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«La valiente piconera», de Priscilla Velázquez Rivera - Reseña y entrevista

Reseña de «La valiente piconera», de Priscilla Velázquez. Ayuntamiento de Toledo (2019), 
por Manu López Marañón

De exigentes, como poco, cabría calificar a los miembros del jurado que conceden los premios del Concurso de Narrativa Femenina «Princesa Galiana»: que el accésit –reservado para la obra de una mujer novel– quede desierto suele ser, para ellos, lo habitual. Esto ya es un punto a favor de la obra que este año se lo ha llevado: «La valiente piconera», firmada por la dominicana Priscilla Velázquez.

El «Princesa Galiana» busca premiar novelas que incorporen una visión de la sociedad no discriminatoria por razón de género. Las bases piden que la temática verse sobre cualquier aspecto humano que contribuya a resaltar la figura de la mujer. En su XVII edición el primer premio ha correspondido a «Una flor entre la avalancha», de Carlos Fueyo Tirado, y el accésit al título que hoy nos ocupa en la Glorieta.

La identificación de la dominicana Carmen Vélez con la modelo que sirvió al pintor cordobés Julio Romero de Torres (1874-1930) para su último cuadro, el más famoso –y obra cumbre de su arte– «La chiquita piconera», es punto de partida para esta fascinante narración que viaja, con alternancia de primera y tercera persona, a través de tres países (España, República Dominicana y Colombia) y durante dos siglos (el XX y el XXI). En efecto, el parecido físico de Carmen con María Teresa López, símbolo de la belleza cordobesa (ambas son delgadas y estilizadas, de ojos almendrados y, por si fuera poco, comparten un mismo cabello de bruñido color picón –el picón era el fino carbón usado para los braseros–), resulta evidente. Pero a la narradora Priscilla Velázquez, hábilmente proyectada en sus dos protagonistas, le interesa resaltar correspondencias más profundas que las derivadas de unas coincidencias anatómicas.

A María Teresa López, a la vuelta de la Argentina donde sus padres han estado trabajando, la descubrimos, ya con 13 años, yendo a posar al estudio del pintor Julio Romero de Torres. Su familia, para subsistir, necesita del dinero que cobra la adolescente. Pronto surgen sospechas de que el artista (a quien, debido a una dolencia hepática, restan apenas dos meses de vida), estimulado por los posados de María Teresa, se acuesta con su modelo; un falso rumor que prende por las callejuelas de Córdoba. Rafael, mozo de ultramarinos, aprovecha este revuelto clima para requebrar a una confundida María Teresa, la cual, tras preparar su arcón de esponsales «pobre pero rico en esperanza», se dispone a casarse con Rafael, más por acallar habladurías que por un verdadero amor. La prematura muerte de la hija, Paquita, colabora a que María Teresa pronto desee dejar a su impulsivo y destemplado marido, pero los padres la obligan a seguir con él. Estamos en 1935.

Carmina, de 13 años, vivió con su familia en un pueblo de la República Dominicana hasta los 7 años. Tiene un hermano, Felipe, y el padre es un médico que pasa consulta. Convencido de que su hija tiene un lío con un vecino, el doctor no duda en emplear con ella violencias físicas. Tempranamente casada con un «hombre» llamado Juan de Dios el matrimonio de Carmen resulta un fiasco debido sobre todo a la bajísima actividad sexual (impotencia habría que llamarla mejor) del marido, algo, a todas luces, motivo de causa de nulidad. Sin embargo, el médico obliga a Carmina a mantener la fachada durante 8 años («Una mujer seria que se respete no abandona al marido» aleccionará, sentencioso). Por su parte la madre tiene el convencimiento de cómo su hija ha sido infiel casi desde el mismo día de la boda. La relación decae y decae hasta el punto de ser Juan de Dios quien abandona a Carmen sumiéndola en una honda depresión. Estamos a finales de los 90.

Evitando subrayados e innecesarias explicaciones para que el lector infiera conclusiones, así, la autora crea, en esta inicial correspondencia, el tono estilístico que ya no abandonará a su novela. Combinando eficazmente primera y tercera persona, ambas protagonistas, tempranamente golpeadas por la vida, «sienten el vómito en la boca» ante las injustas situaciones padecidas. Sorprende que –con 60 años de diferencia– en República Dominicana se den comportamientos de dominio paternal como los que habitualmente sufrían los hijos en aquella España prebélica de los años 30. Gracias a un dominio técnico inhabitual en una novel «La valiente piconera» ofrece potentes saltos temporales de imperceptible habilidad. El lector por ejemplo advierte, sin apenas percibirlos, contrastes como los que se dan entre ambos maridos (Juan de Dios y Rafael), y, a la vez, es capaz de extraer las múltiples similitudes entre épocas y países tan geográficamente distantes.

Tras divorciarse de Rafael (la efímera II República española aprobó este derecho) María Teresa López trabaja en un taller de costura y en una peluquería. Durante una procesión de la Semana Santa cordobesa se enamora de un nazareno gitano. El gitano resulta ser el torero Cappi, gaditano de Jerez. En un tentadero nocturno la pareja conoce las delicias físicas del amor. Echada en brazos de su pasión, la relación de María Teresa queda consolidada en el tórrido fin de semana pasado en Palma del Río junto a su deseado e insaciable amante.

Carmen conoció a Juan de Dios ya en Santo Domingo y allí consigue divorciarse de él. Ahora cualquier oportunidad es buena para sacarla de su apartamento, donde, después de la oficina, ella tiende a recluirse para regodearse culposamente en su reciente ruina matrimonial (se mortifica viendo videos de su boda). En una fiesta a la que le obligan a acudir los compañeros del trabajo se deja seducir por un extranjero. En el grupo corporativo al que ahora presta sus servicios (Carmen dirige el departamento de planeación) ha conocido al español Ignacio, el que será segundo marido y padre de su hijo Aitor. El inicio del romance coincide con la voluntaria renuncia de Carmen a su trabajo, tras muchos años en esa multinacional. A cambio, se hace con un gimnasio que ella misma dirigirá. Tras un fogoso fin de semana en La Habana, la pareja toma la decisión de vivir juntos.

Avanzando en el tiempo las dos historias –pero siempre manteniendo los 60 años de distancia– en esta nueva correspondencia el sexo toma protagonismo. Tras la represión familiar sufrida durante sus primeros matrimonios, tanto Carmen como María Teresa –por fin emancipadas– explotan literalmente en brazos de Ignacio y Cappi. Estamos ante páginas de gran intensidad, no solo amorosa, también de celebración de la vida, de apurar hasta el límite cualquier placer que se ponga a tiro, algo que el lector entrado en años envidiará al despertar en él nostalgias por aquellos lejanos tiempos en que todo resultaba primerizo y palpitante. El derecho de la mujer a expresarse sexualmente de forma plena sigue siendo –todavía– una reivindicación del feminismo militante. María Teresa y Carmen saben muy bien qué significa proceder de situaciones de represión provocadas por entornos familiares castradores, ofreciendo a mujeres actuales, a la hora de ayudar a tomar conciencia, unas buenas pautas de conducta. En el siglo XIX el escritor francés Gustave Flaubert (sin duda harto de tener que comparecer ante los tribunales por su «Madame Bovary») manifestó: «El pudor en el arte es una idea que solo puede provenir de un imbécil. El arte, incluso en sus desvíos más impúdicos, es púdico si es bello y grande». Inserto esta cita porque creo que nadie debería incomodarse, a estas alturas del partido, por el desprejuiciamiento con que Priscilla Velázquez muestra a las parejas de su novela: sus dos mujeres se cobran en sus tálamos una legítima revancha ante situaciones heredadas desde el origen de los tiempos y mostrarla es de recibo. Siguen siendo modélicos los hiatos espacio-temporales, apoyados siempre por una afinada técnica que recuerda al montaje en paralelo empleado en el cine. Los fines de semana de los incipientes novios –en La Habana y Palma del Río– regalan anáforas muy bien aprovechadas por la atenta autora para rematar psicologías.

Del desenlace, con el cotidiano discurrir de los matrimonios de Carmen e Ignacio y de María Teresa y Cappi, no desvelaré mucho. Sí diré que a los lectores esperan dolorosos episodios, situaciones llevadas al límite, una ciudad desapacible y violenta como es Bogotá («La urbe lúgubre de llovizna insomne», como la llamó García Márquez), erosiones conyugales (que recuerdan las mejores páginas de «Revolutionary road», la obra maestra de Richard Yates), vejeces y adioses… ¡Ah! Y también el sorprendente nexo que Priscila Velázquez desarrolla en los capítulos finales para trenzar narrativamente ambas historias… Una litografía y ese represaliado republicano –bilbaíno para más señas– experto en contabilidad, van a ayudarla.

Debo reconocer que no había leído a ningún autor dominicano. Creo que a muchos españoles les sucederá algo parecido. La Feria del Libro de Madrid de 2019 se celebra entre el 31 de mayo y el 16 de junio. Este año el país invitado es la República Dominicana y no puedo imaginar su caseta sin abundantes ejemplares de «La valiente piconera». Aprovechen esta fiesta de la Cultura para descubrir la literatura dominicana de la experta mano de Priscilla Velázquez. No se arrepentirán.


Entrevista a Priscilla Velázquez Rivera, por
Manu López Marañón


1. Nos ha llamado muy favorablemente la atención que, para su debut literario, Priscilla Velázquez haya elegido un tema intimista en vez de otro más trillado en forma de investigación criminal o crónica histórica.

¿Cómo, cuándo y por qué decides pergeñar «La valiente piconera»?

Desde siempre he escrito, cartas para mí, ensayos, poesía. Mi escritura es un alivio, un grito, nace de las heridas o de sentimientos muy intensos, buenos o malos. Mi mudanza a Colombia no fue opcional, era la mejor decisión para mi familia, no la más apetecible para mí. Me angustió dejar de ser lo que había sido: empleada, empresaria. Pero sin duda eso me permitió encontrar mi verdadera vocación. Descubrí que había dejado de hacer lo que siempre había hecho. No de ser. Siempre uno es. Entonces dediqué horas a este ejercicio literario, que disfruté mucho al hacerlo, y parece que salió bien. El tema surgió una noche en mi salón, necesitaba una pared universal donde rebotara la historia y recordé una agradable cena con el único primo de mi marido, que estableció la semejanza entre María Teresa y yo. Me pregunté: ¿por qué no?

¿Has sido consciente de ir en contra de las tendencias comerciales imperantes hoy en día?
 

Escribir es un acto de fe. El premio a la escritura es la escritura, esa fue mi recompensa al escribir cada capítulo. Nunca pensé en el valor comercial, siempre en el literario. Sin embargo he encontrado críticos que apuntan que en un momento como el actual en que la igualdad entre hombre y mujer domina el mundo político y social, una novela con dos protagonistas como estas, con un trasfondo social importante (imponerse –o resurgir– frente al machismo imperante) podría tener un público asegurado. Otros han dicho que es una historia bastante cinematográfica. Fácilmente adaptable a un guion de cine, que contiene varios de los elementos que triunfan: no una, sino dos historias de amor y algo de buen sexo. Adicionalmente, dicen que en los próximos años, la literatura «de mujer y para mujer» venderá. ¡Ojalá, mi novela tenga esa suerte!, digo yo.

¿Has apostado por el riesgo o la necesidad interna de contar tu historia arrambló con todo?

Considero que la escritura es destino. Escribo porque no lo puedo evitar, es un llamado impostergable, y cuando lo hago no existe nada más, no espero otra cosa diferente a una obra digna. Cuando se disfruta el camino, la obra se labra su destino. Creo que la vida es interesante y variada, que merece ser inspeccionada y narrada para, desde luego, transformarla. Ese es el servicio de mi novela.

2. Tu novela está armada a base de confrontar narrativamente las vidas de la modelo María Teresa López (personaje real) y la de Carmen Vélez (personaje de ficción).

En el caso de María Teresa,

¿Has tenido que realizar mucha labor de documentación para construirla? ¿Visitaste lugares en los que se desarrolló la vida de esta mujer?

María Teresa López existió. El lienzo es patrimonio de la pintura universal. Julio Romero de Torres también es un personaje real. ¿Qué si basé mi novela en hechos históricos? Definitivamente honro los hechos históricos y la cronología, eso da coherencia a la novela, credibilidad. Pero no es una novela histórica. Parto de una historia real y creo la ficción especulativa. Me inspira y apasiona pensar que detrás de las pinturas, de los lugares, de los reyes, o jefes de estado, en fin de las grandes personalidades, hay humanidad y las recreo.

Conozco Córdoba, sin embargo desandé los pasos de María Teresa virtualmente. No conozco Cádiz, ni la ruta de Cappi y su Maestro, pero pude saborear cada plato preparado por el gitano, cada posada en que hicieron el amor en la novela, como si estuviese allí.


Respecto a Carmen Vélez, dominicana como tú,

¿Tiene algo en común contigo este personaje? ¿Aprovechaste para construirlo alguna vivencia personal?

Escribo desde la memoria y la imaginación. En Carmen, hay rasgos autobiográficos sin duda. Pero no es una autobiografía. Hay recuerdos míos y de otros que una hace suyos y se funden al servicio de la novela. Así que los personajes de mi libro son construcciones inexactas, los recuerdos son tramposos. Los padres de Carmina y María Teresa; los primeros y segundos maridos de ambas; pueden haber existido o no, o ser peores o mejores en la realidad.

3. Naciste en República Dominicana, estás casada con un vasco que se crió en Madrid, y ahora vives en Colombia. Países que comparten un mismo idioma pero cada uno con temperamentos propios.

¿Consideras que estos desplazamientos geográficos han sido beneficiosos para tu novela; es más, dirías que, sin ellos, quizá jamás la hubieras escrito?

La hubiera escrito, con certeza. Sin esos desplazamientos, sin mi vasco madrileño, sin su primo, tal vez no reivindicara la vida de la musa cordobesa, pues definitivamente la conocí por mi cercanía con España. Carmina existiría sin duda. María Teresa tal vez no. Cada libro tiene su propia génesis: a veces son memorias mezcladas con una idea, como en «La valiente piconera», a veces una idea que surge y te corroe hasta que la dejas salir, como en mi segunda novela que escribo. Lo que sí le puedo asegurar es que una vez siento lo que quiero narrar y cuál será la voz que lo hará, entro en trance, solo pienso en ello, me olvido del mundo y me desinflo frente al computador. Me cuesta regresar a la realidad.

Respecto al idioma elegido para narrar «La valiente piconera» nos ha resultado de una lectura poco complicada a nivel léxico: ni en Córdoba ni en Santo Domingo ni en Bogotá has recurrido en exceso a localismos o modismos.

¿Has optado por un castellano digamos «estandarizado» para facilitar la lectura, o ha sido una decisión tomada para aglutinar mejor todas las tramas?
Evité usar modismos geográficos. En los personajes dominicanos, solo recurrí al uso que hacemos del pronombre antes del verbo «¿Cómo tú estás?» y a varias palabrotas muy caribeñas en Carmina y su madre. Fue más fácil el trabajo lingüístico con María Teresa y los personajes vascos, teniéndoles en casa. El seseo paisa, la prolífica elegancia del bogotano estaba a la mano. Realmente creo que el servicio de la novela «La valiente piconera» está más en su trama, sin demérito del lenguaje, que en las culturas de sus geografías. Mi segunda novela, sin embargo, tiene un personaje de otro país y otra cultura, que conlleva un trabajo lingüístico importante si quiero que trascienda y sea verosímil. Hasta ahora es lo que más me ha costado.

4. Priscilla, necesitamos tu colaboración para conocer algo más de la literatura dominicana. Tu país está invitado este año a la Feria del Libro de Madrid y no serán pocos los lectores que se acerquen a vuestra caseta interesados por conocer autores y obras de República Dominicana. Aparte de «La valiente piconera», que, sin duda, ocupará lugar estelar.

A pesar de haber tenido escritores desde los primeros años de la colonia, la República Dominicana no se distingue por tener la existencia de una industria editorial fuerte. Hasta época reciente los libros se publicaban en ediciones de autor con tiradas que no sobrepasaban los mil ejemplares. ¿Por qué? Ausencia de un público lector amplio y deficiencias en el sistema educativo. Después de la entrada de la imprenta en el XVII y del impulso que da la mano de obra extranjera en la industria azucarera se publican algunos folletos y llega a haber doce periódicos. Surgen sociedades culturales como Amantes de las Letras, de la Luz y Amigos del País. Luego en 1930 a 1978 es una etapa interesante, llegan los exiliados de la guerra civil española sacerdotes, profesores, escritores, empujan la edición. Colecciones de pensamientos dominicanos, libros de corte político por la ocupación americana, reedición de clásicos de Pedro Henríquez Ureña, Juan Bosch y Marrero Aristi y el surgimiento de los concursos literarios a cargo de empresas privadas: Fundación Corripio, Casa de Teatro, Siboney, Grupo E. León Jimenes.

El repunte se da en los 90 con la entrada de editoriales como Cielo Naranja (Berlín), Isla Negra (PR) y Alfaguara que desde 1999 hasta 2014 marca un hito en la historia de la industria editorial de RD publicando a más de 35 autores y profesionaliza el mercado del libro, hasta 2014 cuando es comprada por Pengüin Random House y solo edita textos infantiles. Actualmente el Ministerio de Cultura lleva a cabo programas más robustos para promover la cultura en todos sus géneros incluyendo la literatura y junto a empresas privadas son los motores de la actividad. Que la edición en RD no sea tan prolífera no significa que no tengamos excelentes escritores.

 
¿Puedes decirnos títulos y autores actuales de allí que, para ti, deberían hacerte compañía?

Dominicanos que han destacado reciente e internacionalmente, Julia Álvarez, Medalla Nacional de las Artes 2014 con «En el tiempo de las mariposas» y Junot Díaz, premio Pulitzer 2008 con «La maravillosa vida breve de Oscar Wao».

Los dominicanos clásicos preferidos o aquellos que leí especialmente en el círculo literario que fundé muy joven han sido: Juan Bosch, Balaguer y Marcio Veloz Maggiolo.

Mi escritora dominicana preferida es Carmen Imbert Brugal, pertenece al boom femenino latinoamericano de los 80, en su obra refleja una intensidad filosófica y psicológica tan viva… además, me arrebata su prosa. Sería un honor que ella estuviese allí.


También aprovechamos para preguntarte:

¿Qué autores dominicanos ha influido más en tu narrativa y, ya de paso, cuáles serían tus escritores predilectos, sin limitaciones geográficas ni temporales?

¿Cuáles escritores dominicanos influyen en mi obra? Carmen Imbert Brugal, como ya dije. En cuanto a mis escritores predilectos, siempre he sido una lectora voraz, amante de los grandes clásicos. Creo que todo lo que he leído influye en mi obra, pero si me obligas a mencionar algunos de los que me han inflamado el corazón, te diría que Dostoievski, Tolstoi, Víctor Hugo, Stendhal, Virginia Woolf, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Saramago, Muriel Barbery, Fernando Vallejo, Javier Marías
.

Priscilla Velázquez Rivera

nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.