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Reseña de «Los caballos de Diomedes», de Agatha Christie

RESEÑA DE «LOS CABALLOS DE DIOMEDES», DE AGATHA CHRISTIE, por Miguel Izu
1. Introducción.
 

El octavo trabajo de Hércules es Los caballos de Diomedes. El relato originalmente se publicó en junio de 1940 en Strand Magazine, y cinco años más tarde en Estados Unidos en Ellery Queen's Mystery Magazine con el título de The Case of the Drug Peddler.

La mitología griega nos cuenta que Diomedes, rey de Tracia, tenía cuatro caballos, Podargo, Lampo, Xanto y Deino, animales monstruosos que lanzaban fuego por las narices y que se alimentaban de la carne humana de forasteros y prisioneros que el cruel monarca les ofrecía. Algunas versiones dicen que, en realidad, eran yeguas. Hércules, una vez más enviado por Euristeo, llega al palacio del rey y ambos luchan encarnizadamente, ya que Diomedes también es un gigante temible. Finalmente, Hércules logra llevarlo hacia el pesebre donde están encadenados los caballos y lo arroja sobre ellos, que lo devoran en un instante. Apaciguados después de comer a su amo, los caballos son conducidos por Hércules hacia Micenas.


Los caballos de Diomedes
-Gustave Moreau-
(Museo de Rouen)


2. Sinopsis.
ADVERTENCIA DEL EDITOR: Esta sinopsis contiene un spoiler completo del relato que reseñamos. Si aún no lo has leído o hace tanto tiempo que no recuerdas el argumento, te recomendamos que lo leas antes de disfrutar del excelente análisis que nos ofrece el escritor Miguel Izu.

El joven doctor Michael Stoddart telefonea a Poirot una noche y le ruega que acuda a un callejón cercano a su casa. Una vez allí, le hace subir al salón de una vivienda donde se ha celebrado una fiesta. La dueña, bajo el influjo de las drogas que ha consumido, después de una discusión ha disparado sobre uno de los invitados desde la ventana y ha herido a un vagabundo que pasaba por allí. Han llamado al doctor para que le curara y han sobornado al herido para que no acuda a la policía. El doctor está sobre todo preocupado por una joven, Sheila Grant, hija de un general, que se ha encontrado indispuesta y a la que también ha tenido que atender, cree que se mezcla con malas compañías y le gustaría ayudarla. Poirot acepta investigar el origen de las drogas, tratando de dejar a la muchacha al margen de cualquier posible escándalo.

Poirot interroga a Sheila, que dice que es la primera vez que toma drogas y que las llevó a la fiesta un tal Tony Hawker. Posteriormente, se traslada al ficticio condado de Mertonshire, de donde procede ella, y visita al general en su casa, llena de recuerdos de la India y atendida por un criado indio con turbante, en la que está recluido aquejado de gota. Se lamenta ante el detective del mundo moderno, de la imposibilidad de dominar a sus hijas y de su poco recomendable pandilla de amigos. Poirot le advierte que su hija ha sido inducida al consumo de drogas y del riesgo de que la conviertan en una adicta, lo que sulfura al general. Le promete atrapar al culpable de ello y le ruega que no diga nada a sus hijas.

La señora Larkin, amiga de Hawker, ofrece una fiesta a la que es invitado Poirot. Vuelve a advertir a Sheila, delante de una de sus hermanas, contra el consumo de drogas, y a su indicación puede comprobar que un frasco con las iniciales de Hawker está lleno de un polvo blanco. Más tarde vuelve a hablar con Sheila para reiterarle que “se han estado alimentando de carne humana como las yeguas de Diomedes” y ella se excusa diciendo que anteriormente no había advertido el peligro. Poirot le dice que ha hecho investigaciones y sabe que, además de tener antecedentes, en realidad no es hija del falso general, igual que sus supuestas hermanas, que fueron contratadas por él para fingirlo y trapichear con drogas, y que ha de colaborar para que sea detenido.

Poirot cuenta al doctor Stoddart que sospechó del fingido general porque todo el decorado que le rodeaba en su casa era exagerado y porque comprobó, apoyándose accidentalmente en su pierna, que la gota era también ficticia. Hawker, en realidad, era víctima de las falsas hermanas. Poirot anima al doctor a tratar de llevar a Sheila, por la que está atraído, por el buen camino.



3. La India y los pukka sahib


Las novelas de Agatha Christie están plagadas de antiguos militares que sirvieron en la India, la joya de la corona del Imperio británico. La reina Victoria fue coronada como emperatriz de la India en 1876, una vez arrebatado el poder a la Compañía Británica de las Indias Orientales que, pese a ser una empresa privada, había gobernado aquellas tierras con mano de hierro contando con su propio ejército, compuesto por una mayoría de nativos, hasta que empezaron a darle problemas (Rebelión de los cipayos de 1858). El control de aquel vasto país, que comprendía lo que actualmente es India, Pakistán, Bangladesh y Birmania (255 millones de habitantes según el primer censo que se realizó en 1881, 315 millones en 1911), conllevó la necesidad de desplegar un ejército numeroso que sofocara la frecuente rebeldía de los líderes locales y de los belicosos vecinos. Mientras que la tropa estaba constituida por indígenas, reclutados como voluntarios a cambio de una paga, los oficiales eran británicos formados en las academias militares del Reino Unido, en buena medida procedentes de la aristocracia y de las clases acomodadas, de mentalidad muy militarista, que buscaban consolidar el prestigio de su linaje o ascender en la escala social. Antes de la I Guerra Mundial el ejército de la India estaba compuesto por unos trescientos mil miembros pero, a lo largo de la contienda, llegó a movilizar a casi dos millones de soldados, la mitad del total de las tropas británicas, que combatieron tanto en Europa como en Oriente Medio. Quiere esto decir que, en la época dorada del Raj británico, el ejército de la India constituía la parte principal de las tropas del Reino Unido. Los oficiales que pasaban una buena parte de su carrera militar en la India eran numerosos y, cuando se retiraban, muchos de ellos volvían a las Islas británicas para vivir de sus rentas o dedicarse a otras ocupaciones. Agatha Christie conoce bien esa realidad ya que, según cuenta en sus memorias, tuvo un hermano y un tío que sirvieron como oficiales en la India, y su primer marido, Archibald Christie, había nacido allí, aunque luego hizo su carrera militar en Inglaterra.

El falso general Grant es definido en Los caballos de Diomedes como un pukka sahib, expresión en lengua hindi que viene a significar “un auténtico caballero”, que es la visión que tenían de sí mismos los británicos, militares o no, que iban a servir en la India. En las obras de Agatha Christie encontramos muchos otros pukka sahib de verdad, que suelen tener como característica común la de aburrir a los demás con sus recuerdos. Por poner un par de ejemplos, en Testigo mudo se menciona al fallecido general Arundell del que su vecina, miss Peabody, asegura que era un estúpido y que no hacía mucho caso a sus historias de la India, “he tenido que soportar a varios hombres viejos y sin anécdotas”; mientras que en Maldad bajo el sol se cuenta que “el mayor Barry llevaba en el Jolly Hotel el tiempo suficiente para que todos se pusiesen en guardia contra su fatal tendencia a embarcarse en largas historias indias. Tanto miss Brewster como mistress Redfern se apresuraron a interrumpirle”. El propio Poirot lo describe como “recitador de largas y aburridas historias”. En Asesinato en el Orient Express el coronel Arbuthnot, que regresa de la India, dice a Poirot tras ser interrogado: “En cuanto a miss Debenham pueden ustedes creerme que es toda una dama. Respondo de ella. Es una pukka sahib”. Tras su marcha, el doctor Constantine, médico griego, le pregunta qué es una pukka sahib y el detective belga responde con ironía: “Significa que el padre y los hermanos de miss Debenham se educaron en la misma escuela que el coronel Arbuthnot”.

A diferencia de su modelo, el doctor Watson, que como médico militar combatió y fue herido en la frontera de Afganistán, el capitán Hastings no es ningún pukka sahib sino, como revela en El misterioso caso de Styles, un empleado de seguros movilizado durante la I Guerra Mundial y retirado a un puesto burocrático a causa de las heridas recibidas. No dice dónde combatió ni suele referir historias bélicas; en Telón cuenta que su hija Grace había contraído matrimonio con un militar destinado en la India, sin más detalles. Tampoco es aficionado a aburrir con sus historias el discreto coronel Race, militar retirado y agente del MI5, amigo de Poirot que aparece en varias novelas, entre ellas en Muerte en el Nilo, del que solo sabemos que sirvió en las colonias. Está claro que las simpatías de Agatha Christie no estaban del lado de los pesados pukka sahib y nunca situó sus historias en la India. Le atraía mucho más el Mediterráneo y el Oriente Próximo, por donde viajó y que reflejó en algunas de sus obras
.

4. Entre indios y negros

Y ya que hablamos de indios… Una de las obras más famosas de Agatha Christie es Diez negritos, publicada en 1939. El título procede de una canción infantil, Ten Little Niggers, que enseña a contar hasta diez, repetidamente aludida en la novela haciendo el paralelismo entre los diez negritos de porcelana que van desapareciendo uno a uno y los diez personajes que van siendo asesinados hasta no quedar ninguno. Cuando se publicó la novela en Estados Unidos, en 1940, el título fue modificado por And Then There Were None, que es la última frase de la canción, y en otras ediciones por Ten Little Indians. Al parecer, lo de niggers allí sonaba mal. Lo curioso es que la canción Ten Little Niggers es una adaptación de una canción norteamericana de 1868 titulada, según las diversas versiones existentes, Ten Little Indians o Ten Little Injuns. Parece que en unos casos se pretende evitar nombrar a los indios y, en otros, a los negros. En Estados Unidos, además del título y de la canción, se varió el nombre de la isla donde suceden los hechos, de Nigger Island que había escrito Agatha Christie a Indian Island. En otras lenguas se tradujo Ten Little Niggers literalmente (Diez negritos, Dix petits nègres, Zehn kleine Negerlein, O Caso dos Dez Negrinhos, Deu negrets, etc.), aunque con algunas excepciones. La primera edición en alemán de 1944 prescindía de negros o indios y se titulaba Letztes Weekend (El último fin de semana); en Italia en 1946 se tituló E poi non rimase nessuno y, luego, en 1977, Dieci piccolo indiani. Las películas que han adaptado la novela, con frecuencia rodadas en los Estados Unidos, han llevado por título And Then There Were None o Ten Little Indians, lo cual ha hecho que en la mayor parte del mundo estos títulos sean más conocidos que el original Ten Little Niggers.


Puedes leer las colaboraciones de Miguel Izu para la III SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2017, PINCHANDO AQUÍ o en la imagen.

 
es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea. Obras: Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017). Relato: “Un asunto privado”, en 24. Relatos navarros (2016); “Una cuenta pendiente”, en Solo Novela Negra (2016); “El vino del francés”, en El alma del vino (2017); “Un móvil para un crimen”, en la III Semana Negra en la glorieta (2017). Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015). Página web: http://webs.ono.com/mizubel/

Reseña de «La corza de Cerinea», de Agatha Christie

RESEÑA DE «LA CORZA DE CERINEA», DE AGATHA CHRISTIE, por Miguel Izu
1. Introducción.
 

La corza de Cerinea ocupa el tercer lugar entre los doce trabajos de Hércules Poirot. Originalmente, se publicó en 1940 con el título de The Arcadian Deer en el Reino Unido y de Vanishing Lady en Estados Unidos.

Según la mitología griega, la corza o cierva de Cerinea, ciudad de la región de Acaya, sobre el golfo de Corinto, que tenía pezuñas de bronce y cornamenta de oro, era tan veloz que la diosa Artemisa no había podido engancharla a su carro junto con las otras cuatro ciervas que estaban destinadas a tirar de él. Hércules no podía cazar la cierva con flechas, además de ser más rápida que ellas tenía que capturarla viva, así que la persiguió sin descanso durante un año. Logró capturarla sorprendiéndola cuando abrevaba en el río, según unas versiones con una trampa y, según otras, atravesando sus dos patas delanteras con una flecha entre los tendones y el hueso, sin derramar su sangre pero inmovilizándola. Una vez capturada la llevó a Micenas para entregarla al rey Euristeo, como le había ordenado este. En el camino se encontró con Artemisa, a la que pidió perdón por capturar a un animal sagrado que le pertenecía, pero le explicó el encargo que había recibido de Euristeo, el cual pretendía desatar la ira de la diosa contra Hércules. Artemisa le dio permiso para llevar la cierva a Euristeo, siempre que luego se la devolviera. Al llegar a presencia de Euristeo, Hércules fingió que se la iba a entregar, pero la dejó libre y el animal corrió a buscar a Artemisa. Hércules anunció que él había cumplido el trabajo, pero que el rey no había sido lo suficientemente rápido para retener a la cierva.

 
La corza de Cerinea
- Fred Liebig, 1927-

 
2. Sinopsis.
 

ADVERTENCIA DEL EDITOR: Esta sinopsis contiene un spoiler completo del relato que reseñamos. Si aún no lo has leído o hace tanto tiempo que no recuerdas el argumento, te recomendamos que lo leas antes de disfrutar del excelente análisis que nos ofrece el escritor Miguel Izu.

El coche de Poirot sufre una avería y, mientras lo reparan, tiene que quedarse a pasar la noche en la posada de un apartado pueblo durante una nevada. El joven mecánico que acude a explicarle la causa de la avería y cuándo estará reparada, Ted Williamson, que le recuerda a “un dios griego... un joven pastor de la Arcadia”, le ha reconocido como famoso detective y le ruega que busque a una muchacha desaparecida. Williamson, el verano anterior, había acudido a la finca de sir George Sanderfield para realizar una reparación y fue atendido por Nita Valetta, doncella italiana de “cabellos como alas de oro” al servicio de una bailarina rusa de visita en la casa, a la que invita a pasear con él. Queda irremisiblemente enamorado de ella, que le dice que volverá una quincena más tarde con su señora, pero nunca regresa. La bailarina rusa sí se presenta de nuevo en la mansión, pero con otra doncella que le dice que Nita ha sido despedida. Consigue su dirección y le escribe, pero le devuelven la carta puesto que ya que no vive allí. Poirot acepta el encargo de buscarla.

Tras varias pesquisas sin resultado en Londres, Poirot se entrevista en su restaurante de París con el conde Alexis Pavlovitch, un ruso exiliado y bien informado del mundo artístico, para obtener noticias del paradero de Katrina Samoushenka, la bailarina a cuyo servicio estuvo Nita y que está gravemente enferma en un sanatorio de Suiza. También logra saber que Nita era originaria de Pisa, ciudad a la que dirige sus pasos para averiguar que la joven, a la que su familia no llama Nita sino Bianca, ha muerto de apendicitis unos meses antes. Algo le dice a Poirot que debe seguir investigando y viaja al sanatorio de Suiza para hablar con la bailarina rusa, a la que recuerda haber visto actuar en un ballet haciendo el papel de la cierva de Cerinea. Katrina Samoushenka confirma que su doncella, Juanita, murió de apendicitis, pero Poirot le replica que la muchacha de cabellos dorados a la que conoció y de la que se enamoró Williamson en realidad era ella, haciéndose pasar por su doncella que acababa de caer enferma y había vuelto a su país. No quiso desvelar su verdadera identidad ni volver a ver al joven, que también le resultó atractivo, porque ya sabía que también estaba enferma. Poirot, que sospechó la verdad a partir de la descripción que le hizo Williamson de la joven desaparecida, le encarece que no renuncie ni a la vida ni al amor.

   
3. Los viajes de Poirot.
 


Este relato contiene dos curiosas particularidades entre todas las historias de Hércules Poirot; una es que no hay crimen, y la otra es que el detective aparece como propietario de un automóvil, un lujoso Messarro Gratz (marca completamente ficticia) conducido por un joven chófer con un sustancioso salario aunque, al parecer, escasas habilidades mecánicas. En todas sus restantes aventuras Poirot no tiene coche, suele viajar en tren (a ser posible, tan lujoso con los de El misterio del tren azul o Asesinato en el Orient Express), en barco (pese a que se marea; en el relato El rapto del primer ministro, de 1923, al embarcar dice a su amigo, el capitán Hastings: “¡El mal de mer… es un sufrimiento terrible!”; y en Problema en el mar, de 1936, que se desarrolla en un crucero que se dirige a Alejandría, dice: “Ha sido una estupidez el haberme dejado convencer para venir. Detesto la mar. Nunca está tranquila, nunca, ni un minuto”), en avión (aunque “me descompongo casi tanto en el aire como en el mar”, dice en Muerte en las nubes, de 1935), en taxi, en un vehículo de alquiler con chófer o en el automóvil de otras personas que se ofrecen a llevarle, en algunos casos los de Hastings (antes de ser desterrado a Argentina) o de la escritora Ariadne Oliver. En el relato Doble culpabilidad (originalmente publicado en 1928 con el título de By Road or Rail) expresa a Hastings que no le gusta viajar en autobús: 
“Amigo mío, ¿por qué esa pasión por el autocar? El tren es más seguro. Carece de neumáticos que se revienten, lo cual reduce las posibilidades de accidente. Además, en el tren no molesta el aire, pues con cerrar las ventanillas se evitan las corrientes”.
Ciertamente, resulta más apropiado al carácter sibarita de Poirot dejar que le lleven en un vehículo lo más cómodo posible que tener que preocuparse por un vehículo propio. Por otro lado, un automóvil es un pobre recurso para novelas criminales al estilo de Agatha Christie, no es adecuado para la comisión de un asesinato en lugar cerrado y del que existan un número determinado de sospechosos. Otros medios de transporte resultan mucho más a propósito y, así, Poirot tendrá que investigar crímenes cometidos en un avión (Muerte en las nubes), en un tren (Asesinato en el Orient Express) o en un barco (Muerte en el Nilo, Problema en el mar). Por eso resulta tan anómalo que Agatha Christie (ella sí era aficionada a conducir) le adjudique, por una sola vez, un automóvil y un chófer propios de los que nunca más se supo.

4. El estilo victoriano.
 

En este relato Hércules Poirot se calienta en la posada donde se ha refugiado de la tormenta de nieve ante una “gran chimenea de estilo victoriano”. Podemos añadir que el propio Poirot, y buena parte de la obra de Agatha Christie, también comparten el estilo victoriano.

Hace pocas semanas, en una de las veladas de la librería Deborahlibros de Pamplona, mi amigo Carlos Ollo Razquin presentó varios libros de detectives victorianos. Mientras enumeraba las características del género cultivado por Wilkie Collins, Conan Doyle y tantos otros, a mí, que estaba releyendo a Agatha Christie para componer estas reseñas, todo me resonó enormemente familiar: un crimen a resolver, pistas engañosas, un investigador muy perspicaz y una policía torpe, un montón de sospechosos y un culpable que es el menos imaginable, la reconstrucción de los hechos donde se revela la verdad y alguna sorpresa final. Así se lo comenté a Carlos al finalizar el acto y estuvo de acuerdo conmigo, que aunque Agatha Christie escriba en el siglo XX, arrastra buena parte de la cultura victoriana en la que se educó y sus relatos detectivescos no son sino continuación de aquellos autores de la segunda mitad del siglo XIX. Sabido es que Hércules Poirot está inspirado directamente en Sherlock Holmes, y puede añadirse que miss Marple o Tuppence Beresford no son sino las continuadoras de las mujeres detectives –adelantadas a su tiempo
tan habituales en la literatura policial victoriana (Detectives victorianas, precisamente, es una deliciosa recopilación de Michael Sims, editada aquí por Siruela, que Carlos Ollo presentó aquella noche). La literatura y la cultura victorianas no acaban abruptamente con el reinado de la emperatriz Victoria, en 1901, sino que su influjo se mantiene en la época eduardiana y llega hasta las décadas siguientes, entra en crisis con la Gran Guerra y sus residuos perecen definitivamente con la II Guerra Mundial y la extinción del Imperio británico. Repasando la nómina de escritores victorianos, hay que tener en cuenta que Conan Doyle sigue escribiendo hasta 1930, Thomas Hardy hasta 1928, Rudyard Kipling hasta 1936, Bernard Shaw hasta 1950. Ese mundo reflejado en las historias de Agatha Christie, la mayoría situadas en el periodo de entreguerras, lleno de aristócratas y terratenientes, militares retirados que han regresado de la India, inspectores de Scotland Yard, médicos y párrocos rurales, amas de llaves, mayordomos y lacayos que sirven en grandes mansiones campestres, personajes de las clases acomodadas obsesionados por heredar una renta con la que vivir sin trabajar, telegramas urgentes y viajes en ferrocarril, más el continuo lamento por los cambios del mundo moderno, tiene unas reminiscencias profundamente victorianas.


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es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea. Obras: Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017). Relato: “Un asunto privado”, en 24. Relatos navarros (2016); “Una cuenta pendiente”, en Solo Novela Negra (2016); “El vino del francés”, en El alma del vino (2017); “Un móvil para un crimen”, en la III Semana Negra en la glorieta (2017). Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015). Página web: http://webs.ono.com/mizubel/

Reseña de «Los establos de Augías», de Agatha Christie

RESEÑA DE «LOS ESTABLOS DE AUGÍAS», DE AGATHA CHRISTIE, por Miguel Izu
1. Introducción.
 

Los establos de Augías es uno de los relatos que componen la colección Los trabajos de Hércules, escrita por Agatha Christie entre 1939 y 1947 y que, como las hazañas del héroe mitológico griego, se componen de doce historias, en este caso doce historias cortas protagonizadas por Hércules Poirot. La propia autora confiesa en una nota inicial que fue el nombre de pila de Poirot el que la indujo “irresistiblemente” a escribirlas.

En la introducción, un personaje llamado doctor Burton bromea con Poirot sobre su nombre de pila y afirma que los padres son gente muy caprichosa al imponer nombres a sus hijos, y extiende la burla a los personajes de Conan Doyle: Me estoy imaginando la conversación que sostendrían su madre de usted y la difunta señora Holmes, mientras cosían sus ropitas o hacían calceta: «Aquiles, Hércules, Sherlock, Mycroft...» (Agatha Christie, en Los cuatro grandes, inventó un falso hermano gemelo de Poirot al que llamó Aquiles). De la conversación, Poirot saca la idea de rememorar los trabajos de Hércules aceptando, antes de su prevista y definitiva jubilación (una idea que acaricia a lo largo del tiempo pero que nunca acaba por ejecutar), doce casos, “ni uno más ni uno menos”, que tengan cierto parecido con los doce trabajos que llevó a cabo Hércules.

He elegido el quinto de esos trabajos, Los establos de Augías, porque en él Agatha Christie trata, si bien superficialmente, el tema de la corrupción en la política, lo que me permitirá hacer algunas reflexiones sobre los límites y la relación existente entre la novela policíaca y la novela negra.


2. Sinopsis.

El relato se abre con la visita que hacen a Poirot el primer ministro, Edward Ferrier, y el ministro del Interior. El primero de ellos es yerno de John Hammett, que fue el anterior primer ministro, un político muy popular al que ahora un periódico sensacionalista amenaza con desacreditar publicando sus turbios manejos de los fondos del partido y denunciando prácticas corruptas y defraudación de dinero público. El mayor problema es que los hechos son ciertos, y de saberse producirán la caída del gobierno y la probable llegada al poder de un político demagogo que establecerá prácticamente una dictadura. Para evitar tal desastre solicitan los servicios de Poirot, que acepta por la similitud del caso con la limpieza de los establos de Augías que llevó a cabo Hércules, además de por la simpatía que siente por Ferrier, al que tiene por un político honrado y cabal.

Poirot sondea al indeseable editor del periódico para saber si estaría dispuesto a no publicar la información que tiene sobre Hammett a cambio de dinero, con resultado negativo. Poco después, el periódico desvela el escándalo, seguido de inmediato por otro que afecta a la hija de Hammett, la señora Ferrier. Se publican fotografías suyas en lugares de dudosa reputación de París divirtiéndose con un gigoló y sugiriendo que es alcohólica, drogadicta y ninfómana. El primer ministro demanda al periódico por difamación en lo que respecta a su esposa.

En el juicio, comparecen varios testigos que aseguran que la señora Ferrier no estuvo ni en los lugares ni en las fechas donde supuestamente le hicieron las fotografías comprometedoras, sino descansando en la residencia de un respetado obispo anglicano. Comparece también una camarera danesa, de gran parecido con la esposa del primer ministro, que explica que la mujer de las fotografías es ella, que fue contratada por un periodista sin que supiese que se iban a utilizar para un montaje infamatorio. El periódico es condenado a una indemnización millonaria y pierde toda su credibilidad, mientras que tanto la señora Ferrier como su padre, el ex primer ministro Hammett, recuperan el favor de la opinión pública. El peligro ha pasado.

Ferrier pregunta a Poirot cómo supo que habían empleado una doble para las fotografías escandalosas. Este le responde que no es una idea nueva, ya fue empleada con Jeanne de la Motte para suplantar a María Antonieta en El collar de la reina, de Dumas. Pero añade que la idea no fue del periódico sino suya. Fue Poirot el que, con la autorización de la señora Ferrier, organizó todo el montaje y remitió las fotografías al periódico, que mordió el anzuelo y las publicó. Después de poner las manos en el cieno, como estaba previsto, procedió a limpiar el nombre de la señora Ferrier y, de rebote, el de su padre.

   
3. Entre la novela policiaca y la novela negra.

La corrupción es un tema recurrente de la novela negra, no tanto de la novela policíaca clásica. Aunque con excesiva frecuencia se tiende a hacer sinónimos ambos términos, creo que es necesario hacer una distinción entre ellos. La novela policíaca, criminal o de detectives, que nace en el siglo XIX con Poe, Wilkie Collins o Conan Doyle y llega hasta nuestros días, se centra en una trama que propone una adivinanza a los lectores, la recurrente Who done it? que acaba por nombrar al género como whodonit. Lo fundamental es la intriga, el misterio, descubrir al autor o autores del crimen y sus motivos. El resto, los personajes, la ambientación, se subordina a la trama criminal. En las primeras décadas del siglo XX surge un subgénero o variante de novela policíaca, principalmente en Estados Unidos con Hammett, Chandler o Cain, que acaba siendo denominada en algunos países como novela negra. También contiene una trama de investigación criminal, pero el ambiente en el que se produce adquiere mucha más importancia y, sobre todo, la visión sobre el entorno social que se refleja en las novelas negras es muy distinta.

En la novela policíaca clásica la sociedad se presenta como un sistema bien ordenado que, momentáneamente, se ve alterado por el crimen. La investigación y el descubrimiento del criminal tienen como última finalidad restaurar el orden. El protagonista, el detective, sea profesional o aficionado, es un héroe a menudo adornado de cualidades extraordinarias que tiene una misión salvadora, es un agente del orden social. Los demás protagonistas reflejan la idea de que la gente es, esencialmente, buena, aunque no sea perfecta, y que solamente en unas pocas personas anida el mal que les convierte en criminales. Al final ha de resplandecer la justicia, el inocente se salva y el culpable es castigado. La lectura tiene un efecto tranquilizante sobre el lector: el bien prevalece sobre el mal. No es casualidad que en una parodia televisiva del subgénero de espías, El superagente 86 (Get Smart es su título original), se enfrentaran dos organizaciones designadas como CONTROL y KAOS.

En la novela negra, la sociedad se contempla desde un punto de vista mucho más pesimista. El orden aparente suele encubrir la injusticia, la corrupción, la hipocresía de una organización social manifiestamente mejorable, la violencia latente. La gente no es necesariamente buena ni mala, pero sí capaz de lo peor cuando las circunstancias le llevan a ello. La acción sale de los salones alfombrados y visita los ambientes más sórdidos. Las conductas suelen ser mucho más ambiguas moralmente y, con frecuencia, no triunfa la justicia. El bien y el mal no resultan siempre claramente perceptibles y no es sencillo elegir entre ellos. El mal no anida solo en decisiones individuales desviadas sino, también, en una determinada estructura social. El protagonista suele ser consciente de vivir en medio de la podredumbre y de que poco va a conseguir contra ella, vive en el escepticismo y se limita a tratar de hacer lo debido y de ser leal a las personas que confían en él, se suele defender de la realidad que le rodea a través de la ironía y el lenguaje cínico. No siempre el criminal recibe su castigo. A veces, incluso, el criminal es el protagonista de la novela negra. A menudo la lectura no tranquiliza sino que inquieta y perturba al lector.

Estos rasgos distintivos de la novela negra aparecen magistralmente descritos en un texto clásico, el manifiesto que publicó Marcel Duhamel en 1948 en la Série Noire de Gallimard, la colección de novelas que daría nombre al género:

Que el lector sin prejuicios tenga cuidado: los volúmenes de la Serie Negra no se puede poner en todas las manos. Los aficionados a los enigmas a lo Sherlock Holmes no les sacarán provecho. El optimista habitual tampoco. La inmoralidad admitida en general en ese género únicamente sirve para destacar la moralidad convencional, tanto como unos buenos sentimientos e incluso la amoralidad misma. Veremos a policías más corruptos que los malhechores que persiguen. El detective no siempre resuelve el misterio, incluso a veces no hay misterio ni detective. Pero, ¿entonces?… Entonces queda la acción, la angustia, la violencia -en todas sus formas y, particularmente, las más deshonrosas- de las palizas y los asesinatos.

Como en las buenas películas, los estados de ánimo se plasman en los gestos y los lectores ávidos de literatura introspectiva deberán realizar una gimnasia inversa. Hay también amor -bajo todas sus formas-, pasión, odio, todos los sentimientos que, en una sociedad refinada, solo son mostrados de modo excepcional, pero que aquí son moneda corriente y que a veces se expresan con un lenguaje fuerte, poco académico, pero donde domina siempre, rosa o negro, el humor.

Parece ser que el negro inicialmente se refería al color de la portada de las novelas de esta colección, pero creo que si la denominación ha triunfado, incluso desbordando sus límites iniciales, es porque describe muy bien el objeto del género. Las novelas negras enseñan la parte más oscura de la realidad y de la naturaleza humana, la menos agradable, la que nos gusta esconder en nuestra vida cotidiana. La violencia, el crimen, la corrupción, el mal, la injusticia. Y por eso, con frecuencia, la novela negra sirve para hacer denuncia social, para llamar la atención sobre lo que no funciona bien, lo que no debiéramos ignorar ni tolerar, lo que habría que combatir.

Como ya he advertido, hoy es usual llamar novela negra a toda novela policíaca o criminal, cuando es obvio que solo una parte de las historias policíacas o criminales merecen esa denominación. En particular, considero que, stricto sensu, Agatha Christie no es autora de novela negra. Sí de novela policíaca o criminal y, obviamente, una de las mejores, por no decir la mejor. Hace pocos años los medios de comunicación españoles aireaban la noticia de que había sido elegida como la mejor escritora del género por los escritores británicos de novela negra; pero si uno leía más allá del titular, resultaba que quienes votaban eran los miembros de la Crime Writers' Association. La prensa británica, más precisa, informaba de que Agatha Christie era la mejor autora de crime novel, que no es lo mismo. Los anglosajones prefieren hablar de crime, murder o detective fiction, y como un género asociado o un subgénero hablan del harboiled, que suele coincidir con lo que en francés se rebautizó como noir.

En un relato como Los establos de Augías se observa que difícilmente se pueden aplicar a Agatha Christie los rasgos distintivos de la novela negra que antes hemos enunciado incluso cuando, como en este caso, se atreve con el tema de la corrupción política. Es obvio que su visión de la sociedad era bastante optimista, vivía muy confortablemente en la aristocrática sociedad británica que refleja en sus novelas. Sus protagonistas suelen proceder de las clases acomodadas y si, alguna vez, se muestra crítica no es para hacer denuncia social sino mera y amable ironía costumbrista. El primer ministro Hammett es un político corrupto, pero constituye una excepción entre los suyos. La corrupción no es sistémica, por eso basta adoptar una medida puntual para restablecer el orden. Igual que hace en algunas de sus aventuras Sherlock Holmes, Hércules Poirot trabaja a favor del gobierno, del orden constituido. La policía a veces es incompetente y necesita la ayuda de un detective privado, pero no es corrupta. Al final, triunfa la justicia, aunque haya que emplear alguna pequeña artimaña, y la vida puede seguir felizmente regresando a sus cauces habituales.

Aunque hay tantas definiciones de los géneros como definidores, y los límites son difusos, creo preferible reservar la denominación de novela negra a aquellas obras que encajan en el manifiesto de Duhamel y llamar a las que encajan más en la tradición de Agatha Christie solo novelas policíacas. Claro está que los géneros y subgéneros son modelos ideales y que cualquier novela encajará solo parcialmente en ellos, o encajará en varios. Pero creo que muchas novelas con crímenes y policías que hoy son calificadas como novelas negras debieran ser descritas solo como grises, a veces de un gris muy clarito.


Esta reseña ha sido escrita por Miguel Izu para la III SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2017. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original. Si quieres acceder al programa de la Semana Negra PINCHA AQUÍ o en la imagen.

 
es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea. Obras: Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017). Relato: “Un asunto privado”, en 24. Relatos navarros (2016); “Una cuenta pendiente”, en Solo Novela Negra (2016); “El vino del francés”, en El alma del vino (2017); “Un móvil para un crimen”, en la III Semana Negra en la glorieta (2017). Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015). Página web: http://webs.ono.com/mizubel/


Reseña de «El león de Nemea», de Agatha Christie

RESEÑA DE «EL LEÓN DE NEMEA», DE AGATHA CHRISTIE, por Miguel Izu
1. Introducción.
 

El león de Nemea es el primero de los doce relatos que componen la colección Los trabajos de Hércules de Agatha Christie. Hace pocos meses hice la reseña de Los establos de Augías y Javier Alonso García-Pozuelo me ha enredado para que, siguiendo el ejemplo de Hércules y de Poirot, siga escribiendo hasta completar los doce trabajos. Así que ahí voy.

Los doce relatos cortos fueron escritos por Agatha Christie entre 1939 y 1940 y publicados originalmente en Strand Magazine, todos menos La captura del Cancerbero, que fue rechazado. También fueron publicados en Estados Unidos entre 1939 y 1947, unos en This Week y otros en Ellery Queen's Mystery Magazine, aunque con títulos distintos (The Nemean Lion fue convertido en The Case of the Kidnaped Pekinese).




Finalmente, en 1947 los doce relatos se reunieron en un solo volumen publicado por la editorial Dodd, Mead and Company en Estados Unidos y por Collins Crime Club en el Reino Unido. En 1956 aparece en España de mano de la Editorial Molino con traducción de Ángel Soler Crespo.

En la mitología griega, matar al león de Nemea y despojarle de su piel es también el primero de los doce trabajos que la Sibila de Delfos impuso como penitencia a Hércules. El león aterrorizaba a los habitantes de Nemea, ciudad del Peloponeso, tenía una piel tan gruesa que no podía ser atravesada por las armas. Hércules se enfrentó a él  con su arco y sus flechas, con un garrote de olivo y con una espada de bronce, pero todo fue inútil. Al fin, lo pudo derrotar acorralándolo en su madriguera, taponando una de sus dos entradas, y estrangulándolo en un combate cuerpo a cuerpo.



Hércules lucha con el león de Nemea
- Zurbarán (1634) -

2. Sinopsis.

Ojo, contiene un completo spoiler, a estas alturas no creo que merezca la pena proteger las archiconocidas tramas de Agatha Christie.

Miss Lemon, la secretaria de Poirot, le llama la atención sobre una carta de un caballero que le ruega que investigue la desaparición del perrito pequinés propiedad de su esposa. Poirot se indigna ya que no es un caso adecuado a sus facultades, pero por curiosidad accede a entrevistarse con sir Joseph Hoggin, el cual le cuenta que el perro fue secuestrado y devuelto tras el pago por su mujer de un rescate de doscientas libras (una cantidad importante para la época, casi el doble del salario medio anual). Enterado de otro secuestro similar del perro de un amigo, quiere encontrar al secuestrador sin preocuparse del dinero que le cueste, le duele ser estafado. Poirot acepta el caso.

Lady Hoggin le cuenta que el perro fue sustraído cortando la correa cuando miss Carnaby, su señorita de compañía, lo paseaba por el parque y mientras estaba distraída con una niñera que llevaba un bebé en un carrito. Por carta pidieron el rescate que había que enviar por correo a un tal capitán Curtis, con amenazas si se avisaba a la policía. Poirot acude al decrépito hotel al que se envió el dinero, donde no conocen al capitán Curtis. Seguidamente obtiene alguna información sobre la señorita Carnaby y visita a la señora Samuelson, a quien secuestraron su pequinés de idéntico modo, con la única diferencia de que debía enviar trescientas libras a un tal comandante Blackleigh. La señora Samuelson acudió a husmear al hotel donde había enviado el dinero y encontró el sobre en un casillero, pero con los billetes sustituidos por recortes de papel. En ese hotel no conocían a ningún comandante Blackleigh.

Poirot da cuenta de sus averiguaciones a lord Hoggin, a quien encuentra en su despacho con una mancha de carmín en la barbilla. Seguidamente, con ayuda de George, su asistente, Poirot localiza un piso modesto cercano a la zona donde tuvieron lugar los secuestros caninos y encuentra en él a la señorita Carnaby junto con su hermana enferma y un pequinés, Augusto, al que coloca en sus rodillas antes de afirmar: “Ya he capturado al león de Nemea. He llevado a cabo mi tarea”. La señorita Carnaby sustituyó el pequinés de lady Hoggin por Augusto y lo llevó a pasear al mismo parque que frecuentaba; cortó ella misma la correa y el perro, adecuadamente amaestrado, corrió a su casa. Luego fingió el secuestro y cobró el rescate, su móvil era salir de sus estrecheces económicas y ahorrar algo para la vejez a costa de señoras a las que sobraba el dinero. Con sus cómplices, otras señoritas de compañía, habían repetido el número diecisiete veces.

Poirot, al constatar que había dos casos iguales, había supuesto que aquello era una trama y sospechó de la señorita Carnaby al saber que había heredado un pequinés y que tenía una hermana enferma. Con solo esos datos encargó a George encontrar un piso con una inválida a la que visitaba su hermana una vez a la semana, en su día libre, y con un perro.

   
3. Poirot, el justiciero.

Aunque en un tiempo y unas circunstancias imprecisas, anteriores a que se expatriara en el Reino Unido, Poirot trabajó en la policía belga y resulta evidente que es un hombre de orden y de costumbres conservadoras, no siempre muestra mucho respeto por la ley. No aprueba el asesinato, repite varias veces a lo largo de sus aventuras, pero no tiene inconveniente en trasgredir la ley cuando lo considera necesario para impartir justicia él mismo. Deja huir sin castigo a algunos culpables (Asesinato en el Orient Express), penetra clandestinamente en una casa para buscar una carta (Poirot infringe la ley), induce algún suicidio (El asesinato de Rogelio Ackroyd) e incluso llegará al asesinato para castigar a un asesino (Telón).

En El león de Nemea también le vemos actuar como servidor de la justicia por su cuenta. Poirot explica a lord Hoggin que conoce al culpable, pero que si lo denuncian no recuperará el dinero, en cambio si le permite ocultar su identidad le serán reintegradas las doscientas libras que la señorita Carnaby le ha devuelto, tras prometer abandonar su carrera delictiva. Lord Hoggin acepta el dinero y le pregunta por sus honorarios. Poirot responde que le recuerda mucho a un fabricante de jabón de Lieja que envenenó a su esposa para poder casarse con su secretaria, uno de sus primeros éxitos como detective en Bélgica. El lord se sobresalta y le devuelve el cheque con las doscientas libras. “Estimo muy conveniente indicarle, sir Joseph, que, dada su actual posición, deberá tener usted un cuidado extraordinario con lo que hace”, concluye Poirot.

Aunque esnob y habituado a codearse con la aristocracia, Poirot en este caso toma partido por las sirvientes, las señoritas de compañía menospreciadas y maltratadas por sus señoras. Explica la señorita Carnaby el motivo de su comportamiento: “Y ver cómo malgastan el dinero... es irritante. Sir Joseph nos relata a veces los coups que da en la City... cosas que en la mayor parte de las ocasiones me parecen francamente deshonestas, si bien he de reconocer que mi cabeza no comprende los misterios de las finanzas. Pues bien, señor Poirot, todo esto me trastornaba y creí que si le quitaba un poco de dinero a esta gente, la cual, al fin y al cabo, había tenido pocos escrúpulos en conseguirlo, no iba a perjudicarse por la pérdida... En resumen, creí que aquello no estaría mal”. “Un moderno Robin Hood”, observa Poirot
.
 4. El misterio de miss Lemon.

Como sucede con tantos otros personajes de Agatha Christie, sabemos muy poco de miss Lemon, la secretaria de Hércules Poirot presente en esta historia. Una miss Lemon aparece muy brevemente mencionada por primera vez en 1932, descrita como “una mujer joven de aspecto severo con gafas”, trabajando de secretaria de James Parker Pyne en dos relatos, El caso de la mujer de mediana edad y El caso de la señora desesperada, que fueron reunidos con otros diez en el volumen Parker Pyne investiga, protagonizado por este jubilado que se anuncia en los periódicos para ayudar a personas infelices. Después de otros dos relatos incluidos en Problema en Pollensa, Agatha Christie se deshizo de este curioso personaje.

Se suele considerar por los estudiosos de la obra de la Reina del Crimen que el mismo personaje, miss Lemon, es el que reaparece en 1935 en el relato ¿Cómo crece tu jardín? (luego incorporado a las recopilaciones Problema en Pollensa y Primeros casos de Poirot) trabajando como secretaria particular para Hercules Poirot. ¿Es la misma mujer? En este relato se la describe muy poco caritativamente: “La señorita Lemon tenía cuarenta y ocho años y un aspecto poco atractivo. La impresión general que producía era la de un montón de huesos colocados de cualquier modo. Su pasión por el orden casi igualaba la de Poirot y, aunque muy capaz de pensar por sí misma, nunca lo hacía a no ser que se lo ordenaran”; “era una máquina casi perfecta, total y gloriosamente desinteresada por los problemas humanos. La verdadera pasión de su vida era dar con un sistema de archivo perfecto, al lado del cual todos los demás sistemas serían olvidados”. En La captura del Cancerbero se la describe como "increíblemente fea e increíblemente eficiente". No queda claro si Agatha Christie se quería referir a la misma secretaria, a la que hace envejecer súbitamente, o simplemente reutiliza el apellido para otro personaje con la misma profesión.

Suponiendo que fuera el mismo personaje en ambos casos, nada sabemos sobre por qué cambió de empleo, ni tampoco nada sobre su vida anterior. Regresa intermitentemente, además de en varios relatos cortos, en diversas novelas de Poirot: Asesinato en la calle Hickory (1955), El templete de Nasse-House (1956), La tercera muchacha (1966), Los elefantes pueden recordar (1972). En la primera de estas novelas nos enteramos de que miss Lemon tiene una hermana, mrs. Hubbard, viuda, que vivió en Singapur y que administra una residencia para estudiantes en la calle Hickory de Londres (también hay una mrs. Hubbard en Asesinato en el Orient Express, de 1934, que claramente es un personaje distinto, una estadounidense que regresa de Bagdad de visitar a su hija y de la que luego sabemos que, en realidad, era la abuela de la niña secuestrada y asesinada). Los problemas que sufre la hermana de miss Lemon hacen que esta, por primera vez, cometa errores y descuide el estricto cumplimiento de sus deberes.

Gracias a su hermana sabemos que el nombre de pila de miss Lemon es Felicity. Pero al igual que con la propia agencia de Poirot, no sabemos qué es de ella cuando el detective aparece retirado o viajando por el mundo. Quizás le aplicó un ERE.


Puedes leer las colaboraciones de Miguel Izu para la III SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2017, PINCHANDO AQUÍ o en la imagen.

 
es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea. Obras: Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017). Relato: “Un asunto privado”, en 24. Relatos navarros (2016); “Una cuenta pendiente”, en Solo Novela Negra (2016); “El vino del francés”, en El alma del vino (2017); “Un móvil para un crimen”, en la III Semana Negra en la glorieta (2017). Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015). Página web: http://webs.ono.com/mizubel/