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Reseña de «El telón», de Raymond Chandler

Reseña de «El telón», de Raymond Chandler
por José Javier Navarrete
FICHA TÉCNICA
Título: El telón
Título original: The curtain
Autor: Raymond Chandler
Nº de páginas: 55
Editorial: Debolsillo
Fecha publicación: septiembre de 2013
Traductor: Juan Manuel Ibeas Delgado.



EL AUTOR
Raymond Thornton Chandler (Chicago, 23 de julio de 1888 – La Jolla, California, 26 de marzo de 1959). Educado en Inglaterra realizó todo tipo de actividades antes de dedicarse a la literatura. Participó como voluntario en la Primera Guerra Mundial. Trabajó como empleado de banca, periodista y también fue escalando peldaños en una petrolera de Los Angeles, hasta que en medio de la Gran Depresión se vio en la calle por sus problemas de alcoholismo, su recalcitrante absentismo y sus continuos líos de faldas con las secretarias. Se perdió un vicepresidente de una petrolera y se ganó un magnífico escritor de novela negra.

Comenzó publicando en revistas de ficción criminal, las famosas revistas pulp de aquella época, fundamentalmente en Black Mask y Dime Detective Magazine. En 1939 escribió su primera novela: El sueño eterno, después vendrían otras siete y su incursión en el cine como guionista. Murió en 1959, solo, deprimido por la muerte de su mujer y con el alcohol como remedio para su tristeza.
A vueltas con el estilo

El telón fue publicado en el número de septiembre de 1936 de la revista Black Mask. Para entonces, Chandler ya era un colaborador prolífico de la revista, aunque no lo suficiente. Se dio cuenta de que con su edad no era capaz de escribir las palabras necesarias para sobrevivir como escritor. A pesar de que llegó un momento en el que ya no cobraba el mínimo de un centavo por palabra, sus ingresos eran ridículos comparados con las cifras que manejó durante su época de ejecutivo en el negocio petrolero. Lo tenía todo en contra, pero gracias al apoyo de su esposa Cissy y a su propio esfuerzo,
Chandler llegó a ser el escritor que hoy admiramos.

Esos años de penurias en los que cultivó el formato del relato, le sirvieron para que su estilo evolucionase hasta el nivel que exhibió en sus novelas. Bien es cierto que el estilo que
Chandler utilizó en los relatos de las revistas pulp estuvo condicionado por las líneas editoriales que daban prioridad a la acción y al divertimento. Sus historias tenían que ser violentas, pero era lo exigido para poder publicar. En algún momento trató de escapar de la fórmula, pero enseguida lo devolvieron al redil.

Chandler llegó a explicar: «Hace mucho tiempo, cuando escribía para los pulps, introduje en un relato una línea como ésta: “Salió del coche y caminó por la soleada acera hasta que la sombra del toldo de la entrada cayó sobre su rostro como el tacto del agua fría”. La suprimieron cuando publicaron el relato. Sus lectores no apreciaban estas cosas, sólo les interesaba la acción.
"Me propuse probar que estaban equivocados. Mi teoría era que los lectores sólo se imaginaban que les interesaba únicamente la acción; que en realidad, aunque no lo sabían, la acción les preocupaba muy poco. Lo que les gustaba, igual que a mí, era la creación de emociones a través de la descripción y el diálogo. Las cosas que recordaban, lo que les obsesionaba, no era, por ejemplo, que un hombre fuera asesinado, sino que en el momento de su muerte estuviera tratando de alcanzar un clip de la reluciente superficie de una mesa, y el clip se alejaba de él cada vez más, de modo que en su rostro había una expresión tensa y sus labios se abrían en una especie de mueca atormentada, y lo último en que se le ocurría pensar era en la muerte. Ni siquiera oía a la muerte llamar a la puerta. Aquel maldito clip seguía escapándosele de los dedos." (La vida de Raymond Chandler, Frank MacShane).

Aunque el estilo no fuese el deseado, el formato de relato largo o novela corta, utilizado en sus publicaciones de Black Mask, lo acercaban mucho más a la estructura de las novelas que luego escribiría que aquellos relatos cortos que había publicado durante su estancia en Inglaterra.

El mejor estilo de estos dos relatos que reseño surge en las descripciones y en el diálogo.

¡Benditos diálogos!

Siempre digo que me encanta la maestría que
Chandler demuestra con los símiles, pero en esta ocasión no vengo a hablarte de esto, hoy tocan sus diálogos. 
Los que tratamos de escribir sabemos lo difícil que resulta conseguir unos buenos diálogos. Hacerlos realistas, que huelan a calle, pero guardando cierta distancia. Chandler se consideraba un buen escritor de diálogos, no puedo estar más de acuerdo, y eso que tenía un hándicap. Aunque nació en los EE.UU., recibió su educación en Inglaterra, así que él mismo decía que cuando comenzó a escribir tuvo que aprender el inglés americano. Sus diálogos son puro estilo americano, no así el resto de su prosa que tiene un estilo más británico. A diferencia de otros escritores americanos, el uso del lenguaje vulgar que Chandler utilizaba en los diálogos no fluía de manera natural, su utilización la tenía que hacer de forma deliberada. Tal vez por ese motivo lograba que sus diálogos sonasen auténticos, pero con la distancia suficiente para que no fuesen una copia de los utilizados en la calle.

En El telón, como en cualquiera de sus historias, se pueden extraer ejemplos que dejan patente esa maestría a la que me refiero:
—¿Cómo se encuentra? —También su voz era suave y encantadora.
—Fenomenal —dije—. Solo que alguien ha construido una gasolinera en mi mandíbula.
—¿Qué esperaba, señor Carmady? ¿Orquídeas?
—Conque sabe mi nombre.
—Ha dormido mucho. Tuvieron tiempo de sobra para registrarle los bolsillos. Le han hecho de todo menos embalsamarle.
—Seguro que sí —dije.
En esta ocasión, nuestro protagonista, el detective privado Carmady, está hablando con una mujer después de que ha sido capturado. El diálogo continúa:
—Espero que no le hagan daño —dijo en tono distante, retrocediendo—. Detesto los asesinatos.
—¿Y es usted la mujer de Joe Mesarvey? Qué vergüenza. Deme un poco más de zumo.
Me dio un poco más. La sangre empezó a circular por mi cuerpo.
—Creo que me gusta usted —dijo—. Aunque tiene la cara que parece un parachoques.
—Aproveche la ocasión —dije—. No durará mucho con tan buen aspecto.
Esto es solo un ejemplo, pero los relatos de Chandler son una auténtica clase práctica de lo que deben ser los diálogos. Son rápidos, agudos y repletos de un humor sarcástico que siempre te arranca una sonrisa. Las intervenciones de sus detectives están plagadas de frases inesperadas que desorientan a su interlocutor y, de paso, al lector. En su mayoría son frescos, naturales e ingeniosos. La chispa de que los dota es muy difícil de conseguir.

En algún taller literario, hablando de los diálogos, se recomendaba ver películas clásicas (blanco y negro) con el único objetivo de mejorar este aspecto de la escritura. Muchos de los diálogos de Chandler me recuerdan esas películas, no en vano, algunas de sus novelas fueron llevadas a la gran pantalla y él colaboró como guionista (experto en diálogos) en algunas producciones de Hollywood.

Como lo prometido es deuda, me dejo de películas y acometo la segunda parte de la canibalización que
Chandler efectuó durante la escritura de El sueño eterno.

Los apetitos de El sueño eterno

Aunque espero que hayas leído la reseña de El asesino bajo la lluvia, para aquellos que puedan haberse despistado, recordaré que Raymond Chandler utilizó varios de sus relatos para construir algunas de sus novelas, lo que el autor denominaba canibalización. En el caso de El sueño eterno, de primer plato se sirvió El asesino bajo la lluvia y de segundo El telón. Sobre el primer relato ya hablé, ahora toca hacerlo del segundo.

El telón no solo fue canibalizado por El sueño eterno, la primera novela de Chandler, sino que también sirvió para inspirar el comienzo de El largo adiós. Supongo que como esta parte aún no había sido utilizada, nuestro amigo Ray decidió usarla para un comienzo apoteósico de esa otra magnífica novela que es El largo adiós.

Como en la reseña anterior, te contaré parte de la trama del relato y aprovecharé para hacer las pertinentes referencias de canibalización.
La historia comienza con algunos apuntes sobre Larry Batzel, Terry Lennox en El largo adiós. Un fracasado actor de cine que durante la Prohibición había trabajado como contrabandista de licor con una banda bastante dura. No sé si después, cuando Chandler escribió El simple arte de matar, hacía referencia a Larry cuando decía «que un astro cinematográfico puede ser el jefe de una pandilla». El caso es que este viejo conocido de Carmady, el detective privado protagonista del relato (Philip Marlowe en El sueño eterno), introduce la figura de Dudley O’Mara.

En torno a la desaparición de este individuo girará toda la trama de El telón, así como también lo hace gran parte de la de El sueño eterno, con la diferencia de que en la novela el desaparecido se llama Rusty Regan. Larry Batzel aporta cierta información que servirá para que Carmady se ponga en contacto con el general Dade Winslow (el general Sternwood en la novela), el suegro de Dude O’Mara.
«Lo único vivo en su rostro eran los ojos. Ojos negros, hundidos, brillantes, intocables. El resto de la cara era una plomiza máscara de muerte: sienes hundidas, nariz afilada, orejas con los lóbulos vueltos hacia fuera, una boca que era una fina ranura blanca. El cráneo conservaba unos cuantos mechones dispersos de pelo blanco».
Así es como describe Carmady al general, un casi muerto que al menos demuestra cierta cortesía dentro de aquel invernadero de orquídeas en las que el detective está a punto de desvanecerse víctima del calor y el penetrante aroma de las plantas:
—Brandy —dijo el general—. ¿Cómo le gusta el brandy, caballero?   
—De todas las maneras —dije yo.
El general Winslow contrata a Carmady para dar con su yerno, con el cual tenía una estupenda relación, ya que le parece extraño que haya desaparecido sin despedirse de él.

Por deseo del general, Carmady habla con la señora O’Mara (Vivian en la novela). La hija del general le pone al día de su relación con su marido antes de que este desapareciera, pero de poco más. Antes de dejar los terrenos de la mansión Winslow conoce a Dade, el hijo de la señora O’Mara, un niño de unos diez años bastante peculiar. El chico no tiene equivalencia en la novela, aunque en algunos aspectos juegue el papel de Carmen Sternwood, la hija pequeña del general en El sueño eterno.

Siguiendo la pista sobre la que lo ha puesto Larry Batzel, Carmady se ve envuelto en una serie de asuntos que se saldan con sus correspondientes tiroteos, en los que el detective privado demuestra ser un tirador avezado en las circunstancias más inverosímiles.

Para acabar con el tema de la canibalización, decir que las tramas de ambos relatos se entrelazan, así como sus personajes, formando un conjunto muy superior en calidad al de las dos unidades de las que parte. Por este motivo te vuelvo a recomendar que leas primero El sueño eterno y luego estos dos relatos que he reseñado.

Bajó el telón

El telón al que hace referencia el título no es el de un espectáculo, sino el de la vida de las personas, que también puede ser espectacular, tal como lo es la obra de Chandler.

Aunque llegó algo tarde al movimiento hard-boiled, supo darle nuevos aires y sacarlo de los carriles por los que discurría. Admiraba a Hammett: «Y él demostró que el relato de detectives puede ser una forma de literatura importante. Puede que El halcón maltés sea o no una obra genial, pero un autor que es capaz de esa novela no es, en principio, incapaz de nada. En cuanto a que un relato detectivesco puede ser tan bueno como ése, sólo los pedantes negarán que podría ser mejor aún».

Pero tenía el convencimiento de que se podía llegar más allá de lo que lo había hecho quien fue su referente, que este género literario tan denostado por algunos podía elevarse a cotas nunca antes alcanzadas. Chandler defendió que el género era LITERATURA con mayúsculas, tanto con el ejemplo de su obra de ficción como con la defensa explícita de la de no ficción.

Estos dos relatos que he reseñado no son el mejor ejemplo para lo que he hablado en el párrafo anterior, pero como dijo Joseph Shaw, el editor de Black Mask: «vino a nosotros ya maduro; sus primeros relatos no dejaban ya nada que desear. Nunca existió la menor duda sobre el éxito final de Ray».
Si quieres disfrutar de ese Chandler de altos vuelos tendrás que leer sus novelas.

Puedes consultar el programa de la Semana Negra en la Glorieta pinchando AQUÍ.

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Colaboraciones en la Semana Negra en la Glorieta
de José Javier Navarrete
➤Reseña de «El asesino bajo la lluvia», de Raymond Chandler
➤Reseña de «El telón», de Raymond Chandler
➤«Con Black Mask como excusa
»
➤Reseña de «El sueño eterno», de Raymond Chandler
➤«Buscaré su sonrisa en la acera», relato.

***

José Javier Navarrete (Madrid, 1964)
Soy licenciado en ciencias físicas y trabajo en un Organismo Público de Investigación. Otro trabajo es el que me da el blog de novela negra josejaviernavarrete.com, del que soy el administrador. En él publico entradas que en su mayor parte son reseñas literarias, sobre todo negrocriminales, y entrevistas a autores de este género. También soy un proyecto de escritor que ha participado en varios talleres literarios y concursos de relatos cortos. Uno de ellos ha sido publicado en Vindicta: III Antología Negrocriminal Cruce de Caminos. En la actualidad estoy inmerso en la escritura de una antología de cuentos y de una novela policíaca.

Sí, eran españoles y murieron en Mauthausen

En Cita en la Glorieta hemos publicado una serie de reseñas sobre novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española escritas por José María Velasco. Dicen que a veces la realidad supera a la ficción, por ello el mismo autor nos introducirá ahora en historias reales del exilio republicano, historias que nada tendrían que envidiar a las aventuras de una novela.

SÍ, ERAN ESPAÑOLES Y MURIERON EN MAUTHAUSEN
José María Velasco
En agosto de 1940 algunos republicanos españoles habían sufrido un cúmulo de desgracias: tras la derrota en la guerra civil, se habían visto obligados a huir de una dictadura que los perseguía con saña, a cruzar la frontera con grandes penalidades, habían sido internados en recintos por sus vecinos franceses, obligados a enrolarse en un ejército extranjero para combatir de nuevo al fascismo, habían visto morir a muchos de sus compañeros y cómo sus aliados les habían vuelto a abandonar en el frente de batalla. Pero aún tendrían que enfrentarse a lo peor.

El avance del ejército nazi capturó a unos trece mil soldados españoles que combatían bajo bandera francesa y habían sido abandonados por sus aliados británicos en su precipitada huida de Dunkerque. Como vestían uniforme del ejército galo fueron trasladados a los mismos lugares de detención que nuestros vecinos, los llamados Stalags, que se encontraban en territorio alemán y donde, en teoría, se cumplían los principios humanitarios de la Convención de Ginebra. Cuando se estableció el primer convenio sobre prisioneros entre Francia y Alemania, el ejército francés no quiso reconocerlos como miembros de sus fuerzas regulares por ser extranjeros. El gobierno alemán se puso en contacto entonces con la dictadura franquista y ésta tampoco quiso saber nada de sus compatriotas. Serrano Suñer, cuñado de Franco, falangista y ministro de Asuntos Exteriores se limitó a decir: “Ésos no son españoles. Hagan con ellos lo que quieran”.

El 5 de septiembre de 1940 se ordenó que los rotspainer o rojos españoles fueran internados en los campos de concentración de categoría 3, adonde iban los detenidos considerados irrecuperables. En ese momento solo Mauthausen tenía esa categoría. Más tarde se crearían otros como Auschwitz, pensados para “la solución final” que pretendía el exterminio masivo del pueblo judío. En 1940 aún no se había desencadenado en toda su intensidad el antisemitismo y el centro de internamiento de Mauthausen había estado ocupado por presos políticos alemanes y austriacos.

La locura había empezado el 6 de agosto de 1940 con la partida del primer contingente con españoles hacia Mauthausen. Dos semanas más tarde salió de la estación de la ciudad francesa de Angulema el primer tren que llevaba familias enteras hacia los campos de concentración. Fueron las primeras deportaciones hacia la muerte. Los vagones de carga transportaban 927 hombres, mujeres y niños españoles. Creían que su destino era el sur, la Francia no ocupada por los nazis; pero pronto pudieron comprobar, por los nombres de las estaciones que veían a través  de las rendijas del vagón, que su destino era Austria. Tras cuatro días de viaje el tren se detuvo. Casi la mitad de aquella “carga”: 430 personas, todos los hombres y los niños mayores de trece años, fueron obligados a salir de los vagones y a separarse de sus mujeres, madres e hijas sin posibilidad alguna de despedirse de ellas. Casi el 90 % de los ellos morirían allí.


Los testimonios de los supervivientes acerca de la llegada a Mauthausen son espeluznantes: el viejo vagón llegando en la oscuridad de la noche, la luz cegadora de los potentes reflectores que comienza a colarse entre los tablones de madera, el silencio que inicia todos los miedos, las pisadas de las botas sobre la arena, el ladrido de los perros, las puertas que se abren y las órdenes gritadas en un idioma extranjero e incomprensible.

El discurso con el que les recibió el comandante del centro no dejaba lugar a dudas: señalando la chimenea, les anunció que ésa sería su única salida del recinto. Más tarde, después de desnudarles y raparles el pelo, les entregaron un uniforme de preso con la estrella azul que identificaba a los apátridas y la S de Spanien (españoles)
.



Las mujeres que se habían quedado en el convoy pasaron varias horas en una vía muerta, sin saber qué les estaba ocurriendo a sus hombres. Finalmente el tren inició un un periplo que, tras adentrarse en Alemania, les llevaría hasta Hendaya. Un día llegaron a estar detenidas durante más de ocho horas dentro de un túnel, en la oscuridad más absoluta. La aviación británica estaba bombardeando la zona. Tras dieciocho jornadas de interminable viaje el tren volvió a detenerse, junto a la frontera con nuestro país. Un guardavías, que oyó el llanto de una niña, se quedó horrorizado al abrir la puerta de un vagón y ver aquella “mercancía”. Las mujeres y niñas fueron recibidas en la España franquista con gritos de “rojas” y “asesinas”.

A los 430 hombres que se habían quedado en Mauthausen el destino les reservaba unas condiciones aún peores. Ellos fueron los primeros españoles en llegar. Hasta un total de 7.300 compatriotas serían registrados allí, donde fueron deportadas cerca de 200.000 personas. Los que superaban los 40 años eran considerados viejos y los que sufrían alguna minusvalía eran asesinados de inmediato. En el aire flotaba el olor a carne humana quemada. Los que no podían resistirlo se arrojaban a las alambradas electrificadas y los más fuertes se enfrentaban al trabajo extra, que consistía en extraer bloques de granito de una cantera situada a pocos kilómetros del Danubio. Allí construyeron la “escalera de la muerte”, por la que debían subir descalzos, a lo largo de sus 186 peldaños, con su pesada carga a la espalda. En lo alto se encontraba lo que los SS alemanes llamaban con ironía “el salto del paracaidista”: una caída libre de ochenta metros, por donde despeñaban a algunos presos por pura diversión.



El primer español que murió, el 26 de agosto, fue un malagueño de Fuengirola: José Marfil. En su honor, sus compañeros republicanos consiguieron guardar un minuto de silencio y hacerle un funeral con honores militares. Es el único acto de esa naturaleza conocido. Los sorprendidos guardias no volvieron a permitirlo. Casi 120.000 víctimas, entre los que se encontraban unos 5.000 españoles, murieron en Mauthausen, que disponía de una cámara de gas capaz de asesinar a 120 personas de forma simultánea.

A pesar de las extremas condiciones de vida, los “rojos” de Mauthausen son recordados por su esperanza en la derrota del nazismo, incluso en los primeros momentos, en los que los alemanes parecían invencibles marchando por toda Europa. Cuando nuestros héroes alcanzaban el escalón 186 susurraban “otra victoria” y de esa manera, los que conseguían sobrevivir, veteranos en la lucha contra la muerte, trataban de ayudar a los nuevos presos. Éstos, provenientes de la resistencia francesa o del frente de ruso, traían noticias del avance aliado a medida que la línea del frente se aproximaba.

Los últimos meses, con la sobresaturación ocasionada por los prisioneros llegados de otros centros del este, las condiciones de vida se hicieron aún más duras. Los miembros más jóvenes del convoy de los 927 formaron parte del comando de los “Poschacer”, que consiguieron salvar los clichés y las fotografías del catalán Francesc Boix. Estos documentos fueron considerados pruebas fundamentales por el Tribunal de Nuremberg para condenar a los principales jerarcas nazis.

El 5 de mayo de 1945, tres días antes de la caída del régimen nazi, las tropas estadounidenses liberaban Mauthausen. Los españoles habían sustituido las banderas alemanas por otras republicanas y en la puerta de entrada habían colocado una gran pancarta donde podía leerse: "los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras".




Tras la caída del nazismo, Franco quiso evidenciar un distanciamiento con Serrano Suñer, principal promotor de la unidad de acción con los alemanes. El dictador temía que los aliados acabaran también con su régimen  y le interesaba alejarse de su cuñado, como primer paso para  un acercamiento a los EEUU. Años más tarde, el franquismo, y Serrano Suñer en particular, trataron de hacerle creer al mundo que desconocían lo sucedido con sus compatriotas en los campos de exterminio.

Afortunadamente los documentos lo desmienten. Entre agosto y octubre de 1940, mientras los primeros exiliados españoles eran deportados, la embajada alemana en Madrid remitió cuatro cartas al régimen franquista, preguntando qué hacer con ellos. Ninguna fue contestada. Meses más tarde una quinta carta tampoco recibió respuesta. Un año después recibieron contestación: “Archívese”.

Tras la II Guerra Mundial, los republicanos sufrieron la última derrota. Los supervivientes la describieron incluso más terrible que los centros de exterminio. Tras la caída del fascismo en Europa, los estadounidenses empezaron a considerar a Franco un posible socio frente a la que consideraban su nueva amenaza: el comunismo. Tras sobrevivir a dos guerras y a las duras condiciones de los campos de trabajo franceses y de los campos nazis de la muerte, los españoles, que habían dado sus vidas luchando por la libertad, volverían a ser abandonados.

Los detalles de sus historias fueron silenciados durante décadas. Incluso con la llegada de la democracia, los medios de comunicación y los estudios universitarios de nuestro país siguieron sin interesarse por ellos. En España hemos visto películas y series de televisión que nos han espantado sobre el trato que dio el fascismo europeo a sus víctimas, todos recordamos imágenes de los uniformes nazis y de los campos de concentración. Pero no pocos saben que algunos de los hombres, mujeres y niños que sufrieron ese horror eran españoles y que el franquismo no hizo nada por ellos.

TV3 produjo un documental titulado El convoy de los 927. Relata la historia de los primeros republicanos deportados a Mauthausen. Debido a su contenido y calidad, es el documental más se ha vendido a otras televisiones. TVE lo emitió dentro de su programa Documentos TV.


Esa verdad incómoda existe. No podemos, ni debemos ignorarla. Los documentos la guardan. En este link están los nombres de todos los españoles víctimas del nazismo. Lamentablemente nadie hará ninguna película con la historia de esta lista, pero debemos honrar su recuerdo.

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Gracias por visitar Cita en la Glorieta,

Javier Alonso García-Pozuelo 
 

José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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El anarquismo en la novela de crímenes del siglo XXI en España, por Gustavo Foreno

El anarquismo en la novela de crímenes del siglo XXI en España, por Gustavo Foreno
De más de mil novelas registradas de los años 2000-2018 con que cuenta mi investigación “La anomia en la novela de crímenes en España”, son varias las que aluden al tema del anarquismo como ideología, opción social o hecho histórico. Algunos escritores se remontan a sus orígenes en el siglo XIX y otros se interesan por su condición actual como opción ideológica y política al capitalismo. Algunos toman el anarquismo como centro de la trama y otros lo bordean, lo incluyen como contexto histórico o ideológico o panorama político del conflicto central. En el siglo XXI unas novelas resultan más implicadas que otras con esa vieja forma de entender la organización social, si así puede definirse, y otras ofrecen relaciones muy sugerentes con este tema. Autores de la más diferente condición, consolidados y no, recrean las circunstancias históricas o contemporáneas de ese movimiento social como respuesta a la crisis del capitalismo.
Un precursor de este último tópico puede ser Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), que en su ya clásica novela La verdad sobre el caso Savolta (1975) ofrece un panorama del conflicto entre los ricos empresarios y los anarquistas con el viejo proyecto de la república en medio. Así lo analizo en “El republicanismo en La verdad sobre el caso Savolta de Eduardo Mendoza”, texto incluido en el libro
República, violencia y género (Bogotá: Siglo del Hombre Editores, 2019) En esta novela se define escuetamente el conflicto social de la siguiente manera: “El rico no necesita al pobre: siempre que quiera lo sustituirá” (p. 169), con lo cual se plantean claramente los bornes del anarquismo.

La explicación histórica del hecho ideológico y político del anarquismo y, sobre todo, su vigencia desde la perspectiva del siglo XXI se pueden verificar en El último avión a Lisboa (2000) de Ricardo Bosque (Zaragoza 1964), que alude al Madrid de los años cuarenta del siglo XX, donde Antonio, acomodador en un cine, se enfrenta al dilema de negar la existencia de su hijo, anarquista desaparecido en 1937, o asumir la posibilidad de su sobrevivencia. Las imágenes de la película Casablanca que se proyecta en el teatro sirven de panorama al conflicto. Por su parte, El hombre que mató a Durruti (2004), de Pedro de Paz (Madrid 1969), tiene lugar en la Barcelona de 1937, en medio de la Guerra Civil española, cuando el comandante Fernández Durán investiga las circunstancias que rodearon la muerte de Buenaventura Durruti, líder anarquista fallecido en el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid en noviembre de 1936. La novela ofrece su propia tesis, un tanto desabrida, respecto de las circunstancias de la muerte del líder anarquista, muy distinta a las de las versiones históricas.

Nadie debería matar en otoño (2007), de José Luis Ibáñez (Rubí, 1961), tiene lugar en el otoño de 1936 que sirve de marco temporal para la investigación del asesinato de tres patrulleros anarquistas por parte de Toni Ferrer, detective privado barcelonés convocado por Juan García Oliver, dirigente anarquista y futuro ministro de Justicia; y Pólvora negra (2008), de Roberto Montero González (Montero Glez) (Madrid 1965), la acción tiene lugar en el año 1906, cuando el anarquista Mateo Morral atenta contra la vida de los monarcas Alfonso XIII con Victoria Eugenia.

A esta breve lista se suma La tiranía del espíritu: o Las cinco muertes del barón airado (2011), de Jorge Navarro Pérez (Barcelona 1962), que tiene lugar en el contexto de desorden y terrorismo de la Barcelona de fin de siglo, donde las relaciones entre la pintura y las opciones políticas tienen su propia lectura.

También Cabaret Pompeya (2011), de Andreu Martín (Barcelona 1949), se recrea en época de bombas y pistolerismo anarquista y el lector tiene la oportunidad de verificar allí, sin maniqueísmos de ninguna naturaleza, el contexto histórico del movimiento social que alcanzó el poder en la Barcelona de la década de 1920. La historia de tres amigos a quienes une entre otras cosas su fecha de nacimiento, 1900, sirve como clave para entender los matices de la política española alrededor del tema. Por su parte, en Serás imbécil (2017), de Antonio Padilla Esteban (Barcelona, 1964), se sabe de una guerrilla urbana anarquista en el marco de la Barcelona de 1949. Durante la dictadura de Francisco Franco, un periodista, César Maristany, investiga la muerte de una muchacha en el Mediterráneo, lo que lo enfrenta a tales guerrillas.

Frente a estas novelas, Lectura fácil (2018), de Cristina Morales (Granada, 1985), asume el riesgo de abordar el anarquismo actual en los márgenes mismos del género negro: cuatro parientas, Nati, Patri, Marga y Àngels, con diversos grados de lo que la Administración considera discapacidad intelectual, comparten un piso tutelado en  Barcelona y declaran ante un juzgado que pretende esterilizar forzosamente a una de ellas. La perspectiva hipercrítica de la autora respecto de los ateneos barceloneses y las opciones libertarias configura una lúcida perspectiva de la vigencia del anarquismo en la España de hoy.

Más reciente todavía, la novela Una tumba sin nombre (2019), de Javier Sagastiberri (Donostia, 1959), relata la historia de Itziar Elcoro, que abandona Bilbao y viaja al Goierri para investigar el paradero de su compañera Arantza Rentería y, por la misma ruta, del asesinato de Ernesto Compson, líder de una comunidad anarquista. La contemporaneidad de esta visión literaria ayuda a comprender la vigencia de la ideología anarquista vinculada con los movimientos sociales que derivaron en el 15 M.
Otras novelas apenas bordean el tema del anarquismo pero resultan muy sugerentes para entenderlo: El nombre de los nuestros (2001), de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), que tiene como personajes a dos soldados de leva, Andreu, el anarquista barcelonés, y Amador, un empleado de seguros madrileño adscrito a la UGT, que se desenvuelven en medio de la política colonial de España en el protectorado de Marruecos en 1921. Por su parte, en Las guerras de Diego (2009), de Jordi Sierra i Fabra (Barcelona, 1947), Diego, hijo de un militar del ejército en misión humanitaria, tiene una experiencia de formación bastante intensa: se acerca a su abuelo paterno, que en su juventud fue un ácrata, para conocer en directo un mundo que en principio ha languidecido.

Interesante también Soles negros (2016), de Ignacio del Valle (Oviedo, 1971), tiene lugar alrededor del año 1949 en Pueblo Adentro, una aldea a pocos kilómetros de Badajoz, centro de la resistencia anarquista extremeña, cuando el capitán Arturo Andrade, miembro la Sección de Información del Alto Estado Mayor, y su amigo Manolete, antiguo compañero de armas en la División Azul, investigan la desaparición y muerte de unas niñas en misteriosas circunstancias. La investigación se vincula con el famoso anarquista Ventura Rodríguez y su familia.

Como explicaba George Lukács para la novela histórica (1966), cierta literatura moderna da cuenta del avance histórico de determinadas fuerzas sociales. Para el caso, resulta evidente que en las novelas de crímenes españolas de los últimos años se percibe una épica del ascenso de un proletariado, llámese hoy colectivos subalternos, población vulnerable, excluidos, marginales, etc., que cada vez más reivindican sus derechos. “Tan solo pretendí hacer la epopeya del proletariado. El proletariado es un telón de fondo y la lucha anarquista también” (Tuñón, 1976, p. 52), afirmó Mendoza hace años explicando el propósito de su obra.

Para Pedro de Paz, en su retrato de Durruti, en 1933 “Comienza a producirse una clara escisión entre el gobierno y las organizaciones anarquistas” (1230). En este novela breve, los límites de la ficción y los datos “fidedignos” de la época llevan al escritor a indagar en un momento muy oscuro de la historia oficial donde las autoridades van al margen de las necesidades de la población y son solo los anarquistas quienes denuncian la brecha. En este caso, el individuo anarquista, excepcional, loco o enamorado, como se le definió siempre, poco tiene de verdad. En realidad, para los escritores de hoy existe una explicación sistémica del anarquista: “…el tal Mateo no actuó solo” (593), se dice en Pólvora negra. En esta novela el personaje hace parte de una red ideológica de carácter internacional y “La historia de nuestro país es la historia de la lucha de las clases altas por hacerse por el poder” (1662), explica Espadón (Nicolás Estévanez Murphy, ministro republicano en la realidad histórica), uno de sus personajes. “En esta partida el destino de campesinos y obreros es nacer para ser explotados, cuanto más mejor” (359), afirma cínicamente uno de los personajes de La tiranía del espíritu: o las cinco muertes del barón airado; a lo que señala otro, “las disputas de los poderosos las sufren los humildes” (4306).

Se puede advertir así que en las novelas de crímenes españolas del siglo XXI el anarquismo puede ser una clave para entender las cuestiones contemporáneas más importantes en torno a la condición del sistema económico dominante. Sobre todo, a partir de la ineludible lectura marxista de la lucha de clases sociales que define a la sociedad.



Trabajos citados

Bosque, Ricardo. El último avión a Lisboa. Combra, 2000.
De Paz, Pedro. El hombre que mató a Durruti. Aladena, 2004.
De Valle, Ignacio. Soles negros. Alfaguara, 2016.
Forero Quintero, Gustavo. República, violencia y género. Siglo del Hombre Editores, 2019.
Ibáñez, José Luis. Nadie debería matar en otoño. Espasa, 2007.
Lukács, G..  La novela histórica. [Traducido al español por de Jasmin, R.]. México: Biblioteca Era, 1966.
Martín, Andreu. Cabaret Pompeya. Edicions 62, 2011.
Mendoza, E. La verdad sobre el caso Savolta. Barcelona: Seix Barral, 2009.
Montero González, Roberto. Pólvora negra. Planeta, 2008
Navarro Pérez, Jorge. La tiranía del espíritu: o Las cinco muertes del barón airado. Seix Barral, 2011.
Padilla Esteban, Antonio Serás imbécil. RPM Edicions, 2017.
Morales, Cristina. Lectura fácil. Anagrama, 2018.
Sagastiberri, Javier. Una tumba sin nombre, Erein, 2019.
Sierra i Fabra, Jordi. Las guerras de Diego. Siruela, 2009.
Silva, Lorenzo. El nombre de los nuestros. Destino, 2001..



Este artículo ha sido expresamente escrito por Gustavo Foreno para la VI SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre de 2019 en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Ha participado en la jornada dedicada a la Género Negro en Latinoamérica, que coordina el escritor panameño Osvaldo Reyes. Puedes acceder al programa completo de la SEMANA NEGRA pinchando AQUÍ.
 
Gustavo Forero
Fotografía: David Estrada
Escritor, abogado y profesor titular de la Universidad de Antioquia (Colombia). Premio a la Investigación de Mayor Impacto de la Alcaldía de Medellín (2016) y Premio a la Investigación de la Universidad de Antioquia (2014). Doctor Cum Laude por la Universidad de Salamanca y magíster de la Universidad de la Sorbona (París IV). Entre sus libros se cuentan: El mito del mestizaje en la novela histórica de Germán Espinosa (2006), la edición anotada de Xicotencatl (2012), La anomia en la novela de crímenes en Colombia (2012), La novela de crímenes en América Latina (2017) y las novelas Desaparición (2012) y Amantes y destructores (2019). Edita los libros del proyecto Medellín Negro y es director del Congreso Internacional de Literatura Medellín Negro y del proyecto “La anomia en la novela de crímenes” actualmente dedicado al género en España.




Reseña de «Los girasoles ciegos», de Alberto Méndez

Esta reseña forma parte de la serie «La Guerra Civil Española en la Literatura», escrita por José María Velasco. Puedes acceder a la relación de libros seleccionados pinchando AQUÍ.

RESEÑA DE «LOS GIRASOLES CIEGOS», DE ALBERTO MÉNDEZ, por José María Velasco
Quince años después de mi primera lectura me acerco a Los girasoles ciegos y descubro un libro de líneas subrayadas, de párrafos enteros marcados por el amarillo ya gastado del rotulador. De inmediato me sumerjo en las historias tristes de sus personajes y el grato recuerdo se vuelve realidad y, en el presente, concluyo que estoy disfrutando de uno de los mejores libros que haya leído nunca.

Me embargan los sentimientos de sus personajes derrotados, a los que ni siquiera el escritor puede salvar de su destino y sufro con sus dudas, sus miedos y sus penas, que conocemos no solo por las diferentes voces narradoras, sino también a través de sus cartas, sus diarios abandonados, que Alberto Méndez, su autor, mezcla con una habilidad que está a la altura de muy pocos.
 

En menos de 150 páginas nos cuenta cuatro historias que aparentemente no tienen ninguna relación. Más tarde, cuando ya es casi imposible no devorar con un placer exquisito cada una esas páginas, descubres que todas están relacionadas. Quizás la más conocida sea la última, la que da título al libro y fue llevada al cine, pero yo prefiero la primera de ellas, la del capitán que no quería formar parte de la victoria y en una de sus cartas duda: 
“tendremos que elegir entre una guerra o conquistar un cementerio”.
El libro es un ajuste de cuentas con los vencedores y una justificación llena de ternura de los vencidos.
“Finalmente viéndoles guerrear como quien ayuda al vecino a cuidar un familiar enfermo, la idea de que eran hombres nacidos para la derrota convirtió a aquellos milicianos en un inventario de cadáveres. Siempre lleva las de perder el que más muertos sepulta.”
No se puede contar más con menos palabras, insinuando otras muchas cosas que un lector inteligente se encargará de deducir o investigar, porque todo está muy cuidado, incluso el vocabulario. Como en mis lecturas infantiles, tuve que acudir al diccionario para precisar ciertos significados: várgano, agrimensor, enteco, abacero, tahalí, falleba, moharra… cuyo descubrimiento ilumina la lectura, aunque se pueden deducir por el contexto; o acudir a internet para situar en el mapa esos minúsculos pueblos de nombres que parecen inventados, pero de los que la cartografía se encarga de confirmar su existencia. La riqueza del lenguaje se mezcla con la sencillez de su narrativa, repleta de frases cortas, simples, pero magníficamente construidas.

El sabor más profundo se encuentra en los matices, en los pequeños detalles que llenan sus páginas, en la geografía precisa de las calles, el detallado itinerario de la camioneta que traslada al capitán desde el frente cercano al centro de Madrid, la diferencia entre los desarrapados milicianos del frente y los soldados perfectamente uniformados de los edificios oficiales, el cajón sin entoldar del camión o el reloj de su abuelo, que no era uno cualquiera, sino un Roskov o simplemente en la poesía de las descripciones:

“Bajo un aire tibio, transparente como un aroma, Madrid nocheaba en un silencio melancólico alterado sólo por el estallido apagado de los obuses cayendo sobre la ciudad con una cadencia litúrgica, no bélica”.
Más allá del Capitán Alegría que decide rendirse a los que van a perder la guerra al día siguiente, nos encontramos con otros personajes que nos enamoran por su sufrimiento: el joven poeta que huye a través de las montañas y, tras la muerte de su mujer en el parto, malvive sus últimas semanas junto al hijo recién nacido en una cabaña rodeada por un paisaje de hambre y nieve; Juan Senra, el profesor de chelo que, como Sherezade,  alarga su vida unos días contando falsas historias heroicas sobre la estancia en la cárcel de Porlier del hijo del coronel que debe condenarlo a muerte; o la del niño que ve cómo su padre, un profesor de literatura de instituto, sufre, desde el armario en el que se ve obligado a esconderse para sobrevivir, el acoso a su mujer por parte de un lujurioso diácono, traumatizado por los acontecimientos de los que formó parte durante la Gloriosa Cruzada. Nos encontramos a personajes que en la dureza de la derrota mantienen lo más importante: la dignidad, porque como confesó su autor:
"Hay momentos en los que no tienes que elegir entre la vida y la muerte, sino entre la dignidad y otra cosa. Yo he querido hacer un canto a la dignidad".
En el momento en el que, años después, cerré por segunda vez la última página de Los girasoles ciegos reviví un sentimiento: la rabia por no poder leer nada más de Alberto Méndez, un traductor, guionista y editor que, aunque siempre estuvo relacionado con la literatura, publicó su primera y única novela a los 63 años. Meses más tarde un cáncer le impidió vislumbrar el éxito que iba a venir: los premios de la Crítica o el Nacional de Narrativa, el medio millón de ejemplares vendidos en sus más de cuarenta ediciones, la película y el favor de un público que no se ha cansado de leer Los girasoles ciegos. No se me ocurre mejor obra para formar parte del temario de literatura de los institutos. Hace unos meses los nietos del franquismo, que vuelven a rozar el poder político, lo sacaron del temario en Andalucía. Por eso, ahora más que nunca, su lectura para los que no lo conocen o su relectura para los que quieran volver a disfrutar de este libro maravilloso, es casi obligada.

En una entrevista le preguntaron a Méndez sobre la nota biográfica que aparecía en la solapa de la novela, donde no constaba ningún libro anterior. Su respuesta me conmueve:

“La verdad es que no he tenido tiempo. Sumando los hijos, el trabajo... el tiempo libre llega muy tarde.”
Mientras escribo este texto leo uno de Antonio Muñoz Molina sobre Cesare Pavese, en el que recuerda una frase del escritor italiano que me ilumina:
“La verdadera impresión de las cosas inolvidables no sucede la primera vez que las encontramos, sino la segunda”.
Pues eso...


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José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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