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«La forja de un rebelde III - La llama», novela de Arturo Barea


LA FORJA DE UN REBELDE III - LA LLAMA (fragmento)
Arturo Barea
–Un contra-Dios. La gente sin trabajo y las tierras abandonadas. Usted no lo creerá, pero aquí va a haber un día algo muy gordo. Tres años llevamos así, casi tanto como la República.

–¿También aquí tienen ustedes cuestiones? Ya sé que donde hay grandes fincas, los amos no quieren dar trabajo, pero aquí no creo que haya grandes señores.

–Aquí no hay más que cuatro ricos de pueblo. Y aun, si no fuera por Heliodoro, las cosas no irían muy mal, porque los otros no son mala gente. Pero Heliodoro los tiene a todos metidos en un puño, y esto es una guerra continua –Mariano se excitaba hablando, y ahora sus ojos grises estaban despiertos y sus facciones rígidas se animaban.

–Cuénteme usted lo que pasa.

–Pues muy sencillo. Antes de que viniera la República, pues había unos cuantos, media docena, de muchachos que se habían apuntado, unos a los socialistas y otros a los anarquistas. No sé cómo se atrevían, porque la Guardia Civil no los dejaba en paz y a todos ellos les han molido las costillas más de una vez. Pero claro, cuando vino la República, pues el cabo de la Guardia Civil tuvo que aguantarse y muchos más se apuntaron también. Ahora casi todo el pueblo son socialistas o anárquicos. Y Heliodoro, que siempre ha sido el cacique del pueblo y el que ha mangoneado las elecciones para el diputado de Torrijos, pues hizo lo que siempre; antes, para no perder, unas veces era liberal y otras conservador, y cuando vino la República pues se hizo de los de Lerroux, y ahora como las derechas ganan, pues desde lo de Asturias es de los de Gil Robles. Y en cuanto la gente aquí pidió que se le pagaran jornales decentes, Heliodoro cogió a los cuatro ricachos del pueblo y les dijo: «A estos granujas hay que enseñarles una lección». 

    Y comenzaron a poner gente en la calle y a no dar trabajo más que a los que se sometían a lo de antes, que también los hay. Y como aquí –lo que pasa en los pueblos–, muchos tienen un trocito de tierra y siempre pasa algo, que la mujer se pone mala o que hay un aluvión en el barranco con las lluvias, pues había muchos que le debían dinero a Heliodoro. Como es el mandón del pueblo, cogió al secretario y al alcalde y puso a todos por justicia para quedarse con las tierras. Y ahora la cosa está muy fea. Ya se puso fea hace dos años, que las gentes se metieron en las huertas e hicieron un destrozo, pero ahora está peor, porque ahora son ellos los que mandan.

–Y los mozos, ¿qué hacen?

–¿Qué quiere usted que hagan? Ahora, callarse y apretarse el cinturón. Cuando lo de Asturias, se llevaron a dos o tres y ahora nadie se atreve a decir una palabra. Pero el mejor día pasa algo. Heliodoro no va a morir en su cama.

–Entonces tienen ustedes aquí un sindicato, mejor dicho, dos.

–No hay sindicato ni nada. Los mozos se reúnen en casa de Eliseo, que tiene una taberna que la ha convertido en casino de obreros, y allí hablan. Eliseo fue anarquista allá en la Argentina.

–Pero ¿habrá un presidente o algo?

–Ca, no, señor. Lo único que hacen es reunirse y hablar, porque nadie quiere líos con el cabo.

–Tengo que ver el casino ese.

–Usted no puede ir allí, señorito. Aquello es para los pobres. Usted tiene el casino de la plaza, que es donde van los señores.

–También voy a ir allí.

–Pues de uno de los dos le echan. Seguro
.

Reseña de «El alienista» de Caleb Carr, por Jeremías Poebe

«EL ALIENISTA» DE CALEB CARR
Jeremías Poebe
Nueva York, una ciudad turbulenta, donde abunda la miseria y el poder se solaza, sopa nutricia en la que el desviado es la norma y el crimen, si no acosa al pudiente, pasa desapercibido. Finales del siglo XIX, las ciencias psiquiátrica y criminológica en mantillas y un protagonista, Laszlo Kreizler, doctor y psicólogo de insólito método, que acaba involucrado en la resolución de unos asesinatos que diríanse el goce de una única mente perturbada.

Ante la precariedad de los medios técnicos para proceder con una investigación, sin apenas datos científicos ni pruebas de campo, Laszlo decide dar salida práctica a novedosas teorías sobre la mente y el comportamiento, al aplicarlas al ámbito de la investigación; por afinidad y por necesidad, lo fía todo al perfil psicólogico del delincuente.

Con la ayuda de un periodista, John Schuyler Moore, antiguo compañero de clase; Sara Howard, una policía no muy bien avenida con sus compañeros masculinos de comisaría; y Stevie Taggart, un jovenzuelo descarriado, que el doctor ha redimido de un destino anudado a la fatalidad, Laszlo se adentra por igual en recovecos olvidados de la ciudad y rincones por descubrir del comportamiento y la mente humanas.
 


Caleb Carr, recrea ante el lector el Nueva York del cambio de siglo, los hábitos de sus habitantes, las ideas y los conflictos del momento, la arquitectura y el diseño urbano, a través de unos personajes humanos, cargados de pasado, conflictos, miedos y aspiraciones. 

La trama nos mantiene asidos al lomo del libro, el suspense no decae ni se antoja tramposo. Estamos ante una gran novela negra, una historia tan bien planteada como ejecutada.

EL ALIENISTA
Autor: Caleb Carr (Nueva York, 1955)
Título original: The Alienist (1994)
Año de publicación en castellano: 2000


Sinopsis:
Nueva York, 1896. John Schuyler Moore, reportero de sucesos de The New York Times, recibe una convocatoria en plena madrugada. Su antiguo compañero de Harvard, el famoso psicólogo (o alienista) Laszlo Kreizler, le pide que se presente en el puente de Williamsburg, donde se ha producido un crimen horrible. El director de la policía encargará a Kreizler y al propio Moore que dirijan la investigación: una jugada muy atrevida, pues un alienista es considerado poco menos que un hechizero. El problema para ambos investigadores, es que no saben nada del criminal. Para llegar a él tendrán que trazar un perfil psicológico basándose en su capacidad de penetración mental....

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Reseña de «La triunfante», de Teresa Cremisi

RESEÑA DE «LA TRIUNFANTE», DE TERESA CREMISI
(Editorial Anagrama, 2016)
Manu López Marañón
Como novela anda vendiéndose, tanto en Francia como en Italia, este galardonadísimo libro de favorable unanimidad crítica que llega a nuestras librerías. Su autora, Teresa Cremesi (conocida hasta ahora por alcanzar puestos de responsabilidad en las editoriales Gallimard y Flammarion –Michel Houllebecq y Yasmine Reza fueron publicados gracias a ella –), firma su libro de memorias pretendiendo pasarlo como «autobiografía novelada». Es probable que su entorno más próximo detecte lo que de ficción haya, pero pensamos que para el resto de sus lectores (entre los que nos incluimos) «La Triunfante» es un completo recuento de escenas costumbristas narradas, en primera persona, con prosa funcional. Porque aunque su autora haya echado mano de la imaginación (y que conste que nos lo creemos), predomina la sensación de que lo contado bien vivido está, de cómo es resultado de una vida intensa y de su ajetreado cosmopolitismo.

La Triunfante fue una corbeta obsesivamente dibujada por el pintor Joreau. Es en esta misma corbeta en la que, en 1841, embarcará rumbo a Oceanía. Para la autora el navío, contemplado en varios cuadros con la morosa minuciosidad que sólo permiten los años de la senectud, se convierte en símbolo de una existencia errante y con peligros (en este caso los propios de la navegación), los cuales, a la larga, permiten un personal triunfo. Y es que, a pesar de una vida viajera, con experiencias –y de haber logrado el éxito profesional–, la autora confiesa no haber tenido la suerte de dejar huella. Matiza: 

No habré escrito ninguna coma de la Historia, pero este mundo lo habré mirado mucho. 
Esto suena a epitafio resignado, aunque diste de ser uno de esos redactados por personas frágiles que mendigan su minuto de conmiseración.

Para llegar a estas sinceras conclusiones hemos asistido a un dilatado periplo vital. Nacida en Alejandría en 1945 de un padre empresario y una madre escultora, a la niña no le cuesta aprender varios idiomas (árabe y griego entre ellos). 


Es este un libro en el que las lecturas que han conmovido a su autora ocupan lugar importantísimo; así, en su infancia, en el internado Nuestra Señora de Sión, ha descubierto la «Ilíada» dando inicio a su pasión por el mar y las batallas.

La madre artista se traslada a Italia acompañada por su observadora hija única, a quien fascina la ebullición de la Roma de posguerra. La primera exposición escultórica resulta un éxito y ello anima a la familia a abandonar Alejandría para establecerse en Milán, donde el padre ha encontrado trabajo. Terminada su escolarización en el colegio de las marcelinas, la autora ingresa en la Universidad y allí tiene su primer romance con un profesor inglés.

La resaca del 68 francés llega a Milán mientras la autora intenta hacerse un hueco en el periodismo enviando reseñas «no solicitadas» a los rotativos. El clima de alboroto, la violencia urbana y la radicalización es permanente, algo que colabora a que se generen noticias. La autora llega a dirigir una imprenta y lee a Constantin Cavafis –quien, como ella, nació en el Hospital Griego de Alejandría–; en este poeta ha detectado, en estado puro, «el espíritu alejandrino de la decadencia» y en él encuentra su mayor devoción (compartida con el Edward Lawrence de «Los siete pilares de la sabiduría».)

De vuelta al periodismo, ahora para ocuparse de «ecos de sociedad», la autora pasa los veranos en Lugano, haciendo compañía a sus padres y visitando el museo que alberga la colección Thyssen (la que hoy disfrutamos en Madrid). La insoportable agonía de la madre y la muerte del padre son las páginas más amargas del libro. Deprimida, la autora ve al mundo empequeñecido, con la apocalíptica sensación de que Occidente se derrumba. El descubrimiento de «La línea de la sombra» logra consolarla; en esa novela de Conrad leerá que «cuando esa línea es atravesada, la juventud nos abandona para no volver más». Una semana en el Lido veneciano la reanima: allí conoce al pintor Giacomo.

En París Giacomo se gana la vida dibujando y ella comienza a dirigir una empresa especializada en revistas y semanarios. La boda de la pareja nos coloca en los años ochenta y eso, en París, supone que la autora debe trabajar con el ardor de una guerrera del capitalismo. En este momento empiezan los lamentos por un mundo perdido que ella añora con dolor: es, casi, aquel «mundo de ayer» (resulta inevitable citar el libro de memorias de Stephan Zweig) donde aún podía sentirse «la influencia de una civilización de la conversación y de unas costumbres familiares arraigadas».

En un viaje a Alejandría, la autora revisita los lugares de su infancia y adolescencia y descubre qué poco queda de ellos. El final del protectorado inglés, el dominio absoluto de las nuevas autoridades egipcias y el acercamiento de Nasser a la URSS ha cambiado –y uniformizado– el rostro de Alejandría (la cita de «Por el camino de Swann» en donde Proust ya avisó de cómo «los lugares son fugitivos como sueños» resulta oportunísima.)


Las exposiciones de Giacomo recorren el mundo. Agotado, regresa a Milán sin su mujer. La autora cambia de casa en París e inicia así un período de soledad, período –el de los albores del siglo XXI– que coincide con la primera gran crisis del periodismo escrito.

Atrani, un pueblo de la costa amalfitiana, es el último escenario del libro. A sus setenta años, y gracias a su desahogo económico, la autora practica actividades marítimas, pero también da rienda suelta a su ociosidad. Giacomo, que ha vuelto, dibuja sin parar. Es en la vejez cuando a la autora asaltan los impulsos libertarios y un consiguiente rechazo a todo lo que huela a «Ley y Orden». El placer de su pataleo pone punto final a este libro recordable
.

Datos técnicos:
Título: La triunfante (
La Triomphante)
Autora: Teresa Cremisi
Traducción: Jordi Terré
Editorial: Anagrama
ISBN: 978-84-339-7964-3


nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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Javier Alonso Gª-Pozuelo

Estela Chocarro y el «domestic noir», por Antonio Parra Sanz

ESTELA CHOCARRO Y EL «DOMESTIC NOIR»
Antonio Parra Sanz
Estamos asistiendo últimamente a una gran eclosión de términos y clasificaciones en lo referente a la novela negra, hasta el punto de que el género está mirando, tal vez demasiado, hacia el interior de sí mismo, posiblemente mitad por sobreproducción mitad por ese afán de etiquetarlo todo, y acaso estemos corriendo el riesgo de perder de vista a quien mantiene vivo el género, nada menos que al lector. Una de esas clasificaciones ha generado el término “domestic noir”, una parcela en la que Estela Chocarro se mueve a las mil maravillas.

Dentro de esas catalogaciones, y en función de la tipología del personaje, habría que establecer algunas distinciones básicas, es decir, investigadores de las fuerzas del orden, investigadores del oficio aunque no pertenezcan a dichas fuerzas, y en tercer lugar investigadores que no son ni policías ni del oficio. A estos últimos se les ha incluido en ese marchamo del “domestic noir”, posiblemente por verse envueltos en una investigación de manera un tanto fortuita.

A este grupo pertenecen Rebeca Turumbay y Víctor Yoldi, los personajes que protagonizan las dos novelas que nos ha regalado Estela Chocarro, «El próximo funeral será el tuyo» y «Nadie ha muerto en la catedral». Una historiadora experta en arte y un periodista, ni policías, ni guardias civiles ni detectives privados, sino miembros de profesiones liberales que se ven asaltados por un crimen y la posterior investigación, y que sin ser expertos en las técnicas correspondientes, aprenden rápido y se las ingenian para llegar hasta el final, lo cual les suele conceder el favor y la simpatía del público.



Estela Chocarro ha sabido ver en ellos a una pareja con cierto futuro, y los ha encadenado en ambas novelas en pos de la resolución de los misterios, pero dejando un amplio margen para lo personal, es decir, que hemos visto aflorar algunas sensaciones desde la primera entrega pero sin que las cosas lleguen a cuajar tampoco en la segunda. Un nuevo motivo para conseguir el cariño del lector, esa tensión no resuelta que a buen seguro será uno de los motores de la próxima entrega. En el plano ya del género, el acierto de contar con una pareja investigadora no es nada nuevo, muchos de los grandes lo han hecho y muchos de los grandes actuales lo siguen haciendo, facilita las cosas, ayuda al reparto de la tensión narrativa y sirve para que sus conversaciones hagan extensivos al lector los avances en cada caso.

Además de esos dos aciertos, la profesión de los protagonistas y su “emparejamiento”, la autora navarra cuenta con otra carta ganadora: el paisaje. En unos tiempos en los que las dos grandes metrópolis hispanas han perdido el monopolio de los escenarios negros, lo rural ha tomado un papel de cierta importancia, y ahí entran tanto Cárcar como Pamplona, ésta última como centro administrativo y neurálgico mientras que la pequeña localidad, de la que es originaria la familia de la propia Rebeca, se convierte en marco de muchas de sus andanzas. El paisaje cercano al personaje se torna así en otra de sus virtudes, y además en el caso de la Turumbay le supone un pozo de información que tiene muchos secretos familiares que desvelarle.

Claro que estos tres ases: la denominación de “domestic noir”, la pareja protagonista y el paisaje, por sí solos, no terminarían de garantizar el éxito si no fuera por los personajes complementarios (en este caso llamarles secundarios sería casi peyorativo), una especie de “comando geriátrico” formado por cuatro ancianos que de vez en cuando le echan una mano a Rebeca. Ahí Estela Chocarro sí que ha encontrado una auténtica mina, especialmente en Daniel el Gallardo, el único familiar vivo que le queda a Rebeca, dotado de un talento especial, tal y como se ha visto en las dos novelas.

Y eso que Daniel no está solo, le acompañan un amor otoñal (más bien invernal), Anastasia Chalezquer; el primer gitano que se estableció en la zona, Patricio, y un jovial y cantarín Marcelo Agreda, cuya mente ya empieza a emitir intermitencias pero al que siempre ha tratado Estela Chocarro con muchísimo cariño. Estos son los otros cuatro pilares de Rebeca, y el lector agradece sus apariciones porque son capaces de ponerle una pausa a la investigación al tiempo que lanzan auténticas lecciones de vida.

Nos queda, para finalizar esta panorámica, el asunto de las tramas, en las que hemos visto una fuerte presencia del arte (no en vano Rebeca trabaja en la Fundación Salvador Dalí) y de la religión, así como las sombras del pasado, ésas que son siempre tan incómodas. Para profundizar en ellas, Estela Chocarro se vale también de un peculiar ritmo narrativo, que ella va incrementando a voluntad, llevando al lector por donde quiere.


Una primera novela exitosa puede ser casual, una fórmula que funcione es suficiente para ello, pero cuando llega una segunda entrega y apuntala a la anterior, hay que pensar en lo único posible, que estamos ante una buena autora, y más cuando se ve a los lectores ávidos de una nueva entrega de esta pareja de investigadores. Hay que desearle, por tanto, larga vida a Rebeca Turumbay, porque seguro que nos va a dar más alegrías
.

Esta reseña ha sido escrita por Antonio Parra Sanz para la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2016. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original.

es profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES “Mediterráneo” de Cartagena, profesor de Escritura Creativa en ISEN Centro Universitario. Crítico literario del suplemento cultural Ababol, del diario La Verdad, miembro del Grupo Promotor del Proyecto Mandarache de Jóvenes Lectores y también del ELACT (Encuentro Literario de Autores en Cartagena). Es uno de los organizadores de Cartagena Negra (CTN). En su blog http://gomesycia.blogspot.com.es/ ejerce la crítica literaria y desgrana la actualidad con artículos de opinión. Ha publicado las novelas Ojos de fuego y La mano de Midas (ambas de la serie del detective privado Sergio Gomes), Apocalipsis 17,1 y Acabo de matar a mi editor. Es autor de los libros de relatos Desencuentros, El sueño de Tántalo y Polos opuestos. Es autor también del volumen de artículos La linterna mágica, y del ensayo Tres heridas (Aproximación didáctica a la Antología poética de Miguel Hernández), así como del guión cinematográfico Mala reputación.

«Los ángeles de hielo», novela de Toni Hill

Os ofrecemos, con permiso de su autor, un fragmento de «Los ángeles de hielo», novela de Toni Hill, traductor y escritor español (Barcelona, 1966), autor de tres novelas policíacas protagonizadas por el inspector Héctor Salgado, de los Mozos de Escuadra de Barcelona: El verano de los juguetes muertos, Los buenos suicidas y Los amantes de Hiroshima.



LOS ÁNGELES DE HIELO (fragmento)
Toni Hill
»Esa noche, cuando desperté aterido de frío, vi que Anton estaba a mi lado. Sabíamos que el siguiente combate no tardaría mucho en producirse, los italianos habían logrado escasos avances y estaban decididos a seguir atacando. Nosotros empezábamos a temer que no seríamos suficientes, y nuestra única esperanza era una ayuda alemana que ni tan siquiera se había pedido oficialmente. Por extraño que parezca, el frío era un enemigo y al mismo tiempo un aliado, ya que debilitaba a los otros por igual, o incluso más. Anton estaba tumbado a mi lado y me preguntó, en susurros, si estaba despierto. Al ver que sí, rebuscó en el bolsillo y me dio su reloj. No comprendí por qué lo hacía, y entonces acercó la boca a mi oído y murmuró: “Ya no voy a necesitarlo. Quiero que tú lo tengas. Mañana moriré”.
   
»No quise coger el reloj y él lo metió en mi bolsillo. Supongo que volví a dormirme. Al día siguiente, las tropas italianas retomaron su ofensiva contra nosotros, en el monte San Michele. Iban mejor preparados, ya lo habíamos notado antes: sus cañones disparaban sin cesar. Tuve a Anton cerca durante el combate, en el que conseguimos mantener nuestra posición, una vez más. Era 11 de noviembre…   

Se interrumpió, consciente de que todos esperaban el final. De que lo intuían pero deseaban oírlo. Y él no se sentía con fuerzas para contarlo. No con detalle: la explosión que llenó de humo su visión durante unos segundos, el cuerpo que cayó sobre él, la cara de Anton, aquel rostro hermoso, muerto y sonriente.  

—¿Y tu amigo? —preguntó su padre, en voz baja.   

—No sobrevivió —dijo él—. Ignoro cómo lo sabía, o si fue tan sólo una maldita coincidencia. Éste es su reloj —añadió, sacando del bolsillo un objeto redondo del que colgaba una cadena—. A veces cierro los ojos e intento recordar su cara, y no lo consigo. Es extraño, ¿no creen? En cambio, no puedo olvidar su voz, esas últimas palabras que me dijo: «Mañana moriré». Mañana moriré… Desde luego no hace falta ninguna médium para comunicarte con ellos porque no se van del todo. Si cierras los ojos, sobre todo de noche, puedes verlos. Oírlos. Escuchar esa última frase que dijeron antes de que la granada les hiciera estallar la garganta, su última respiración. —Se volvió hacia el anciano Torrent—. Antes me ha preguntado si la guerra duraría mucho. Sigo sin tener la respuesta. Lo que sé es que ya ha durado demasiado
. 


Los ángeles de hielo
Toni Hill
(GRIJALBO, 2016)

TONI HILL estará hoy (11 de noviembre de 2016) en MADRID de 19:30 a 21:00 en: 

la librería ESTUDIO EN ESCARLATA


Reseña de «Juegos reunidos», de Marcos Ordoñez

RESEÑA DE «JUEGOS REUNIDOS», DE MARCOS ORDÓÑEZ
Manu López Marañón
En el segundo volumen de «Los diarios de Emilio Renzi» su autor, Ricardo Piglia, predice: 
El futuro de la narración no dependerá de la construcción imaginaria de un mapa de los hechos, sino de una combinación de autobiografía, observación y reflexión. 
Para, más adelante, añadir: 
Hay una tensión entre la forma breve y la novela que me gustaría enfrentar, es decir, llevar a la novela la velocidad y la precisión de la prosa del cuento, tratar de trabajar múltiples microrrelatos que se combinen y se expandan a lo largo del libro.
Ambas citas sintetizan el quehacer literario del autor de «Juegos reunidos». Formado por un conjunto de semblanzas, reseñas cinematográficas y musicales, poesías, epifanías, fantasías oníricas, reportajes narrativos y hasta por una novela corta, con este libro inclasificable (¿de relatos?, ¿narración de no ficción?, ¿novela?) Marcos Ordoñez persigue la combinación recetada por Piglia ––a finales de los sesenta–– para las narraciones venideras, y trata de conseguir esa misma velocidad y precisión en la prosa (que el argentino ya había alcanzado para 1997 –y en forma de insuperable cumbre– en «Plata quemada»).

Las veinticuatro partes de
«Juegos reunidos» conforman, a base de autobiografía y observación, pero sin dejar de lado la reflexión que generan los recuerdos, el tono narrativo que suele forjar un texto hábilmente cohesionado.
 

Hay tres reportajes narrativos centrados en Barcelona. Así «Astor» narra una excursión, en autobús y a pie, por barrios como el Carmelo, Can Baró y Guinardó. Pasan bares con música de flamenco, humos de churrería y hombres en camiseta bebiendo en la puerta ––que recuerdan a películas neorrealistas como Accattone–– y una de aquellas ciudades-jardín (tan de moda al comienzo del pasado siglo) diseñadas para existencias saludables. En «Panorama desde el puente» la ruta se centra en los puentes: se enumeran varios, pero acaba por preferirse el de Vallarca, puente de aspecto francés que genera recuerdos relacionados con el barrio en que se encuentra, el de la Salud: así, un encuentro con Gato Pérez, un legendario circo y también alguna casa de citas. El último reportaje, «Alcoholes», bebe tanto de la observación como del recuerdo de aquellas noches de juventud. Este relato hace referencia más a locales que a licores; había poco dinero y apenas se bebía ginebra o whisky, siendo el vino peleón el combustible etílico más utilizado. Desfilan el London, el Pastis o el Boadas, pero se nos descubren otros lugares no menos míticos ya desaparecidos. El Cristal City, severo como un bar de Parador Nacional, por el que eran detectables las sombras de Jaime Gil de Biedma y Carlos Barral. O El Batikano, bar abierto en el Ensanche por un heterodoxo cura al que tocó la lotería. O Les Enfants, frente al London, donde la música de los Stones tenía su guarida. La nómina de personajes ofrece asimismo un alto recuento de bajas: a los citados escritores añadamos los músicos Gato Pérez y Jaume Sisa, empresarios de la noche como Oriol Regàs o musas trágicamente desaparecidas como Bel.

Este libro ofrece buen número de semblanzas. En «Después de la noticia de su muerte» el narrador, recordando los XXV años del fallecimiento de Jaime Gil de Biedma, regala su retrato aprovechando un encuentro que tuvo lugar en su casa con motivo de una entrevista. En «La bandera de Sharon Tate» se nos explica cómo la muerte de Sharon, el 9 de agosto de 1969, fulminó el espíritu de los sesenta. En «En su mejor momento como mujer y como actriz» el narrador recuerda cómo se hizo amigo de Malé Staufeld (trasunto de la actriz y cantante argentina Cecilia Rossetto). Contratada para protagonizar el musical Chansons éperdues el narrador viajará hasta París. En «Redemption song» el autor se relaciona con un cantante aficionado que actuaba en clubs de playa. «Querido François» repasa la filmografía del director Truffaut añadiendo a los títulos recuerdos ligados a ellos. «Cerca de Gaztambide» hace hincapié en «El gran momento de Mary Tribune», novela de Juan Hortelano esencial en la formación del autor.

Las reseñas cinematográficas, musicales y teatrales (a veces amalgamadas en una misma entrada) conforman otro grupo dentro de «Juegos reunidos». «Runaway» rememora American Graffiti, dirigida por George Lucas en 1973. El narrador (que dice haberla visto más de 15 veces) resalta las actuaciones de unos jovencísimos Ron Howard y Harrison Ford, y su banda sonora (formada por clásicos como Runaway, Rock around the clock o Green onions). En «Tres actrices» el narrador opta por transcribir testimonios. La primera actriz, Mercedes de la Aldea, fallecida en un accidente, es recordada por actores y directores como alguien de prometedor futuro. La segunda, una nonagenaria Conchita Bardem, rememora una caótica gira sudamericana de Jardiel Poncela. Y la última, María Asquerino, actualiza sus tiempos de esplendor en el Gijón y en el Whisky Club, donde cantaba a Ava Gardner Dos cruces, con sentimiento, al parecer, inigualable. En «El chico que leía la revista Fans» se nos informa de cómo la revista Fans (editada por Bruguera durante 1965-67) y sus lectores eran paradigma de una modernidad musical que estaba ya a la vuelta de la esquina. En «Los misterios del parque Chas» la película de Adolfo Aristarain, Roma (2004), despierta en el narrador recuerdos de su propia infancia que se proyectan sobre su obra literaria. «Un viejo amigo» habla de La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013). La identificación del autor con el personaje central, Jep Gambardella (interpretado por Toni Servillo) es grande: en Gambardella valora Ordoñez su refinamiento y su sensibilidad, aunque reconozca que su corazón es de hielo, lo que trae como consecuencia que solo su asistenta le dedique alguna frase tierna.

Pero no todo es prosa para Marcos Ordoñez. Cinco composiciones poéticas ofrecen ágil contrapunto. «La edad de oro» recoge las vivencias del autor, allá por 1977. El verano, sus medianoches detenidas en una Rambla abarrotada, y las tiendas de discos y librerías, dan tono a aquellos primeros años sin el caudillo, solo vencido por la muerte. «Alguien no puede más» averigua los motivos que generaron el ataque de locura que sufrió el actor Alfonso Bayard, reducido por la policía y fallecido poco después. «Esqueleto» es un recuento de las horas de un día cualquiera, de aplastante mediocridad. En «Salmo» el autor insta al lector a disfrutar en plenitud de la vida. Y en «Quiero» brinda una lista de deseos, algunos posibles y, la gran mayoría, imposibles.

Un grupo no muy numeroso es el compuesto por epifanías y fantasías oníricas. En «Una función incompleta» se nos cuenta lo que sucede en un autobús londinense cuando un malencarado negro anuncia sus propósitos de suicidarse. «Resurrección» cuenta en tono onírico la imprevista resurrección de la abuela del narrador. Y en «Al anochecer», en un autobús barcelonés, se nos da noticia del inopinado vocabulario de una chica de suburbio.

Hemos dejado para el final la parte más extensa, constituida por la novela «Nuestra canción», dividida en varios capítulos. En el I, Teodoro, un niño gallego, es acogido, en el verano de 1969, por sus tíos de Cambrils. Teo se amista con su primo, «el raro» Mario, capaz de leerse la obra de Agatha Christie sin pagar más que un volumen o de llevar unas gafas súper modernas con las que no ve una mierda. En el II los primos se reencuentran, ocho años después, en Barcelona. Teo ha ido a estudiar Periodismo y se aloja en casa de la madre de Mario, quien, en una onda contracultural, vive con otros estudiantes en un piso. Es la Barcelona de los drugstores, de los cines de reestreno y las tiendas de compraventa de discos. En el capítulo III el narrador-protagonista descubre la marihuana (de la que se hace consumidor) y tiene su primera experiencia sexual. Mario, que colabora en varias revistas renueva sus amoríos con celeridad. Las cargas policiales en la Rambla, el Canet rock, y las experiencias lisérgicas colectivas, dan color local a este capítulo. En el IV el primo Mario se enamora de una joven a la que conoce en una redacción. En su piso de soltero, y tras una cena surrealista, consigue acostarse con ella. En el V Teo cuenta cómo su primo consigue que la chica acepte su propuesta de casarse. El último capítulo, el VI, cuenta la descacharrante boda con Teo de testigo
.


Datos técnicos:
Título: Juegos reunidos
Autor: Marcos Ordóñez
Primera edición: Enero de 2016

Editorial: Libros del Asteroide
ISBN: 978-84-16213-65-8

nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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Javier Alonso Gª-Pozuelo

Reseña de «El magistrado Cuernavaca» de Pedro López-Fernández, por Bego Loza

CUENTAS PENDIENTES
Bego Loza
Con la vida siempre es preferible ajustar cuentas al momento, sin postergaciones, sin dejar espinas clavadas en nuestro corazón, porque más tarde o más temprano esa ligera molestia crecerá como una pequeña bola de nieve que desciende por la ladera de la montaña y a cada metro que recorre se hace más grande y más grande hasta terminar arrasando todo lo que encuentra a su paso, incluidos nosotros. Sí, así se las gasta la vida, así que mejor andarse espabilados y no ir dejando fantasmas a lo largo del camino, porque a buen seguro se nos aparecerán en cualquier recodo y el susto será morrocotudo...

O al menos algo así es lo que a una se le antoja decirle –con el clásico retintín amonestador de las madres– a Jesús Manuel Cuernavaca, protagonista de la novela que nos ocupa. Y es que a este magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Castilla–La Mancha, poseedor de "un brillante y recriminatorio cerebro de torturado caballero andante" y "redondeado cuerpo de escudero y mozo de armas" le aconteció lo que a cualquier hijo de vecino puede sucederle: que no supo o no pudo resolver a tiempo un oscuro episodio de juventud y casi veinte años después –habiendo ya alcanzado con sumo esfuerzo y meticulosidad un honrado puesto en la vida– se encuentra con que lo que fue una broma de compañeros se ha tornado en obsesión enfermiza grado insufrible y está a punto de desbaratarle lo construido. Y no seré yo quien juzgue si el magistrado se podría haber dado un poco más de brío o no, el caso es que veinte años es el tiempo que este descendiente de exitosos y afamados viticultores manchegos ha necesitado para hacer acopio de valor, coger el toro por los cuernos y organizar un plan con el que dar fin a tanto tormento, poner en su sitio –si la vida no lo ha hecho ya– a los hacedores de aquella broma sin gracia, y así poder continuar con su vida, libre ya de la gota –mal llamada– malaya (en realidad china).
 

Pero ¿qué tramaron aquellos compañeros de mocedad que tanto y durante tanto tiempo ha atormentado al magistrado? ¿Qué plan urde Jesús Manuel a fin de obtener venganza pasadas dos décadas? Y lo que es más inquietante, ¿conseguirá poner fin a su calvario? 

A estas preguntas, por razones obvias, no daré respuesta, que bien las zanja Pedro López-Fernández, autor de la novela, a lo largo de los cuatro bloques o partes en los que se articula la trama. Una estructura la elegida que nos permite ir entrando poco a poco en materia, recibiendo a cucharadas, sin atragantamientos ni atolondramientos, toda la información necesaria sobre quién es el magistrado, qué pasó aquella fatídica noche de universidad, qué ha sido de la vida de sus compañeros de correrías y cómo se desencadena la venganza.

Y cuando digo toda la información necesaria quizás podría matizar y añadir que recibimos toda la información necesaria y algo más, porque si bien la lectura va tirando de nosotros hasta hacer que ansiemos llegar al final y conocer el desenlace, en ocasiones –en mi opinión– la novela peca de exceso de datos, verbosidad y prolijos detalles en historias secundarias que no suman sino que más bien restan porque ralentizan la lectura. Pero pasando por alto este detalle (así como el descuido editorial en lo que, a todas luces, es una deficitaria corrección del texto) en «El magistrado Cuernavaca» encontraréis una intriga que os atrapará, no os dejará mal sabor de boca e incluso os arrancará una sonrisa de cuando en cuando...
 

¿Es posible echar de nuestro castillo a los fantasmas que llevan morando en él tantos años? ¿Lo conseguirá Jesús Manuel, el magistrado Cuernavaca?


creció de la mano del monstruo peludo, Momo, Beppo el barrendero, Pippi y otros tantos personajes literarios que hicieron que se "enganchara" a los libros; y tanto se enganchó que cuando le llegó la edad, y favorecida por los golpes del destino, encaminó hacia ellos sus pasos profesionales: ha sido editora de libros de texto, comercial de enciclopedias, correctora de textos, lectora editorial, traductora... y desde hace unos años tiene su propia editorial y su propia librería (ojo, junto a su socio y compañero Jorge, no lo olvidemos). Siempre con un libro bajo el brazo y dispuesta a pasar un buen rato conversando sobre libros, si quieres saber algo más de ella en “La esquina del zorro” la encontrarás.


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