Mostrando las entradas para la consulta Cela ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Cela ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas

Presentación de «Habitación 226» en Camarma de Esteruelas

PRESENTACIÓN DE «HABITACIÓN 226», DE PEDRO DÍAZ CHAVERO, EN CAMARMA DE ESTERUELAS
por Equipo de Redacción de Cita en la Glorieta
El viernes 14 de junio Lettere presentó en el Café Galos de Camarma de Esteruelas (Madrid) la novela de Pedro Díaz Chavero «Habitación 226». De maestro de ceremonias ejerció Guillermo Polanco, director de la Asociación Cultural de Camarma. Desde Bilbao vino Manu López Marañón –reseñador de Cita en la Glorieta– que, en febrero de este año, publicó en nuestra revista una crítica de «Habitación 226» que satisfizo a la editorial. Entre el nutrido público que asistió estaba Ignacio Rodríguez, editor de Lettere. Cita en la Glorieta estuvo en Camarma para esta presentación. Damos así inicio a una serie de reportajes con autores bien conocidos y estimados por la revista.

EL AUTOR

Tras una ajustada introducción a los miembros de la mesa, Guillermo Polanco cedió la palabra a Manu López Marañón quien –para aquellos que aún no conocen a Pedro Díaz Chavero– los introdujo en la arrolladora personalidad del autor. Destacó, como no podía ser de otra manera, el paso de Díaz Chavero por la Secretaría de Acción Institucional de la UGT, su perfil concienzudo en aquellas negociaciones para la reforma de las pensiones que llevó él en persona. Recordó López Marañón sus actuales trabajos para el Ministerio de Asuntos Exteriores y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, y cómo es también fundador –y presidente honorífico– de la Asociación para la Difusión del Español y la Cultura Hispánica.

Antes de centrarse en el argumento de la novela, nuestro reseñador no quiso dejar de citar una inolvidable frase del autor (aparece en la solapa de la portada de «Habitación 226»): «He sobrevivido al franquismo, a la democracia y a la posverdad. Ya solo leo y escribo».



Pedro Díaz Chavero, Manu López Marañón y Guillermo Polanco

SINOPSIS DE HABITACIÓN 226

El Pozo del Huevo es el barrio de chabolas de Vallecas donde nace Toñín. En los primeros capítulos de «Habitación 226» abundan episodios de supervivencia, de lucha por la vida al modo de los de «La forja de un rebelde», de Arturo Barea. La primera galería de secundarios creada por Pedro (el padre ausente, la madre prostituta, el tío Simón, el tío Juan, Tomatito) forma un ajustado elenco que da cuerpo a esa corte de la miseria, siempre entre la pillería y el esperpento. Toñín, como el chico de «La mirada inocente» pierde también pronto la inocencia. –En la mejor novela de Simenon también hay un chaval sensible cuya madre recibe a sus amantes en un pisito del arrabal parisino–. Las duras circunstancias en las que se ve envuelto Toñín lo arrastran prematuramente a la edad adulta, una edad cínica y encallecida en su caso, que marca el desarrollo de «Habitación 226». Mientras al chico de la novela de Simenon lo salvaba la calle, el mercado de abastos y la pintura, a nuestro Toñín del infierno vallecano lo libra un pueblo de Extremadura y la literatura.

En efecto, bajo los cielos extremeños, en compañía de su amigo Sandalio o en el amor por Lucita, Toñín renace. Pero como reverso, el imprevisto horror: las violaciones infantiles que azotan el pueblo. Un cura pederasta y el hijo del rico comparten gusto por tales desmanes. Y aquí «Habitación 226» entra sin duda en los terrenos de la ficción porque ambos violadores son ejecutados a través de sangrientas venganzas en unas páginas truculentas que poco tienen que envidiar al Camilo José Cela de «La familia de Pascual Duarte». El apoyo de un profesor del colegio –que cree que Toñín tiene madera de universitario–, oxigena tanta desdicha y abre al futuro una puerta de esperanza.

OPINIÓN DEL RESEÑADOR

Dijo Kafka: «Si el libro que leemos no nos despierta como un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?». El acierto de una novela como «Habitación 226» se basa en que lo que se cuenta está atado al autor, en destilar eso que se llama «verdad literaria»; en que el autor ha sabido colocarse a la altura de sus propios personajes, incluso de los que puedan parecernos más abyectos. Una novela es una maquinaria que funciona en conjunto y no admite que se desmiembren las piezas. Pedro consigue darnos esa potente impresión convirtiendo a su memoria en una rebelde desazón. «Habitación 226» no es una guarida en la que el autor se agazapa temeroso ni, mucho menos, la complacencia de una legitimidad: a la memoria de Pedro la azota una desagradable intemperie de la que solo se sale luchando duro en la vida.

Llegado este momento, Manu López Marañón dejó paso al autor, Pedro Díaz Chavero, que leyó unas páginas sobre lo que para él, como autor es «Habitación 226».

EL AUTOR NOS HABLA SOBRE SU OBRA

«Habitación 226» es el relato de las aventuras de un niño de alrededor de 14 años en un mundo mísero, sórdido, cruel… La España de los 60. El niño se enfrenta a hechos horribles con la mirada inocente pero con la actitud de un héroe, de un líder que imparte, de manera inconsciente, justicia, provocando en el lector la aceptación y a veces el requerimiento de respuestas a estos hechos cuanto menos controvertidos.

Es una novela escrita consecuentemente, repleta de dilemas morales, de trampas, que no deja a nadie indiferente y que según algunos lectores provoca un torrente de emociones, un mar de sentimientos, curiosamente muy diferentes en cada uno de ellos, dejando al desnudo sus principios morales, sus prejuicios, sus miedos y sus convicciones. He recibido desde las más fervorosas felicitaciones hasta amenazas, desde «este libro ha cambiado mi vida» hasta «este es el primer libro que me planteo no tener en mi biblioteca».

«Habitación 226» no es, por tanto, un libro de entretenimiento, no es un relato para gustar: es una novela, parafraseando a Kafka, que muerde.

Atiborrados de historia novelada, de novela barata, de novela negra y cine barato, con este relato he pretendido, además de curar mis heridas como escribo en el mismo, abrir las tuyas, las del lector, ignorante de lo que pasó u olvidadizo con aquellos hechos.

En palabras de Paul Auster, «la escritura es una actividad para seres heridos, por eso los escritores crean otra realidad». No es mi caso, en «Habitación 226» no he creado ninguna realidad, he contado una verdad incontrovertible, unos hechos verídicos con escasas concesiones, las justas, a la ficción, a la imaginación. Tengo que confesar que lo escribí para mis hijos, para enseñarles a aceptar la vida sin dejar de luchar y para que los principios que la rijan sean la amistad, el espíritu de supervivencia, el compromiso, la ambición y la lucha por la justicia.

Me queda deciros que no tuve alternativa para elegir el tiempo en el que transcurre la acción, ni el recurso literario para contarla. Solo la autobiografía relatada por un niño podía tener la fuerza necesaria, el impacto suficiente, para provocar al lector, para herir su comodidad, su olvido. El franquismo, esa etapa oscura, mísera, es el lienzo sobre el que he pintado un mundo que aún no ha desaparecido, un mundo del que todo se sabe y nada se habla.

He querido, para terminar, escribir mis propias experiencias, sin temor a ser criticado, sin el crisol de la experiencia y sin ningún deseo de ser halagado o compadecido. Por eso he elegido el yo como protagonista, el niño valiente, ambicioso, como relator de un mundo cruel, inmisericorde. He intentado también dejar constancia de quienes realmente han curtido mi carácter, despedazado mi timidez y abierto mi mente para sobrevivir sin miedo ni prejuicios en este mundo cruel en el que ni el Estado del bienestar ni las redes sociales, por mucho que influyan, podrán borrar nuestros sentimientos, nuestras esperanzas. Me refiero a Kafka,
Cela, Dostoievski, Salinger, Delibes, Sábato y otros, de los que encontraréis notas casi imperceptibles en este relato al que yo prefiero llamar testimonio. Como he dicho anteriormente, fue escrito para mis hijos; no se sale de un mundo así sin grandes convicciones morales, las mismas que he inculcado a mis hijos y que me han permitido llegar hasta aquí casi intacto. Y para explicar la génesis de esta gran construcción moral que ha sido mi vida tenía dos alternativas: o contar que dos voces, una del cielo y otra del infierno, me habían susurrado la novela, o escribir mis recuerdos, como he hecho en «Habitación 226».

Pedro Díaz Chavero y Manu López Marañón



ENTREVISTA A PEDRO DÍAZ CHAVERO
por Manu López Marañón
Terminada la lectura de este sobrecogedor testimonio del autor sobre su novela, retomó la palabra Manu López Marañón, reseñador de Cita en la Glorieta, quien sometió a un minucioso «tercer grado» a Pedro Díaz Chavero:

1. Realidad y ficción en «Habitación 226».

Los límites entre novela, biografía e historia, sus radicales diferencias y sus puntos de encuentro, resultan siempre arduos de fijar. «Habitación 226» es muy especial en esto por tratarse de un libro que resulta imposible de entender dejando al margen los avatares que determinan su nacimiento.

Pedro, querríamos que nos lo confirmaras: ¿hasta qué punto «Habitación 226» bebe de tu biografía, de tus propias experiencias personales?

Para mí cualquier cosa de ficción que escriba un autor bebe de su propia autobiografía. En mayor o menor medida, pero siempre detrás de la escritura está su propia vida, sus experiencias personales. En esta novela cuento mi dura infancia y apenas he cambiado cosas como los nombres y algún lugar.


En tu novela tu alter ego Toñín interviene en dos venganzas que terminan en crímenes. Obviamente, aquí entramos en el terreno de la ficción…

¿En qué otros pasajes significativos de «Habitación 226» tuviste que echar mano de tu imaginación de novelista?

Lógicamente no he matado a nadie, pero sí debo confesarte que todo, absolutamente todo, lo que está escrito en mi novela parte de hechos reales, y, si no, de comentarios escuchados a personas muy diversas y en distintas épocas. Con esa suma he configurado las historias de mi libro: adonde no llega mi memoria ha llegado mi curiosidad y el esfuerzo por enterarme de cómo sucedieron las cosas durante el franquismo, esa etapa oscura y mísera, como acabo de leer.

2. Estilo de «Habitación 226».

Muchos de los más jóvenes novelistas, los nuevos contadores de historias, han perdido el interés por la tradición literaria, desprecian el pasado de su lengua, y su deseo de contar parece proceder más de la ortografía y sintaxis del cine o de los videoclips de la televisión. Tú estilo, basado en la precisión de unas frases cortas como hachazos y de una pureza que a mí me ha recordado, en no pocos momentos, a «El extranjero» de Camus llama hoy, muy favorablemente, la atención de cualquier lector.

Dinos, ¿cómo llegas a este estilo? ¿Te brota del alma espontáneamente o es fruto de innumerables correcciones y depuraciones? ¿O habría que decir que nace como una feliz combinación de espontaneidad y trabajo?

He leído poco a Camus y de él me interesa más su forma de plasmar el nihilismo que el estilo propiamente dicho. Cada escritor tiene su estilo, no sé, es como su forma de respirar, ¿no te parece? Lo que yo puedo decirte es que no me gusta nada la prosa abigarrada y retórica: me resulta insufrible y a la segunda página cierro el libro. El autor tiene que tomarse en serio a su lector y darle la información de manera precisa y contundente, no marearlo con filigranas. Todos los escritores que me gustan, luego hablamos de ello, narran sus historias con un estilo directo que yo he tratado de seguir en «Habitación 226»

3. Construcción del personaje Toñín.

En la novela moderna no hay héroes porque el héroe sólo existe hacia fuera y los personajes de la novela moderna sólo actúan hacia dentro, son torbellinos de su propio malestar, de sus insatisfacciones. Toñín como buen adolescente que es, actúa y no para de intervenir en importantes asuntos y podemos considerarlo un héroe novelesco «a la antigua usanza». Pero si nos resulta un personaje absolutamente moderno e inolvidable es cuando lo hallamos frente a temores e interrogantes profundos, cuando debe actuar «hacia dentro»: ahí aparece su necesidad de salir adelante con las únicas armas de su saber, los recuerdos y su aún escasa experiencia.

Me gustaría que nos contaras cómo procediste a la construcción de Toñín, este personaje imborrable a través de cuyos ojos leemos «Habitación 226».

Toñín es alguien muy ligado a mí, mi alter ego, como dice el Embajador Ricardo Peidró Conde en su estupendo prólogo. Para construirlo, como he dicho antes en la lectura, lo hago a través de la mirada inocente de un niño que tiene ya hechuras de héroe a la hora de impartir justicia. En efecto sus decisiones, llenas de dilemas morales y de confusión, le nacen desde muy dentro. Ello es algo que he debido conseguir plasmar porque «Habitación 226» y su protagonista no deja a ningún lector indiferente provocando en ellos sentimientos muy diferentes y desnudando también sus convicciones, sus miedos. Siempre se ha dicho que el gran acierto de una buena novela son sus personajes. Yo creo haberlo logrado con Toñín.

4. Genealogía de «Habitación 226».

Voy a citar otras dos novelas que me vinieron a la mente cuando leí y reseñé, hace ya unos meses, «Habitación 226» y, también, una película reciente.

«El primer hombre», novela póstuma de Albert Camus, cuenta el regreso del escritor a su país natal, Argelia, donde evoca sus recuerdos de infancia: la vida en una familia pobre, con su madre viuda y su tío, y el profesor de escuela que le enseña a leer. «El viento de la luna» de Antonio Muñoz Molina viene narrada por un adolescente andaluz que sueña con avances tecnológicos en una casa que carece de agua corriente. La España desarrollista vista bajo la perspectiva de un chaval que admira a la NASA mientras recoge la aceituna en cortijos casi medievales. En «Dolor y gloria», última película de Almodóvar, se cuenta una niñez muy pobre abrigada por una madre que sobresale en inteligencia natural y en sus esfuerzos para que la pobreza salpique a su familia lo menos posible en esa cueva donde viven, un habitáculo excavado en tierra con respiraderos.

Dinos, Pedro, si consideras que «Habitación 226» puede emparentarse con alguna de las obras citadas. Es curioso que los tres chavales de las obras citadas tengan todos 14 años, como tu Toñín.
No he visto la película de Almodóvar pero sí he tenido lectores que me han dicho que cuenta una infancia muy pobre y que les ha recordado a mi novela. No sé igual me ha copiado (ríe). Es curioso que digas que todos los niños de esas novelas y el de la película tienen alrededor de 14 años. Considero que esa es una edad muy especial en la vida de un hombre, cuando se está en ese paso de la infancia a la juventud es cuando tienen lugar los sucesos que más marcan la vida. Desde luego, lo que le sucede a Toñín en «Habitación 226» es absoluta y totalmente determinante en su vida. Ahora estoy escribiendo la segunda parte y en ella Toñín, que ya es un joven, toma la determinación de emigrar a los Estados Unidos, concretamente a la Costa Oeste. Veremos qué le sucede allí, pero sin duda lo que le ha acontecido durante «Habitación 226» lo va a llevar consigo siempre arrastras, como una mochila.


5. El amor por la Literatura.

Gracias a la literatura Toñín, en su querer salir del túnel que ha sido su infancia, encuentra algo de claridad. Ricardo Piglia dejó dicho que «la lectura literaria ha sustituido a la enseñanza religiosa en la construcción de una ética personal». En el penúltimo capítulo («Justicia y venganza») de «Habitación 226» Toñín da los títulos de nueve libros para él fundamentales. Son: «Las noches blancas», «Memorias del subsuelo», «Crimen y castigo», «Rojo y negro» (siglo XIX). «Carta al padre», «El árbol de la ciencia», «El lobo estepario», «La familia de Pascual Duarte» y «El guardián entre el centeno» (siglo XX). Con tres títulos a su favor, queda claro que Dostoyevski es el escritor favorito de Toñín.

Querríamos saber: en el caso de poderse llevar sólo un título a una isla desierta, ¿cuál de los nueve libros elegiría Pedro Chavero?

Hoy igual cambiaría «El lobo estepario» por «Los Miserables» y metería también algo de Miguel Delibes. Pero no tengo la menor duda: a una isla desierta me llevaría a
Dostoyevski.

Presentación de Habitación 226 en Camarma de Esteruelas
-14 de junio de 2019-

Si quieres recibir un aviso cada vez que publiquemos una reseña en CITA EN LA GLORIETA, mándanos un mensaje a través del correo electrónico que encontrarás en la sección CONTACTO, indicando "Reseñas".

Muchas gracias por visitar La Glorieta.

nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


¿NOS ECHAS UNA MANO?
Si te gusta alguna de las secciones de este blog, ayúdanos a crecer, compartiendo CITA EN LA GLORIETA en las Redes Sociales.

También puedes seguirnos pinchando AQUÍ.

¡Muchas gracias por la ayuda!

Javier Alonso García-Pozuelo

Reseña de «Habitación 226», de Pedro Díaz Chavero

RESEÑA DE «HABITACIÓN 226», PEDRO DÍAZ CHAVERO (LETTERE, 2018)
Manu López Marañón
Reseñamos hoy la opera prima de Pedro Día Chavero (Madrid, 1957), maduro en edad, pero que entra en nuestro panorama literario con pujos de jovenzuelo escritor deseoso de romper la pana. Y es que, como bien recuerda Ricardo Peidró Conde, Embajador de España y responsable del prólogo de «Habitación 226», José Saramago empezó su carrera a esa edad…, y todos sabemos adónde llegó.

Un padre ausente al que, sin embargo, poco se reprocha; una madre –Antonia– a la que le cuesta mostrar un cariño escondido tras sus silencios y enfados; la abuela –Regina– modelo de libérrima vitalidad; el abuelo –Manuel– que exhibe fortaleza y la necesidad de crearse un mundo ajeno a la miseria que le rodea… Estos son algunos personajes que conforman el devenir de Antonio Díaz –Toñín, parcial alter ego de Pedro Chavero–, chaval de 14 años capaz de alzar del suelo una existencia propicia con bien poco: la luz del sol, los juegos con sus amigos, la libertad de sentir el aire extremeño en la cara, y su ambición de ser ese médico que cure el cáncer, mortal enfermedad que se ha llevado a su abuela tan querida.

Encuentra así Toñín  paliativos a esa soledad que inevitablemente acompaña a la dignidad de la pobreza: en él mismo, en esa fosa oscura llena de la suficiencia de un espíritu libre que, sin embargo, desconoce todavía el ejercicio de la libertad individual que suele acompañar al nihilismo adulto. Orgullo, dignidad, pueblo y sol, son elementos tangibles con los que edifica el universo de su primera adolescencia: estrecha en lo económico e infinita en la fuerza de los sueños. Aunque esa infinita soledad, a pesar de todo, gane a menudo a cualquier deseo y –perdido en ella– Toñín sólo encuentre en su seno la barbarie de los hombres…

El chaval se halla frente a temores e interrogantes profundos donde la necesidad de saber y sus recuerdos no pocas veces se enfrentan entre sí. Será su amor por la Gran Literatura (enjundiosos listados de novelas aparecen en «Habitación 226») lo que haga que el protagonista busque en el estímulo de la superación personal algo de claridad, más fácil de encontrar fuera de Madrid: en los cielos de Extremadura, en compañía de su amigo Sandalio o en el amor por Lucita. Pero como reverso de la trama aparece el descarnado horror de las violaciones infantiles: un cura pederasta y el hijo del rico del pueblo comparten gusto por tales desmanes. Ambos serán ejecutados a través de modélicas venganzas en unas páginas truculentas que poco tienen que envidiar al Camilo José Cela de «La familia de Pascual Duarte». El apoyo de algún profesor del colegio, que cree que Toñín tiene madera de universitario, oxigena tanta desdicha y abre una puerta al futuro.

«Habitación 226», desde el campo de la ficción, aporta trazos de relato autobiográfico, algo bien atornillado por ser una narración pródiga en dolorosos recuerdos (de esos que resulta imposible inventar) que describen con certeza orígenes pobres, no retrocediendo ni ante la comprensión hacia aquellos que pusieron múltiples cortapisas en la vida de Antonio Díaz, ni, por supuesto, olvidándose de quienes posibilitaron que llegara a forjarse un futuro.

El estilo literario de Pedro Chavero en «Habitación 226» es sencillo. Busca conmover al lector a través de una pureza que no admite otros adjetivos que los de la verdad. El escritor madrileño dota a su obra de una intensidad que, por momentos, es conmovedora dentro de la naturalidad de una prosa que sabe meter el dedo en esa llaga invisible para algunos, pero que resulta sangrante para lectores sensibles. Es en esa habilidad de alcanzar lo más hondo del corazón donde radica tanto la generosidad humana de Chavero como su inteligencia de autor capaz de dotar a la vida de una épica única y consistente: de la mano de su protagonista absoluto –Toñín– caminamos por la vida sin otro adorno que el de la soledad que acompaña a la dignidad de la pobreza.

Pensé que todos, ricos y pobres, borrachos y asesinos, reyes y esclavos, pasaríamos por la 226 antes o después, y que ese camino podría ser corto y difícil si uno no se andaba con cuidado. A partir de aquella visita al hospital y de aquella muerte, siempre que veo a alguna persona que se cree alguien (no soporto la soberbia, la arrogancia), pienso: “Tú también vas a pasar por la 226 y te mearás encima y pedirás perdón como Santiago.”
Leyendo a Pedro Chavero es imposible no recordar «El primer hombre», la novela póstuma del premio Nobel Albert Camus, cuyo saludable influjo lo encontrábamos también en «El viento de la luna», otra dura historia de iniciación protagonizada por gente humilde con ganas de comerse el mundo y que publicó en 2006 Antonio Muñoz Molina.


Si quieres recibir un aviso cada vez que publiquemos una reseña en CITA EN LA GLORIETA, mándanos un mensaje a través del formulario de CONTACTO, indicando "Reseñas".

Muchas gracias por visitar La Glorieta.

nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


¿NOS ECHAS UNA MANO?
Si te gusta alguna de las secciones de este blog, ayúdanos a crecer, compartiendo CITA EN LA GLORIETA en las Redes Sociales.

También puedes seguirnos pinchando AQUÍ.

¡Muchas gracias por la ayuda!

Javier Alonso García-Pozuelo

«La pistola», relato de José Luis Muñoz

«LA PISTOLA», relato de José Luis Muñoz
El frío. La débil lluvia. El hombre contra el árbol. Nadie le ve. El hombre se acerca a la puerta. El interfono. La lluvia sobre la gabardina, moteándola. El dedo pulsando el botón. La espera. La lluvia. El frío que hace que se remueva dentro de sus zapatos, que dé saltos, que se suba las solapas de la gabardina hasta casi cubrirse las orejas. ¿Quién? Soy yo. La estridencia de la puerta de la calle abriéndose. El portal oscuro. Los ojos que casi enseguida se habitúan a la penumbra. La ascensión. Contando los escalones. El primer rellano. El segundo. Se detiene. Boquea. ¿Por qué no vivirá en un piso más bajo? El tercer rellano. La puerta está abierta. Entra. La cierra con suavidad. Con suavidad avanza por el oscuro pasillo hacia la luz del fondo. El dormitorio. Una lámpara roja sobre la cómoda. Desorden en el suelo, ropa interior, faldas, blusas amontonadas caprichosamente. Ella en la cama, medio dormida, envuelta en las sábanas, que entreabre los ojos. ¿Qué vienes a hacer a estas horas? Mañana trabajo. Tengo sueño. No habla, se desnuda. Piernas extrañamente peludas. No se desanuda el nudo de la corbata, simplemente lo afloja. La camisa sobre el respaldo, como la gabardina húmeda, y luego la camiseta y los calzoncillos. La pistola en su funda, colgando de la silla. El hombre se acerca. La mujer se vuelve, gruñe algo parecido a un maullido. La sábana discurriendo hacia los pies de la cama. La mujer desnuda, rolliza, envuelta en cálido olor animal. La toca. Las nalgas, los senos, la vulva, hasta despertarla. La lame. La boca, las nalgas, los senos, la vulva, hasta excitarla. Ven, idiota, ven. Entra. La luz rojiza casi no los ilumina. Dos sombras haciendo el amor bajo un techo estrellado de planetas artificiales. Jadean sordamente. La penetra. Se deja penetrar cerrando los muslos con fuerza sobre su pene, lamiéndole mientras tanto la nariz, las comisuras de los labios, los párpados, pellizcándole las tetillas. Vamos, llega. Y llega. Se convulsiona en su interior, se tensa todo él, se concentra en la punta de su miembro que derrama su cálido néctar en la hospitalaria vulva. ¿Qué tienes en la espalda? No es nada, un cardenal. ¿Ella? No, un tipo peligroso al que iba a detener, un senegalés; me rozó con un cuchillo. Se desacoplan. Él siempre con cuidado de no manchar las sábanas, tomando el camino del cuarto de baño que tan bien conoce. Los pies descalzos sobre el suelo. El agua del lavabo corriendo sobre su miembro. Orina, siempre va bien orinar después de hacer el amor, te limpia por dentro. ¿Y el whisky? En su sitio. La botella. El vaso en la mano. La habitación de la luz rojiza. El whisky borboteando en el interior del vaso. El vaso vaciándose entre sus labios. La funda de la pistola vacía. La pistola allí, entre las piernas, entrando en su vulva. Ella mirándole con expresión de placer, hundiéndosela hasta la culata, removiéndose, acariciándose los senos con la mano  libre, mordiéndose los labios. La mira, desde el arco de la puerta. ¡Estás loca! Se llena otro vaso de whisky. Ella comienza a gritar mientras la pistola entra y sale de su vulva con gran violencia. Eso, eso es lo que yo siempre he querido. Me estoy muriendo de gusto. Se está muriendo de gusto. El estampido. La habitación se llena de humo. Huele a pólvora y sangre. Sangre entre sus piernas, empapando las sábanas que él tan cuidadosamente ha evitado manchar. Huele a carne quemada. Y la pistola permanece en el interior del cuerpo, como proporcionándole el último placer en su estertor. Deja el whisky, deja el vaso. No se acerca, no la toca. Entra en silencio en sus slips, en sus pantalones, se pone rápidamente los calcetines y los zapatos, introduce su corbata en un bolsillo de la americana. El pasillo en penumbras. La puerta abriéndose suavemente. Descender. Un rellano, dos rellanos, tres rellanos. La calle. La calle vacía, nadie le ve. Él es un fantasma corriendo a refugiarse en la noche. Llueve.


Este relato ha sido escrito por José Luis Muñoz para la III SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2017. Agradecemos a quien quiera reproducirlo, total o parcialmente, que cite su fuente original. Si quieres acceder al programa de la Semana Negra PINCHA AQUÍ o en la imagen.

 
José Luis Muñoz (Salamanca, 1951)
Vive en la actualidad en la Val d’Aran y en Barcelona. Articulista de opinión, crítico literario y cinematográfico, viajero y escritor con 46 libros publicados entre novelas y libros de relatos. Tiene, entre otros premios, el Azorín, Tigre Juan, Café Gijón, Camilo José Cela, Sonrisa Vertical e Ignacio Aldecoa y es uno de los históricos de la novela negra española presente en la primera Semana Negra de Gijón. Preside la asociación cultural Lee o Muere, que fomenta el género negro y está detrás de diversos festivales literarios, es el comisario del Black Mountain Bossòst y el director de la colección La Orilla Negra de Ediciones del Serbal. Sus últimas novelas publicadas son El hijo del diablo, Ascenso y caída de Humberto da Silva, Mala hierba, Cazadores en la nieve y El rastro del lobo sobre el criminal de guerra nazi Aribert Ferdinand Heim. En breve publicará La manzana helada.


«Historias de Ciconia», de Francisco Rodríguez Criado

Os ofrecemos a continuación un fragmento de Historias de Ciconia (De la Luna Libros, Mérida 2008), el cual publicamos por cortesía de su autor, el escritor extremeño Francisco Rodríguez Criado.


HISTORIAS DE CICONIA  (fragmento)
(De la Luna Libros, Mérida, 2008)
Francisco Rodríguez Criado
La Sidrería es un lugar acogedor, hechizante, quizá porque es asaltado a menudo por personajes literarios en potencia. Los más singulares, los más cercanos a la novela, al drama, al cómic, van cogiendo querencia al lugar y acuden a él con religiosidad sui géneris. Un ejemplo: Luis Señor, a quien todo el mundo llama Ruiseñor. Por la similitud fonética, se entiende.

Ruiseñor, escritor en ciernes desde que nació –y nació hace mucho–, es en sí una novela, una novela decimonónica. Vive en un pueblo a diez kilómetros de Ciconia, en un piso de alquiler que bien le paga la Providencia o bien le pagan sus familiares cuando la primera se encuentra en suspensión de pagos. Ruiseñor pasa la mitad del día pensando en qué podría trabajar y la otra media argumentando motivos para no trabajar en nada. Es un escritor en toda regla: habla de libros, de su experiencia vital respecto a la literatura y se levanta al alba para desayunar –cuando tiene dinero– en un bar próximo a su casa, donde lee el periódico y mezcla café, churros e ideas. Cultiva la imagen de escritor maldito –se encuentra a gusto en ese papel– y dice pasar hambre –“Como arroz todos los días”–, pero luce el físico orondo de un terrateniente rico harto de guisos sabrosos y buen vino. Escribe a diario, piensa a diario, se fustiga a diario. Lo curioso es que nadie –nadie que se sepa– ha leído una sola línea escrita por él. Ruiseñor recuerda al Henry Miller de los primeros tiempos, cuando todos sus amigos lo apreciaban como escritor –quizá porque hablaba con entusiasmo de la escritura– aunque aún no hubiese empezado a escribir.
 

El Sueco y Ruiseñor son viejos amigos. Les une la afición por los libros y el hecho de que nadie se dirija a ellos por sus nombres de pila.

Ruiseñor es un mentiroso compulsivo, tanto que uno nunca puede saber cuándo dice la verdad y cuándo miente. Pero el Sueco siempre le escucha con atención y respeto, como si tuviera enfrente al mismísimo Dostoievski desvelando las claves de la escritura de Los hermanos Karamazov.

–Ayer me echó la casera a la calle. Dice que le debo tres meses de alquiler. Miente: le debo cuatro –se echa a reír.
–¿Y dónde has pasado la noche?
–En la calle, como un vagabundo. Qué quieres: la necesidad obliga –Las cursivas son de Ruiseñor–. Y además tengo todas mis cosas en la pensión, que no podré recuperar hasta que pague lo que le adeudo.

El Sueco, que a su manera es profundamente conservador, nunca entendió eso de mezclar bohemia y penurias económicas. La autodestrucción no va con él, una autodestrucción de la que Ruiseñor –aun sin emplear esta palabra– se jacta muy a menudo.

–¿No has pensado nunca en buscarte un trabajo? –pregunta el Sueco.
–Pensarlo, sí, lo he pensado. Alguna vez... Pero, claro, si trabajo no puedo escribir.
–¡Hombre, puedes hacer las dos cosas! Todos los escritores que frecuentan esta librería, además de escribir, trabajan.
–Así les va, que no triunfan ni en su trabajo ni en la literatura.
 

El Sueco está a punto de expresar en voz alta el pensamiento de que al Ruiseñor le pasa exactamente lo mismo, es decir, fracasa en ambos ámbitos, con la circunstancia agravante de que, además, tiene que dormir en la calle.
 

–He pedido una beca. Y le he enviado un manuscrito a un editor hace unos días.
–Ya.
 

Ruiseñor siempre está en lo mismo. En la beca que ha solicitado –que nunca le conceden–, en el manuscrito que le va a publicar un editor –que nunca acaba por ver la luz– y en lo mal que está el mundo literario, donde no eres nada si no tienes un padrino.
 

–En el mundo de la literatura –remata Ruiseñor–, si no tienes un padrino no eres nadie.
–Entiendo.
–Y así ando: en la indigencia.

El Sueco está harto de escritores que sufren el síndrome Van Gogh, esos que se creen genios por el mero hecho de ser pobres. Así que para cambiar de tema, le cuenta al Ruiseñor que hace unos días leyó en la novela Memorias de una geisha, de Arthur Golden, que algunas geishas usan una crema facial fabricada a partir de excrementos de ruiseñor.

–Qué cosas.

Una joven de unos diecisiete años entra en la librería. Es alta, rubia y pecosa, bastante resultona. Ruiseñor retuerce el cuello para clavar la mirada en su trasero.
–¿Tienes Mazurca para dos muertos?
–Hummm… Espera.
 

El Sueco sale del mostrador y empieza a buscar diligentemente en las estanterías mientras un rijoso Ruiseñor examina de arriba abajo a la chica, que sufre el examen algo molesta.
 

–Lo siento, no me queda ningún ejemplar. Si quieres puedo pedirle uno al distribuidor.
–¿Cuándo lo tendrás aquí?

En La Sidrería todos tutean al Sueco, porque es como de la familia. Y él, a su vez, tutea a la clientela, independientemente de su edad y su estatus social.

–Si está en almacén, tardará dos días en llegar. Si no lo tienen, entonces una semana como mínimo. ¿Es lectura obligatoria?
–Sí, es para el instituto.
–Ah, entonces pediré varios ejemplares –el Sueco, a quien le cuesta sustraerse de emitir veredicto de muchos libros que vende, da su opinión–. Tu profesor podría haber elegido otro título. La familia de Pascual Duarte, La rosa, Café de artistas, La colmena... De los libros de Cela, Mazurca para dos muertos es el que menos me gusta. De hecho no fui capaz de leerlo hasta el final.
–Ya me han hablado de él. Me han dicho que es duro de digerir. Por eso, cuanto antes lo lea mejor.
–Curiosa observación que refleja lo que es la lectura obligada –dice Ruiseñor con la mirada fija aún en el trasero de la joven.
–¿Dos días, entonces?
–Yo diría que sí. Lo más seguro.
–Vale. Pasaré dentro de dos días. A ver si hay suerte.
–¿A qué hora vas a venir? –le pregunta Ruiseñor, impertinente.

Ella le dedica una mirada de asco y se gira en dirección a la puerta.
 

Ruiseñor escolta con la mirada a la chica, que sale de la librería preguntándose por qué habrá tantos moscones en este mundo.

–¿Te han dicho alguna vez que eres un descarado? Deberías cortarte un poco, joder, que este es mi puesto de trabajo.
–Perdona, Sueco. No te enojes. No he podido evitarlo.
–Si no me enojo. Pero piensa en mí, que soy padre de familia.
–Vale, vale. Entono el mea culpa… Pero es que estaba muy buena… No he podido resistirlo. Tú me entiendes.

Pero el Sueco no entiende, faltaría más. En la librería él no distingue entre clientas guapas y feas, quizá porque inconscientemente piensa que ellas, en un acto de reciprocidad, no distinguirán entre libreros guapos y feos. (Ahora soy yo quien se pregunta si me entenderá el lector).

–Desde luego… –musita. Cuando quiere abroncar a alguien, nunca le salen los discursos y tiene que conformarse con alguna frase que siempre deja a medias. En estos asuntos le falta mano dura y le sobran puntos suspensivos.
–Bueno, te libero de mi compañía, que ya va siendo hora de marcharme –anuncia Ruiseñor.
 

El Sueco, a quien le duran poco los enfados, recupera el tono maternal.
 

–Búscate un trabajo, Ruiseñor. Y una mujer… Te vendrá bien estar ocupado. Hazme caso –insiste de buena fe.
–Sí, tendré que hacer algo –afirma Ruiseñor con poca convicción–. Me marcho. He quedado con mi hermana. Voy a alojarme un tiempo en su casa.
–¿Y qué sabes de tu hija?
–Que es alta y morena y le debo mil euros. Aparte de eso, poca cosa.

Como Ruiseñor no amplía detalles, tendré que hacer una vez más de narrador cuasi omnisciente. Veamos: Ruiseñor tiene una hija de dieciocho años, Vega, con la que ha intercambiado los papeles: él hace el papel de hijo y ella, el de padre. Y, muy a menudo, ella hace también el papel de prestamista. Es ella quien le recomienda que no beba, que no fume, que se busque un trabajo y una mujer.

–Mi hija quiere que me case, ¿qué te parece?
–Me parece un consejo sensato. Pero casarte… ¿con quién?
–Ahí está el asunto. Si encontrara una mujer rica que me costeara los gastos, podría dedicarme a escribir.
–¿No decías que solo se puede escribir desde el sufrimiento personal?
–¿Te parece poco sufrimiento estar casado?
–Ya.

Es ahora Ruiseñor quien da un giro a la conversación. No le gusta que el Sueco le ponga contra las cuerdas.

–Y el jefe, ¿qué tal anda? No lo veo hoy aquí –pregunta.
–Está en casa, con gripe.
–Últimamente siempre está enfermo. Es de porcelana este hombre. ¿Sigue escribiendo?
–Lo dejó ya, tengo entendido. Que yo sepa solo escribe la columna semanal para el periódico.
–Buen tipo, aunque algo neurótico.
–Suerte que puede permitirse esas neuras. Si tuviera tres hijos que alimentar, como yo, se le acabarían todos los problemas.
–Sería cambiar unos problemas por otro, en cualquier caso. Bueno, yo me marcho. Hasta luego.
–Cuídate.

Ruiseñor sale de la Sidrería con paso marcial. A simple vista parece feliz. ¿Lo es o solo lo parece? Se diría que la procesión va por dentro
.

Francisco Rodríguez Criado (Cáceres, 1967) es autor de la novela Historias de Ciconia (De la Luna Libros, Mérida, 2008) y de los libros de relatos: Un elefante en Harrods (De la Luna Libros, Mérida, 2006), Siete minutos (La bolsa de pipas, Palma de Mallorca, 2003) y Sopa de pescado (ERE,  Mérida, 2001). Su obra ha sido incluida en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español; Velas al viento; La quinta dimensión; Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español; Histerias breves; Relatos relámpago y Literatura en Extremadura
 

Colabora en EL PERIÓDICO de Extremadura, donde mantiene desde diciembre de 2005 la columna semanal de opinión "Textamentos". 

Es corrector de estilo, labor que compagina con la docencia en diversos talleres literarios y con la administración del blog www.NarrativaBreve.com
 

Sus últimos libros son la novela Mi querido Dostoievski (La Discreta, Madrid, 2012), el reportaje novelado Oficios perdidos de Extremadura (Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2013, el ensayo novela Raros (Punto de Encuentro, 2013, libro digital) y El Diario Down (Tolstoievski, 2016) un diario descarnado donde narra su experiencia como padre de un bebé con el síndrome de Down.


TAL VEZ TE INTERESE:

«Soy», canción de Luis Pastor
Soy un rayo nacido del grito,
feliz meteorito de alguna explosión.
Soy la unión de dos cuerpos celestes,
mi madre y mi padre en el ojo de Dios

VER vídeo (con LETRA) en YOUTUBE.

«Siempre me quedará», canción de Bebe
Cómo decir que me parte en mil
las esquinitas de mis huesos,
que han caído los esquemas de mi vida
ahora que todo era perfecto

VER vídeo (con LETRA) en YOUTUBE.

«EXTREMADURA» por Fran Amaya para «Con los 5 sentidos» (RNE)
Os ofrecemos, por cortesía de nuestro amigo y colaborador, el periodista Fran Amaya, uno de los magníficos programas que grabó para CON LOS CINCO SENTIDOS de RNE, el dedicado a su hermosa tierra, Extremadura
ESCUCHAR audio.