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Reseña de «Los girasoles ciegos», de Alberto Méndez

Esta reseña forma parte de la serie «La Guerra Civil Española en la Literatura», escrita por José María Velasco. Puedes acceder a la relación de libros seleccionados pinchando AQUÍ.

RESEÑA DE «LOS GIRASOLES CIEGOS», DE ALBERTO MÉNDEZ, por José María Velasco
Quince años después de mi primera lectura me acerco a Los girasoles ciegos y descubro un libro de líneas subrayadas, de párrafos enteros marcados por el amarillo ya gastado del rotulador. De inmediato me sumerjo en las historias tristes de sus personajes y el grato recuerdo se vuelve realidad y, en el presente, concluyo que estoy disfrutando de uno de los mejores libros que haya leído nunca.

Me embargan los sentimientos de sus personajes derrotados, a los que ni siquiera el escritor puede salvar de su destino y sufro con sus dudas, sus miedos y sus penas, que conocemos no solo por las diferentes voces narradoras, sino también a través de sus cartas, sus diarios abandonados, que Alberto Méndez, su autor, mezcla con una habilidad que está a la altura de muy pocos.
 

En menos de 150 páginas nos cuenta cuatro historias que aparentemente no tienen ninguna relación. Más tarde, cuando ya es casi imposible no devorar con un placer exquisito cada una esas páginas, descubres que todas están relacionadas. Quizás la más conocida sea la última, la que da título al libro y fue llevada al cine, pero yo prefiero la primera de ellas, la del capitán que no quería formar parte de la victoria y en una de sus cartas duda: 
“tendremos que elegir entre una guerra o conquistar un cementerio”.
El libro es un ajuste de cuentas con los vencedores y una justificación llena de ternura de los vencidos.
“Finalmente viéndoles guerrear como quien ayuda al vecino a cuidar un familiar enfermo, la idea de que eran hombres nacidos para la derrota convirtió a aquellos milicianos en un inventario de cadáveres. Siempre lleva las de perder el que más muertos sepulta.”
No se puede contar más con menos palabras, insinuando otras muchas cosas que un lector inteligente se encargará de deducir o investigar, porque todo está muy cuidado, incluso el vocabulario. Como en mis lecturas infantiles, tuve que acudir al diccionario para precisar ciertos significados: várgano, agrimensor, enteco, abacero, tahalí, falleba, moharra… cuyo descubrimiento ilumina la lectura, aunque se pueden deducir por el contexto; o acudir a internet para situar en el mapa esos minúsculos pueblos de nombres que parecen inventados, pero de los que la cartografía se encarga de confirmar su existencia. La riqueza del lenguaje se mezcla con la sencillez de su narrativa, repleta de frases cortas, simples, pero magníficamente construidas.

El sabor más profundo se encuentra en los matices, en los pequeños detalles que llenan sus páginas, en la geografía precisa de las calles, el detallado itinerario de la camioneta que traslada al capitán desde el frente cercano al centro de Madrid, la diferencia entre los desarrapados milicianos del frente y los soldados perfectamente uniformados de los edificios oficiales, el cajón sin entoldar del camión o el reloj de su abuelo, que no era uno cualquiera, sino un Roskov o simplemente en la poesía de las descripciones:

“Bajo un aire tibio, transparente como un aroma, Madrid nocheaba en un silencio melancólico alterado sólo por el estallido apagado de los obuses cayendo sobre la ciudad con una cadencia litúrgica, no bélica”.
Más allá del Capitán Alegría que decide rendirse a los que van a perder la guerra al día siguiente, nos encontramos con otros personajes que nos enamoran por su sufrimiento: el joven poeta que huye a través de las montañas y, tras la muerte de su mujer en el parto, malvive sus últimas semanas junto al hijo recién nacido en una cabaña rodeada por un paisaje de hambre y nieve; Juan Senra, el profesor de chelo que, como Sherezade,  alarga su vida unos días contando falsas historias heroicas sobre la estancia en la cárcel de Porlier del hijo del coronel que debe condenarlo a muerte; o la del niño que ve cómo su padre, un profesor de literatura de instituto, sufre, desde el armario en el que se ve obligado a esconderse para sobrevivir, el acoso a su mujer por parte de un lujurioso diácono, traumatizado por los acontecimientos de los que formó parte durante la Gloriosa Cruzada. Nos encontramos a personajes que en la dureza de la derrota mantienen lo más importante: la dignidad, porque como confesó su autor:
"Hay momentos en los que no tienes que elegir entre la vida y la muerte, sino entre la dignidad y otra cosa. Yo he querido hacer un canto a la dignidad".
En el momento en el que, años después, cerré por segunda vez la última página de Los girasoles ciegos reviví un sentimiento: la rabia por no poder leer nada más de Alberto Méndez, un traductor, guionista y editor que, aunque siempre estuvo relacionado con la literatura, publicó su primera y única novela a los 63 años. Meses más tarde un cáncer le impidió vislumbrar el éxito que iba a venir: los premios de la Crítica o el Nacional de Narrativa, el medio millón de ejemplares vendidos en sus más de cuarenta ediciones, la película y el favor de un público que no se ha cansado de leer Los girasoles ciegos. No se me ocurre mejor obra para formar parte del temario de literatura de los institutos. Hace unos meses los nietos del franquismo, que vuelven a rozar el poder político, lo sacaron del temario en Andalucía. Por eso, ahora más que nunca, su lectura para los que no lo conocen o su relectura para los que quieran volver a disfrutar de este libro maravilloso, es casi obligada.

En una entrevista le preguntaron a Méndez sobre la nota biográfica que aparecía en la solapa de la novela, donde no constaba ningún libro anterior. Su respuesta me conmueve:

“La verdad es que no he tenido tiempo. Sumando los hijos, el trabajo... el tiempo libre llega muy tarde.”
Mientras escribo este texto leo uno de Antonio Muñoz Molina sobre Cesare Pavese, en el que recuerda una frase del escritor italiano que me ilumina:
“La verdadera impresión de las cosas inolvidables no sucede la primera vez que las encontramos, sino la segunda”.
Pues eso...


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José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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Presentación de «Habitación 226» en Camarma de Esteruelas

PRESENTACIÓN DE «HABITACIÓN 226», DE PEDRO DÍAZ CHAVERO, EN CAMARMA DE ESTERUELAS
por Equipo de Redacción de Cita en la Glorieta
El viernes 14 de junio Lettere presentó en el Café Galos de Camarma de Esteruelas (Madrid) la novela de Pedro Díaz Chavero «Habitación 226». De maestro de ceremonias ejerció Guillermo Polanco, director de la Asociación Cultural de Camarma. Desde Bilbao vino Manu López Marañón –reseñador de Cita en la Glorieta– que, en febrero de este año, publicó en nuestra revista una crítica de «Habitación 226» que satisfizo a la editorial. Entre el nutrido público que asistió estaba Ignacio Rodríguez, editor de Lettere. Cita en la Glorieta estuvo en Camarma para esta presentación. Damos así inicio a una serie de reportajes con autores bien conocidos y estimados por la revista.

EL AUTOR

Tras una ajustada introducción a los miembros de la mesa, Guillermo Polanco cedió la palabra a Manu López Marañón quien –para aquellos que aún no conocen a Pedro Díaz Chavero– los introdujo en la arrolladora personalidad del autor. Destacó, como no podía ser de otra manera, el paso de Díaz Chavero por la Secretaría de Acción Institucional de la UGT, su perfil concienzudo en aquellas negociaciones para la reforma de las pensiones que llevó él en persona. Recordó López Marañón sus actuales trabajos para el Ministerio de Asuntos Exteriores y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, y cómo es también fundador –y presidente honorífico– de la Asociación para la Difusión del Español y la Cultura Hispánica.

Antes de centrarse en el argumento de la novela, nuestro reseñador no quiso dejar de citar una inolvidable frase del autor (aparece en la solapa de la portada de «Habitación 226»): «He sobrevivido al franquismo, a la democracia y a la posverdad. Ya solo leo y escribo».



Pedro Díaz Chavero, Manu López Marañón y Guillermo Polanco

SINOPSIS DE HABITACIÓN 226

El Pozo del Huevo es el barrio de chabolas de Vallecas donde nace Toñín. En los primeros capítulos de «Habitación 226» abundan episodios de supervivencia, de lucha por la vida al modo de los de «La forja de un rebelde», de Arturo Barea. La primera galería de secundarios creada por Pedro (el padre ausente, la madre prostituta, el tío Simón, el tío Juan, Tomatito) forma un ajustado elenco que da cuerpo a esa corte de la miseria, siempre entre la pillería y el esperpento. Toñín, como el chico de «La mirada inocente» pierde también pronto la inocencia. –En la mejor novela de Simenon también hay un chaval sensible cuya madre recibe a sus amantes en un pisito del arrabal parisino–. Las duras circunstancias en las que se ve envuelto Toñín lo arrastran prematuramente a la edad adulta, una edad cínica y encallecida en su caso, que marca el desarrollo de «Habitación 226». Mientras al chico de la novela de Simenon lo salvaba la calle, el mercado de abastos y la pintura, a nuestro Toñín del infierno vallecano lo libra un pueblo de Extremadura y la literatura.

En efecto, bajo los cielos extremeños, en compañía de su amigo Sandalio o en el amor por Lucita, Toñín renace. Pero como reverso, el imprevisto horror: las violaciones infantiles que azotan el pueblo. Un cura pederasta y el hijo del rico comparten gusto por tales desmanes. Y aquí «Habitación 226» entra sin duda en los terrenos de la ficción porque ambos violadores son ejecutados a través de sangrientas venganzas en unas páginas truculentas que poco tienen que envidiar al Camilo José Cela de «La familia de Pascual Duarte». El apoyo de un profesor del colegio –que cree que Toñín tiene madera de universitario–, oxigena tanta desdicha y abre al futuro una puerta de esperanza.

OPINIÓN DEL RESEÑADOR

Dijo Kafka: «Si el libro que leemos no nos despierta como un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?». El acierto de una novela como «Habitación 226» se basa en que lo que se cuenta está atado al autor, en destilar eso que se llama «verdad literaria»; en que el autor ha sabido colocarse a la altura de sus propios personajes, incluso de los que puedan parecernos más abyectos. Una novela es una maquinaria que funciona en conjunto y no admite que se desmiembren las piezas. Pedro consigue darnos esa potente impresión convirtiendo a su memoria en una rebelde desazón. «Habitación 226» no es una guarida en la que el autor se agazapa temeroso ni, mucho menos, la complacencia de una legitimidad: a la memoria de Pedro la azota una desagradable intemperie de la que solo se sale luchando duro en la vida.

Llegado este momento, Manu López Marañón dejó paso al autor, Pedro Díaz Chavero, que leyó unas páginas sobre lo que para él, como autor es «Habitación 226».

EL AUTOR NOS HABLA SOBRE SU OBRA

«Habitación 226» es el relato de las aventuras de un niño de alrededor de 14 años en un mundo mísero, sórdido, cruel… La España de los 60. El niño se enfrenta a hechos horribles con la mirada inocente pero con la actitud de un héroe, de un líder que imparte, de manera inconsciente, justicia, provocando en el lector la aceptación y a veces el requerimiento de respuestas a estos hechos cuanto menos controvertidos.

Es una novela escrita consecuentemente, repleta de dilemas morales, de trampas, que no deja a nadie indiferente y que según algunos lectores provoca un torrente de emociones, un mar de sentimientos, curiosamente muy diferentes en cada uno de ellos, dejando al desnudo sus principios morales, sus prejuicios, sus miedos y sus convicciones. He recibido desde las más fervorosas felicitaciones hasta amenazas, desde «este libro ha cambiado mi vida» hasta «este es el primer libro que me planteo no tener en mi biblioteca».

«Habitación 226» no es, por tanto, un libro de entretenimiento, no es un relato para gustar: es una novela, parafraseando a Kafka, que muerde.

Atiborrados de historia novelada, de novela barata, de novela negra y cine barato, con este relato he pretendido, además de curar mis heridas como escribo en el mismo, abrir las tuyas, las del lector, ignorante de lo que pasó u olvidadizo con aquellos hechos.

En palabras de Paul Auster, «la escritura es una actividad para seres heridos, por eso los escritores crean otra realidad». No es mi caso, en «Habitación 226» no he creado ninguna realidad, he contado una verdad incontrovertible, unos hechos verídicos con escasas concesiones, las justas, a la ficción, a la imaginación. Tengo que confesar que lo escribí para mis hijos, para enseñarles a aceptar la vida sin dejar de luchar y para que los principios que la rijan sean la amistad, el espíritu de supervivencia, el compromiso, la ambición y la lucha por la justicia.

Me queda deciros que no tuve alternativa para elegir el tiempo en el que transcurre la acción, ni el recurso literario para contarla. Solo la autobiografía relatada por un niño podía tener la fuerza necesaria, el impacto suficiente, para provocar al lector, para herir su comodidad, su olvido. El franquismo, esa etapa oscura, mísera, es el lienzo sobre el que he pintado un mundo que aún no ha desaparecido, un mundo del que todo se sabe y nada se habla.

He querido, para terminar, escribir mis propias experiencias, sin temor a ser criticado, sin el crisol de la experiencia y sin ningún deseo de ser halagado o compadecido. Por eso he elegido el yo como protagonista, el niño valiente, ambicioso, como relator de un mundo cruel, inmisericorde. He intentado también dejar constancia de quienes realmente han curtido mi carácter, despedazado mi timidez y abierto mi mente para sobrevivir sin miedo ni prejuicios en este mundo cruel en el que ni el Estado del bienestar ni las redes sociales, por mucho que influyan, podrán borrar nuestros sentimientos, nuestras esperanzas. Me refiero a Kafka,
Cela, Dostoievski, Salinger, Delibes, Sábato y otros, de los que encontraréis notas casi imperceptibles en este relato al que yo prefiero llamar testimonio. Como he dicho anteriormente, fue escrito para mis hijos; no se sale de un mundo así sin grandes convicciones morales, las mismas que he inculcado a mis hijos y que me han permitido llegar hasta aquí casi intacto. Y para explicar la génesis de esta gran construcción moral que ha sido mi vida tenía dos alternativas: o contar que dos voces, una del cielo y otra del infierno, me habían susurrado la novela, o escribir mis recuerdos, como he hecho en «Habitación 226».

Pedro Díaz Chavero y Manu López Marañón



ENTREVISTA A PEDRO DÍAZ CHAVERO
por Manu López Marañón
Terminada la lectura de este sobrecogedor testimonio del autor sobre su novela, retomó la palabra Manu López Marañón, reseñador de Cita en la Glorieta, quien sometió a un minucioso «tercer grado» a Pedro Díaz Chavero:

1. Realidad y ficción en «Habitación 226».

Los límites entre novela, biografía e historia, sus radicales diferencias y sus puntos de encuentro, resultan siempre arduos de fijar. «Habitación 226» es muy especial en esto por tratarse de un libro que resulta imposible de entender dejando al margen los avatares que determinan su nacimiento.

Pedro, querríamos que nos lo confirmaras: ¿hasta qué punto «Habitación 226» bebe de tu biografía, de tus propias experiencias personales?

Para mí cualquier cosa de ficción que escriba un autor bebe de su propia autobiografía. En mayor o menor medida, pero siempre detrás de la escritura está su propia vida, sus experiencias personales. En esta novela cuento mi dura infancia y apenas he cambiado cosas como los nombres y algún lugar.


En tu novela tu alter ego Toñín interviene en dos venganzas que terminan en crímenes. Obviamente, aquí entramos en el terreno de la ficción…

¿En qué otros pasajes significativos de «Habitación 226» tuviste que echar mano de tu imaginación de novelista?

Lógicamente no he matado a nadie, pero sí debo confesarte que todo, absolutamente todo, lo que está escrito en mi novela parte de hechos reales, y, si no, de comentarios escuchados a personas muy diversas y en distintas épocas. Con esa suma he configurado las historias de mi libro: adonde no llega mi memoria ha llegado mi curiosidad y el esfuerzo por enterarme de cómo sucedieron las cosas durante el franquismo, esa etapa oscura y mísera, como acabo de leer.

2. Estilo de «Habitación 226».

Muchos de los más jóvenes novelistas, los nuevos contadores de historias, han perdido el interés por la tradición literaria, desprecian el pasado de su lengua, y su deseo de contar parece proceder más de la ortografía y sintaxis del cine o de los videoclips de la televisión. Tú estilo, basado en la precisión de unas frases cortas como hachazos y de una pureza que a mí me ha recordado, en no pocos momentos, a «El extranjero» de Camus llama hoy, muy favorablemente, la atención de cualquier lector.

Dinos, ¿cómo llegas a este estilo? ¿Te brota del alma espontáneamente o es fruto de innumerables correcciones y depuraciones? ¿O habría que decir que nace como una feliz combinación de espontaneidad y trabajo?

He leído poco a Camus y de él me interesa más su forma de plasmar el nihilismo que el estilo propiamente dicho. Cada escritor tiene su estilo, no sé, es como su forma de respirar, ¿no te parece? Lo que yo puedo decirte es que no me gusta nada la prosa abigarrada y retórica: me resulta insufrible y a la segunda página cierro el libro. El autor tiene que tomarse en serio a su lector y darle la información de manera precisa y contundente, no marearlo con filigranas. Todos los escritores que me gustan, luego hablamos de ello, narran sus historias con un estilo directo que yo he tratado de seguir en «Habitación 226»

3. Construcción del personaje Toñín.

En la novela moderna no hay héroes porque el héroe sólo existe hacia fuera y los personajes de la novela moderna sólo actúan hacia dentro, son torbellinos de su propio malestar, de sus insatisfacciones. Toñín como buen adolescente que es, actúa y no para de intervenir en importantes asuntos y podemos considerarlo un héroe novelesco «a la antigua usanza». Pero si nos resulta un personaje absolutamente moderno e inolvidable es cuando lo hallamos frente a temores e interrogantes profundos, cuando debe actuar «hacia dentro»: ahí aparece su necesidad de salir adelante con las únicas armas de su saber, los recuerdos y su aún escasa experiencia.

Me gustaría que nos contaras cómo procediste a la construcción de Toñín, este personaje imborrable a través de cuyos ojos leemos «Habitación 226».

Toñín es alguien muy ligado a mí, mi alter ego, como dice el Embajador Ricardo Peidró Conde en su estupendo prólogo. Para construirlo, como he dicho antes en la lectura, lo hago a través de la mirada inocente de un niño que tiene ya hechuras de héroe a la hora de impartir justicia. En efecto sus decisiones, llenas de dilemas morales y de confusión, le nacen desde muy dentro. Ello es algo que he debido conseguir plasmar porque «Habitación 226» y su protagonista no deja a ningún lector indiferente provocando en ellos sentimientos muy diferentes y desnudando también sus convicciones, sus miedos. Siempre se ha dicho que el gran acierto de una buena novela son sus personajes. Yo creo haberlo logrado con Toñín.

4. Genealogía de «Habitación 226».

Voy a citar otras dos novelas que me vinieron a la mente cuando leí y reseñé, hace ya unos meses, «Habitación 226» y, también, una película reciente.

«El primer hombre», novela póstuma de Albert Camus, cuenta el regreso del escritor a su país natal, Argelia, donde evoca sus recuerdos de infancia: la vida en una familia pobre, con su madre viuda y su tío, y el profesor de escuela que le enseña a leer. «El viento de la luna» de Antonio Muñoz Molina viene narrada por un adolescente andaluz que sueña con avances tecnológicos en una casa que carece de agua corriente. La España desarrollista vista bajo la perspectiva de un chaval que admira a la NASA mientras recoge la aceituna en cortijos casi medievales. En «Dolor y gloria», última película de Almodóvar, se cuenta una niñez muy pobre abrigada por una madre que sobresale en inteligencia natural y en sus esfuerzos para que la pobreza salpique a su familia lo menos posible en esa cueva donde viven, un habitáculo excavado en tierra con respiraderos.

Dinos, Pedro, si consideras que «Habitación 226» puede emparentarse con alguna de las obras citadas. Es curioso que los tres chavales de las obras citadas tengan todos 14 años, como tu Toñín.
No he visto la película de Almodóvar pero sí he tenido lectores que me han dicho que cuenta una infancia muy pobre y que les ha recordado a mi novela. No sé igual me ha copiado (ríe). Es curioso que digas que todos los niños de esas novelas y el de la película tienen alrededor de 14 años. Considero que esa es una edad muy especial en la vida de un hombre, cuando se está en ese paso de la infancia a la juventud es cuando tienen lugar los sucesos que más marcan la vida. Desde luego, lo que le sucede a Toñín en «Habitación 226» es absoluta y totalmente determinante en su vida. Ahora estoy escribiendo la segunda parte y en ella Toñín, que ya es un joven, toma la determinación de emigrar a los Estados Unidos, concretamente a la Costa Oeste. Veremos qué le sucede allí, pero sin duda lo que le ha acontecido durante «Habitación 226» lo va a llevar consigo siempre arrastras, como una mochila.


5. El amor por la Literatura.

Gracias a la literatura Toñín, en su querer salir del túnel que ha sido su infancia, encuentra algo de claridad. Ricardo Piglia dejó dicho que «la lectura literaria ha sustituido a la enseñanza religiosa en la construcción de una ética personal». En el penúltimo capítulo («Justicia y venganza») de «Habitación 226» Toñín da los títulos de nueve libros para él fundamentales. Son: «Las noches blancas», «Memorias del subsuelo», «Crimen y castigo», «Rojo y negro» (siglo XIX). «Carta al padre», «El árbol de la ciencia», «El lobo estepario», «La familia de Pascual Duarte» y «El guardián entre el centeno» (siglo XX). Con tres títulos a su favor, queda claro que Dostoyevski es el escritor favorito de Toñín.

Querríamos saber: en el caso de poderse llevar sólo un título a una isla desierta, ¿cuál de los nueve libros elegiría Pedro Chavero?

Hoy igual cambiaría «El lobo estepario» por «Los Miserables» y metería también algo de Miguel Delibes. Pero no tengo la menor duda: a una isla desierta me llevaría a
Dostoyevski.

Presentación de Habitación 226 en Camarma de Esteruelas
-14 de junio de 2019-

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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


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Reseña de «Habitación 226», de Pedro Díaz Chavero

RESEÑA DE «HABITACIÓN 226», PEDRO DÍAZ CHAVERO (LETTERE, 2018)
Manu López Marañón
Reseñamos hoy la opera prima de Pedro Día Chavero (Madrid, 1957), maduro en edad, pero que entra en nuestro panorama literario con pujos de jovenzuelo escritor deseoso de romper la pana. Y es que, como bien recuerda Ricardo Peidró Conde, Embajador de España y responsable del prólogo de «Habitación 226», José Saramago empezó su carrera a esa edad…, y todos sabemos adónde llegó.

Un padre ausente al que, sin embargo, poco se reprocha; una madre –Antonia– a la que le cuesta mostrar un cariño escondido tras sus silencios y enfados; la abuela –Regina– modelo de libérrima vitalidad; el abuelo –Manuel– que exhibe fortaleza y la necesidad de crearse un mundo ajeno a la miseria que le rodea… Estos son algunos personajes que conforman el devenir de Antonio Díaz –Toñín, parcial alter ego de Pedro Chavero–, chaval de 14 años capaz de alzar del suelo una existencia propicia con bien poco: la luz del sol, los juegos con sus amigos, la libertad de sentir el aire extremeño en la cara, y su ambición de ser ese médico que cure el cáncer, mortal enfermedad que se ha llevado a su abuela tan querida.

Encuentra así Toñín  paliativos a esa soledad que inevitablemente acompaña a la dignidad de la pobreza: en él mismo, en esa fosa oscura llena de la suficiencia de un espíritu libre que, sin embargo, desconoce todavía el ejercicio de la libertad individual que suele acompañar al nihilismo adulto. Orgullo, dignidad, pueblo y sol, son elementos tangibles con los que edifica el universo de su primera adolescencia: estrecha en lo económico e infinita en la fuerza de los sueños. Aunque esa infinita soledad, a pesar de todo, gane a menudo a cualquier deseo y –perdido en ella– Toñín sólo encuentre en su seno la barbarie de los hombres…

El chaval se halla frente a temores e interrogantes profundos donde la necesidad de saber y sus recuerdos no pocas veces se enfrentan entre sí. Será su amor por la Gran Literatura (enjundiosos listados de novelas aparecen en «Habitación 226») lo que haga que el protagonista busque en el estímulo de la superación personal algo de claridad, más fácil de encontrar fuera de Madrid: en los cielos de Extremadura, en compañía de su amigo Sandalio o en el amor por Lucita. Pero como reverso de la trama aparece el descarnado horror de las violaciones infantiles: un cura pederasta y el hijo del rico del pueblo comparten gusto por tales desmanes. Ambos serán ejecutados a través de modélicas venganzas en unas páginas truculentas que poco tienen que envidiar al Camilo José Cela de «La familia de Pascual Duarte». El apoyo de algún profesor del colegio, que cree que Toñín tiene madera de universitario, oxigena tanta desdicha y abre una puerta al futuro.

«Habitación 226», desde el campo de la ficción, aporta trazos de relato autobiográfico, algo bien atornillado por ser una narración pródiga en dolorosos recuerdos (de esos que resulta imposible inventar) que describen con certeza orígenes pobres, no retrocediendo ni ante la comprensión hacia aquellos que pusieron múltiples cortapisas en la vida de Antonio Díaz, ni, por supuesto, olvidándose de quienes posibilitaron que llegara a forjarse un futuro.

El estilo literario de Pedro Chavero en «Habitación 226» es sencillo. Busca conmover al lector a través de una pureza que no admite otros adjetivos que los de la verdad. El escritor madrileño dota a su obra de una intensidad que, por momentos, es conmovedora dentro de la naturalidad de una prosa que sabe meter el dedo en esa llaga invisible para algunos, pero que resulta sangrante para lectores sensibles. Es en esa habilidad de alcanzar lo más hondo del corazón donde radica tanto la generosidad humana de Chavero como su inteligencia de autor capaz de dotar a la vida de una épica única y consistente: de la mano de su protagonista absoluto –Toñín– caminamos por la vida sin otro adorno que el de la soledad que acompaña a la dignidad de la pobreza.

Pensé que todos, ricos y pobres, borrachos y asesinos, reyes y esclavos, pasaríamos por la 226 antes o después, y que ese camino podría ser corto y difícil si uno no se andaba con cuidado. A partir de aquella visita al hospital y de aquella muerte, siempre que veo a alguna persona que se cree alguien (no soporto la soberbia, la arrogancia), pienso: “Tú también vas a pasar por la 226 y te mearás encima y pedirás perdón como Santiago.”
Leyendo a Pedro Chavero es imposible no recordar «El primer hombre», la novela póstuma del premio Nobel Albert Camus, cuyo saludable influjo lo encontrábamos también en «El viento de la luna», otra dura historia de iniciación protagonizada por gente humilde con ganas de comerse el mundo y que publicó en 2006 Antonio Muñoz Molina.


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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


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