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Reseña de «Perdición: El asesino de la Polaroid», de Daniel L. Hawk y J.A. Beckett

Reseña de «Perdición: El asesino de la Polaroid», de Daniel L. Hawk y J.A. Beckett. 
Ediciones P.G. (2019)
por Manu López Marañón
Para quienes siempre hemos sentido curiosidad por la manera en que salen adelante las novelas escritas a cuatro manos, el encuentro entre el filósofo y escritor J.A. Beckett (Granada, 1968) con el disc-jockey, diseñador gráfico y miembro de un gabinete jurídico, Daniel L. Hawk (Sevilla, 1969), añade una buena dosis de asombro: la de saber que previamente –y en solitario– Beckett ha escrito ya dos novelas protagonizadas por David Ábaco, el detective de «Perdición: el asesino de la Polaroid». La primera, «Entre las hojas muertas», está ambientada en el Chile de Pinochet (la trama aúna alta política e intriga) y en «La muerte sabe a Blues» homenajea al cine negro con su detective perspicaz, la femme fatale y el infaltable crimen que sacude a la alta sociedad.

Es decir, que Daniel L. Hawk se ha incorporado a una saga bastante rodada para contribuir a este tercer caso del detective ideado por Beckett, lo que resulta –creo yo– algo insólito en nuestras letras, por no decir único. De cualquier manera, esta colaboración suya, por lo menos en la novela que reseño hoy para Cita en la Glorieta, ha dado un resultado muy estimulante. ¡Ah!, y no puedo olvidar que Daniel y J.A. tienen entre sus manos, desde hace más de un año, otro trabajo en común: el de dirigir una gran revista de referencia para el género: Solo Novela Negra.

No soy entusiasta lector de investigaciones criminales ni menos de thrillers. Creo haber leído ya suficientes obras de este popularísimo remedo literario como para asegurar que, sin duda, con cualquier otra rama del género (así, novela negra de barrio, novela negra histórica o novela negra rural) disfruto muchísimo más. A «Perdición: El asesino de la Polaroid» llego por la recomendación de una amiga lectora de absoluta confianza, algo que me hace abrir este thriller con las más altas expectativas puestas en él.



Daniel_L._Hawk J.A._Beckett

El escritor que junto a Borges mejor ha reflexionado sobre esta clase de literatura, el inmenso Ricardo Piglia (autor de «Plata quemada» obra maestra que muchos harían bien en conocer), dejó dicho cómo «en cualquier novela policial hay una situación que define al género mismo: el lector sabe o imagina qué le espera al leer tal o cual título, y lo sabe antes de comenzar». Ese conocimiento, ese saber previo, funciona como un modo de leer… Y este mismo lector puede legítimamente plantearse si no estará ante una lectura innecesaria, una lectura repetida hasta la saciedad que es justo lo que me pasa tras aquel empacho de novelas policíacas de hace años. ¿Qué hacer entonces ante la sobreabundancia de novelas protagonizadas por investigadores de toda laya? Para resultar original la parodia o la renovación parecen ser las únicas opciones que quedan… hay una tercera: empeñarse en parir la novela policiaca «perfecta». Y esta última opción es a la que se han apuntado Daniel L. Hawk y J.A. Beckett en su inaugural colaboración literaria.



Solo_Novela_Negra
SOLO NOVELA NEGRA, la revista que codirigen
Daniel L. Hawk y J.A. Beckett

Una vez aparecido el primer crimen las novelas negras que no son excelentes responden al enigma con esquemas previsibles cuando no trilladísimos. Solo los grandes escritores son capaces de darle a la construcción de la intriga un plus que vaya más allá del simple suspense o de la simple resolución de un problema. «Perdición: El asesino de la Polaroid» muestra con contundencia los sanguinarios crímenes de unas jóvenes estudiantes cometidos por un serial killer. Poseído este por las voces que revientan su retorcida mente, voces sobre las que cada vez resulta menor el efecto de los barbitúricos, de ellas deviene que la brutalidad y capacidad mortífera de quien las escucha vayan en progreso.

Tampoco arrinconan los autores el proceso mental seguido por las secuestradas en el zulo al que van destinadas, proceso casi idéntico que va de la ansiedad pasando por el miedo hasta desembocar en el terror, antesala de sus muertes inminentes. La metodología del patológico asesino, construida y descrita con bisturí de forense, proporciona una indudable seña de identidad a esta escalofriante obra. Rememorando la primera muerte, se lee:

«Nunca olvidaría su cara, sus rasgos característicos, su sangre fluyendo fuera de su cuerpo. Tenía algo de arte. No era un simple asesinato. No era matar por matar. Lo suyo era arte y venganza, venganza y locura».
Otras señas de identidad, para mí no menos interesantes, vienen de la decisión de ambientar la trama en un innominado pueblo del Sur de Estados Unidos y de no desvelar la fecha en que se desarrolla. Por una preferencia que a otro pueda resultar fallida, traslado mi lectura a comienzos de los 90 porque para mí esta novela respira aquella atmósfera criminal de una época que me conmovió y que encontraba en películas como «El silencio de los corderos» o en la serie «Twin Peaks».


El silencio de los corderos
Héroes y villanos
«Twin Peaks» y «El silencio de los corderos»

La oficina del sheriff Hurtado con sus ayudantes –los algo casposos Cullen y Mordrake–, las tiendas de donuts, pubs oscuros como el Perdición (donde corre el Bourbon y suenan blues míticos como el «I need your love» de BB King), o esos moteles de carretera en cuyas desangeladas habitaciones se alojan David Ábaco, Líster y Porto, son emplazamientos bien perfilados que colaboran a crear ese ambiente americano.

Soltero por elección o conveniencia, el detective de este tipo de narración no suele participar de ninguna institución social (ni siquiera de la microscópica familia). Esa condición outsider es la que garantiza desde el comienzo del género su libertad y autonomía, por eso es él quien mejor puede ver la perturbación social, detectar el mal y lanzarse a actuar.

En el caso de nuestro protagonista –David Ábaco– se cumple a rajatabla lo que acabo de decir. Es cierto que a raíz de una monumental borrachera que acaba con él en la celda de una comisaría, es «invitado» por el teniente Porto y el sargento Líster a acompañarlos hasta el lugar de los hechos y embarcarse en la resolución de este tremendo caso. Pero, una vez llegados allí, el detective Ábaco pronto se desmarca para investigar por su cuenta (aunque es cierto que en todo momento trabaja en equipo y rinde cuentas a sus jefes).

Una novedad señalo en la personalidad de este inteligente sabueso dado al alcohol y a la desazón existencial, y que sólo encuentra paz para su espíritu en esos tugurios para perdedores a los que acude con asiduidad: es su radical pesimismo, una completa desesperanza, la negativa visión del mundo.

Los capítulos en primera persona (hay varios como el [28] que parecen páginas de una autobiografía a corazón abierto), aquellos que vienen contados por el detective (se alternan con los narrados en tercera persona por los autores), se inician con estremecedoras declaraciones de principios, unas declaraciones que –en no pocas ocasiones– parecen proponerse empequeñecer a Thomas Hobbes:

«El hombre tiene grabada en su alma el estigma del culpable. Nunca alcanzaremos la salvación. La bondad se diluyó en nuestra naturaleza, somos carroñeros abalanzándose sobre un cadáver putrefacto en mitad de la nada. Nos hemos convertido en seres perdidos, seres perdidos para siempre».
«Pero yo era un tipo sin esperanzas, deseando de un momento a otro ocupar una sucia y barata caja de madera para ser incinerado. Mis cenizas no tendrían el glamour para ser esparcidas por un bello paisaje o por un mar azul, posiblemente ocupasen el espacio de una caja de cartón para perderse finalmente en un cubo de basura».
La extravagancia, la diferencia que define a estos sujetos extraordinarios que investigan, se asocia en el caso del raro y algo bohemio David Ábaco a la soledad, el humo y el alcohol. Hay –durante toda la novela– referencias a un pasado no muy lejano de profesor universitario, a una vida en pareja, dramáticamente truncada pero que no se aclara. Es posible que estos trágicos acontecimientos hayan sido ya narrados en alguna de las anteriores novelas de Beckett, o, también, que los autores hayan querido dejarlos en el aire para desarrollarlos en una próxima obra.

Decía Jorge Luis Borges que «este tipo de relatos acaban por convertirse, en definitiva, en una suerte de calidoscopio o de breve clasificación de la trama múltiple de crímenes, siempre extraordinaria y siempre repetida, que señala y define la lógica secreta del mundo en el que, resignados, vivimos».


La ambientación de «Perdición: el asesino de la Polaroid» favorece su rápida identificación de personajes y escenarios, mamados gracias a las películas norteamericanas. La verdad es que si Hawk y Beckett hubieran elegido Utrera y en vez de policías federales los que investigasen fuesen guardias civiles quizá el resultado hubiera sido igual de intenso…Pero hoy día captar a un lector, y más para un género tan sin criba, con sobreabundancia de títulos (en su mayoría nefastos pese a lo que venden), está muy complicado y cualquier argucia comercial que lo haga más interesante es legítimamente válida.

Un género con convenciones, fórmulas y líneas temáticas tan estereotipadas como las de la novela policiaca debe «romperse» en algún momento con la historia de la obsesión de un personaje. En «Perdición: el asesino de la Polaroid» lo novelístico se sostiene bien gracias a su asesino múltiple, un serial killer cuya conciencia, centrada en una alambicada venganza, trata de conformar el mundo a través de una cosmogonía que, sin que lo sepa, no está fuera de él, sino que nace de su propia y enferma mente.

Con modalidades múltiples y visiones personales, las ya pocas novelas policíacas inolvidables reconstruyen distintas perspectivas del criminal como un autómata extraño, casi una «máquina de matar», que no controla sus impulsos y actúa con eficacia a la vez desesperada y brutal. Así lo han pretendido, –y logrado con creces–, Daniel L. Hawk y J.A. Beckett en «Perdición: el asesino de la Polaroid». Desde esta revista damos la enhorabuena a ambos y esperamos el nuevo título de una saga merecedora de tener una entusiasta legión de seguidores…

Manu López Marañón participará en nuestra VII Semana Negra en la Glorieta. Puedes consultar el programa pinchando AQUÍ.

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ENTREVISTA CON DANIEL L. HAWK Y J.A. BECKETT
por Manu López Marañón
No pocos hemos sentido la tentación de escribir con otra persona a la que admiramos. Algunos, como vosotros, habéis caído de lleno en ella y ningún lector de «Perdición: el asesino de la Polaroid» va a lamentarlo. Con vuestro permiso, trato de sacaros algo sobre esta peculiarísima forma de afrontar una obra artística, en este caso una novela noir.

¿Cómo os planteáis escribir al alimón «Perdición: el asesino de la Polaroid»?

Daniel L. Hawk (DLH):


Durante toda mi vida he estado escribiendo, tengo innumerables proyectos inacabados. Empiezo muy bien, pero a medio trabajo se me atragantan y los aparco para empezar unos nuevos. Esto acabó cuando supe de la faceta de escritor de J. A. (trabajamos juntos) y le expliqué mis problemas con la escritura y Perdición era uno de esos proyectos inacabados. Así que le pedí ayuda y esa ayuda se convirtió sin darnos cuenta en escritura a cuatro manos y vimos que la cosa funcionaba, así que acabo en la obra que hoy reseñáis y de la cual solo podemos dar las gracias.

J.A. Beckett (JAB):

La verdad es que me lo planteé como un juego, como una nueva experiencia literaria, como algo novedoso y distinto. Yo tenía tres libros y Dani la ilusión por escribir uno. No me lo pensé. La vida del escritor frente a la hoja en blanco es muy solitaria y a veces muy desagradecida. Por eso, poder compartir ideas, ilusiones, proyectos y trabajo, mucho trabajo, me pareció enriquecedor y apasionante. Era como tener dos mirillas en la misma puerta, los dos vemos la misma realidad, pero desde perspectivas diferentes, y eso me pareció fantástico. Sin duda enriquece cualquier producto literario. Como así ha sido.

El hecho de que J.A. Beckett hubiera publicado dos novelas con el detective de «Perdición: el asesino de la Polaroid» como protagonista, ¿no resultó un incordio a la hora de establecer las competencias de cada uno para este tercer caso de David Ábaco?

DLH: Ni mucho menos, fue una «imposición» de J.A. seguir con sus personajes en nuestra novela, para mí en realidad fue un regalo, ya tenían andadura, sabía cómo eran por su anterior novela que ya había leído, te ahorrabas crear el perfil de tres personajes nuevos.

JAB: Al contrario, creo que mi personaje salió reforzado. Aportar nuevas ideas y nuevas maneras de ver la historia hizo que nuestro detective adquiriese nuevas facetas que yo no le había dado. Los personajes son algo curioso, son como seres vivos que acaban viviendo independientemente de ti y que como personas van creciendo y van adquiriendo su propia personalidad a raíz de lo que le aportamos. Y nuestros personajes nos sobrevivieron a los dos. Y con éxito y sin complejos.


Pasamos al proceso de redacción… ¿Un autor escribió los 48 capítulos y el otro iba corrigiéndolos? Se me ocurre que uno pudo escribir los capítulos en primera persona y el otro los que vienen en tercera… ¿Se dio algo así? Y ahora, sinceramente: ¿habéis discutido mucho para sacar adelante este proyecto? ¿Escribiréis otro caso de David Ábaco?
 

DLH: Pues la verdad es que uno escribió en primera persona y el otro en tercera hasta que por diversión nos intercambiamos los papeles, así que ambos estamos repartidos por toda la historia y se puede decir que casi hemos escrito un 50% del libro cada uno.

JAB: Como he dicho antes para mí era un juego, una experiencia diferente. Yo escribía en primera persona y Dani en tercera, hasta que decidimos cambiar. Y fue muy divertido y apasionante, porque al final ya no reconocíamos ni nuestras propias frases. Había surgido un todo sin fisuras. Un río donde no había partes, todo era una corriente de agua buscando el mar.

Aparte de esta primera colaboración literaria, codirigís la revista Solo Novela Negra… ¿Qué tal os va con ella? ¿Compartís alguna cosa más?

DLH: La revista es un proyecto que nos ofreció la editorial de manos de Anxo do Rego y que da muchísimo trabajo, pero también muchas alegrías. Nos permite estar ligados al género que nos apasiona de manera directa. Así como relacionarte con gente del mundillo y estar al día de todo lo que se cuece. La revista no deja de crecer y eso es el premio que nos llevamos. Sobre la última pregunta, trabajamos juntos, así que compartimos más tiempo que con nuestras propias familias.

JAB: Como dice Dani, dirigir una revista como Solo Novela Negra es un premio para alguien que ama este género, como es nuestro caso. Es una forma de ayudar a que la novela negra sea considerada como algo importante dentro del mundo de la literatura. También nos ayuda a que otros autores puedan crecer y dar a conocer sus obras, como también nos ayuda a participar del mundo cultural que nos rodea. Pero en este caso he de agradecer todo el trabajo de Dani en la dirección, yo como filósofo soy muy disperso y él siempre sabe marcar el camino y las directrices. He de decir que Solo Novela Negra es sin duda la revista referencia de este género y no paramos de crecer. Dani y yo somos dos personas totalmente distintas, pero sin embargo coincidimos en muchas cosas. Nos encanta tener ilusiones y sueños, no tenemos alas, pero no las necesitamos, porque tenemos todo un cielo encima nuestro.

Pensando en el lector de este trabajo cuya curiosidad se despierte por «Perdición: el asesino de la Polaroid» (¡ojalá sean muchos!), y sabiendo de la abundancia de este tipo de novelas de investigación, ¿cuál sería el hecho diferenciador que pueda llevarle a comprar la vuestra? ¿Quizá la compleja personalidad del detective, la bestialidad del asesino, la impecable ambientación, o algo diferente que se me haya podido escapar como entregado lector?


DLH: O la suma de todo lo que propones. Fue un reto intentar juntar la novela negra, la policiaca, el hard-boiled en un thriller. Porque no nos equivoquemos, la novela es un thriller en los que vamos dejando pinceladas de otros estilos literarios. También hemos intentado recrear los ambientes que encontraríamos en un guion, donde hay más dibujos en un story-board que en el propio guion. Para nosotros ese story-board es tu imaginación, nosotros te damos un par de inputs, tu cabeza hace el resto.

JAB: No pretendemos que nuestra novela sea «Ulises» de Joyce, nosotros pensamos en el lector, queremos que se lo pase bien, que rompa con su monotonía, que por un tiempo se deje llevar a otra realidad, a otra historia distinta de la suya y de la mano de otros personajes. Que tenga derecho al olvido, que cada palabra y cada hoja lo aleje un poco más del mundanal ruido y lo acerque un poco más al silencio de su yo. Por eso lo teníamos muy claro y nos comprometimos en pisar el acelerador desde el minuto 1. Pero eso también nos diferencia del resto, utilizamos dos estilos narrativos diferentes, una historia contada en primera y en tercera persona, un análisis psicológico de los personajes, una manera de escribir, una manera de contar la historia, una manera de entender aspectos tan importantes como la vida, la muerte, como la soledad, como la ley, como la justicia... y todo enfocado a un lector que se deje llevar como un trozo de madera por el río del que hemos hablado antes. Pero todo eso también ayuda si tienes un antihéroe como el nuestro y un paisaje que como en las novelas de Comac McCarthy es un personaje más dentro del libro.

Estamos ante un serial killer ambientado en un pueblo del sur de Estados Unidos. ¿Habéis tenido en cuenta, consciente o inconscientemente, a algún escritor a la hora de plantear la trama de «Perdición: el asesino de la Polaroid»? Decirnos, ya de paso, algunos escritores de referencia para vosotros, tanto de género negro como de literatura de otro tipo.

DLH: De esto J.A. puede hablar largo y tendido, las referencias son muchas, por decir una, el sheriff Hurtado es un homenaje al sheriff de «No es país para viejos» y así muchísimas más. Ahora te hago una pregunta yo, ¿Dónde pone que es Estados Unidos? Aunque para tu tranquilidad te diré que sí, evidentemente.

JAB: Dani y yo somos unos amantes de la novela negra, por lo que sin duda se han colado la influencia de algunos autores. Nosotros amamos la novela negra clásica, y nuestro detective tiene algo de Marlowe, de Spade, de Archer, así como nuestro asesino tiene tics de personajes de Ellroy, Thompson, Harris... Me gusta la novela negra clásica y su forma de contarnos las historias por eso tengo que nombrar a Chandler, a Hammett, a MacDonald, a Cain, a Burnett, a Thompson... pero también a M. Connelly, a John Connolly, a Ian Rankin, a Mankell, a Winslow, a Ellroy, a Nesbo, a Kerr (me tengo que parar). Y de otros géneros, yo aprendí a escribir con Cormac MaCarthy, Dostoyevski, Hess, Kafka, Faulkner, Balzac, Dickens, Orwell... (me tengo que parar).

Como buenos conocedores del género, ¿qué opinión os merece actualmente el noir y cómo veis su desarrollo no solo en España, también en el mundo?


DLH: Hay de todo, bueno y malo, lo que no nos gusta es que hoy todo el mundo escribe, no hay un solo lector que no se anime y publique un libro, tienes millones de libros editados de manera independiente en decenas de plataformas, de estos, ¿cuántos son buenos?, ¿cuántos tienen un mínimo de calidad?, a la revista nos han llegado auténticos «fiascos» que te hacían preguntarte, ¿Cómo tienes el valor de enviarme esto sabiendo que somos unos «haters»? Al final hacemos como que no nos los hemos leído, no somos nadie para hacer sangre con la ilusión del que empieza.

JAB: Creo que hay grandes escritores como los que he nombrado anteriormente y con algunos más, que me he dejado en el tintero, que mantienen el nivel de la novela negra. Pero el problema se encuentra en que actualmente las políticas editoriales nos venden como novela negra productos que no lo son en absoluto y de una calidad media baja. Ese es el gran error. No todo vale. Llevo leyendo novela negra muchísimos años, cuando ésta era un subgénero denostado y de segunda clase. Tengo la suficiente experiencia como para saber diferenciar y para tener criterio. Por eso la mayoría de lo que nos venden como novela negra, ni se le parece, y en la mayoría de los casos ni se lo merecen. Es como la novela negra nórdica, hay grandes escritores, pero la mayoría que me han llegado son una auténtica basura. De la novela negra en nuestro país prefiero no opinar. Tengo amigos entre los escritores y no quiero hacer excepciones.

Hoy en día, y gracias a Internet, resulta más cómodo ambientar una novela en cualquier país y época histórica. No obstante, y para hacerlo profesionalmente, resulta muy trabajoso atar con corrección los cabos. En este sentido «Perdición: el asesino de la Polaroid» me ha parecido modélica.

¿Qué os llevó a elegir para este nuevo caso de David Ábaco un pueblo del sur estadounidense? ¿Ha igualado, o superado, el trabajo de documentarse al de la redacción propiamente dicha?


DLH: Los escenarios son reales, existen, encontramos el pueblo, la ciudad, el desierto, las montañas y el lago, y como en «Twin Peaks» al que haces referencia nos pareció la ambientación ideal para este tipo de historia. Tienes sol, lluvia, agua, arena, pueblo, ciudad, no te falta de nada en un lugar así. La verdad es que, comparado con la redacción, esta parte del trabajo se puede catalogar de lo más fácil de la obra en sí.

JAB: Como he dicho antes, queríamos que el paisaje fuera un personaje más de la novela, algo con carácter, con personalidad propia, algo que transmitiera al lector la sensación de vivir en un pueblo como aquel, de recorrer sus bosques, de sentir el calor del sol, la humedad de la lluvia. En el fondo, el paisaje es un reflejo de los personajes y tiene mucha importancia en nuestro libro


El pueblo donde se cometen los crímenes carece de nombre y tampoco se da, en ningún momento, fecha alguna. Reconozco que estas indeterminaciones sientan bien a «Perdición: el asesino de la Polaroid». Averiguar qué pueblo es lo dejé por imposible pronto, pero como lector que aspira a saberlo todo supuse que la trama se desarrolla a principios de la década de los 90. ¿Habré acertado? ¿Qué habéis pretendido ocultando esos datos espacio-temporales?
 

DLH: Esta es justo la clave que diferencia nuestra novela de la gran mayoría, aunque me consta que hay otros escritores quizás no tan conocidos que usan también este tipo de narración «anónima». Nuestro objetivo es que tú pongas los elementos de tu imaginario sobre la escena. Nosotros te damos dos o tres pinceladas al lugar, pero tú le pones fecha, decoración y vestimentas, buscamos esa complicidad de que parte de la obra sea también tuya, ayudándonos en tu cabeza a ambientar la propia novela.

JAB: No queríamos dar fechas, ni nombres, ni etiquetas. Queríamos que el lector se implicara en la historia, que nos ayudara a crear, a imaginar, a soñar con sitios distintos, con tiempos distintos, con lugares distintos. Escribimos para el lector y nos encanta que participe en la novela, nos encanta que se creen mundos paralelos al nuestro. Porque de una cosa estoy seguro, cuando terminamos el libro comprendí que éste ya no nos pertenecía, que ahora era parte del lector y que ya no sería nuestro nunca más. ¿Y sabes qué? Me encantó la idea.

Publicar en una editorial pequeña, «independiente» si lo preferís, por desgracia suele ser sinónimo de mala distribución y escasa visibilidad autoral. Por no salirnos del género negro, hay que recordar que los grandes grupos editoriales logran colocar –año tras año– auténtica basura entre lo más vendido. El lector español hoy –y en esto no se diferencia mucho del resto– aborregado hasta límites inconcebibles, carece de curiosidad a la hora de catar obras de autores insuperablemente mejores de a los que están acostumbrados por una mezcla de rutina y desidia… Ir a una librería para ellos es igual que bajar a su panadería a por la misma barra de pan. En España quedan lectores… pero de uno o dos escritores exclusivamente, de esos que, por supuesto, producen cada año un nuevo título para seguir subidos en la ola. ¿Y la calidad literaria? ¡Vamos, por favor, no sean ustedes rancios! ¿A quién diablos importa ya eso?

J.A. Beckett con tres novelas publicadas quizá tenga más experiencia en esto de ir de autor «independiente» por la vida, pero también me interesa lo que pueda contarnos Daniel L. Hawk como recién llegado a esta jungla en armas que es la distribución española. Por favor, contarnos vuestras tribulaciones, en concreto las que estéis pasando a un año de que «Perdición: el asesino de la Polaroid» viera la luz en Ediciones P.G. Y para terminar: ante esta situación de emergencia creada por el covid 19 con el masivo cierre de editoriales y librerías, ¿qué se os ocurre que podríamos hacer, entre todos, para intentar salvar el negro futuro del libro?

DLH: Muy de acuerdo con tu texto, encontrar una rendija, para que una obra como la nuestra, que nos consta que gusta, que tiene la calidad suficiente para codearse con muchas otras que están vendiendo gracias a la maquinaria que tienen detrás, es muy difícil. Se ha dicho de todo de nuestra novela, que si estuviera firmada por Stephen King ya estaría en el cine, que si recuerda a «True Detective», a «Twin Peaks» en varias ocasiones o a «El silencio de los corderos», muchas referencias al cine, porque ese era el objetivo, escribir con imágenes. Como salvaríamos el género, solo si se deja de manosear. Con el género se puede jugar, llevarlo en todas direcciones y mezclarlos con todos los estilos que quieras, pero hay un mínimo que se ha de cumplir, ha de ser negro en su máxima expresión. Una investigación y un cadáver no son suficientes para que te coloquen en una estantería de novela negra, se ha de pedir un poco más. La perversión de las editoriales se refleja en esa maniobra maldita con la intención de vender libros a costa del lector. Un lector engañado que compra una novela negra y se lleva un sucedáneo maquillado.

JAB: Estoy de acuerdo con Dani, Y Estamos muy agradecidos a nuestro editor Anxo Do Rego, pero sin duda, publicar en una pequeña editorial hace que tu obra tenga menos repercusión y menos luz. Todo cuesta un poco más. Todo es más lento y desesperante. Y lo que es más doloroso, te lee menos gente. Pero estamos moderadamente contentos y seguiremos luchando. Estamos convencidos que no tenemos nada que envidiar a muchas de las novelas de cabecera de algunas editoriales. Pero este mundo es muy difícil y competitivo, y cada año salen nuevos escritores y nuevas propuestas y muy pocas oportunidades para publicar decentemente. Pero nosotros creemos en lo que hacemos, y consideramos que PERDICIÓN es un buen libro. Por lo menos un libro para pasárselo bien y poder disfrutar de un buen rato de emoción, intriga, y de todas aquellas emociones que siempre despierta una buena lectura. Para salvar el negro futuro del libro hay que leer, que aparezcan de la nada nuevos lectores. Yo soy un usuario diario del tren. Los móviles han ocupado el lugar de los libros, tal es así que cuando veo a alguien con un libro tengo tendencia a pensar bien de él. Como yo siempre digo, leed, leed porque ya sabéis que estáis malditos. Quisiera felicitar a nuestro querido entrevistador por las reflexiones vertidas sobre los libros. Me han parecido certeras y adecuadas, tal es así que por un momento creía que lo estaba pensando yo. Muchas Gracias por las preguntas nos has hecho reflexionar, y eso es siempre de agradecer
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Daniel L. Hawk y J.A. Beckett

nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


Presentación de «Habitación 226» en Camarma de Esteruelas

PRESENTACIÓN DE «HABITACIÓN 226», DE PEDRO DÍAZ CHAVERO, EN CAMARMA DE ESTERUELAS
por Equipo de Redacción de Cita en la Glorieta
El viernes 14 de junio Lettere presentó en el Café Galos de Camarma de Esteruelas (Madrid) la novela de Pedro Díaz Chavero «Habitación 226». De maestro de ceremonias ejerció Guillermo Polanco, director de la Asociación Cultural de Camarma. Desde Bilbao vino Manu López Marañón –reseñador de Cita en la Glorieta– que, en febrero de este año, publicó en nuestra revista una crítica de «Habitación 226» que satisfizo a la editorial. Entre el nutrido público que asistió estaba Ignacio Rodríguez, editor de Lettere. Cita en la Glorieta estuvo en Camarma para esta presentación. Damos así inicio a una serie de reportajes con autores bien conocidos y estimados por la revista.

EL AUTOR

Tras una ajustada introducción a los miembros de la mesa, Guillermo Polanco cedió la palabra a Manu López Marañón quien –para aquellos que aún no conocen a Pedro Díaz Chavero– los introdujo en la arrolladora personalidad del autor. Destacó, como no podía ser de otra manera, el paso de Díaz Chavero por la Secretaría de Acción Institucional de la UGT, su perfil concienzudo en aquellas negociaciones para la reforma de las pensiones que llevó él en persona. Recordó López Marañón sus actuales trabajos para el Ministerio de Asuntos Exteriores y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, y cómo es también fundador –y presidente honorífico– de la Asociación para la Difusión del Español y la Cultura Hispánica.

Antes de centrarse en el argumento de la novela, nuestro reseñador no quiso dejar de citar una inolvidable frase del autor (aparece en la solapa de la portada de «Habitación 226»): «He sobrevivido al franquismo, a la democracia y a la posverdad. Ya solo leo y escribo».



Pedro Díaz Chavero, Manu López Marañón y Guillermo Polanco

SINOPSIS DE HABITACIÓN 226

El Pozo del Huevo es el barrio de chabolas de Vallecas donde nace Toñín. En los primeros capítulos de «Habitación 226» abundan episodios de supervivencia, de lucha por la vida al modo de los de «La forja de un rebelde», de Arturo Barea. La primera galería de secundarios creada por Pedro (el padre ausente, la madre prostituta, el tío Simón, el tío Juan, Tomatito) forma un ajustado elenco que da cuerpo a esa corte de la miseria, siempre entre la pillería y el esperpento. Toñín, como el chico de «La mirada inocente» pierde también pronto la inocencia. –En la mejor novela de Simenon también hay un chaval sensible cuya madre recibe a sus amantes en un pisito del arrabal parisino–. Las duras circunstancias en las que se ve envuelto Toñín lo arrastran prematuramente a la edad adulta, una edad cínica y encallecida en su caso, que marca el desarrollo de «Habitación 226». Mientras al chico de la novela de Simenon lo salvaba la calle, el mercado de abastos y la pintura, a nuestro Toñín del infierno vallecano lo libra un pueblo de Extremadura y la literatura.

En efecto, bajo los cielos extremeños, en compañía de su amigo Sandalio o en el amor por Lucita, Toñín renace. Pero como reverso, el imprevisto horror: las violaciones infantiles que azotan el pueblo. Un cura pederasta y el hijo del rico comparten gusto por tales desmanes. Y aquí «Habitación 226» entra sin duda en los terrenos de la ficción porque ambos violadores son ejecutados a través de sangrientas venganzas en unas páginas truculentas que poco tienen que envidiar al Camilo José Cela de «La familia de Pascual Duarte». El apoyo de un profesor del colegio –que cree que Toñín tiene madera de universitario–, oxigena tanta desdicha y abre al futuro una puerta de esperanza.

OPINIÓN DEL RESEÑADOR

Dijo Kafka: «Si el libro que leemos no nos despierta como un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?». El acierto de una novela como «Habitación 226» se basa en que lo que se cuenta está atado al autor, en destilar eso que se llama «verdad literaria»; en que el autor ha sabido colocarse a la altura de sus propios personajes, incluso de los que puedan parecernos más abyectos. Una novela es una maquinaria que funciona en conjunto y no admite que se desmiembren las piezas. Pedro consigue darnos esa potente impresión convirtiendo a su memoria en una rebelde desazón. «Habitación 226» no es una guarida en la que el autor se agazapa temeroso ni, mucho menos, la complacencia de una legitimidad: a la memoria de Pedro la azota una desagradable intemperie de la que solo se sale luchando duro en la vida.

Llegado este momento, Manu López Marañón dejó paso al autor, Pedro Díaz Chavero, que leyó unas páginas sobre lo que para él, como autor es «Habitación 226».

EL AUTOR NOS HABLA SOBRE SU OBRA

«Habitación 226» es el relato de las aventuras de un niño de alrededor de 14 años en un mundo mísero, sórdido, cruel… La España de los 60. El niño se enfrenta a hechos horribles con la mirada inocente pero con la actitud de un héroe, de un líder que imparte, de manera inconsciente, justicia, provocando en el lector la aceptación y a veces el requerimiento de respuestas a estos hechos cuanto menos controvertidos.

Es una novela escrita consecuentemente, repleta de dilemas morales, de trampas, que no deja a nadie indiferente y que según algunos lectores provoca un torrente de emociones, un mar de sentimientos, curiosamente muy diferentes en cada uno de ellos, dejando al desnudo sus principios morales, sus prejuicios, sus miedos y sus convicciones. He recibido desde las más fervorosas felicitaciones hasta amenazas, desde «este libro ha cambiado mi vida» hasta «este es el primer libro que me planteo no tener en mi biblioteca».

«Habitación 226» no es, por tanto, un libro de entretenimiento, no es un relato para gustar: es una novela, parafraseando a Kafka, que muerde.

Atiborrados de historia novelada, de novela barata, de novela negra y cine barato, con este relato he pretendido, además de curar mis heridas como escribo en el mismo, abrir las tuyas, las del lector, ignorante de lo que pasó u olvidadizo con aquellos hechos.

En palabras de Paul Auster, «la escritura es una actividad para seres heridos, por eso los escritores crean otra realidad». No es mi caso, en «Habitación 226» no he creado ninguna realidad, he contado una verdad incontrovertible, unos hechos verídicos con escasas concesiones, las justas, a la ficción, a la imaginación. Tengo que confesar que lo escribí para mis hijos, para enseñarles a aceptar la vida sin dejar de luchar y para que los principios que la rijan sean la amistad, el espíritu de supervivencia, el compromiso, la ambición y la lucha por la justicia.

Me queda deciros que no tuve alternativa para elegir el tiempo en el que transcurre la acción, ni el recurso literario para contarla. Solo la autobiografía relatada por un niño podía tener la fuerza necesaria, el impacto suficiente, para provocar al lector, para herir su comodidad, su olvido. El franquismo, esa etapa oscura, mísera, es el lienzo sobre el que he pintado un mundo que aún no ha desaparecido, un mundo del que todo se sabe y nada se habla.

He querido, para terminar, escribir mis propias experiencias, sin temor a ser criticado, sin el crisol de la experiencia y sin ningún deseo de ser halagado o compadecido. Por eso he elegido el yo como protagonista, el niño valiente, ambicioso, como relator de un mundo cruel, inmisericorde. He intentado también dejar constancia de quienes realmente han curtido mi carácter, despedazado mi timidez y abierto mi mente para sobrevivir sin miedo ni prejuicios en este mundo cruel en el que ni el Estado del bienestar ni las redes sociales, por mucho que influyan, podrán borrar nuestros sentimientos, nuestras esperanzas. Me refiero a Kafka,
Cela, Dostoievski, Salinger, Delibes, Sábato y otros, de los que encontraréis notas casi imperceptibles en este relato al que yo prefiero llamar testimonio. Como he dicho anteriormente, fue escrito para mis hijos; no se sale de un mundo así sin grandes convicciones morales, las mismas que he inculcado a mis hijos y que me han permitido llegar hasta aquí casi intacto. Y para explicar la génesis de esta gran construcción moral que ha sido mi vida tenía dos alternativas: o contar que dos voces, una del cielo y otra del infierno, me habían susurrado la novela, o escribir mis recuerdos, como he hecho en «Habitación 226».

Pedro Díaz Chavero y Manu López Marañón



ENTREVISTA A PEDRO DÍAZ CHAVERO
por Manu López Marañón
Terminada la lectura de este sobrecogedor testimonio del autor sobre su novela, retomó la palabra Manu López Marañón, reseñador de Cita en la Glorieta, quien sometió a un minucioso «tercer grado» a Pedro Díaz Chavero:

1. Realidad y ficción en «Habitación 226».

Los límites entre novela, biografía e historia, sus radicales diferencias y sus puntos de encuentro, resultan siempre arduos de fijar. «Habitación 226» es muy especial en esto por tratarse de un libro que resulta imposible de entender dejando al margen los avatares que determinan su nacimiento.

Pedro, querríamos que nos lo confirmaras: ¿hasta qué punto «Habitación 226» bebe de tu biografía, de tus propias experiencias personales?

Para mí cualquier cosa de ficción que escriba un autor bebe de su propia autobiografía. En mayor o menor medida, pero siempre detrás de la escritura está su propia vida, sus experiencias personales. En esta novela cuento mi dura infancia y apenas he cambiado cosas como los nombres y algún lugar.


En tu novela tu alter ego Toñín interviene en dos venganzas que terminan en crímenes. Obviamente, aquí entramos en el terreno de la ficción…

¿En qué otros pasajes significativos de «Habitación 226» tuviste que echar mano de tu imaginación de novelista?

Lógicamente no he matado a nadie, pero sí debo confesarte que todo, absolutamente todo, lo que está escrito en mi novela parte de hechos reales, y, si no, de comentarios escuchados a personas muy diversas y en distintas épocas. Con esa suma he configurado las historias de mi libro: adonde no llega mi memoria ha llegado mi curiosidad y el esfuerzo por enterarme de cómo sucedieron las cosas durante el franquismo, esa etapa oscura y mísera, como acabo de leer.

2. Estilo de «Habitación 226».

Muchos de los más jóvenes novelistas, los nuevos contadores de historias, han perdido el interés por la tradición literaria, desprecian el pasado de su lengua, y su deseo de contar parece proceder más de la ortografía y sintaxis del cine o de los videoclips de la televisión. Tú estilo, basado en la precisión de unas frases cortas como hachazos y de una pureza que a mí me ha recordado, en no pocos momentos, a «El extranjero» de Camus llama hoy, muy favorablemente, la atención de cualquier lector.

Dinos, ¿cómo llegas a este estilo? ¿Te brota del alma espontáneamente o es fruto de innumerables correcciones y depuraciones? ¿O habría que decir que nace como una feliz combinación de espontaneidad y trabajo?

He leído poco a Camus y de él me interesa más su forma de plasmar el nihilismo que el estilo propiamente dicho. Cada escritor tiene su estilo, no sé, es como su forma de respirar, ¿no te parece? Lo que yo puedo decirte es que no me gusta nada la prosa abigarrada y retórica: me resulta insufrible y a la segunda página cierro el libro. El autor tiene que tomarse en serio a su lector y darle la información de manera precisa y contundente, no marearlo con filigranas. Todos los escritores que me gustan, luego hablamos de ello, narran sus historias con un estilo directo que yo he tratado de seguir en «Habitación 226»

3. Construcción del personaje Toñín.

En la novela moderna no hay héroes porque el héroe sólo existe hacia fuera y los personajes de la novela moderna sólo actúan hacia dentro, son torbellinos de su propio malestar, de sus insatisfacciones. Toñín como buen adolescente que es, actúa y no para de intervenir en importantes asuntos y podemos considerarlo un héroe novelesco «a la antigua usanza». Pero si nos resulta un personaje absolutamente moderno e inolvidable es cuando lo hallamos frente a temores e interrogantes profundos, cuando debe actuar «hacia dentro»: ahí aparece su necesidad de salir adelante con las únicas armas de su saber, los recuerdos y su aún escasa experiencia.

Me gustaría que nos contaras cómo procediste a la construcción de Toñín, este personaje imborrable a través de cuyos ojos leemos «Habitación 226».

Toñín es alguien muy ligado a mí, mi alter ego, como dice el Embajador Ricardo Peidró Conde en su estupendo prólogo. Para construirlo, como he dicho antes en la lectura, lo hago a través de la mirada inocente de un niño que tiene ya hechuras de héroe a la hora de impartir justicia. En efecto sus decisiones, llenas de dilemas morales y de confusión, le nacen desde muy dentro. Ello es algo que he debido conseguir plasmar porque «Habitación 226» y su protagonista no deja a ningún lector indiferente provocando en ellos sentimientos muy diferentes y desnudando también sus convicciones, sus miedos. Siempre se ha dicho que el gran acierto de una buena novela son sus personajes. Yo creo haberlo logrado con Toñín.

4. Genealogía de «Habitación 226».

Voy a citar otras dos novelas que me vinieron a la mente cuando leí y reseñé, hace ya unos meses, «Habitación 226» y, también, una película reciente.

«El primer hombre», novela póstuma de Albert Camus, cuenta el regreso del escritor a su país natal, Argelia, donde evoca sus recuerdos de infancia: la vida en una familia pobre, con su madre viuda y su tío, y el profesor de escuela que le enseña a leer. «El viento de la luna» de Antonio Muñoz Molina viene narrada por un adolescente andaluz que sueña con avances tecnológicos en una casa que carece de agua corriente. La España desarrollista vista bajo la perspectiva de un chaval que admira a la NASA mientras recoge la aceituna en cortijos casi medievales. En «Dolor y gloria», última película de Almodóvar, se cuenta una niñez muy pobre abrigada por una madre que sobresale en inteligencia natural y en sus esfuerzos para que la pobreza salpique a su familia lo menos posible en esa cueva donde viven, un habitáculo excavado en tierra con respiraderos.

Dinos, Pedro, si consideras que «Habitación 226» puede emparentarse con alguna de las obras citadas. Es curioso que los tres chavales de las obras citadas tengan todos 14 años, como tu Toñín.
No he visto la película de Almodóvar pero sí he tenido lectores que me han dicho que cuenta una infancia muy pobre y que les ha recordado a mi novela. No sé igual me ha copiado (ríe). Es curioso que digas que todos los niños de esas novelas y el de la película tienen alrededor de 14 años. Considero que esa es una edad muy especial en la vida de un hombre, cuando se está en ese paso de la infancia a la juventud es cuando tienen lugar los sucesos que más marcan la vida. Desde luego, lo que le sucede a Toñín en «Habitación 226» es absoluta y totalmente determinante en su vida. Ahora estoy escribiendo la segunda parte y en ella Toñín, que ya es un joven, toma la determinación de emigrar a los Estados Unidos, concretamente a la Costa Oeste. Veremos qué le sucede allí, pero sin duda lo que le ha acontecido durante «Habitación 226» lo va a llevar consigo siempre arrastras, como una mochila.


5. El amor por la Literatura.

Gracias a la literatura Toñín, en su querer salir del túnel que ha sido su infancia, encuentra algo de claridad. Ricardo Piglia dejó dicho que «la lectura literaria ha sustituido a la enseñanza religiosa en la construcción de una ética personal». En el penúltimo capítulo («Justicia y venganza») de «Habitación 226» Toñín da los títulos de nueve libros para él fundamentales. Son: «Las noches blancas», «Memorias del subsuelo», «Crimen y castigo», «Rojo y negro» (siglo XIX). «Carta al padre», «El árbol de la ciencia», «El lobo estepario», «La familia de Pascual Duarte» y «El guardián entre el centeno» (siglo XX). Con tres títulos a su favor, queda claro que Dostoyevski es el escritor favorito de Toñín.

Querríamos saber: en el caso de poderse llevar sólo un título a una isla desierta, ¿cuál de los nueve libros elegiría Pedro Chavero?

Hoy igual cambiaría «El lobo estepario» por «Los Miserables» y metería también algo de Miguel Delibes. Pero no tengo la menor duda: a una isla desierta me llevaría a
Dostoyevski.

Presentación de Habitación 226 en Camarma de Esteruelas
-14 de junio de 2019-

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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


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Javier Alonso García-Pozuelo

Reseña de «La pasión de ser mujer», de Eugenia Tusquets y Susana Frouchtmann

RESEÑA DE «LA PASIÓN DE SER MUJER», DE EUGENIA TUSQUETS Y SUSANA FROUCHTMANN (Circe, 2015), por
Manu López Marañón
Siempre han ejercido gran poder de fascinación sobre mí los libros escritos «a cuatro manos». No obstante, no habré leído muchos. Dentro de la ficción recuerdo el gratísimo sabor dejado por los de Adolfo Bioy Casares con su mujer Silvina Ocampo, también «Los autonautas de la cosmopista» de Cortázar con Dunlop, los «Cuentos de H. Bustos Domecq» de Borges y Bioy Casares, o «Las páginas ocultas de la historia» de Fernando Marías y Juan Bas. En ensayo consigno los goces promovidos por «La llegada de los bárbaros» de Joaquín Marco y Jordi García, la «Carmen Laforet» de Anna Caballé e Israel Rolón o aquel monumental «Salinger» de David Shields y Shane Salerno.

Encuentro en este libro –al que cabe englobar dentro del género biográfico– que los terrenos de ambas escritoras están nítidamente delimitados. Que cada autora se responsabilice de forma concluyente de qué partes se ha encargado me resulta novedoso y sincero. Así, queda bien claro que Tusquets se ocupa de novelar un aspecto decisivo en la vida de cada biografiada. Apuntados esos «momentos de vida» –y separados por un inciso– pasa Frouchtmann a ocuparse de cada mujer, integrando en estas páginas aquello previamente resaltado por Eugenia y que, incluido en las panorámicas de Susana, encuentra ahora su exacta dimensión.

El resultado –aparte de efectivo y literariamente logrado– resulta modélico. Por motivos de espacio no son tantas las páginas dedicadas a cada personaje, pero, terminado cada retrato, salimos de todos ellos con la sensación de que solo nos ha faltado «tocar» a estas ilustres damas; muchas –como atinadamente señalan las autoras– con el grave riesgo de instalarse en un injusto olvido.

Son 12 las biografías. Las he reunido en 3 grupos. El primero lo conforman 5 escritoras, el segundo 3 estrellas y el tercero 4 variopintas personalidades sin relación posible entre ellas.

Empiezo con las escritoras. Madame de Staël (1766-1817), tras haber despertado las iras de Napoleón Bonaparte con la publicación de su novela feminista «Delphine», se vio obligada a exiliarse en Ginebra. Aunque acompañada por el filósofo suizo Benjamin Constant, la vie de château a orillas del lago Leman no le resultó satisfactoria. Sin ser una belleza, Madame de Staël dispuso de gran número de amantes; pero junto a su frenética vida sexual, esta mujer reunió en su castillo a la flor y nata de la intelectualidad europea: su salón literario universalmente conocido como «el grupo de Coppet» incluía a personalidades de la categoría de Chateaubriand, Friedrich Schlegel, Claude Hochet y… Lord Byron. Acaba de publicarse el ensayo de Emilia Pardo Bazán (1851-1921) «La cuestión palpitante» donde ella, como escritora, acepta los postulados naturalistas que causan furor en París y cuya aplicación literaria patrocina Zola. Los ojos de la conservadora sociedad española de la época, incluidos los de su marido, se han vuelto hacia ella. La Pardo Bazán terminó separándose; fue una viajera incansable y también mujer de muchas conquistas (pese a ser poco agraciada); París fue su lugar de peregrinaje. Discípula de Zola, su literatura pasó a ser combativa. Siempre siguió el consejo que le dio Victor Hugo: «Lo más importante es tener un estilo propio». Para la mejor escritora del siglo XX, Virginia Woolf (1882-1941), acabar sus obras era sinónimo de depresiones e intentos de suicidio. Al poner punto final a «Entre actos» proyecta una fuga a Londres que es abortada por su vigilante marido. Los buenos consejos no fueron suficientes. En un descuido, Virginia se dirige al río Ouse y se sumerge en sus aguas. El matrimonio de Virginia y Leonard Woolf no fue sexualmente satisfactorio, aunque, intelectualmente, se complementaban. Quizá los abusos que sufrió por parte de dos hermanastros complicaron su vida; la propia Virginia reconoció que sólo había conocido la pasión física con su amiga Vita Stackville-West. Anais Nin (1903-1977) visita, por vez primera, a un psicoanalista. Atrapada por la convulsa atracción erótica hacia June –la mujer de Henry Miller– y su pasión por el escritor (a lo que se añade la nunca resuelta obsesión por su padre), la vida de Anais es un caos, y más si tenemos en cuenta que fue alguien que llevó sus amoríos al límite. Popular por sus diarios, su mayor reconocimiento lo obtuvo gracias a sus páginas eróticas: en esos textos exploró la mente y la sexualidad femenina con una explicitud jamás conocida. A «la Virginia Woolf española», Mercé Rododera (1908-1983), le gustaba era comer en La perle du lac de Ginebra, un restaurante que daría nombre a una novela suya. Fue la gran novelista de Barcelona una niña fantasiosa que de adolescente anduvo enamoriscada de su tío, aunque acabó siendo una de esas burguesas que se casan y pronto se desencantan de su aburrido marido. Como madre no fue muy atenta; prefirió desplazar la pasión a su romance con Andreu Nin. Obligada a trabajar de modista, acabó convirtiéndose en incansable narradora. Seria y nostálgica, creó el personaje femenino más importante (con permiso de Andrea) de la narrativa española del siglo XX: la Colometa.

En el grupo de las estrellas tenemos en primer lugar a Raquel Meller (1888-1962). La cupletista, instalada en su residencia parisina, escucha a un empresario que logra convencerla para que haga su primera gira por Estados Unidos. Tras decirle que no al mismísimo Chaplin (le había ofrecido el papel de Josefina para el biopic que preparaba sobre Napoleón), la Meller regresó a Europa donde seguiría cosechando éxitos. En 1911 actúa ya en el teatro y graba sus primeros discos: «La violetera» y «El relicario». El éxito a nivel internacional lo obtiene en el Olympia de París. Su mayor triunfo en el cine fue «Carmen». En su segunda gira norteamericana se reencontró con Chaplin y otra vez volvió a negársele. Erró: el papel de la ciega en «Luces de la ciudad» estaba escrito para ella. Hedy Lamarr (1914-2000), recién llegada a Hollywood, disfruta con su hijo mientras espera a su amigo George Antheil, un músico con quien prepara un proyecto que busca dar forma a la técnica de conmutación de frecuencias, algo que, décadas después, permitió implantar la comunicación de datos Wi-Fi. Actriz bastante limitada, trabajó con grandes de su época como James Stewart, Clark Gable o Spencer Tracy. Tampoco anduvo fina a la hora de descartar papeles: no quiso aparecer en películas de éxito mundial como «Casablanca» y «Luz de gas». María Callas (1923-1977) vivió su mayor crisis profesional y sentimental al ser abandonada por Aristóteles Onassis, que la dejó en París para iniciar su relación con Jacquline Kennedy. Incapaz de superar años de pasión con el naviero, la gran diva intentó suicidarse. María Callas se dejó la piel por llegar a ser la mejor cantante de ópera: perdió 36 kilos en un año y hasta se convirtió en una mujer atractiva. Pero pronto empezó a perder facultades vocales y a consumir somníferos y barbitúricos. Con toda su inteligencia y capacidad, se dejó morir a los 54 años.

El tercer, y variopinto, grupo lo inicia Teresa de Ávila (1515-1582). Fundadora de la orden de las carmelitas descalzas, toda su obra es autobiográfica. Con un lenguaje fresco sus vivencias personales se adivinan en géneros tan variados como el didáctico, el tratado espiritual o la crónica. No siendo una mujer culta esos textos aclaran sus éxtasis y la relación con Dios, su esposo. Esa felicidad en el sufrimiento se define hoy como «epilepsia extática», y es la misma que aquejó a Dostoyevski. A Eleanor Roosevelt (1884-1962) la encontramos exhausta. Franklin Roosevelt acaba de contraer el virus de la poliomielitis y necesita moverse en silla de ruedas. El matrimonio ya había sufrido su primera gran prueba de fuego al descubrir ella cartas de amor dirigidas a su marido. A pesar de todo, lo animó a seguir con su carrera política. Roosevelt asumió la presidencia de Estados Unidos y permaneció en ella hasta 1945. Eleanor llegó a participar en La Declaración Universal de los Derechos Humanos y escribió 17 libros. Hannah Arendt (1906-1975) acudió al juicio de Adolf Eichmann como corresponsal de The New Yorker. Sus crónicas fueron recopiladas en el libro «Eichmann en Jerusalén» cuya tesis general es que el transportista del III Reich, aun consciente de lo que hacía, cumplía órdenes «por pura inercia». Comprender a Eichmann la condujo al rechazo de muchos judíos. Alumna de Heidegger, doctorada por Jaspers, se casó sin embargo con un joven sin preparación. Retirada su nacionalidad alemana Arendt consiguió el pasaporte norteamericano, lo que le permitió publicar allí libros esenciales como «Los orígenes del totalitarismo». Ninguneada en España, donde casi nadie conoce su obra, Remedios Varo (1908-1963) ha conseguido ser una reconocidísima pintora en su país de adopción, Méjico. En Madrid, se hizo amiga de Dalí y empezó a pintar sus primeros cuadros. Escapada a París ante la llegada de la guerra civil, conoció a los surrealistas acaudillados por André Breton y se casó con el poeta Péret. Ante la entrada de los nazis huyó a Méjico. Frida Kahlo y Diego Rivera impedían que los cuadros de los artistas exiliados colgaran en las galerías, pero Varo consiguió que Rivera se fascinara por su surrealismo místico
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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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