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Biografía de Carlos I de España (XLIII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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NO SOMOS NADIE
Víctor Fernández Correas
Hay un momento para el que ninguno de nosotros está preparado, y es el de la muerte. Porque llega repentina, maleducada como es ella, por mucho que despida señales de lo que tarde o temprano ocurrirá. Nadie está preparado para la suya —como es lógico, salvo Leonard Cohen. Incluso le dedicó un disco al asunto. Para eso era Leonard Cohen—, ni tampoco para la de un ser querido. Así que, ¿cómo iba a estar preparado el emperador Carlos V para que se le marchara su gran amor? Tan bella, tan guapa. Tan todo, pero con un carácter recio como un chopo.

Bien es cierto, como acabo de decir, que a la parca le pirra eso de dejar señales; evidencias, vamos, de que se va a presentar el día que menos se la espere para llevarse a quien tenga enfilado/a. Y a Isabel, la bella y guapa Isabel, la tenía enfilada desde su último aborto, el primer día de mayo de 1539. Tanto, que la puso a criar malvas.

Que tenía peor cara que los yogures caducados a consecuencia del susodicho aborto lo prueba hasta un testimonio que mi colega recogió años después en sus Memorias, llegando a decir a raíz del mencionado parto que «quedó tan mal que desde entonces hasta su muerte tuvo poca salud».

En eso tuvo algo de culpa mi colega, que la dejaba preñada cada vez que volvía a casa. ¡Y con qué ganas volvía, el amigo! Siendo la consecuencia de cada ansiado regreso —recordemos que Carlos le fue fiel a Isabel hasta el momento de su muerte— parto va parto viene y cuando no, aborto va aborto viene.

Echemos cuentas: de la luna de miel en Granada, el resultado fue Felipe, que nació en 1527. Es decir, 14 meses después de la boda; 13 meses después llegó María; a la que siguió, 17 meses después, Fernando, el que tanto deseó Margarita de Austria para que lo acompañara en sus últimos años de vida. Lástima que la palmara a los pocos meses de nacer.

No es hasta 1529 cuando se produjo la primera ausencia del emperador, que se prolongó hasta 1533, siendo el resultado del regreso un aborto de la emperatriz al año siguiente, en 1534. A continuación vino el nacimiento de su hija Juana, en 1535; y el del del infante Juan, en octubre de 1537, que se marchó para el otro barrio a los pocos días. En consecuencia, el último embarazo, el que acabó con su salud —frágil ya—, terminó en aborto y fallecimiento de la emperatriz el 1 de mayo de 1539 a los 36 años. Cinco hijos, de los que sólo sobrevivieron tres, y dos abortos. Siete embarazos en total. Pues eso, cada vuelta del emperador a casa significaba un bombo para la emperatriz, unos más completos que otros, como hemos podido ver. La tranquilidad para su vientre le duró el espacio de tiempo que media entre 1529 y abril de 1533.

Se cuenta que, al desgaste del cuerpo con tanto embarazo hay que sumarle un estado de ánimo muy próximo a una sempiterna melancolía, lo que se traducía no pocas veces en llantinas de muy padre y señor mío. Valga como ejemplo la que se agarró por que su amado esposo siguió adelante con su plan de verse con Francisco I en Aigues-Mortes. Eso, en vísperas de Navidad, que también los tenía cuadrados mi colega; y asimismo que, en ausencia del emperador, la que se encargaba del redil en Castilla era ella. Y por muy buenos consejeros que tuviera —que los tuvo. El cardenal Tavera es el ejemplo—, aquello era un vodevil continuo, con Barbarroja con cuerpo jotero cada dos por tres, la incertidumbre por la integridad de su esposo, y la falta de perras —tan sempiterna o más que su melancolía— que la asfixiaba e impedía servir a su marido y señor como ella deseaba.  

En fin, que entre todos la mataron y ella sola la palmó. Y eso que los médicos aseguraban que la veían con buena cara tras el aborto. Todos menos uno, un doctor de origen converso apellidado Villalobos, toda una eminencia de la época, que por no contrariar a sus colegas —cristianos viejos todos ellos—, sólo se confesó por carta con el secretario del emperador, Francisco de los Cobos; al que vino a decir que las fiebres resultantes del aborto tenían más peligro para la salud de la emperatriz que una piraña en un bidé. Bingo para el caballero.

El golpe y consecuente dolor para el emperador fue brutal. Mientras él se refugiaba en el Monasterio de Sisla, en Toledo —algunos sostienen que, de esa estancia, le vino su deseo años después de dejarlo todo y liarse el petate para acabar sus días en la tranquilidad de Yuste—, un cortejo fúnebre de los de época con el cuerpo de Isabel recorría los caminos de España camino de Granada, para ser enterrada en la capilla real donde yacían los abuelos del marido de la finada, es decir, los Reyes Católicos.

Una vez de vuelta a la Corte pidió —casi imploró— un retrato de su amada para recordarla en todo momento, y ahí estuvo al quite su hermana María, que recordaba un retrato suyo en la pinacoteca que su tía Margarita de Austria poseía en Malinas. Malo no, lo siguiente. Se le parecía lo que un alpargata a un Manolo —de Blahnik, por supuesto—; entuerto que resolvería Tiziano unos cuantos años después pintando un retrato como Dios manda, y con una curiosa historia al respecto. Pero esa me la guardo para más adelante.
© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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Biografía de Carlos I de España (XLII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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EL EMPERADOR CARLOS V Y LA ÚLTIMA CRUZADA
Víctor Fernández Correas
Después de fracasar lo de darle de hostias a Francisco I hasta en el cielo de la boca en su propia casa, el emperador Carlos V regresó a España, donde se reencontraría con la emperatriz Isabel en Tordesillas, a donde acudió a recibirlo con sus tres churumbeles a cuestas tres años después de verlo por última vez. Allí, en Tordesillas, le esperaba el calor buscado, el oído cómplice y su amor de los amores. Fue aquélla una de las estancias más largas del emperador en casa, con los suyos, y también en compañía de su madre —las únicas navidades que pasó con ella—; unos meses para descansar y concederse una tregua para lo que estaba por venir. Como siempre, curvas. Y muy peligrosas.

Para empezar, estaba, como siempre, Francisco I, envalentonado con eso de que el emperador no lo pudo derrotar en su país. Con Flandes en un ojo y el Milanesado en el otro, decidiendo por dónde tirar —María, la hermana de mi colega, llegó a pedirle ayuda por miedo de que el francés entrara a sangre y fuego en aquellas primeras tierras; luego, los asuntos de Estado, como la asistencia a Cortes, las de 1537, que se celebraron en Valladolid tres años después de las anteriores de Madrid; y el turco —ole con ole—, de vuelta a las andadas, cuya marina había echado anclas en el puerto de Marsella. Curvas que ni las del puerto de Los Leones.

Que el turco asustaba más que decenas de Franciscos juntos se ve de aquí a Lima, así que lo esencial para hacerle frente era, precisamente, buscar una paz con el francés. De esas negociaciones se encargaron María de Hungría, la hermana pequeña del emperador, y el delfín Enrique de Francia, el futuro Enrique II, que parecían ir por buen camino; y que serían rematadas con una entrevista cara a cara entre Francisco y Carlos a la que se resistió el primero todo lo que pudo hasta encontrar el momento propicio.

Pero quien también estaba preocupado por el asunto del turco era Su Santidad, Paulo III, que no se quedó con los brazos cruzados y decidió montar una alianza —La Santa Liga se llamó aquello— entre el emperador, su hermano Fernando, y Venecia —harta de los desmanes del turco en el Mar Egeo—; y que se empeñó también en juntar a Francisco y a Carlos para que se dijeran de todo menos guapo a la cara, pero que hicieran las paces de una santa vez para guerrear contra el turco, que era el chungo de verdad. Reunión que tuvo lugar, ahora sí que sí, en Aigues-Mortes, en la costa francesa —terreno de Francisco I, bien sûr–, después de no pocas negociaciones, y con Carlos más mosqueado que un pavo en vísperas de Nochebuena por lo que le pudiera pasar al poner pie en tierras francesas tras navegar hacia ellas con su propia flota. Que no pasó nada de nada: todos buenas palabras, mejores intenciones, y algún que otro episodio de galanteo amoroso entre ambos monarcas con la amante del francés, madame D’Étampes —tela de guapa, según las crónicas de la época— como protagonista. Besos, abrazos, la palabra amigo dicha hasta saciar el oído menos insaciable, etcétera.

En consecuencia, el emperador pensó que, ahora sí que sí, había llegado el momento de convertirse en el gran cruzado que siempre soñó; el tipo que liberaría a Europa de la amenaza del turco por los siglos de los siglos, amén. Todo estaba dispuesto para tal fin. Pero no, la cosa no se dio. Que se quedó compuesto y sin ser cruzado, por resumir.

Para empezar, aquello de la cruzada como que no sentó muy allá a las Cortes de Toledo, convocadas a finales de 1538; que, al ver lo que iba a costar lo de la dichosa cruzada, y más sabiendo que los ingresos no llegaban para cubrir los gastos del asunto ni en sueños, le dijeron que se dejara de guerras y que buscara una paz general y definitiva. Menos viajes y más austeridad. Menos boato y más Castilla. Y el emperador, en consecuencia, con un cabreo de tres pares de cojones; que se quedara a vivir una temporada en Castilla y que se dejara de tanta tontería de ir de acá para allá, que no estaban las arcas del reino para tanto dispendio, para rematar. En casita, con su mujer y sus churumbeles, y a reinar. Que vale ya de tanta tontería.

A lo que hay que unir que lo de La Liga Santa, que de nombre muy bonito, pero de hechos, muchos menos de lo que soñó el emperador. De las tropas prometidas para darle hostias al turco como si no hubiera un mañana a las dispuestas para el asunto, media un abismo; y batallas, si acaso reseñar la de Herzeg Novi, y en especial la de Castelnuovo durante el verano de 1539. Carnicería esta última en la que los viejos Tercios aguantaron lo inaguantable y más, resistieron las acometidas de los turcos con una fiereza sin igual cuando Solimán ya soñaba con sentar su culo en la silla del Papa en Roma; y cuyos supervivientes —moriremos en defensa de Dios y de su Rey, contestaron a la propuesta de rendición honrosa de Barbarroja—, al serles preguntados por cuántos quedaron en pie, miraron al frente, orgullosos de lo padecido y luchado, y respondieron que contaran los muertos a sus espaldas. Gutierre de Cetina parió estos versos como recuerdo de la gesta:
 
«Héroes gloriosos, pues el cielo
os dio más parte que os negó la tierra,
bien es que por trofeo de tanta guerra
se muestran vuestros huesos por el suelo».
 
Y rematando el percal, unas negociaciones secretas con Barbarroja mientras todo aquello ya relatado se estaba desarrollando, y que se alargaron hasta 1540 para intentar que el Mediterráneo fuera lo más parecido a una balsa de aceite y todo y todos shiny happy people, que canta R.E.M.

Cuando en abril de 1539, por fin, abandonó la idea de convertirse en el cruzado que siempre soñó, más de uno y de dos respiraron tranquilos en Castilla.

La que no lo haría fue su esposa, la emperatriz Isabel. En puertas de ponerse a criar malvas.
© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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Biografía de Carlos I de España (XLI Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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QUE YA ME LOS ESTÁS TOCANDO DEMASIADO
Víctor Fernández Correas
Que si, que mi colega Carlos ya estaba hasta las narices de que el francés, esto es, Francisco I, no se cansara de tocárselos una y otra vez; y esta vez se los estaba tocando en Saboya, cuyas tierras invadió el galo estando el emperador en Nápoles. Otra más. Pues bien, la respuesta iba a ser de las gordas por parte del emperador.

Lo primero que hizo fue darle un ultimátum de veinticinco días de duración; tras ordenarle a la emperatriz Isabel que pusiera a España en alerta. A España entera. Bromas, las justas; a sabiendas de que aquel ultimátum no valdría para nada. Que ya conocía el percal.

Así que, visto lo visto, y a la espera de una respuesta del francés, el emperador tomó el camino del norte de Italia desde Roma, donde se entretuvo una temporada, como pudimos ver en el capítulo anterior. En su cabeza bullía un plan lo más de lo más: invadir Francia. Con un par; entrar en el cuarto de Francisco I y liársela parda. Y si tenía lo que hay que tener, que le hiciera frente en su propia casa.

Algo se tuvo que oler el francés, porque camino del norte de Italia a mi colega Carlos le salió el cardenal de Lorena, enviado por Francisco I; que no es que cambiara de condiciones para llegar a un acuerdo pacífico en lo tocante a Saboya y tal. Nanay. Pero que se mostraba más flexible, eso sí que sí. Hablar y todo eso. Pero aquel cardenal se encontró con que era ahora mi colega el que le soltó que haber escogido susto. A buenas horas, y tal.

En fin, que los desvelos del cardenal de Lorena de evitar que se desatara una hondonada de hostias fueron en vano. Tanto es así, que el emperador mandó a un fiel servidor suyo y mejor soldado, un tipo llamado Garcilaso de la Vega —de algo os debe sonar. Seguro—, a ultimar el plan de operaciones con Andrea Doria y Antonio Leyva, jefes de los ejércitos de mar y de tierra, respectivamente, para un ataque a Francia en ambos terrenos. Y, mientras a Carlos le recibían poco menos que a Neil Armstrong y compañía en Madrid allá por donde pasaba —el tributado en Florencia por su hija, Margarita de Parma, y su yerno, Alejandro de Médicis, de órdago—, continuaron los preparativos para la guerra, con el reclutamiento de más de 35.000 lansquenetes en Alemania, además de movilizar a tropas en España e Italia, que no llegarían de un día para otro, como es de suponer —siglo XVI. Los desplazamientos no eran como los de ahora—. Entretanto, Su Santidad, Paulo III, nombró a nuevos cardenales —Trivulcio y Caracciolo— para detener la amenaza de las hostias, que se adivinaban importantes. De gran calibre.

En total mi colega reunió a cerca de 60.000 soldados —24.000 alemanes, 26.000 italianos y 10.000 españoles, caballería y artillería aparte—, contingente con el que se encontró en Asti —en el Piamonte. Italia—. Allí celebró su primer consejo de guerra, en el que Leyva le aconsejó desarrollar la guerra en dos fases: la primera, los franceses, a tomar por saco del Piamonte. Muerto el perro, se acabó la rabia; la segunda, recuperar Saboya, lo que supondría dejar al francés sin su plataforma preferida para atacar la zona cuando le viniera en gana; y, ya de paso, entrar por Francia como Pedro por su casa. Con este movimiento, además, Francisco I se quedaría sin bazas a la hora de afrontar un hipotético proceso de paz, para reducir el conflicto a lo que Leyva llamaba «una crisis política estrictamente localizada». Por su parte, Doria, más ambicioso y echado para adelante, le aconsejó tomar Marsella —burro grande ande o no ande—, y hacer lo mismo que en Túnez. El mar, la fuente de las victorias, y todo eso.

Así estaban las cosas. De lo que se pensó a lo que pasó medió un abismo, pero es bueno en este punto recordar lo que salió de aquel consejo de guerra. Lo primero, echarse sobre Turín para terminar de sacar a los franceses de Italia; luego, caer sobre Grenoble e incluso sobre Lyon, ciudad desde la que los espías del emperador aseguraban que partió la última ofensiva francesa; y, así, acercarse al Franco Condado —última de las herencias recibidas por el emperador—, cuya seguridad le tenía más mosqueado que la Navidad a un pavo. En resumidas cuentas, el Francia. Tan sencillo.
    
De lo que pasó a lo que se pensó, decía, un abismo. Primero, un contratiempo llamado Fossano, que resistió el asedio propuesto por Antonio de Leyva lo que no está en los escritos; y cuya conquista el emperador consideraba esencial, pues en su opinión, «será ganar o perder toda la reputación de lo que en adelante habremos de hacer». Por mis santos cojones, por resumir. El resultado de la obstinada resistencia de Fossano y de lo que pudiera derivarse de ello —llegada de franceses a cascoporro para auxiliar la plaza, etcétera— fue un cambio de planes; y del inicial deseo de subir hasta Grenoble se pasó a una ofensiva en la Provenza. A ver qué tal salía la cosa. Y salir, lo que se dice salir, pues no. No salió bien, porque aquello terminó para sus intereses como el rosario de la aurora.
    
Fossano fue la prueba de que la cosa no se iba a dar como el emperador pensaba. Y, claro, con el terreno enquistado y el francés dispuesto a una guerra de resistencia aún en su propio territorio, el asunto pintaba feo para el emperador. No obstante, por el occidente asomó un pequeño rayo de luz para sus intereses en forma de detención y traslado de Ana Bolena a la Torre de Londres. Lo de siempre: Enrique VIII —otro que tal baila—, que ya se había hartado de la enésima. La alegría que le entró al emperador fue de las gordas. Tanto como para decir que «Dios ha querido abrir camino», de tan chungo que veía el asunto con el francés. Qué mejor aliado para sus intereses que el rey inglés, al que pensó en ofrecer una doble alianza matrimonial portugués: por un lado, Enrique con María de Portugal, hija de su hermana Leonor de Austria; por otro, María Tudor con el infante Don Luis. La alegría le duró un suspiro —incluso el emperador llegó a soñar con que Inglaterra volviera a la senda del catolicismo con esos enlaces—, ya que nunca se hizo realidad. Lo único real era la guerra con el francés.

Tras cruzar los Alpes Marítimos igual que hiciera Aníbal siglos atrás, pero al revés, se desataron las hostialidades —sí, de hostia—, con el duque de Alba al frente de la caballería pesada. Palabras mayores; y el mismísimo emperador al de la infantería. El asunto empezó bien, con la toma de Antibes y Cannes, que el ejército francés, dirigido por el sin par Anne de Montmorency —lo de Anne le venía por su madrina, Ana de Bretaña. Así lo quiso, la colega—, dejó como un solar. Solar que se extendió a aquellas tierras a las que llegaba el ejército imperial, con los locales tributándoles homenajes de un desprecio que atentaría con los dispuesto en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, amén de ayudar a las huestes de Montmorency en todo lo que necesitaran; y con el peligro que suponía alejarse de la costa, lo que dificultaba el abastecimiento del ejército, que contaba con el apoyo por mar de la flota al mando de Andrea Doria. Y todo esto, en pleno mes de julio. Seguimos, pues, para bingo.
 
El resultado fue un escenario dantesco: los caballos, palmándola por centenares, tierras que los franceses quemaban en su retirada para no dejar nada a los imperiales que llevarse a la boca —sus soldados llegaron a comerse las uvas aún verdes. Así estaba el patio—, y ni una oportunidad decente para enfrentarse al ejército francés.

En consecuencia, el sueño de tomar Marsella se desvanecía. Desbastecidas las tropas, abrasadas por el calor, con algunas bajas de renombre —las veremos a continuación—, y con el miedo en el cuerpo del emperador de ser caer preso y repetir lo de Pavía, pero al revés, el 4 de septiembre de 1536 anunció que se volvía para Italia dejando en paz a Francisco I y a sus franceses; llorando la muerte de Antonio de Leyva en plena retirada, al que incluso los franceses, como homenaje —el respeto, siempre por delante—le prepararon una litera para que se trasladara su cuerpo con la dignidad que merecía; y también la de Garcilaso de la Vega —el que os dije si os sonaba—, muerto en Le Muy en una refriega sin más, rebasada la treintena. Murió en cuerpo y alma, que no en recuerdo, que quedó plasmado en versos como estos:
«Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre»
¿Y Carlos? A pesar de todo, orgulloso: la guerra se había librado en suelo francés, lejos de Italia, lo que resumió con estas palabras: «Sienta —el francés— el efecto desta guerra en su propio Reino»; y el francés tampoco había tenido cojones de enfrentarse a él cara a cara.  Jodido, pero contento, en definitiva.
© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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Biografía de Carlos I de España (XL Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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CERCO UN CENTRO DI GRATIVA PERMANENTE (2)
Víctor Fernández Correas
Lo de la toma de la Goleta no fue celebrado por igual en todo el Mediterráneo, no os creáis. Fin a la gran amenaza y todo eso, pues según. En Italia dieron palmas con orejas, en especial Sicilia y Nápoles. Carolus Africanus, llegaron a llamar a mi colega Carlos. Imaginaos. Pero en Francia, la otra gran nación cuyas tierras lame aquel mar… ¡Ay, en Francia!

Francisco I estaba más caliente que el palo de un churrero. Eso de ver cómo el eje Marsella-Argel quedara debilitado a la par que el poder imperial se hiciera más y más grande, le sentó como una patada en la entrepierna. Y más al conocer el emperador algunas cosillas de sus tejemanejes con el infiel. Líneas más adelante os lo contaré.

En consecuencia, guerra en el horizonte.

Entre que Francisco no estaba dispuesto a pasar por alto lo de La Goleta y que todavía le dolía la pérdida del Milanesado, pues eso, leña al manzano —léase Carlos V—, que estaba engordando. Lo primero que hizo el francés fue preparar un ejército nacional a imagen y semejanza de los Tercios del emperador. Gente curtida, afín. Fieros y duros como los españoles, pero en francés. Lo segundo, aliarse con todo bicho viviente para darle cera de la buena a aquel manzano. Es decir, con Enrique VIII —al que le prometió la ayuda de La Sorbona en su divorcio de Catalina de Aragón—; con los príncipes alemanes, apoyando a la Liga de Esmalcalda, la unión de aquellos príncipes para tocarle los cojones al emperador —de ella hablaremos en próximas entregas. Tranquilidad—; y —cómo no— con el mismísimo Papa, Clemente VII, al que prometió que casaría a su hijo Enrique —el futuro Enrique II— con la sobrina de su Santidad, Catalina de Médicis.

¿Y el emperador? Conocía el paño más que de sobra, así que decidió darse una vuelta por las tierras que le esperaban como agua de mayo, esto es Sicilia y Nápoles, que ya habría tiempo de ocuparse del francés; donde le brindaron un recibimiento del copón: arcos triunfales en honor de Carolus Africanus por aquí, vítores y elogios por allá… Y dinero a espuertas para comenzar a preparar la guerra con Francisco I, que tampoco venía mal. El Reino de Nápoles, muchos de cuyos hijos participaron en la toma de La Goleta, le soltó 1 500 000 ducados —una pasta gansa—, mientras que de Sicilia se trajo otros 150 000 por cortesía de sus Estados del Reino.

Dinero que, insisto, le vino de vicio para preparar el enésimo enfrentamiento con el francés, que tenía el hombre el cuerpo jotero. Más si cabe cuando conoció que aquel tipo ya había invadido el ducado de Saboya, cuyos duques eran aliados del emperador. Por lo que no tuvo más remedio que coger la pluma y contarle a su amada Isabel que no regresaría en su compañía tal como le había prometido; y que el rencuentro se tendría que retrasar algo más. Que ganas de estar con ella tenía un rato, pero el francés no hacía más que tocarle los cojones y había que pararlo sí o sí. De la carta que el emperador escribió a Isabel merece la pena rescatar este fragmento: «…Y por eso, señora, no son menester aquí soledades ni requiebros. Ensanche ese corazón para sufrir lo que Dios ordenare…». Chiribitas en los ojos, es poco.

Que mi colega le tenía ganas al francés se ve de aquí a Lima, pero lo que le puso como una moto fue apoderarse en Túnez de cierta correspondencia que constataba la alianza Marsella-Argel entre Francisco I y Barbarroja, y eso sí que no, vamos. Un cristiano aliándose con un infiel con tal de tocarle los cojones. Que no, que no.

Vamos, que iba a ver guerra era tan cierto como que el sol sale por el oriente y se pone por el occidente. Pero sucedió un acontecimiento inesperado, porque la muerte es así. Quien la palmó fue el Papa Clemente VIII, al que sustituyó Paulo III. Y, claro, la pregunta que todos se hicieron fue la misma que te estarás haciendo tú mientras lees estas líneas. Y este, ¿a quién apoyaría? Lo primero que conoció Carlos es que su Santidad quería actuar como árbitro en el nuevo enfrentamiento entre los dos monarcas más importantes de la época con permiso de Enrique VIII.

Y con tal de cumplir con su papel, su Santidad le invitó a Roma, a lo que Carlos respondió que sí, que vale; y de paso, pidió al General de la Orden Franciscana que indagara un poco en el percal para saber qué atenerse. Y lo que aquél le transmitió es que Paulo III había conseguido parar los pies al francés hasta ver en qué quedaba su labor de mediación. Pues vale.

Después de cubrirse la espalda y de asegurar su posición en el Milanesado por si al francés le daba por incumplir su promesa y recuperarlo por sus santas narices, mi colega Carlos acudió a Roma. Como digo, lo hizo cubriéndose la espalda y con la mosca tras la oreja, pues sí conoció que el Papa había ayudado al francés de manera indirecta disponiendo éste de los diezmos eclesiásticos sin protesta del Papa, pero negando a Antonio de Leyva, capitán general de la Liga defensiva, que hiciera levas en tierras pontificias.

Ya en Roma, y tras ser recibido por todo lo alto —que para eso era Roma—, tuvo lugar la esperada entrevista entre Carlos y Paulo III, que mantuvieron en la Basílica de San Pedro después de esperarlo su Santidad en la plaza del mismo nombre. En aquella entrevista Carlos le echó en cara que, mientras él luchaba contra los infieles, al francés no se le caían los anillos por aliarse con Barbarroja, ni tampoco le hacía ascos a invadir el ducado de Saboya, o a amenazar al Milanesado por mucho que hubiera una tregua en vigor.

En fin, que se iba a dar de hostias una vez más con el francés lo tenía tan claro como aprovechar un par de días para darse un garbeo de incógnito por las calles de Roma y así disfrutar de sus maravillas; y también para disfrutar de su Semana Santa. Incluso, hasta se cuenta que lavó los pies a doce pobres de solemnidad en un gesto cristiano a más no poder.

Hostias, decía, para concluir. Unas cuantas hubo. Pero de ellas os hablaré en el siguiente capítulo.
© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

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