas.
 

En El Quijote está todo -literariamente-, recursos estilísticos sorprendentes, metaliteratura, crítica social, enaltecimiento de la amistad, la redención de los antihéroes, el nacimiento de la novela moderna, la capacidad para enganchar al lector, la fusión del drama y del humor. Está todo, como si Cervantes se hubiese anticipado a los gustos de cada generación de lectores o hubiese adivinado qué literatura iban a elogiar los críticos de cada época histórica.

Por eso, volver al Quijote es como pasear por Roma al atardecer
.

«Volver al Quijote» ha sido expresamente escrito por Emilio Lara para la Conmemoración del IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo aquel que quiera reproducir este texto en la Red que cite su fuente.


Emilio Lara (Jaén, 1968) es doctor en Antropología, licenciado en Humanidades con Premio Extraordinario, Premio Nacional Fin de Carrera y profesor de Geografía e Historia de Enseñanza Secundaria. Ha publicado varios libros de Historia y decenas de artículos en revistas universitarias y centros de investigación españoles, italianos y franceses. Ha participado en la elaboración del Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia. También ha obtenido diversos premios de literatura, historia y periodismo. «La cofradía de la armada invencible» es su primera novela.

«Alacenas vacías», por Sergio Rodríguez Rodríguez

ALACENAS VACÍAS
Sergio Rodríguez Rodríguez
Amaneciendo en la Plaza de San Diego de Alcalá frente a la Universidad Cisneriana.

SANCHO: Mi buen Don Quijote, esto está tan vacío como mi estómago y mi escudilla.
 

DON QUIJOTE: No yerres en tu juicio, Sancho. Verás como en unas horas todo este espacio se puebla de pueblo llano que, por unas horas, dejará sus quehaceres cotidianos para acercarse a ver a sus reyes y a su séquito. No hay como un espejismo de relumbrón para dejar de lado las cuitas propias de sus miserias, como el sol oculta las estrellas que ya han desaparecido de nuestros ojos a estas horas del alba.
 

SANCHO: Son reyes jóvenes y bien parecidos que lucen bien en los semanarios y gacetillas esos que por ahí proliferan en lugar de libros que enriquezcan sus seseras.
 

DON QUIJOTE: Una cosa te digo, amigo Sancho, es mejor pasar desapercibido, pues de esta manera cuando te lleguen mal dadas te librarás de los golpes, y los elogios son fugaces cual tormenta de primavera que apenas riega la vanidad.
 

SANCHO: ¿Quiere decir vuesa merced que no nos recibirán y que no habrá convite con el que llenar nuestros estómagos?
 

DON QUIJOTE: Quiero decir que nuestro alimento es la dignidad y no los oropeles vacuos y los agasajos fáciles, llenen o no nuestras tripas, vacías de alimento pero plenas de orgullo caballeresco, Sancho, que si aquí no nos quieren, nos iremos a correr nuevas aventuras y desfacer otros entuertos que, por desgracia, abundan en esta piel de toro.
 

SANCHO: ¡Tanto Día del Libro, tanto Día del Libro! Las estanterías llenas y las alacenas vacías.

Sergio Rodríguez en Facebook
Sergio Rodríguez Rodríguez

Citas y pasajes célebres de «Don Quijote de la Mancha», II

EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA. Segunda parte.
Miguel de Cervantes Saavedra


¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en verdad que no te he dar este contento; que, puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido, pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.

(QUIJOTE, II, Prólogo al lector)

Visitáronle, en fin, y halláronle sentado en la cama, vestido con una camisola de bayeta verde y tocado con un bonete colorado toledano; y estaba tan seco y amojamado, que no parecía sino hecho de carne momia. Fueron muy bien recibidos por él, preguntáronle por su salud, y él dio cuenta de sí y de ella con mucho juicio y con muy elegantes palabras; y en el discurso de su plática vinieron a tratar en esto que llaman razón de estado y modos de gobierno, enmendando este abuso y condenando aquél, reformando una costumbre y desterrando otra, haciéndose cada uno de los tres un nuevo legislador, un Licurgo moderno o un Solón flamante; y de tal manera renovaron la república, que no pareció sino que la habían puesto en una fragua, y sacado otra de la que pusieron; y habló don Quijote con tanta discreción en todas las materias que se tocaron, que los dos examinadores creyeron indubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio.

(QUIJOTE, II, CAP. 1)

Don Quijote, enfermo, recibe la visita
del cura y el barbero
- Miguel de los Santos Jadraque -

-Ahora digo -dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino algún ignorante hablador, que, a tiento y sin algún discurso, se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de Úbeda, al cual preguntándole qué pintaba, respondió: ''Lo que saliere''. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que era menester que con letras góticas escribiese junto a él: "Éste es gallo". Y así debe de ser de mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla.

(QUIJOTE, II, CAP. 3)

-... La historia es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera, y donde está la verdad está Dios, en cuanto a Verdad; pero, no obstante esto, hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos.
-No hay libro tan malo -dijo el bachiller- que no tenga algo bueno.
-No hay duda en eso -replicó don Quijote-; pero muchas veces acontece que los que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus escritos, en dándolos a la estampa, la perdieron del todo, o la menoscabaron en algo.
-La causa de eso es -dijo Sansón- que, como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más veces, son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo.


(QUIJOTE, II, CAP. 3)

-Mirad, Teresa -respondió Sancho-: yo estoy alegre porque tengo determinado de volver a servir a mi amo don Quijote, el cual quiere la vez tercera salir a buscar las aventuras; y yo vuelvo a salir con él, porque lo quiere así mi necesidad, junto con la esperanza, que me alegra, de pensar si podré hallar otros cien escudos como los ya gastados, puesto que me entristece el haberme de apartar de ti y de mis hijos; y si Dios quisiera darme de comer a pie enjuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos y encrucijadas, pues lo podía hacer a poca costa y no más de quererlo, claro está que mi alegría fuera más firme y valedera, pues que la que tengo va mezclada con la tristeza del dejarte; así que, dije bien que holgara, si Dios quisiera, de no estar contento.
-Mirad, Sancho -replicó Teresa-: después que os hicisteis miembro de caballero andante habláis de tan rodeada manera, que no hay quien os entienda.
-Basta que me entienda Dios, mujer -respondió Sancho-, que Él es el entendedor de todas las cosas, y quédese esto aquí; y advertid, hermana, que os conviene tener cuenta estos tres días con el rucio, de manera que esté para armas tomar: dobladle los piensos, requerid la albarda y las demás jarcias, porque no vamos a bodas, sino a rodear el mundo, y a tener dares y tomares con gigantes, con endriagos y con vestiglos, y a oír silbos, rugidos, bramidos y baladros; y aun todo esto fuera flores de cantueso si no tuviéramos que entender con yangüeses y con moros encantados.


(QUIJOTE, II, CAP. 5)


-Eso no, marido mío -dijo Teresa-: viva la gallina, aunque sea con su pepita; vivid vos, y llévese el diablo cuantos gobiernos hay en el mundo; sin gobierno salisteis del vientre de vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta ahora, y sin gobierno os iréis, o os llevarán, a la sepultura cuando Dios fuere servido. Como ésos hay en el mundo que viven sin gobierno, y no por eso dejan de vivir y de ser contados en el número de las gentes. La mejor salsa del mundo es el hambre; y como ésta no falta a los pobres, siempre comen con gusto. Pero mirad, Sancho: si por ventura os viéredes con algún gobierno, no os olvidéis de mí y de vuestros hijos. Advertid que Sanchico tiene ya quince años cabales, y es razón que vaya a la escuela, si es que su tío el abad le ha de dejar hecho de la Iglesia. Mirad también que Mari Sancha, vuestra hija, no se morirá si la casamos; que me va dando barruntos que desea tanto tener marido como vos deseáis veros con gobierno; y, en fin en fin, mejor parece la hija mal casada que bien abarraganada.

(QUIJOTE, II, CAP. 5)

-… Pues con saber, como sé, los innumerables trabajos que son anejos al andante caballería, sé también los infinitos bienes que se alcanzan con ella; y sé que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes, porque el del vicio, dilatado y espacioso, acaba en la muerte, y el de la virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no tendrá fin; y sé, como dice el gran poeta castellano nuestro, que
 

Por estas asperezas se camina
de la inmortalidad al alto asiento,
do nunca arriba quien de allí declina.

(QUIJOTE, II, CAP. 6)

-¡Bravo mojón [1]! -respondió el del Bosque-. En verdad que no es de otra parte, y que tiene algunos años de ancianidad.
-¡A mí con eso! -dijo Sancho-. No toméis menos, sino que se me fuera a mí por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, que tenga yo un instinto tan grande y tan natural, en esto de conocer vinos, que, en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor, y la dura, y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas? Pero no hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos años conoció la Mancha; para prueba de lo cual les sucedió lo que ahora diré: «Diéronles a los dos a probar del vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o malicia del vino. El uno lo probó con la punta de la lengua, el otro no hizo más de llegarlo a las narices. El primero dijo que aquel vino sabía a hierro, el segundo dijo que más sabía a cordobán. El dueño dijo que la cuba estaba limpia, y que el tal vino no tenía adobo alguno por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobán. Con todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho. Anduvo el tiempo, vendióse el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave pequeña, pendiente de una correa de cordobán.» Porque vea vuestra merced si quien viene desta ralea podrá dar su parecer en semejantes causas.

[1] Mojón: catador de vinos.


(QUIJOTE, II, CAP. 13)


-... Duermes, digo otra vez, y lo diré otras ciento, sin que te tengan en continua vigilia celos de tu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de lo que has de hacer para comer otro día tú y tu pequeña y angustiada familia. Ni la ambición te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues los límites de tus deseos no se extienden a más que a dar pienso y cuidar de tu jumento...

[Don Quijote]

(QUIJOTE, II, CAP. 20)

-Por un buen tiro de barra o por una gentil treta de esgrima no dan un cuartillo de vino en la taberna, y estas habilidades y gracias no son vendibles, por más que las tenga el conde Dirlos; pero cuando esas gracias caen sobre quien tiene buen dinero, quisiera yo  que mi vida fuese como lucen ellas. Sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el dinero.

[Sancho]

(QUIJOTE, II, CAP. 20)

-En fin -dijo don Quijote-, bien se ve, Sancho, que eres villano y de aquéllos que dicen: "¡Viva quien vence!".
-No sé de los que soy -respondió Sancho-, pero bien sé que nunca de ollas de Basilio sacaré yo tan elegante espuma como esta que he sacado de las de Camacho.

(QUIJOTE, II, CAP. 20)

-... tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener se atenía; y el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el pulso al haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado...

[Sancho]

(QUIJOTE, II, CAP. 20)

-A buena fe, señor -respondió Sancho-, que no hay que fiar en la descarnada, digo, en la muerte, la cual lo mismo come cordero que carnero; y a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres de los reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta señora más de poder que de melindre: no es nada asquerosa, de todo come y a todo hace, y de toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No es segador que duerme las siestas, que a todas horas siega, y corta así la seca como la verde yerba...

[Sancho]

(QUIJOTE, II, CAP. 20)

-... no acabo de entender ni alcanzar cómo, siendo el principio de la sabiduría el temor de Dios, tú, que temes más a un lagarto que a Él, sabes tanto.
-Juzgue vuesa merced, señor, de sus caballerías -respondió Sancho-, y no se meta en juzgar de los temores o valentías ajenas, que tan gentil temeroso soy yo de Dios como cada hijo de vecino; y déjeme vuestra merced despabilar esta espuma, que lo demás todas son palabras ociosas, de que nos han de pedir cuenta en la otra vida.


(QUIJOTE, II, CAP. 20)

-... ¡Viva, viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria largos y felices siglos, y muera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas de su dicha y le puso en la sepultura!

[Basilio]

(QUIJOTE, II, CAP. 21)

Estando, pues, asidos de las manos Basilio y Quiteria, el cura, tierno y lloroso, los echó la bendición y pidió al cielo diese buen poso al alma del nuevo desposado; el cual, así como recibió la bendición, con presta ligereza se levantó en pie, y con no vista desenvoltura se sacó el estoque, a quien servía de vaina su cuerpo.
Quedaron todos los circunstantes admirados, y algunos de ellos, más simples que curiosos, en altas voces, comenzaron a decir:
-¡Milagro, milagro!
Pero Basilio replicó:
-¡No "milagro, milagro", sino industria, industria!
El cura, atónito, acudió con ambas manos a tentar la herida, y halló que la cuchilla había pasado, no por la carne y costillas de Basilio, sino por un cañón hueco de hierro que, lleno de sangre, en aquel lugar bien acomodado tenía, preparada la sangre, según después se supo, de modo que no se coagulase.


(QUIJOTE, II, CAP. 21)

Casamiento de Basilio y Quiteria
- Manuel García Hispaleto -

-Si yo pudiera sacar mi corazón y ponerle ante los ojos de vuestra grandeza, aquí, sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi lengua de decir lo que apenas se puede pensar, porque Vuestra Excelencia la viera en él toda retratada; pero, ¿para qué es ponerme yo ahora a delinear y describir punto por punto y parte por parte la hermosura de la sin par Dulcinea, siendo carga digna de otros hombros que de los míos, empresa en quien se debían ocupar los pinceles de Parrasio, de Timantes y de Apeles, y los buriles de Lisipo, para pintarla y grabarla en tablas, en mármoles y en bronces, y la retórica ciceroniana y demostina para alabarla?.

(QUIJOTE, II, CAP. 32)

Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.

(QUIJOTE, II, CAP. 42)

-Mira, Sancho -respondió don Quijote-: yo traigo los refranes a propósito, y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tráeslos tan mal por los cabellos, que los arrastras, y no los guías; y si no me acuerdo mal, otra vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no viene a propósito antes es disparate que sentencia.

(QUIJOTE, II, CAP. 67)

-¡Ay! -respondió Sancho llorando-: No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía.

(QUIJOTE, II, CAP. 74)

El testamento de Don Quijote
- John Vanderbank -