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«La forja de un rebelde III - La llama», novela de Arturo Barea


LA FORJA DE UN REBELDE III - LA LLAMA (fragmento)
Arturo Barea
–Un contra-Dios. La gente sin trabajo y las tierras abandonadas. Usted no lo creerá, pero aquí va a haber un día algo muy gordo. Tres años llevamos así, casi tanto como la República.

–¿También aquí tienen ustedes cuestiones? Ya sé que donde hay grandes fincas, los amos no quieren dar trabajo, pero aquí no creo que haya grandes señores.

–Aquí no hay más que cuatro ricos de pueblo. Y aun, si no fuera por Heliodoro, las cosas no irían muy mal, porque los otros no son mala gente. Pero Heliodoro los tiene a todos metidos en un puño, y esto es una guerra continua –Mariano se excitaba hablando, y ahora sus ojos grises estaban despiertos y sus facciones rígidas se animaban.

–Cuénteme usted lo que pasa.

–Pues muy sencillo. Antes de que viniera la República, pues había unos cuantos, media docena, de muchachos que se habían apuntado, unos a los socialistas y otros a los anarquistas. No sé cómo se atrevían, porque la Guardia Civil no los dejaba en paz y a todos ellos les han molido las costillas más de una vez. Pero claro, cuando vino la República, pues el cabo de la Guardia Civil tuvo que aguantarse y muchos más se apuntaron también. Ahora casi todo el pueblo son socialistas o anárquicos. Y Heliodoro, que siempre ha sido el cacique del pueblo y el que ha mangoneado las elecciones para el diputado de Torrijos, pues hizo lo que siempre; antes, para no perder, unas veces era liberal y otras conservador, y cuando vino la República pues se hizo de los de Lerroux, y ahora como las derechas ganan, pues desde lo de Asturias es de los de Gil Robles. Y en cuanto la gente aquí pidió que se le pagaran jornales decentes, Heliodoro cogió a los cuatro ricachos del pueblo y les dijo: «A estos granujas hay que enseñarles una lección». 

    Y comenzaron a poner gente en la calle y a no dar trabajo más que a los que se sometían a lo de antes, que también los hay. Y como aquí –lo que pasa en los pueblos–, muchos tienen un trocito de tierra y siempre pasa algo, que la mujer se pone mala o que hay un aluvión en el barranco con las lluvias, pues había muchos que le debían dinero a Heliodoro. Como es el mandón del pueblo, cogió al secretario y al alcalde y puso a todos por justicia para quedarse con las tierras. Y ahora la cosa está muy fea. Ya se puso fea hace dos años, que las gentes se metieron en las huertas e hicieron un destrozo, pero ahora está peor, porque ahora son ellos los que mandan.

–Y los mozos, ¿qué hacen?

–¿Qué quiere usted que hagan? Ahora, callarse y apretarse el cinturón. Cuando lo de Asturias, se llevaron a dos o tres y ahora nadie se atreve a decir una palabra. Pero el mejor día pasa algo. Heliodoro no va a morir en su cama.

–Entonces tienen ustedes aquí un sindicato, mejor dicho, dos.

–No hay sindicato ni nada. Los mozos se reúnen en casa de Eliseo, que tiene una taberna que la ha convertido en casino de obreros, y allí hablan. Eliseo fue anarquista allá en la Argentina.

–Pero ¿habrá un presidente o algo?

–Ca, no, señor. Lo único que hacen es reunirse y hablar, porque nadie quiere líos con el cabo.

–Tengo que ver el casino ese.

–Usted no puede ir allí, señorito. Aquello es para los pobres. Usted tiene el casino de la plaza, que es donde van los señores.

–También voy a ir allí.

–Pues de uno de los dos le echan. Seguro
.

Las elecciones de febrero de 1936 y la Guerra Civil Española

EL FRACASO DE LA POLÍTICA
Javier Alonso García-Pozuelo
En febrero de 1936, en el contexto de una Europa sumida en una grave crisis económica y en plena efervescencia de la pugna ideológica entre democracia liberal, fascismo y comunismo, se celebraron en la España de la II República unas elecciones trascendentales para la Historia del país. Si las elecciones de abril de 1931 se convirtieron, de facto, en un plebiscito sobre Monarquía o República, en febrero de 1936 se libró en España una feroz batalla entre la Izquierda y la Derecha. Pero en la cita electoral del 16 de febrero de 1936  no sólo se enfrentaron dos bloques ideológicos: el del Frente Popular (coalición electoral que aglutinó a la izquierda republicana junto a la mayoría de fuerzas obreras de la izquierda, a excepción de la CNT, que, sin embargo, en esta ocasión, no se manifestó en contra de que sus simpatizantes acudiesen a las urnas) contra una derecha, mucho menos cohesionada que en las elecciones de noviembre de 1933, que se agrupó en torno a la coalición de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) con distintos partidos políticos según las circunscripciones (con monárquicos en unas, con republicanos de derecha en otras). En aquellas elecciones se enfrentaban dos proyectos de sociedad diametralmente opuestos, dos mitades de España cuya visión del mundo se había demostrado no sólo antagónica sino totalmente incompatible desde comienzos del siglo previo. La revolución frente a la contrarevolución.
 


En la batalla electoral del 36 ninguno de los “frentes” estaba en condiciones de obtener una victoria holgada que le permitiese gobernar con una mínima estabilidad. Incluso en el improbable caso de que alguno de los bloques consiguiera una clara mayoría parlamentaria, dentro de cada frente existían grupos con  expectativas tan dispares que la labor del ejecutivo salido de las urnas se antojaba harto complicada. Una vez más en la historia de España, dos bloques enfrentados. Y dentro de cada bloque, distintas facciones tratando de hacerse con el poder.


Una vez más resonaban en la memoria colectiva las banderías políticas nacidas con la revolución liberal del XIX. Patriotas contra afrancesados, doceañistas frente a exaltados, liberales contra carlistas, moderados contra progresistas, alfonsinos frente a carlistas. Etcétera,  etcétera, etcétera.
 

Con aquellos polvos poco extrañan los lodos que vinieron después.
 

Nada más conocerse el resultado de las elecciones –en las que el Frente Popular obtuvo una clara victoria en diputados, aunque con estrecha diferencia en número de votos–, se pusieron de manifiesto dos evidencias. Por un lado, que entre los obreros y campesinos existía la urgencia de que se cumpliesen algunas de las expectativas que albergaban al darle su voto al Frente Popular (por ejemplo, que se liberase de inmediato a los encarcelados tras la revolución de octubre de 1934 y se readmitiese a los trabajadores despedidos por motivos políticos). Por otro, que un amplio sector de los vencidos en las urnas no iba a permitir que cundiera lo que ellos calificaban de anarquía; no iban a dejarse arrebatar sus privilegios de clase sin dar antes la batalla. 

Con esa difícill coyuntura tuvo que lidiar el nuevo presidente del gobierno, Manuel Azaña, el único, por otra parte, que parecía capaz de mantener unidas a las dispares fuerzas políticas englobadas en el Frente Popular.

En un clima enardecido por el discurso contrarevolucionario del diputado monárquico José Calvo Sotelo y de revolución social de Largo Caballero, dirigente del ala más radical del PSOE, Azaña trató de apaciguar a la izquierda y la derecha con un mensaje conciliador y moderado, pero los ánimos estaban muy caldeados y además existían fuerzas muy interesadas en enardecerlos más todavía.
 
José Calvo Sotelo

El proletariado, no contento con algunas importantes medidas tomadas por el presidente Azaña (como la amnistía para los procesados por la revolución del 34), aumentó sus demandas y a lo largo de la primavera del 36 se desató una oleada de protestas, huelgas y ocupación de tierras en distintas regiones de España.
 

Pero si las protestas y altercados protagonizados por obreros y campesinos contribuyeron a crear un clima de extrema agitación social en los meses previos al estallido de la Guerra Civil, más lo hizo, si cabe, el sangriento enfrentamiento callejero entre miembros de la Falange Española, por un lado, y militantes de sindicatos y partidos obreros, por otro.
 

Azaña, el «gran generador de consensos», acosado por el sector más incendiario de la izquierda revolucionaria y la fracción más inmovilista y belicosa de la derecha, fue incapaz de conservar la paz social y el país se sumió en una espiral de violencia insostenible.

La situación empeoró notablemente cuando, a mediados de abril, Manuel Azaña dejó la presidencia del gobierno para ser proclamado presidente de la República (en sustitución de Niceto Alcalá-Zamora).  Después de que el ala más radical del PSOE, encabezada por Largo Caballero, impidiera que Indalecio Prieto, representante de la sección más moderada,  sustituyese a Azaña en el cargo, Santiago Casares Quiroga ocupó la presidencia del gobierno.
 

Mientras tanto los disturbios, los actos de violencia callejera y las represalias de unos y otros se multiplicaron y un sector de la derecha, para caldear aún más el ambiente, puso el grito en el cielo contra el desorden público, llegando a insinuar en el Parlamento la necesidad de que el ejercito actuara. Paralelamente a todo esto, una fracción del ejército, en connivencia con las fuerzas tradicionalistas, con banqueros y grandes empresarios, preparaba el alzamiento contra la República. Varias voces alertaron a Casares Quiroga de lo que se estaba cocinando en contra de su gobierno, pero el presidente hizo caso omiso, tachando a esas voces de alarmistas y minusvalorando los inquietantes informes que le llegaban a su despacho un día tras otro.
 

El golpe de Estado militar se sigue gestando, pero hay una circunstancia que acaba por hacer que los altos mandos indecisos, entre ellos el general Franco, terminen por sumarse a quienes hacía meses –el minuto siguiente a conocerse el resultado de las elecciones de febrero– decidieron que había llegado el momento de tomar cartas (castrenses) en el asunto.

El detonante del golpe de Estado militar –el detonante o excusa; no la causa– fue el secuestro y asesinato en la madrugada del 13 de julio de Calvo Sotelo, por un grupo de guardias de asalto en respuesta al asesinato de José del Castillo, teniente de la Guardia de Asalto e instructor de milicias socialistas, por cuatro pistoleros de extrema derecha el día previo.
 
José del Castillo

La exaltación desatada con la muerte del dirigente monárquico fue la chispa que prendió una hoguera cuyos troncos no habían dejado de apilarse desde que el mismo 18 de febrero el general Franco se reuniese con los generales Fanjul, Goded y Rodríguez Barrio para discutir la posibilidad de dar un golpe de estado.
 

Una facción del ejército, la formada por aquellos que no estaban dispuestos a dejar que la Revolución pusiese España patas arriba, se sublevaba contra un régimen legítimo, sabedora de que para alcanzar el control del Estado debería primero acabar con el sector del ejército que permanecía fiel a la República. Dicho de otro modo, que los primeros a los que habría que liquidar eran los compañeros de armas desafectos a la sedición. «Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo», por expresarlo en palabras del general Mola.
 

El 18 de julio media España se alzaba contra la otra media, comenzando así uno de los periodos más negros de nuestra historia, abriendo una sangrienta y honda brecha entre esas dos Españas irreconciliables.
 

Ochenta años después de aquel 18 de julio (fecha gloriosa del «Alzamiento Nacional» para unos, ignominioso emblema de una insensata felonía para otros), aunque parezca mentira, algunos españoles siguen enredados en discutir en la Red sobre las verdades y mentiras que unos y otros han escrito, en papel o en digital, sobre José del Castillo y José Calvo Sotelo. Como si alguna de esas verdades y mentiras pudiera cambiar el hecho de que ambos, independientemente de cuál fuese su ideología y conducta política, fueron asesinados. Como si aquellos dos asesinatos fueran la causa de la cruenta contienda fraticida que nos apartó durante décadas del progreso y la democracia, en vez de ser el efecto de una querella ideológica que venía de largo. Del miedo patológico a perder una porción de los privilegios de clase. De un clamoroso fracaso de la política.

Camioneta en la que fue asesinado Calvo Sotelo


LA FORJA DE UN REBELDE III - LA LLAMA (fragmento)
Arturo Barea
En diciembre de 1935 Alcalá Zamora disolvió las Cortes y anunció la fecha del 16 de febrero de 1936 para celebrar las nuevas elecciones. Hubo que restablecer los plenos derechos constitucionales de los ciudadanos y comenzó la batalla de propaganda. Las derechas izaron la bandera del anticomunismo y comenzaron a aterrorizar a los futuros electores con visiones horribles de lo que sería el país en caso de una victoria de las izquierdas. Predecían el caos y dieron colorido a sus predicciones multiplicando los incidentes callejeros provocativos. Los partidos de la izquierda formaron un bloque electoral. La lista de candidatos comprendía todos los matices, desde los simples republicanos hasta anarquistas; enfocaron su propaganda sobre las atrocidades que se habían cometido con los prisioneros de izquierda después del levantamiento de Asturias y la petición de una amnistía general.

Al mismo tiempo, sin embargo, las disensiones entre los partidos de izquierda se agravaron. Su prensa dedicaba al menos tanto espacio en atacarse mutuamente como en atacar a las derechas. Cada uno de ellos tenía miedo de un golpe de Estado fascista y voceaba este miedo, proclamando a la vez su tipo particular de revolución como la única solución posible. Largo Caballero aceptó el título de «Lenin de España» y el apoyo de los comunistas. Su grupo dijo a las masas que una victoria de las elecciones no sería la victoria de un Estado democrático-burgués, sino de un Estado revolucionario. Los anarquistas anunciaron también la victoria inminente de un Estado revolucionario, no a imitación de la Rusia soviética, sino basado en los ideales libertarios. Después de los años del bienio negro aquello era como una intoxicación. La válvula de seguridad había saltado y cada simple individuo estaba hundido en discusión y en tomar parte activa en la propaganda de sus ideas
.


RIÑA DE GATOS (fragmento)
Eduardo Mendoza
En España las cosas van mal desde hace siglos, pero en los últimos meses esto es la casa de tócame Roque. Los falangistas andan a tiros con los socialistas; los socialistas, con los falangistas, con los anarquistas y, de vez en cuando, entre sí. Y mientras tanto todos hablan de hacer la revolución. Menudo despropósito. Para hacer una revolución, de derechas o de izquierdas, lo primero es tomarse la cosa en serio: unidad y disciplina.   
 

Anthony dio un sorbo a su vaso de cazalla y sintió que se le abrasaba el gaznate. Tosió y dijo:   
 

—Es preferible que no haya revolución, aunque sea por desidia.   
 

—Revolución no habrá —replicó Higinio—, pero habrá golpe de Estado. Y lo darán los militares, eso está cantado. Queda saber el cuándo: esta noche, mañana, de aquí a tres meses; el tiempo lo dirá.



es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública, epidemiología y educación sanitaria, además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Compagina su actividad docente con su pasión por la literatura, la historia (mantiene desde hace años Cita en la Glorieta, blog colaborativo de historia y literatura) y la música, llevando a los escenarios sus propias canciones en solitario o acompañado de una pequeña banda acústica. El 28 de febrero de 2017 ha publicado con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II.

«Canción de jinete», poema de Federico García Lorca

Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, 5 de junio de 1898 - camino de Víznar a Alfacar, 18 de agosto de 1936) fue un poeta, dramaturgo y prosista español, también conocido por su destreza en muchas otras artes. Adscrito a la llamada Generación del 27, es el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. Como dramaturgo, se le considera una de las cimas del teatro español del siglo XX, junto con Valle-Inclán y Buero Vallejo. Murió fusilado tras el golpe de Estado que dio origen a la Guerra Civil Española.



CANCIÓN DE JINETE
Federico García Lorca
        Córdoba.
Lejana y sola.
        Jaca negra, luna grande,
y aceitunas en mi alforja.
Aunque sepa los caminos
yo nunca llegaré a Córdoba.
        Por el llano, por el viento,
jaca negra, luna roja.
La Muerte me está mirando
desde las torres de Córdoba.
        ¡Ay qué camino tan largo!
¡Ay mi jaca valerosa!
¡Ay que la muerte me espera,
antes de llegar a Córdoba!
        Córdoba.
Lejana y sola
.


(Canciones, 1927) 

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Novelas ambientadas en Madrid (I)

La relación de 5 novelas ambientadas en Madrid que os ofrecemos a continuación ha sido elaborada con las recomendaciones de varios libreros, escritores y editores que colaboran con CITA EN LA GLORIETA. 

Las novelas seleccionadas abarcan, más o menos, los últimos cien años de nuestra historia. En próximas entregas de «Novelas ambientadas en Madrid» viajaremos a otras épocas más lejanas (siglo XVIII, XIX, Siglo de Oro). 

Muchas gracias a Fernando Gómez Lamadrid y a Javier Torras de Ugarte, que han coordinado la entrada, y a todos los que han colaborado para su publicación.


Saludos, Javier Alonso García-Pozuelo

LA COLMENA
Camilo José Cela
NOTA DEL AUTOR A LA PRIMERA EDICIÓN
 

Mi novela «La colmena», primer libro de la serie Caminos inciertos, no es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad.

Mienten quienes quieren disfrazar la vida con la máscara loca de la literatura. Ese mal que corroe las almas; ese mal que tiene tantos nombres como queramos darle, no puede ser combatido con los paños calientes del conformismo, con la cataplasma de la retórica y de la poética.
 

Esta novela mía no aspira a ser más —ni menos, ciertamente— que un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre. Queramos o no queramos. La vida es lo que vive —en nosotros o de nosotros—; nosotros no somos más que su vehículo, su excipiente como dicen los boticarios.
 

Pienso que hoy no se puede novelar más —mejor o peor— que como yo lo hago. Si pensase lo contrario, cambiaría de oficio.
 

Mi novela —por razones particulares— sale en la República Argentina; los aires nuevos —nuevos para mi— creo que hacen bien a la letra impresa. Su arquitectura escompleja, a mí me costó mucho trabajo hacerla. Es claro que esta dificultad mía tanto pudo estribar en su complejidad como en mi torpeza. Su acción discurre en Madrid —en 1942— y entre un torrente, o una colmena, de gentes que a veces son felices, y a veces, no. Los ciento sesenta personajes que bullen —no corren— por sus páginas, me han traído durante cinco largos años por el camino de la amargura. Si acerté con ellos o con ellos me equivoqué, es cosa que deberá decir el que leyere.
 

La novela no sé si es realista, o idealista, o naturalista, o costumbrista, o lo que sea. Tampoco me preocupa demasíado. Que cada cual le ponga la etiqueta que quiera; uno ya está hecho a todo.


LA COLMENA (fragmento del capítulo II)
Camilo José Cela
… La dueña se ríe por lo bajo con una risita cruel. Hay gentes a las que divierte ver pasar calamidades a los demás; para verlas bien de cerca se dedican a visitar los barrios miserables, a hacer regalos viejos a los moribundos, a los tísicos arrumbados en una manta astrosa, a los niños anémicos y panzudos que tienen los huesos blandos, a las niñas que son madres a los once años, a las golfas cuarentonas comidas de bubas...

«La colmena» ha sido recomendada para CITA EN LA GLORIETA por: Manu Espada, Valeria Correa Fiz, Sergio Rodríguez, Pedro López Fernández y Antonio Daganzo.

RIÑA DE GATOS (fragmento inicial)
Eduardo Mendoza
Capítulo 1             

4 de marzo de 1936        
 

   Querida Catherine:   
 

   Poco después de cruzar la frontera y de evacuar los enojosos trámites aduaneros, me he dormido arrullado por el traqueteo del tren, porque había pasado una noche de insomnio, acosado por el cúmulo de problemas, sobresaltos y agonías derivados de nuestra tormentosa relación. Por la ventanilla del tren sólo veía la oscuridad de la noche y mi propia imagen reflejada en el cristal: la efigie de un hombre atormentado por el desasosiego. El amanecer no trajo el alivio que a menudo acompaña el anuncio de un nuevo día. El cielo seguía nublado y la palidez de un sol mortecino hacía aún más desolado el paisaje exterior y el paisaje de mi propio espíritu. En estas circunstancias, al borde de las lágrimas, me quedé dormido. Al abrir los ojos, todo había cambiado. Lucía un sol radiante en un cielo sin límites, de un azul intenso, apenas alterado por unas nubes pequeñas, de una blancura deslumbrante. El tren recorría la yerma meseta castellana. ¡España por fin!

RIÑA DE GATOS (fragmento del capítulo II)
Eduardo Mendoza
A Anthony Whitelands siempre le ha gustado Madrid. A diferencia de tantas otras ciudades de España y de Europa, el origen de Madrid no es griego, ni romano, ni siquiera medieval, sino renacentista. Felipe II la creó de la nada estableciendo allí la corte en 1561. Por esta causa, Madrid no tiene mitos fundacionales que se remonten a una oscura divinidad, ni una virgen románica la acoge bajo su manto de madera tallada, ni una augusta catedral proyecta su aguzada sombra en la parte vieja. En su escudo no campa un aguerrido matador de dragones; su santo patrón es un humilde campesino en cuya memoria se organizan verbenas y ferias taurinas.

«Riña de gatos» ha sido recomendada para CITA EN LA GLORIETA por: Javier Torras de Ugarte y Bego Loza.

Como historiador me siento conmovido siempre que leo cualquier texto que tenga que ver con el pasado, pero más aún cuando éste es tratado no solo con rigor sino también con imaginación y habilidad. «Riña de gatos» es una de esas novelas donde la historia, nuestra historia, cobra vida y los personajes de los libros que estudiábamos en el colegio tienen voz y una personalidad propia… todo ello bajo el prisma del autor y su habitual destreza para la ironía.



TROTERAS Y DANZADERAS (fragmento inicial)
Ramón Pérez de Ayala
I
 

Teófilo Pajares, «el príncipe de los poetas españoles, a cuyo paso debía tenderse por tierra un tapiz de rosas» al decir de algunos diarios de escasa circulación, el autor de Danza macabra  y  Muecas espectrales, bajaba poco a poco y como embebecido en cavilaciones por la calle de Cervantes, cara al Botánico. Era una mañana de otoño; el cielo, desnudo, y la luz, agria. Neblina incierta, de color hez de vino, saturaba sombras y penumbras.
       
Lo primero que se echaba de ver en la persona del poeta Pajares era lo aventajado de su estatura, lo insólito de su delgadez y el desaliño de la indumentaria: desaliño de penuria económica y también por obra de cierto desdén hacia las artes cosméticas. Las botas y los pantalones, en particular, delataban con sañuda insolencia la inopia y desaseo de Teófilo. Sin duda, éste lo echaba de ver, porque, según caminaba con las manos a la espalda y la cabeza caída hacia el pecho, miraba pertinazmente pantalones y botas, y su rostro aguileño, cetrino y enjuto, languidecía con mueca de consternación —una mueca espectral hubiera dicho él—, como si encarándose con aquellas prendas tan deleznables y mal acomodadas a los miembros las motejase de falta de tenacidad ante el infortunio y de adhesión a su amo.

«Troteras y danzaderas» ha sido recomendada para CITA EN LA GLORIETA por: Álex Chico.
 
«Historias del Kronen», de José Ángel Mañas
Javier Torras de Ugarte
Hace unas semanas Fernando Gómez Lamadrid me pidió que le eligiese cinco novelas ambientadas en Madrid para una entrada de su blog de historia y literatura CITA EN LA GLORIETA. No importaba el género, pero sí me sugirió que las novelas transcurriesen en épocas distintas. Pues bien, ésta, «Historias del Kronen», es la que escogí como novela actual. Algunos pensarán que no es una novela actual y ¿quién soy yo para llevarles la contraria? Pero para mí no perderá jamás ese carácter, esa vigencia, porque su forma de expresar lo que yo veía a mí alrededor cuando era joven fue tan precisa que por momentos parecía tener tintes autobiográficos. Creo que tuvo en mí un efecto similar a «El guardián entre el centeno», salvando las enormes distancias, claro; una radiografía humana de la juventud que vivía y me rodeaba. Y Madrid, mi Madrid, de fondo.


EL AMOR ES UN REVÓLVER CARGADO POR EL DIABLO
(fragmentos)
José G. Cordonié
Imagina que entras en tu casa y te encuentras a tu mujer follando con un payaso. Aunque pienses que se trata de un hecho imprevisto, de algo que no esperas que pueda llegar a ocurrir nunca, en el fondo sabes que existe la probabilidad de que pueda llegar a pasar, como cualquier otra cosa en la vida. Así que imagínate por un momento esa escena, aunque nunca antes se te haya pasado por la cabeza. Digamos que se trata de una probabilidad entre millones de sucesos aleatorios que pueden sobrevenir, pero que de repente sucede, porque el azar, en ocasiones, se presenta de esta manera; de la forma más imprevista que uno ni siquiera es capaz de sospechar.

...

Decido no quedarme a tomar ninguna copa con mis amigos, que se marchan al café Doré, porque siento un cansancio amargo que está comenzando a llenarme de vacío. Cuando me encuentro así, prefiero estar solo. No dar esa parte de mí a aquellos que no tienen por qué soportar mi mal rollo. Y hoy no lo merecen. Tengo el deseo de estar solo y reflexionar sobre cómo debo actuar a partir de ahora en mis días, que necesitan un orden y una organización que perdí desde la marcha de Ella. Busco mi parte más racional para detener el caos y el desgobierno donde me he adentrado sin pretenderlo y que ahora pienso que me gustaría enmendar. Recomponer y arreglar para evitar ser un perdido, un hombre desrumbado avanzando a tientas y sin sentido por la vida en el que, en ocasiones, me parece que me estoy convirtiendo.

Atravieso Atocha y subo por la avenida de la Ciudad de Barcelona. En el smartphone suena How You Went So Far de Frank Black and the Catholics, y me encuentro de frente con la luna llena que cuelga en la noche sobre la silueta de sombra y luz de los edificios.


...

Pongo música.
 

Bakunin se tumba en el suelo junto a mis pies, como una extensión de mi soledad. El salón se llena del sonido de Alice in Chains, Heaven beside you, trayendo la calma a mi marea interior; sosiego y serenidad para desvanecer mi preocupación, que se esfuma muy lentamente.
 

Pienso que, en un momento así, me gustaría estar sentado en la silla de una habitación de hotel frente a una puta desnuda, sólo para preguntarle si cree en Dios. Para nada más.

 

«El amor es un revólver cargado por el diablo» ha sido recomendada para CITA EN LA GLORIETA por: Ana Grandal.