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Reseña de «La pasión de ser mujer», de Eugenia Tusquets y Susana Frouchtmann

RESEÑA DE «LA PASIÓN DE SER MUJER», DE EUGENIA TUSQUETS Y SUSANA FROUCHTMANN (Circe, 2015), por
Manu López Marañón
Siempre han ejercido gran poder de fascinación sobre mí los libros escritos «a cuatro manos». No obstante, no habré leído muchos. Dentro de la ficción recuerdo el gratísimo sabor dejado por los de Adolfo Bioy Casares con su mujer Silvina Ocampo, también «Los autonautas de la cosmopista» de Cortázar con Dunlop, los «Cuentos de H. Bustos Domecq» de Borges y Bioy Casares, o «Las páginas ocultas de la historia» de Fernando Marías y Juan Bas. En ensayo consigno los goces promovidos por «La llegada de los bárbaros» de Joaquín Marco y Jordi García, la «Carmen Laforet» de Anna Caballé e Israel Rolón o aquel monumental «Salinger» de David Shields y Shane Salerno.

Encuentro en este libro –al que cabe englobar dentro del género biográfico– que los terrenos de ambas escritoras están nítidamente delimitados. Que cada autora se responsabilice de forma concluyente de qué partes se ha encargado me resulta novedoso y sincero. Así, queda bien claro que Tusquets se ocupa de novelar un aspecto decisivo en la vida de cada biografiada. Apuntados esos «momentos de vida» –y separados por un inciso– pasa Frouchtmann a ocuparse de cada mujer, integrando en estas páginas aquello previamente resaltado por Eugenia y que, incluido en las panorámicas de Susana, encuentra ahora su exacta dimensión.

El resultado –aparte de efectivo y literariamente logrado– resulta modélico. Por motivos de espacio no son tantas las páginas dedicadas a cada personaje, pero, terminado cada retrato, salimos de todos ellos con la sensación de que solo nos ha faltado «tocar» a estas ilustres damas; muchas –como atinadamente señalan las autoras– con el grave riesgo de instalarse en un injusto olvido.

Son 12 las biografías. Las he reunido en 3 grupos. El primero lo conforman 5 escritoras, el segundo 3 estrellas y el tercero 4 variopintas personalidades sin relación posible entre ellas.

Empiezo con las escritoras. Madame de Staël (1766-1817), tras haber despertado las iras de Napoleón Bonaparte con la publicación de su novela feminista «Delphine», se vio obligada a exiliarse en Ginebra. Aunque acompañada por el filósofo suizo Benjamin Constant, la vie de château a orillas del lago Leman no le resultó satisfactoria. Sin ser una belleza, Madame de Staël dispuso de gran número de amantes; pero junto a su frenética vida sexual, esta mujer reunió en su castillo a la flor y nata de la intelectualidad europea: su salón literario universalmente conocido como «el grupo de Coppet» incluía a personalidades de la categoría de Chateaubriand, Friedrich Schlegel, Claude Hochet y… Lord Byron. Acaba de publicarse el ensayo de Emilia Pardo Bazán (1851-1921) «La cuestión palpitante» donde ella, como escritora, acepta los postulados naturalistas que causan furor en París y cuya aplicación literaria patrocina Zola. Los ojos de la conservadora sociedad española de la época, incluidos los de su marido, se han vuelto hacia ella. La Pardo Bazán terminó separándose; fue una viajera incansable y también mujer de muchas conquistas (pese a ser poco agraciada); París fue su lugar de peregrinaje. Discípula de Zola, su literatura pasó a ser combativa. Siempre siguió el consejo que le dio Victor Hugo: «Lo más importante es tener un estilo propio». Para la mejor escritora del siglo XX, Virginia Woolf (1882-1941), acabar sus obras era sinónimo de depresiones e intentos de suicidio. Al poner punto final a «Entre actos» proyecta una fuga a Londres que es abortada por su vigilante marido. Los buenos consejos no fueron suficientes. En un descuido, Virginia se dirige al río Ouse y se sumerge en sus aguas. El matrimonio de Virginia y Leonard Woolf no fue sexualmente satisfactorio, aunque, intelectualmente, se complementaban. Quizá los abusos que sufrió por parte de dos hermanastros complicaron su vida; la propia Virginia reconoció que sólo había conocido la pasión física con su amiga Vita Stackville-West. Anais Nin (1903-1977) visita, por vez primera, a un psicoanalista. Atrapada por la convulsa atracción erótica hacia June –la mujer de Henry Miller– y su pasión por el escritor (a lo que se añade la nunca resuelta obsesión por su padre), la vida de Anais es un caos, y más si tenemos en cuenta que fue alguien que llevó sus amoríos al límite. Popular por sus diarios, su mayor reconocimiento lo obtuvo gracias a sus páginas eróticas: en esos textos exploró la mente y la sexualidad femenina con una explicitud jamás conocida. A «la Virginia Woolf española», Mercé Rododera (1908-1983), le gustaba era comer en La perle du lac de Ginebra, un restaurante que daría nombre a una novela suya. Fue la gran novelista de Barcelona una niña fantasiosa que de adolescente anduvo enamoriscada de su tío, aunque acabó siendo una de esas burguesas que se casan y pronto se desencantan de su aburrido marido. Como madre no fue muy atenta; prefirió desplazar la pasión a su romance con Andreu Nin. Obligada a trabajar de modista, acabó convirtiéndose en incansable narradora. Seria y nostálgica, creó el personaje femenino más importante (con permiso de Andrea) de la narrativa española del siglo XX: la Colometa.

En el grupo de las estrellas tenemos en primer lugar a Raquel Meller (1888-1962). La cupletista, instalada en su residencia parisina, escucha a un empresario que logra convencerla para que haga su primera gira por Estados Unidos. Tras decirle que no al mismísimo Chaplin (le había ofrecido el papel de Josefina para el biopic que preparaba sobre Napoleón), la Meller regresó a Europa donde seguiría cosechando éxitos. En 1911 actúa ya en el teatro y graba sus primeros discos: «La violetera» y «El relicario». El éxito a nivel internacional lo obtiene en el Olympia de París. Su mayor triunfo en el cine fue «Carmen». En su segunda gira norteamericana se reencontró con Chaplin y otra vez volvió a negársele. Erró: el papel de la ciega en «Luces de la ciudad» estaba escrito para ella. Hedy Lamarr (1914-2000), recién llegada a Hollywood, disfruta con su hijo mientras espera a su amigo George Antheil, un músico con quien prepara un proyecto que busca dar forma a la técnica de conmutación de frecuencias, algo que, décadas después, permitió implantar la comunicación de datos Wi-Fi. Actriz bastante limitada, trabajó con grandes de su época como James Stewart, Clark Gable o Spencer Tracy. Tampoco anduvo fina a la hora de descartar papeles: no quiso aparecer en películas de éxito mundial como «Casablanca» y «Luz de gas». María Callas (1923-1977) vivió su mayor crisis profesional y sentimental al ser abandonada por Aristóteles Onassis, que la dejó en París para iniciar su relación con Jacquline Kennedy. Incapaz de superar años de pasión con el naviero, la gran diva intentó suicidarse. María Callas se dejó la piel por llegar a ser la mejor cantante de ópera: perdió 36 kilos en un año y hasta se convirtió en una mujer atractiva. Pero pronto empezó a perder facultades vocales y a consumir somníferos y barbitúricos. Con toda su inteligencia y capacidad, se dejó morir a los 54 años.

El tercer, y variopinto, grupo lo inicia Teresa de Ávila (1515-1582). Fundadora de la orden de las carmelitas descalzas, toda su obra es autobiográfica. Con un lenguaje fresco sus vivencias personales se adivinan en géneros tan variados como el didáctico, el tratado espiritual o la crónica. No siendo una mujer culta esos textos aclaran sus éxtasis y la relación con Dios, su esposo. Esa felicidad en el sufrimiento se define hoy como «epilepsia extática», y es la misma que aquejó a Dostoyevski. A Eleanor Roosevelt (1884-1962) la encontramos exhausta. Franklin Roosevelt acaba de contraer el virus de la poliomielitis y necesita moverse en silla de ruedas. El matrimonio ya había sufrido su primera gran prueba de fuego al descubrir ella cartas de amor dirigidas a su marido. A pesar de todo, lo animó a seguir con su carrera política. Roosevelt asumió la presidencia de Estados Unidos y permaneció en ella hasta 1945. Eleanor llegó a participar en La Declaración Universal de los Derechos Humanos y escribió 17 libros. Hannah Arendt (1906-1975) acudió al juicio de Adolf Eichmann como corresponsal de The New Yorker. Sus crónicas fueron recopiladas en el libro «Eichmann en Jerusalén» cuya tesis general es que el transportista del III Reich, aun consciente de lo que hacía, cumplía órdenes «por pura inercia». Comprender a Eichmann la condujo al rechazo de muchos judíos. Alumna de Heidegger, doctorada por Jaspers, se casó sin embargo con un joven sin preparación. Retirada su nacionalidad alemana Arendt consiguió el pasaporte norteamericano, lo que le permitió publicar allí libros esenciales como «Los orígenes del totalitarismo». Ninguneada en España, donde casi nadie conoce su obra, Remedios Varo (1908-1963) ha conseguido ser una reconocidísima pintora en su país de adopción, Méjico. En Madrid, se hizo amiga de Dalí y empezó a pintar sus primeros cuadros. Escapada a París ante la llegada de la guerra civil, conoció a los surrealistas acaudillados por André Breton y se casó con el poeta Péret. Ante la entrada de los nazis huyó a Méjico. Frida Kahlo y Diego Rivera impedían que los cuadros de los artistas exiliados colgaran en las galerías, pero Varo consiguió que Rivera se fascinara por su surrealismo místico
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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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Javier Alonso García-Pozuelo

Biografía de Carlos I de España (II Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos el segundo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


SER ALGUIEN... SIN SER CONSCIENTE DE QUÉ
Víctor Fernández Correas
Acabamos la primera entrega de este repaso a la vida del Emperador Carlos I de España y V de Alemania en el momento de su bautizo. Épico, sin duda. Bajo el retablo de La adoración del cordero místico, de los hermanos Van Eyck. La corte, presente; las campanas, repicando. Diez días de vida tenía la criatura, así que enterarse del asunto, lo que se dice enterarse, poco o nada.

Del siguiente episodio de su vida sí se enteró algo más. Ahora, tener conciencia del mismo es otro cantar. Primero, por la edad -6 años contaba la criatura por entonces- y segundo, por el boato que rodeó al asunto: la imposición del Collar de la Orden del Toisón de Oro. Orden de la que era caballero incluso antes de que echara a andar desde que lo decidiera su padre, Felipe el Hermoso.

¿Cuál fue el detonante del hecho que se va a narrar en estas líneas? Que Felipe el Hermoso abandonara este valle de lágrimas antes de tiempo. Lo hizo sin avisar, un 25 de septiembre de 1506 en Burgos, donde su esposa Juana reclamaba la correspondiente herencia de la Corona de Castilla. Por tanto, con Felipe criando malvas y Juana a punto de fijar residencia definitiva —en contra de su voluntad— en Tordesillas, tocaba elegir sucesor. Cuestión que se abordó en los Estados Generales de Flandes del 15 de octubre de 1506, tras conocerse la noticia del Hermoso deceso —por el personaje, no porque fuera bello el hecho en sí—, reunidos en Malinas.

—Que tendrá que ser él, ¿no? —preguntó un miembro de dichos Estados al que tenía a su lado. Se conocían de sobra como para hacerlo.
—Hombre, pues ya puestos —dijo el otro encogiéndose de hombros—, claro que debería serlo. Digo yo.
—¡Pero que tiene 6 años!
—Pues es lo que hay. Es el heredero.

Dos días después, el pequeño Carlos protagonizó el primer acto oficial de su vida.

—¿Y voy a ser rey? —preguntó en su completa ingenuidad camino del acontecimiento.
—Recibirá el collar de la Orden del Toisón de Oro, Señor —le respondieron.
—¡Gualaaaa!

Los que iban con él y escucharon el último comentario, miraron al cielo suspirando.

Al pequeño Carlos le vistieron como a un adulto para recibir el que sería —de por vida— su adorno preferido. A la imposición asistió la flor y nata de la Corte. Y él mismo lo hizo también acompañado de la suya, la borgoñona. En resumen: un crío de seis años al que le iban a imponer un collar de oro, ciento y la madre presente en el asunto y otro ciento y la madre que le acompañaba allá donde el fuera; de feria en feria, que canta Serrat. Un cuadro, vamos. Que le causó una honda impresión.

—¿Pero voy a ser rey de verdad? —insistió el pequeño Carlos, ya con su collar de la Orden del Toisón de Oro brillando sobre su pecho.
—Lo seréis algún día, Señor.
—¡Gualaaaa! —exclamó con una chispa de ilusión prendida en la mirada.

De aquel acontecimiento salió el pequeño Carlos presumiendo de Toisón —no dejaría de hacerlo en toda su vida—, pero no siendo rey. El cargo se lo ofrecieron a Maximiliano, abuelo de la criatura y padre del finado Felipe el Hermoso, que finalmente delegó en su hija Margarita.

En abril de año siguiente, 1507, Margarita tomó posesión de su cargo ante los Estados Generales, esta vez reunidos en Lovaina. Tres meses después, ya en su Corte de Malinas, resonó el grito ritual:

—El rey ha muerto. ¡Viva monseñor!
—¡Pero que es una mujer! —musitó un joven cortesano al que tenía a su lado, más veterano que él.
—Es lo que manda el protocolo… —le aclaró el otro conminándole a bajar la voz y reprobándole con la mirada—. Por el difunto Felipe.
—Ah…

7 años tenía ya el futuro Carlos I de España y V de Alemania. Todo un símbolo de poder, aunque él no se diera cuenta del asunto. Ni de lo que estaba por llegar. Para empezar, la aparición de Guillermo de Croy, Señor de Chièvres. Lo que contaremos en la siguiente entrega.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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Biografía de la emperatriz Helena (Santa Helena), por María Lara

HELENA, O LA FORTALEZA DEL DÉBIL
María Lara
Cuando el cuerpo yace casi inerte en el lecho de la agonía pero la consciencia no ha abandonado el torrente sanguíneo, la mente adquiere una lucidez inaudita para repasar las hojas desprendidas del árbol de la existencia. Sólo entonces la persona es capaz de recordar sin odio a los seres protervos pues, en definitiva, “gracias” a ellos, a pesar de las desavenencias y de los golpes, el espíritu acarició el reto de crecer sin dejarse anegar por abrumadores charcos de lágrimas.

Y es que la singladura de Helena está marcada por el contraste. El punto de partida de El velo de la promesa es el lecho de la agonía. El de Memorias de Helena la apacible eternidad en que habita la augusta dama… Todo comenzó en el año 250 d.C. en un humilde hogar de Drepanum, en la región de Bitinia. En ese cruce de caminos entre Europa y Asia, su familia regentaba una taberna en los convulsos años de la anarquía militar, con emperadores aclamados sin orden por las tropas acantonadas en los diferentes límites del Imperio. Allí, en una mesa de la posada, conoció a Constancio, un joven de Iliria que avanzó vertiginosamente en su cursus honorum.

Helena dijo adiós a su infancia azul para abrazar un destino con el pie en el estribo. Fruto de esta unión en el año 272 nacería en el sencillo hogar de Naissus su único hijo: Constantino. Nadie podía sospechar que la vida de Helena daría un vuelco pues, pronto, la ambición llevó al soldado Constancio a contraer matrimonio con la hijastra del emperador Maximiano, en el año 293. La perversa Teodora podía ayudarle a amasar fortunas temporales, mientras la desdichada Helena sufría las amarguras del repudio. Con Teodora tendría Constancio seis hijos, aun cuando seguiría preocupándose por la carrera militar de su primogénito quien, por otra parte, sería nombrado césar por las tropas paternas en 306.

Desde aquel momento de la proclamación de Constantino, la existencia de Helena transcurrió en los palacios de Tréveris y de Roma. Su conversión al cristianismo (religión que Constantino favoreció poniendo fin a las persecuciones con el Edicto de Milán del 313) la llevaría a emprender en su senectud- cuando contaba en torno a 76 años de edad- la aventura de viajar a Judea. Su propósito era encontrar la Cruz de Jesús, decisión que tomó a partir de las revelaciones transmitidas en un sueño, según cuentan las fuentes históricas de la Antigüedad Tardía. En el siglo IV, otros seguirían sus pasos por Tierra Santa, siendo el caso del  peregrino de Burdeos y de la monja Egeria.

En el 330 Flavia Iulia Helena falleció en Roma y fue inhumada en la villa imperial cercana a la iglesia de los santos Pedro y Marcelino, en el mausoleo ad duas lauros, mandado construir, inmediatamente después de la victoria sobre Majencio, para la familia imperial. La urna de pórfido, que albergó su cuerpo, pasó al claustro de San Juan de Letrán en 1627, en tiempos de Urbano VIII, y más tarde a los Museos Vaticanos, ya a finales del siglo XVIII, bajo el pontificado de Pío VI. Su cabeza reposa en la cripta de la catedral de Tréveris, templo que también alberga la túnica sagrada.

Sobre el palacio que habitó en Roma, la Domus Sessoriana, se levanta hoy  la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, en la que son custodiados la Vera Cruz, varios clavos, el madero del buen ladrón, la esponja empapada en vinagre, la corona de espinas y el titulus (comúnmente conocido como INRI). En iglesias repartidas por todo el mundo se veneran fragmentos del Lignum.

Constantino le dio a Drepanum, ciudad natal de su madre, el nombre de Helenópolis en el año 327, construyó en ella una iglesia en honor de San Luciano-  mártir enterrado en la aldea- y erigió estatuas en honor de Helena en Roma, en Constantinopla y en otros muchos enclaves.

Dicen que la virtud de la paciencia es la fortaleza de los débiles. En su vivir, la troyana de la Nueva Roma atestigua que no hay batallas perdidas sino variedad de miradas ante el pasado. La circunstancia que una jornada nos hunde en el abismo, con el tiempo quizás nos haga sentirnos orgullosos de la autosuperación y descubrir puertas cuando las ventanas se cerraron.

En El velo de la promesa conocemos a la abuela de Roma, patrona de la arqueología y madre de las Cruzadas. En Memorias de Helena, sin límites espaciales ni cronológicos que constriñan sus movimientos pues resulta ya lejano el momento de la despedida, la protagonista indaga en sus recuerdos para darnos a conocer sus años de niña y hacernos sentir el sobresalto del enamoramiento. En su compañía, el lector vislumbrará los campamentos donde moró con Constancio Cloro, surcará en barca las soleadas aguas del Nilo y paseará por la naciente Constantinopla justo antes de ser trasvasado a sus colinas el añejo  néctar del acervo del Lacio
.

Santa Helena con la Vera Cruz
-Francesco Morandini-

LA SAGA ROMANA DE MARÍA LARA
La novela histórica «Memorias de Helena», de la escritora alcarreña María Lara, está inspirada en la historia real de la emperatriz Helena, Santa Elena. Este libro continúa la saga iniciada en «El velo de la promesa», obra con la que María Lara ganó el Premio de Novela Histórica “Ciudad de Valeria” (2011) y donde narraba el periplo que llevó a Flavia Iulia Helena a ser la primera peregrina a Jerusalén tras la Pasión de Jesús.
 

En «Memorias de Helena», la tabernera de Bitinia que fue madre de Constantino se acerca al lector del siglo XXI para compartir sus preocupaciones e ilusiones, ofreciendo lecciones de la Historia para afrontar cada uno el día a día con optimismo. Y con voz de amiga se confiesa ella, Helena, que soportó el repudio del césar Constancio Cloro y que, andando las décadas, casi octogenaria, buscó las reliquias de los Reyes Magos…
 

Ambas novelas han tenido muy buena aceptación entre los lectores y gran repercusión mediática más allá de nuestras fronteras, habiendo alcanzado la primera de las novelas de la saga, «El velo de la promesa», su octava edición.


Si quieres leer un fragmento de «El velo de la promesa» o de «Memorias de Helena» pincha sobre la portada.
 
María Lara Martínez (Guadalajara, 1981)
es historiadora y escritora. Licenciada en Historia por la Universidad de Alcalá y Doctora Europea en Filosofía por la Universidad de Castilla-La Mancha. En 2005 fue galardonada con el Primer Premio Nacional de Fin de Carrera en los Estudios de Historia y con el Premio Uno de la Universidad de Alcalá, así como en 2007 con el Premio Extraordinario de Licenciatura. Actualmente, es profesora de Historia Moderna y Antropología de la Universidad a Distancia de Madrid, UDIMA. Además, ha realizado estancias de investigación como enseignante-chercheuse en l’École des Hautes Études en Sciences Sociales de París y como Fellow en el Real Colegio Complutense en Harvard University (Massachusetts).  
En 2011 ganó el Premio de Novela Histórica “Ciudad de Valeria” con su obra El velo de la promesa, de la que se han publicado ocho ediciones. En 2014 salió a la venta Memorias de Helena, la novela con la que prosigue la saga de la corte del emperador Constantino. En 2015 María Lara y su hermana, la también historiadora y escritora Laura Lara, ganaron el Premio Algaba con Ignacio y la Compañía. Del castillo a la misión.
Escribe  en la revista Historia National Geographic y, entre sus monografías, destacan Brujas, magos e incrédulos en la España del Siglo de Oro, Ciencia histórica. Conceptos y etapas de la Historia universal, Los preilustrados y Pasaporte de bruja
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Biografía de Carlos I de España, por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos el primer capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicaremos a lo largo de los próximos meses por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


DEL RETRETE A LA GLORIA
Víctor Fernández Correas
Con perdón, de la mierda se sale. A base de tesón, de esfuerzo, de echarle lo que hay que echarle. Eso si te puedes valer por ti mismo. En caso contrario, siempre queda pedir ayuda. Pero se puede salir de la mierda. Es más, se puede llegar a lo más alto partiendo de tan peculiar y desagradable punto de partida. Basta con repasar la historia, que está llena de ejemplos. El más notorio, el del emperador Carlos I de España y V de Alemania. Que nació en un retrete.

¿Es que acaso no había otro lugar más digno para traer al mundo al que sería el emperador más grande de la cristiandad? Lo había. Cosas de su madre, Juana de Trastámara, hija de los Reyes Católicos; a la que llamaron la Loca. El futuro Carlos nació donde le tocó nacer. Sin más.

Situemos el acontecimiento: Gante, noche del 23 de febrero de 1500. Fiesta en el Palacio Prinsenhof. Lo mejor de lo mejor allí presente. Ágape sin remilgos, baile posterior, cortesanos y cortesanas. Sobre todo, cortesanas. Y Juana, con un bombo que ni el de Manolo, presente y de guardia. Sabía cómo se las gastaba su marido, lo que había alrededor. Un cóctel explosivo. Dignidad, ante todo, debió de pensar la hija de los Reyes Católicos. «Que éste, aquí sólo, sin carabina, causa estragos». Y pensamientos semejantes. Éste es su marido, el Archiduque Felipe de Austria, al que lanza miradas de soslayo. Felipe ríe con una, charla con otra, escruta las bondades físicas de alguna otra. Y a Juana se la llevan los demonios. Conoce el percal y también la clase de estragos que causa el percal. Desde el mismo momento en que se casó con él.

—«¡Pues de aquí no me muevo hasta que no acabe la fiesta!».

Juana lo tiene claro. Podrá estar todo lo embarazada que esté, pero a Felipe no le deja solo en aquel mar de cortesanas ávidas de pegarse un homenaje. Pero Juana no cuenta con que, de improviso, empieza a sufrir dolores en el estómago. Y se dobla. Uno, dos, tres ataques. Rictus de dolor, de sufrimiento.

—¿Os encontráis bien? —oye a su izquierda.
—Habrá sido la cena —suelta alguien a su derecha.
—Cara de parto no tiene, eso seguro —cuchichea una cortesana al oído de su vecina de mesa, que asiente con la cabeza.
—No es nada… —admite ella.

Pero los dolores no se detienen. Curioso el cuerpo humano, que cuando quiere fastidiar lo hace a conciencia. Juana hasta tiene tiempo para pensar en eso. Lo que no quiere es dejar solo a su marido. Y los dolores, lejos de remitir, se acentúan. Aprieta los dientes.

—«¡Menudo apretón!» —quiere creer.

Como ve que no aguanta más, se levanta. Felipe, no; sigue a lo suyo. Ni siquiera tiene fuerzas para recriminárselo. Sí la imitan algunas de sus damas de compañía; no les gusta la cara de su señora. En otras circunstancias, Juana se hubiera ciscado en él, en su madre y en toda la regia familia de su marido, pero refiere gastar las pocas fuerzas que le quedan caminando hasta la cámara. Y lo consigue después de mucho esfuerzo. Busca el retrete con la mirada, lo más parecido al paraíso en la tierra para ella en ese momento. Cuando se acuclilla, sólo entonces es consciente del origen de los dolores, de su naturaleza. Nada de indisposiciones por culpa de la cena ni de un alimento mal caído.

—¡Que voy a dar a luz!

 Y la quietud que se respira en su cámara en la madrugada del 24 de febrero de 1500 la rompe el llanto de un recién nacido. Juana trae al mundo al hijo que espera sin la ayuda de médicos ni de comadronas. Ni se lo cree.

—¡Bendito sea Dios!

Las que tampoco se lo creen son sus damas de compañía, que han entrado en el retrete. Escucharon un llanto y ahora se encuentran con la sorpresa: Juana sosteniendo en brazos a su hijo recién nacido. Y el retrete, para verlo. De inmediato solicitan la presencia de la partera, que remata el repentino parto con diligencia. Nadie da crédito a lo que acaba de suceder, ni siquiera la nueva madre, pero el futuro Carlos I de España y V de Alemania ha nacido en un retrete.

Y las damas no dan crédito a lo que ven porque son conscientes de lo que se les viene encima. La tradición está para lo que está, y según sus preceptos los nacimientos en la Familia Real Castellana deben ser presenciados por numerosos testigos que identifiquen al recién nacido como Dios manda. Así se evita cualquier duda sobre la legitimidad del heredero. Y el futuro Carlos I de España y V de Alemania, allí, en un retrete en los brazos de su madre.

—¡Es hijo mío y de su padre! —chilla Juana cuando una de sus damas le recuerda el asunto.
 

La dama en cuestión y las restantes callan. Nadie discute a Juana. ¿Quién se atrevería a hacerlo? Abandonó el salón con un bombo considerable y esa noche la pasará en la cama junto a su primer hijo. A falta de marido, al menos un poco de calor en el lecho, que nunca viene mal. Y más en invierno. El de su hijo, al que acaricia el rostro con ternura.

—Tú sí que nunca me traicionarás…

Eso cree Juana en ese momento.

Diez días después, Carlos de Habsburgo es bautizado en la catedral de San Bavón de Gante. Frente a él —ni se entera. Conocimiento, ninguno todavía—, el impresionante retablo de la Adoración del Cordero Místico de los hermanos Van Eyck.

Así empieza la vida del emperador más poderoso de la cristiandad. En un retrete. Vida que iremos resumiendo en capítulos en las próximas semanas.

¡Hasta la siguiente!


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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