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Reseña de «La dama de los muertos», de Bernhard Aichner

«LA DAMA DE LOS MUERTOS». Sinopsis
Blum tiene una funeraria. También es una mujer encantadora, una esposa feliz y la cariñosa madre de dos niñas. Tiene una buena vida. Una vida que descarrila de pronto, cuando su marido muere en un accidente.
 

Todo se desmorona. Blum llora su muerte; de repente falta la pieza más importante de su mundo, su sostén, su felicidad. Y entonces, por casualidad, descubre que tras el accidente de su marido puede esconderse algo más.
 

Blum busca venganza, pero sobre todo se hace preguntas: ¿por qué tuvo que morir su marido? ¿De verdad fue un accidente y el conductor se dio a la fuga, como dice todo el mundo? Cuando obtiene las respuestas, ataca. Sin piedad. ¿Cómo es capaz de algo así? La explicación viene de muchos años atrás...


«LA DAMA DE LOS MUERTOS», 
por Julio César Cano
En la portada de «La dama de los muertos», bajo el inquietante título, se puede leer: “Un thriller que corta el aliento”. Quizá se hayan quedado cortos con la advertencia.

En nuestra casa, como en la mayoría de los hogares en los que viven mujeres, son ellas las que leen más. Mi casa no es una excepción.

Vi el rostro de mi mujer transfigurarse a medida que devoraba con avidez las páginas de la primera novela del autor austriaco, Bernhard Aichner. Lo terminó rápidamente, no podía dejar de leer y, luego, durante largo tiempo, el personaje de Blum habitó en su interior.
 

Ella, mi mujer, me advirtió de que aún siendo un libro duro le había parecido fantástico, y confirmó su teoría acerca de que si la historia que acaba de leer prevalece en su subconsciente, es que la novela realmente vale la pena.
 

He de ser sincero y decir que en materia de lectura no siempre compartimos los mismos gustos y no presto una especial atención a sus recomendaciones (craso error). Y por esa razón, «La dama de los muertos» permaneció varias semanas en mi parte de la estantería de los libros sin leer.

Hasta que llegó el día. En Ediciones Maeva lo han vuelto a hacer. Han dado, una vez más, con un autor distinto, atrevido, descarado… despiadado.
«La dama de los muertos» es una novela de lectura rápida, veloz en muchos de sus pasajes. Los diálogos entre los personajes dejan al lector boquiabierto, pasmado, desnudo y desarmado. Su peculiar forma de escribir es un arma potente que se adentra a gran velocidad en la cabeza del que se atreva a leerlo.

Cuando por los créditos del libro sabemos que el autor trabajó medio año en una funeraria para saber de qué iba el tema, no lo podía haber expresado mejor. Aquí no se trata de técnicas forenses, ni de descomposición de cadáveres, ni de especialidades de la policía científica, ni de pistas que hay que seguir, ni de sospechosos que despistan al lector, ni de nada parecido. En
«La dama de los muertos», Bernhard Aichner habla de eso, de muerte, de la muerte desde el punto de vista de la misma muerte.

Pocas veces mis manos sostuvieron un libro que me quemaba página a página, capítulo a capítulo. Le doy la enhorabuena a Ediciones Maeva por haber puesto al alcance de los lectores españoles, semejante chute de lectura.

Por cierto, ahora Blum también habita en mi interior
.




La reseña de «La dama de los muertos», de Bernhard Aichner, ha sido expresamente escrita por Julio César Cano, autor de los casos del inspector Monfort, para el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo el que quiera reproducirla total o parcialmente, cite su fuente original.

Julio César Cano
- Fotografía de Manuel Navarro Forcada -

Julio César Cano (1965, Capellades, Barcelona), trabajó en el negocio familiar hasta que el mundo de la música llamó a su puerta. Durante varios años ejerció como músico y mánager de grupos. Actualmente se dedica a la publicidad, actividad que compagina con la escritura.
 

Como autor, es conocido tanto por sus ensayos y artículos sobre gastronomía y viajes, como por sus novelas y relatos, entre ellos Cocina, carretera y manta y Hojas de otoño. Mañana, si Dios y el diablo quieren es la segunda investigación del inspector Monfort, que sigue a la de Asesinato en la plaza de la Farola.
 

Reside junto a su familia en La Pobla Tornesa, provincia de Castellón, donde transcurre la serie del inspector Monfort.


Reseña de «Beltenebros» de Antonio Muñoz Molina, por Josu Arteaga

RESEÑA DE «BELTENEBROS», DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA
Josu Arteaga
Aparte de empezar y finalizar de manera rotunda, Beltenebros nos traslada a un Madrid de hospitales, fábricas y cines tapiados, con olor a fritura, tabaco y vino agrio, descritos con la precisión quirúrgica de la fotografía realista. Es en esos escenarios, donde la trama oscura y asfixiante, como debe ser en una novela negra, nos engancha de las solapas para no soltarnos hasta el final.
 

No destripamos nada cuando hablamos de un clásico, así que no me resisto a mencionar que de un estado y una organización revolucionaria, que pretende combatirlo y acaba siendo manejada en favor del primero, sólo puede resultar un humus negro y rico para una buena novela de polis chungos.
 

Pues bien, aquí nos sitúa Muñoz Molina, en una cloaca de vasos comunicantes, en un laberinto de espejos que nos confunden, en una entrevela que se deja adivinar de manera magistral en la novela.

¿Quién dicta las sentencias de muerte? ¿Quién maneja los hilos? ¿Hasta dónde son autónomas las decisiones que se creen propias?
 

El de Úbeda dibuja los personajes con carboncillo, los va ocultando en la penumbra y, en medio de un desolado escenario, nos habla de un heroísmo inútil, de unas organizaciones clandestinas entreveradas por los aparatos del estado, de la soledad y el miedo del militante sentenciado, de los topos y del juego del gato y el ratón, donde el bien (si es que existiera) y el mal se retroalimentan.
 

Soberbio el maquiavélico comisario Ugarte y soberbio también el perfil de sus víctimas y títeres, incluido por supuesto, el capitán Darman, un sicario de gabardina y sombrero, como no podía ser de otra manera.


«BELTENEBROS», DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA
Ficha
Fecha de publicación: 1989
 

Editorial: Seix Barral
 

País: España  

Nº de páginas: 256 págs

Sinopsis: Convocado por una organización comunista, Darman, antiguo capitán del ejército republicano exiliado en Inglaterra, regresa a Madrid para ejecutar a un supuesto traidor. Desde la clandestinidad, emprende un periplo trepidante en pos de su víctima del que una misericordiosa cabaretera, viva imagen de una mujer a la que amó, tratará de desviarlo.

Esta reseña ha sido escrita por Josu Arteaga para la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2016. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original.


Josu Arteaga (Arrasate 1971) es periodista titulado sin vocación, rockero apasionado sin solfeo y escritor parco que ha debutado con la novela «Historia universal de los hombres gato».

«Gomes y Cía.», por Alberto Pasamontes

GOMES Y CÍA.
Alberto Pasamontes
A veces, solo a veces, uno abre un libro y se queda enganchado sin remisión. Lo sueltas solo por causa de fuerza mayor. Porque mañana tienes una reunión a primera hora con el director general y son ya las tres de la mañana, porque has olvidado el filete en la sartén y la cocina está en llamas, o porque tu chica se te ha acercado en silencio y te ha mordido el lóbulo justo antes de susurrarte que se va a dar una ducha y que no llega a frotarse la espalda. Ocurre solo de vez en cuando, cuando un prólogo, una página, un párrafo, logra despertar tu curiosidad desde el primer momento; o porque te encuentras con un personaje con el que conectas desde el principio, un tipo al que confiarías la seguridad de tu novia en una discoteca ibicenca atestada de musculados millonarios italianos.

Ambas cosas me han pasado con Ojos de fuego y La mano de Midas, del madrileño Antonio Parra, las dos novelas que, hasta ahora, y esperemos que no sean las últimas, protagoniza Sergio Gomes. Un detective inteligente, algo cínico, de gran corazón, solitario a su pesar y adicto al sándwich mixto. Porque ¿a quién no le gusta el sándwich mixto? El de bar, digo. Con ese pan tostadito, ese fiambre de jamón cutre y ese queso que tiene un sabor especial y que por más que busques no vas a encontrar ningún sitio donde te lo vendan porque –estoy seguro- solo lo hacen para los bares. Pero no cualquier bar, sino de los antiguos, de los de servilletas y huesos de aceituna alfombrando el suelo y dos señores con chaquetilla y gesto cansado tras la barra que ya servían cañas antes de que la Coca Cola llegara a España. No sé cómo ocurrió. Quizás Gomes ya era adicto a los mixtos antes de frecuentar las barras de los bares, o precisamente debido a esta costumbre acabó por aficionarse a ellos. No estaría mal que Antonio Parra nos desvele el misterio algún día.



Lo que sí está claro es que Gomes es un detective a la manera clásica, de los de antes. De esos que nos hicieron enamorarnos del género negro, ya sea a través de un libro o de una película de Hollywood. Imagínense a Philip Marlowe, Sam Spade o Mike Hammer, o mejor una mezcla de los tres, en versión ibérica. Imagínense también a la pelirroja peligrosa, al gánster de mirada gélida, al político (léase concejal, fiscal, asesor, subsecretario...) corrupto, a la prostituta ya ajada de tierno corazón, al comisario que suelta hostias como panes, al jefe obeso que paga mal y tarde. Hagan también hueco en su cabeza a la agencia de detectives de cuarta categoría, a las grandes corporaciones, a los prostíbulos de carretera, los yates de lujo y los clubes nocturnos de nombre italiano y camarero –ojo, barman- de los de brillantina en el pelo y grandes dotes psicológicas para saber cuándo escuchar y cuándo negarle el último vodka al cliente. Todo eso y más es el mundo de Sergio Gomes. Es evidente que Antonio Parra no está revolucionando el género con este personaje, pero es que, a veces, precisamente todo lo que representa Sergio Gomes es lo que uno busca en una buena novela negra. Unos personajes potentes y reconocibles  y una buena historia que te lleven en volandas hasta el final.



Para hacer esto –llevarnos hasta el final-, el autor exhibe un estilo ágil y claro, con unas descripciones precisas en las que no sobra ni falta nada, situaciones creíbles y, al tiempo, de lo más variopinto, y sobre todo de unos diálogos soberbios, inteligentes y rebosantes de humor. Un humor ácido y a veces algo triste que es, junto a los mixtos, seña de identidad de nuestro protagonista, y que hace que a cada paso que damos en compañía de Gomes nos sintamos cada vez más identificados con él. Inevitable cogerle cariño. Inevitable querer más novelas de Sergio Gomes.


Esta reseña ha sido escrita por Alberto Pasamontes para la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2016. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original.

Alberto Pasamontes (Madrid, 1970)
estudió Filología Inglesa y desde 2009 mantiene una constante actividad literaria, con la que ha obtenido el primer premio en la IV edición del concurso de Relato Corto de Ediciones Beta y un accésit en la XIV de los Premios Artísticos y Literarios del Ministerio de Defensa. Algunos de sus cuentos han aparecido en revistas y antologías. Su primera novela, Entre la lluvia, adscrita al género negro en el que se mueve con gran comodidad, apareció en 2014. Con La muerte invisible, una fascinante trama policial a la sombra de la tragedia nuclear de Chernobil, ha obtenido por unanimidad el XVIII Premio Francisco García Pavón de Narrativa en 2015.

«Mañana, si Dios y el diablo quieren», novela de Julio César Cano

«MAÑANA, SI DIOS Y EL DIABLO QUIEREN». Sinopsis
La tranquila vida de la ciudad de Castellón se ve alterada por un macabro asesinato, el de un hombre cuyo cuerpo aparece brutalmente mutilado en un piso del centro. Para resolver el caso, el comisario Romerales pide ayuda al inspector Monfort, con quien ya colaboró en el pasado. Juntos reconstruirán la historia de la víctima, el director de una oficina de empleo con fama de mujeriego. El caso se complica cuando hallan un segundo cadáver que no parece tener relación alguna con el primero.


«MAÑANA, SI DIOS Y EL DIABLO QUIEREN». Fragmentos
[...] El inspector temió que en algún momento el coche tocara con su enorme panza en alguna de aquellas piedras que campaban sueltas en mitad del camino y dañara el cárter. Tuvo que detenerse en varias ocasiones para sortear las más grandes, que se desprendían de los muros por la acción del viento y la lluvia que había caído. Llevaba más de media hora subiendo por aquel endemoniado camino de piedras y barro hasta que, en una gran curva, una de las ruedas delanteras quedó clavada en el barro y pensó que hasta allí había llegado. Intentó sacar el coche del agujero, pero tras varios intentos observó que la rueda se hundía más y más en el fango. Salió del vehículo, miró al cielo, que ciertamente le había dado una tregua, y por una vez no perdió los nervios: encendió un cigarrillo y aspirando una fuerte calada divisó el camino por el que había subido. Dio varios pasos y se asomó a un claro del bosque desde el que se veía el albergue a lo lejos, como si fuera una casita de muñecas, con sus ventanas alineadas y la impoluta pintura blanca de las paredes. Regresó y se apoyó en el capó del coche. Pensó en las tres mujeres que nadie encontraba [...]

«Mañana, si Dios y el diablo quieren»
MAEVA EDICIONES, 2015, pág. 95-96

  –¿Dónde estás?
  –En casa.
  –Pues deja lo que estés haciendo y vete a buscar a Enrique Gálvez a la oficina de la calle Castelldefels. Dile que queremos hacerle unas preguntas rutinarias. No lo pongas nervioso, no lo asustes y tráelo lo más pronto que puedas.
  –A la orden, jefe –dijo Corral en tono burlón–. ¿No encuentra a su poli preferido? Quizá esté en algún bar ahogando las penas en whisky caro.
  Pero el comisario Romerales ya había cortado la comunicación, y Corral se quedó unos segundos con el teléfono en la mano antes de guardarlo de nuevo en el bolsillo.
  –¿Te vas? –le preguntó su mujer.
  –Sí, tengo trabajo, me han llamado, me necesitan, ya te dije que me han dado ese caso tan importante, confían en mí.
  –Tenemos que hablar –le pidió ella con tono de súplica.
  –Ya te he dicho que no creo que ahora sea el momento de tener más niños en casa.
 –Es lo que tú opinas, pero... y lo que pienso yo, y mi felicidad, ¿no te importa?
 –Tengo trabajo –contestó escuetamente Corral mientras salía por la puerta–. Luego lo hablamos.
  –¿Luego?
  –Sí, luego.
  –Siempre dices lo mismo.
  –También tú siempre dices lo mismo.
.


«Mañana, si Dios y el diablo quieren»
MAEVA EDICIONES, 2015, pág. 100-101

  Intentó ordenar su mente, controlar los movimientos de su raptor en la oscuridad. Debía crearse un horario pese al miedo y el dolor. La rutina era siempre la misma. Si los golpes que le propinaba no eran tan terribles como para que se desmayara, la desataba y le dejaba hacer sus necesidades en un cubo; a continuación le permitía lavarse con el agua que había en una palangana. Después le daba agua de una botella de plástico y un trozo de pan gomoso con algo dentro parecido a la mortadela. Todo a oscuras. Encendía una débil linterna que enfocaba hacia el suelo para que ella no reconociera nada y luego se apartaba del mortecino haz de luz para que no pudiera verlo en ningún momento. Seguía cubriéndose el rostro con el pasamontañas. La desataba y posteriormente la ataba contra la viga completamente a oscuras. Aquel monstruo conocía a la perfección el espacio y se movía sin tropezar con nada. Ella pensó que si tenía alguna oportunidad era únicamente en aquellos instantes
en que la desataba o la volvía a atar. Era entonces cuando lo tenía más cerca, cuando podía oler el cuero de su chaqueta.
  Antes de salir le dio un puntapié en el tobillo y el dolor le llegó a lo más profundo de sus terminaciones nerviosas.
  Se juró a sí misma que la próxima vez gritaría con todas sus fuerzas y haría lo posible por atacarlo de alguna forma: golpearle con algún objeto, morderle... Tenía que pensar cómo, de qué manera, pero lo haría. Sería su última oportunidad. Si fallaba no habría segunda vez. La mataría, de eso estaba segura.
  Más tarde, cuando le fue imposible relajarse y dormir un poco, no se permitió llorar como en las otras ocasiones. Su cabeza se puso en marcha. Empezó a tramar un plan, su plan, el único plan posible
.


«Mañana, si Dios y el diablo quieren»
MAEVA EDICIONES, 2015, pág. 151


Agradecemos a la editorial MAEVA que nos haya dado permiso para reproducir en CITA EN LA GLORIETA varios fragmentos de Mañana, si Dios y el diablo quieren, de Julio César Cano.

Julio César Cano
- Fotografía de Manuel Navarro Forcada -

Julio César Cano (1965, Capellades, Barcelona), trabajó en el negocio familiar hasta que el mundo de la música llamó a su puerta. Durante varios años ejerció como músico y mánager de grupos. Actualmente se dedica a la publicidad, actividad que compagina con la escritura.
 

Como autor, es conocido tanto por sus ensayos y artículos sobre gastronomía y viajes, como por sus novelas y relatos, entre ellos Cocina, carretera y manta y Hojas de otoño. Mañana, si Dios y el diablo quieren es la segunda investigación del inspector Monfort, que sigue a la de Asesinato en la plaza de la Farola.
 

Reside junto a su familia en La Pobla Tornesa, provincia de Castellón, donde transcurre la serie del inspector Monfort.