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Microrrelatos de autores argentinos (II) Marco Denevi - Leopoldo Lugones

VERITAS ODIUM PARIT
Marco Denevi
—Traedme el caballo más veloz —pidió el hombre honrado—. Acabo de decirle la verdad al rey.

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HABLE CON ELLA
Leonardo Dolengiewich
Mamá me explica que esos ruidos que escucho por las noches son las almas de mis abuelos, que me protegen. Papá, en cambio, me dice que debe ser el viento.
   Cuando le comento lo que dice mamá, papá se enoja y me grita que no puede ser, que mi madre no podría decirme eso.   Yo no entiendo cómo puede estar tan seguro, si hace años que no habla con ella.
   Desde que la enterramos, mamá sólo me visita a mí
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LA NOCHEBUENA DEL LAZARILLO
Eduardo Gudiño Kieffer
En ello estaba cuando alguien puso su mano sobre mi hombro, y escuchar pude una voz que me decía: “Tú, mozo, ¿no sabrás acaso dónde encontrar posada?” Vuestra Merced crea, cuando esto oí, que estuve a punto de caer de mi estado, no tanto de hambre como de miedo. Volvíme y vi que el que así me hablaba era sin duda un hebraizante, por su ropa y por su continente. Plugo entonces al Señor librarme de todo temor, y alumbrado por el Espíritu Santo respondí que sí. Porque al ver detrás de aquel hombre a la más hermosa y casta de las mujeres, percáteme de que no eran sino San José y la Santísima Virgen, que como hace muchos años y en lueñes tierras buscaban un lugar dónde alojarse para que María alumbrase.

   Entréme en el lugar donde la parida estaba adorando al Niño, para ser yo el primero en contemplar la maravilla. ¡Oh, gran Dios, quién estuviera a aquella hora sepultado, que muerto del susto ya lo estaba! Porque no había solo un niño sino dos, dos rollizos infantes recién nacidos, dos preciosos llorones, dos querubines rubios. ¡La Virgen había tenido mellizos! Y puédese pensar que me equivoqué, pero era el venticuatro de diciembre a medianoche y yo no había bebido ni el más pequeño jarrillo de vino. Por eso digo que debe ser cosa del demonio, para que yo no determine arrimarme a los buenos.
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LA MANO 
David Lagmanovich
No la había perdido, pero le había quedado inútil como una flor tronchada. El soldado la miró con lástima y se preguntó qué podría hacer ahora con ella. Luchar contra los infieles ya no, pues necesitaba la fuerza de las dos manos. Necesitaba buscar otro camino y encontrar una fortaleza nueva, se dijo. Pensó entonces en escribir un libro y entrevió que eso podría otorgarle alguna nombradía. ¿Conseguiría el favor del Duque de Béjar?¿Protegería este alto señor al desconocido soldado Miguel de Cervantes? Nada se perdía con probar.
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HIROSHIMA
Rodolfo Lobo Molas
En segundos todo fue un caos indescriptible. La vida aparentaba haber desaparecido. Ella se sacudió el polvo que la cubría y se levantó de entre las ruinas: sus ojitos azorados vieron el espanto. De pronto asomó otra cucaracha y juntas se escabulleron por entre los escombros.
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EL ESPÍRITU NUEVO
Leopoldo Lugones
En un barrio mal afamado de Jafa, cierto discípulo anónimo de Jesús disputaba con las cortesanas.
-La Magdalena se ha enamorado del rabí -dijo una.
-Su amor es divino -replicó el hombre.
-¿Divino?... ¿Me negarás que adora sus cabellos blondos, sus ojos profundos, su sangre real, su saber misterioso, su dominio sobre las gentes; su belleza, en fin?
-No cabe duda; pero lo ama sin esperanza, y por esto es divino su amor
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Microrrelatos de autores argentinos (I) Enrique Anderson Imbert - Julio Cortázar

TABÚ
Enrique Anderson Imbert
El ángel de la guarda le susurra al oído:
—¡Cuidado, Fabián!, morirás apenas pronuncies la palabra zangolotino.
—¿Zangolotino?—pregunta azorado. Y muere..


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BANQUETE
Alejandro Bentivoglio
El dragón se va dando vuelta hasta poder morderse la cola, hasta masticársela con fruición, hasta comerse con la lentitud del mejor degustador del mundo. Pero no es hasta el momento en el que ya tiene la mitad de su cuerpo dentro de su boca que decide estornudar en un estallido de fuego que lo deja en el punto justo de cocción para terminar como se debe aquel banquete caníbal.
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EL ADIVINO 
Borges
En Sumatra, alguien quiere doctorarse de adivino. El brujo examinador le pregunta si será reprobado o si pasará. El candidato responde que será reprobado...

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SABER BUSCAR
Raúl Brasca
En la pequeña ciudad de Syndersdale, Australia, los descubrió y reconoció de inmediato tras los cristales del pequeño recinto que compartían.
   Salvo el cabello crecido y el reducido tamaño de sus cabezas, los exploradores no habían cambiado nada.
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LA LIBERTAD 
Rosalba Campra
Podrás ir caminando por el filo de la sombra hasta la parte alta de la ciudad. Nadie te dirá: por ahí no se pasa. Encontrarás entornada la verja de esa casa que te ensanchaba los ojos de deseo cuando eras chico. Ningún guardia te cerrará el camino, ni te prohibirá caminar sobre los macizos de anémonas hasta el estanque, entrar en los salones enguirnaldados sin que nadie te anuncie. Marcarás con caramelos tus itinerarios por las plazas, elegirás en la biblioteca central los manuscritos más ricamente iluminados para recortar las figuras, y nadie llamará a la policía, ni siquiera cuando en las farmacias te pongas a volcar uno a uno los tubos de píldoras fosforescentes que se desparramarán hasta la calle con un alboroto de perlas desenhebradas, o cuando busques en el negocio del anticuario, donde todo fue siempre demasiado caro, los más rotundos sillones coloniales, los espejos de azogue deslucido, y te los lleves sin pedir permiso. Ningún empleado del correo protestará porque te has puesto a abrir las cartas –a veces de amor– dirigidas a otros, o a usar los telegramas para hacer avioncitos que terminan por amontonarse en el mismo rincón. Ningún camarero te impedirá descorchar todas las botellas de los vinos añejos, y probar apenas un sorbo de cada una, sentado a la terraza frente al mar. Inútilmente esperando que la mujer más hermosa de la ciudad, que una mujer, que alguien, baje a sentarse contigo, y te acompañe después al teatro donde nadie te exigirá la entrada ni tratará de imponerte buenas maneras cuando te arrellanes en el palco presidencial frente al escenario vacío. Ese es el lado malo, ya te habrás dado cuenta, de ser el único sobreviviente.
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AMOR 77 
Julio Cortázar
Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten y, así progresivamente, van volviendo a ser lo que no son.

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Tres  de los cinco escritores del siglo XX que David Lagmanovich consideró “clásicos” de la minificción en  lengua española son argentinos: Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Marco Denevi. Los otros dos pertenecen, el uno por nacimiento y el otro por adopción, al ámbito geográfico y sobre todo cultural mexicano: Juan José Arreola y Augusto Monterroso.
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