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Sherlock Holmes y Pablo Sarasate, por Miguel Izu

SHERLOCK HOLMES Y PABLO SARASATE, por Miguel Izu
Es sobradamente conocido para los lectores de Sherlock Holmes que en una de sus aventuras, La liga de los pelirrojos (The Red-Headed League, publicada en The Strand Magazine en 1891 y luego incluida en la recopilación Las aventuras de Sherlock Holmes de 1892), el detective, en compañía de su inseparable doctor Watson, acude a un concierto del famoso violinista español Pablo Sarasate (Pamplona, 1844-Biarritz, 1908) en el St. James Hall de Londres. El mismo Holmes tocaba el violín y de él escribe Watson que “era mi amigo un músico entusiasta que no se limitaba a su gran destreza de ejecutante, sino que escribía composiciones de verdadero mérito”. Sin duda, la escena tiene su origen en la admiración del creador del personaje de Holmes, sir Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859-Crowborough, 1930), por el músico navarro. Sarasate actuó muchas veces en St. James Hall (una sala de conciertos que funcionó entre Piccadilly y Regent Street de 1858 a 1905), y en varias ocasiones durante el año 1890 en el que se desarrolla el relato (que contiene una contradicción, en un pasaje se dice que los hechos ocurren en octubre y en otro que en junio). Probablemente el propio escritor, tan melómano como su personaje, acudiría a escucharle. Era tal la fama de Sarasate en la época que Conan Doyle no se molesta en explicar a los lectores quién es.


La trama del relato se inicia cuando Jabez Wilson, un prestamista pelirrojo, acude a Sherlock Holmes para pedirle que resuelva el misterio de la súbita desaparición de la «Liga de los pelirrojos», para la cual había trabajado durante dos meses a media jornada y percibiendo cuatro libras semanales en una oficina solitaria en la que se limitaba a copiar la Enciclopedia Británica. Una mañana, al llegar al trabajo, se encuentra con que el local está cerrado y hay un cartel anunciando la disolución de la liga. No encuentra a nadie que le dé ninguna explicación. El detective londinense no tarda en averiguar que tras esta disolución se encuentra John Clay, uno de los delincuentes más inteligentes y peligrosos de Inglaterra.




En el curso de sus averiguaciones, Holmes comunica a Watson que esa tarde toca
Sarasate en St. James Hall y le pregunta si sus enfermos podrán prescindir de él durante algunas horas, a lo que el doctor asiente ya que no tiene nada que hacer. Holmes añade: “Me he fijado en que el programa incluye mucha música alemana, que resulta más de mi gusto que la italiana y la francesa. Es música introspectiva, y yo quiero hacer un examen de conciencia”. De camino al teatro hacen alguna gestión relacionada con la investigación sobre la Liga de los pelirrojos y luego, en torno al concierto, Watson dice del detective que “permaneció toda la tarde sentado en su butaca sumido en la felicidad más completa; de cuando en cuando marcaba gentilmente con el dedo el compás de la música, mientras que su rostro de dulce sonrisa y sus ojos ensoñadores se parecían tan poco a los de Holmes el sabueso, a los de Holmes el perseguidor implacable, agudo, ágil, de criminales, como es posible concebir”.
 

La relación entre el ficticio personaje de Sherlock Holmes y el real de Pablo Sarasate no acaba con ese relato, en realidad no hace sino iniciarse. Conan Doyle no volvió a mencionar al músico navarro en sus obras, pero son varios los escritores que han retomado la figura del detective y lo han vuelto a vincular con el famoso violinista pamplonés. Como es sabido, los 56 relatos y cuatro novelas que escribió el autor escocés sobre Sherlock Holmes han sido continuados por un sinfín de escritores (empezando por su hijo, Adrian Conan Doyle), de modo que el corpus holmesiano, en sentido amplio, hoy abarca una enorme cantidad de obras publicadas en diversas lenguas en las cuales las escritas por sir Arthur, el Canon holmesiano stricto sensu, constituyen una parte minoritaria. En internet puede consultarse una recopilación de casi diez mil pastiches, copias o parodias, casi todas en inglés, de las aventuras de Sherlock Holmes. Sin perjuicio de que puedan haberse publicado algunas más, repasaremos a continuación las que hemos hallado en las que está presente Sarasate.


1.- El escritor, periodista y crítico musical norteamericano Rolfe Boswell (Pensilvania, 1904-Boston, 1968) que, en otro trabajo (“Quick, Watson, the Fiddle”), mantenía que Holmes no tocaba el violín sino la viola, publica un relato corto titulado “Sarasate, Sherlock and Shaw” en enero de 1952 en The Baker Street Journal, revista editada en Nueva York por la sociedad holmesiana The Baker Street Irregulars. Contempla a Holmes y Watson camino del St. James Hall, donde van a escuchar a Sarasate, haciendo una parada en un restaurante vegetariano para comer algo antes del concierto. Un irlandés pelirrojo, airado socialista (“the color of my beard and facial fungus is the color of my politics”), se siente insultado al escuchar un comentario de Holmes sobre los problemas que les dan los pelirrojos y, a su vez, arremete contra los ingleses. Aclarando la confusión, Holmes afirma que es más francoamericano que inglés, y Watson explica que es primo de Oliver Wendell Holmes (se cree que Conan Doyle tomó el apellido de su personaje de este famoso médico y poeta norteamericano, padre del no menos famoso juez Oliver Wendell Holmes Jr.) y que su abuela materna era hermana del pintor francés Vernet (lo cuenta el propio Holmes en El intérprete griego, el relato donde se presenta a su hermano Mycroft). Boswell insinúa que el irlandés es George Bernard Shaw, que acude al concierto como crítico musical y precisa, citando las memorias de Sarasate publicadas en Pamplona por Julio Altadill, que la escena se desarrolla en junio de 1890. No puede ser a principios de octubre ya que, por aquellas fechas, Sarasate estaba actuando en Barcelona. Finaliza Boswell sugiriendo la tesis de que unos meses después Shaw estuvo presente en el duelo de Holmes y Moriarty en las cataratas de Reichenbach y que empujó al detective, al que odiaba, y que realmente murió allí. Posteriormente, Shaw suplanta a Watson y sigue publicando falsas aventuras de Holmes, que ya no toca el violín ni va a escuchar a Sarasate (nada del gusto de Shaw), sino que acude en ocasiones a la ópera. 

2.- El escritor Santiago Rodríguez Santerbás (Burgos, 1937), es autor de un relato titulado “La aventura del quinteto inacabado”, incluido en Tres pastiches victorianos (1981), lleno de referencias holmesianas y notas a pie de página. Presenta a Sherlock Holmes en 1894, está de paso en París y, además de aprovechar el viaje para contemplar en Versalles las pinturas de su tío abuelo, Horace Vernet, asiste a un concierto de Sarasate en la Sala Pleyel. Durante la función la joven pianista que le acompaña se desploma sobre el piano y muere, parece que asesinada —en la realidad, Berthe Marx (París, 1859-Biarritz, 1925), la pianista que le acompañó durante muchos años y esposa del agente del violinista, Otto Goldschmidt, falleció de muerte natural—. El concierto se suspende y el inspector Dubuque, de la Prefectura, pide la ayuda de Holmes. Este examina el escenario e interroga a todos los músicos del quinteto que actuaba aquella noche, Sarasate se muestra complacido de conocerle ya que ha leído sus aventuras, pero creía que no era una persona real. Holmes sospecha de los músicos y los cita a todos en el teatro al día siguiente, prometiéndoles que tocará el violín, en particular, el Quinteto en fa menor de César Franck que interpretaban cuando la pianista fue asesinada. Reunidos todos, Holmes les indica que toquen con él, que se ocupa de la parte del segundo violín. Durante la interpretación, la pianista suplente recibe en la cara el impacto de un pequeño dardo, lanzado por el detective. Holmes explica que fue el segundo violinista el que mató a la pianista por celos, ya que había rechazado sus propuestas matrimoniales y se temía que aceptara las de Sarasate, con un dardo envenenado lanzado al cuello utilizando una cuerda del violín como arco, y escondiéndolo después. Holmes ha comprobado con la partitura que solo el segundo violín tuvo oportunidad de disparar el dardo, sin dejar de tocar la pieza, aprovechando un pizzicato. El culpable confiesa y es detenido. Sarasate queda muy agradecido; Holmes cuenta a Watson que le regaló un Stradivarius y, además, le ha enviado entradas para su concierto en el St. James Hall en el que interpretará el quinteto inacabado, y le ha invitado a cenar después.

3.- Anthony Burgess (Manchester, 1917-Londres, 1993), el escritor inglés célebre por La naranja mecánica, es autor de “Murder to Music”, relato incluido en la recopilación The Devil's Mode (1989), no traducida al castellano, y que se toma muchas licencias con la realidad. Narra un caso de Sherlock Holmes que coincide con una visita a Londres del joven rey de España, Alfonso XIII (dado que se menciona a la reina regente, María Cristina de Habsburgo, los hechos debieran tener lugar antes de mayo de 1902 en que el rey asumió plenamente la corona al cumplir 16 años, aunque en la realidad su primer viaje oficial al Reino Unido fue en 1905, y en él conoció a su futura esposa, Victoria Eugenia de Battenberg) y con un concierto de Sarasate en St. James Hall al que acude el detective con Watson, quien confiesa no compartir el mismo entusiasmo por el violinista y se duerme durante la actuación. El concierto se celebra un 7 de julio, no se indica el año, en cualquier caso una fecha imposible porque Sarasate siempre acudía a principios de julio a Pamplona para asistir a los sanfermines. Durante el concierto, el pianista español que le acompaña recibe un disparo y muere sobre el escenario (parece que ser acompañante literario de Sarasate conlleva un gran riesgo de asesinato). Holmes, que habla con Sarasate en correctísimo castellano, se hace cargo de las primeras diligencias de la investigación. El guardia que custodiaba la puerta trasera que conducía al escenario también aparece muerto por arma de fuego, mientras que otros guardias habían sido retirados a causa de un falso mensaje anunciando la llegada inminente del príncipe de Gales a la puerta principal. Holmes sospecha que el mensaje, aunque en correcto inglés, ha sido escrito por un español e identifica en el pianista asesinado un tatuaje que indica que pertenecía a un grupo separatista, republicano y ácrata catalán, aunque una carta recibida de su padre indica que podría haber desertado recientemente. Un español armado que huye de la policía muere al caer del tejado de un hotel y es identificado como el presunto asesino, miembro de una probable conspiración para atentar contra el rey de España. Holmes y Watson asisten dos días más tarde en el Savoy Theatre a una opereta de Gilbert & Sullivan en honor de Alfonso XIII en la cual se han adoptado extraordinarias medidas de seguridad. Sarasate también está entre los asistentes; el acto discurre con toda normalidad. Al día siguiente, un casual comentario de Watson sobre las últimas notas que tocó el pianista español asesinado pone en alerta a Holmes, que las interpreta como un mensaje, y logra advertir a Alfonso XIII y su séquito para que abandonen el tren que los va a llevar hacia Dover justo a tiempo de salvarse de un atentado con explosivos. Holmes afirma que Sarasate es catalán, nacido en Barcelona, y lo presenta como un fervoroso militante republicano opuesto a Alfonso XIII (no se le conocen al auténtico Pablo Sarasate ideas políticas determinadas, aunque tocó ante tantos soberanos y recibió tantas condecoraciones de ellos que es más que dudoso que fuera antimonárquico) que ha colocado los explosivos en el tren ocultos dentro del estuche de su violín y, seguidamente, ha huido. Holmes revela a Watson que no tiene intención de colaborar en su persecución, los principios morales ceden ante el superior valor del arte (Burgess, hijo de dos músicos, fue también músico antes de dedicarse a escribir).

4.- Hay algunas obras con Holmes como protagonista que se limitan a mencionar la afición del detective por el violinista navarro, sin darle a este ningún papel, pero de forma similar a lo que sucede en La liga de los pelirrojos, en The Star of India: A Novel of Sherlock Holmes (1998), de la escritora norteamericana Carole Buggé (Nuremberg, 1953), el músico sirve como excusa para lanzar la trama. La acción se desarrolla en octubre de 1894. Watson invita a un aburrido Holmes, que no tiene ningún caso entre manos, a asistir en el Royal Albert Hall a un concierto donde actúa Sarasate (en la realidad, en esa fecha Sarasate no estaba en Londres sino en Suiza). Se sientan detrás de una atractiva mujer que usa un penetrante perfume que irrita la nariz de Watson y que desaparece durante el descanso dejando olvidados sus guantes. Holmes, intrigado porque el asiento junto a la mujer estuvo vacío durante el concierto y sospechando que se había citado allí con alguien que no acudió, visita a un perfumista que identifica el aroma de la mujer como procedente de la India. La misteriosa joven, al día siguiente, acude a Baker Street para recuperar sus guantes, advertida en el teatro de que estaban en poder de Holmes. Se inicia así una aventura donde reaparecerá el supuestamente fallecido profesor Moriarty.

5.- En la novela corta en gallego O violín de Sarasate. Un caso de Sherlock Holmes (2002), de Alberto Fortes (Pontevedra, 1964), la acción se sitúa en septiembre de 1886 y en Pontevedra. Holmes es invitado por la Sociedad Recreo de Artesanos a dar una conferencia. Acepta y viaja en compañía de Watson porque tendrá oportunidad de asistir a un concierto de Sarasate, que pasó parte de su infancia en Pontevedra. La charla resulta un poco accidentada porque durante ella llega la noticia de una frustrada sublevación militar en Madrid y de la orden de detención de todos los republicanos, con lo cual parte del público sale huyendo. Las cosas se calman y unos días más tarde Holmes y Watson asisten al concierto en el Teatro del Liceo, al detective le llama la atención que Sarasate no toca sus dos Stradivarius, como suele, sino solamente uno. A la salida han sido citados mediante una misteriosa nota que resulta enviada por Otto Goldschmidt, agente del violinista. Holmes adivina que ha desaparecido uno de los Stradivarius. Efectivamente, ha sido sustraído de la habitación de Sarasate esa mañana, confirma el alemán. Acuden al hotel Madrid para examinar la habitación. Sarasate les recibe afirmando que cuando va a Londres siempre compra el Strand Magazine para leer las aventuras de Sherlock Holmes. En la habitación hay una serie de indicios, una nota con referencias masónicas y un anillo con la fecha de proclamación de la I República, que indicarían una motivación política y que Holmes descarta por haber sido colocados para despistar. Desecha el móvil económico, no se llevaron el otro Stradivarius y otros objetos valiosos. Tras interrogar a Sarasate sobre sus violines y su repertorio, concluye que el móvil fue musical, se trataba de impedir al violinista que tocara la Sonata a Kreuze con su violín favorito y demostrar, como rumorean algunos envidiosos, que sus supuestas facultades se debían solo a tener un buen instrumento. También deduce que el violín no ha salido del hotel, que ha sido escondido. Vigila la habitación, una vez que Sarasate se ha ido, y pone algunas trampas al ladrón, pero no logra atraparle. En cambio, consigue encontrar el violín escondido bajo el suelo. Holmes dice a Watson que es mejor no revelar el nombre del ladrón durante mucho tiempo para evitar un escándalo. El doctor sospecha que puede ser una mujer, y que al acudir a su concierto en el St. James Hall de octubre de 1890 Holmes quiere hablar con Sarasate del asunto con toda reserva.

6.- Que sepamos, la última entrega, por ahora, de esta serie, y perdón por la autocita, es un relato breve titulado “Conan Doyle y los sanfermines”, incluido en la recopilación Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007) de Miguel Izu (Pamplona, 1960). Holmes acude desde Biarritz, junto a un grupo de aristócratas invitados por Sarasate, a conocer las fiestas de Pamplona. En realidad, está investigando dónde se oculta una carta comprometedora que ha sido robada. A Holmes no le gustan los sanfermines, en particular las corridas de toros. No se indica la fecha, ha de ser posterior a la historia de O violín de Sarasate que aparece mencionada y podría ser hacia 1889 o 1890 ya que se hace referencia al reciente matrimonio de Watson y a su consulta en Paddington aludidos en El oficinista del corredor de bolsa.
 


Finalmente, una nota sobre cómo se entrelaza la ficción con la realidad. Sarasate debió de visitar en más de una ocasión Baker Street, aunque no el ficticio y mítico número 221B donde vivía Sherlock Holmes, sino el número 55 donde se hallaba el famoso estudio de fotografía Elliott & Fry, fundado en 1863, que retrató a todas las celebridades de la época, incluyendo al violinista varias veces.

BIBLIOGRAFÍA
—ROLFE BOSWELL, “Sarasate, Sherlock and Shaw”, Baker Street Journal 2, número 1, enero de 1952, pp. 22-29.
—CAROLE BUGGÉ, The Star of India: a novel of Sherlock Holmes, St. Martin's Press, Nueva York,1998.
—ANTHONY BURGESS, «Murder to Music», incluido en The Devil's Mode, Hutchinson, Londres, 1989.
—ARTHUR CONAN DOYLE, La liga de los pelirrojos, traducción de Juan Manuel Ibeas, Anaya, Madrid, 2013.
—ÀNGEL LLUÍS FERRANDO MORALES, «Sarasate plays at St. James Hall: crónica musical en Sherlock Holmes», dentro de La (re)invención del género negro, Àlex Martín Escribà y Javier Sánchez Zapatero (eds.), Aldavira editora, Santiago de Compostela, 2014, pp. 351-358.
—ALBERTO FORTES, O violín de Sarasate. Un caso de Sherlock Holmes, Edicions do Cumio, Vigo, 2002. BGN 59-2/45
—MIGUEL IZU, «Conan Doyle y los sanfermines», incluido en Sexo en sanfermines y otros mitos festivos, Sahats, Pamplona, 2007.
—SANTIAGO RODRÍGUEZ SANTERBÁS, «La aventura del quinteto inacabado», incluido en Tres pastiches victorianos, Hiperión, Madrid, 1981. BGN 913/66.


es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea. Obras: Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017). Relato: “Un asunto privado”, en 24. Relatos navarros (2016); “Una cuenta pendiente”, en Solo Novela Negra (2016); “El vino del francés”, en El alma del vino (2017); “Un móvil para un crimen”, en la III Semana Negra en la glorieta (2017). Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015). Página web: https://mizu38.wixsite.com/miguelizu

Reseña de «Un episodio nacional», de Carlos Mayoral

RESEÑA DE «UN EPISODIO NACIONAL», DE CARLOS MAYORAL. Espasa (2019)
por Manu López Marañón
Carlos Mayoral (Villaviciosa de Odón, Madrid, 1986) tras publicar en 2016 «Etílico» (donde se novelan vivencias de escritores alcohólicos) da un volantazo a su incipiente trayectoria para viajar al final del siglo XIX en Madrid y presentar una ambiciosa obra en la que confluyen tres tramas, dos basadas en hechos reales y una ficticia.

Tras logros como los de Juan Ramón Biedma en «Londres 1891» o Javier Alonso García-Pozuelo con «La cajita de rapé», narraciones para las que sus autores elegían (con acierto y eficacia) modos narrativos propios del realismo, Carlos Mayoral opta asimismo en «Un episodio nacional» por sumergirse en esa centuria, concretamente en sus postrimerías, para recrear un
Madrid maravillosamente documentado (el rigor hoy, gracias a Internet, se da por supuesto, pero en casos como este hay que celebrarlo) y, además, mostrarse acertado a la hora de reflejar «el color local», que es cuando un autor logra hacernos sentir la atmósfera y la trepidación urbanas. A esta lograda inmersión –tanto histórica como lingüística– le perjudican, sin embargo, palabras y expresiones muy actuales que chirrían en el estilo decimonónico, algo que debió haber sido corregido antes de que el texto entrara en la imprenta.

La Regencia de María Cristina de Habsburgo empieza a la muerte de Alfonso XII y acaba cuando Alfonso XIII jura la Constitución en 1902. Es durante ella cuando se desarrollan las historias de «Un episodio nacional», concretamente durante el período que tiene lugar entre el 2 de julio de 1888 (fecha del crimen de la calle Fuencarral) y el 19 de julio de 1890 (última ejecución pública en España por garrote vil).

Estamos dentro de lo que se conoce como «Parlamento largo» (1885-1890) de Práxedes Mateo Sagasta, líder del Partido Liberal-Fusionista que pone en marcha desde su gobierno un conjunto de reformas de marcado perfil social como son, por ejemplo, el regular la libertad de asociación (lo que permite a las organizaciones obreras actuar libremente), implantar la ley del jurado (el juicio por el crimen de la calle Fuencarral será la inaugural actuación de un jurado popular en España), el sufragio universal masculino (algo que, sin embargo, no destierra el caciquismo, que sigue favoreciendo el fraude electoral), o la aprobación de importantes cuerpos legales (como el nuevo Código Civil en 1889 y el Código Penal en 1890).

La expansión de los regionalismos en Cataluña, País Vasco y Galicia (que van creando la idea de cómo España «no es una nación sino un Estado formado por varias naciones»), así como la depresión agraria causada por la caída de los precios motivada por la llegada de productos de los «nuevos países» (Argentina, Estados Unidos y Australia) caracterizan asimismo este período.

No obstante, y a pesar de que la Restauración a finales del siglo XIX en España es una etapa que no se cobra muertos, afirma Carlos Mayoral: «pero bajo esta aparente paz, el país se pudría y colocaba los cimientos de una casta política corrupta que serían ya difíciles de derribar».


El crimen de la calle Fuencarral. ¿Cabría hablar de spoiler a la hora de glosar sin trabas un asunto que sucedió hace 132 años y que ha sido llevado a la pantalla varias veces? Pienso que no. Pero como en «Un episodio nacional» esta trama viene planteada como la crónica novelada de una investigación, deberé mostrarme cauto y no desvelar algo que, por otra parte, mucha gente conoce de sobra… Sobre todo lectores de mi generación que gozaron con aquella estremecedora serie de televisión que fue «La huella del crimen», la cual, durante bastantes inolvidables viernes de 1986, nos sobrecogía con unos episodios escritos por grandes guionistas y rodados luego por directores de prestigio y que, vista en la actualidad, mantiene en conjunto su interés.

Recomiendo a quienes compren esta novela y no vieron la serie que lo hagan. Empezar con «El crimen de la calle Fuencarral» (por supuesto, nada más acabar «Un episodio nacional») puede ser una excelente idea. Toda la colección de crímenes está a vuestra disposición en RTVE Archivo.



La huella del crimen. RTVE

El 2 de julio de 1888 aparece carbonizada y con una puñalada en el corazón Luciana Borcino, una mujer viuda, rica, pero generosa con su dinero. Inmediatamente la culpa recae sobre la criada, Higinia Balaguer, que llevaba pocos meses sirviendo en la casa y ha debido de matar a su ama para robarla.

Benito Pérez Galdós acepta enviar al periódico bonaerense La Prensa la historia de este crimen. Pretende mandar crónicas de lo acontecido y quedarse él –para una posterior obra (que nunca llevaría a cabo)– con lo que vaya encontrando de novelable: es decir, estaríamos ante una teórica separación entre hechos periodísticos y material novelesco… Y digo «teórica» porque a la hora de escribir, sea lo que sea, Galdós lo tenía claro:

«Mi secreto no es otro que abrir bien los ojos… Hay más literatura en la realidad que en todas las ficciones que pasan por su cabeza, amigo. Salga ahí fuera y dese un paseo por estas calles. Verá más personajes de novela en dos minutos que en toda la obra de Cervantes».
Las sospechas pronto se tornan hacia el hijo de la víctima, José Vázquez Varela –el Pollo Varela o el Varelita–, un vivalarvirgen con mala fama en el hampa por ser un traidor que viola el código de lealtad entre delincuentes, y que perfectamente ha podido ser capaz de matar a su propia madre. A ello se opone que la noche del crimen él ocupara su celda en la cárcel Modelo, donde aún reside por haber robado una capa. Su coartada es perfecta.

Las investigaciones de Galdós y su acompañante –el aspirante a escritor Melquíades Quirón– conducen a las hermanas Ávila –Dolores y María–. Dolores, amiga de Higinia, está ya en la cárcel de mujeres (Casa Galera) acusada de haber escondido el botín y de encubrir al asesino.

Otro personaje esencial en este asunto es José Millán Astray, director de la Modelo. Un preso asegura haber escuchado a Vázquez Varela conversar con Millán Astray sobre el asunto del robo, y, también, cómo ambos se reunían para planear el asalto en casa de Luciana… Y hasta aquí puedo contar.

El autor explica cómo este crimen no tardó en despertar el morbo de los madrileños. La verdad es que lo tenía todo: una víctima rica, un hijo delator y con cuentas pendientes con la justicia y una criada ingenua, fácilmente influenciable. En los cafés y en la calle se crean dos bandos: los higinistas, partidarios de la criada y contrarios a Varela, que lo acusan de ser el asesino, y los varelistas, opuestos a Higinia Balaguer. Todas las coplas y romances que circulan por la ciudad son unánimemente favorables a Higinia.

Pero quizá lo que más interesa al escritor de «Un episodio nacional» sea el marcado carácter de lucha de clases que este asesinato puso de manifiesto en la sociedad madrileña, así como que gracias al crimen de la calle Fuencarral pudo sentirse la pujanza que iba adquiriendo la prensa escrita.

Respecto a lo primero, que Higinia represente el desamparo del proletariado resulta obvio; no menos que el Pollo Varela sea una arquetípica imagen del señorito golfo y vicioso, tan característico de aquella ociosa burguesía española.

Donde mejor se percibe la dimensión alcanzada en 1888 por el «cuarto poder» es en esa actuación mancomunada contra Eugenio Montero Ríos, quien por esta época presidía el Tribunal Supremo y resultó ser el principal protector del director de la Modelo, José Millán Astray.

Informado de semejante insólita conexión por Galdós, el indignado director de «El Liberal», acuerda con otros directores de periódico una estrategia común para «echarse sobre la yugular de Montero Ríos y sacarlo como sea del Ministerio de Justicia». Ante la más que posible imputación por complicidad en el asesinato de Luciana Borcino, Eugenio Montero opta por dimitir. Por vez primera la prensa ha tumbado a uno de los hombres más poderosos de España.

«Vaya un crimen criminal
el que ha pasao el mes pasao
en la calle Fuencarral.
Vaya un crimen de verdad
con incendio y puñalá
con robo y misterio grande
pa’que no le falte de ná.»
Unos amores de doña Emilia y don Benito. Iniciada la relación entre ambos escritores en 1880 bajo el tono de la admiración y respeto que ambos se profesaban, en 1888, cuando se produce el crimen de la calle Fuencarral, la amistad ha pasado a convertirse en relación íntima. Benito Pérez Galdós viene de publicar su obra maestra, «Fortunata y Jacinta», y tiene 45 años; Emilia Pardo Bazán, hija de condes y mujer casada (su hastío hacia un marido que nunca sintió amor por ella ni por la literatura es ya completo), tiene 37 años y en 1886 ha dado a la estampa su obra más perdurable: «Los pazos de Ulloa».


Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós.
-Autor desconocido-
(Arquivo da Real Academia Galega)

Fue Pardo Bazán una mujer tenaz a la hora de demostrar que la razón debía estar siempre del lado de la inteligencia y que la inteligencia no tiene sexo. Algo que pronto corrobora Pérez Galdós: «En este desgraciado país, incapaces los hombres de equipararse a las mujeres, se dedican a difamarlas».

Tal y como narra Carlos Mayoral en «Un episodio nacional» los encuentros madrileños del canario y la gallega, muy tórridos, tenían lugar en el hotel Victoria. Complementados por paseos en el Retiro, carantoñas y confidencias literarias, esta pareja nos hace ver que estamos ante una relación espiritual consolidada. Algo tan de la época semejante forma de amar, semejante «comunión de almas», prescrita casi en estos tiempos materialistas y poco dados a la lírica como los que nos toca padecer.

En 1888 se celebra en Barcelona la Exposición Universal, a la que asiste, sin compañía, Emilia Pardo Bazán. A su activo feminismo, –insólito en la España de entonces–, añadía esta mujer una sexualidad activa, muy sensible a la belleza masculina. Eso sí, para convertirse en auténtica pasión, al aliciente físico debía unirse necesariamente una afinidad espiritual con el deseado. Todo ello vuelve a cobrar forma para ella en mayo de 1888 al conocer a Lázaro Galdeano, un escritor menor secretario de la Exposición. Durante unos días de asueto la recién inaugurada pareja se entregará a los placeres de alcoba con remarcable fogosidad.

Según cuenta Mayoral con sorna en el capítulo IX de «Un episodio nacional», Benito Pérez Galdós se entera, en una tertulia del recién inaugurado Café Gijón y por boca del escritor Juan Varela, que se ve tenía ganas a su colega, de cómo la Pardo Bazán y Galdeano, aprovechando la Exposición, han hecho una escapada a la Costa Brava…
Galdós siente en el alma un alfilerazo. Más aún que la infidelidad corporal, que ésta se haya producido con un literato de tercera categoría es lo que lo lleva a romper su relación con Emilia, quien, arrepentida, no tarda en escribir una carta a su ex amante. En ella dice:
«Nada diré para excusarme, y solo a título de explicación te diré que no me resolví a perder tu cariño confesando un error momentáneo de los sentidos fruto de circunstancias imprevistas.»
Los escritores volverán a encontrarse, pero ya nada será igual. Con un punto de sarcasmo desvela Carlos Mayoral cómo, mientras Pardo Bazán le era infiel, Galdós, a su vez, se acostaba regularmente con Lorenza Cobián, una modelo de pintores a la que hizo madre en 1891. Y es que por muy progresista que fuera el inflexible y dolido escritor, en esa época en España (y me atrevería a decir que hoy también) había cuernos y cuernos.

La novela de formación de Melquíades Quirón. A diferencia de las anteriores tramas, narradas en tercera persona, este bildungsroman acoplado a ellas prefiere la primera persona. Debo decir que la historia del joven literato vallisoletano llegado a Madrid con una recomendación para Galdós (el cual, los primeros días lo acoge en su casa y en seguida lo acepta como colaborador a la hora de recabar información sobre el crimen de la calle Fuencarral) no me ha seducido tanto como el resto de «Un episodio nacional».

Mayoral –y esto hay que alabarlo– en todo momento se esfuerza por hacer de las vivencias madrileñas de su espabilado provinciano algo narrativamente palpitante, en convertirlo en prototipo algo tronado de héroe desbocado, un romántico tardío que celebra y sufre con igual intensidad la vida, cada descubrimiento o paso atrás de la investigación, así como el vibrante juicio del crimen. También goza del amor –de la pasión carnal mejor– escindido su corazón entre la mujer con la que debería casarse (Laura) y una perdida (Nela) que nada le conviene y se encargará de llevarlo a la enfermedad.

Pero siempre según mi parecer, el escritor no logra conmover tanto con esas ficticias desventuras que devienen algo forzadas en el conjunto del argumento, aunque Mayoral se sirve de este bildungsroman para articular narrativamente su libro; libro que, sin esta trama de ficción, hubiera corrido el grave riesgo de no hilvanarse, quedándose en dos ensayos históricos separados (el del crimen y el de los escritores) y no en la buena novela de imparable ritmo que acaba resultando ser «Un episodio nacional».



ENTREVISTA CON CARLOS MAYORAL
por Manu López Marañón
El centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós

En efecto, el 4 de enero de 1920 fallecía en Madrid este gran escritor. A finales de 2019, oportunamente, llega a las librerías españolas tu segunda novela «Un episodio nacional» que tiene entre sus protagonistas tanto a don Benito Pérez Galdós como a ese Madrid finisecular que le tocó vivir y novelar.

Carlos, ¿qué te lleva a elegir para tu novela esa etapa de la Restauración (1888-1890), y no otra, en una vida de tantos avatares como fue la de Benito Pérez Galdós?

Bueno, yo soy de la opinión de que una novela no llueve del cielo, no te levantas un día y sueñas «Yesterday», como McCartney, sino que de alguna manera esa novela te sobrevuela durante un tiempo hasta que todo casa. A mí siempre me había llamado la atención el crimen de Fuencarral por un lado, y la relación entre Emilia y Galdós por otro. De pronto, un día caí en la cuenta de que los dos años que duró el proceso judicial del crimen coinciden temporalmente con los dos años de mayor apogeo en el amor entre los dos escritores. De pronto, todo casaba. A partir de ahí, encontré muchos puntos de conexión con la época actual: la influencia de la prensa populista en el devenir de los asuntos políticos y judiciales de la época, el auge de un cierto feminismo abanderado por Emilia, el caciquismo sustentado por un bipartidismo atroz… Creo que la Restauración es una época mucho más apasionante de lo que dicen los libros de historia.

¿Tiene importancia para construir al personaje literario que Galdós, a sus 45 años, haya publicado ya grandes obras maestras como «Miau» y «Fortunata y Jacinta», que apareció en 1887?

Mucha importancia. Tanto Galdós como Emilia están en el cénit de sus carreras: Emilia también ha publicado ya tanto los Pazos como la Cuestión Palpitante. Además, Emilia se ha separado ya de su marido, Galdós suena ya con fuerza para la Academia… digamos que son dos hombres maduros que buscan un amor intelectual. Creo que ese era el motor de su relación: la admiración literaria e intelectual que mutuamente se profesaban.
En la relación amorosa de Galdós con Emilia Pardo Bazán, a pesar de ser ambos escritores librepensadores que se proclaman a los cuatro vientos defensores absolutos de la igualdad entre sexos, acaban por intervenir ocultas infidelidades que –descubiertas en parte– generan los irremediables celos y dañan irremediablemente la relación. En tu novela explicas cómo a Galdós, más que la infidelidad física en sí, lo que hiere de muerte es la traición intelectual, el que Emilia tenga una aventura con un literato que no le llegaba a la suela de los zapatos.

Sí. Galdós se debate: ¿por qué me molesta que lo que hasta ahora era una relación libre ahora no pueda disfrutar de esa libertad? Me parece que Lázaro Galdeano se mete dentro de ese terreno de admiración literario que comentábamos, y no podía soportarlo.

Al saber ahora que, al mismo tiempo que la gallega disfrutaba de su corta pero fogosa aventura en la Costa Brava, Benito Pérez Galdós no se quedaba a la zaga y disponía de otra amante fija para su solaz, ¿no resulta exagerada y hasta cínica esa reacción del escritor comportándose como un honesto varón ultrajado? Un defensor a ultranza de la igualdad entre sexos, ¿puede actuar en la práctica con semejante soberbia mientras incurre en la misma perfidia?

Sí, pero fíjese la diferencia: la amante de Galdós es una pastora semianalfabeta. Digamos que, en ese sentido, no penetra en el terreno erudito que les pertenecía a ambos. Lázaro Galdeano, al contrario, sí habita ese mundo.

Por otra parte, ¿qué actitudes típicamente decimonónicas crees que puedan seguir perdurando, en España, en las relaciones amorosas que se establecen durante el siglo XXI?

Paradójicamente, la Restauración es una época que camina con cierta regularidad hacia un cierto liberalismo amoroso y sexual. Se visualizan las separaciones, la homosexualidad, etc. El problema es que más tarde atravesamos cuarenta años de dictadura que, digamos, detiene esos avances. Pero, por contestar a tu pregunta, fíjate que de un tiempo a esta parte me ronda una idea: la importancia de los celos desde el XIX hasta hoy. En la novela decimonónica, los celos juegan un papel capital, véanse «Fortunata y Jacinta», «La Regenta», «Madame Bovary», «Anna Karenina»… Sin embargo, hoy esa faceta no se explota dentro de la novela, cuando los celos siguen siendo un motor recurrente, por ejemplo, en los asesinatos por violencia machista.

En «Un episodio nacional» te interesa aclarar cómo a Benito Pérez Galdós abordar el género periodístico y el novelístico obligaba a usar estilos y enfoques radicalmente diferentes. Las crónicas que remitió al diario bonaerense «La Prensa» sobre el crimen de la calle Fuencarral han sido comparadas, por meticulosidad y exactitud, a la prosa que caracteriza la obra de Dashiell Hammett. Tal es así, que hay quien considera a Galdós un precedente de la narración detectivesca que tanto éxito obtendrá en el siglo XX. Pero como bien distingues, el canario, durante sus investigaciones y entrevistas a testigos del crimen conscientemente apartaba material para una obra de ficción que, por desgracia, no llegó a escribir. El «espíritu novelesco» trascendía para Galdós a la desnudez periodística de los hechos. A él debe sus mejores obras. ¿Por qué crees que Benito Pérez Galdós dejó escapar un asunto tan apetitoso –novelísticamente hablando– como fue el del crimen de la calle Fuencarral?

Bueno, no es exacto que los dejase escapar novelísticamente hablando. Hay ecos del crimen tanto en «Realidad» como en «La incógnita», dos novelitas muy desconocidas del canario. También hay ciertas escenas que pueden recordar a su relación con Emilia, por cierto. Pero sí, es cierto. No llegó a publicar la gran novela que el crimen merecía. Quizá por pudor, por cierta cercanía a sus protagonistas. Quién sabe.

Siempre hemos identificado a Galdós como el maestro del realismo… ¿Piensas que algunas de sus novelas, publicadas hoy, entrarían dentro de la categoría del género negro?

Sin duda. Aunque él era un hombre ecléctico, mezclaba estilos, formas, temáticas… Pero sin ir más lejos las dos novelitas anteriores de las que te hablaba, «Realidad» y «La incógnita», tocan el tema.

Dejando aparte categorizaciones literarias, ¿cuáles serían para ti las grandes virtudes de este autor y qué es lo que más puede aportarte hoy como novelista?

Sin duda, el marco de la sociedad decimonónica que dibujó para nosotros. No sólo lo digo por los Episodios, también por sus novelas contemporáneas. Las novelas de Galdós tienen vida propia, donde los personajes que son secundarios en una pasan a ser principales en otra, donde los Requejo se enriquecen con las telas de Manila en 1808 y se ven beneficiados de ellos sus descendientes en Fortunata allá por 1870. Es una realidad paralela, pero realidad, al fin y al cabo. Por eso, asomarse al XIX es asomarse a Galdós, y viceversa.

Por último, analizando en bloque la obra de Benito Pérez Galdós y de Emilia Pardo Bazán, ¿opinas que las novelas del canario superan en calidad a las de la gallega; que, por ejemplo, «Fortunata y Jacinta» da mil vueltas a «Los pazos de Ulloa»?

Son distintas, cada una con su encanto. Emilia es más naturalista, su visión oscura de la realidad en el pazo resulta sórdida, desagradable. Sin embargo, hasta los rincones más miserables de la realidad en Galdós, véanse «Fortunata  y Jacinta» o «Misericordia», hasta esa miseria es amada. Yo, si tengo que elegir, me quedo con Galdós por constancia y regularidad. Pero ambos son cimas de nuestra literatura.

El crimen de la calle Fuencarral

¿Has podido leer las crónicas que envió Galdós a Buenos Aires sobre el crimen? Si ha sido así, ¿cuál es tu opinión sobre el quehacer periodístico del novelista?

Sí, las he leído. Y debo decir que me resultan un poco planas, muy alejadas de su maestría en la novela. Muy sujeto, verbo y predicado, sin más. No se implica, no toma demasiado partido. Se limita a describir los hechos y el juicio. Creo que buscaba embarrarse las perneras en la novela.

Me ha llamado la atención el interés con el que la población madrileña siguió aquel crimen, estableciéndose bandos según que unos estuvieran a favor o en contra de los principales sospechosos. Tampoco me ha dejado indiferente el poder que va adquiriendo la prensa en esas fechas (1888-1890) en que se produce el crimen, tiene lugar el juicio y se ejecuta la sentencia.

Carlos, ¿cuáles, a tu juicio, son los motivos reales por los que este crimen alcanzó en España y el extranjero semejantes cotas de popularidad?

Por dos motivos.

Uno, bastante profundo: es una lucha de clases. Hablamos de un momento donde se acaba de fundar UGT, el PSOE lleva pocos años en marcha… es decir, despierta en el país una cierta conciencia de clase que se traduce en huelgas, sindicatos, etc. En este contexto, aparece este caso: una mujer de clase baja ha matado a una mujer de clase alta. Cuando se empieza a descubrir que, precisamente, son los hombres de clase alta los que han perpetrado el crimen y no los curritos que siempre pagan, se despierta esa conciencia de clase de la que hablaba.

El segundo motivo es más superficial: los distintos giros de la investigación aparecen perfectamente alineados cronológicamente. Es decir, los periódicos pueden exprimir el tema casi por capítulos, como en una novela por tomos. Esto mantuvo a los lectores permanentemente atentos al desenlace.


Respecto al papel desempeñado por esa prensa todavía algo ingenua, ¿piensas que los periodistas eran conscientes de su incipiente poder y, sobre todo, del que acabarán alcanzando no mucho más tarde, o crees que, por el contrario, desempeñaban una labor informativa a la que concedían escasa trascendencia?

Ya son conscientes de su poder, claramente. La libertad de imprenta les permite cargar tintas contra quien fuere, y hacen y deshacen política y socialmente a su antojo. La prueba llega pocos años más tarde, cuando durante el desastre del 98 engañan a un país entero para poner a sus soldados a los pies de los caballos en una guerra imposible de ganar.

En la bibliografía de «Un episodio nacional» incluyes aquel episodio emitido por TVE1 dentro de la serie «La huella del crimen» que llevaba como título, precisamente, «El crimen de la calle Fuencarral», donde se desvela al culpable y se filma su ejecución, algo que yo he optado por ocultar en la reseña.

Lógicamente en apenas una hora hay que condensar mucho y el siempre reivindicable novelista y guionista Carlos Pérez Merinero lo hace bastante bien.

¿Qué opinión te merece esa adaptación? ¿La tuviste en cuenta a la hora de preparar tu libro?


Tiene algunas imprecisiones. Por ejemplo, está muy documentado que Higinia no dijo aquello de los catorce mil duros. Pero, con todo y con eso, me parece una filmación valiente, y acorde a los medios precarios que manejaban en la época.

Aprovecho para que me despejes una duda: en el mediometraje se asegura repetidas veces que fue Nicolás Salmerón (el presidente de la efímera I República española, abogado de profesión) en persona quien se ocupó de la defensa de Higinia Balaguer, y en efecto, así aparece ejerciéndola con gran elocuencia durante todo el juicio. En «Un episodio nacional», sin embargo, no es Salmerón sino un pasante suyo quien se hace cargo de la defensa…
Apuesto por tu ardua labor de investigación, por supuesto, pero, por si acaso, ¿podrías aclarar esto? Y ya, de paso, ¿puedes decir si has encontrado otras inexactitudes tanto en esa adaptación televisiva como en otras fuentes a las que has debido recurrir para reconstruir aquel famoso crimen?

Esta es otra de las imprecisiones de la serie. El acta del juicio deja claro que no es Salmerón sino su pasante quien ejerce la defensa. Pero estas han sido habladurías que el pueblo mantuvo durante décadas, y que en ese capítulo incluyeron, sin más. Lo que sí es cierto es que estuvo implicada toda la plana mayor del momento: alcalde de Madrid, presidente del Tribunal Superior, Salmerón, Sagasta… Lo del famoso grito de los catorce mil duros también es una inexactitud muy extendida.

Carlos Mayoral
nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


El Primero de Mayo de 1900 en Madrid, por Eduardo Montagut

El Primero de Mayo de 1900 en Madrid
Eduardo Montagut
En este artículo estudiamos el Primero de Mayo en Madrid del año 1900.

“El Socialista”, órgano oficial del PSOE, publicó el 30 de marzo de 1900 una resolución del Comité Nacional del Partido, de 26 de marzo, firmada por Pablo Iglesias, como presidente, y Juan José Morato, como secretario, relativa a la celebración del Primero de Mayo de ese año, que refleja la posición socialista no sólo en relación con esta cuestión, sino también su estrategia política y social, por lo que merece nuestra atención. Los socialistas señalaban que, como se vivía en un régimen político dominado por los reaccionarios, los obreros no podían manifestarse en los espacios públicos, un derecho reservado solamente para los privilegiados o los partidos que representan sus intereses. Había que celebrar, por lo tanto, el Primero de Mayo en locales cerrados. En este sentido, conviene que hagamos un poco de Historia sobre lo ocurrido en la década final del siglo XIX.


Pablo Iglesias
- Manuel Compañy -

En algunos momentos se habían producido actos violentos asociados al Primero de Mayo, especialmente, en el primero de ellos, diez años antes en Cataluña, pero donde el protagonista anarquista había sido evidente. Barcelona fue declarada en estado de sitio con presencia de tropas y de la Guardia Civil. Muchos patronos cerraron las fábricas. La presencia anarquista en Valencia derivó también en altercados. Eso mismo ocurrió en las zonas de control anarquista en Andalucía, especialmente en Cádiz y en Córdoba. Pero, por otro lado, el éxito de la jornada del 1º de mayo en otros lugares provocó que los socialistas decidieran repetirlo al año siguiente y se celebraron reuniones por todas las ciudades europeas. Los socialistas españoles tomaron la decisión en Bilbao. Los anarquistas se reafirmaron en su defensa de la huelga general para esa fecha. El gobierno español, ahora en manos de Cánovas, ante la experiencia vivida, decidió prohibir las manifestaciones públicas, aunque permitió los mítines y reuniones en locales cerrados. Los socialistas optaron por respetar la legalidad y decidieron que la fiesta se limitase al cese del trabajo y la celebración de actos. Eso provocó que el 1º de mayo de 1891 no tuviera nada que ver con el entusiasmo y la movilización del celebrado el año anterior. Destacaron los incidentes en Cádiz y que influyeron en posteriores hechos sangrientos ocurridos en Jerez. Al año siguiente se decidió que el 1º de mayo sería una manifestación anual internacional. Los socialistas españoles analizaron la situación: los sucesos de Jerez, la posición anarquista y la postura del gobierno, que, independientemente de su signo político, liberal o conservador, siguió siendo contraria a las manifestaciones públicas. En consecuencia, tomaron la decisión de que, a partir de entonces, la jornada debía ser un día de afirmación plena de la lucha obrera pero no de la revolución social. Habría que organizar actos conmemorativos, siempre con ánimo pacífico. Los anarquistas decidieron que, al no poder realizar la revolución ese día, no tenía mucho sentido la jornada. A mediados de la década de los 90 dejaron de tener interés en el 1º de mayo.

La celebración del Primero de Mayo en la España del primer cuarto del siglo XX se desarrolló entre la autorización y la prohibición gubernamentales. A comienzos del siglo fue autorizada por el gobierno, pero las autoridades provinciales no siempre fueron favorables a las manifestaciones. En este sentido, en el mitin madrileño de 1900 se aludiría a los temores infundados del Gobierno, aunque se señaló que el gobernador civil no había desplegado en ese año un gran alarde de fuerzas.

En la resolución del Comité Nacional se insistía en la importancia de que en ese día no se trabajase, y que todo debía transcurrir en paz y orden. El empleo de la violencia era inevitable para conseguir la emancipación, pero ese momento no había llegado aún. El empleo de medios violentos solamente era deseado por los explotadores. Se consideraba que sería una torpeza caer en esa provocación porque les permitiría acabar con el movimiento obrero, restringiendo los derechos conquistados de reunión y asociación, impidiendo la defensa de los intereses de los trabajadores. Estaba claro que los socialistas diferían claramente de la estrategia seguida por los anarquistas en relación con el Primero de Mayo. La fuerza había que demostrarla, siempre siguiendo la resolución, en el poder mismo de la organización, de la conciencia de clase, en la acción común y en la “seriedad y sensatez que se revelen” en todos los actos que se realizasen.

Ese debía ser el camino para arrancar conquistas sociales, como una legislación favorable a los intereses de los obreros, especialmente el respeto de la jornada de ocho horas, pero también en favor de los que vinieran después, y contra las guerras “donde tantos proletarios sucumben”. El Partido Socialista animaba a seguir en la lucha para conseguir los objetivos de los trabajadores. El Primero de Mayo era un momento capital en esa lucha.

En varios números de “El Socialista” de los días previos a la celebración se publicó una proclama sobre el Primero de Mayo llamando a los trabajadores para que participasen de tan importante fecha para los socialistas. Por otro lado, se sucedieron las reuniones de las distintas Sociedades Obreras para adherirse a los actos que se iban a celebrar. “El Socialista” publicó una sección para informar de estas decisiones, tanto para el caso madrileño como para el del resto del país.

En el número 739 (4 de mayo de 1900) apareció la crónica de lo acontecido en Madrid capital. La mayoría de los trabajadores pararon, tanto en la construcción como en los talleres. Todo comenzó de forma optimista, porque hasta la lluvia de días anteriores había dejado paso a un día soleado.

Se celebró un mitin multitudinario en el Frontón, lleno de las banderas de las distintas Sociedades obreras y de la Agrupación Socialista de Madrid. En el mitin hablaron destacados líderes, entre los que hay que citar a Largo Caballero y a Pablo Iglesias. Recordemos que Largo había ingresado en la Sociedad “El Trabajo” de albañiles de la UGT en 1890, y en la Agrupación Madrileña en 1894.

Es interesante destacar que el periódico reseñaba que la nota dominante de los discursos había sido la de recomendar “templanza” a los obreros, mientras la clase obrera no fuera lo suficientemente fuerte. Todos los oradores condenaron el empleo intempestivo y prematuro de la violencia que solamente podían ofrecer “frutos de sangre, víctimas para los inquisidores”. Se insistió, pues, en las decisiones tomadas en el Comité Nacional.

Los discursos también ahondaron en el relato de los progresos de la clase obrera en los últimos años, además de resaltar la importancia del Primero de Mayo. Destacada fue también la apelación al internacionalismo, a la fraternidad entre todos los obreros y al deseo de que terminasen todas las guerras.

El acto terminó con una actuación del Orfeón. Todo se desarrolló de forma ordenada y sin alteraciones, algo que, como hemos comprobado, siempre fue una preocupación de los socialistas. En el exterior se tuvieron que quedar muchas personas que no cabían en el Frontón. Los cálculos de “El Socialista” nos hablan de que entre asistentes en el interior y en el exterior se llegó a una concentración de unas 17.000 personas, aunque no tenemos otras fuentes para contrastar el dato.

La fiesta vespertina se desarrolló en la Fuente de la Teja sin incidentes, en un ambiente puramente festivo, con banda de música, cohetes y una breve actuación del Orfeón.

La celebración concluyó con un tercer acto en el Teatro Novedades donde se realizó una representación teatral con varias partes, destacando una en la que unas jóvenes representaron la Verdad, la Ciencia, el Arte, la Libertad y la Industria. El Orfeón cerraría el acto. Pero, aunque el día había comenzado con poca presencia de la fuerza pública, terminó de forma contraria, ya que el gobernador desplegó muchos efectivos en la zona donde estaba el teatro.

En conclusión, para “El Socialista” los obreros habían demostrado lo que de ellos podía esperar “la noble causa del Trabajo”.


Pablo Iglesias en el 1º de Mayo de 1919
Plaza de la Independencia
/ Fundación Pablo Iglesias

En el siguiente número de “El Socialista” (en ese momento era semanario) se hacía un repaso a lo que la prensa madrileña había publicado sobre la celebración del Primero de Mayo.

Al parecer, el “Heraldo de Madrid” había dedicado abundante espacio a recoger artículos de los principales socialistas españoles, algo que se agradecía desde “El Socialista” porque, efectivamente, era una tribuna de amplia difusión, demostrando la tolerancia del medio. Recordemos que el “Heraldo de Madrid” se había creado en 1890, y que en los primeros años del nuevo siglo había alcanzado una amplia tirada, siendo muy popular. Unos pocos años después de los hechos que estamos relatando se dedicó a apoyar la labor de Canalejas.

Por su parte, “El Liberal” dedicó uno de los concursos literarios que convocaba al Primero de Mayo, y que ganó el socialista Matías Gómez Latorre, que había sido redactor de “El Socialista”. Al parecer, se habían presentado unos doscientos escritores. Matías Gómez es un personaje fundamental en la Historia del PSOE desde su fundación hasta el final de la Guerra Civil, ya que, a su longevidad (91 años tenía cuando murió en el exilio), se unió un intenso compromiso. Fue uno de los grandes tipógrafos del Partido, contribuyendo a su fundación en la comida del 2 de mayo de 1879. Para acercarnos a su vida conviene consultar la extensa ficha que le dedica el Diccionario Biográfico del Socialismo Español.

Los socialistas se sentían muy agradecidos con ambos medios de comunicación, pero consideraban que los elogios, como las críticas no modificarían su actitud. Al parecer, algunos pensaban que la mayor atención que la prensa nacional había dedicado a los socialistas era interesada, aunque no en los dos casos citados. En enero de 1900 se había creado la Unión Nacional, impulsada por los regeneracionistas, destacando en este empeño Joaquín Costa. Algunos medios, supuestamente, habrían querido contrarrestar la fuerza de esta nueva formación con la de los socialistas. En todo caso, la Unión Nacional sería un experimento político fallido.

En el mismo número 740 del periódico socialista se realizó un repaso destallado de la celebración del Primero de Mayo en distintos lugares de la geografía española.

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Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.