«Una puñalada real y el nacimiento de la literatura de la literatura policial latinoamericana», por Gabriel Marcelo Wainstein
El policial latinoamericano cumplió 142 años. Su fecha de nacimiento se puede determinar con precisión, fue el 23 de julio de 1877. Ese día los lectores del diario "La Tribuna" de Buenos Aires, encontraron en sus páginas la primera parte de "La huella del crimen", de Raúl Waleis, una novela publicada como folletín por entregas que, ese mismo año, se editó en forma de libro. "La huella del crimen" no es sólo la primera novela policial argentina, sino la pionera del género en lengua castellana.
La narración tiene lugar en París. En el Bois de Boulogne se encuentra el cadáver de lo que, a primera vista, aparece como un hombre, pero luego se descubre que es una mujer joven disfrazada de varón.
La investigación queda a cargo del comisario Andrés L'Archiduc, conocido como "El Lince", un policía que combina las virtudes del hombre de acción con una gran inteligencia, profundos conocimientos científicos y una agudísima capacidad deductiva. "El Lince", un personaje que, como su homólogo felino, es capaz de ver indicios que para sus colegas pasan desapercibidos y, además, se esfuerza en descubrir verdades que se ocultan tras apariencias falsas.
En “La huella del crimen”, L'Archiduc debe desmontar la falsa imputación por homicidio contra un humilde campesino que descubrió el cadáver cuando en realidad el asesino fue un hombre de la nobleza.
“Clemencia”, el afianzamiento de la identidad.
"La huella del crimen" fue concebida como parte de una trilogía que continuaba en "Clemencia", editada al año siguiente, 1878, y que se completaba con "Herencia fatal", que el escritor anunció y nunca publicó.
Si "La huella del crimen" sienta la piedra fundacional del policial en castellano, "Clemencia" avanza en la instalación del género en Latinoamérica, ya que por primera vez aparecen personajes y escenarios argentinos.
No se trata de un detalle menor sino de una postura relevante. En épocas posteriores, hasta mediados del siglo XX, fueron muchos los autores argentinos que copiaron el modelo anglosajón y escribieron novelas situadas en Inglaterra y protagonizadas por integrantes de la nobleza británica. Waleis, a diferencia de quienes aceptaban una posición de inferioridad y sometimiento ante la metrópoli colonial, asume de manera sutil un gesto fuertemente identitario que pone a nuestra cultura en condiciones de paridad con la del Imperio.
"Clemencia" comienza en 1876, en París. Dos de los protagonistas son jóvenes argentinos que viven en Francia; uno de ellos, Rafael Meris, llegó a la capital francesa huyendo de sí mismo, tras una historia trágica que lo llena de remordimientos.
La primera parte de “Clemencia” se centra en el melodramático episodio que atormenta a Rafael. Los sucesos que narra tuvieron lugar en una estancia de las Pampas y, de esta manera, se incorporan por primera vez las tierras latinoamericanas y sus habitantes a un imaginario que, hasta entonces, sólo situaba sus historias en las capitales del Viejo Mundo o buscaba el exotismo de las colonias asiáticas, en historias que surgían de la pluma de autores europeos o norteamericanos.
En la segunda parte del libro, el autor se remonta dos décadas en el tiempo, para situarse en el año 1853. Waleis recurre otra vez a su personaje Andrés L'Archiduc, para esclarecer el asesinato de una mujer casada. Todos los indicios apuntan a un supuesto amante, sin embargo "El Lince" desconfía del exceso de verosimilitud de las pruebas y se esfuerza en encontrar al verdadero autor del delito.
El personaje de “El Lince” se hace más interesante aún cuando el escritor da un segundo salto temporal y rememora un episodio de la juventud del investigador que que fue determinante en su destino.
En esa época, L'Archiduc era un estudiante de medicina que arriesgó su vida al defender a una mujer de un intento de abuso por parte de un gendarme. Por esa situación, el joven fue condenado a dos años de cárcel bajo la injusta acusación de haber agredido al uniformado.
Durante el tiempo que pasó en prisión, el futuro investigador se dedicó a comprender el mundo delictivo y al aprendizaje autodidacta de las ciencias.
El primer detective latinoamericano.
La figura de L'Archiduc es apasionante, aunque no es el primer detective que aparece en la literatura argentina.
Lo más curioso es que estos párrafos no forman parte de una narración policial sino de un ensayo histórico-político: "Facundo", de Domingo Faustino Sarmiento, cuyo título original era “Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. Aspecto físico, costumbres y ámbitos de la República Argentina”.
Sarmiento fue un relevante intelectual y político que llegó a Presidente de la Nación y es considerado por sus admiradores y muchos de sus adversarios como el más destacado escritor del siglo XIX en la Argentina.
“Facundo” consta de tres partes: en la primera describe la geografía, antropología e historia argentina; en la segunda, relata la vida de Facundo Quiroga, un político provinciano asesinado en una emboscada que Sarmiento señalaba como una figura central para comprender las singularidades de la Argentina; en la tercera, el autor detalla su concepción de un modelo de desarrollo para el país.
El personaje del rastreador surge en el análisis de la realidad humana de nuestras tierras. Hay un dato curioso: el primer detective latinoamericano, el rastreador, aparece en un libro que tiene como punto de partida la reflexión acerca de un asesinato político real: el de Facundo Quiroga.
La puñalada
Volviendo a Waleis, también existe en su obra un vínculo con un asesinato político real.
Waleis era el seudónimo de Luis Vicente Varela, un jurista, político, y escritor que llegó a integrar la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Varela integraba la llamada “Generación del '80”, cuyos miembros formaban parte de una oligarquía ilustrada que pretendía instalar un modelo político para la Argentina.
Uno de los objetivos que se proponía Varela-Waleis era que sus novelas fueran un vehículo para popularizar sus ideas acerca del sistema judicial, particularmente sobre las posibilidades de error en los procedimientos. En el prólogo de "La huella del crímen", lo explica:
Pero volviendo al vínculo de Waleis con el asesinato real, Luis Vicente Varela era hijo de Florencio Varela, un periodista y político opositor al gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas. Florencio Varela se exilió en Montevideo y tuvo el triste papel de gestionar en Londres, en 1843, el envío de una flota británica para que invadiera la Argentina y derrocara al gobierno de Rosas.
Florencio Varela, fue asesinado de una puñalada por la espalda en 1848. El autor material del hecho fue un hombre analfabeto. Muchos señalaron a Rosas o a su aliado, el uruguayo Manuel Oribe, como los instigadores del crimen, pero otros apuntan a las diferencias internas entre los exiliados.
No es demasiado aventurado pensar entonces, que en el asesinato de su padre está la raíz de la vocación literaria-jurídica de Luis Vicente Varela. Así, el destino parece trazar una irónica parábola que va desde la puñalada mortal de un analfabeto al nacimiento de la literatura criminal latinoamericana.
La narración tiene lugar en París. En el Bois de Boulogne se encuentra el cadáver de lo que, a primera vista, aparece como un hombre, pero luego se descubre que es una mujer joven disfrazada de varón.
La investigación queda a cargo del comisario Andrés L'Archiduc, conocido como "El Lince", un policía que combina las virtudes del hombre de acción con una gran inteligencia, profundos conocimientos científicos y una agudísima capacidad deductiva. "El Lince", un personaje que, como su homólogo felino, es capaz de ver indicios que para sus colegas pasan desapercibidos y, además, se esfuerza en descubrir verdades que se ocultan tras apariencias falsas.
En “La huella del crimen”, L'Archiduc debe desmontar la falsa imputación por homicidio contra un humilde campesino que descubrió el cadáver cuando en realidad el asesino fue un hombre de la nobleza.
“Clemencia”, el afianzamiento de la identidad.
"La huella del crimen" fue concebida como parte de una trilogía que continuaba en "Clemencia", editada al año siguiente, 1878, y que se completaba con "Herencia fatal", que el escritor anunció y nunca publicó.
Si "La huella del crimen" sienta la piedra fundacional del policial en castellano, "Clemencia" avanza en la instalación del género en Latinoamérica, ya que por primera vez aparecen personajes y escenarios argentinos.
No se trata de un detalle menor sino de una postura relevante. En épocas posteriores, hasta mediados del siglo XX, fueron muchos los autores argentinos que copiaron el modelo anglosajón y escribieron novelas situadas en Inglaterra y protagonizadas por integrantes de la nobleza británica. Waleis, a diferencia de quienes aceptaban una posición de inferioridad y sometimiento ante la metrópoli colonial, asume de manera sutil un gesto fuertemente identitario que pone a nuestra cultura en condiciones de paridad con la del Imperio.
"Clemencia" comienza en 1876, en París. Dos de los protagonistas son jóvenes argentinos que viven en Francia; uno de ellos, Rafael Meris, llegó a la capital francesa huyendo de sí mismo, tras una historia trágica que lo llena de remordimientos.
La primera parte de “Clemencia” se centra en el melodramático episodio que atormenta a Rafael. Los sucesos que narra tuvieron lugar en una estancia de las Pampas y, de esta manera, se incorporan por primera vez las tierras latinoamericanas y sus habitantes a un imaginario que, hasta entonces, sólo situaba sus historias en las capitales del Viejo Mundo o buscaba el exotismo de las colonias asiáticas, en historias que surgían de la pluma de autores europeos o norteamericanos.
En la segunda parte del libro, el autor se remonta dos décadas en el tiempo, para situarse en el año 1853. Waleis recurre otra vez a su personaje Andrés L'Archiduc, para esclarecer el asesinato de una mujer casada. Todos los indicios apuntan a un supuesto amante, sin embargo "El Lince" desconfía del exceso de verosimilitud de las pruebas y se esfuerza en encontrar al verdadero autor del delito.
El personaje de “El Lince” se hace más interesante aún cuando el escritor da un segundo salto temporal y rememora un episodio de la juventud del investigador que que fue determinante en su destino.
En esa época, L'Archiduc era un estudiante de medicina que arriesgó su vida al defender a una mujer de un intento de abuso por parte de un gendarme. Por esa situación, el joven fue condenado a dos años de cárcel bajo la injusta acusación de haber agredido al uniformado.
Durante el tiempo que pasó en prisión, el futuro investigador se dedicó a comprender el mundo delictivo y al aprendizaje autodidacta de las ciencias.
"El estudio de la medicina legal le llevó a persuadirse de que estaba en buen camino. Asociados, en su cerebro privilegiado, sus conocimientos de la ciencia entraña con las reflexiones de la ciencia propia, comenzó sus experiencias en sus compañeros de prisión. Un día hablaba con un presidiario, y, juzgando a este según los detalles del delito que le había llevado al presidio, veía que su ciencia no le engañaba. Otro día, llamaba a otro compañero, y encontraba en las revelaciones de aquel hombre, nuevos elementos de estudio, y nuevas causas de investigación."Al salir de la cárcel, L'Archiduc ingresa en la policía y comienza a aplicar sus conocimientos en sus investigaciones. Descubre lo que no es evidente, a la manera de Sherlock Holmes. Sin embargo, el protagonista de Waleis se anticipa en diez años al detective de Conan Doyle, ya que la primera aventura del sabueso de Baker Street data de 1887. Por otra parte, al dotar a “El Lince” de una historia previa, el personaje adquiere una solidez más que interesante.
El primer detective latinoamericano.
La figura de L'Archiduc es apasionante, aunque no es el primer detective que aparece en la literatura argentina.
"El rastreador es un personaje grave, circunspecto, cuyas aseveraciones hacen fe en los tribunales inferiores. La conciencia del saber que posee le da cierta dignidad reservada y misteriosa. Todos le tratan con consideración: el pobre, porque puede hacerle mal, calumniándolo o denunciándolo; el propietario, porque su testimonio puede fallarle. Un robo se ha ejecutado durante la noche: no bien se nota, corren a buscar una pisada del ladrón, y encontrada, se cubre con algo para que el viento no la disipe. Se llama enseguida al rastreador, que ve el rastro y lo sigue sin mirar, sino de tarde en tarde, el suelo, como si sus ojos vieran de relieve esta pisada, que para otro es imperceptible. Sigue el curso de las calles, atraviesa los huertos, entra en una casa y, señalando un hombre que encuentra, dice fríamente: «¡Éste es!». El delito está probado, y raro es el delincuente que resiste a esta acusación. Para él, más que para el juez, la deposición del rastreador es la evidencia misma: negarla sería ridículo, absurdo. Se somete, pues, a este testigo, que considera como el dedo de Dios que lo señala."Este texto fue publicado en 1845. Unas líneas más adelante, el autor describe algunos hechos protagonizados por un rastreador llamado Calíbar.
“Se cuenta de él que durante un viaje a Buenos Aires le robaron una vez su montura de gala. Su mujer tapó el rastro con una artesa. Dos meses después, Calíbar regresó, vio el rastro, ya borrado e inapercibible para otros ojos, y no se habló más del caso. Año y medio después, Calíbar marchaba cabizbajo por una calle de los suburbios, entra a una casa y encuentra su montura, ennegrecida ya y casi inutilizada por el uso. ¡Había encontrado el rastro de su raptor, después de dos años!Casi contemporáneo al Auguste Dupín de Edgar Allan Poe, Calíbar se presenta como un formidable detective gaucho dotado de unas dotes de observación excepcionales.
El año 1830, un reo condenado a muerte se había escapado de la cárcel. Calíbar fue encargado de buscarlo. El infeliz, previendo que sería rastreado, había tomado todas las precauciones que la imagen del cadalso le sugirió. ¡Precauciones inútiles! Acaso sólo sirvieron para perderle, porque comprometido Calíbar en su reputación, el amor propio ofendido le hizo desempeñar con calor una tarea que perdía a un hombre, pero que probaba su maravillosa vista. El prófugo aprovechaba todos los accidentes del suelo para no dejar huellas; cuadras enteras había marchado pisando con la punta del pie; trepábase en seguida a las murallas bajas, cruzaba su sitio y volvía para atrás; Calíbar lo seguía sin perder la pista. Si le sucedía momentáneamente extraviarse, al hallarla de nuevo exclamaba: «¡Dónde te mi as dir!». Al fin llegó a una acequia de agua, en los suburbios, cuya corriente había seguido aquél para burlar al rastreador… ¡Inútil! Calíbar iba por las orillas sin inquietud, sin vacilar. Al fin se detiene, examina unas yerbas y dice: «Por aquí ha salido; no hay rastro, pero estas gotas de agua en los pastos lo indican». Entra en una viña: Calíbar reconoció las tapias que la rodeaban, y dijo: «Adentro está». La partida de soldados se cansó de buscar, y volvió a dar cuenta de la inutilidad de las pesquisas. «No ha salido», fue la breve respuesta que, sin moverse, sin proceder a nuevo examen, dio el rastreador. No había salido, en efecto, y al día siguiente fue ejecutado."
Lo más curioso es que estos párrafos no forman parte de una narración policial sino de un ensayo histórico-político: "Facundo", de Domingo Faustino Sarmiento, cuyo título original era “Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. Aspecto físico, costumbres y ámbitos de la República Argentina”.
Sarmiento fue un relevante intelectual y político que llegó a Presidente de la Nación y es considerado por sus admiradores y muchos de sus adversarios como el más destacado escritor del siglo XIX en la Argentina.
“Facundo” consta de tres partes: en la primera describe la geografía, antropología e historia argentina; en la segunda, relata la vida de Facundo Quiroga, un político provinciano asesinado en una emboscada que Sarmiento señalaba como una figura central para comprender las singularidades de la Argentina; en la tercera, el autor detalla su concepción de un modelo de desarrollo para el país.
El personaje del rastreador surge en el análisis de la realidad humana de nuestras tierras. Hay un dato curioso: el primer detective latinoamericano, el rastreador, aparece en un libro que tiene como punto de partida la reflexión acerca de un asesinato político real: el de Facundo Quiroga.
La puñalada
Volviendo a Waleis, también existe en su obra un vínculo con un asesinato político real.
Waleis era el seudónimo de Luis Vicente Varela, un jurista, político, y escritor que llegó a integrar la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Varela integraba la llamada “Generación del '80”, cuyos miembros formaban parte de una oligarquía ilustrada que pretendía instalar un modelo político para la Argentina.
Uno de los objetivos que se proponía Varela-Waleis era que sus novelas fueran un vehículo para popularizar sus ideas acerca del sistema judicial, particularmente sobre las posibilidades de error en los procedimientos. En el prólogo de "La huella del crímen", lo explica:
"Julio Verne ha popularizado las ciencias físico-naturales con sus novelas. Yo trato de popularizar el Derecho con mis romances, sin pretender para estos la gloria inmensa de aquellas.”Otra de sus preocupaciones era la situación de sometimiento jurídico de las mujeres. En un pasaje de la misma novela, el escritor explicita con claridad su punto de vista:
"Abrid el libro de vuestras leyes civiles. La mujer no tiene derecho que ejercer sin la venia de su esposo. La madre no tiene patria potestad sobre sus hijos. La viuda no administra los bienes de la sociedad conyugal. Os entregan una mujer por compañera, y la ley la hace casi vuestra sierva. Está obligada a obedeceros y a seguiros. Vos sois el amo. Ella la esclava."Waleis era además un profundo conocedor de la literatura policial. En un artículo publicado a principios del siglo XX refutaba la difundida creencia de que el género hubiera nacido con Sherlock Holmes, en 1887, o con Edgar Allan Poe y Auguste Dupin, en 1841. Waleis sostiene que el origen de la literatura policial se encuentra en las Memorias de Vidocq, publicadas en 1828. Eugène-François Vidocq fue un aventurero y delincuente que, una vez encarcelado, negoció transformarse en informador para la policía a cambio de ser indultado. Con los años Vidocq llegó a ser el primer jefe de la Sureté.
Pero volviendo al vínculo de Waleis con el asesinato real, Luis Vicente Varela era hijo de Florencio Varela, un periodista y político opositor al gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas. Florencio Varela se exilió en Montevideo y tuvo el triste papel de gestionar en Londres, en 1843, el envío de una flota británica para que invadiera la Argentina y derrocara al gobierno de Rosas.
Florencio Varela, fue asesinado de una puñalada por la espalda en 1848. El autor material del hecho fue un hombre analfabeto. Muchos señalaron a Rosas o a su aliado, el uruguayo Manuel Oribe, como los instigadores del crimen, pero otros apuntan a las diferencias internas entre los exiliados.
No es demasiado aventurado pensar entonces, que en el asesinato de su padre está la raíz de la vocación literaria-jurídica de Luis Vicente Varela. Así, el destino parece trazar una irónica parábola que va desde la puñalada mortal de un analfabeto al nacimiento de la literatura criminal latinoamericana.
Este artículo ha sido expresamente escrito por Gabriel Marcelo Wainsteinz para la VI SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre de 2019 en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Ha participado en la jornada dedicada a la Género Negro en Latinoamérica, que coordina el escritor panameño Osvaldo Reyes. Puedes acceder al programa completo de la SEMANA NEGRA pinchando AQUÍ.
Gabriel Marcelo Wainstein (1959, Argentina)
es periodista y guionista de cine y televisión.Integró la primera generación de alumnos de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños (Cuba) fundada por Gabriel García Márquez y Fernando Birri.
Como guionista ha ganado premios en los Festivales Internacionales de Cine de Guayaquil y Gualeguaychú.
Desde 1995 se dedica profesionalmente al periodismo.
En la actualidad trabaja en Mestiza, la radio de la Universidad Nacional Arturo Jauretche, donde, desde hace cinco temporadas, produce y conduce el programa "El dulce veneno de la novela negra", dedicado a la literatura policial.
En el marco de ese ciclo radial está desarrollando una investigación sobre la historia de la literatura policial argentina.
Visita el Canal de Youtube de El dulce veneno de la novela negra pinchando en la imagen.

