«El Policial, dentro de la morgue», por Gastón Intelisano

El Policial, dentro de la morgue 
por Gastón Intelisano
Casi terminaba el año 2000, yo era un estudiante de primer año de la carrera de Criminalística y un ávido lector de novelas de suspenso. Los días sábados solía recorrer a pie la avenida Corrientes, una de las principales de la ciudad de Buenos Aires, famosa por sus incontables librerías de saldos. Cada sábado, rebuscaba entre sus mesas y sus estantes, en busca de alguna joya, olvidada por los embates de la economía o las bondades del marketing, que por unos pocos pesos me ofrecería horas de entretenimiento. Fue en una de esas pesquisas, en que me topé con una edición española original, de “Post Mortem”, la primera novela de Patricia Cornwell, en la que nos presentaba allá por el año 1990, a una joven e inexperta médica forense, que se transformaría con el tiempo en un ícono de la novela policial. La única novela en la historia, en ganar el mismo año, cinco premios literarios internacionales. Me llamó la atención su portada, y su título. Como estudiante de Criminalística sabía que el término “Post-Mortem”, haría mención seguramente, a algo relacionado a una autopsia. Leí su contratapa y me interesó la propuesta: un asesino en serie, y su cacería contada desde los ojos de una médica forense. En primera persona. Me encantan los libros escritos en primera persona. Puedes sentirte dentro de la mente de su protagonista. Sentís que estas caminando junto a él o ella… decidí entonces, darle una oportunidad a éste libro y a esta autora norteamericana, hasta ese momento, desconocida para mí. (Al ser una edición original, no se hacía mención al éxito logrado por Patricia Cornwell después de 10 años (y 10 novelas protagonizadas por Kay Scarpetta, publicadas desde 1990). A medida que iba avanzando en la trama de la novela, pude darme cuenta que esta escritora no era como ningún otro autor de policiales que haya conocido antes. Para empezar, me acercó a un mundo que yo comenzaba a conocer gracias a mi incipiente carrera: el mundo del crimen y de los que lo investigan. Noté con cada uno de los capítulos que leía que esta escritora tenía experiencia de primera fuente y que había estado en los lugares que describía en el libro, como la morgue, los laboratorios de criminalística y las escenas del crimen. Descubriría más tarde, que ése es su método de escritura: recorrer las calles con los policías, entrar a la morgue y presenciar autopsias, ir a un polígono de tiro… método que más tarde, pondría en práctica en mis propias novelas, cuando decidí dejar de ser sólo un lector de novelas para convertirme en escritor. Por supuesto, eso ocurrió mucho tiempo después de conocer sus novelas y leer a todas las que se habían publicado hasta ese momento. Me acostumbré a visitar cada lugar que voy a describir en mi relato. Necesito estar ahí. Sentir los aromas (aunque a veces sean horrendos), palpar la violencia, sentirla frente a mí, con sus sonidos y atmosferas. Aprendí entonces, que aunque uno puede imaginárselo, nunca es lo mismo que estar allí. Aprendí que no hay forma de transmitir ciertas cosas sin esa cercanía. Al menos, para mí. Si nunca antes estuviste en una morgue, en una sala de autopsias, en la escena de un crimen, mientras la sangre de una víctima se coagula todavía en el suelo, será casi imposible transmitirle al lector la violencia y el horror del que estas siendo testigo. Para ello, acompáñenme a ese mundo…

Un hedor ahumado y ácido flota en esa sala ancha y de ventanales amplios y yo miro el cuerpo esbelto, desnudo y ennegrecido que descansa sobre una camilla cubierta con una sábana, que acaban de traer. A solas, frío y en silencio ese hombre muerto aguarda su turno. Me espera a mí. Yo soy la última persona que escuchará sus reclamos. La última persona a  la que le hablará en un idioma que importa. Cada día, en la morgue, los cuerpos me siguen contando sus historias, aun cuando se han reducido a un montón de huesos. Pero mi primer acercamiento con la muerte ocurrió hace ya mucho tiempo.

Corría el año 1984 y yo contaba apenas 6 años. Los domingos, varias veces al mes, íbamos a visitar a mi abuela Irma que vivía en el campo. Su casa estaba ubicada en una zona rural llamada Gowland en el interior de la provincia de Buenos Aires, a donde se accedía por caminos de conchilla que parecían lijar los neumáticos del auto de mi padre y formaban una costra similar al pan rallado en el chasis.

En el verano se podía disfrutar de una mañana soleada o de un atardecer bajo la copa de alguno de los tres árboles que se erguían en el amplio fondo de césped surcado por un camino central de baldosas.

En ese escenario tan plácido e idílico fue mi primer encuentro con un cadáver. Pero no fue con el de un ser humano. No, todavía faltarían algunos años para ello.

El domingo en cuestión, después de saludar a mi abuela, y mientras mis padres charlaban en la cocina, yo salí al patio trasero. Éste se extendía por más de cincuenta metros. La luz del sol me enceguecía, pero a lo lejos, en el fondo, alcanzaba a ver un bulto oscuro que descansaba en el piso. Me acerqué con cautela. La forma oscura y desdibujada en un principio se transformó en algo familiar: un perro. El perro de uno de los vecinos de mi abuela. Lo recordé porque era particularmente ruidoso y sus ladridos solían molestar a toda la cuadra.

No quise acercarme por miedo a que despertara de su sueño canino y me atacara. Hice ruidos con la boca, primero suaves y después, más sonoros. Pero el perro no despertaba. Busqué una escoba y con la punta del palo lo toqué, pero el animal seguía inmóvil. Finalmente, me acerqué hasta donde se encontraba y vi su rostro, pétreo, sus ojos abiertos, con una mirada vacía y la lengua seca, que se asomaba de su boca abierta.

Miré en los alrededores y había pisadas dejadas en la tierra mojada que finalizaban en la ubicación donde se encontraba. Mas huellas en uno de los muros bajos, en el camino de baldosas… Sus patas estaban sucias con barro. Efectivamente, eran las suyas. Él las había dejado en su camino, hasta donde finalmente se desplomó y murió. Con esos escasos datos, casi que pude rearmar los últimos momentos antes de su fallecimiento. A esa corta edad, donde el concepto de la muerte aún no está definido por completo, me encontré cara a cara con ella.

Años más tarde, leí en algún libro que los animales domésticos, como perros y gatos se alejan para morir. Instintivamente saben cuándo su momento se acerca y, como si no quisieran molestar a la familia con sus despojos, se alejan para morir en soledad.

Ese día, entré en la casa y les conté lo que había encontrado en el fondo. Mi abuela llamó al vecino que vino a buscar a su mascota y con lágrimas en los ojos, se lo llevó. Yo me quedé ahí, parado frente al lugar donde el perro había estado echado, con mi mente de niño llena de preguntas: ¿Qué pasaría con el perro ahora? y ¿Qué le había ocasionado la muerte?...

Hoy, con mi mente adulta y entrenada en ciencias forenses me hubiese preguntado: ¿Su muerte fue natural, o producto de una acción criminal?

Son las preguntas que a diario nos hacemos cuando estamos frente a un cuerpo frío y desnudo que descansa sobre una mesa de acero inoxidable de la sala de autopsias.

Si lo que yo hubiera encontrado hubiese sido un ser humano, las cosas hubieran sido muy distintas. Para empezar, tendríamos que haber llamado a la policía. Ellos hubieran llegado con un equipo de forenses que investigarían el lugar donde se encontró el cadáver, lo que a partir de ese momento se habría transformado en la escena de un crimen.

Junto con ellos acudiría un examinador médico -un graduado en medicina de cualquier especialidad  que trabaja a tiempo parcial, en colaboración con el patólogo y la policía.

Los patólogos forenses son los que practican las autopsias, pero el examinador médico es quien acudirá al escenario de una muerte inesperada, súbita o violenta.

La policía local llamaría al médico para que acudiera al lugar del crimen que estaría acordonado y protegido tanto del público como de las inclemencias del clima. Si el caso lo requiriera, se instalaría un toldo o tienda de campaña y se rodearía al espacio con potentes reflectores. En las calles habría agentes manteniendo a raya a los curiosos y desviando el transito.

El médico insertaría un termómetro esterilizado en el recto de la víctima -siempre que no se sospechara de una posible violación- y tomaría su temperatura, para compararla con la del ambiente. Tras un cálculo rápido, podría tener una idea del tiempo de la muerte, ya que se estima que la temperatura corporal desciende aproximadamente un grado por hora, las primeras doce horas después del deceso.

Comprobaría el grado de Rigor mortis, es decir, la rigidez del cadáver y el Livor mortis, o las manchas que se forman por acumulación de sangre en las partes declives del cuerpo.

Realizaría un minucioso examen externo del cadáver, así como también de sus ropas y de lo que habría debajo y en sus alrededores. Tomaría fotografías y recolectaría cualquier prueba que se pudiera perder en el traslado. Tomaría notas y enviaría el cuerpo al depósito de cadáveres del distrito correspondiente, para que un patólogo forense practicara la correspondiente autopsia.

Y allí es cuando comienza nuestro trabajo. Cuando el cuerpo llega a la morgue con la orden judicial para que determinemos que provocó que esa persona dejara de caminar por el mundo de los que respiramos. Allí es cuando comienza el desafío que la muerte se empeña en ocultar, pero que la ciencia, el entrenamiento y la experiencia logran develar. Ese es nuestro trabajo. Esa es nuestra vida. Porque la muerte no es el fin. En nuestro caso, es sólo el comienzo
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Este artículo ha sido expresamente escrito por Gastón Intelisano para la VI SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre de 2019 en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Ha participado en la jornada dedicada a la Género Negro en Latinoamérica, que coordina el escritor panameño Osvaldo Reyes. Puedes acceder al programa completo de la SEMANA NEGRA pinchando AQUÍ.

nació en San Martín, Provincia de Buenos Aires, en 1978.
En el año 1996 obtuvo una beca universitaria, otorgada por el Congreso de la Nación, con la que cursó sus estudios superiores.
Durante 4 años acompañó como pasante universitario a la U.M.F.I.C. (Unidad Médico Forense de Investigación Criminalística), donde pudo observar de cerca el trabajo tanto de médicos como de peritos forenses y asistir a numerosas escenas  de crímenes y autopsias.
Es Licenciado en Criminalística, Radiólogo  y Oficial del Poder Judicial, donde se desempeña como Técnico de autopsias medico-legales.
Es parte del Servicio de Anatomía Patológica del Hospital Municipal “Bernardo Houssay” de Vicente López.
 En 2011 publicó "MODUS OPERANDI", su primera novela, que le valió una distinción como "Obra de interés legislativo para la Provincia de Buenos Aires" por la Honorable Cámara de Diputados. Le siguieron "EPICRISIS" (2013), "ERROR DE CALCULO" (2014), "PRINCIPIO DE INTERCAMBIO" (2016) y próximamente  “LA NAVAJA DE OCKHAM” (2019) será el quinto caso investigado por Santiago Soler, el protagonista de la saga.
Participó de Festivales Internacionales de Novela Negra como BAN! (Buenos Aires Negra), CORDOBA MATA (Córdoba), AZABACHE (Mar del Plata), LA CHICAGO ARGENTINA (Rosario) y fue elegido para representar al país en GETAFE NEGRO, el prestigioso Festival de Novela Negra y Policial de Madrid.